viernes, 3 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXII)


DE LA VIDA ERÓTICA EN LA ATLÁNTIDA

Liarse con una estudiante podía ser una legítima venganza contra la pendejez de la Eminencia, pero, a priori, también me homologaba lamentablemente con mi viejo amigo Frígilis. Por suerte, yo no tenía ningún poder real que ofrecer, y por tanto poca erótica del poder que aprovechar; Sor Juana ya estaba a punto de terminar los estudios y nunca más iba a ser alumna mía. En realidad, como se verá, mi relación con Sor Juana tuvo poco de acoso sexual y fue más bien una especie de reinversión de mitos, desde Pigmalión hasta la misma Chingada.
Al conocer la noticia, Magallanes hizo poco más que refunfuñar, pero Lombard me felicitó abiertamente.
—Pinche gachupín, ¿para cuándo la boda?
—No exageres, gringo viejo. Ni boda ni hostias.
—¿Cómo crees? Ya te vas a casar y te quedarás en México toda tu vida. Ahora sí la jodiste. No te dejarán ir.
Aquella noche, en la cantina, Magallanes tosía y se quejaba de malas digestiones, y yo le recriminaba su falta de conciencia médica:
—Te vas a morir de cirrosis, Miguel. Empiezas a tener los síntomas. Pásate a las drogas blandas, como el doctor Lombard.
—Vete al carajo –replicaba, en una perfecta simbiosis de enfado y humor, Magallanes.
—No cambies de tema, gachupín. Cuéntanos más, dinos qué planes tienes con Sor Juana. Ándale.
Después de aquella parranda en mi casa, Sor Juana y yo empezamos a quedar en mi casa o en algún motel, y creo que conseguimos mantener una eficaz clandestinidad, al menos frente al resto de la población estudiantil. Los primeros encuentros, las primeras negociaciones, fueron difíciles, como era de prever, entre mis diversos pudores académicos, éticos y sexuales (los más importantes) y la desconcertante naturalidad con la que Sor Juana desdeñaba mi manual de instrucciones en materia sexual. Yo siempre pensé que mis deseos más ocultos eran una especie de sótano al que sólo se podía llegar después de muchas contraseñas y aperturas de pesados cerrojos, pero Sor Juana, asombrosamente, encontraba la puerta abierta y encima se reía de mis sofisticados sistemas de seguridad. Supongo que yo tenía prejuicios de incuestionable ignorancia sobre la mujer mexicana, y no sabía si estaría posmodernizada como la española, abierta a experimentos y transgresiones 2.0 propias de la democracia liberal ya consolidada, o, por el contrario, estaría sometida a las reglas nefandas del conservadurismo poblano. Pero pronto descubrí que Sor Juana no sólo tenía mucha más experiencia que yo, sino que admiraba igualmente el caos sexual, el realismo mágico del sexo del que un escritor español habló una vez.
Sor Juana disfrutaba jugando conmigo y yo disfrutaba con cada nuevo derrumbe de mis contenciones. Al principio, debo admitirlo, tuve dudas de otro tipo: pensé que se reía de mí y que no me tomaba en serio. Incluso sospeché que todo era una especie de trampa urdida quizá por los estudiantes para dejarme en evidencia y ridiculizarme como parte de sus caprichos de niños ricos. Pero, aparte de que ser humillado por los estudiantes tiene su incontestable sesgo morboso, cambié de opinión cuando descubrí, de forma inesperada, que Sor Juana tenía celos, unos celos que me parecieron tan incongruentes como tiernos, a pesar de que nunca fueron aptos para bromear con ellos. Sí, celos, celos profundos y mal contenidos, que crecían exponencialmente con cada excusa o argumento, erupciones intensas de desconfianza e irracionalidad, cuñas de violencia verbal en las conversaciones.
“Tú amas a Judith. Lo sé. Además, es lógico. Es tu colega y con ella tienes más cosas en común que conmigo”, me decía a menudo, posiblemente protegiéndose, o eso pensé yo. Como si temiera que me fuera a aprovechar de ella para deshacerme en cuanto el morbo se desvaneciera, cuando en realidad yo ni llegaba a pensar a tan largo plazo, porque estaba siempre asustado ante la posibilidad de que nos descubrieran y, de algún modo, esa revelación tuviera consecuencias: un despido, un escándalo, una amenaza, una paliza, un asesinato (México invita siempre a esas hipótesis de creciente violencia). “Dime la verdad. No soporto las mentiras”, decía. Pero mis explicaciones eran insatisfactorias ya incluso cuando las ensayaba para mí mismo ante de verbalizárselas a ella. Considerar mi relación con Sor Juana como una aventura era sólo parcialmente preciso; tenía la dosis necesaria de emoción, capricho y riesgo, pero al mismo tiempo había una mutua dependencia creo que inesperada para los dos.
“Estás loco, Álex. Pero eres un oratito bien cagado”. Y todo porque creo recordar que le dije cuál era mi historia preferida de amor.
Sunset Boulevard.
Podría haber elegido muchos modelos con pedigrí mitológico, y algunos realmente muy antiguos, e incluso clásicos, como la historia del viril Hércules que es castigado por Onfalia a vestir de mujer y a dedicarse a coser, con lo que sienta el hermoso precedente de un semidiós en transición de género. Pero más allá de la casuística parafílica de la Antigüedad, me resultaba más cercana la historia de Sunset Boulevard, título traducido en España, con nuestro habitual talento traductor, como El crepúsculo de los dioses. Ella no conocía la película, pero la vimos juntos y sospecho que finalmente algo, al menos, entendió de la grandeza degenerada de la película y sus íntimas correspondencias con mis códigos de conducta. Por supuesto, me refería a la historia de amor entre los personajes interpretados por Erich von Stroheim y Gloria Swanson, cuya verdadera naturaleza, perversa, contaminada, titánicamente autodestructiva, conocemos ya avanzada la película.
Al principio, Von Stroheim sólo es el criado formal y hierático de la estrella de cine enloquecida, el que le escribe y envía las falsas cartas de sus admiradores, el que la aguanta y la cuida con abnegación y sumisión. La estrella no le devuelve nada más que su locura y su resentimiento de vanidosa patológica víctima de la alienación hollywoodense. Pero la historia se vuelve mucho más retorcida cuando descubrimos que Von Stroheim, antes de ser el asistente de la estrella delirante, había sido su marido, y que seguía aguantándola a pesar de todo, humillándose una y otra vez, rebajándose con orgullo, sometiendo su amor a una recodificación, a un nuevo contrato basado no en la igualdad, sino en la diferencia absoluta y radical, en esa jerarquía, de tanto sentido metafísico, que separa a un devoto sin dignidad de una diosa enloquecida. Y esa situación tan aparentemente irrealista e incomprensible era para mí una especie de obsesión, un teatro idóneo para hundirse en lo más profundo de las pasiones y saborear cómo se degradan al máximo todos los dones que alguna vez pudieron tener forma de una esperanza.

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