sábado, 11 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XIV)


POR FIN TENíA A MI PÚBLICO

Por fin había logrado tener un mercado cautivo, un público obligado a prestarme atención. Cómo me gusta lavar cerebros. Qué importa que Rodrigo apareciera en clase fumado, es decir, drogado, la mayoría de las veces. O que el Niño Genio se esforzara por interrumpirme con comparaciones erráticas e intuiciones afrancesadas. O que Sor Juana se sentara en la última fila, escondiéndose, no sé si de mis preguntas agresivas o de mis miradas menos inocentes de lo que debiera.
Qué importa que estuviera en una universidad pretenciosa llena de apariencias y vacía de ciencia real. Por fin, después de años de frustración literaria, académica y vital, tenía la oportunidad de exponer mi poética y mi ética, de quemar templos y ajusticiar dioses, de hacer denuncias y renuncias. Después de años en los que a nadie le importaban mis opiniones, en los que no tenía acceso a ninguna de esas plataformas de lo que llaman cultura (el Instituto Cervantes, el grupo PRISA, Anagrama, la crítica literaria española, las capillitas de escritores de Madrid o Granada, todo eso que tanto odio), por fin tenía la oportunidad de no hablar solo. De simular que yo era un intelectual, o algo así de detestable. De ejercer la docencia con tiranía y megalomanía, de manera antipedagógica, pasándome por el forro de los cojones toda la basura del Lifelong learning y las nuevas mierdas del Plan Bolonia y similares.
Sentí que era inequívocamente feliz en mi labor de maestro, adoctrinando a los chavales en la quema de ídolos y absolutos. No tenía dudas de que pronto olvidarían mis peroratas iconoclastas, y tampoco dudaba de que muy pocos de los estudiantes realmente apreciaban mis propuestas, pero yo sentía un ardor que podríamos calificar de militar: por fin yo estaba, cómo decirlo, en la lucha. La guerra universal de la cultura. Microscópicamente, atomizado en una provincia mexicana, sí, pero por fin provisto del fanatismo necesario. Predicando y profetizando como un líder de secta, cortando cabezas de orcos literarios como el Aragorn de mis mejores fantasías épicas.
Por supuesto, los estudiantes eran tan egocéntricos y vanidosos como yo, y replicaban a mis performances de muchas formas. Tuve que acostumbrarme a sus múltiples extravagancias: camisetas semiológicamente retorcidas, complementos de vestuario de todas las estéticas, peinados improvisados y experimentales, iguanas como mascotas sobre los hombros. Pero cierto día glorioso sobrepasaron todas mis expectativas.
Para variar, yo despotricaba contra la literatura española de la democracia, con la mala baba de García Viñó o Fortes, pero creo que con argumentos más objetivos: la machaconería del relato oficial de la Transición (tan autocomplaciente como lobotomizador), la homología entre postergación cultural y declive político del comunismo en España, el engañoso ensalzamiento de una literatura de consumo europeo y por tanto traducible y vendible, la explotación revisionista de la Guerra Civil, la creación de una élite socialdemócrata hábilmente sobornada y docilitada con fondos del Estado o aledaños, y esas cosas que ya sabemos. Ni siquiera voy a perderme en esos detalles: lo que me interesa es que, en algún momento de mi diatriba, Andrea puso sus manos sobre el pupitre para apuntar algo y observé que llevaba las muñecas esposadas.
Traté de no darle importancia pública y continué mi discurso. Pero algo en mi interior fue simultaneándose con mi explicación y mis teorías se combinaron con una extraña sensación que me resultaba inquietante pero no del todo desconocida.
Los estudiantes se traían su jueguito, todos eran cómplices y a mí no me habían informado. Justo cuando criticaba el truco shakespeariano de los títulos en Javier Marías, me fijé en que Andrea hizo un gesto de incomodidad y se giró para mirar a Sor Juana. Ella, con cruel naturalidad le reprochó la queja muda, o eso creí yo. Manipuladora, autosuficiente y a la vez generosa, Sor Juana era sin duda la promotora del juego. Rodrigo las miraba alternativamente a las dos, sonríendo y mascullando a veces algo posiblemente obsceno. Sólo de vez en cuando tomaba alguna nota de lo que yo decía. El Niño Genio sí me escuchaba con atención, al menos, aunque se atrevió a interrumpirme afirmando, con asqueroso malinchismo, que la novela española de la democracia era en líneas generales mejor que la mexicana.
Imagino que los estudiantes pensaban que me costaba mantener la concentración, pero en realidad era todo lo contrario: sentía un fervor insólito, un arraigo inesperado, porque por fin estaba donde quería estar, decía lo que quería decir y veía lo que quería ver. El morbo juvenil, denso en caprichos y experimentos, me embriagaba y le daba coherencia decadentista a mi vida por primera vez, porque, admitámoslo, todas mis interpretaciones literarias no son más que juegos morbosos, un teatro de pasiones y transgresiones, que jamás sería capaz de justificar en serio, con rigor y disciplina intelectual. Por eso disfruté cada segundo de mi exposición y aún me quedó tiempo para saborear algo del erotismo ambiental.

Recuerdo cómo Sor Juana se arregló la larga melena en lo que podía interpretarse como un gesto de desinterés por mis palabras. Pero no era así: sé que me escuchaba con atención, porque mis palabras transmitían pasión, y esa pasión también se debía a ella, por fin. En nuestras juergas nocturnas, siempre me resistí a bailar con ella, porque sé lo que significa el baile para las mujeres (probablemente para todas, españolas o mexicanas o de donde sea), y sé que yo ahí sólo puedo perder. Pero entonces, en medio de aquella clase de literatura española de la democracia, supe que de algún modo virtual y pornográfico estábamos bailando. Bailaban mis ideas y las suyas, bailábamos y todos nos miraban, y ella estaba esposada y yo también e íbamos avanzando hacia el límite, que, por supuesto, sólo puede ser el punto más alto de un precipicio.

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