viernes, 30 de diciembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (LVI)


LA GUARDIA NOCTURNA (III)

—¡Por supuesto! —continué—. El triunfo del capitalismo y de la democracia liberal es mucho más penetrante de lo que pensamos, incluso en aquellos que presumimos de anticapitalistas. Fíjate: a lo que estamos asistiendo desde 1989 es a un proceso de falsa rehumanización del ser humano alienado. En otras palabras, a una campaña sistemática de derrota del nihilismo; el ser humano alienado y destruido de Kafka o Camus, el hombre en rebeldía permanente desde el romanticismo ha encontrado por fin la paz, o al menos una tregua cómodamente remunerada en la sociedad de consumo. Rebatiendo un poco a Kundera, el agrimensor K. de El castillo ha cambiado de actitud y ya no se siente solo e incomprendido; sabe que el mundo es una mierda, pero lo acepta creyendo que lo acepta voluntariamente, y que su decisión es fruto de su inteligencia y de las condiciones históricas. Cree que puede ser culto, creativo y libre, incluso que puede opinar sobre el mundo y que su opinión tiene alguna repercusión en la logosfera. Y mientras tanto piensa que tiene opciones materiales a su disposición: sexo, productos de consumo, capital simbólico. Nunca lo conseguirá en realidad más que provisionalmente, pero ya tiene un motivo para vivir que no tenía en los duros tiempos del ser—para—la—muerte. Y a ello hay que añadir, por supuesto, que ahora hay otros sujetos que tienen su oportunidad histórica y no quieren desaprovecharla: las mujeres, en especial.
—Para nosotras la historia no es como tú la cuentas, Álex. No lo olvides.
 —Claro, claro, a eso me refiero. Vivimos en un mundo poskafkiano en el que el nihilismo aún no ha podido imponerse porque se ha encontrado con una insospechada alianza en contra: el capitalismo, que llena el vacío de ser con sus golosinas y distracciones, y el marco cognitivo liberal, que, a pesar de todo, permite un cierto optimismo histórico para otredades, marginados, periféricos, subalternos y demás losers. La botella medio llena.
“El caso es que el ser humano sigue en el laberinto, pero ahora ha montado dentro una tienda de campaña y se esfuerza por vivir cómodamente. La democracia tiene sus virtudes, indiscutiblemente, pero en el terreno novelístico tiene un efecto sedante, o más aún, de haloperidol para la necesaria esquizofrenia de todo novelista: en una sociedad donde, en apariencia, todo se puede dialogar y se puede negociar, donde los antagonismos se flexibilizan y la sospecha pierde su fuerza subterránea, ¿qué sentido tiene escribir novelas? Si no sabemos dónde está el enemigo, ni dónde está el culpable, si la violencia es convertida en algo accidental y no en algo esencial, si todos los conflictos se atenúan y relajan en una convivencia más o menos pacífica, si cualquier pacto puede resolver a posteriori un problema expuesto por una novela, la novela pierde su capacidad para inquietarnos y desestabilizarnos.”
—Pero la democracia no ha resuelto todos los problemas… —dijo Lombard—. Eso lo sabemos. Siguen existiendo los problemas.
—¡Evidentemente! Estamos lejísimos del Paraíso. Sobre todo en México… Claro que siguen existiendo los problemas. Quizá haya menos genocidios y menos opresión, pero la injusticia permanece. Lo que ocurre es que tal vez ha habido una claudicación colectiva por la cual hemos perdido la fascinación por los extremos y hemos sacralizado el mal menor como solución totalizadora. Sí, los extremismos son perjudiciales en política, vale. Pero, ¿y en la novela? ¿Acaso no necesitamos fanatismo, extremismo, radicalismo? Claro, no de cualquier modo, no para epatar de forma rápidamente asimilable por las estructuras de poder. No se trata de provocar sin más, sino de ver el bosque y no los árboles, que ahora examinamos con fascinación olfativa y visual y cierta comodidad de turismo montañés.
