viernes, 17 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (LI)


PLEGARIA

Tengo que detenerme ahora en un detallito cultural: los mexicanos suelen ducharse con pastilla de jabón y no con gel de baño, como solemos hacer los españoles. Pero debo decir que la pastilla de jabón me irrita especialmente, entre otras cosas, porque exalta mi torpeza y a la vez castiga mi espalda obligándome a agacharme demasiadas veces.
Tardé bastante en encontrar una tienda en Cholula donde vendieran algún tipo de gel adecuado y aproveché una mañana sin clases para aprovisionarme. Una vez cumplida la misión me senté en una terraza de los portales del zócalo para tomar el café más decente que se podía consumir en el pueblo. Pasé media hora escuchando a la fauna típica de los portales: músicos callejeros de todo tipo y género, vendedoras indígenas de chapulines y otras curiosidades gastronómicas y antropológicas, niños con su cajita de chicles y caramelos, y estudiantes y turistas, perfectamente distinguibles por su tez blanca enrojecida por el sol y su actitud boquiabierta.
Era lunes por la mañana y yo pensaba en mi clase de la tarde, una vez más sobre novela española de la democracia. Repasaba mis apuntes mentales (que incluían, una vez más, mis vengativos ajustes de cuentas) sobre el tema cuando percibí un rostro entre los paseantes:
—¡Dios! –grité espontáneamente.
En las mesas contiguas reaccionaron con sorpresa, pensando que yo estaba indignado o herido de algún modo. Sonreí tranquilizadoramente y me levanté aprovechando que la cuenta ya estaba pagada.
Sven Nilsson caminaba con su lasitud característica, esa singular mezcla de amable enajenación y altivez no lo bastante narcotizada, y yo diría que incluso llevaba la misma ropa de la última vez que lo había visto, que también fue la primera. No había sabido absolutamente nada de él en todo ese tiempo, y tampoco puedo decir que hubiera pensado mucho en su vida excéntrica. De cualquier modo, me alegró la mañana, quizá porque activó una nostalgia no del todo triste, la de otros tiempos menos solitarios y menos fúnebres.
Nilsson, como siempre, parecía pasear sin rumbo, embriagado por el ajetreo del núcleo social del pueblo y la diversidad de colores y voces. Le seguí durante unos metros sin atreverme a llamarle de nuevo y finalmente le puse por detrás una mano en el hombro. El sueco se giró y me miró inexpresivamente.
—¿Se acuerda de mí? –le pregunté con seriedad de examinador.
—Claro que sí –dudé visiblemente de que dijera la verdad, y él reaccionó casi ofendido—. El profesor español. Alejandro Ramírez.
Acepté sonriente su victoria y nos dimos la mano. Le invité a tomar algo en otra de las terrazas.
—Lo siento, ya sabes que no practico esas costumbres. Acompáñame mientras paseo, si quieres. Podemos hablar. Así me cuentas cómo te va la vida.
No sé si era oracular o mesiánico o las dos cosas al mismo tiempo, pero Nilsson seguía transmitiendo la misma extraña confianza del primer encuentro. No parecía haber empeorado, ni física ni mentalmente. Empezamos a dar lentamente la vuelta al zócalo, deteniéndonos en puestos y tienditas para curiosear sin comprar. Nilsson jugaba nuevamente a simular una curiosidad infinita por lo humano, como si cada objeto fuera una profunda novedad cosmogónica para él. Era capaz de observar atentamente una gorra simulando que desconocía el modo de utilizarla. Los dependientes, de todos modos, parecían perfectamente acostumbrados y apenas le prestaban atención.
Mientras paseábamos así, preparé mentalmente muchas preguntas tramposas con la intención de ponerle en evidencia y desenmascarar su locura o su farsa, o simplemente para que dijera alguna boutade metafísica de las suyas con la que pudiera reírme. Sin embargo, cuando por fin intentaba verbalizarlas, todas se me agolpaban y atascaban, y me acababa reprimiendo: un pudor, cierta compasión, quizá también una oscura complicidad interna, me impedían atacar a ese hombre y me invitaban a seguirle con una simulada docilidad de discípulo.
