sábado, 31 de diciembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (LV)


LA GUARDIA NOCTURNA (II)

Si hay ritos que aportan algo así como un equilibrio entre recuerdos y deseos, entre la memoria y la voluntad, volver a reunirnos en la casa de Lombard en Cholula fue, sin duda, uno de ellos. Había algo silenciosamente victorioso en ese retorno; muchas cosas habían cambiado, y desde luego, era inviable recuperar algunos códigos, pero no fue difícil extraer de la nostalgia su esencia, y depurarla hasta convertirla en una paz suficiente, modestamente perfecta; la paz de lo restaurado, de la continuidad. Volvíamos a estar juntos en nuestro limbo, respetando, sí, lo que el tiempo nos había hecho, pero obligando a su vez al tiempo a aceptar alguna pequeña exigencia nuestra. Ya no beberíamos como antes hasta la afasia, ni bailaríamos ocultando y exhibiendo intenciones sexuales, ni discutiríamos desmemoriadamente en medio de drogas nuestras y de otros; pero ahí estábamos, como en un orgulloso reestreno teatral, repitiendo diálogos y escenografía.
En realidad, el que menos había cambiado era yo; ellos dos habían evolucionado hacia una nueva fase y habían hecho auténticos experimentos con sus vidas, no como yo, con mis bucles de introspección y mi autismo narcisista. Quizá por eso sentí que Lombard y Sor Juana actuaban con paternalismo hacia mí, permitiéndome ser una especie de hijo espiritual adoptivo, lejos de celos o rivalidades sexuales cuya existencia sólo podía situarse en ese tiempo pasado para ellos ya superado. No me desagradó la idea, aunque eso significara que Sor Juana me miraba ya de otra manera, muy distinta a los buenos tiempos eróticos. Me miraba, diría yo, con la ternura con la que se revisa un libro básico de la adolescencia que sabes superado pero que no quieres volver a leer para no sentir decepción (como mis viejos y adorables libros baratos de Alianza Editorial con las cubiertas de Daniel Gil). Por eso yo sabía que ya no había lucha posible entre Lombard y yo por ella y por eso también yo podía sentirme tranquilo, cómodo, arraigado, en la compañía de ambos. Yo deseaba a Sor Juana, claro, pero mi más voraz egoísmo no podía corroer la evidencia de que ella estaba mejor, en todos los sentidos, con Lombard que conmigo.
Los dos habían aceptado pasar fugazmente por Cholula no sólo para presentar de manera oficial a Daniel y restablecer lazos afectivos, sino también para arreglar asuntos de todo tipo y preparar con la máxima cautela el futuro. No averigüé mucho acerca de cómo fue la reconciliación familiar: intuyo la alegría, aunque también intuyo algo de hipocresía hacia el gringo, en cierta forma responsable de una separación tan larga. Fuera como fuera, la simple existencia del primer nieto compensaba cualquier posible rencor. La progenie Quezada continuaba. El patriarca estaría satisfecho.
Como era de esperar, Lombard y Sor Juana habían decidido cruzar la frontera del Norte, pero aún no se ponían de acuerdo sobre el destino: él, por fin, quería regresar a Philadelphia para ver a su hermana moribunda, con la que ya había hablado por teléfono y al parecer había ajustado todas las cuentas del pasado, pero Sor Juana, aun estando de acuerdo en que no querían aceptar los privilegios de papá Quezada, proponía instalarse en San Diego con el hermano mientras buscaban opciones laborales. Durante la cena, discutieron sin agresividad sobre el tema, mientras yo lamentaba en silencio las dos opciones.
Cuando el bebé se quedó dormido y Sor Juana se sentó tranquilamente con nosotros, empezamos la previsible labor memorística de sobremesa, seleccionando recuerdos especialmente valiosos, por lo épico o por lo cómico, de Cholula, de la universidad y su fauna, de México y su caos. Lombard y yo bebimos como adultos, y Sor Juana, como madre adulta, se limitó a una copa de vino. Apenas gritamos, y yo diría que el volumen de la música quedó a la mitad de lo que era habitual en otros tiempos. Generosamente, los dos se preocuparon por mí y por mi soledad. Ironicé levemente, para que entendieran que no quería disimular la melancolía. Ellos correspondieron a mi ironía recordándome las ventajas de ser profesor.
—Pero las estudiantes son siempre jóvenes, y el profesor no. Me empiezo a sentir milenario.
—¿No tienes miedo de acabar como Magallanes? –preguntó Sor Juana, aunque no sé si recordaba que ella ya alguna vez me había hecho esa pregunta; pero fue en otro contexto, y Magallanes estaba vivo entonces.
—Sí. Pero quiero creer que yo no lo apostaré todo por la literatura, como hizo él.
Lombard propuso un brindis por nuestro amigo y así lo hicimos. También aprovechamos, por supuesto, para despotricar contra el Niño Genio por su deslealtad gringófila.
—Magallanes debió haberse dado cuenta de que los tiempos habían cambiado –dijo Sor Juana—. De que los viejos mitos literarios habían caído. Tú aún puedes reaccionar.
