sábado, 18 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (VII)


CHOLULA Y EL MÉXICO QUE NO ES ETERNO PERO SIGUE SIENDO REAL

Cojamos (con perdón, que puede haber lectores mexicanos) la típica postal de Cholula y empecemos un rápido recorrido turístico para entender el marco de nuestra posbohemia. Cholula es, en pocas palabras, un buen lugar para aprender de la vida las verdades esenciales que la sociedad de consumo quiere tapar con su simulacro de plenitud; mucho más que Barcelona o París, sin duda. Porque, claro, la universidad elitista y las urbanizaciones de ricachones sólo eran un espejismo o una burbuja de sofisticación y engaño frente al remanente telúrico, el absoluto indisimulable de la desgracia y el desastre; y es que en cualquier momento, por un despiste o por un simple paseo, en Cholula salías del método ilustrado y el paradigma sistemático de la razón secularizada y te podías meter en la América Latina de los tópicos, pobre, rematadamente pobre, inepta para la democracia burguesa y llena de agujeros morales y físicos. Ese México profundo que está en la superficie y nunca deja de estarlo, que pide a gritos otra revolución, y que, parafraseando al poeta, muere rodando de su propia muerte, descompuesto, fetalmente abrazado a su propia tradición de siglos de oprobio.
Lo que veremos en esa postal típica, con toda seguridad, es el centro espiritual de la colectividad: la iglesia de la Virgen de los Remedios, que corona un pequeño cerro verdoso. Al fondo de la imagen, encontraremos infaliblemente los dos volcanes (siempre nevados gracias al PhotoShop) separados por el Paso de Cortés: el Popocatépetl, todavía activo y amenazante, y el Iztaccíhuatl, ya extinguido. La iglesia no tiene especial interés histórico-artístico (hay otras cincuenta en el pueblo, increíblemente) salvo por su subsuelo, porque el cerro, en realidad es una enorme pirámide prehispánica enterrada, la más grande del mundo, mucho más que las egipcias, si tenemos en cuenta la longitud de la base (más de ochocientos metros por lado). Cuando los españoles llegaron a la región, la pirámide, que había sido un importantísimo centro religioso durante siglos, ya llevaba tiempo abandonada, en lo que constituye otro de esos célebres misterios arqueológicos prehispánicos, como Teotihuacan. Evidentemente, sacarla a la superficie sería una proeza turística, pero supondría levantar medio pueblo, ya que las ruinas de la pirámide ocupan buena parte de la zona más céntrica. De ahí que no se pueda disfrutar de la maravilla al mismo nivel que otros espacios monumentales como la misma Teotihuacan o Monte Albán. Como tantas otras veces, el potencial económico de la zona está desaprovechado, aunque no parece importar mucho a los cholultecas, más preocupados por levantar negocios que aprovechen de forma parasitaria la rentabilidad de la vida universitaria: bares de todo tipo, taquerías, tiendas de copisteria y papelería y esos ultramarinos llamados hermosa y literariamente “misceláneas”.
Además, en cierto sentido, pueblos como Cholula hay mil en México: escarbas en casi cualquier parte del país y te sale un centro ceremonial o cualquier otra herencia antiquísima (o una momia de Guanajuato). Por eso suele impresionar más a los extranjeros como yo que a los mexicanos, a los que el caos no les resulta tan glamouroso porque tienen que soportarlo con excesiva frecuencia. En cambio, para un europeo, las ruinas y los estratos misteriosos de la tierra se suman a la permanente excitación de los reiterativos terremotos y del majestuoso volcán que, entre otras feas costumbres, escupe a menudo cenizas que irritan los párpados; y todo ello forma una aventura sensorial muy distinta de la paz tecnocrática de las sociedades teóricamente estables, tolerantes y desarrolladas. Por supuesto, yo también me dejé llevar inicialmente por la lectura mítica, sin entender (entonces) que no tiene nada de mágica una realidad pobre, conflictiva y en muchos aspectos irresoluble como la de Cholula y los demás pueblos desestructurados del país. “Esto no es lo real maravilloso de Carpentier; es lo real putrefacto”, decía Miguel Magallanes, y lo acompañaba con una sonrisa cínica, de desengañado, de exrevolucionario, de escritor lánguido, en definitiva. “Me caga lo exótico de México. Odio a André Breton, a Artaud y a todos los turistas del surrealismo”, repetía.
Pero volvamos a la postal y apliquemos algo parecido a la tecnología que usa el agente Deckard en Blade runner. La pirámide semisecreta y la iglesia de los conquistadores forman un simbionte curiosísimo, pero la vida espiritual es densa y compleja en Cholula y está llena de opciones irracionalistas para almas en crisis: más de un ingenuo neohippie sube a la iglesia no por liturgia católica, sino para cargarse de supuestas energías positivas generadas por la pirámide en los solsticios y en momentos especiales del año que son determinados normalmente por alguna droga reveladora. Por si fuera poco, justo a un lado del cerro de la pirámide, está el sanatorio Nuestra Señora de Guadalupe, el mismo sanatorio donde, como me dijo Judith, estuvieron ingresados y murieron varios escritores y donde el propio Magallanes pasó tres meses para curar su añeja adicción al alcohol. El sanatorio, predominantemente blanco, conserva un aire prefreudiano, terrorífico, de rutina de electroshock y lobotomía; como si fuera el reino de la señorita Radgett, la castrante enfermera de Alguien voló sobre el nido del cuco.
