sábado, 11 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XIII)


ESPAÑA, SIEMPRE ESPAÑA,

a pesar de todo. Porque, en el mundo globalizado, un océano de por medio no es suficiente para librarse del nefando terruño, la liendre de la Madre Patria chillona, malcarada y soberbia, imperial hasta la médula, fortificada en su grandeza de estercolero secular de siglos de oro y mierda, y en su logorrea en torno a unos mantras que parece que hay que repetir a todas horas: democracia, constitución, respeto, convivencia, toda esa charlatanería falsamente redentora y ufana de sí misma. Ser español es ontológicamente tedioso. Ser español, si algo implica, es un desgaste permanente de ruido e imbecilidad, de autobombo y borborigmos periodísticos, un círculo vicioso de lencería vintage con encaje de mantilla andaluza.
Los patriotismos pueden ser males que se curan viajando; el patriotismo español es imposible de erradicar, porque se enquista como una verruga peluda y se pudre poco a poco entre discursos parlamentarios sobre lo “tolerable” y lo “intolerable”, pazguatos literarios o cinematográficos que hablan de la Guerra Civil para ganar su buen dinero y limpiar lo que quede de comunismo en la conciencia, y oportunistas rastacueros del libre mercado que miran a los latinoamericanos con un singular asco compasivo. Los patrioteros dicen que España tiene muchos motivos de orgullo: Velázquez, Cervantes, Ortega, el 12-1 a Malta. Yo veo otras aportaciones: en zoología, las ladillas, tan nuestras como el lince ibérico; en genética, el misterio de los hermanos Machado; en la historia de las ideas, un ismo tan mediocre y obtuso como el carlismo; en estética, el peor romanticismo de Europa; en gastronomía, el hambre de siglos; en teología, el insulto de “perro judío”; en física, la técnica de los costaleros; en psicología, la lamentable autoestima del Canto personal de Leopoldo Panero.
España siempre te alcanza y no hay exilio tranquilo que permita de verdad la regeneración de todo lo mutilado por siglos y siglos. España me alcanzó también en México. No sólo porque en Puebla la presencia del mundo colonial y sus hábitos mentales es más firme que en otros lugares del país, más indígenas o más estadounidenses, sino porque también había gente que, increíblemente, se definía en público y con orgullo como españoles. Uno de ellos, el más significativo para mi aventura, era el decano de la facultad, un profesor de historia contemporánea llamado Villalobos. En cuanto supo que me habían contratado, me invitó a comer para darme algunas instrucciones que él suponía imprescindibles para que mi estancia en México fuera un éxito.
—En México tienes que chulear un poco para que te hagan caso. Y hacerles currar, porque, francamente, son muy gandules. Tanto “ahorita, ahorita” y luego tardan un año… Te lo digo de verdad. Siempre que hables con algún dependiente para quejarte de algo, preséntate como el doctor Ramírez. Como no tienen aristocracia, los títulos académicos sirven para distinguirte e impresionar. Y te juro que funciona. Les pegas dos gritos y enseguida te hacen lo que les pides. Y otra cosa: te recomiendo que pongas tu dinero en los bancos españoles. Son más fiables. De los de aquí no te puedes fiar. Te aseguro que yo todo mi dinero lo tengo en el Santander. Y estoy tranquilo.
Villalobos llevaba entonces unos diez años en México. Acabó allí básicamente porque terminó su doctorado en Valladolid o Alcalá (nunca lo supe con seguridad), no sabía inglés y, por tanto, no podía optar a universidades como las estadounidenses. Pudo haber entrado en alguna universidad española, en realidad. Cumplía los requisitos básicos: prepotencia, ignorancia y servilismo hacia sus superiores, todas esas virtudes que han hecho de las universidades españolas un ejemplo para el mundo. Pero ni siquiera consiguió eso: según él, un catedrático le tenía ojeriza porque era demasiado bueno. Y tuvo que buscar su futuro fuera de España.
—Yo no sé inglés ni me interesa.
 En México, en cambio, había conseguido ascender a base de gritos y esputos, de jotas y zetas pronunciadas enérgicamente. Tenía además un restaurante de cocina española que le proporcionaba unos excelentes ingresos extra.
—Joder, cobro sesenta pesos por una tapa de tortilla de patatas y la gente lo paga. Yo qué culpa tengo.
Físicamente, lo más gachupín en él era su calvicie: estupenda, completa, de esas que sus propietarios, tras superar el trauma inicial, exhiben con orgullo y sin gorra ni barba compensatoria porque les atribuyen mágicos poderes sexuales. Con eso y su incorregible halitosis, su españolidad era metódicamente estereotípica, y por eso era casi caricaturesca. Yo, a mi pesar, tengo una españolidad ruda que con suerte podríamos calificar de goyesca, pero creo que el pragmatismo catalán ha atenuado algunas de mis peores conductas atávicas. Villalobos, en cambio, era ese español que se detecta a leguas de distancia en la terminal de cualquier aeropuerto del mundo; el target comercial de revistas como Interviu. Lo que resultaba increíble era que los mexicanos no sólo le hubieran aguantado sino que encima le hubieran dado un puesto de alta responsabilidad. Pronto comprendí que algunos mexicanos eran fácilmente impresionables por los supuestos progresos de la democracia española, y por ese motivo creían en la eficacia y el rigor de Villalobos, aguantando incluso sus permanentes comparaciones entre España y México, siempre del mismo signo paternalista:
—México tiene que hacer una transición como la que hizo España. Está claro, coño. Parece mentira que no se den cuenta. Es la única manera de progresar y consolidar la democracia. Necesitan un pacto de la Moncloa. Necesitan a un Suárez y a un Felipe González. Vicente Fox no sirve para nada.
—¿Rulfo? A mí me gusta más Cela, puestos a tremendismo.
—¿El chile habanero? Eso no es nada en comparación con las guindillas de mi pueblo.
—¿Las mujeres mexicanas? Están gordísimas, hombre. Las españolas están mejor. Tienen mejor culo.
—¿Tomates? Aquí no saben realmente cómo cultivar los tomates. En mi pueblo hay unos tomates de cojones y hacemos el mejor gazpacho del mundo.
Yo le escuchaba con una mezcla de resignación y ansiedad por encontrar algún mexicano armado cerca que pudiera ofenderse y amenazarle con un tiro. Pero parece ser que, en contra del tópico, no siempre los mexicanos van armados.
Nos encontrábamos a menudo paseando por el campus y él me proponía siempre alguna comida o alguna juerga con el mensaje subliminal de visitar un lugar de streaptease. Me acostumbré a ser fuerte y a rechazarle sin necesidad de excusas, pero aun así Villalobos me buscaba una y otra vez como si yo fuera su único interlocutor para algunos asuntos. Hablábamos en esos encuentros fugaces de la situación española y sólo una vez estuvimos de acuerdo plenamente:
—Yo le voté en las últimas elecciones, pero no sé por qué coño Aznar nos ha metido en la puta guerra de Irak.
Sí, con aquellas palabras, me cayó bien por primera y última vez.

