miércoles, 8 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XVII)


INSOSPECHADA INTERFERENCIA MÁGICA

Existe la ley seca todavía, y existe en México, cómo no. Inverosímilmente, a partir de la noche anterior a un día electoral está prohibido servir alcohol. Es un gesto hiperbólico y grandilocuente de democracia; una norma muy enfática y sospechosamente aislada del resto de la deontología política, en la que abundan el cinismo y la corrupción. Yo desconocía por completo la existencia de esa ley y lo averigüé justo el día antes de las elecciones a gobernador del Estado. Decidimos salir a cenar para celebrar el fin de semestre; no fue fácil ponernos todos de acuerdo, pero finalmente lo conseguimos. Judith y su marido, Lombard, Magallanes y yo fuimos a un hermoso restaurante de la avenida Juárez, en Puebla.
El marido de Judith, de nombre Román, se mantuvo discreto y cetrino como siempre. Era obvio que le aburrían nuestras conversaciones, las académicas y las antiacadémicas, y que su presencia en la cena era resultado de la más elemental cortesía marital. Yo intenté involucrarle en alguno de nuestros temas, pero era evidentemente difícil: qué podía decir él cuando nosotros criticábamos, con auténtica saña injuriosa, a Marcelino Menéndez Pelayo, o cuando yo soltaba la que creía que era una necesaria desmitificación del pesado de Domingo Faustino Sarmiento, el autor de Facundo, pésimo escritor y peor persona, y canónicamente sobrevalorado.
Román empezó a interesarse cuando pasamos a discutir de cine mexicano y yo mencioné mi reciente descubrimiento del Indio Fernández. El chiapaneco parecía deseoso de intervenir pero un pudor antipedante se lo impedía. Apenas pudo hacer un par de elogios al Indio cuando yo le interrumpí, con la típica grosería gachupina, para banalizar el tema y dejar a Román fuera de juego:
—Lo que nadie recuerda del Indio Fernández es que salió en un episodio de Colombo que transcurre en México. Curioso, ¿verdad?
A partir de ahí, dejamos el serio cine mexicano para hablar de televisión y nos dedicamos durante varios minutos a estudiar, con precipitación pero también con algo de erudición y bastantes datos fiables, cómo tantas series de televisión gringas de los setenta y ochenta, que todos habíamos visto y recordábamos, utilizaron como espacio extranjero preferente la costa pacífica de México, con ciudades como Acapulco o Puerto Vallarta, la escala inolvidable de los pasajeros de Vacaciones en el mar.
Estuvimos veinte minutos divagando sobre el mito acapulqueño y creímos agotar todas las posibilidades interpretativas al tiempo que había que elegir los postres. Román volvía a estar callado y yo asumí que me detestaba de forma profundísima, que no soportaba mi acidez, mi temperamento enfático y mi afán de protagonismo. Nunca me lo diría, naturalmente, pero no me pareció necesaria ninguna prueba.
Sólo volvió a hablar cuando nos despedíamos. Me dijo muy seriamente que tenía que madrugar al día siguiente. Era observador electoral, pero además tenía otras ocupaciones:
—Mañana tenemos una importante reunión. Van a expropiar unos ejidos de Momoxpan para crear un nuevo centro comercial. Vamos a impedirlo.
Judith intervino con lealtad y orgullo hacia un marido al que quizá había prestado poca atención durante toda la noche.
—Sólo espero que no lo madreen… —dijo Judith—. Se van a reunir unos doscientos y van a boicotear la inspección del lunes. Vendrá la policía y quién sabe qué pasará.
—No vale la pena hacer nada –apuntó, con nihilismo previsible, Magallanes—. Siempre ganarán los mismos.
—Esta vez no. Somos muchos y tenemos un líder.
—¿Eres tú el líder? –pregunté, involuntariamente sarcástico.
—No –respondió Román, con una seriedad que me avergonzó—. El líder se llama Emiliano…  Sí, como Zapata... Un hombre que ha sufrido mucho… Lo secuestraron hace unos años, lo drogaron, lo llevaron a una clínica privada y le robaron un riñón para venderlo en el mercado negro. Hoy es el líder de esos campesinos. Yo y otros muchos como yo les damos nuestro apoyo. Les quieren robar sus tierras a un precio de risa con el apoyo del gobierno.
