martes, 14 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XI)


JUDITH ROBAINA Y EL MIEDO AL CAOS

Uno de mis mejores placeres en los primeros meses en Cholula consistía básicamente en tentar a Judith Robaina; tentarla no sólo con una posible (pero improbable) infidelidad a su marido, sino con otras infidelidades nada desdeñables para ella: a la vida académica y sus ilusiones, a la cultura mexicana y sus códigos, al feminismo y sus urgencias, y, en definitiva, a la posibilidad de construir un mundo mejor, posibilidad que ella discretamente propagaba en sus palabras y en sus actos. Judith, hay que decirlo, trabajaba mucho más y con más seriedad que nosotros, los profesores masculinos y masculinizados, excéntricos por vocación y condena; publicaba en revistas de prestigio de Estados Unidos, se carteaba con colegas especialistas a los que admiraba de forma creíble y honesta, defendía que la historia de la literatura es realmente un objeto de estudio sobre el que se puede progresar intelectualmente y creía que la crítica, entendida en todo su amplio sentido tanto filosófico como lingüístico, nos hacía mejores, como lectores y como ciudadanos. Y alternaba esa fe para mí precaria con el cuidado nada fácil de dos niños pequeños con los que jugué en alguna ocasión y que se reían indisimuladamente de mi acento español.
Por todo ello, sacarla algún día de sus obligaciones y sus compromisos institucionales y ofrecerle un rato de libertad e indisciplina cantinera era un magnífico placer para mí. Casi siempre accedía después de una ardua negociación y, mientras duraba la fiesta, se debatía muy visiblemente entre sus frenos morales y profesionales y su necesidad de escapar de algunas asfixias íntimas que yo empezaba a adivinar y que con toda seguridad tenían que ver con la escasa sociabilidad de un marido altamente responsable y celoso. En ese sentido, yo era algo así como su fuerza del caos y eso me otorgaba un poder erótico siquiera momentáneo.
Ver a Judith pedir un tequila después de hacerse de rogar me asignaba el primer triunfo. Después la tentaba más haciéndole creer que yo verdaderamente tenía un discurso teórico sobre la literatura o sobre la vida, cuando lo máximo que tengo es un repertorio de desconfianzas y escepticismos a los que simplemente doy la vuelta cuando me conviene para parecer convencido de algo. Pero ella me tomaba en serio y se esforzaba por rebatir algunas barbaridades con las que estallaba yo de repente, sobre la decadencia de la novela en la era de internet, sobre la ética profunda e insuperable del suicidio, sobre el fraude de toda la filosofía francesa del siglo XX o sobre la nostalgia de los tiempos heroicos de la Revolución Mexicana y en general de todas las revoluciones habidas y por haber. Judith me discutía con energía asignando a mi discurso, fuera cual fuera, algún tipo de consecuencia peligrosa, en lo social o en lo intelectual o todo a la vez; ella era, ante todo, optimista e incluso diría que técnicamente era racionalista, o al menos estaba conforme con algunos modelos del conocimiento posmoderno, que le permitían, de manera sensata y sin abusar del narcisismo teórico, defender a la vez el feminismo y la crítica a la globalización económica.
Yo controlaba y saboreaba sus periódicas consultas de reloj, las prórrogas que a sí misma se concedía para estar más tiempo con nosotros en detrimento de su marido y sus hijos. A las diez de la noche solía estar radiante en su contradicción, hermosísima en su pelea interna: hervía de deseo evidente, de hedonismo e incluso de moderada autodestrucción, y todos los conflictos de su vida, súbitamente evidenciados, la empujaban hacia ese caos en el que yo me ofrecía de guía.
—Tengo que irme, Alex. Ya no puedo tomar más –decía, una y otra vez, y yo me esforzaba por encontrar un nuevo giro a nuestra conversación que la obligara a seguir con la ficción de que me aleccionaba y de que tenía alguna posibilidad real de que yo abandonara el camino estéril del resentimiento y la obcecación.
—No cambies de tema, Judith… ¿De verdad crees que la revolución no es un mito útil todavía para América Latina?
