jueves, 9 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XVI)


EN ESO ESTABA 

cuando Sor Juana tocó la puerta. La invité a sentarse y recuperé algo de las sensaciones de la clase que había tenido esa misma mañana. Después de dos semestres como alumna mía, ya ni siquiera me ocultaba a mí mismo la evidencia de que la chica era sumamente tentadora. De hecho, yo ya empezaba a tener catalogados con innegable fetichismo casi todas las piezas de su vestuario: toda la colección de collares, pulseras y anillos, de diferentes diseños y reminiscencias culturales, sus camisetas casi siempre negras u oscuras que marcaban satisfactoriamente sus pechos, sus frustrantes faldas, tan empobrecedoras en comparación con sus inmejorables jeans y otros pantalones entallados como con tiralíneas. Y sobre todo, jugaba mentalmente con una parte de su cuerpo que jamás pensé que pudiera suscitarme interés erótico: las cejas, levemente trianguladas, inquisitivas, algo irónicas incluso.
—Venía a decirte que no podré entregar el ensayo a tiempo.
Pensé que el día se estaba volviendo excesivamente complicado y que necesitaba echarme una siesta. El ensayo consistía en justificar si es posible afirmar que Tiempo de silencio es la equivalente española de las novelas del boom latinoamericano.
—No te puedo dar más tiempo –le dije con sincera profesionalidad—. La fecha era muy clara y la sabéis desde hace semanas.
—Lo sé. No vengo a suplicar. Vengo a disculparme. Ya sé que no voy a aprobar la materia. Simplemente quería que supieras que me interesaba el ensayo, pero he tenido unos días complicados.
Esta vez llevaba puesta una camiseta negra y un hermoso, aunque holgado, pantalón blanco, completado con unas sandalias algo extravagantes en las que apenas me pude fijar. El collar era el de piedras verdes, quién sabe de qué material, y Sor Juana jugó con él mientras me daba su explicación. Pensé que estaba intentando establecer un vínculo más personal de lo habitual y dudé sobre si yo quería obtener más información. En realidad, la mayoría de los problemas auténticos de los estudiantes, fuera Rodrigo o Sor Juana o cualquiera, permanecían ocultos detrás del hedonismo de la vida cotidiana en Cholula. Solían hablar de sus problemas académicos o de los incidentes variopintos de las juergas nocturnas, pero pocas veces se sinceraban sobre sus familias y sobre los posibles traumas del pasado.
No quise ser curioso, sino educado, y opté por preguntarle:
—¿Algún problema? ¿Ha sucedido algo? –siguió en silencio, y aventuré una hipótesis que sí era más chismosa— ¿Ha pasado algo con Andrea?
Ella no esperaba la pregunta y respondió sonriendo.
—No, no es ella… ¿Lo dices por lo de hoy en clase?
—¿Las esposas? Sí, no puedo negar que me ha llamado la atención.
—Eso es sólo un juego… Se ha portado mal y ese era su castigo. Ojalá todo fuera tan fácil en el resto de la vida.
Traté de que no volara mi imaginación, más que nada para evitar alguna incontrolada erección que podría ser, por qué no, visible a tan poca distancia. Procuré concentrarme y ser cortés, como profesor responsable con algo de tutor de colegio mayor.
—Cuéntame.
—No te puedo contar mucho… Simplemente, mi vida es un caos, Álex. ¿Sabes lo que es eso? Un puro caos… Seguro que me entiendes y a ti te ha pasado alguna vez. Pero ya no sé si puedo soportarlo.
—¿Familia, amigos, literatura? ¿O acaso es el famoso Secreto?
—Todo, supongo…No sé si quiero seguir estudiando aquí. ¿Puedo decirte algo? Me caga esta universidad. Me asquea toda esta bola de pretenciosos.
—Muchas gracias, por la parte que me corresponde.
—No lo digo por ti, Álex. Ustedes son buenos profes, y hasta eso creo que lo hacen bien. Pero un día de éstos voy a explotar… Creo que, en el fondo, sé que mi sitio no es éste.
—Es una mala racha. Pero te queda poco para terminar la carrera. No seas tonta y termínala bien.
—¿Y para qué? ¿Sabes? Tengo una cosa que llaman, según leí, el mal del astrónomo.
—¿y en qué consiste?
—Que he mirado mucho el cielo y ahora me pesa el universo. ¿No te pasa?
—A mí en este país sólo me pesan las digestiones.
—No mientas. Tú, Lombard, Magallanes… ¿no han pensado nunca que a lo mejor van a ser responsables de que todos nosotros nos acabemos suicidando?
—Nadie se va a suicidar. Simplemente vivís una larga adolescencia. Y nosotros, los profes, también, supongo.
—Ay, no sé…Todo es tan complicado. No sé qué voy a hacer con mi vida. Pero no te voy a aburrir. Quiero que sepas que me gustó mucho tu curso, aunque no lo vaya a aprobar.
—Gracias. ¿Qué tal va Atlántida? A ver cuando me dejas leer algo.
—Avanza poco a poco, pero algún día lo terminaré. Y entonces lo leerás. No antes. Me da un poco de miedo tu opinión.

Se levantó, salió del despacho y yo, para no pensar más en ella, decidí volver a lo que me parecía más opuesto a su sensualidad juvenil y algo ninfúlica: España, con sus bobadas y sus puerilidades pequeñoburguesas. Gran Hermano seguía siendo, un año más, el programa de más audiencia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario