viernes, 17 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (VIII)


CHOLULTECAS

Por esas mismas calles pueden verse también las diversas formas del matriarcado (siempre falso y aparente) en las mujeres que se ponen el mandil negro con ribetes rojos y fríen las tortillas en los comales en la puerta de la casa, y que venden, sin permiso legal, por supuesto, deliciosa comida baratísima (memelas, gorditas, chalupas) para estudiantes blanquitos tanto como para albañiles prietos. No es un gran negocio, pero algo es algo. Y es que en Cholula abundan los emprendedores, desde luego; el gobierno los llama autoempleados y yo los llamo muertos de hambre. El más asombroso que recuerdo no fue el típico tragafuegos, más abundante en el DF, sino el vendedor de lupas que se apostaba todo el día en un semáforo en la carretera que unía Cholula a Puebla.
Lupas, ni más ni menos. ¿Cuántas lupas pudo vender ese hombre a lo largo del tiempo que duró su oferta comercial (semanas, desde luego)? Yo pensé alguna vez comprarle una lupa, no por piedad, sino por verdadera curiosidad científica: para examinarle a él con la lupa y encontrar en alguna parte de su cuerpo el origen de su descabellada política comercial.
Pero quejarse de la pobreza y la falta de oportunidades revela, una vez más, la obsesión retrógrada de los resentidos como yo. En Cholula, la oferta educativa es también amplia: al amparo de la universidad, surgen escuelas privadas que buscan su mercado en la población pobre necesitada de un título para el ascenso social. Así te encuentras por la calle cualquier anuncio, pintado a mano pero además con mano de ebrio, que promete educación de calidad. Por ejemplo: Escuela Harvard. Por debajo, entre paréntesis, encontramos una aclaración tal vez innecesaria: “(de México)”. Por si alguien no se había dado cuenta y esperaba encontrarse a un premio Nobel impartiendo docencia en un cuartucho con seis mesas, y gallinas de conserjes en la puerta. Los perros dan las conferencias magistrales, claro.
No es raro encontrarse también algún Cambridge que ofrece clases de alto nivel de informática o secretariado. Es lógico que los pobres quieran el título de ese Harvard o ese Cambridge de pega. Necesitan un signo de distinción adecuado para no seguir el camino de la señora que por la calle se ofrece a un blanco desconocido como yo para hacerle la limpieza de la casa, o del niño que vende chicles en las cantinas y que trata de convencerte de que le compres diciendo mecánicamente que su padre le pegará si no consigue vender una cantidad mínima. Nunca he podido averiguar si eso es verdad o no, y aunque lo hubiera averiguado, tampoco sé muy bien qué hubiera hecho al respecto, si llorar, denunciar a la policía o simplemente invitar al niño a un tequila. La pobreza, claro, ni siquiera es tema de conversación: está ahí delante, como parte de la decoración, y todo el mundo sabe que no tiene arreglo. Se les administra la dosis mínima de compasión y se sigue adelante.
En realidad, uno, que siempre ha sido votante comunista, llega en México a reinterpretar el capitalismo. El capitalismo es horrible, pero en México el afán de lucro es más obsceno todavía porque no funcionan los contrapesos liberales, ni los sindicales, y el empresario vive en la impunidad de saber que todo se puede arreglar con la mordida correspondiente. Ese es quizá el meollo: que en México todo se puede arreglar, pero, paradójicamente, nada, en sentido estricto, tiene ya arreglo.
No negaré que ese caos tenía algo de ideal para mí, como extranjero con aspiraciones de desarraigo judío. Yo llevaba años buscando un buen sitio para, digamos, morir, pronto o tarde, y desde luego ni Barcelona ni París cumplían los requisitos lapidarios mínimos. Necesitaba una tierra más vertiginosa y accidentada, más cercana a mi propia sensibilidad confusa y desorientada, de escritor frustrado, profesor frustrado, comunista frustrado, amante frustrado, hijo frustrado, catalán frustrado. Cholula era, cómo decirlo, un mapa imposible que sí es el territorio. Un lugar perfecto para dejarse llevar por fin por la querida autodestrucción, sabiendo que encajas en el ambiente y que todo se felicita de tenerte cerca y saber que eres uno más. El abandono: esa maravillosa sensación que hay que construir poco a poco, con algo de sabiduría, desprendiéndote de toda la gloria y la hazaña, rindiendo tributo al desastre humano, desperdiciando el tiempo de manera sistemática y exponencial.
No he muerto, claro, o sea que no soy un narrador muerto como en Pedro Páramo, por si alguien tenía dudas. Pero creo que he pasado muchas noches fantasmales en Cholula, paseando a solas por las calles desiertas, mal iluminadas y peor pavimentadas, cantando esa canción hermosa que me enseñó Lombard, “Show Me The Way To Go Home”,en espera de un borracho pendenciero y armado, o hablando en voz alta con el espectro de Paulino Masip y contrastando nuestros currículos perdedores, o vomitando delante de alguna iglesia, o marcando el triste camino a un perro desamparado y despidiéndome con lágrimas de él. Cualquiera de esas noches podría haberme muerto, y mi muerte tendría algo de mística, aunque fuera sucia. Lo que es seguro es que todas esas noches toqué fondo, y en el fondo me sentí a gusto, como diciendo: por fin puedo sentarme y esperar.
I´m tired and I want to go to bed
I had a little drink about an hour ago
And it’s right up to my head.

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