martes, 27 de diciembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (LVIII Y ÚLTIMA)

(para ir al inicio de la novela, clica aquí.)


LA PIRÁMIDE Y LA MENTIRA

Y tuve que irme, efectivamente. Por varios motivos; uno de ellos fue, sin duda, el pánico, una inseguridad panteísta, radical, fuertemente clavada en el estómago, allí donde la tensión se somatiza más eficazmente. Podría intentar describirlo mejor si realmente lo recordara; pero no es así, gracias a las pastillas que me recetaron en la clínica del campus y que me sonambulizaron durante prácticamente un mes. Además, el pánico no se alivió con la noticia de la detención de tres posibles asesinos. Aun suponiendo, como cree Quezada, algo ingenuamente según mi opinión, que fueron los auténticos responsables de la balacera, el autor intelectual sigue siendo múltiple, proteico, y sólo sabemos que sin duda vive en una excelente urbanización, quizá en la misma Cholula, o quizá en la otra punta del país. Sepa lo que sepa Quezada, nunca me lo contará, porque yo en este país sólo he sido un pobre extranjero que nunca entendió muy bien su lugar y su función. Quezada, sin duda, seguirá perteneciendo a ese ultramundo del Poder, el Dinero y la Muerte, mientras que yo sólo llegué a ser un archivista de desgracias con cara de funcionario sin mordida. Un turista del nihilismo que acabó descubriendo que México no tiene ni puta gracia y que cometió un profundo error (el error, otra vez, siempre) al pensar que llegaba a ese país para vivir Algo. Bien, ese Algo ha acabado siendo horrible, y no encuentro ninguna ventaja de haberlo conocido. He confirmado lo que siempre sospeché y supe, lo que una y otra vez hay que repetir y lo que nunca hay que olvidar: todo esto que llamamos vida es un espanto permanente en el que lo máximo que podemos tener es el mal menor. Nada vale la pena; nada vale tanta pena. Parece mentira que aún tengamos que recordarlo. Los Asertivos deberían pasar una temporada en Cholula, a modo de viaje de graduación.
Hubo, sí, otros motivos menores para dejar México y tan repugnantes que no sé ni siquiera si vale la pena relatarlos. Diré, en todo caso, que Villalobos, el Cid antiterrorista,  aprovechó la oportunidad para ajustar cuentas conmigo. Poco después de haber entrado en mi despacho para darme el pésame, cerró los estudios de literatura coincidiendo con el final del curso y nos ofreció a Judith y a mí ser absorbidos por un departamento de nueva creación en el que seríamos poco menos que dos rarezas de una disciplina en decadencia, sólo útil para enseñar algo de ortografía y sintaxis a la futura élite del país. Intenté negociar, pero tuve poca energía y en realidad pocas opciones: Villalobos, después de recitarme todos sus argumentos técnicos y económicos y de apelar a formas poco elaboradas del concepto realismo, me recordó la carta de renuncia sin fecha que firmé en su momento. Por mi parte, pensé recordarle mi amistad con las dos personas asesinadas, pero no quise recurrir a cualquier forma de lo que él pudiera entender por compasión. Finalmente, enmascarado de hipocresía mexicana, le dije que aceptaba las nuevas condiciones, pero salí de su despacho y regresé al mío para empezar a recoger mis cosas.
Creo que odiar y despreciar con más párrafos a Villalobos es legítimo, pero su evidente insignificancia me parece también un buen motivo para no hacerlo. Quizá debo dedicar más texto a algún otro canalla.
En la misma semana en que recibí el finiquito, llegó a mi despacho un paquete postal de Culiacán. No tenía remitente, pero antes de abrirla sabía el nombre y el contenido. Era, en efecto, el primer libro de poemas del Culero, aceptablemente editado por una editorial de su ciudad. En la cubierta se destacaba que el poemario había ganado el polémico premio poblano. Lo abrí y encontré con desagrado la dedicatoria: “para el mejor profesor que tuve nunca”.
El libro venía acompañado de una breve carta en la que el Culero me saludaba y me solicitaba con educación una crítica constructiva a su libro. Me pareció asombroso y a la vez repugnante que no hiciera ninguna alusión a los asesinatos. Confieso que pensé en arrojar el libro a la papelera, pero me pareció un gesto inútil, por poco violento. Entonces decidí leer el libro y realizar esa crítica. Me esforcé como nunca antes por analizar un texto, con mi mejor arsenal de métodos y conceptos teóricos; ni siquiera en mi tesis doctoral sobre el pobre Masip (pienso ahora mucho más en él que cuando lo estudiaba) me entregué tanto como en esa lectura envenenada, llena de cizaña hermenéutica y retórica lacerante, con la que machaqué todos y cada uno de los poemas, desde todas las perspectivas posibles y con todos los marcos teóricos, en el texto y en el contexto, en la estructura y en la Historia, en la tradición y en la ruptura.
El Culero nunca respondió y no supe nada más de él hasta que Judith me informó por correo electrónico de que había fallecido al parecer de una sobredosis de cocaína. Supongo que en casos así hay muchas hipótesis maliciosas que completan la esencial y básica del simple accidente por temeridad; a mi resentimiento y a mí nos ilusiona la posibilidad de que tal vez fuera un suicidio.
Recuerdo también esa semana porque recibí una visita inesperada en mi despacho, ya casi vacío de libros y papeles. Era Andrea, que llegó acompañada del que iba a ser su marido, un estadounidense altísimo con el que formaba una pareja muy llamativa a simple vista. Había otra estandarización en su vida: había conseguido en Los Ángeles un estable trabajo en una editorial especializada en temas chicanos. Nada de todo eso me sorprendió: lo que sí me sorprendió fue su frialdad a la hora de hablar de Sor Juana y conversar conmigo sobre ella. Yo esperaba una reacción más doliente y emotiva, pero se limitó a lugares comunes que evitaron cualquier recuerdo de esposas y gozosa sumisión. Sin duda, no iba a contar nada sincero en presencia del novio, aunque dudo que éste supiera suficiente español para comprender el diálogo. Pero no puedo evitar sentir que aquella represión era, voluntariamente o no, una traición a la Diosa que ambos compartimos. Le auguré en mi interior un destino de profunda infelicidad, aunque le deseé en voz alta, con sinceridad, lo mejor en su nueva vida.
Y Judith… sí, Judith, otra prueba del fracaso mexicano, aunque no tanto como Andrea, seguramente. Judith, la luchadora que pudo haber sido mi Diosa pero por suerte para ella nunca lo fue. Judith, la que, como en los cuentos folclóricos, actúa de proveedora de magia, sólo que fue una magia falsa la que me llevó a México. Aún intentó retenerme en Cholula, con múltiples argumentos e incluso algunas lágrimas. Me dijo que no podíamos dejar que Villalobos ganara, ni que ganaran todos los pendejos e hijos de puta que habían convertido a México en lo que era; razonó que una pequeñísima victoria es a veces una compensación suficiente para evitar los efectos de la ansiedad épica y mantener así una esperanza realista. Yo le di la razón (porque la tenía), pero me amparé en el legítimo derecho a la abulia. Entonces ella pudo decir otra cosa, pudo exponer un argumento más convincente que sin duda había pensado en su soledad de madre, pero no lo hizo. Podría haber dicho algo que no tuviera que ver con la universidad o con México, algo que no fuera social o intelectual o políticamente relevante, sino que tuviera que ver sólo con nosotros dos, con aquella cena en Barcelona tal vez, pero no lo hizo. Jamás se lo reprocharé, igual que sé que ella no me reprocha mi huida, ni mi melancolía.
—Creo que es el momento de irse a Cuba.
Y así lo hice. Dejé México con Villefort y empecé otra etapa de Intelectual Errante en el mundo global. Pero esa ya es otra historia, aunque sea, más o menos, el mismo fracaso.

8 comentarios:

  1. Pues... me ha gustado mucho Pablo. Esta última parte (La Guardia Nocturna), tan descarnadamente digresiva, ha conseguido cabrearme. Mal día para dejar de beber. Espero verte pronto.

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    1. Muchas gracias, Pepe. Yo también espero que nos veamos. Un abrazo

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  2. Pablo... me ha encantado la novela. Voy a extrañar, con ansiedad de yonki, la dosis casi diaria. Ha sido emocionante sentir ese universo novelesco tan lejano y, al mismo tiempo, tan familiar. Y ha sido muy padre conversar contigo, dentro de mí, a través de tu texto. En fin, gracias por este inesperado regalo. ¿Qué sigue ahora? ¿Te gustó la experiencia de compartir tu novela en entregas blogueras? ¿Te decepcionó? ¿Te resultó indiferente?
    Un abrazo desde Cuernavaca!

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    1. Gracias a ti por seguirme. ¿Balance de la experiencia? Quizá haya que esperar más tiempo: la ventaja es que el texto seguirá aquí indefinidamente, y quién sabe lo que deparará el futuro. Hasta la fecha, la parte buena ha sido el contacto con los amigos como tú. Me gusta que los amigos lo lean y disfruten. La parte mala es que han llegado muy pocos lectores que no fueran previamente amigos. Casi todos los lectores llegan vía Facebook. Algunos han compartido y difundido, pero no se ha notado demasiado. En ese sentido, no creo que vuelva a colgar una novela aquí, al menos en bastante tiempo. Un abrazo desde Sevilla!

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  3. Yo soy una de las lectoras nuevas. Una amiga mía fue tu alumna en la UDLA y me habló de la novela, que al principio me recordó muchísimo mis años universitarios, y después la historia me atrapó más allá de mi amiga y de la UDLA. Muchas gracias por compartirla y espero que te animes algún día a hacer otro ejercicio de estos, lo disfruté mucho.

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    1. Bienvenida, querida lectora nueva. Me alegro de que te haya gustado. Quién sabe si haré otro ejercicio de estos; no es fácil, a pesar de la gratitud de algunos lectores. Sea como sea, gracias por leerme.

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  4. Pablo, me ha gustado mucho tu novela. Ha sido una suerte tremenda haber encontrado tu blog (tanto por la novela como por las otras entradas) y tus libros. Espero seguir viendo más publicaciones tuyas. Un saludo.

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    1. Me alegrado de que te haya gustado, Clara. Los ánimos de los lectores son el mejor estímulo para seguir adelante. Un saludo.

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