domingo, 5 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XIX)


BREVE HISTORIA DE LA CRÍTICA LITERARIA LATINOAMERICANA

Pocos días después, ya terminados los exámenes de diciembre, Judith Robaina consiguió dinero para celebrar el final de semestre con un evento importante, o que al menos ella consideraba importante para nuestro marginal y minoritario departamento de literatura, humanidades y bellas letras en general. Después de complejas negociaciones, había convencido a la Eminencia Latinoamericana para que impartiera una conferencia en Cholula; una conferencia generosamente remunerada, sobre todo teniendo en cuenta nuestro presupuesto. Judith nos pidió a todos la máxima difusión y el mayor apoyo, en todos los sentidos, logísticos y turísticos; para ella suponía, evidentemente, una gran oportunidad profesional de promoción, pero además, era la demostración de que podíamos, como universidad, entrar en el circuito académico internacional, captando al star-system intelectual.
La Eminencia Latinoamericana era (y debe de serlo todavía, supongo) profesor en una de las universidades top de Estados Unidos y llevaba ya más de treinta años publicando libros y artículos ubicuamente. Era, en concreto, sudamericano, más indio que caucasiano, y por tanto respondía a un determinado perfil que yo difundo con evidente prejuicio pero que, en realidad, no carece totalmente de base empírica: el del letrado emigrante que eligió (de manera muy respetable, desde luego) la comodidad de la tribuna académica gringa a la precariedad típica de la oferta universitaria latinoamericana, mal pagada, dependiente de gobernantes legos y/o corruptos, con bibliotecas escuálidas e infraestructuras deficientes. Es un perfil bastante típico, que se suma a otros que yo ya he conocido sobradamente, como el del latinoamericanista español que sólo conoce del continente los hoteles de cinco estrellas cuando viaja de invitado para engrosar su currículum a costa de los contribuyentes y seguir con la mamandurria, o el del latinoamericanista europeo que mezcla cine y literatura al amparo de los estudios culturales porque no sabe ni papa ni de cine ni de literatura y necesita publicar con urgencia para ocupar el puesto vacante de alguna universidad de provincia.
Reputado y multicitado, la Eminencia prologaba una y otra vez obras canónicas, editaba y recomendaba con entusiasmo y debatía en mil congresos casi simultáneamente, como ajedrecista estrella, aunque luego uno descubría que se autoplagiaba con cada vez menor disimulo. Había pasado por todos los diferentes estadios del fervor teórico: un marxismo inicial no exento de hedonismo caribeño castrista, un estructuralismo greimasiano con bata blanca de laboratorio, un posestructuralismo aún más francés y polisilábico, unos Cultural Studies llenos de útiles estudios sobre las telenovelas, unos Queer Studies que afrontó originalmente desde la perspectiva hetero, y ahora se movía en el poscolonialismo emancipador con aderezos de filosofía eslovena, al parecer, aunque según él ya había que empezar a superar ese modelo para avanzar todavía más en “la liberación de América Latina”.
Yo no tengo nada en contra del poscolonialismo, por supuesto. En realidad, no suelo tener muchas cosas en contra de las teorías, porque creo que se defienden y se hunden solas. El problema tampoco es, de hecho, la petulancia con la que un latinoamericano predica sobre la redención de los países subdesarrollados desde su cátedra en el país de las barras y las estrellas. Lo que me indigna es más simple: que nunca admita que empezó como un escritor frustrado y, al mismo tiempo, intente demostrar que su metalenguaje abstruso y pretendidamente salvífico es superior a aquellas creaciones que en privado envidia.
Judith consiguió reunirnos a todos, profesores y estudiantes, en la conferencia estelar, con el auditorio bastante lleno para lo que podía esperarse de una conferencia intitulada “Migraciones y transmigraciones del sujeto (pos)vallejiano: hacia una agenda etnoficcional del in-between andino”. A los diez minutos de discurso, me giré para revisar al público y comprobé que Magallanes, que prudentemente no se había sentado en la primera fila como yo, ya estaba durmiendo; yo no llegué a dormir, pero me dediqué como siempre hago en situaciones así a entretenerme fantaseando con alumnas vestidas de colegialas (incluso creo que metí a Judith en aquella fantasía concreta). En realidad, Judith estaba en su propia fantasía de placeres textuales y semióticos: sentada junto al orador al que había presentado con los esperables ditirambos, observaba a su invitado con inequívoca admiración. El Niño Genio tomaba notas, cosa que no solía hacer en mis clases, y se las pedí a los veinte minutos para intentar recuperar el hilo de Ariadna de la conferencia. Sólo aguanté la lectura de una de las frases apuntadas, que decía algo como: “el laberinto semiológico no se resuelve aquí en un binarismo apodíctico ni en una fractura representacional del dictum infragnoseológico, sino en la huella pos-desvelada y develada de la sublimación del grafema”.
La conferencia, por lo que recuerdo, tuvo de todo: citas de Foucault, Spivak, Heidegger, Said e incluso Mariátegui (por orgullo latinoamericano), redenciones diversas de colectivos (indígenas, mestizos, criollos, mujeres, judíos, palestinos, homosexuales, pansexuales, cobayas científicas y humanoides posibles y aun virtuales), cartografías, articulaciones, trasvases, metáforas, mucha epistemología y, por encima de cualquier cosa, algo así como una inmensa otredad. Otredad, sí, que se me apareció como una revelación absorbente del Otro, lo Otro, como si fuera una Noche Oscura del lenguaje crítico que lo llena todo y nos hace entender que realmente hay algo que no somos nosotros y que además nos provoca sueño.
Lo que no hubo en la conferencia fue, en realidad, literatura: es decir, textos, citas de escritores, concesiones a la ilusión (pobre, seguramente, pero piadosa) de que nos dedicamos a algo que no es exactamente igual en términos lingüísticos a una guía de teléfonos. Aun así, el conferenciante recibió aplausos entusiastas al terminar su exposición de unos noventa minutos. En el turno de las preguntas, yo hice como los malos estudiantes de siempre: ponerme a mirar al suelo para evitar que nadie se fijara en mí. Sólo el Niño Genio se atrevió a intervenir, y él y la Eminencia se enzarzaron en algo que nunca pareció un debate, sino dos monólogos ultrateóricos en los que ambos se daban la razón mutuamente para darse la razón a sí mismos.
Al terminar el acto, encontré entre los asistentes a Lombard, que había llegado tarde y se había perdido la mayor parte de la conferencia. Me pidió un resumen rápido:
—Una mierda como una catedral –le grité—. Una posmierda, más exactamente. He estado a punto de ponerme en pie y gritar: “viva Alain Sokal, el Guerrero Desenmascarador de Farsantes”.
—Tú siempre tan español, Álex. Deberías ser más polite…Eres un dinosaurio de la españolidad, un residuo quevedesco. Aprende del conferenciante: parece más gringo que yo.
Buscamos a Magallanes y acudimos los tres a felicitar a la Eminencia, como exige la hipocresía académica. El tipo nos sorprendió regalándonos sendos ejemplares del que era al parecer su último libro de poesía, asombrosamente titulado Todo o nada. Su poesía, por lo que pude ojear, era clara y transparente, casi conversacional, a pesar del metafísico título de su conferencia. Tenía un último atributo que destacar: era malísima. Los tres agradecimos el regalo pero dejando bien claro que la conferencia también nos había interesado mucho y la agradecíamos igualmente. Como era previsible, cada uno hizo un apunte superfluo sobre sus palabras, para mantener la ficción de que le habíamos seguido con atención. Recurrimos, en definitiva, al típico teatro de la pseudociencia literaria, la illusio de que todo eso no es tan superfluo como parece a cualquier persona sensata.
Después, la Eminencia, tan experto en cumplir con los protocolos, nos preguntó, simulando interés y algo así como una cortesía de colega de profesión, por nuestras “actuales” investigaciones. Los tres nos miramos para coordinar el tono de una respuesta común y creo que temimos (yo por lo menos sí) dejar en evidencia al departamento y, por tanto, a Judith, que era sin duda la única que publicaba con cierta regularidad en revistas de esas que llaman científicas. Lombard fue el primero en reaccionar:
—Estoy preparando una historia completa de la literatura gibraltareña.
El aspecto siempre estrafalario de Lombard, su extraño acento con dialectalismos trabajosos y su origen estadounidense contribuyeron a que La Eminencia se quedara desconcertado/a al escucharle, pero antes de que pudiera reaccionar decidimos intervenir:
—Eso no es nada comparado con mi proyecto de investigación actual, financiado por el gobierno mexicano –dijo, con convincente seriedad, Magallanes—. Un Diccionario de Grandes Perdedores de la Historia de la Literatura, dividido en tres categorías: Muertos Prematuros (a su vez subdivididos en Alcohólicos y No Alcohólicos), Mediocres con Delirios de Grandeza (subdividido en Metafísicos de la Chingada y Vanguardistas desorientados) y Satélites de los Genios (subdividido a su vez en Aduladores y Envidiosos).
