lunes, 13 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XII)


EL SECRETO

Salíamos después de la cantina para comer tacos en algún puesto callejero cercano y así se nos bajara un poco la peda. No era extraño que los demás se rieran de mi resistencia al picante, o de mi suerte al no haber contraído ninguna infección por culpa de la comida callejera. Yo respondía con alguna insinuación discreta sobre mis periódicas diarreas, pero siempre dejaba claro que ese pequeño problema no podía opacar el elogio general a la grandeza grasienta y multicolor de la comida mexicana (“¡Viva el mole de guajolote”!), mucho más cercana a mi sensibilidad que el esnobismo caramelizador de la tan famosa cocina española. Y aprovechaba la ocasión (y cualquier excusa menor, antes o después, a cualquier hora) para sacar mi españolidad más genuina y carajillera y despotricar antipatrióticamente. Lo curioso era que casi todos mis estudiantes admiraban España e incluso la habían visitado y disfrutado. De hecho, Sor Juana era nieta por parte de madre de malagueños exiliados tras la guerra civil y había pasado varios veranos en España.
—Granada, qué ciudad tan linda. Y las playas de Málaga…
—Sí, y la corrupción de Marbella, que parece casi digna de México –desmitificaba yo.
—No te hagas, sabes que Barcelona es una ciudad padrísima.
—Sería mejor si en la Guerra civil los anarquistas hubieran dinamitado la Sagrada Familia, como tenían previsto.
A veces me preguntaban con inocencia y curiosidad sana por la unidad de España, y yo invocaba el espíritu de Pepe Rubianes:
A  mí, la unidad de España me suda la polla por delante y por detrás. Que se metan a España en el puto culo, a ver si les explota dentro y les quedan los huevos colgando del campanario.
Los estudiantes, incluso las chicas, se reían de mis castizas groserías, tan silvestres y opuestas a la solemnidad con la que recitaba, en clase y sobrio, los sonetos de Quevedo o el Cántico de San Juan.
España, claro, siempre España, a pesar de todo, a pesar del océano; con ese infalible gruñir hispánico, con sus imprecaciones soeces y poco finas retóricamente, propias de una sociedad en la que la violencia, siquiera verbal, no ha perdido totalmente su hegemonía histórica. Me sentía español en esos momentos de exabrupto intolerante, de ajuste de cuentas, de cainismo, en los que mis ancestros andaluces liberaban en mí su herencia de siglos de agravio caciquil y miseria.
Nuestras conversaciones nocturnas incluían muy a menudo las inquisiciones identitarias sobre el caos mexicano y la soberbia de la nueva España democrática, con sus empresas recolonizadoras y sus masters universitarios supuestamente eruditísimos, pero plagados de profes enchufados y con currículum sospechosamente casero. Yo, embriagado de estatalismo y ánimo expropiador (¡viva el general Cárdenas!), advertía a gritos sobre el pésimo servicio de Telefónica, pero los mexicanos me respondían, con buenos argumentos, que Telefónica en México aún no es nada y me advertían con datos evidentes sobre el poder de Telmex y ese señor Slim que es tal vez el hombre más rico del mundo (y que de vez en cuando, me dijeron, visitaba la universidad). De todas maneras, mi antiespañolismo era caprichoso y fácilmente reversible, sobre todo si se trataba de practicar el entretenido deporte de molestar a los mexicanos, que a menudo adolecen de un patriotismo tan o más inconsistente (e igual de fosilizado, a pesar de sólo tener doscientos años) que el español.
Hay que recordar, por ejemplo, que los mexicanos cuentan los mismos chistes de Lepe pero los protagonistas son dos españoles llamados Manolo y (inverosímilmente) Venancio. Se ríen, con razón, de nuestro escaso nivel medio de inglés, perfectamente sintetizado en nuestra manera tosca de pronunciar a la española el nombre del grupo U2, olvidando el esencial juego de palabras, y, peor aún, confirmado en esa penosa costumbre de pronunciar a la española la i de Spiderman. Mi contraataque consistía, casi siempre, en denunciarles no sólo los frecuentes anglicismos como accesar o checar (y algunos tan grotescos como “whisky en las rocas”). Pero en ocasiones yo mismo fallaba en mi autoexigencia lingüística y caía en la trampa diciendo, castizamente, cacahuete en vez de cacahuate (que es más fiel al origen nahuatl), y en esos casos, después de desvincularme abiertamente de las momias de la RAE, me veía obligado a jugar más duro y recurrir a temas, digamos, trascendentales: por ejemplo, que no se puede justificar de ningún modo que R2D2 sea conocido en ese país como “Arturito”, o que Bruce Wayne, es decir, Batman, se llame en México Bruno Díaz, y que Catwoman tenga otro nombre de origen misterioso y morfología recóndita: Gatúbela.
Benditas fruslerías interculturales, desperdicios dialécticos de patio de colegio rico. Pero entre tanta bobada ebria se colaba alguna señal del futuro que hoy entiendo de otra manera: como cuando yo elogiaba públicamente, con detalladas comparaciones, los diferentes uniformes de Catwoman—Gatúbela en cine y televisión a lo largo de las décadas, y me salía tanto el fetichismo que Sor Juana se reía y decía algo así como “ya sabemos qué regalarte para tu cumple”. O cuando comparábamos, con extrema frivolidad posmoderna, los diferentes métodos de tortura de la Inquisición y yo les explicaba con alarmante didactismo mi método preferido, la famosa cuna de Judas, en la que la víctima es sentada sobre una cuña, con pesas en los pies que tiran de su cuerpo hasta desgarrarlo de forma espantosa.