Acabamos entrando en el convento franciscano de San Gabriel, otra de las maravillas coloniales de Cholula, en una de las esquinas del zócalo. Nilsson me dio, sin que se lo pidiera, algunas explicaciones históricas sobre los franciscanos y sobre fray Bernardino de Sahagún. Había verosímil erudición en sus palabras y por eso tuve la intuición de que alguna vez había sido profesor, posiblemente de arte, y quizá en la misma universidad de Cholula. En cierto modo, eso explicaría su comportamiento y su evolución disparatada: se trataría de otro buscador de magia que acabó devorado por su propia ficción. No tan lejos de Magallanes, de mí, o de Lombard. O incluso de Judith, siempre tan entregada a su constructivismo redentorista pero estéril, siempre tan reacia a aceptar la inutilidad elemental de todos los proyectos.
En un momento de silencio, mientras seguíamos en el atrio, le pregunté por su salud y por su vida en el sanatorio. Formulé la pregunta con honestidad, pero también con algo de temor a una respuesta grosera. Nilsson me respondió amablemente:
—Ese sanatorio es un buen lugar para observar y entender el mundo. Soy inmune a sus métodos, por supuesto, pero me parece idóneo para cumplir mis objetivos sin que nadie perciba mi presencia.
Deduje de sus palabras autosuficientes cierto horror diario de drogas y castigos, y esa deducción, sin duda, ayudó a que cambiáramos de tema, pronto, pero también a que el nuevo tema fuera una especie de confesión por mi parte, quizá para hacerle entender que fuera del sanatorio la vida no era mucho mejor. Así, en el atrio del convento, de pie y prudentemente alejados de turistas y fieles, le hice una confesión larga y sincera; una confesión laica pero que no llegaba a psicoanálisis, un desahogo puro frente a un hombre que, en caso de entender mis motivos de caos, sólo podía contribuir empeorándolos. Le hablé de todos mis fracasos vitales, que encadené con coherencia cronológica y afectiva; le resumí todos mis errores en un único relato, el relato anodino y sin épica de un pobre aspirante a descifrador de misterios que había acabado en Cholula sin saber en realidad por qué ni para qué. Nilsson me escuchaba con el imprescindible respeto terapéutico, aunque parecía igualmente intrigado por miles de fenómenos a su alrededor, como si jugara a remedar una omnisciencia. Y le hablé, por supuesto, de Sor Juana, aunque omití los detalles principales sobre su padre y la huida con Lombard.
—Ah, sus visitas eran muy agradables. Es una pena que ya no venga a verme. ¿La extrañas? –me preguntó por fin mirándome a la cara, garantizando así que me prestaba atención.
—Sí. Creo que nunca llegamos a entendernos bien, pero la extraño, sí. Y me preocupa lo que le pueda pasar. Hay demasiado caos en ella. Temo que algún día eso la lleve al desastre.
—No debes preocuparte. Ella está bien allí dónde está.
Sonreí burlonamente: por primera vez, su frivolidad había conseguido molestarme. Deseché toda mi benevolencia anterior y le dediqué en silencio un rápido desprecio. La inconsciencia no siempre es una excusa, y los locos no siempre son divertidos. Pensé informarle de la verdadera gravedad de la situación de Sor Juana para que de una vez por todas se dejara de caricaturas y afrontara los hechos reales, empíricos, jodidamente concretos, concretos como el puto país en el que él había hundido su vida (y seguramente también el puto país del que había huido, que no por ser europeo deja de ser puto). Pero supuse que no serviría de nada ningún esfuerzo didáctico y me limité a hablarle con aspereza:
—¡Como si usted supiera dónde está!
El histrión sueco elevó el mentón y pasó a mirarme con recelo de ofendido:
—¡Pues claro que lo sé! Deberías tenerme más respeto. Eres una persona inteligente, sensible, con curiosidad metafísica. No entiendo por qué te cuesta tener un poquito de fe.
Dudé en unos instantes de parpadeo rápido, pero acabó convenciéndome la firmeza de su actitud, señorial y magistral. Empecé la pregunta definitiva balbuceando y la terminé nervioso, casi hipertenso:
—¿Realmente sabe dónde está?
Es posible que él leyera mi sorpresa como algo próximo a un fervor, porque sonrió luminosamente.

—Sí. A otro no se lo diría, pero a ti sí puedo decírtelo. Los dos sabemos que debes ir a buscarla, aunque ella no te espera. Está en San Miguel Tepotlán.

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