miércoles, 15 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (X)


NOCHES DE CHOLULA

Magallanes era, en efecto, arisco y “jodón”, amargado y amargoso, según su propia definición, pero en cierto modo era fácil tratarlo cuando ya conocías sus mecanismos básicos de funcionamiento social: la lectura fatalista de la situación del país, la mezcla de amor inagotable a los clásicos literarios y odio a lo que significaban las luchas literarias como la que él había perdido, ciertas dosis de machismo supuestamente de raigambre oaxaqueña y, en general, una actitud negativa hacia las esperanzas propias y ajenas, actitud a veces entrañable en su inocente simplismo. Yo tardé en encontrarle el gusto a su compañía, en parte porque, a causa de un mexicanismo rudo, odiaba de forma demasiado explícita a los españoles (y a los gringos como Lombard más) y en parte porque su letanía de frustración literaria podía ser monótona en ocasiones, pero acabé aceptándolo arqueológicamente, como pieza de museo de una época gloriosa que a mí me hubiera gustado conocer aunque fuera desde un segundo plano como el suyo.
—Tenía que haber escrito sobre Tlatelolco… lo pensé, lo pensé muchas veces. Pero no me atreví. Pensé que la historia de México está llena de otros episodios fascinantes para un escritor y que algún día encontraría ese suceso, EL SUCESO, la síntesis de la historia de México en un momento único lleno de significados. Y todavía sigo buscándolo.
Después de alguna declaración exaltada, casi siempre de defensa de algún gran escritor universal, empezaba a reblandecerse y a capitular pidiendo el siguiente tequila, el que ya no iba a asimilar bien. Entonces se levantaba y caminaba haciendo eses hasta el cuarto de baño para intentar recuperarse refrescándose el rostro y evacuando alcohol por la orina, pero normalmente ya era tarde. Por fin agachaba la cabeza y se dormía en una posición cervical imposible o como mínimo incomodísima, y nosotros seguíamos en nuestras discusiones sin prestarle más atención, hasta que llegaba la hora de llevarle a su casa.
Una vez estaba tan agotado que apenas se tenía en pie, y yo mismo tuve que sacar sus llaves del pantalón para abrir la puerta de su casa y tumbarlo en la cama. Pesaba como un muerto y callaba también como un muerto. Pero refunfuñó cuando le recordé que al día siguiente, ya en cuatro o cinco horas, teníamos un consejo de departamento. Los dos acudimos con aspecto lamentable a aquel consejo.
Aquella noche fue especial por otro motivo. Se habían quedado con nosotros en la cantina el Niño genio, Sor Juana y su supuesta pareja lésbica, una machorra intelectualmente brillante llamada Andrea, apasionada del teatro y con un evidente problema de hipertiroidismo que le agrandaba los ojos. Sor Juana era la única de los tres con coche y se había comprometido a dejarnos a todos en nuestros respectivos hogares. Dejamos al Niño Genio, después a Magallanes (me encargué yo solo de meterlo en casa) y por último me tocaba a mí. Dudé entonces sobre la conveniencia de invitar a las dos estudiantes a tomar una última copa en mi casa. No era la primera vez que lo hacía, desde luego, pero siempre había más estudiantes o algún profesor. Mis intenciones no eran sexuales, sino más bien puramente alcohólicas: tomar algo más pero no en soledad. Al final no me atreví, probablemente por un mínimo pudor ético.
En el viaje, Andrea le recriminaba a Sor Juana que conducía demasiado deprisa y la otra le daba la razón sin desacelerar. Yo intervine con miedo de español ante las estadísticas de accidentes de tráfico y las dos se rieron de mis prevenciones.
—Podríamos hacer una carrera con alguno de estos carros –dijo Sor Juana, disfrutando con mi miedo sólo parcialmente histriónico.
En efecto, era viernes por la noche y circulaban muchos coches que salían o entraban de las numerosas discotecas disponibles para los estudiantes. Sor Juana me reconoció que más de una vez se retaban unos conductores a otros con un simple gesto y se lanzaban a carreras en cuanto encontraban un asfalto decente y rectilíneo.
—¿Ya saben tus padres que haces estas cosas en los fines de semana, en vez de quedarte estudiando? –le pregunté.
—Si mis papás supieran todo lo que hago, ya me hubieran corrido hace mucho de la casa.
—Ay ya, no mientas… —intervino Andrea—, tu papá no es menso, sabe lo que haces, te adora y te compra lo que quieres. Como este carro.
—¡Cállate el hocico! Yo no quiero la lana de mi papá.
—Pero aprovechas su coche –intervine—. Hay una cierta incoherencia en ello. Admítelo.
—Si algún día conoces a mi papá –me replicó, apartando la mirada de la carretera—, entenderás que no siempre se le puede decir que no. Hay que seleccionar los regalos y los rechazos.
—¿En qué trabaja tu padre, por cierto?
Me salió la pregunta con espontaneidad, sin ninguna curiosidad digamos política detrás. En realidad, me preocupaba más el trayecto en coche, con atasco incluido en la entrada de una de las discotecas. Ya era muy tarde y empezaba yo a asumir que apenas dormiría unas pocas horas. Se me apareció incluso el rostro de Judith presidiendo la reunión de la mañana siguiente  reprochándonos a Magallanes y a mí la falta de seriedad académica.
—Es cacique, claro –se adelantó Andrea, y yo entendí enseguida la broma.
—No es cacique… no del todo –replicó Sor Juana—. Fue secretario de seguridad pública y procurador.
—Una profesión difícil, en México, ¿no? –pregunté con la cortesía más indagadora que se me ocurrió.
—Ni te lo imaginas.

Y supo cambiar rápidamente de tema, jugando otra vez con mi deseo de llegar con vida al hogar. Unos minutos después, nos despedimos con un beso en la mejilla. No negaré que sentí cierta envidia de la tal Andrea, pero pronto lo olvidé todo. Caí dormido casi con la misma rotundidad que Magallanes.

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