jueves, 2 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXIII)

EL PODER

—El poder es la sustancia de la vida y la energía más erótica de todas –decía yo, delirando con mis sublimaciones teóricas—. Yo no quiero igualdad, quiero jerarquías. La igualdad es perfecta en lo legal y en lo intelectual, pero en el sexo a mí no me interesa. Quiero una Diosa, sin más. Sí, tengo una imagen deformada y objetualizada de la mujer, y todo lo que tú quieras. Siempre ha sido así y no voy a cambiar ahora. Yo sólo quiero sentir dominio, y punto.
—No te creas que estás tan enfermo –me decía—. Eres más normal de lo que crees. Ya he conocido a otros como tú. Hombres incapaces de pensar más allá de sus deseos y sus traumas. A veces me aburren.
—¿Y entonces qué haces conmigo?
—A ver si te das cuenta y lo entiendes por ti mismo.
—¿Soy sólo un sustituto de Andrea?
—Ya te gustaría llegar a su nivel.
—Dame tiempo. Me ofrezco para todos los sacrificios.
—¿Cómo qué sacrificios?
Todos, mi querida Sor Juana; y los probamos todos, o casi todos, hasta agotar el imaginario cultural. Hasta deshacer mi identidad en mil camuflajes maravillosos y estimulantes, plenamente superiores a todo lo que antes pensaba yo que era mi propio ser.
Empezamos por lo más fácil: invertir el sexual harassment de los gringos. En vez de ser yo el profesor acosador, le tocó a ella acosarme y darme órdenes. Al principio, era relativamente fácil ir a trabajar con sus bragas usadas, pero luego se fue complicando cuando me puso condiciones cada vez más difíciles, como llamarme en medio de las clases, sabiendo que me parecía extremadamente vergonzoso y poco profesional tener el teléfono móvil encendido durante el tiempo de clase, y que yo mismo se lo había recriminado a los estudiantes más de una vez (al Culero, por ejemplo). Llamaba aleatoriamente, unas clases sí y otras no, y yo siempre tenía que responder sin dar pistas de quién era mi interlocutora, para que los estudiantes murmuraran. Y entonces ella me daba los mensajes que yo tenía que agradecer explícitamente, sin decir su nombre:
—Esta noche te pintaré las uñitas de los pies.
—Decidí que el sábado iremos al restaurante que más le gusta a mi papá, y tú pagarás la cena.
—Quiero que me saques de la biblioteca todo lo que haya de o sobre Paul Celan.
—Quiero que digas delante de los estudiantes “no manches”. Suena chistoso en ti.
 Al cabo de unas semanas, Sor Juana se cansaba de ese juego:
—Ya me dio hueva. Vamos a jugar a la “venganza de Josie Bliss”.
Oh, sí, la venganza de Josie, la pobre pantera birmana que fue amante de Pablo Neruda en los tiempos de Residencia en la tierra. Sor Juana dijo una vez en clase que tal vez había que desconfiar de la versión nerudiana de la historia, según la cual Josie Bliss era poco más que una loca obsesiva e ignorante. Yo traté de rebatirlo, con poca convicción, en realidad, pero aquel asunto quedó pendiente entre nosotros y ahora tocaba resolverlo. Y efectivamente, Sor Juana, en pleno éxtasis intertextual, asumió su rol nerudiano y me obligó a arrastrarme más de una vez para demostrarle mi absoluta dependencia. Me abofeteó en restaurantes de barrios lejanos, donde supuestamente nadie nos conocía, acusándome de hablar de forma ignorante y superficial sobre México, me esposó, encadenó e inmovilizó con múltiples técnicas obtenidas en internet, me obligó a tatuarme en una nalga el nombre de su equipo favorito de fútbol, el Cruz Azul, comió sushi sobre mi cuerpo desnudo como se hace con las geishas, me hizo llevar durante dos semanas sin motivo terapéutico alguno un collarín ortopédico suyo, me hizo mil cosas que no recuerdo bien ya. Hasta que de nuevo se cansaba y se le ocurría otra cosa, con imaginación deslumbrante. Y yo pensaba en que por fin la mentira sobre el matriarcado mexicano (porque en el país de los feminicidios masivos hablar de matriarcado es, como mínimo, inadecuado) se había hecho verdad gracias a mí, y que yo era el Chingado y no la Chingada, lo que me daba un cierto orgullo histórico, como de autoinmolación redentora para que de una vez se cumplan todos los ajustes de cuentas y yo de paso consiga una buena erección.
