lunes, 27 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (I)


YO NO HE MUERTO EN MÉXICO
y espero no hacerlo nunca, pero he visto muertes (demasiadas) en México y he pensado mucho sobre ese país y todo lo que lleva a su espalda, esa carga de mitos y metáforas con las que se ha creado la fama que ahora tiene y que, en cierto modo, pero sólo en cierto modo, es lo que me atrajo para ir a vivir allí una temporada (y me quedé muchos años). No diré hoy que todo en México es muerte porque eso supondría asumir que el destino es sólo un espejo y que nada cambia nunca. Pero sé que ese es mi verdadero país, y no Cataluña ni España, porque en Cataluña y en España hace mucho que dejé de reconocerme, y sin embargo al otro lado del océano me sentí en casa, incluso cuando se trataba de ver muertes y discutir sobre las pocas verdades y las muchas mentiras del ser mexicano.
Lo confieso: he intentado vivir casi todos los tópicos de México, y es que uno busca la magia aun cuando sabe que la magia es el peor de los engaños. Podría decir, por ejemplo, que viví bajo el volcán, bajo el mismo volcán de la novela, el Popocatépetl, pero no en el valle de México, sino en el de Puebla, al otro lado de donde se instaló el Cónsul de Malcolm Lowry. Viví bajo el volcán, que humeó casi todos los días augurando una gran revelación geológica, y pude incluso sentirme un clon de ese mismo Cónsul, en sus borracheras y en su efímera sobriedad. Pero es que he tenido varias reencarnaciones: he sido Hernán Cortés, español canalla y genial estratega, prepotente y seductor en el Nuevo Mundo y perdedor en su España natal. No he sido William Burroughs, que mató a su mujer en la Ciudad de México jugando a Guillermo Tell, pero he jugado también peligrosamente con mujeres (o ellas jugaron conmigo, tal vez). He sido exiliado de la Guerra Civil, como tantos escritores republicanos, incluido el mismo Paulino Masip sobre el que quise escribir un libro y sólo escribí dos o tres artículos menores que, sin embargo, fueron leídos por la persona oportuna. Y sobre todo, he sido delincuente; es decir, delincuente que cruza la frontera.
Porque huí y llegué a México en mi huida, como todos esos tipos rudos y violentos con los que desde niño yo y tantos otros hemos asociado a ese país en el cine y en la televisión. Pistoleros, ladrones, asesinos, desheredados, marginados, culpables de mucho e inocentes de bastante, para los que México es la Tierra Prometida de la democracia que nunca llega y que por tanto no les va a exigir el pago de su deuda con la ley. Antes incluso de conocer en persona el país, ya me había alienado con el repertorio de todos esos antihéroes solitarios y silenciosos, y había decidido que quería ser, siquiera fugaz o provisionalmente, uno de ellos, a pesar de que en sentido estricto no soy un delincuente, o sólo soy un delincuente de la escritura.
Hay un western, uno en especial, que siempre me viene a la mente cuando pienso en México: The Wild Bunch (Grupo salvaje), de Sam Peckinpah. Es una gran película, pero sobre todo es un buen ejemplo de lo que quiero decir: el tirón que México tiene para los autodestructivos, su magnífica hoja de servicios como Reino del Caos. Resumo la historia: en plena Revolución mexicana, un grupo de ladrones de bancos liderado por Pike Bishop (al que interpreta un decadente William Holden), atraviesa la frontera huyendo de los cazadores de recompensas. Sin embargo, se encuentran con las fuerzas federales y uno de los ladrones, que es mexicano, es torturado por simpatizar con la Revolución. Sus colegas, Bishop y otros tres, dudan y no saben si deben rescatarlo, porque eso significa enfrentarse a todo un ejército. Y en la escena que he visto una y mil veces, Bishop, después de haberse acostado con una prostituta indígena, termina su botella de tequila y durante unos segundos reflexiona mientras observa cómo la mujer se refresca el rostro, y la mira hasta que comprende que no hay otra opción, que deben él y sus amigos redimirse a través del sacrificio, y que para eso México es un país ideal, porque nada funciona como debiera y el sacrificio te lo hacen en cualquier momento, con una anestesia a base de mitos. Por esa razón Pike, con el alma estriada y la garganta quemada, sale de la habitación y reclama en silencio a sus colegas, y todos se ponen en marcha para demostrar que sí hay una épica del delincuente y que ellos la conocen.
Mueren, desde luego; mueren espantosamente, como es obligado. Pero en cierto modo, como decía antes, para mí eso fue México, antes de llegar allí y cuando ya estuve y me instalé, y amé y viví y trabajé como nunca lo había hecho en mi vida. Eso era y es México: el contraste brutal entre William Holden, que es el extranjero que decide que va a morir y que medita sobre la tragedia que se le viene encima como una posesión, y la mujer indígena a la que todo eso le trae perfectamente sin cuidado. En ese hueco inmenso cabe todo México, con sus dioses y vírgenes, con todos esos relojes que marcan tiempos distintos, con todas sus contradicciones de país sobre el que ya se ha escrito demasiado.
Yo no he sido pistolero ni ladrón, por supuesto; pero entiendo a Pike Bishop, comparto algunos de sus estragos y pienso que los demás no estaban tan lejos: Judith Robaina, Jeff Lombard, Miguel Magallanes, Sven Nilsson y todos los demás, los parias y exgenios, los masoquistas de la cultura digital, los espectros de la modernidad líquida que nos fuimos para allá, a morir o no, a escribir y a odiar la literatura al mismo tiempo o por separado, a luchar por México o a destruir aún más si cabe el país haciéndolo más trágico y penoso. Los mexicanos no se merecen ese país; pero algunos de nosotros probablemente, sí. En mi caso, seguro. 

4 comentarios:

  1. Esperamos con ansia la siguiente entrega.

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    1. Gracias! El calendario será lunes, miércoles y viernes.

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  2. Aquí tiene una nueva lectora, alumna suya por cierto. No me puedo quedar sin decirle que gracias al hecho de tenerlo como profesor se ha abierto ante mí durante este curso el extenso mundo de la literatura hispanoamericana, desconocido para mí hasta entonces, y que seguro no voy a abandonar nunca (le habla una chica que abandonó la facultad de económicas para estudiar filología, por lo que es un placer leerle y aprender de su mano –y no está de más que se le reconozca a un profesor todo el mérito que tiene, algo poco común hoy en día-).

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    1. Te agradezco mucho el comentario. Me alegra saber que he conseguido que sientas interés por la literatura hispanoamericana. Bienvenida al blog; espero que lo disfrutes.

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