Magallanes nunca hablaba de su experiencia en el sanatorio, salvo para jurar con vehemencia que jamás volvería a ese sitio. Algo tenía, desde luego, de reverso siniestro de la universidad ajardinada y cosmopolita: parecía más bien una prisión blanca de desahuciados mentales, espectros de la locura nacional y médicos que creen en la eficacia terapéutica de las sanguijuelas. La posición del sanatorio junto a la iglesia y al lado de la pirámide enterrada cerraba el triángulo tétrico de la espiritualidad enferma, decadente, irredenta. Sanatorio, pirámide e iglesia: difícil encontrar en todo el mundo un mazacote como ese de soluciones atascadas, agolpadas y retorcidas para almas sufrientes y desorientadas. Difícil encontrar otro montón de chatarrería espiritual que quepa en menos de un kilómetro cuadrado de sinsentido y aberración.
Mejor alejarnos de ahí, por si acaso, y dejarnos llevar por el milenario Camino Real para entrar en las calles de las dos Cholulas (San Pedro y San Andrés, esta última todavía más mugrosa) y admirar el paisaje humano y los diferentes grados del desmadre, desmadre que podemos entender amablemente como una extravagancia general y polvorienta, pero también como el México perenne, mal asfaltado, oloroso a fritanga, sin desagües para la época de lluvias, vigilado por policías lentos y panzones que nunca correrán detrás del delincuente porque se cansan demasiado. El México que de tan reacio a la llegada de la modernidad se ha vuelto posmoderno.
Los medios de transporte son muy variados: hay autobuses sólo algo mejores que las guaguas cubanas, junto a coches lujosos (los de algunos estudiantes) pero también destartaladas quincallas sin cristales, y abundan los ciclistas, con bicicletas robadas que van pasando de unas manos a otras como parte del intercambio global. La amenaza para los ciclistas viene de los malditos perros ociosos, que enloquecen con el misterio diametral de las ruedas y persiguen arduamente los tobillos hasta que el ciclista acelera y el perro famélico se queda sin energía. El asunto de los chuchos no es menor: una estadística local llegó a afirmar que hay tres perros por habitante humano en Cholula, y las autoridades, siempre tan preocupadas por la jerarquía de los problemas, hablaron de “fauna endémica”. Eso sí, hay menos cagadas de perro por las calles que en Barcelona. Y es lógico, porque qué van a cagar unos perros muertos de hambre.
Esos perros parecen sacados de una película de Tarkovski. Y es que ser perro en Cholula no es únicamente un destino atroz: es también una metáfora de algo más profundo, tal vez (me atrevo a decir) una intuición del ser mismo y su desamparo. Los lugareños no piensan en esos términos, pero algo pensarán, porque protegen a los perros de la periódica llegada del camión de la perrera. En cuanto lo ven aparecer, abren las puertas de sus casas y atraen a los perros con algo de comida hasta que el camión desaparece y el peligro pasa. En ocasiones, sin embargo, no consiguen salvar a los perros, que aparecen muertos en cualquier descampado del pueblo. Entonces alguien les echa cal a los cadáveres, y así te encuentras de vez en cuando, en un arcén o un descampado, el triste espectáculo de una muerte blanca que dura días y días, y el último rictus del hocico abierto de un perro que jamás tuvo ni collar.
Algunos estudiantes adoptan a perros como mascotas existencialistas, y así yo conocí y compartí veladas con muchos de esos animales. Entre todos los bautizábamos y por eso todavía recuerdo a Zenaida, Hamlet, Solovino y sobre todo a los que yo bauticé: Occidente, Palinuro de México y el inseparable trío compuesto por Villefort, Danglars y Mondego (los enemigos del Conde de Montecristo). Con ellos he dialogado muchas veces, en términos jocosos pero también metafísicos; con ellos he paseado hasta las cantinas, he ido de compras, he hecho de flâneur transculturado por las cercanías de la pirámide o por el Camino Real. Luego, por la noche, cuando me perdía entre las calles a menudo sin asfaltar, solía encontrármelos de nuevo y a veces no me reconocían, e incluso se ponían agresivos, sin duda por el alcohol de mi aliento. Alguno había, sin embargo, que no me ladraba, sino que me acompañaba melancólico hasta la puerta de mi casa, esperando una adopción que yo, aterrado ante la enorme responsabilidad de salvar a un ser vivo de la tristeza, no le podía a ofrecer.
Los perros son, en cierta forma, los verdaderos habitantes de Cholula, y la tierra, increíblemente, parece más suya que nuestra.

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