jueves, 16 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (IX)


EL OAXAQUEÑO

—Sé lo que es el talento literario. Lo sé perfectamente. ¿Sabes por qué? Porque yo no lo tengo. Y Vargas Llosa sí lo tiene.
Me llamó la atención que Miguel Magallanes detestara Internet con tanta energía y tanto rencor. Manejaba muy torpemente las nuevas tecnologías, y eso era así por varias causas: su visión deficiente, sus dedos gruesos por la mala circulación, su falta de formación técnica (lógica en los de su generación), pero sobre todo porque no podía evitar detestar cualquier tentativa, por muy democrática que fuera, de borrar la frontera entre alta y baja cultura. Él había creído siempre en esa alta cultura y se veía a sí mismo como un escalador que pasa toda la vida intentando penosa y arriesgadamente escalar una montaña para al fin encontrarse con que otros llegan en helicóptero con facilidad y, para mayor agravio, le dicen que la vista desde la cima no vale demasiado.
—Nunca supe por qué no salió aquella reseña en Vuelta. Todo hubiera cambiado para mí. Pero algún mamón lo impidió. Y nunca he podido averiguar quién fue el puto que me jugó chueco.
Me contó esa imprecisa anécdota no menos de cuatro veces. Creo que se había convertido en parte esencial de su protocolo etílico, en un desahogo rutinario y ególatra con el cual pretendía impresionarnos. Casi siempre el protocolo se completaba con dos o tres tequilas más, que le llevaban a una breve fase de exaltación, primero, y luego finalmente al decaimiento y el sopor, fuera en la cantina o en alguna fiesta privada. Yo sospecho que en realidad se cansaba de su propio malditismo, y que bebía amargado por su discurso reiterativo, por su incapacidad de entender y aceptar su fracaso como escritor.
La guardia nocturna... Te diré que para mí era una novela más argentina que mexicana, y yo pensé que por eso precisamente iba a triunfar en México, porque hubo un momento en el que teníamos que escapar de tanta mexicanidad. Yo veía que necesitábamos algo distinto a las novelas del boom, grandilocuentes, totales, pretenciosas… Carajo, la mía no lo era: era una burla de todo eso. Pero no era una burla vacía, afrancesada, un artificio hueco y experimental de esos que se hicieron también en aquellos años, ni siquiera era algo como las mamadas de Cabrera Infante. Era un intento de contarlo todo, todo, en sólo ciento cincuenta páginas. Ni una más. Yo quería seguir siendo profundo como los grandes, político como ellos, pero más corto, sólo un poco más corto. Lo teníamos en el ambiente. Fuentes ya valió, Donoso también, incluso Cortázar pendejeó con su 68, modelo para armar. Era el momento en que los grandes empezaban a dar síntomas de debilidad. Incluso Vargas Llosa nos decepcionó a todos con su Pantaleón. Necesitábamos algo nuevo, sin pasarse de humor, pero sin ser banal.
“Y lo peor es que sí deseaba hacer una de esas novelas totales, siempre lo deseé y aún lo deseo. Pero una luz en la cabeza me dijo: No seas pendejo, las novelas totales caducan, ya las han hecho Vargas Llosa, Fuentes, Lezama y los otros, hay que buscar otra cosa, hay que adelantarse al futuro. Esas Graaaaaaaaaaandes Oooooobras han cumplido ya su función histórica: hemos visto toda la historia de México y la de América Latina trasladadas a la ficción, nos hemos reconocido y redescubierto en ellas, nos hemos quitado los complejos con Europa, ya no somos pura mierda subdesarrollada, en algo sí que funcionamos y somos creativos. Eso pensaba yo”.
Siempre me llamó la atención que un tipo tan autocastigado como Magallanes tuviera sin embargo una apariencia relativamente buena para sus sesenta años, excepción hecha del abdomen notoriamente inflamado al cual daba palmaditas cada cierto tiempo como bendiciendo la resistencia de su hígado. Desde un punto de vista genético tenía ventajas con respecto a mí: mucho pelo con pocas canas, buenos dientes y una piel sorprendentemente sana y lisa. Me admitió más de una vez que su bigote le parecía un signo anticuado ya de mexicanidad, pero que no se sentía capaz de renunciar a él. Yo le decía que el bigote va a desaparecer en Europa y él, tan rápido a veces en sus respuestas, me ponía el ejemplo de José María Aznar. “No me hagas hablar de ese hombre”, le respondía yo. Corría el año 2002, o quizá 2003.
—Yo pensé que sabía tratar a la mafia de la literatura mexicana –continuaba—. Me recibieron bien al principio, sabían que había estado en Barcelona, que mi segunda novela la había publicado allá, y eso era muy importante. Les mentí, les mentí y les dije que había estado en el DF en el 68, y no era verdad, yo estaba todavía en Oaxaca, apenas supe nada de Tlatelolco, yo prestaba poca atención a la política entonces. Sólo quería ser escritor.
El gobierno de Oaxaca lo trató como a un joven genio y le concedió una beca especial para estudiar literatura en la Ciudad de México. Magallanes decía que se sintió como Rubén Darío en su juventud: un superdotado que era admirado públicamente y al que hicieron creer que era un genio y que se convertiría en la gran esperanza de la literatura oaxaqueña. De todo el estado, ni más ni menos. Por fin los chilangos se iban a joder, porque los pobres oaxaqueños, periferia de la periferia, tenían ahora sí un genio, un talento literario capaz de escribir de todo, con talento verbal, con buen oído, que con quince años se había leído todo lo que podía leerse, que era capaz de imitar y parodiar docenas de estilos literarios en prosa y verso.
