lunes, 20 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (V)


SOLÍAMOS EMBORRACHARNOS UN PAR O TRES VECES POR SEMANA 

y a veces se sumaba el novelista Magallanes. De hecho, coincidíamos con los estudiantes en las cantinas, puesto que todas estaban en los alrededores del campus y ésas eran las opciones comunes para el ocio. En ocasiones (sólo evitaba la época de exámenes), Lombard organizaba fiestas ejemplares estilo Breakfast at Tiffany’s en su casa, un caserón en el centro de Cholula que había restaurado él mismo y que estaba lleno de souvenirs de todos sus viajes por México. Con el tiempo yo aprendí también a organizar mis propias fiestas, a menudo de manera improvisada, invitando a los estudiantes a mi casa a las cuatro o las cinco de la mañana, cuando las cantinas y las discotecas cerraban. Siempre había alguna tiendita donde comprar alcohol aunque no fuera legal, y comprábamos docenas de botellas con las que asegurábamos las provisiones. Y en mi casa (que ellos empezaron a llamar el Abrevadero de las Bestias) poníamos el equipo de música a toda potencia y bailábamos, hasta que los estudiantes empezaban a retirarse, ebrios, cansados o arrepentidos ante la certeza de un examen o un trabajo inminente. Lombard y yo nos quedábarnos hasta el final, discutiendo sobre las particularidades físicas o mentales de los estudiantes o sobre la muerte de la literatura o sobre las bondades comparadas de tequila, mezcal, sotol, pulque y la bebida más horrible de todas, la baratísima charanda que se vendía en botellas de plástico similares a las del vinagre. No era raro, en la casa de Lombard o en la mía, que los estudiantes acabaran de las formas más estrambóticas: inconscientes o escondidos sin permiso en alguna habitación en la que practicaban el sexo de manera rápida y ansiosa, con el detalle pésimo, a veces, de ni siquiera hacer desaparecer los condones cuando los usaban (no siempre).
—¿Sabes cuál es la gran pregunta que debes hacer siempre a cualquier estudiante, sea chavo o chava, con el que estás tomando una cerveza? “¿A qué se dedica tu padre?”. Esa es la gran pregunta. Los papás pagan de promedio cuarenta o cincuenta mil dólares anuales para que sus hijos estudien aquí, sin contar el alojamiento en las residencias del campus, por ejemplo. ¿Y sabes qué es lo peor? Que ese dinero para ellos es nada. Las fortunas que verás por aquí son incalculables. Entiéndeme: en los Estados Unidos puedes tener más cash, más capital, más patrimonio también, más ahorros, pero aquí la clave no es la cantidad, sino ese poder no mensurable y semidivino del cacique, ese abismo que te separa de los jodidos y que te permite llegar a donde ellos no pueden. Incluso nosotros, pobres profesores, ganamos treinta veces el salario mínimo establecido por ley. Yo he tenido alumnos que reciben Ferraris como regalos de cumpleaños. Ferraris pagados en cash…Lo que más jode es que suelen ser estudiantes educados, les cuesta exhibir su riqueza, y no sólo porque no quieren ser víctimas de secuestros y deben ser cautos. Es que viven en este lugar la impostura de una vida alternativa que nunca tendrán, porque cuando terminen aquí les espera el mundo real, en el que papá les dará lo que quieran. Incluso pueden hacer ahora su servicio social en la sierra ayudando a los pobres. Saben perfectamente que su dinero es sucio e injusto, y nunca presumirán de ello. No es necesario: la culpa es de todos y de nadie, y esa es la excusa perfecta. Eso les permite vivir en esta burbuja, felices y drogados, soñando con ser artistas, tal vez incluso soñando con que van a ser los mesías que salven al país. Y tal vez algunos, una vez maduren, pasarán a ser intelectuales remunerados y formarán parte de la mafia tradicional de este país. Ya sabes, la ciudad letrada de Ángel Rama, los funcionarios del poder, como Yáñez o Guzmán o el mismo Paz.
Ciertamente, la universidad tenía un hermoso y extenso campus de unas cien hectáreas, lleno de jardines con fresnos, eucaliptos y jacarandas por los que a veces se veía correr algún animal curioso como el tlacuache, y con monumentos que, aunque de irregular nivel estético, contribuían a un toque bucólico, todo a imitación de los campus estadounidenses que hemos visto en tantas películas casi siempre detestables y en los que la juventud estadounidense vive pseudoproblemas antes de afrontar su adaptación real al sistema económico. Como bien sabía Lombard, los mexicanos viven constantemente infiltrados por la cultura estadounidense, a la que a veces imitan y a veces parodian (involuntariamente), y sin duda, en Cholula habían trasplantado el modelo del norte, intensificando incluso el toque elitista y creando la imagen de una universidad competente, tecnificada y sin complejos; una universidad que, en principio, aspiraba a demostrar que el destino del subdesarrollo no es infalible, y en la que, por suerte, no había estúpidas hermandades estudiantiles con nombres de letras griegas.
Malinformado por los prejuicios más o menos habituales que acosan cualquier percepción previa de lo mexicano, no puedo negar que me quedé muy sorprendido de la organización y las infraestructuras, aparentemente primermundistas y en poco o nada inferiores a las españolas que yo había conocido en mi penosa experiencia universitaria: amplias salas de ordenadores de última tecnología, muchos laboratorios aparentemente serios, auditorios bien equipados que emitían películas no siempre alienantes, escenarios teatrales para estudiantes con vocación, completas y tentadoras instalaciones deportivas, incluso un helipuerto del que de vez en cuando descendían personajes trajeados que al parecer eran benefactores, filántropos o invitados especiales del patronato universitario. En definitiva, todo tipo de servicios para crear el microcosmos perfecto en el que los niños de buena familia pudieran sentirse a la vez correctos herederos de la asquerosa fortuna familiar y futuros dioses del México más clasista. Y en el que los profesores como yo, renegados de Europa o de Estados Unidos, encontráramos un dominio en el que realimentar nuestros heridos egos y sentirnos vedettes académicas. Claro que para llegar a ese punto había que aceptar ya algunas transas (corruptelas) que daban que pensar: así, por ejemplo, firmé al empezar un extraño contrato de trabajo lleno de irregularidades que incluía una carta de renuncia voluntaria sin fecha que tuve que aceptar y que dejaba a la universidad completo poder para despedirme cuando quisiera. No me preocupó en el momento de la firma, supongo que porque no contaba con quedarme los años que me quedé.
Pero así es México, un museo permanente del desconcierto y el antagonismo, en el que el capitalismo y el progreso material se hipertrofian de vez en cuando, como islotes de prosperidad que parecen más bien hemorragias, mientras las periferias subsisten con la extraña aleación de harapiento anacronismo y olvido gubernamental. Todo eso fue lo que empecé a comprender un poco más tarde: que falta dialéctica para asimilar tanto deslumbramiento antitético y llegar a algún tipo de conclusión, y que los propios mexicanos, tanto los decentes como los cabrones, habían asumido el fatum de su heterogeneidad con resignación, con el único deseo interno de que la desgracia del país no les tocara en forma de un asesinato o un secuestro o una violación.

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