“El pobre Sartre: ya nadie se acuerda de él. Y es cierto que es obsoleto en muchos aspectos. Sin embargo, no puedo dejar de releer Qu’est-ce que la littérature? y sentir una cierta nostalgia. Admito que todas sus teorías sobre el compromiso y la literatura en situación adolecían de confusionismo y voluntarismo, pero me pregunto si no es lícita una cierta sospecha sobre la caducidad de su poética sobre la escritura en situación. Vale, él mitificaba la resistencia contra el nazismo y todo eso, pero tal vez el hecho mismo de que hayamos renunciado a la grandilocuencia sartriana es otro síntoma de la neoalienación. ¿Acaso han desaparecido las situaciones extremas en las que está en juego la totalidad del hombre? ¿Acaso vivimos en la Comarca de los hobbits, una Arcadia de felicidad y armonía multisexual?
¿No será que estamos nosotros en una nueva fase, mucho más sutil y calculada, de la ignorancia feliz? ¿No será precisamente que la clave de nuestra real alienación es la absurda seguridad con la que creemos hoy que ya nos hemos librado del peligro de la alienación y que el mundo de Orwell es completa, inversamente opuesto al nuestro? La derrota intelectual del marxismo nos ha vuelto menos autocríticos, más arrogantes e increíblemente seguros de que ahora ya no es tan fácil alienarnos.
“El nihilismo no sólo es un enemigo del poder y del mercado; es también un enemigo del gen egoísta, de Dawkins. Por eso, después de fracasar plenamente en el siglo XX, hemos abandonado la era de la Tragedia para entrar en la de la Ironía. ¿Por qué la ironía funciona tan bien en términos comunicativos en nuestro mundo actual? Porque atenúa la tragedia y con ello facilita la supervivencia intelectual y emocional; consigue que remita la tentación suicida y nos permite avanzar diciendo las mismas cosas de antes pero con menos connotaciones autodestructivas. Pero, sobre todo, lo que la ironía nos permite es sentirnos inteligentes con el lenguaje, y esa es la clave.
“En la sociedad abierta, el individuo no puede asumir su fracaso existencial (porque eso sólo lleva a la muerte, sea en forma de suicidio o de utopía abortada) y lo sublima sintiéndose culto, o más exactamente productor y consumidor de cultura. La democracia liberal ha transformado a la masa, que ahora, en proporción creciente, se cree culta, aunque la mayor parte de las veces sólo repita comentarios de otros. Pero lee prensa, tiene títulos universitarios, toma fotografías que cree artísticas, va al cine y lee novelas; incluso puede que arriesguen más y vayan al teatro o lean poesía. En el fondo, no puede ser de otro modo; ¿cómo alguien va a admitir que NO es inteligente en nuestro mundo actual? El sujeto democrático tiene derecho al voto, pero también cree que tiene todo el derecho a decidir en los terrenos supuestamente minoritarios, como el arte. De ahí se llega a la falsa democratización del arte de acuerdo con leyes de mercado: la tiranía del número y lo masivo, que está alcanzando a la literatura y especialmente a la novela. Así se cierra el círculo del perfecto conformista que es a la vez el perfecto consumista: leemos novelas no problemáticas y así seguimos pensando que nuestro mundo no es tan problemático como el de otras épocas. Que hemos progresado, a pesar del 11-S y del 11-M, porque las amenazas más letales son afortunadamente menos frecuentes cada vez, y Hitler, Stalin, Pinochet o Mao por fin han logrado un status incuestionable de anitiejemplos. Y sí, sin duda hemos mejorado en términos políticos, pero no en términos novelísticos.
