viernes, 24 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (II)

EL PACTO

Judith Robaina lo detectó en seguida. Detectó que yo quería exiliarme de España pero no para ser un exiliado de la guerra, sino de la paz con la que empezaba el nuevo siglo, esa paz de la democracia y de la sociedad del confort en la que todo parece tan razonable y pragmático que deseas meterte un buen cóctel de lejía para contrarrestar tanto optimismo histórico. La paz horrible del aznarismo y el euro. La euroforia.
Judith sólo necesitó algunos datos de mi currículum y algunas comunicaciones por correo electrónico, mensajes en los que realmente no hablábamos de nada serio, sino que tan sólo compartíamos el hastío típico del nuevo milenio, la antiépica del mundo fukuyamiano y su fin de la Historia. Pero entendió pronto mi naïf necesidad de milagro, de maravilla, necesidad propia del europeo secularizado que se aburre en el Estado del bienestar y quiere callejear por el del malestar. Judith supo que con unos cuantos trucos de marketing turístico y antropología podía convencerme de que encajaría en México mejor que en ninguna otra parte. Yo esperaba una ficción, y México, admitámoslo, es perfecto como relato. En cambio, España, tan mesocrática y pagada de sí misma con fondos europeos, atrofia la imaginación y sólo provoca bostezos con sus pobres hechizos. Y de Cataluña ni hablemos: no da para una novela sino con suerte para un auca.
Judith había estudiado su doctorado en literatura comparada en Estados Unidos, en San Francisco, concretamente, y había regresado a su país ya hacía varios años. Tenía entonces treinta y dos, tres más que yo, se había casado con un mexicano de Tutxla Gutiérrez bastante comprometido políticamente con la causa indígena y había publicado un par de libros, que yo no conocía; uno sobre Elena Garro, la que fue esposa de Octavio Paz (y pagó por ello), y otro sobre Nellie Campobello, una admirable escritora de los tiempos de la Revolución que, evidentemente (la evidencia me la transmitió ella pero yo la comparto hoy), era mucho más interesante que el resto de los novelistas de la Revolución, hombres como Guzmán o Azuela. Judith y yo nos habíamos conocido casualmente en un congreso de literatura en Madrid en el que yo hablé de la obra olvidada de Paulino Masip, autor de una novela curiosa titulada El diario de Hamlet García. Masip era uno de esos tantos escritores españoles que perdieron la Guerra Civil y murieron en el exilio, sin laureles literarios, sin mística ni canon, en la bolsa de pobreza de los autores sin nota a pie de página.
Aquella primera vez apenas tuvimos oportunidad de hablar y ella, que conocía un artículo mío anterior sobre el tema, tan sólo me aportó el dato de que Masip no había sido el único escritor con psicología frágil que había fallecido en el sanatorio de la ciudad de Cholula, perteneciente al estado de Puebla, en el altiplano del interior del país, a unos 120 km de la Ciudad de México. Un poeta mexicano llamado Juan de Alba también había fallecido ahí, en el mismo sanatorio, en 1973, y Judith incluso me recitó algunos versos suyos que apenas pude valorar. Después me preguntó si sabía algo de Cholula, la Jerusalén del México prehispánico, donde ella trabajaba como profesora. “Una ciudad mágica”, precisó, y añadió: “la ciudad viva más antigua de toda América”. Le dije que no, que me faltaba mundo y que había salido poco de mi Barcelona natal. Presumí de iconoclasta diciéndole que me gustaban Rulfo y García Ponce pero también El Chavo del Ocho, la serie de televisión infantil que educó a media América Latina. Y le dije la verdad, que de Cholula sólo me sonaba la famosa matanza de la Conquista, en la que Cortés arrasó a los cholultecas. Judith me comentó que escritores tan diversos como José María de Heredia, Pablo Neruda y Carlos Fuentes habían escrito alguna vez sobre el lugar, considerado durante siglos como ciudad sagrada. Yo le respondí sarcásticamente que entonces Cholula, a pesar de Fuentes, había tenido más suerte que Barcelona como ciudad literaria.
Fue, por mi parte al menos, una conversación deliberadamente frívola, de esas tan habituales en los congresos literarios, en las que los pedantillos lucen su biblioteca personal y tratan de impresionar a los colegas para lograr algún beneficio en forma de publicación o invitación. Pero sé que después de ese encuentro ella se mantuvo al tanto de lo que yo hacía y lo que yo publicaba (poca cosa), y por eso, la segunda vez que nos vimos ya estaba preparada para hacerme la oferta y para mejorarla cuanto fuera posible.
Yo había terminado mi tesis doctoral sobre Masip y, efectivamente, había salido por fin de España pero para pasar un año horrible en París, viviendo la impostura de una vida académica para la que no sirvo, investigando la obra literaria de los exiliados desde la comodidad de las grandes bibliotecas y los departamentos de las eminencias. Había perdido toda esperanza de entrar como profesor en mi universidad: el catedrático más poderoso, al que llamábamos Frígilis por su devoción por el inane de Clarín, prefirió darle una oportunidad profesional a la que había sido mi novia, una becaria que, por cierto, me estuvo poniendo los cuernos con él durante al menos un semestre en gozosos viajes académicos pagados con dinero público. Así que volví a España para llevar una patética vida de freelance, escribiendo reseñas mal pagadas en las que volcaba mi resentimiento literario, y artículos a veces graciosos, de cierto tono costumbrista y nostálgico, en periódicos de mi ciudad. Pero también escribía otros textos, más extraños, en revistas muy minoritarias: poemas, ensayos, cuentos, misceláneas de mi frustración y tanteos intelectuales que a nadie, pensaba yo, le podían interesar, y por las que, por supuesto, no cobraba nada. Increíblemente, Judith conocía algunos de esos experimentos.
-¿Viviste en París un año con una beca en la Sorbona y volviste a España para trabajar de crítico literario cobrando una miseria? –me preguntó en esa segunda ocasión, en un restaurante mexicano del barrio de Gràcia en Barcelona, precisamente. Recuerdo que entonces, durante la cena, Judith no me pareció muy hermosa, y eso era porque, claro, todavía no estaba familiarizado con la auténtica belleza mexicana, esa belleza étnicamente genuina que no aparece en las telenovelas, donde abundan de forma falaz rubias y estilizadas mujeres. Judith, en cambio, aunque era algo pálida, tenía ojos grandes y negros y unos labios sorprendentemente carnosos.
- Fíjate que me gustó mucho tu cuento sobre la utopía heideggeriana.
Se trata de un cuento en el que imagino cómo se construye una sociedad ideal en la que todos los integrantes viven comunitariamente dedicados en exclusiva al estudio de la obra de Heidegger, entendida como la función más importante de cualquier empresa humana, y explico los problemas políticos, organizativos, económicos e incluso afectivos que todo eso genera. Una especie de fábula cuyo sentido último, utópico o antiutópico, ni yo mismo entendí. Judith Robaina era la primera persona que parecía haberlo leído.
-¿Por qué no te vienes a México? En mi universidad tenemos un puesto libre de tiempo completo.
-¿Lo dices en serio? México da un poco de miedo, admítelo. Cada día hay una noticia terrible.
-No creas que todo en México es como las películas de Robert Rodríguez.
-En realidad, pensaba en otro Roberto… Bolaño.
-¿A poco no te gustaría poner un poco de emoción en tu vida? Ándale, prueba un semestre… Tenemos una escuela de literatura a la que van algunos de los estudiantes más inteligentes del país y de toda América Latina. Y también algunos de los estudiantes más ricos. Es una universidad privada y elitista, que imita las universidades gringas, con su campus convertido en microcosmos, con sus albercas, sus tienditas, su gimnasio, su clínica, incluso su propia policía, para que no tengas miedo...
-¿En Cholula? ¿Me quieres decir que hay una imitación de Harvard al lado del sanatorio?
-Harvard, pero mezclado con Comala… -rió-. No, no es cierto… Es un lugar bien interesante. La universidad la fundaron unos empresarios con mala conciencia filantrópica, y en ella hemos tenido como alumnos a hijos de presidentes y gobernadores, que van con guaruras (guardaespaldas, dicen ustedes) al salón de clase. Es curioso que en una universidad así se enseñe algo tan inútil como la literatura, pero ahí está precisamente la gran oportunidad: meter una pequeña bomba en forma de novela o poema en el seno de alguna familia mexicana poderosa. Suelen ser chavos con inquietudes; vanidosos y prepotentes, pero a veces encontramos algún talento extraordinario. El salario es bueno y te aseguro que no olvidarás la experiencia.
Hizo una pausa y aprovechamos para beber vino los dos. Calculé que empezaba mi creciente embriaguez y pensé que dos horas después estaría en condiciones perfectas para dar una respuesta a lo que me proponía.
-Tenemos dinero para pagar buenos salarios teniendo en cuenta que es América Latina, -continuó- y tenemos también buenas instalaciones, pero hay que reconocerlo: no podemos contratar a los mejores. Los profesores realmente competitivos y ambiciosos se van a Estados Unidos a triunfar en ese circuito académico, y nunca podemos igualar las ofertas que reciben. Estados Unidos es un enemigo demasiado poderoso; no sólo por el dinero sino por el prestigio. México no puede retener a sus talentos; es otra de las desgracias que tenemos que aguantar. Sólo podemos intentar ser más astutos que los gringos, ofreciendo aquello que no pueden encontrar al Norte y tentando a aquellas personas que son distintas, impredecibles, que no pasarían la entrevista previa. Hay que reconocer que México es un país ideal para eso. Tiene años que voy reuniendo a profesores singulares de orígenes muy diversos, algunos muy chistosos, que probablemente no podrían trabajar en ninguna otra parte. Espero que de ese cortocircuito salga algo nuevo, no sé muy bien qué; una explosión que destruya por fin el arte y lo haga renacer, o simplemente una buena novela o una buena película, o la creación de una secta que contribuya a cambiar México aunque sólo sea un poco. Ya sabes lo que decimos los mexicanos: lo más seguro es que quién sabe.
“Algunos profesores del departamento son buenos, bien buenos. ¿Has oído hablar de Miguel Magallanes? ¿No? Pues fue en su momento un novelista importante, tiene más de treinta libros publicados. Incluso llegó a vivir aquí en Barcelona, en los tiempos gloriosos del boom, como Vargas Llosa y García Márquez. Lo dejó todo para intentar triunfar. No le salió bien la aventura, regresó a México y acabó en Cholula. Tenemos también a Jeff Lombard, que es un nuevo Ambrose Bierce, el típico gringo desencantado con su país, que ha preferido los abismos de México a las cumbres del capitalismo. ¿Sabes? Me siento como el personaje de comic, ese profesor pelón en silla de ruedas que va buscando mutantes por todo el mundo para reunir un equipo y proteger al mundo de los mutantes malvados. Sí, yo he reunido a unos cuantos mutantes. Y en cierto modo, es la única manera de aportar algo positivo a México. Porque ese país está del nabo, como decimos nosotros; todo funciona mal. Y aunque no me creas, yo soy una patriota y me preocupa mi país. Ya sé que no puedo hacer mucho, pero al menos tengo una escuela de literatura que funciona y que, a lo mejor, dentro de unos años, pocos o muchos, quién sabe, será un lugar del que se hable.
“Te la pasarás bien… La universidad es una burbuja llena de niños ricos con sus carros lujosos y sus laptops de última generación, encerrados en un campus en el que viven la mayor parte del tiempo drogados porque están lejos de sus papás y pueden gastarse en un día lo que nosotros ganamos en un mes. Y fuera del campus, apenas a cien metros, entras en la ciudad sagrada y te encuentras por la calle cualquiera de las cien iglesias del pueblo, la procesión del santo, los perros callejeros, los vendedores de tamales, el burro que carga los bidones de pulque… Puedes seguir los pasos perdidos de Carpentier retrocediendo desde la posmodernidad más cool hasta los tiempos de Nezahualcoyotl”.
Intenté presumir de ideas originales otra vez y le expresé mi escepticismo sobre el discurso macondiano acerca del encanto especial de lo latinoamericano; un escepticismo que, en realidad, era más bien teórico y que casi nunca había puesto a prueba discutiendo con un latinoamericano, si es que alguien sabe qué significa eso de ser latinoamericano.
-Los gachupines como tú nos niegan siempre, niegan las pocas veces que les ganamos en literatura. ¡Pinches colonizadores! No saldrán nunca de su prepotencia. Pero sí, te diré que yo sí creo en algún tipo de magia, o energía especial que nos hace menos previsibles que ustedes los europeos. Quizá por eso es todo tan gacho en México. Pero también de ahí salen cosas extraordinarias. Yo no soy supersticiosa ni irracionalista, pero sé que hay cosas que no cambiaría de un lado a otro del océano. Mis papás, por ejemplos. Los dos son ciegos; bueno, mi papá era, porque ya murió. Nos tuvieron a mi hermano y a mí y nos cuidaron en un pueblito de Veracruz. Mi papá era ciego de nacimiento, pero su enfermedad, por suerte, no se heredaba; la de mi mamá tampoco, era ciega desde niña, o sea que algo vio, aunque apenas recordaba. Y, sin embargo, crecimos perfectamente con ellos, en un pueblito medio abandonado, no lejos de la selva, en el que la escuela estaba bien lejos. Mi abuelo había ganado dinero con unas tierras que quién sabe cómo ocupó y aprovechó, y con eso pudimos sobrevivir e incluso ser bien considerados en el pueblo. Yo recuerdo ahora mi niñez y pienso que sí hubo algo milagroso, porque sobreviví a todos los accidentes y las travesuras, porque mis papás sabían cuándo estaba yo enferma o triste, o me había herido jugando con el bruto de mi hermano, o me había quedado con hambre después de la cena. Sabían cuándo los engañaba y cuándo les decía la verdad. Todo era normal, éramos una familia normal a pesar de todo, pero yo hojeé de niña libros en Braille al mismo tiempo que el Quijote o Julio Verne. En mis momentos más bajos, pienso en ello y encuentro fuerzas para todo, incluso para sacar adelante los mil problemas que tenemos cada día. No será un milagro, pero tampoco está tan lejos de serlo.
Terminamos de cenar y tomamos un taxi para ir al Barrio Gótico, que ella quería conocer en compañía de un autóctono. Tuve que explicarle que soy un charnego indiferente a Cataluña y España y reforcé mi argumento con pruebas irrefutables, como haberme perdido deliberadamente todos los acontecimientos olímpicos de 1992. Aun así, paseamos por todas las zonas previsibles y ella disfrutó de forma muy evidente. Después de un paseo de casi una hora, nos sentamos en una terraza del Port Vell:
-Ya veo que te gusta la ciudad -le dije-. Quizá pienses que aquí también hay algo mágico o como mínimo especial. Pero no: aquí no hay magia, sólo diseño, especulación inmobiliaria y vanidad primermundista. Todo el sortilegio de colores, el rito de palabras y conjuros, todo eso es simple negocio, y nada más. Esta ciudad ha cambiado mucho; este país, en realidad. Nos hemos creído todos los cantos de sirena del capitalismo y parece que nos hemos redimido de nuestro pasado trágico. A veces siento que ni España me necesita a mí ni yo a ella. Dirás que en Cholula se confunden los tiempos y las épocas. Pero acabamos de entrar en el siglo XXI y aquí tenemos rey.
- Y además Iberia sigue sin tener fila 13 en los aviones… -apuntó Judith, y yo me apresuré a memorizar el dato.
-Eso es España.
Nos reímos y seguimos paseando y hablando, y bebiendo también, y le propuse ir a bailar, yo que nunca he querido bailar, pero ella se abstuvo con un comentario que aún hoy no sé si era totalmente irónico, y es que me dijo algo así como que ella era una mujer mexicana casada y que su marido no perdonaría que se fuera a bailar con un hombre soltero (porque yo era y sigo siendo soltero). Y yo me sorprendí de que fuera feminista y a la vez pudiera tener tanto respeto a su marido, aunque después, cuando conocí al marido, entendí un poco más de todo ese lío que los mexicanos tienen encima, y las mexicanas más.
La decisión la tomé esa noche, aunque tardé en decírselo a Judith. Pero pasé semanas pensando en sus ojos y en los de sus padres ciegos, y en lo extrañamente unidas que pueden estar todas esas pupilas. Nos despedimos esa noche en la puerta de su hotel castamente, porque yo ya sabía que a las mujeres mexicanas hay que dejarlas siempre en la puerta de su casa. Y le dije que pensaría sobre su oferta; creo que ella se sintió algo decepcionada porque no había logrado un sí definitivo y me sentí en la obligación de decir algo más. Lo único que se me ocurrió fue agradecerle lo que había dicho de mí, el elogio que nunca había recibido y que, desde luego, también ayudó a decidirme.
-¿Qué es lo que te he dicho? –preguntó, con un hermoso mohín de duda.

-Mutante.

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