Y, en especial, cuando Sor Juana y Andrea cuchicheaban casi besándose sobre algo que llamaban el Secreto, que tenía que ver con alguien de Cholula a quien yo no conocía. Las dos jugaban con mi curiosidad mal disimulada y sólo me ofrecían pequeñas dosis de promesas: “algún día conocerás el Secreto”. Yo busqué respuestas en el Culero, pero él, algo enfadado y sin duda envidioso, me confirmó que, por algún motivo, no le habían hecho partícipe de la confidencia. Al tontaina del Niño Genio ni le pregunté, ya que sólo entendía de teorías procedentes de Estados Unidos o Francia.
El Secreto…un secreto en una antigua ciudad sagrada llena de caos y abismos posmodernos y glocales. ¿Cómo algo así no iba a poner a cien mi imaginación de escritorzuelo ansioso de magia?
Era habitual acabar esas noches en una pulquería reconvertida, en virtud de esa misma onda posmoderna, en antro bizarro con clientela heterogénea (peor todavía, heterotópica). La pulquería estaba decorada con objetos oxidados, obsoletos o simplemente antiguos y con una general similitud (creo que no premeditada) con algunos de los horrores más recientes de Antoni Tàpies. Allí se reunían homosexuales desinhibidos (no olvidemos que no es fácil ser gay en México), cocainómanos, artistas amateurs en busca de teoría o de una beca estatal, estudiantes suspendidos en busca de una segunda oportunidad, y teporochos y huevones de sobaco sucio, en general, sin otro horizonte en la vida que la próxima parranda, y que cantaban conmigo las memorables canciones antimachito de Paquita la del Barrio.
Presidía (y matizo que podría no considerarse una hipérbole) el lugar un burro, el burro del pulquero, siempre cargado con los bidones de ese líquido empachoso y algo decepcionante para mí desde el punto de vista etílico, ya que exige muchos litros para llegar a la embriaguez. El burro, más desdeñoso que cansado, ocupaba el centro de una pista de baile sin embaldosar, hecha de pura tierra más o menos lisa, y nos miraba con extraña sabiduría, recriminándonos la evidencia inapelable de que algo fallaba en nuestras vidas cuando compartíamos espacio con él.
Los profesores, en realidad, no bebíamos casi nunca pulque, y lo dejábamos a los estudiantes, que compartían las babas y aun la hepatitis en el vaso de plástico. Nosotros nos dedicábamos a bebidas de adultos, más caras, aunque casi nunca sabías realmente qué te estaban sirviendo, entre la oscuridad, la mugre y la falta de certificación sanitaria. De vez en cuando asomaba algún policía avisado por los vecinos a causa del ruido, a ganarse la mordida correspondiente, y nosotros callábamos a instancias del dueño, otro perdedor autoconsciente que nunca había aprobado un curso entero de historia del arte.
Y así se repetían los rituales: el cortejo infructuoso de Rodrigo a Sor Juana, las múltiples rotaciones de la combinatoria sexual de los estudiantes (con la excepción del Niño Genio), el círculo alrededor de Lombard para escuchar sus opiniones, mis invitaciones a desconocidos deseosos de beber gratis, el sopor progresivo de Magallanes. Todo era diferente y todo era lo mismo, un teatro de mexicanidad cómodo y límbico, una exhibición de infantilismo colectivo, un edén andrajoso y chapucero, pero al mismo tiempo coqueto. Sólo que de vez en cuando se colaba por alguna grieta el mundo exterior, el México real, contundente metonimia, entre otras cosas, de la triste condición humana.
—¿Ya supiste qué le pasó al hermano de Samantha? Lo hirieron en una balacera en Acapulco.
—Mi prima ya no sigue más en Ciudad Juárez. Ha vendido el negocio y se viene a vivir a Puebla. Dice que como acá viven los narcos hay tregua.
—El judicial que vive en el departamento de arriba sacó la pistola a las tres de la mañana y salió a la ventana a disparar al aire.
—Al güey lo asaltaron en el taxi, le quitaron todo y lo madrearon antes de dejarlo en el periférico encuerado.
 Yo tomaba mentalmente notas y me repetía para mis adentros más solemnes: sea cual sea el famoso Secreto, lo que queda claro es que el Mal está cerca (si hay que ponerle cara, funciona muy bien la de Salinas de Gortari). Yo, claro, con la óptica distorsionada de la emoción literaria en la que me he educado a falta de experiencias reales, lo veía como un aprendizaje existencial necesario: la vida es una mierda y Cervantes, sin la cárcel, no hubiera sido Cervantes. En otras palabras: las injusticias de la vida hay que conocerlas un poco más de cerca de lo que ofrecen las películas y los medios de comunicación, sobre todo los de los países supuestamente estables, tranquilos y pacíficos. Es el único camino para llegar a eso tan devaluado hoy que antes llamábamos, en los buenos viejos tiempos, autenticidad. La Diosa Tragedia, tan olvidada.
Pero no siempre era yo así de romántico, sino que por momentos me asaltaba el instinto de supervivencia, que suele pronunciarse a la altura del estómago. Debí palidecer mucho alguna vez de ésas, en la misma pulquería, porque Sor Juana acudió al rescate:
—No te preocupes. Aquí en Cholula no pasará nada. México es así, nosotros ya estamos acostumbrados. Puedes estar tranquilo.
No sabía si yo debía bromear o ser sincero en mi respuesta, y, con un whisky en la mano, le respondí de manera confusa incluso para mí:
—¿Cómo quieres que esté tranquilo? ¿Es que no te das cuenta de que todo es un desastre y más tarde o más temprano las cosas saldrán mal, para mí o para vosotros? ¿Crees que exagero? Ahora mismo tenemos un burro aquí delante y estamos pasando el rato a su lado. ¡Al lado de un burro! ¡Un burro cargado de alcohol, como yo! ¿Qué destino nos puede esperar, sino una desgracia?

