domingo, 19 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (VI)


EN LA COTIDIANIDAD DEL CAMPUS, 

los estudiantes se dividían básicamente en dos grupos: los ostentosos que ya aspiraban a tener pronto un título para entrar en los negocios familiares o en corruptelas oficiales, y los menos ostentosos, que se comportaban con discreción, fuera por mala conciencia o por simple estrategia ante el riesgo de los muchos delincuentes que habitan en la psicosis colectiva. Para mí, hijo de andaluces que aún conocieron el tifus antes de emigrar a Cataluña, miembro de una generación que, afortunadamente, jamás pensó en emprender negocios sino en situarse de la mejor manera posible en la función pública española como forma de humilde y digna supervivencia, para mí, digo, conocer de primera mano la riqueza, la riqueza real, expansiva, gozosa de sí misma, llena de materia y abundancia en-sí y para-sí, fue un auténtico shock ideológico.
Yo no conocía de verdad a los ricos catalanes, tanto en su versión burguesa tradicional como en el caso de los nuevos ricos de la era especulativo-europeísta, fuera de la imagen de los medios de comunicación que siempre los adulan lacayunamente como “creadores de riqueza”. Ya sabemos que en España se olvidó hace tiempo aquello tan social y rojeras de la “redistribución de la riqueza”, porque aquí no se trata de distribuir nada sino de tener más que los otros para que puedan servirnos, y por eso a los empresarios, según parece, no hay que llamarlos explotadores sino emprendedores y hermanitas de la caridad productiva. Pero, de cualquier modo, a pesar del odio primario y raigal que les tenía, los ricos eran poco más que una abstracción en mi mundo de charnegos funcionarios. Jamás había conocido a un rico en persona: el rico era para mí un fetiche al que por suerte no tenía nunca que dirigirle la palabra y al que, por tanto, podía negarle carta de ciudadanía en mi esfera personal y en mi vida cotidiana.
En México, sin embargo, la riqueza me asaltó cordialmente, a veces incluso con cara de inocencia, y comprendí que mi resentimiento social español no me ofrecía ya suficientes categorías ni dimensiones. En México los ricos a veces visten como pobres para que no los secuestren, y además son tan educados que piden todo por favor a sus criados. Incluso te dan la razón cuando les dices que la desigualdad social es intolerable, y cabe la posibilidad de que lo digan con sinceridad. Creo incluso que a veces el rico mexicano llega a perder el control de su fortuna y a no ser consciente de lo que tiene: habla de sus ranchos como yo hablo de la mesita de noche del dormitorio, se queja de los precios en Business class cuando viaja a Europa, se confunde con los diferentes tipos de tarjeta de crédito, hace cola en los bancos con los campesinos. Pero su riqueza es un sótano colosal, palaciego, una bodega a la que basta con entrar de vez en cuando para encontrar el vino adecuado. Ni siquiera es una fortuna sudada, de buscador de oro en peligrosas espeleologías: suelen ser fortunas fáciles, que empiezan con unas cuantas mordidas y algunas evasiones fiscales. A partir de ahí, la riqueza crece sola, con cierta naturalidad de tumor, teniendo en cuenta que en México la injusticia es tan natural como el maíz.
Esos ricos vivían en lujosas zonas residenciales de Cholula y Puebla a veces de difícil acceso, valladas e incluso protegidas con alambradas y garitas de vigilantes. No siempre el lujo era visible e inequívoco desde el exterior o desde la calle, sino que se camuflaba hábilmente con las urbanizaciones de menos nivel económico, garantizando cierta discreción necesaria para evitar contratiempos. Algunos de mis estudiantes vivían en esas zonas, pero otros preferían salir a la intemperie y compartir alguna casilla cholulteca en la que poder drogarse y follar sin moralinas.
Con el tiempo llegué a pensar incluso que yo me había convertido, de algún modo, en el peor cómplice de la desigualdad social mexicana, ayudando a los niños ricos a lograr sus objetivos hedonistas y a satisfacer sus caprichos humanísticos. Un criado culto de esos niñatos fresas, en definitiva, perfecto para mantener el statu quo de sus amos a cambio de un cómodo sueldo que, sin ser comparable al de las buenas universidades de Estados Unidos, me permitía pagar caprichos que no tenía en Barcelona.