En la universidad teníamos también a un estudiante superdotado, al que llamábamos el Niño Genio, que, a diferencia de casi todos los demás, no procedía de una familia rica y estudiaba gracias a una importante beca nombrada en honor a un famoso filántropo mexicano y que se reservaba para no más de cinco estudiantes de todas las carreras. El Niño Genio tenía dos importantes defectos: era poblano y abstemio. Ser poblano o apoblanado implica, desde cierta sociología chismosa, un exceso de hipocresía y de apego a las normas sociales, así como una carencia de riesgo o coraje. Y, a diferencia del resto de sus compañeros, el Niño Genio no bebía ni se drogaba, porque sin duda quería aprovechar al máximo su experiencia académica. En ese sentido, era absolutamente excepcional: una máquina lectora insaciable, un monstruito para muchos repelente (para poner un ejemplo, lo que debió de ser Pere Gimferrer con veinte años), consumidor voraz de libros sin miedo a la novedad erudita o al clásico más exigente. Era capaz de entregar trabajos de investigación que probablemente superaban, pongo por caso, a los de los supuestos especialistas españoles en literatura latinoamericana. A veces, hay que decirlo, sospechábamos que era un gigantesco bluff, porque llenaba esos trabajos de extrañas combinaciones metateóricas y ultrafilosóficas, usando a Paul de Man y a Deleuze para cualquier cosa y su contrario. Pero siempre acabábamos cediendo, ante la evidencia de que no podíamos rebatir sus argumentos y era mejor no discutir con él porque siempre tenía a mano una cita rizomática o deconstructiva con la que podía socavar nuestra jerarquía académica.
El Niño Genio escuchaba siempre con atención a Magallanes y el viejo escritor se esforzaba por adoptarlo con la posible ilusión, suponía yo, de que algún día el joven estudiante se dedicara a consagrar La guardia nocturna con un sesudo estudio publicado en alguna universidad prestigiosa.
—¿Cómo era Octavio Paz? ¿En serio odiaba a Rulfo? ¿Conociste en Barcelona a García Márquez? ¿Estuviste en su departamento de Sarriá? ¿De veras sólo tomaba whisky? ¿Es verdad lo que cuenta Mauricio Wacquez, que los españoles en Teruel llamaban a Donoso Don Oso porque pensaban que así era su apellido?
Miles de preguntas como esas hacía el Niño Genio en cuanto tenía la oportunidad, y Magallanes respondía con evidente orgullo de abuelo literario, aunque muchas veces las respuestas eran contradictorias e insuficientes. No era de extrañar: entre el alcohol y el paso del tiempo, no parecía probable que Magallanes recordara bien esos tiempos heroicos en los que hizo un trayecto inverso al mío, cruzando el océano para instalarse en Barcelona en los últimos años del franquismo. Al parecer, malvivió durante dos o tres años esperando una oferta que nunca llegó: le echaba la culpa de esos años nefastos a la agente literaria Núria Monclús, que nunca le respondió, a la capillita de los latinoamericanos procastristas con los que no simpatizó y a los anticastristas con los que tampoco se puso de acuerdo, incluso a Eduardo Mendoza y a La verdad sobre el caso Savolta. “En cuanto salió Mendoza, ya no me pelaron a mí ni a tantos otros. Ya los pinches españoles tenían su “gran” novelista y ya estaba bien de sudacas”. Emigró para triunfar y fracasó. Pero pudo convertir su fracaso en algo heroico cuando regresó a México, convirtiéndose en líder de los resentidos (la metralla, como si dijéramos) del boom. Sin embargo, no salió la reseña de su novela por alguna extraña razón y pasó a ser un novelista más, un segundón que siguió insistiendo durante veinte años con otras seis o siete novelas hasta que encontró el retiro de la docencia universitaria en Cholula, donde podía dar de vez en cuando seminarios sobre López Velarde, su poeta preferido, cuyos versos sabía de memoria, o sobre Arreola, otro de sus autores preferidos y al que llegó a conocer en persona.
Según me contó Judith Robaina, se fue sumergiendo en el alcohol con el paso de los años y el deterioro de sus ya escasas ilusiones literarias, aunque mantuvo un mínimo autocontrol que le permitía dar sus clases a media mañana y emborracharse desde la media tarde. “¿Que soy mal profesor? Me vale madre. También lo era Vladimir Nabokov. Sí, era un genio escribiendo, pero sus cursos estaban de la chingada”. Sólo en contadas ocasiones abandonaba su carácter huraño y malcarado, y normalmente eso sucedía cuando tenía algún motivo de alegría literaria: alguien hablaba de él en algún artículo de prensa o congreso académico, se reeditaba algún libro suyo o era invitado a hablar de su obra. Sin embargo, esas pequeñas alegrías, esas resurrecciones provisionales de su vanidad literaria, a la larga le machacaban bipolarmente de nuevo, obligándole a asumir su destino mediocre, que además añadía otros datos más tristes aún sobre los que nunca hablaba, como sus intentos de desintoxicación y, sobre todo, la existencia de una exesposa y una hija que en Veracruz apenas tenían contacto con él, seguramente hartas de la amargura de que hacía gala de forma repetitiva.

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