Impresionado, me callé decidido a seguir callado durante bastante tiempo y creo que Lombard pensó lo mismo. Judith agarró del brazo a su marido en un gesto moderadamente cariñoso que tal vez también tenía algún significado para mí. Fue Magallanes el que habló, de nuevo:
—Chingaos, estamos siempre igual. La tierra sigue sin ser nuestra. Pues ya, saquen las armas y hagan algo en condiciones. Yo los espero en la cantina…
Intentamos reír pero apenas llegamos a sonreír. Román susurró algo a Judith y no tuve dudas de que era un mensaje imperativo. Se despidieron cortésmente de nosotros y nos quedamos los tres profesores en la puerta del restaurante mientras el valet parking traía el coche de Magallanes en el que habíamos llegado al lugar.
—¿Y ahora qué hacemos? –tomé la iniciativa alcohólica—. A mí me apetece tomar algo más.
—Hay ley seca.
—Al carajo la ley seca –dijo Magallanes—. Hay que citar a Efraín Huerta: “dirán de mí que siempre fui un poeta que cumplió con su beber”. Vamos a mi casa.
El valet apareció con el coche y Magallanes, antes de darle la propina, abrió el maletero para enseñarnos el contenido: unas veinte botellas de alcoholes fuertes, ginebra, anís, tequila, whisky y otros, más unos veinte litros de cerveza.
—¿Tendremos suficiente?
El valet también vio las reservas y trató de hacerse el simpático para aumentar la propina:
—Espero que la pasen bien, señores.
Nos subimos en el coche y nos pusimos en marcha. Por suerte, el festín báquico de Magallanes sólo estaba empezando, y aún podía conducir prudentemente. Una vez dentro de su casa, nos preparamos para una noche larga en la que, seguramente, apenas habría debate político, puesto que ninguno de los tres parecía, aunque fuera por distintos motivos, tomarse muy en serio la política del estado.
—Siempre ganan los cabrones –decía Magallanes zanjando el asunto con su valemadrismo habitual.
En realidad, Magallanes, en su hogar, era un hombre aparentemente menos cínico y más afectuoso. Se preocupaba de manera constante por sus invitados, dulcificaba sus modales, ponía música diversa pero siempre elegantemente escogida, y en cierto modo se redimía de su agresividad habitual. Por el contrario, Lombard cedía su dosis de protagonismo y se limitaba a ofrecernos la marihuana que fumaba. Yo eché de menos la presencia de los estudiantes, pero la mayoría estaban en periodo de exámenes y el elemental decoro académico les obligaba a algo de disciplina estudiantil.
Empezamos a beber y a fumar todos con ansiedad. Pronto Magallanes se volvió más verboso y repitió lo que ya había hecho otras veces: enseñarnos ejemplares de sus novelas, éditas e inéditas. Yo bromeé, como otras veces, con el homenaje que le habíamos garantizado.
—Será un congreso de varios días en el que vendrán eruditos de todo el mundo para discutir tus novelas, especialmente La guardia nocturna. La conferencia plenaria será de Enrique Krauze. Sé que es tu sueño íntimo.
—Qué ojete eres, Álex…
Esa vez recordó algo que me había prometido una vez y que por fin iba a poder cumplir. Nos llevó a su estudio y allí buscó una carpeta llena de recortes de prensa. El estudio, como era de prever, era la parte más reveladora de su hogar, donde acumulaba los mejores libros de su biblioteca y sus más importantes posesiones artísticas, junto a proyectos en forma de manuscritos o notas, desordenados pero sin duda según un procedimiento muy personal. Curioseé en los estantes, pero lo que más me llamó la atención fue una de las fotografías que había colgado en la pared. Dudé aunque acabé reconociéndola, porque una foto así no se olvida: era una reproducción de la famosa imagen de Stefan Zweig y su esposa, suicidados juntos en su cama. Una foto aterradora que, pensé yo, en realidad estaba ahí precisamente para ocultar otras fotos, inexistentes, olvidadas o simplemente descartadas: por ejemplo, las fotos de Magallanes con su mujer y su hija.
—Aquí está, ya lo sabía.
