martes, 7 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XVIII)


HISTORIA DE M.

Magallanes esperó unos segundos para cerciorarse de que Lombard estaba inconsciente, y continuó después de apurar su caballito de tequila y llenarlo de nuevo:
—No se lo he contado nunca a Lombard, porque sé que él nunca lo entendería. Pero tú eres catalán, has vivido en Barcelona y a ti te lo puedo contar. Si alguien puede creerme, ése eres tú.
—Como se dice en las películas: tienes toda mi atención.
Bebió aún otra vez y exhaló por la boca algo del calor del alcohol antes de seguir:
—En Barcelona tuve una revelación. Una epifanía. Una experiencia mística, sobrenatural.
—Eso es imposible. Los catalanes no tenemos esas cosas. Somos gente prosaica, equidistante del vacío y la gloria.
—Te digo que sí. Nunca tuve una experiencia mística en México, y sí la tuve en Barcelona.
—Magallanes, ¿bebías calimocho o algo así? Esa es bebida de estudiantes pobres. Como la charanda de aquí.
—¡Carajo, estoy hablando en serio!
Lombard no se despertó con el grito. Me eché otro caballito yo también y anticipé que la noche se volvería tediosa con esos presagios de delirium tremens. Pero no, no fue en absoluto previsible.
—Fue una noche de San Juan –continuó Magallanes—. Yo tenía una novia argentina en Barcelona y cené con ella y otros amigos sudamericanos que vivían allá. Bajamos a la calle y en un descampado, como dicen ustedes, habían encendido una hoguera.
—Esa hermosa costumbre de la vieja Barcelona ya se ha perdido. La ley lo impide. Hay que tener cuidado con el fuego y hacer las cosas con criterio.
—La hoguera era hermosa y ahí estuvimos horas, mirando el fuego, rezando algunos, quién sabe. Y yo tuve ahí una visión, una visión inesperada –hizo una pausa para observar el escepticismo en mi rostro y empezar a arrepentirse—. Ya veo que no me crees.
—Te creo— dije piadosamente, y evité que el ceño me delatara—. ¿Qué viste?
—Vi a Kafka.
No entiendo muy bien por qué no me reí entonces; probablemente no se debía al respeto debido al anfitrión, sino a que mi ebriedad me impulsaba a ser crédulo. Pero había algo más: la certeza interna de que Magallanes nunca bromearía con algo así porque, a diferencia de mí, él sí tenía dioses y plegarias para ellos. Fuera una visión delirante o no, es sin duda reveladora de un tipo de temperamento; el de un hombre que, efectivamente, ha sido un Sísifo del fracaso literario, que quizás prefería a la Maga o a Pilar Ternera antes que a su propia esposa. O que quizá utiliza la foto de Zweig para combatir el insomnio.
—¿Kafka? –repetí, ganando tiempo—. ¿No sería un charnego como yo?
No había ningún indicio de relajación o reverso irónico en Magallanes. Estaba siendo sincero y yo debía agradecerle ese esfuerzo.  
—Los catalanes no se parecen a los judíos. Ni siquiera los medio catalanes como tú. ¿Cómo se puede confundir a alguien con Kafka? ¿Es que no recuerdas su rostro? Triste, delgado, anguloso. ¡Kafka! ¡Sólo podía ser él!
“Lo vi, te juro que lo vi, al otro lado de la hoguera. Lo estuve observando unos minutos; él miraba el fuego, como yo, buscando algo. Le pregunté a la argentina y ella, por supuesto, no veía nada. Siempre pensó que yo bromeaba”.
—¿Y qué hiciste? ¿Fuiste a hablar con K.?
—No.
—¿Por qué?
—Porque él ya me estaba hablando. Desde entonces decidí que sería escritor o no sería nada más en la vida. Y lo he sido, a pesar de todo. Digan lo que digan.
Se quedó en silencio, no sé si por cansancio o porque ya había dicho lo fundamental y cualquier añadido le parecía redundante. Le ofrecí un brindis no humorístico que me pareció el colofón perfecto para su discurso y Magallanes lo aceptó, claramente agradecido. Unos minutos después, empezó a cabecear y enseguida se quedó dormido. Yo seguí bebiendo mientras terminaba el CD que sonaba: un recopilatorio de Tom Waits. Pensé muchas cosas mientras bebía; no recuerdo la mayoría. Pero sí recuerdo que pensé que en ese mismo momento, escuchando un disco antiguo en la compañía de dos posintelectuales intoxicados y dormidos, todo estaba muerto a mi alrededor, incluido tal vez yo mismo. Y que el silencio mortuorio tenía algo de prefiguración de mi propio destino, que fácilmente podía acabar siendo un híbrido de las realidades tristes y decadentes de aquellos dos compañeros de borrachera.
Pasó una hora así (o más) hasta que decidí irme a dormir a mi casa. Desperté suavemente a Magallanes para despedirme de él; Lombard roncaba y optamos por no molestarle. Magallanes, casi avergonzado de su debilidad física, me insistió todavía en que siguiéramos bebiendo y tomáramos la última.
—¡Tenemos que hablar de mi homenaje! –bromeó.
—No te preocupes, todo está pensado… —dije, siguiendo su broma mientras me acercaba a la puerta. Nos dimos la mano, nos abrazamos y nos volvimos a dar la mano después como correspondía al código mexicano.
—Falta decidir lo más importante: ¿será en vida o después de muerto? –preguntó—. ¿In vita o in morte?
—No lo sé, amigo Magallanes. Eso no lo sé. Dependerá de ti, supongo. Y de tu hígado.
Y dejé su casa para volver caminando a la mía, aguantando los ladridos de los perros y encontrándome con algunos de los juerguistas nocturnos que por suerte no eran alumnos míos y por tanto no me reconocieron. O eso creo. También vi a Villefort paseando por mi calle, hambriento y desnortado, y me acerqué a acariciarlo. Seguramente me alegré de no encontrármelo muerto y embadurnado de cal, y es posible incluso que se lo dijera con esas palabras.

Antes de irme a dormir, como siempre, revisé por Internet la prensa española. Nada parecía cambiar en el País de la Imbecilidad.

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