domingo, 5 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XX)

PURO VICIO

Aproveché que Sor Juana pasaba a mi lado para preguntarle por la conferencia y empezar mi estrategia.
—Supongo que ha sido muy profunda, porque no he entendido nada desde el “buenas tardes y gracias a todos”–dijo.
—Pero el conferenciante se ha fijado en ti, no sé si te has dado cuenta.
—Claro que me di cuenta –sonrió con narcisismo perdonable.
—Deberías jugar a calentarle un poquito –bromeé—. Para que sufra un poco. A ver cómo reacciona, a ver si es capaz de sacar su Mr. Hyde latinoamericano. La barbarie que tanto se esfuerza en negar.
—Me gusta la idea –levantó la mirada como si estuviera meditando posibilidades, sabiendo que la Eminencia estaba a unos metros, a su espalda—. De hecho, esta noche teníamos pensado un buen espectáculo. Andrea se nos va y le quiero dar una noche memorable.
—¿Se va? –pregunté, aunque no era ésa la pregunta que realmente quería hacer.
—Sí. Su familia se va a San Antonio. Ella seguirá estudiando allá. El papá es un alto directivo y lo asaltaron hace dos meses unos güeyes armados con cuernos de chivo. Ha decidido que no quiere vivir más en México y ha conseguido que su empresa lo traslade. Aún no lo sabe nadie, más que yo y tú ahora. Por eso esta noche tiene que ser especial para Andrea. Le voy a dar todo lo que ella quiere. Además, ya no tenemos nada que perder. Y el profe, que mire lo que quiera. ¿Va?
—Va, me parece perfecto.
Le sonreí con la intuición fiable de una noche interesante. Ese día, Sor Juana vestía de forma muy europea, diría yo, casi como aspirante a pijita barcelonesa que le da dinero a Amancio Ortega: pantalones vaqueros ajustados, camiseta blanca de estampado dinámico y optimista, y una chaqueta torera que parecía imitación de piel. Confieso que me gustaba más cuando se ponía étnica o transculturada, o cuando le ponía algún toque alternativo, semigótico (cosa que sólo sucedió alguna vez en clase y muchas veces en mi imaginación). Pero cualquier vestuario era secundario ante la posibilidad de que iniciara en público otro jueguito morboso con Andrea. De momento, las dos se dedicaban a reír y a comentar la actualidad estudiantil con perfecto buen humor y aprovechando la gratuidad de los cócteles en el campus.
Yo inicié mi estrategia con la Eminencia después de consultarla con Lombard y Magallanes, que, como era de prever, me animaron en mi empresa y se ofrecieron a ayudarme en todo lo posible, empezando por distraer al Niño Genio para que yo pudiera centrar la conversación. La estrategia pasaba, por supuesto, por emborrachar a mi víctima, lo que seguramente requeriría de mis mejores dotes teatrales. Una vez acabado el cóctel (porque habíamos acabado con todas, absolutamente todas, las botellas), propuse ir a la pulquería a continuar la celebración del “gran día académico”. Judith intervino con un mohín de reproche:
—¿Cómo crees? No vas a llevar a nuestro invitado a esa mugre.
—Esa mugre tiene un gran valor antropológico –le repliqué. Estoy seguro que a nuestro invitado le excitará la curiosidad.
—Álex, no seas gacho. Sobre todo, que Magallanes no le vomite encima. Cuídalo, por favor. Para una vez que tenemos a alguien importante, que se lleve una buena imagen de nosotros.
Una vez más, Judith nos dejó para regresar con su marido y sus hijos, y esta vez me alegré, porque sin ella yo podría actuar con más libertad. Nos trasladamos en coche desde el campus a la pulquería y conseguí que la Eminencia viajara en el coche de Sor Juana, con Andrea y Lombard. Magallanes y yo nos llevamos al Niño Genio y a Rodrigo en el otro coche.