Y al final, casi al alba, si nadie quería continuar la fiesta, regresaba yo a mi casa, un edificio de apartamentos bastante dignos en comparación con las casuchas de una planta y mal pintadas de la misma calle. El edificio estaba protegido de las amenazas externas por una alta verja con alambrada y dos vigilantes que se repartían las veinticuatro horas de los siete días de la semana cobrando apenas mil pesos mensuales. En realidad, sin ser nada especialmente lujoso, era la residencia más espaciosa y elegante que yo había tenido en mi vida, acostumbrado como estaba a los pisos pequeños y poco luminosos de los barrios charnegos de Barcelona.
Los dos vigilantes eran jóvenes de unos veinte años que me miraban a veces con risa contenida y a veces con rencor cuando llegaba yo ebrio a altas horas de la noche. Normalmente dormían en la garita hasta que les pedía que me abrieran la puerta de entrada. Yo saludaba con un gruñido y ellos se despedían con un buenas noches, doctor que me sonaba a cachondeo no en el momento, sino al día siguiente, cuando con vergüenza y pesquisa reconstruía yo la continuidad de los hechos de la larga noche. Muchas de esas mañanas, tras despertarme ojeroso y maloliente para ir a trabajar y sermonear a los estudiantes sobre las banalidades consumistas de la literatura del nuevo milenio, me encontraba a uno de los dos vigilantes jugando en el aparcamiento del edificio con su madre y un niño de apenas un par de años. Hice más de una vez los mismos cálculos: mil pesos, setenta y dos horas semanales, tres bocas que alimentar. Y casi siempre después del cálculo venía una rápida mortificación sobre mi nivel de vida. Qué asqueroso es ser rico en un país de pobres. Digan lo que digan los liberales.   
Quizá pensar ese tipo de cosas era lo que buscaba en México: enajenarme en otra vida que no fuera la de la paz, el consumo y el confort, vida muy buena según casi todos, pero en la que no encajo. Y es que yo, si soy algo, solamente soy un pobre experimento de mí mismo, una voluntad que no sabe si es de muerte o no y se empeña en descubrirlo de algún modo. En ese sentido, el experimento (lo que llamaríamos empíricamente el viaje) iba sin duda bien. Por fin empezaba a ver el límite.

El límite, siempre el límite; cómo alguien, escritor o pensador o simplemente persona, puede olvidarse de ello o menospreciarlo. El límite hay que conocerlo y si es necesario hay que anunciar a gritos su existencia. Todo lo demás es calma, engaño, conservación, esperanza y otras mentiras.

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