Otras preguntas equivalentes, igualmente caprichosas, podían ser: ¿de verdad entiendes a Derrida(o a Deleuze, o a Zizek) y consideras que es útil para la crítica literaria, sobre todo la mexicana? ¿De verdad crees que en las universidades gringas está lo mejor del saber sobre América Latina? ¿De verdad crees que América Latina tiene sentido como sistema cultural y político, fuera de las fantasías hechas por extranjeros europeos y norteamericanos? ¿De verdad crees que nuestras investigaciones son capaces de producir algo realmente útil, o como mínimo, de simular un progreso con respecto a lo anterior? ¿De verdad crees que la teoría literaria puede darnos una respuesta definitiva e inapelable acerca de la posible homosexualidad de Sherlock Holmes? Judith se emocionaba visiblemente, casi gritaba como yo (nadie grita en México como los españoles), y contraatacaba con ferocidad:
—Ay, Alex, me chocas con tus ideas falsamente provocadoras. Juegas a la crítica total y luego te vendes al poder en una universidad como ésta. Eres más hipócrita que esos latinoamericanos que predican desde la Ivy League sobre lo que necesitamos al sur del Río Bravo. Al menos ellos sí trabajan.
Aunque ya no bebía más a esas horas tardías, se había desinhibido lo suficiente como para jugar sus cartas de seducción, sobre todo una específica elocuencia bien acompañada de gestos, miradas y aproximaciones físicas de valiosos centímetros. Entonces yo solía acordarme de nuestra cena en Barcelona y de la oportunidad que allí perdí. Sabía que una relación entre nosotros era casi imposible y que yo al menos debía conformarme con la fantasía de un peligro o una transgresión. Suponía que ella también deseaba mantener esa quimera erótica y por eso aceptaba mi flirteo manipulador; un flirteo algo tiránico por mi parte, lo admito, porque yo no tenía nada que perder, y ella sí.
Pronto llegué a la conclusión de que Judith era, involuntariamente, más conservadora de lo que podría nunca admitir. El inconsciente social mexicano actuaba en ella obligándola a comportarse en contra de las ideas liberales y avanzadas que después defendía por escrito y de palabra en eventos culturales y académicos. Yo aprendí a detectar eso que para ella podía ser ante todo una humillación intelectual y en ocasiones le sugerí tímida y respetuosamente esa contradicción, con la esperanza, creo que generosa por mi parte, de que ella aprendiera a liberarse al menos verbalmente. Pero no: su vida familiar parecía intocable y sólo conseguí encontrar algunas fisuras en esos momentos en los que brillaba en ella la contradicción como el jadeo de un cuerpo amoroso. No niego que en más de una de esas ocasiones le transmití todas las señales mudas que pude de mis ganas de tener algo más intenso con ella. Nunca me atrevía a proponerle nada concreto, pero la atracción debía ser evidente, porque pronto me llegaron rumores de la población estudiantil acerca de apuestas sobre nosotros dos y, peor todavía, declaraciones de estudiantes que aseguraban, con total naturalidad, que alguien nos había visto besándonos o saliendo de uno de los centenares de moteles con los que la hipocresía matrimonial se resuelve en el estado de Puebla. No era cierto, desde luego, y anticipo que nunca fue cierto, pero la imaginación, maliciosa o no, desataba todo tipo de especulaciones.
—Ahora sí, ya me voy, Álex. Pásatela bien con tus admiradoras. Nos vemos mañana.
Judith se despedía regalándome al menos una mínima confesión celosa como esa: ella sabía que las estudiantes eran una tentación difícil de resolver en un entorno como el de Cholula, polo opuesto a la sagrada distancia académica entre profesores y estudiantes de las universidades de Estados Unidos. Pero yo no quería entonces a ninguna estudiante: yo la deseaba a ella, porque ella sí era una interlocutora válida, una adulta para un niño como yo, la mujer intelectual que yo siempre deseé, que podía entender y quizás redimirme de al menos una parte de mis muchos resentimientos. Yo veía su esencial contradicción y esperaba que ella hiciera lo mismo con la mía.
Pero Judith pedía un taxi y regresaba a su casa, y durante unos segundos los estudiantes, Lombard, Magallanes o cualquier otro acompañante, percibían mi decepción e incluso me asignaban una ternura posiblemente excesiva. Yo reaccionaba rápido proponiendo otra ronda de consumiciones y discusiones evasivas. Y volvíamos al bucle parrandero y pseudoutópico.

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