viernes, 10 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XV)


SALÍ DE AQUELLA CLASE 

eufórico de proselitismo literario y paseé durante más de una hora por el campus, paladeando mis teorías desmedidas y radicales, repitiéndomelas mentalmente e incluso perfeccionándolas con nuevos argumentos y ejemplos, con nombres propios elegidos a veces por azar y a veces por envidia. Esas eran las palabras en mi cabeza, pero las imágenes que se repetían eran la de Sor Juana. Sor Juana dominante y altiva, Sor Juana viciosa y guerrera, Sor Juana antidemocrática y radical, con su Andrea sometida y encadenada, con su Rodrigo onanista a la fuerza.
Regresé al despacho después de tomar un café y me sorprendió encontrarme con que Rodrigo me estaba esperando. Terminada mi clase, había tenido la de literatura norteamericana con Lombard, que le había suspendido el trabajo final.
—Lombard me odia. Siempre me la está haciendo de pedo.
Le dije que se sentara y cerré la puerta. Yo estaba relativamente acostumbrado a estos enfados de niño rico y sabía cómo manejar bien estas situaciones, pero en este caso tuve que ser especialmente diplomático porque Rodrigo tenía un alarmante estado de nervios en el que la tristeza y la indignación se compenetraban y aliaban. Por primera vez, lo vi humano y vulnerable, menos pijo que de costumbre, con cara casi de oprimido.
—El pinche Niño genio saca un diez con sus mafufadas sobre Philip Roth y a mí me pone un seis punto cinco. No es justo. Esta vez no. Voy a quejarme y presentar una reclamación. Y llegaré hasta el decano, si hace falta.
Me enseñó el ensayo, lleno de correcciones en rojo por parte de Lombard. Era un trabajo sobre Chuck Palahniuk y The Fight Club. Le eché un rápido vistazo y no tardé en entender por qué la calificación estaba plenamente justificada.
—Tranquilízate, Rodrigo. No es tan grave. No te van a expulsar de la licenciatura.
—No lo entiendes… No sabes lo que me costó convencer a mi papá de que quería estudiar literatura. Ellos son gente ruda, sólo entienden de corridos, no saben qué es la pinche poesía y les vale madre. Para mi familia es algo muy raro que yo estudie esto…
—Es normal. Todos hemos pasado por eso. Sólo alguien como el padre de Borges querría que su hijo fuese escritor.
—No, no. Mi papá es… especial. Es duro, tiene principios muy claros, y no le gusta que le digan que no. Se ha esforzado mucho para darnos una buena educación. Mucho, neta… Él tiene esperanzas en nosotros. Yo le dije que no quería heredar sus negocios, y se enojó, pero es que, neta, no me interesa ese mundo, yo quiero ser escritor, aunque acabe siendo pobre, pero para mí es lo más importante en la vida. Es una vocación, y uno tiene que ser fiel a sus vocaciones. ¿A poco no?
Yo había oído que su papá era una especie de terrateniente, pero también había oído que era propietario de cines y otras empresas de ocio, algún casino, tal vez. No podía descartarse que las dos versiones fueran ciertas y compatibles.
—Mis papás me decían: sólo estudian literatura las viejas y los jotos, no los hombres. Mis hermanos están en Boston y Nueva York, estudiando derecho y economía. Yo soy el frijol negro de la familia. He tenido que luchar contra los tópicos y los prejuicios norteños… No sabes lo que es eso. Y ahora Lombard me quiere correr de la universidad. Me tiene manía, lo sé. Porque cree que soy un niño rico sin talento y caprichoso. Pues ahorita sí se va a enterar. Voy a protestar. Mira mi ensayo, por favor, y dime si merece esa calificación. Yo no soy pendejo, sé escribir y puedo hacer cosas buenas. Sé que puedo.
Yo no había leído ninguna de las creaciones de Rodrigo, que al parecer eran cuentos ultraviolentos sobre la vida en el norte del país.
—Rodrigo, estoy viendo que este trabajo no tiene bibliografía, ni notas a pie de página. No hay investigación, sino sólo opinión. No hay introducción ni conclusiones, no hay marco teórico ni método crítico. Es anárquico, es una pura paja mental, tienes que admitirlo. Yo tampoco te aprobaría este trabajo.
—Pero ustedes mismos se la pasan criticando a la crítica y a la academia, renegando de ellos, diciendo que son unos interesados y que todo es un negocio y una lucha de poder. ¿Cómo quieren que yo pierda el tiempo leyendo a esos güeyes? ¿No se dan cuenta de la contradicción?
—No es tan sencillo… Tienes que conocer todo ese discurso crítico para poder después romper con él. Al enemigo siempre hay que conocerlo. No basta con rechazarlo de plano sin haberlo leído. Además, nosotros exageramos un poco porque forma parte del teatro de esta profesión; pero todos hemos hecho una tesis doctoral y sabemos lo que es investigar duramente.
—Lombard, no. Él no se graduó. Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé, y ya. Y creo que está de ilegal en el país. Podría llamar a la migra y que lo corrieran.
Le miré de forma severa y creo que se avergonzó inmediatamente, negando con la cabeza. Pensé que aún había esperanza con ese chico y que en él estaban en juego múltiples fuerzas contradictorias, por lo que cualquier movimiento por nuestra parte debía ser calculado y no precipitado.