—Niños fresa –continuaba Lombard—, en el fondo son los que me hacen sentir vivo desde que llegué a este país hace tantos años. Son adorablemente ingenuos a veces; y la ventaja con respecto a los Estados Unidos es que aquí nadie se quejaría del sexual harassment. Las estudiantes van de caza, Alejandro. Alguna se te echará encima más tarde o más temprano; primero, porque sus compañeros son aún mucho más ingenuos que ellas, y no les resultan atractivos, en general; y segundo, porque el profesor es el trofeo, y eso lo hace especialmente excitante. Yo no he tenido relaciones con estudiantes, pero no ha sido por falta de oportunidades. Sin embargo, he sido su tutor espiritual, les he enseñado a usar anticonceptivos, las he acompañado cuando han tenido que abortar e incluso en ocasiones les he tenido que prestar dinero porque no se atrevían a contárselo a su familia. No, no he cogido con las estudiantes, pero conozco toda su vida sexual y sentimental. Podría hacer un mapa sexual de toda Cholula y no me equivocaría mucho. Pero esa pelea ya no es para mí. Además, yo soy mayor que tú. Tú aún estás delgado y además, eres el güero, el rubito. Lo tienes todo para arrasar, si es lo que quieres. Si no, tienes a la Robaina, que está desesperada por quitarse a su marido. Sea como sea, no te faltarán oportunidades por aquí. Puedes incluso casarte y quedarte toda la vida. No tengas miedo a las represalias; los papás de estos niños no se enteran de la mitad de lo que pasa. Además, en general prefieren que quien esté con su hija sea alguien respetable, por ejemplo un doctor español. Eso queda bien para algunas pseudoaristocracias de por acá. Afortunadamente, las estudiantes de literatura son un poco menos conservadoras. Quieren conocer algo más de la vida. Como Sor Juana.
En todas partes es habitual que los profesores reciban apodos más o menos hirientes por parte de los estudiantes; uno de los rasgos curiosos de Lombard es que él se anticipaba y a cada estudiante le ponía su mote, y lo hacía sin pudor alguno. Sor Juana ya conocía perfectamente la existencia de su mote, y lo asumía como peaje del aprendizaje con Lombard. El argumento fundamental del gringo para justificar el mote era la aparente ambigüedad sexual de la chica, más proclive en la noche cholulteca a los encuentros lésbicos que a los heteros, aunque nunca parecía encontrar una pareja estable de ninguno de los dos sexos. Pero es que además Sor Juana también aspiraba a ser escritora y practicaba una poesía densa, compleja, capaz de disimular lo autobiográfico con ramalazos de surrealismo y conceptos grandilocuentes. Su gran proyecto era una extraña obra multigenérica de la cual tardé mucho en saber algo más que el título, sugerente aun sin ser original: Atlántida.
Era, probablemente, la estudiante más atractiva de su generación de estudiantes de literatura y en ello estábamos de acuerdo los tres hombres del cuerpo docente: Lombard, Magallanes y yo. Los pocos estudiantes masculinos y no gays de literatura opinaban lo mismo, y uno de ellos, un norteño llamado Rodrigo (a quien Lombard apodaba El Culero), la perseguía tenazmente desde el primer curso en el que coincidieron. Los méritos de Sor Juana eran muy evidentes: era independiente y siempre parecía ir un paso por delante de todos sus candidatos, a los que respondía con sorprendentes contraofertas o con negativas silenciosas pero absolutamente rotundas e incluso humillantes. Físicamente, tenía la perfecta hibridación de disciplina europea en el cultivo de la imagen (delgada, fina, coquetamente desaliñada, con un estupendo catálogo de gestos y sonrisas que calculaba siempre) y un aire exótico visible sobre todo en sus ojos oscuros, recuerdo genético de alguna presencia no criolla en sus ancestros.
Rodrigo, en realidad, podía ser su contraparte perfecta: otro aspirante a poeta, mesiánico en sus pretensiones literarias, extravagante y desafiante siempre en virtud de una supuesta fe poética sagrada y eterna. Rubio y con ojos claros, era, al menos en principio, también una especie de guapo oficial o paradigmático dentro de un grupo a menudo estrafalario como el de los estudiantes de humanidades, a menudo descuidados y autodestructivos en su imagen pública. Pero Sor Juana no parecía aguantar la seguridad en sí mismo del norteño, acostumbrado a no mostrar nunca dudas y a aspirar al liderazgo grupal. Lombard y Magallanes habían hecho sus apuestas acerca de si finalmente ella cedería o no. Yo me tomé un tiempo antes de poner mi apuesta y debo decir, por cierto, que no fui el ganador.
Fuera como fuera, Rodrigo y Sor Juana eran dos de los mejores seguidores de aquel profesorado extraño y por momentos incompetente del que yo formaba parte, y todos nos reuníamos más o menos cada semana para discutir fuera del supuesto rigor académico del aula de literatura y de otras muchas cosas. La mayor parte del tiempo las discusiones eran amables y respetuosas; nadie podía negarle a los chicos su interés por la literatura y parecían escucharnos con atención, incluso cuando ironizábamos, sobre todo Lombard, sobre sus aspiraciones literarias y sus ingenuos mitos (la inmortalidad literaria, los valores absolutos, la pureza del arte incontaminado por el dinero y la codicia). Hasta que Rodrigo, ya ebrio, decidía cambiar de tema y orientar toda su conversación a seducir a la reina literaria, olvidándose de nuestras magistrales observaciones. Yo los miraba de reojo, divirtiéndome con sus complejas negociaciones eróticas, y disfrutando perversamente con los habituales fracasos de Rodrigo.
—No lo olvides nunca, Alejandro. La pregunta fundamental es: “¿a qué se dedica tu padre?”.



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