En la pulquería, nos sentamos en piojosos cojines y sofás viejos que eran los únicos asientos del lugar. Aquello fue una primera victoria, porque mi encorbatado enemigo aceptó con buen humor rebajarse a ese indecoroso mobiliario, aunque lo hizo con una especie de premeditación antropológica, como si estuviera en otra cultura y tuviera que adaptarse cortésmente a las costumbres autóctonas. A partir de ahí, puse en marcha mis mejores habilidades para ser, sin excesos, adulador con el invitado: empecé a preguntar a la Eminencia sobre su universidad y sus colegas de profesión, pero sin parecer en búsqueda de trabajo u oportunidades editoriales. Simulé que realmente me interesaba la producción académica estadounidense y fingí que había asumido con tristeza y resignación, en mi fuero interno, que ya no tenía posibilidades de empezar una carrera profesional en ese país. La Eminencia adoptó una pose misericordiosa que una vez más confirmaba su liberalismo de factura gringa.
—Es difícil entrar en el circuito académico americano, pero no es imposible. Quizá tu mayor problema es haber hecho el doctorado en Europa.
—Sí, tuve la desgracia de estudiar en Barcelona –ahí no tuve que disimular mi profundo desprecio por la caterva de haraganes y parásitos que fueron mis maestros.
—Lo importante es publicar en revistas de calidad, peer-reviewed.
—Claro, es lo que intento –mentí.
La Eminencia sentía especial curiosidad por Lombard, que se había separado de nosotros para hablar con Rodrigo, aparentemente de forma cordial.
—El caso de tu compañero Lombard es más curioso. Judith dice que sabe mucho de literatura, pero no está en América. ¿Sobre qué hizo su tesis?
Yo ya me había convencido de que Lombard carecía, efectivamente, de toda titulación académica, y, de hecho, él no se había esforzado en desmentirlo. Pensé, de todos modos, que debía ocultar la verdad.
—Sobre Thomas Pynchon.
—Ah, qué envidia. Me encantaría poder hacer una tesis sobre un escritor como él.
Le iba a decir que prefería a mi Masip antes que a Pynchon candidato al Nobel, pero entonces me di cuenta de que Andrea y Sor Juana habían empezado a besarse a unos metros de nosotros. La Eminencia controló perfectamente su mirada y no dio signos de interés, y yo procuré comportarme como él. Pero pronto el número lésbico empezó a concitar interés de otros espectadores, a pesar de la oscuridad del local.
—Me alegra comprobar que en México empieza a haber más libertad sexual –fue el único comentario de la Eminencia al respecto, y lo insertó discretamente entre dos pedantísimas observaciones sobre la última novela de un fulano a quien yo no había leído ni quería leer pero que supuestamente era un gran nombre de la actual novela estadounidense, “sin duda la que marca la pauta a nivel mundial”.
Yo simplemente sonreí y fingí prestarle atención, hasta que Andrea se acercó, cabizbaja y casi trastabillándose, a nuestros asientos.
—Perdón que los interrumpa… —hablaba con voz temblorosa y una sonrisa extraña, forzada—. Quería preguntarles si les puedo servir una cerveza o un tequila o algo…
—¿Trabajas de mesera ahora? –le pregunté con inocencia.
—No, pero pues tengo que hacerlo.
La Eminencia frunció el ceño pero yo miré a Sor Juana, que observaba atentamente desde su divina posición en el otro sofá.
—Pues sí, tráeme una cerveza, por favor.
—Para mí, nada, gracias –dijo la Eminencia, para frustración mía.
—Enseguida lo traigo.
—Qué amable es esta estudiante –dijo la Eminencia.
—No es amabilidad. Es que es sumisa y está siendo sometida por su amiga. La obedece en todo. Es su objeto sexual, en pocas palabras. A veces la obliga a ir esposada a clase. Ya ves, vicios que tienen los estudiantes por aquí.
—Aaaahhh… qué curioso.
—Sí, muy curioso.
Preservé el silencio durante unos segundos para dar oportunidad a la imaginación lujuriosa del erudito, pero no pareció reaccionar como esperaba y decidí volver a la carga con nuevas estúpidas preguntas sobre la actual novela estadounidense y sobre el pesado de Philip Roth, que, lógicamente, era uno de sus autores preferidos y para él el máximo merecedor de lengua inglesa del próximo premio Nobel.
Andrea llegó con mi cerveza sin decir nada; ahora sí me sonrió con picardía y regresó al sofá para fumar en la compañía de Sor Juana. La Eminencia empezó a bostezar y pensé que sólo me quedaba una opción, la peor de todas: preguntarle por su poesía. Se hizo el modesto al principio, hasta que le dije, casi a boleo, que su poesía me recordaba la del autor peruano (que apenas conozco) José Watanabe, al que por un pelo no rebauticé como José Kawabata o Sakamoto. Incluso en la oscuridad del tugurio, pude percibir cómo se encendían sus ojos con la satisfacción de que alguien había descubierto en sus textos la huella de uno de sus maestros. A partir de ahí, empezó una disertación sobre las poéticas de su maestro y la suya propia, hasta que le interrumpí:
—Deberíamos seguir hablando de esto en mi casa.
—No, yo creo que me voy a dormir ya… Mañana tengo el vuelo de regreso a los Estados Unidos.
—Oh, vamos, tomemos la penúltima…
Parecía decidido a retirarse hasta que se acercaron a nosotros Sor Juana y Andrea, en una estupenda sincronicidad.
—Álex, esto está muy aburrido hoy. ¿Por qué no vamos a otro sitio?
—¡Todos a mi casa!
La Eminencia se hizo nuevamente el interesante, pero lo dejé a solas con Sor Juana y Andrea, que empezaron a hablar con él y consiguieron convencerlo a base de sonrisas, calculados elogios e incluso alguna caricia por parte de cada una. Al final, Lombard, Magallanes, el Culero, el Niño Genio y otros seis o siete estudiantes se sumaron a nosotros.
En unos minutos, llegamos caminando hasta mi casa, apenas a una manzana de la pulquería. El vigilante de mi casa nos recibió con su típica sonrisa irónica: “Buenas noches, doctor”. Pensé invitarle a alguna cerveza por hacerle trabajar ya pasada la medianoche, pero supuse que eso pondría en cuestión su profesionalidad tan mal remunerada y sería visto como un gesto de prepotencia.
Entramos en mi casa, pusimos la música a todo volumen (empezando, como siempre hacía yo en situaciones similares, por el tema principal de banda sonora de Miami vice, de Jan Hammer) y empezamos a beber y a fumar de todo; los cocainómanos eran más discretos y solían hacer sus cosas en el cuarto de baño. Las chicas seguían rodeando a la Eminencia mientras yo me dedicaba a la difícil tarea de ser buen anfitrión en una casa que en media hora se llenó de amigos de amigos y desconocidos diversos, no siempre recomendados, que venían a beber gratis y que ni siquiera se tomaban la molestia de decirme su nombre y alguna referencia general de su vida. Pronto se organizaron equipos para conseguir más provisiones de bebidas, así como alimento para prevenir los ataques de hambre posteriores al consumo de marihuana, y se relevaron varios tipos en la labor esencial (y a menudo polémica) de decidir la música. La Eminencia, algo ebrio pero sin duda entretenido, se quitó la corbata y la chaqueta por fin, se sentó en mi sofá predilecto para la siesta y siguió cayendo en la trampa y dejándose llevar por la amable curiosidad de esa convivencia entre profes y estudiantes que en Estados Unidos suele ser estrictamente prohibida. Al tiempo, Magallanes empezó a delirar contra Octavio Paz y Lombard sacó su famosa pipa para la marihuana. Todo más o menos como siempre.
En un momento en el que descansé de vigilar a los borrachos más peligrosos para el mobiliario y mis pertenencias personales, Sor Juana se acercó a mí y me susurró que debía entrar en uno de los dormitorios. No entendí muy bien a qué se refería pero le hice caso, esperando encontrarme (no sería la primera vez) a estudiantes fornicando en mi cama sin pedirme permiso (ni para hacerlo, ni para dejarme verlo). Abrí la puerta y me encontré a Andrea tumbada en mi cama, desnuda de cintura para arriba y con las manos sobre la cabeza, esposadas. Sor Juana desapareció y cerró la puerta.
—Es un regalo para ti –dijo Andrea—. De ella.
 —¿Un regalo?
—Que veas mis chichis. Y que las puedas tocar.
Sin duda, Andrea estaba borrachísima, lo que probablemente le había permitido desinhibirse hasta ese punto. Desconcertado, dudé sobre lo que hacer.
—Es mi último día en Cholula. Puedes hacer conmigo lo que quieras –continuó, y cerró los ojos en un acto formal de preparación para lo que tenía que venir.
—Pero si a ti no te gustan los hombres –se me ocurrió decir.

—No importa. Tengo que hacer lo que ella me pide.

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