—¿Para qué? ¿Cuál es la alternativa? Magallanes sufrió horriblemente, pero al menos tenía fe. Yo envidio a la gente con fe. A veces no me siento nada superior a él. En ningún sentido. Pudo haber aceptado mejor su derrota, pero luchó, y eso es quizá más de lo que yo puedo decir. Si yo fuera honesto conmigo mismo, debería aceptar que no hay esperanza para la literatura, y seguir adelante. Para la literatura en la que creo, quiero decir.
—La literatura siempre cambia y tú lo sabes perfectamente –intervino Lombard—. No puede ser de otro modo. Eso es la historia de la literatura, nos guste o no. No seas dogmático; acepta la ley del cambio. ¿Quieres que escribamos durante dos mil años como Thomas Mann, o como Faulkner, o como Proust? El psicoanálisis destruyó buena parte de la literatura fantástica al reducir muchas de sus ambigüedades, y lo mismo pasará con el pinche realismo mágico cuando por fin estos países salgan del subdesarrollo. El adulterio era un tema interesante en el siglo XIX y hoy ya no lo es. La represión de los homosexuales también será felizmente un tema caduco si el mundo sigue avanzando. Los tiempos cambian y los gustos y el propio lenguaje evolucionan. Acéptalo y serás feliz. Bueno, nunca serás feliz porque no sabes serlo, pero al menos no pasarás la vida amargado como el canijo de Magallanes.
—Creo que Magallanes –continué— era, en el fondo, plenamente consciente de que vivía desde dentro un proceso de extinción, pero estaba condenado y por eso es un mártir que merece nuestro eterno respeto; no tenía ninguna alternativa real y mantuvo hasta el final a sus ídolos sin quemarlos en la pira de la desmitificación. En el fondo, era un residuo analógico en el poderoso y avasallador mundo digital; yo, en cambio, estoy a medio camino. No creo en los tiempos épicos de la novela elitista y en el fondo sé que son una ilusión, pero necesito algo que hoy no encuentro, esa alquimia irrepetible de los precursores o fundadores. A veces sueño húmedamente con una refundación del género novelístico, pero aún no lo tengo del todo claro: sólo sé que en esa nueva novela habrá muerte y que no habrá Dios. Aunque en realidad no importa lo que yo quiera o pueda escribir, si es que alguna vez lo hago en serio; el problema es mucho más profundo.
—¡Ah, chingá…! No empieces con la crisis de la novela occidental –dijo Sor Juana—. Ya sé que te gusta esa teoría. Llevamos cien años repitiendo eso; ya déjalo.
—No compares mis teorías con las de Ortega y Gasset, por favor –pero qué bien sabía Sor Juana lo que a mí me gustaba predicar y delirar con ese tema, y qué hermosamente me criticaba y se burlaba de mí—. No digo que la novela vaya a desaparecer, aunque probablemente la ficción adelgace y pierda un par de tallas con las nuevas tecnologías; digo que los cambios que se están produciendo son irreversibles y, a pesar de todo, muy negativos culturalmente. Creo que hay algo que estamos perdiendo y que echaremos de menos dentro de unas décadas: cierta agresividad crítica que es intrínseca a la novela y que ha sido la clave de su valor como modelador de imágenes de la realidad a lo largo de siglos. 
“Veamos: ¿qué define el género más allá de formalismos y estructuras? La injusticia, el conflicto, no únicamente en un sentido social o ideológico, sino también en un sentido digamos existencial: la percepción de una grieta, de una inarmonía o un caos, una percepción que, desgraciadamente, es resultado inevitable del progreso racional a la hora de interpretar la realidad, así como del desgaste de la ingenuidad épica. Desde don Quijote a Meursault pasando por Madame Bovary o Bartleby, hasta llegar a Aureliano Buendía o el Tomás de Kundera, tal vez, la novela es el reino de lo problemático, aunque sea una problematización oblicua con respecto a la filosófica. Espera, gringo, espera, ya sé lo que vas a decir sobre la arrogancia de los novelistas filósofos. No olvides que yo, que no soy ni catalán ni español sino sólo cholulteca de adopción como Villefort, tampoco soy alemán, ni quiero serlo. En realidad, a mí también me aburren los novelistas que se meten a filosofillos, como me aburren los narradores oportunistas que ahora les quitan trabajo a periodistas e historiadores. A mí me gusta la ficción, y me gusta precisamente porque es un experimento inverificable. Pero no es lo mismo experimentar sobre el cáncer que sobre la celulitis. Ahora el problema como sustrato generador de acción novelística está siendo relegado a un segundo plano, sustituido por cierto hedonismo consumista propio de sociedades que no quieren ver sus problemas, sino que quieren reconocerse orgullosamente en el arte y asumir su destino de seres cultos, ciudadanos de la Historia que ha llegado a su fin. Sí, la novela sobrevive periféricamente, pero en el centro de la sociedad abierta y liberal sólo puede morir de apatía.”

—Y la culpa la tiene el capitalismo… —apuntó Lombard, con el que sin duda había discutido yo ya varias veces del mismo tema, aunque seguramente ni él ni yo lo recordábamos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario