miércoles, 22 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (IV)


MR. JEFF LOMBARD

—Pinches mexicanos hijos de su reputa madre, qué poca autocrítica tienen. Se creen que son un gran país y cada 15 de septiembre celebran su propia mierda, sus cuarenta millones de pobres, sus veinte millones de corruptos, sus millones de ignorantes, sus indígenas muertos de hambre. Dan ganas de ir al zócalo en la noche del Grito de Dolores con una pistola y decirles ¿qué chingaos celebran, cabrones? Nos critican a los gringos porque en el fondo quieren ser como nosotros, ricos y mamones, pero sin dar explicaciones, sin rendir cuentas ante nadie. Así son, amigo Alejandro, así tienes que verlos, y te cuento todo esto sólo a ti porque lo peor es que no les puedo decir todo esto aunque quisiera, aunque quiero todo los días y creo que sería bueno que alguien les dijera estas verdades y que luego me apliquen si quieren el artículo ese de su constitución con el que corren del país al extranjero que les molesta. Pero no puedo decirles nada y me lo tengo que tragar todo, porque al fin y al cabo esta bola de cabrones son los que me dan de comer, y me dejan dar mis clases y hacer lo que se me pegue la gana, y por eso tengo que callarme ante la Robaina y no desmitificar su pinche México ideal que ella cree todavía que es un imperio y no es más que un vertedero de asesinos y violadores. Porque te voy a decir algo: México no es país de borrachos; España es un país de borrachos, quizá Rusia también, pero en México la gente toma menos de lo que se piensa, en parte porque ni hay dinero para comprar el alcohol. No, México es un país de violadores, de machos reprimidos que en cuanto pueden sacan a la bestia que llevan dentro. Ni Cortés ni la Malinche ni ninguna otra historia de esas que se inventan para justificarse; violadores, Alejandro, violadores por todas partes. A la mitad de las mujeres que he conocido en este país las han violado, y la otra mitad todavía no me lo ha confesado.
Jeff Lombard hablaba así, con buenas dosis de grosería mexicana, porque llevaba más de quince años en México cuando lo conocí (alguna vez contó que vivió el terremoto de 1985) y poco quedaba del tipo que, supuestamente, había nacido en Filadelfia. Había perdido no sólo su acento sino los modales estadounidenses, y la verdad es que costaba descubrir en él su origen gringo. Además, vestía a menudo con ropas y colgajos indígenas o indigenistas, lo que, unido a su larga barba y a su coleta, ambas canosas, le daba un aspecto estrafalario, como de santón perdido o consumidor de peyote al borde de la epifanía. Y digo que supuestamente había nacido en Filadelfia o cerca de allí porque nadie en la universidad parecía haber visto nunca su pasaporte ni ningún documento acreditativo de su persona, y, de hecho, nunca salió del país ni regresó a Estados Unidos mientras trabajó en Cholula. Creo que nadie había visto tampoco su título oficial de doctor, aunque no era el único caso en la universidad y en otras partes del país: todos sabíamos que muchos títulos académicos se compraban en la calle Brasil de la Ciudad de México a precios bastante razonables (yo mismo conseguí así mi sueño de ser doctor en Biología Molecular por la Universidad Nacional Autónoma de México para poder tirar a la basura mi título inútil de filólogo en Barcelona).
Nada más llegar a Cholula y empezar a impartir mis clases, sintonicé con Lombard más aún que con Judith, que en su puesto de jefa de departamento tenía muchísimos problemas intentando salvar unos estudios de literatura que eran, evidentemente, demasiado improductivos para una universidad de formación de élites. Lombard era el especialista en literaturas europeas, y era capaz de hablar de Thomas Mann o de Shakespeare sin que nadie pudiera rebatir sus opiniones en público. De eso poco discutíamos, en realidad; pero él parecía llevar tiempo esperando un interlocutor extranjero con el que desahogarse y criticar, sin ofender a ningún mexicano, todo lo que le parecía lamentable del país. Así empezó nuestra amistad, fraguada en cantinas y en fiestas diversas, con las que Lombard me introducía en la extraña sociedad cholulteca. Se convirtió en mi guía por los lugares interesantes de la zona, como la iglesia hiperbarroca de Santa María de Tonantzintla o el monasterio franciscano de Huejotzingo. Me llevaba en su camioneta y recorríamos el estado, y el único precio que tenía que pagar yo era escuchar sus largos exabruptos contra la autoconciencia mexicana. Nunca tuve dudas de que, a pesar de todo, su gratitud hacia México era altísima, y se indignaba enormemente con la actitud de sus compatriotas contra los inmigrantes mexicanos ilegales. Muy pronto empecé a escuchar rumores sobre él y los motivos que le habían hecho abandonar Estados Unidos; casi todas esas leyendas le hacían más interesante en los coloquios, salvo la que le atribuía que era pederasta y que buscaba niñas indígenas para sus diversiones perversas. Nunca la creí, pero sí pensé, en alguna fiesta con familias de profesores, que había algo extraño en su comportamiento con los niños; una especie de timidez excesiva, casi un complejo, sin duda demasiado contundente incluso para su currículum de soltero extravagante e impredecible.
Pero, a pesar de los rumores maliciosos, nadie le negaba la originalidad intelectual. No había publicado nada relevante, o nadie conocía nada publicado por él, pero tenía un prestigio espectacular entre los alumnos, en buena medida porque los maltrataba verbalmente y eso, aunque parezca mentira, lo convertía en un reto para los estudiantes. Era absolutamente escrupuloso en su trabajo; corregía de forma minuciosa todos los textos de los estudiantes y despedazaba sus sueños de gloria literaria con una convincente ecuanimidad: “metáfora insoportablemente inane”, “vulgar imitación de Carver”, “casi tan horroroso como Longfellow”. Que yo sepa, nunca puso un diez a un estudiante y esa dureza era especialmente meritoria en la enseñanza privada, donde, en México y en cualquier parte, las calificaciones suelen tener el impulso espurio de la coacción económica.
Para compensar su rigidez pedagógica, Lombard explicaba anécdotas que cautivaban a los estudiantes con más vocación cosmopolita o más cultura internacional. Presumía, por ejemplo, de haber conocido personalmente a Thomas Pynchon; era sin duda mentira (yo por lo menos no lo creí nunca), pero su erudición sobre el tema convertía en verosímil cualquier secreto del que presumiera. Al fin y al cabo, si Pynchon se beneficiaba de haberse creado su misterio, Lombard sólo hacía lo mismo. Su objetivo prioritario, de todos modos, era David Mamet, al que consideraba ejemplo perfecto de la degradación de la cultura de su país. Su conocimiento de la literatura del imperio gringo hacía especialmente entrañable su inmersión en la mexicanidad, y disculpaba, a juicio de todos, cualquier posible mistificación. Y yo además podía aprovechar sus argumentos para meterme a todas horas con el papanatismo neocolonizado de esos, en España y en México, que babean con cada novedad literaria que viene de Estados Unidos.
 —La literatura debe nutrirse del miedo. Jamás del amor. Eso les digo a estos chavos y es lo que espero que entiendan alguna vez. Su amor a la literatura no les servirá absolutamente de nada. Su amor a sí mismos, menos todavía. Si creen que van a ser correspondidos por la literatura, están completamente equivocados. Si quieren que esto sea como El club de los poetas muertos, que se vayan al carajo. Como mucho, llegarán a cronistas oficiales de sus pinches ciudades. Quizá sea eso lo que quieren. Pero algunos quieren más, y sólo lo podrán afrontar desde la vulnerabilidad, desde la intemperie. Ese es el problema de trabajar en un limbo como éste; a veces quiero sacarlos de acá y dar la clase en algún pueblo de la sierra, en el que lleguen completamente desprotegidos para que sientan de verdad cómo dios, cualquier religión, el amor, cualquier forma de arte, son tentativas de protegerse frente al miedo supremo que es la base de toda conciencia. Sabemos que nada nos espera y sólo cuando lo hayamos asumido con toda su dureza, podremos tal vez buscar alguna mínima respuesta. Por eso les maltrato desde el primer día y les digo que no les tengo ningún respeto; no sólo eso, les digo que aunque sean niños de papá no me dan miedo sus chantajes ni que presionen al decano porque les he dicho que deben morir un poco cada día para ser escritores o artistas o simplemente personas. 
Naturalmente, había un muerto en el pasado de Jeff Lombard, una huella que era a la vez una tumba. Aunque eso, en realidad, nos pasa a todos. Pero no había manera de conseguir que hablara de su vida antes de cruzar la frontera: sus respuestas eran o sarcásticas o vacías. No era extraño verle pasear por el campus fumando su cigarrillo de marihuana, y eso pudo haberle costado varias veces como mínimo el despido; casi siempre le salvaba el puesto Judith Robaina, pero en una ocasión fueron los propios estudiantes los que se movilizaron para impedir el despido. Las universidades privadas son muy sensibles a ese tipo de reacciones y se le perdonaron las manías a Lombard siempre y cuando no entrara a clase fumando ni hiciera proselitismo de sus hábitos en las instalaciones universitarias.
—Fíjate: carta de William Burroughs, que estudió una temporada en esta universidad, por cierto, a Jack Kerouac. Es de 1951 y responde a lo que él llama “apreciaciones altamente incorrectas” de Kerouac sobre México. “México no es simple, ni encantador o idílico. No es nada parecido a un vecindario canadiense. Es un país oriental que refleja dos mil años de enfermedad, pobreza, degradación, estupidez, esclavitud, brutalidad y terrorismo físico y psicológico. México es siniestro, oscuro y caótico, con el caos especial de un sueño”. Burroughs acaba diciendo que “cuando un mexicano mata a alguien es usualmente su mejor amigo”. Sí, claro, es Burroughs, que en el fondo era un escritor sobrevalorado gracias a su vida legendaria y marginal. Y no es precisamente un modelo de conducta, ya lo sabemos. Pero ahí sí acertó. Y lo que dice en 1951 se puede aplicar, más o menos, a lo de hoy. Hoy los mass-media son los que crean la psicosis colectiva de la delincuencia y el secuestro-exprés. Pero hay más problemas que la violencia. Te diré que para mí lo más grave es que no hay solidaridad en este país. La hubo, sí, en el terremoto del 85, que fue un momento horrible de dolor pero también de esperanza. Pero ya viste qué pasó después: fraude electoral, muerte de Colosio, toda esa mierda… Ya valió madre. Aquí el egoísmo es aún mayor que entre los gringos. Los gringos al menos creemos en el esfuerzo, el sueño americano y su reputa madre. Aquí creen en la Virgen de Guadalupe. Lo siento, quiero a este pinche país y sé que viviré aquí el resto de mi vida, pero a veces tengo que sacar toda esta furia. Los mexicanos ya hicieron su Revolución; salió mal y ahora esto es el caos. Que cada uno sobreviva como pueda. Ya han gastado la revolución, y no tienen más soluciones. No saben ni siquiera practicar el capitalismo honestamente, con la ética protestante de Max Weber. No quieren pagar impuestos; ni los ricos ni los pobres, ni poco ni mucho. Nadie cree que el dinero recaudado sirva para algo. Todos sospechan de todos y nadie confía en nadie; pero para qué gritar ni enojarse. Es así y lo será siempre; han construido su espíritu mítico y todos lo adoran aunque no quieran. En muchos aspectos, siguen en la vida colonial y no lo quieren admitir. Tan educados, tan hipócritas. Piden permiso y perdón por todo, aunque luego te matan porque no has brindado con ellos mirándoles a los ojos.
Así me hablaba Lombard, un poco como el maestro desengañado de “Luvina”, el cuento de Rulfo. ¿Podía yo acaso criticarle por no hablar de su pasado y ser coquetamente enigmático? En otra escala, yo hacía lo mismo, evitando compartir detalles sórdidos de mi vida en Barcelona: especialmente los que hacían referencia a mi soledad, una soledad mal disimulada con orgullo y nihilismo, cuya cifra última quizá sólo fuera un profundo egoísmo. No: si Lombard y yo nos podíamos comunicar era precisamente gracias a nuestros silencios.
—¿Moriré en México, Jeff? –le preguntaba yo.
—Algo de ti se va a morir aquí, eso es seguro.

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