            QUE NO,

           que, a pesar de mis blasfemias, no tengo nada en contra de la democracia, que nadie se confunda. Sé bastante de Historia (y México me enseñó lo que me faltaba) como para desconfiar del Terror en nombre de las ideologías redentoras y los mesianismos providencialistas. Y no tengo nostalgias aristocráticas de escritor modernista o clerc francés o artista de vanguardia. Otra cosa es darle la razón a Fukuyama o al memo de Huntington.
Intentaré explicar mi problema con la democracia. Para mí, la democracia es como los preservativos. Son bienes irrenunciables, resultado inequívoco y acertado del progreso racional, que ningún capricho puede negar o menospreciar, a riesgo de involución o pandemia. Son protocolos necesarios y deben ser exigidos con firmeza en los contextos correspondientes. Entiendo perfectamente que me obliguen a cumplir ambos requisitos y no debe ser de otro modo: sólo que no puedo, fisiológicamente, hacerlo, integrarme en esa rutina, participar de ese ensueño colectivo.
Yo no puedo ponerme ESO. El preservativo destruye mi energía, me deprime y traumatiza, saca a la luz todas mis fobias acumuladas y me convierte, con suerte, en sujeto pasivo y, a menudo, en mueble mudo. El preservativo es el enemigo máximo de todas mis ganas de vivir, de la escasa naturalidad que he preservado tras años de esfuerzo cínico. Tengo poca alegría y pocas veces la manifiesto, salvo en mis quejas y en mis erecciones. En cambio, la democracia y los preservativos me amortiguan y me incitan al ascetismo. La democracia obliga al diálogo, a aceptar, a negociar, a escuchar e incluso a renunciar; y todo eso está muy bien, como los condones, pero me quita mi único privilegio: la libertad del cascarrabias. Libertad para gritar y gemir, para criticar y gozar, porque todo es uno y es lo mismo.

Déjenme con mis enfermedades y mis taras y no intenten salvarme ni reciclarme. Yo no sirvo para el diálogo, recuérdenlo. Esto es un monólogo y yo soy un autista aún no diagnosticado.

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