jueves, 29 de diciembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (LVII)


VÁMONOS, VILLEFORT

Hiperactivo, Quezada me habla de la policía, de investigaciones que están en marcha con ayuda incluso de agencias, así, en plural, de Estados Unidos; me dice que esta vez no se saldrán con la suya, porque se han excedido y ellos mismos lo saben, y alguien pagará por todo lo que ha pasado. Que los buenos ganarán la guerra, cueste lo que cueste. Quezada tiene algo así como una euforia rabiosa, como si ya estuviera convencido de haber encontrado la venganza exacta para el sacrificio previo.
Debería inspirarme compasión, y sólo me inspira asco. Me habla de policías y yo siento ganas de hablarle de Sonny Crockett y la melancolía de Miami Vice. De recordarle que los malos pueden ser arrestados y castigados, pero los que buscan la redención nunca la encuentran. Que siempre hay víctimas y que el pesimismo es luminoso, rotundo, fiable.
—Me engañaron, Álex. Nomás te puedo decir que me engañaron. Yo había hecho un pacto con ellos.
Sí, Quezada, ricachón de mierda, parodia de político liberal, patriota inmundo que seguro guardas todavía tu disfraz de charro en el armario junto con tus muertos y tus pecados, que con tu educación de Master yanqui te creíste lo bastante listo como para crear estrategias infalibles. Pero nunca supiste hacer nada bien, ni siquiera te enteraste de lo que hacía el tío Poncho con tu hija, no pudiste protegerla entonces ni lo has hecho ahora. Sí, Quezada, quisiste pactar con los cabrones, con los Anticristos, para garantizar tu cómodo nivel de vida y salvaguardar no tanto tu familia como tu orgullo; y seguramente hiciste lo peor que se puede hacer: te quedaste en medio, sin convencer a ninguno de los dos bandos, y seguro que ninguno te quiso salvar porque ninguno confió en ti, ni el bando de la ley ni el bando del crimen. Porque igual que fuiste ambiguo conmigo lo fuiste con Sor Juana y con todo el mundo, como el asqueroso hipócrita poblano que eres, como el empresario despreciable que también eres, y seguro que mañana rezarás con tu mujer y los dos os pensaréis que Dios os ha castigado por algo y que los caminos del Señor son inescrutables. No, Quezada, los caminos del Señor en México son perfectamente escrutables y están marcados en tu currículum de codicia y chulería. Sé que estás sufriendo, sí, sé que lo estás pasando mal, pero no me pidas que empatice contigo.
—Al menos, santo Dios, no fue secuestrada y violada.
¡Y aún pensarás que eso fue gracias al respeto que te tienen esos cabrones! No, Quezada, no fue violada, pero está muerta, como muerto está Lombard y no sé ni cómo verbalizarlo si no es con el odio profundo a tu recuerdo y a tu presencia o existencia en este México repugnante que gracias a gentuza como tú es un país desastroso que sólo atrae a gente perdida y desnortada como yo. He perdido a mi Diosa y he perdido a mi Cuate. He perdido a dos personas, pero también dos mitos, dos auras de sentido, dos pozos de significado para mis palabras diarias. Solamente me queda ahora un nivel dos de soledad, más duro y sofisticado que el nivel uno en el que he vivido siempre. Una soledad de la que no se sale ni cortándose las venas.
—Me pregunto por qué se salieron del campus. En el campus estaban protegidos.
Porque era lunes, pendejo, y tú nunca supiste nada de tu hija y lo que realmente le importaba. Los lunes por la mañana eran el día para ver a Dios, un Dios sueco mucho más decente que el canalla ese al que rezáis tú y tu mujer. Y ya no supe nunca si realmente lo encontraron, si fueron tiroteados antes de llegar a la pirámide de Cholula o después.
—Danielito es nuestra esperanza.
¿Esperanza? ¿Todavía hablas de esperanza? Te han matado a una hija y si no mataron al bebé fue porque lo dejaron a vuestro cuidado antes de ir al campus a visitar a Judith y a otros colegas. ¿Es que no entiendes nada? ¿Tienes esperanza acaso porque eres una fábrica de esperma y te sobran hijos que has soltado por el mundo convencido de que el universo gira alrededor de tu verga? Pobre Danielito; le daréis los mismos privilegios que a los anteriores niños de esa familia y, si no lo convertís en otro sacrificio humano, conseguiréis que perpetúe la estirpe de vuestra aristocracia malnacida. Danielito está bien jodido: sólo le esperan dos posibles destinos, la riqueza incalculable y la bipolaridad emocional; pero algún día, dentro de quince o veinte años, si la cirrosis no me mata de la misma manera que a Magallanes, volveré a este país sólo para hablar con el chaval y contarle cuatro verdades sobre quién era su madre y quién era su padre.
Yo no puedo arrebataros a Danielito. Yo sólo puedo quedarme con Villefort, pero te juro que me lo voy a llevar a España o adonde quiera que me vaya cuando salga de este horrible y bello lugar que es Cholula.

Vámonos, Villefort.

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