miércoles, 1 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXIV)


AQUELLO QUE LLAMABAN LUCHA DE CLASES

Llegué a la fiesta en taxi y con una hora de retraso, porque ya había aprendido que, según la sabiduría convencional autóctona, sólo los muertos de hambre son puntuales en las fiestas mexicanas, y por ello la puntualidad es una señal de mal gusto. La casa era casi una hacienda en una zona residencial en el límite entre Cholula y Puebla, sin apenas tráfico pero llena de superfluos recursos y facilidades para los coches, y con vigilantes de seguridad más fornidos que los de mi casa y que me dejaron entrar sólo después de entregarles mi identificación como profesor de la universidad.
Con todo, ya había frente a la enorme casa varios coches aparcados; algunos eran lujosos y otros no tanto, pero lo que más me llamó la atención fue que algunos tenían esos inquietantes vidrios polarizados que señalan inequívocamente tanto la pertenencia a una élite como el miedo a la delincuencia organizada. Antes de tocar el portón de entrada, me detuve para observar en silencio el entorno silencioso y cómodo, y comprender la frontera simbólica que acababa de cruzar, mucho más significativa que las vallas, las alambradas o las garitas de seguridad. Estaba entrando en un típico Edén de ricos latinoamericanos: ese paraíso que a la vez es un gueto y un bunker, donde todo intenta ser suntuoso y, en cambio, es enfático y nada sutil, donde se percibe una placidez inmune a todo menos a la paranoia. Donde el orden jerárquico goza en su inmanencia.
No negaré que mi curiosidad ponía alerta todos mis sentidos e incluso pensé que no debería abusar del alcohol para poder tener un recuerdo sólido de lo que iba a conocer, presumiblemente, esa tarde-noche: la riqueza inequívoca, el fasto a medias elegante y a medias hortera de la pseudoaristocracia, el poder antidemocrático e insolidario en su perfecta y más educada encarnación. La otra realidad de Sor Juana.
Nunca, en los encuentros que habíamos tenido en esos tres meses, me había concretado nada más acerca de las actividades de su familia. Procuraba evadir el tema y se molestaba visiblemente con mis sarcasmos acerca de su doble vida social, bohemia la mayoría del tiempo en Cholula y plutócrata de vez en cuando si tocaba cumplir con compromisos familiares como el de ese día. Sor Juana rehuía el debate ideológico o político con el que yo le provocaba a veces pero no me negaba la razón acerca de las desigualdades sociales mexicanas: de algún modo, esa era la única fórmula, supongo, para conciliar la dependencia afectiva de la familia y la verdad objetiva del desastre mexicano.
Tampoco esta vez me había dado muchas explicaciones acerca del motivo de mi invitación, que ella misma parecía desconocer:
—Hace tiempo que mi papá quiere conocer a todos mis profes –me dijo ese mismo día, por la mañana—. Pero no sé por qué no ha invitado a Lombard y a Magallanes. Sólo te ha invitado a ti.
—Me tranquilizaría saber qué le has contado de mí.
—Que no eres ni catalán ni español, sino cholulteca de adopción. Que sientes curiosidad por los ricos porque nunca los has conocido y en el fondo tú sí crees que el dinero es lo más importante. Que eres un poco degenerado y emborrachas a tus estudiantes en tu casa para aprovecharte de ellas, que son víctimas inocentes. Pero no te preocupes; estará crudo y habrá mucha gente. No creo que te preste mucha atención. Será la segunda fiesta de su cumple.
—¿La segunda?
—Sí… Ayer la hizo con la otra familia.
—¿Cómo?
—Mi papá tiene dos familias –el rostro de Sor Juana parecía indicar que aceptaba el hecho con normalidad, pero aceleró notoriamente la explicación—. Desde hace más de veinte años, tiene una amante además de mi mamá. No se ven mucho, pero tiene con ella tres hijos. Y celebra los cumples y la navidad también con ellos, alternándolos con nosotros.
—O sea que tu papá tiene siete hijos.
—Qué bien que sabes sumar.
—¿Y tú conoces a esos hermanos?
—Muy poco. Apenas hemos coincidido en algún funeral y alguna boda.

Pensé nuevamente que había en ella un conflicto interior que dejaba en poca cosa mis neurosis de charnego dostoievskiano y mis coqueterías con las diversas variantes del nihilismo. Frente a mis cuadrículas proletarias de rutina, catecismo ideológico y mecanicismo obrero, ella vivía o había vivido directamente en el vacío palaciego de salones fríos y decorados de manera pretenciosa, en la lobreguez del lujo y la abundancia, y sin duda sabía que esa complicidad con el Mal y la Injusticia exigía algún tipo de respuesta, quizás en forma de penitencia, quizás incluso en forma de suicidio metafórico o real. Yo quería entender de verdad hasta qué punto ella vivía internamente ese conflicto. Quería que confiara más en mí, que verbalizara esa pugna evidente aunque callada entre su ética y su sangre (aunque, por supuesto, también lo quería por mi fascinación egoísta de intelectualillo que, más que nada, intenta entender el mundo a través de sus ejemplos extremos, porque en realidad ya no tiene nada más que hacer que entender, no actuar ni desde luego cambiar).

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