—Lo siento… No quería decir eso. Lombard es bueno, sus clases son chingonas, pero siento que me odia, y no sé por qué.
—No te odia. No odiamos a los estudiantes. En ocasiones, simplemente os exigimos más y somos más duros, pero eso lo hacemos para motivaros. Suena baboso, pero es así.
—Este ensayo es bueno. Me he leído todas las obras de Chuck Palahniuk. Me lo sé casi de memoria. Y trabajé duro.
—Tendrás que discutirlo con Jeff. Y si no te convence, presenta una reclamación, yo no puedo hacer nada.
—Ya sé… sólo quería desahogarme. Pero ahora cómo le explico a mi papá que tiene que soltar más lana.
Rodrigo se marchó ya más sereno, pero, de todos modos, creí conveniente hablar con mi colega sobre el tema. Antes de entrar en su despacho, me asaltó Judith y compartió conmigo algunos rumores inquietantes que le había comentado el decano Villalobos: la carrera de literatura no era rentable y su clausura seguía siendo una posibilidad amenazante.
—Pues habrá que buscar trabajo en otra parte –le dije, improvisadamente, no demasiado preocupado por el asunto, que, en realidad, veía bastante lógico en una universidad privada—. Soy nómada, no lo olvides. El Catalán Errante. Un letrado posnacional, o sea un ejemplo más de esa gelatina mental que tanto te gusta estudiar en los mamarrachos de la literatura latinoamericana actual.
—No inventes… ¿Y dónde irás que estés mejor que aquí?
—Cuba, sin duda. Es mi sueño posutópico. Ya sabes, sólo me interesan países en los que una revolución haya fracasado.
Como esperaba, Judith se rió y regresó a su despacho. Yo entré en el despacho de Lombard y lo encontré leyendo una biografía del doctor Johnson. Le expuse con tranquilidad la situación, aunque evidentemente yo sabía que él tenía razón y que mi obligación era apoyarle. Ante los niños ricos, había que mantener el corporativismo como fuera. Lo que me preocupaba eran los modales del gringo con el Culero, quizá más bruscos de lo aceptable según las normas académicas incluso de un país como México.
—Ese Rodrigo es un necio culero que se cree genial –me dijo—. Y esos son los peores. No pienso cambiarle la calificación, ni darle otra oportunidad. Su ensayo es una basura. Seguro que fumaba mota mientras la escribió. Además, no soporto el mito Palahniuk. Estos chavos no se han leído a Hemingway o Faulkner y ya idolatran a Palahniuk. Hay que contrarrestar eso como sea. ¿Y sabes qué? La culpa de todo, en el fondo, la tiene Magallanes, que siempre pone dieces a todos porque así se evita leer los ensayos y puede dedicarse a beber todos los días sin que los estudiantes se quejen. Magallanes les ríe las gracias y les da argumentos para que vengan a hablar conmigo. Dice incluso que los cuentos de Rodrigo son buenos.
—¿Y no lo son? A mí no me los ha dejado.
—Son mierda. Una barata estetización de la violencia más truculenta, una proyección de su propia virilidad quién sabe si gay, porque con estos nunca se sabe. Se cree que con narrar asesinatos y decapitaciones el lector va a sentir algo. Y no se siente más que risa. Ahora quiere presentarlos a todos los concursos literarios de la república.
—¿Se lo has dicho así? Eres muy duro con el chico. A mí me parece inmaduro, pero quizás todavía tiene salvación.
—No podemos ceder, Álex. Tenemos que ser firmes. Los niños como Rodrigo se creen especiales, paridos por hadas. Debemos convencerles de que no van a conseguir fácilmente todo lo que se propongan. Es este país lo que está en juego: si esta generación toma el poder sin conocer algún límite, el país está jodido para otros treinta años.
—¿No crees que exageras? Pueden ser poderosos, pero no tanto.
—Seguro que te ha dicho que puede conseguir que me despidan, ¿verdad? ¿A que te lo ha dicho? Por eso vienes a hablar conmigo. Yo no les tengo miedo, Álex. Nunca he tenido miedo de que me despidan. Lo importante es la conciencia. Siempre.
Uno apreciaba en Lombard aquellos momentos súbitos de solemnidad equilibrada y no pretenciosa, que de algún modo compensaban sus muchas excentricidades. Muchas veces me pregunté cómo resolvería sus apetitos sexuales un hombre como él. Se le conocían relaciones con mujeres, algunas mexicanas y otras gringas que por algún motivo estaban de paso por México, pero con ninguna de ellas había conseguido mantener algo estable. Yo respetaba su intimidad y muy pocas veces le había preguntado al respecto, de acuerdo con la única cita bíblica que siempre me ha interesado, aquella del no juzgues y no serás juzgado.
Le di la razón y consideré que la conversación no debía continuar. Hablamos con insolencia burlona de Judith y sus paranoias académicas y quedamos para tomar una copa esa misma noche en la cantina de don Toño.

Regresé a mi despacho y revisé durante unos minutos la actualidad española a través de internet. Una vez más, aquel país me parecía irreconocible, envanecido con su opulencia inmobiliaria, con sus debates futboleros, sus reality-shows y rancios espectáculos patrioteros como la pseudobatalla berlanguiana de la isla de Perejil.

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