—Qué interesante… —dijimos al unísono Lombard y yo.
La Eminencia captó que no se le rendía la pleitesía esperada y con una mueca confirmó dos cosas: que había entendido las ironías y que no le habían gustado nada. Por suerte para él, enseguida llegaron Judith y el Niño Genio para arrebatárnoslo e interrogarle sobre próximos congresos y sobre estúpidas polémicas entre mandarines intelectuales de la Ivy League.
—Es impresionante cuánto sabe, ¿verdad? –nos preguntó Judith en un aparte antes de reconducirlo hacia otra parte del auditorio, en la que vi al decano Villalobos.
Nosotros asentimos con esa hipocresía que los mexicanos consideran idiosincrática de los poblanos y cambiamos rápidamente de tema.
—¿A qué hora empieza el cóctel? –preguntó Magallanes, con su tic de las palmaditas en al abdomen.
Efectivamente, la universidad solía organizar generosos cócteles para cerrar los eventos y ya se nos conocía a los profesores de literatura como los más aficionados a esa práctica. Salimos a los jardines contiguos a la facultad y encontramos una carpa con mesas provistas de canapés y copas. En ese momento, de forman nada casual, Sor Juana, Andrea, Rodrigo y algunos más se acercaron a nosotros para obtener el salvoconducto necesario y así poder participar del cóctel, mientras la Eminencia, Judith y el Niño Genio seguían hablando del futuro de los estudios literarios y la grandeza de las universidades estadounidenses, el rigor de sus métodos docentes y la evidente distancia con respecto a los países de habla hispana.
Nos pusimos a beber compulsivamente y yo en media hora tenía los labios negros de tanto vino malo chileno. Mientras tanto, nos entreteníamos enumerando perdedores de la historia de la literatura para su diccionario fantástico:
—Sabiendo el éxito enorme que el pobre Bolaño empezó a tener justo después de morir con sólo cincuenta años, ¿lo podemos incluir o no? Hay que reconocer que es una putada morir así y llenar los bolsillos de capital simbólico post mortem –pregunté, en voz lo bastante alta como para que la Eminencia no pudiera evitar escuchar mis supuestas ocurrencias.
—No, no… —respondió Magallanes adoptando un aire profesoral que seguramente nunca ponía en práctica en las aulas, en las que solía sentarse a divagar y esperar las preguntas de los estudiantes mientras corría el tiempo de la clase—. Bolaño ya tenía algo de prestigio antes de morir. No, deben ser más perdedores. Como todos los olvidados de los parnasos del Siglo de Oro. Como toda, absolutamente toda, la literatura costarricense.
—¿Y un petulante vacío como Eduardo Mallea? –seguí yo—. Ponte en los años treinta: parecía que Mallea iba a ser el supernovelista profundo y universal, el gran metafísico, el Dostoievski porteño. Y fíjate ahora dónde está él y donde está Borges.
—No está mal… Pero si empezamos así, también tendríamos que incluir a Huidobro, por ejemplo. Sí, sigue siendo importante e imprescindible en las historias literarias, pero la diferencia entre su posteridad real y lo que él soñó en sus momentos de egocentrismo es inmensa. Recuerda que él llega a poner por escrito que se había propuesto ser el mejor poeta del mundo. Un narcisista supremo, humillado por Neruda una y otra vez.
—Los tiempos de las vanguardias están llenos de morralla literaria. Piensa en Guillermo de Torre, el cuñado de Borges, que empezó como poeta.
—La peor combinación: lo español y lo argentino. Pero aún fue más extraordinario como editor: rechazó Residencia en la tierra, La hojarasca y El túnel.
—¿Y Juan Larrea? Otro chiflado esotérico, una especie de excrecencia de la vanguardia… Ah, se me ocurre también Pablo de Rokha. Perico de Palothes, según Neruda en sus memorias. Un prodigio de resentimiento embadurnado de ortodoxia comunista.
—Lo tengo en la lista. Los comunistas han sido grandes perdedores: me interesan aquellos que antepusieron deliberada y conscientemente la Revolución al arte.
—¿Óscar Collazos?