Me callé más por cansancio que por respeto al turno de habla. Lombard se sirvió un poco más de vino y reflexionó durante unos instantes, pero finalmente sólo suspiró. Sor Juana me dedicó una sonrisa que Lombard no percibió: fue una sonrisa larga, y yo sentí que en ella había querido incluir una cierta admiración no tanto por mis argumentos como por mi entusiasmo, y sobre todo una buena dosis de recuerdos de otros tiempos. Pero pasaron los minutos y cambiamos de tema, y ahí se acabó mi prédica. Entonces creí comprender lo que había sucedido: mis teorías eran probablemente absurdas, pero en otro tiempo las hubiéramos discutido por extenso y sin duda les hubiéramos dado tantas vueltas a las ideas que al final acabaríamos todos en el bando inverso al del principio del debate. Ahora, en cambio, Lombard y Sor Juana tenían otras prioridades, y la trascendencia de la novela, desde luego, no era una de ellas. Por primera vez esa noche me sentí solo, inmensamente solo, anacrónico, más infantil que Daniel.
Seguimos aún un par de horas hablando, hasta que el horario siempre difícil de los padres primerizos les obligó a mostrar las típicas muestras de fatiga. Pero nos tuvimos que despedir varias veces, porque nos demorábamos con diversos acuerdos de futuro y balances de la noche que habíamos pasado juntos, antes de llegar a la despedida definitiva. Lombard salió al patio para abrirme la verja de la puerta principal y yo tuve unos segundos para despedirme de Sor Juana. Nos abrazamos; primero con formalidad, hasta que uno de los dos (creo que yo) apretó un poco el cuerpo del otro. También creo que fui yo quien empezó la separación, pero fue para darle un beso en la boca, que ella aceptó con su generosidad de siempre. Lombard, por supuesto, lo vio todo desde la puerta y esperó a que nuestra despedida particular fuera completa.
En el patio, Villefort descansaba, tan perezoso y existencialista como siempre. Le dediqué una caricia rápida y me despedí de Lombard.
—Gracias por todo –me dijo.
Simulé que sabía exactamente a qué se refería con ese “todo” y le di un fuerte abrazo. Crucé la verja y me encontré con la silenciosa noche cholulteca, sólo alterada por ladridos ocasionales de perros y el retumbar de alguna discoteca en el Camino Real, a unas cuantas manzanas. La temperatura era baja, pero el frío en un lugar como Cholula, hay que recordarlo, es siempre soportable: estábamos en octubre y ya había terminado la temporada de lluvias, que vuelve incómodos los veranos y obliga a precauciones en el vestuario y a cambios de rumbo en cuanto cae el inevitable chaparrón de cada tarde. En cambio, el otoño en Cholula pasa inadvertido, quizá por primaveral; carece de connotaciones melancólicas y efusividades líricas. El día quema con el sol de los dos mil metros de altitud y la noche, con sus diez o doce grados, no es excesivamente norteña.
Decidí regresar a mi casa dando un largo paseo para disfrutar sensorialmente del alcohol, e incluso me entretuve, con algo de infantilismo místico, en la zona de la pirámide. Salté la poco intimidadora valla que impide el acceso a la zona arqueológica y ascendí hasta llegar a la iglesia. Me senté en uno de los asientos de cemento que funcionaban como improvisado mirador del cerro y ahí me quedé durante tal vez una hora. No hubo ningún éxtasis, pero sí diré que la embriaguez del whisky adquirió una cierta modulación metafísica. Regresé a mi casa en cuanto percibí que una pareja de jóvenes llegaba al mismo lugar con la evidente intención de tener una intimidad distinta y menos vulgar que la que ofrecen los moteles.

Nunca más volví a ver a Sor Juana y a Lombard con vida. Y tampoco vi sus cuerpos en los ataúdes, porque fueron convenientemente cubiertos ante la imposibilidad técnica de los maquilladores para arreglar lo que los asesinos hicieron apenas un par de días después de aquella noche. Aquella noche en la que yo me senté en la pirámide y pensé ingenuamente que hay percepciones más valiosas y profundas que las que uno tiene a la luz del día, frente a frente con la miseria humana, que es lo más eterno de que disponemos.

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