Pero miento si digo que todo fue juego y tontería metaliteraria. Y miento también si digo que yo era víctima de algún modo, porque, a pesar de la humillación y precisamente por ella, yo gocé como nunca, gocé de la incertidumbre y del experimento, del caos bien administrado, y porque después de la aventura, después de que yo asimilara cada regeneración, cada nuevo metabolismo ficticio, después de que yo me olvidara de mí mismo durante un rato y fuera otro o fuera nada o nadie, después de que me entregara a ella como en un desmayo, la compensaba con mis mejores esfuerzos, fálicos pero sobre todo comecoños, y le daba placer como ella quisiera hasta que chillaba, y entonces la Sagrada Jerarquía quedaba por fin establecida: ella el Sujeto y yo el Objeto. Hermosamente desiguales en el reino de la Nueva Justicia y el Nuevo Poder.
Y después de todo eso, hablábamos, y aún más, había grandes momentos de silencio, cuando los dos, milagrosamente, coincidíamos en el mismo lado de la bipolaridad, y nos abrazábamos concediéndole al abrazo un rango superior, como si fuera lo más auténtico y lo único que no podía ser considerado juego entre nosotros dos. Entonces ella me pedía que me inventara alguna cosmogonía, y yo me sacaba una de las cuarenta o cincuenta teorías que tengo acerca del universo, y se la justificaba con mis argumentos tan racionales o más que los de Tomás de Aquino o Karol Wojtyla.
—El universo es como México. Un desastre que a veces es amable.
—¿Y no sería más como España?
—Cosmológicamente, España es sólo un agujero negro.
—¿Y Cataluña?
—Un planetoide.
Lógicamente, todos estos detalles íntimos eran absolutamente privados, y Lombard y Magallanes nos veían como una simple pareja convencional habituada a eso que llaman el sexo vainilla. Lombard, de hecho, parecía disfrutar con mi nueva situación emocional y, a diferencia de Magallanes, que cerró el tema con un lacónico “tú sabrás lo que haces” y nunca más mostró curiosidad, sí me preguntaba cortésmente cada cierto tiempo, intercalando siempre la insinuación profética:
—Te vas a casar. Yo lo sé. Y tendrás hijos mestizos.
Yo le desmentía con fórmulas siempre diferentes, pero aceptaba sus ironías como parte de nuestro código de amistad. Sólo le hice una petición:
—No le digas nada a Judith. Prefiero que no lo sepa, al menos de momento.
Lombard me miró intrigado y se encogió de hombros en señal de abstención.
—Judith ya está condenada. No puedes hacer nada por ella, en ningún sentido –me dijo—. Por suerte, le quedan sus hijos y sus esperanzas académicas. Concéntrate en Sor Juana. Con ella sí tienes posibilidades. Pero ten cuidado. Aunque parezca que no va en serio, no la subestimes. Es inteligente, pero también muy apasionada.
Pensé que Lombard, tan dado al énfasis mexicanista, exageraba involuntariamente, pero no pude por menos que acordarme de él la tarde que Sor Juana me llamó por teléfono para hacerme una propuesta que parecía mucho más una orden que todos sus caprichos eróticos de los meses anteriores:

—Este sábado tenemos una fiesta y estás invitado. Mi papá quiere conocerte.

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