—Muy bien, gachupín… Recuerda que este se atrevió a discutir con Vargas Llosa y Cortázar.
—¿Empezamos con los perdedores del boom? ¿Estás seguro de que quieres ir por ahí?
—Qué sangrón eres— pero bromeaba inequívocamente, y aceptaba bien el golpe—. Yo no fui un perdedor del boom. En todo caso, del postboom.
—Vale, te doy varios españoles. Paulino Masip, un exiliado que murió en Cholula. Nadie lo había estudiado en condiciones hasta que llegué yo. Imagínate.
—No, a los exiliados ya los están reivindicando por ser exiliados. Y muchos eran remalos.
—Dos suicidas: Alfonso Costafreda y Aliocha Coll.
—Ah, Costafreda, claro… no lo conocí pero se hablaba de él. Al otro no lo conozco.
—Y uno que se murió de cáncer de estómago con treinta y tres años: Andrés Carranque de Ríos.
—Esos son los mejores, los más jodidos. Como José Carlos Becerra.
—Y Ángel Vázquez, durante el franquismo. Un homosexual curioso, que vivía en Tánger. Si hubiera publicado hoy, sería un referente queer.
—Sí, pero con ese nombre…
—Como Alejandro Ramírez.
—Qué le vamos a hacer. No todos podemos tener nombres eufónicos a lo vasco como Cortázar, o con rima interna, como Jorge Luis Borges.
—A veces hay que poner un poco de voluntad, carajo. Juan Pérez decidió ser Juan Rulfo.
—Pero Rulfo tenía muchas opciones, incluso el Nepomuceno de su partida de nacimiento.
Después pasamos a enumerar viudas de escritores famosos y a jerarquizarlas según diferentes categorías (codicia, sensualidad, mediocridad intelectual) y aún tuvimos tiempo de enumerar a escritores aficionados a jovencitas, nínfulas o chicas en el límite legal o muchos años más jóvenes (de Huidobro a Vallejo, pasando por Quiroga, Machado y tantos otros). Así seguimos durante un buen rato, aunque yo no perdía de vista a Judith y a la Eminencia. Creo que fue entonces cuando comprendí que sólo estaba intentando llamar la atención de la Eminencia con infantilismo no exento de envidia.
Veía a la Eminencia tan segura de sí misma, como gran pedante y gran mal poeta, que diría JRJ, veía su prestigio intelectual como un pesado mamotreto de publicaciones y orgullos en letra impresa, veía su ascenso social tan perfectamente resumido en la negación de sus propias canas a base de barato tinte negro, veía su desdén hacia lo que consideraría mi burda e inmadura actitud antiyanqui, veía su caridad hacia mi mediocridad académica y curricular, veía sus modales respetuosos y autocontrolados tan superiores a mi acartonado cinismo, y pensaba que la Eminencia era, como casi todos los grandes profesores de universidad, un perfecto cretino, uno más de los Asertivos, esos nuevos sacerdotes neoilustrados del progreso individual y el bienestar existencial. Pero, milagrosamente, vi entonces una falla en todo su sistema defensivo hecho a base de coloquios verborreicos, grants and awards, publicaciones y conferencias plenarias: le vi mirar, en un movimiento tan fugaz como inequívoco, a Sor Juana.

Más exactamente, vi cómo la repasaba y diagramaba desde una ancianidad súbitamente en suspenso, y cómo le destinaba una atención visual silenciosa pero penetrante, con ese peso especial que los párpados adquieren cuando intentas reprimir la conexión mental y fulgurante entre los ojos y el pene. Y ahí comprendí toda la represión acumulada que los años estadounidenses habían provocado en él. Lo comprendí todo y pensé: “eres un pendejo latinoamericano y nunca dejarás de serlo. Te has creído que podrías blanquearte la cabeza como antaño se blanqueaba la sangre, pero eres un pobre perdedor que tiene dentro un colonizado bien pagado por los Amos Gringos del Mundo. Nunca podrás quitarte el complejo de inferioridad. Lo que realmente te gustaría aquí es estar en una universidad patética como ésta para poder coquetear con las estudiantes, porque realmente esa es la esencia perversa del trabajo de profesor universitario, más allá de pedagogías y aportaciones a la cultura, y tú lo sabes tan bien como yo”. Y decidí que merecía una lección. Una de esas suaves venganzas que los resentidos practicamos de vez en cuando para mantener viva la llama de la frustración.

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