Me enseñó el papel a mí, antes que a Lombard, porque yo era el destinatario ideal. Era una página del periódico barcelonés Tele-Exprés, un diario que yo casi no recordaba de mi niñez y que no sobrevivió a los primeros años de la democracia. Me fijé antes en el titular que en la foto: “Otro escritor latinoamericano que se instala en Barcelona”. La foto era suya, aunque me costó reconocerle. Llevaba el pelo largo y rizado y unas horribles gafas de pasta gruesa que incomprensiblemente debían de estar de moda en la época.
—Ah, Barcelona… qué suerte tienes de haber nacido allí. Ese barrio gótico maravilloso, ese Gaudí increíble. Yo quiero que me entierren en esa ciudad. En el barrio de los pescadores, junto al mar.
—¿Cuánto hace que no visitas la Barceloneta?
—Quince años.
—O sea que tú conoces la ciudad tal y como antes de las Olimpiadas… Ya no es lo mismo, créeme.
—No me importa. Es la mejor ciudad del mundo. Yo fui feliz ahí, aunque era pobre y vivía en la calle Escudellers –se esforzó en pronunciar bien el catalán—, que estaba sucia y asquerosa a todas horas. Pero fueron tres años maravillosos. Corregía galeradas, hacía informes de lectura y cosas así, pero la vida no era cara, en realidad. Y sobre todo había ilusión. Parecía que todo era posible y que el futuro era nuestro. De todos los jodidos del mundo, latinoamericanos, españoles o vietnamitas.
En la entrevista, cada frase delataba la ilusión juvenil del escritor ambicioso y lleno de ideas. Le preguntaban por su nueva novela en marcha y en la respuesta creí detectar el cálculo con el que Magallanes promocionaba esa obra, que era, efectivamente, La guardia nocturna. Lo interesante es que defendía unos valores literarios que hoy en día parecen obsoletos, entre tanta novelita histórica de espadachines quevedescos o templarios sobrenaturales: “la novela puede ser revolucionaria sin ser panfletaria, como han demostrado Cortázar o García Márquez. Pero precisamente para no caer en la momificación o en la esclerosis, hay que desmitificar también a estos dioses, y por eso en mi novela hay a la vez admiración hacia esos monstruos y un deseo legítimo de parricidio a partir de los resquicios que ellos inevitablemente han dejado, a pesar de todo”.
—¿Aprendiste algo de literatura catalana? —le pregunté.
—No. Para mí lo mejor de la literatura catalana sigue siendo el collons del sabio catalán que sale en Cien años de soledad.
—Ramon Vinyes.
—Ése mero. Además, los catalanes son comerciantes, no escritores. ¿Tienen algún poeta bueno?
Le hablé de Gabriel Ferrater con esa ignorancia lúcida que reservamos a esos autores a los que no hemos leído pero apreciamos gracias a alguna fuente secundaria.
—Ah, Ferrater. Una vez me emborraché con él. Pero nunca fuimos amigos.
Regresamos al salón principal para sentarnos y Lombard se mostró inesperadamente malhumorado. Parecía no encontrarse muy bien.
—Me estoy malviajando. Esta mota es de mala calidad. Es el Culero, que me quiere envenenar. Su dealer es un fucking bastard.
Se dirigió al lavabo y tardó más de media hora en salir. Magallanes le ignoró para dedicarse a seguir bebiendo, pero yo llegué a preocuparme por el gringo. Toqué la puerta y creí escuchar algo así como el esfuerzo insuficiente por controlar un llanto. Admito que acerqué el oído a la puerta con la esperanza de que Lombard estuviera hablando con alguno de sus demonios. Creo que mi comportamiento no era del todo deshonesto: pensé que quizá era una buena oportunidad para que Lombard desahogara unas frustraciones que podían ser superiores (en intensidad, en dolor, en memoria acumulada) a las mías e incluso a las del más amargado de todos, Magallanes.
—Vete a la verga… estoy bien –respondió, sórdidamente, desde dentro, y maldijo en inglés varias veces.
Como tantas otras veces, respeté su autodefensa. Finalmente, Lombard salió con rostro cansado y ojos enrojecidos, y sin mediar palabra se sentó otra vez en el sofá. A los diez minutos, a pesar de la música, parecía completamente dormido. Magallanes sólo le prestó atención justo después de haberme susurrado algo intrigante:
—Voy a contarte una cosa muy importante que me pasó en Barcelona.

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