sábado, 4 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXI)


SEXUAL HARASSMENT

Tenía unos pechos hermosos pero pequeños, y demasiada barriga quizás para mi gusto, pero dejé que, como tantas otras veces, el alcohol decidiera por mí. Por otro lado (pienso hoy), su valentía a la hora de cumplir sus deseos me pareció sexy, ejemplarizante, incluso una posible redención del México conservador y reaccionario. Así que me acerqué y la besé cuidadosa y delicadamente en los labios, ensayando primero y luego profundizando. Ella estaba entregada y entendí que no le desagradó mi beso. Pero la dejé, en un ataque de prudencia, para regresar a la fiesta y beberme otro whisky que, contradictoriamente, pensé que podía relajarme. Después de apurarlo, saqué a Sor Juana de una conversación con dos desconocidos que fumaban marihuana y discutían sobre Blur o Radiohead o grupos así. Andrea seguía en la habitación.
—Gracias por el regalo –le dije—. Es bueno saber que se reconoce el duro trabajo del profesor de literatura…
—¿Se ha portado bien?
—Sí, claro.
—No te creo. Vamos a comprobarlo.
Logró parecer enojada, aunque creo que también estaba bastante borracha. Me tomó del brazo y me devolvió a la habitación, en la que Andrea estaba sentada en la cama, tal vez meditando o simplemente resistiendo la fuerza del sueño. Sin decir ni una palabra, Sor Juana la abofeteó y la ordenó ponerse de rodillas en el suelo. Pensé que nadie habría escuchado el sonido de la bofetada por la música, pero aun así me incomodé.
—¿Qué te dije, Andrea? Que te portaras bien.
La otra, vacilante, susurró algo parecido a una disculpa. Sor Juana se agachó y empezó a besarla otra vez, dándole nuevas órdenes.
—Bésale los pies al maestro. Agradécele todo lo que ha hecho por ti en esta pinche universidad –casi me entra la risa cuando dijo esas palabras, pero Andrea se arrastró de rodillas hasta besar mis pies y comprendí que debía seguir el juego—. Es un gran maestro y se merece que una pinche zorra como tú le dé una recompensa.
—Gracias, doctor… —decía Andrea antes de dar besos lentos y cariñosos a mis zapatos sucios de arena cholulteca. Intenté retirarlos, pero una mirada severa de Sor Juana me impidió hacerlo. Creo que fue mi último esfuerzo para reprimirme.
—¿Quieres chuparle la verga al maestro?
—Sí, sí quiero…
Me giré para comprobar que no había otros testigos, y pude ver a través de la puerta entreabierta a la Eminencia, que se había acercado a la cocina a buscar más líquido. Apenas se cruzaron nuestras miradas un segundo, pero sé que él vio algo, aunque trató de contener su curiosidad. Inmediatamente racionalicé mi temor y lo compensé con la satisfacción de la venganza: la Eminencia ya sabría para siempre qué tipo de individuo era yo y lo poco que me importaban sus constructos culturales y su sistema de valores. Y entonces, en una coherencia que me pareció perfecta, cerré la puerta totalmente y me bajé el pantalón, con el pene notablemente erecto. Por los jardines exteriores a la casa, pude ver, entre las cortinas de la ventana, al vigilante, ocupado aparentemente en sus tareas, y es posible que él también nos viera en algún momento.
Andrea hizo su trabajo con aceptable eficiencia y yo conseguí simultanearlo con algunos besos escasos e intensos con Sor Juana. Finalmente me corrí de forma poco espectacular y seguimos un rato más en medio de besos y toqueteos varios, hasta que alguien (creo que no fui yo, pero estuve de acuerdo) dijo que ya estaba bien por ese día. El alcohol hizo su efecto y nos quedamos dormidos los tres en mi cama, con Sor Juana en medio, mientras la fiesta, con la música a toda potencia, continuaba al otro lado de la pared.
Ya no supe nunca nada más de la Eminencia; se fue de mi casa y regresó a Estados Unidos. Supongo que Lombard se encargó de controlar el caos de la fiesta, porque al día siguiente encontré pocos desperfectos y pocas cosas habían desparecido, salvo algún CD (el de Wish You Were Here).
Las chicas se despertaron resacosas pero sonrientes, se besaron otra vez, hablaron entre sí de mil cosas del día anterior excepto lo que había pasado en la habitación y al cabo de una hora, después de tomarse el café que yo les había preparado, empezaron a llorar.
—Te extrañaré mucho, Andreíta.
—Yo también, Mi Dueña.
Se marcharon juntas a las diez de la mañana, lo que agradecí enormemente ya que me permitía dormir algo más y combatir la resaca. Sor Juana se despidió con un beso en la mejilla aunque entendí que nos veríamos esa misma tarde por el campus. Andrea, por su parte, salía al día siguiente para San Antonio. Se despidió de mí dándome las gracias, esta vez completamente en serio,  por los cursos que le había enseñado y lo mucho que había aprendido.
—Entonces –le dije— creo que ya merezco que me contéis el Secreto.

—Ah, no –coincidieron las dos, y siguió Sor Juana—. Todavía no estás preparado. Aún tienes que caer más bajo.

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