domingo, 9 de abril de 2017

CONFESIÓN /AUTOPSIA DE UN FILÓLOGO


Sé que no es dramático, pero la verdad es que tengo un problema: he de ponerme a investigar en serio y de manera urgente. La carrera académica no permite ya descansos y los buenos tiempos de la holgazanería universitaria se acabaron al menos en España, especialmente para los que ni siquiera hemos llegado aún a funcionarios. Debo ahora producir conocimiento y transferirlo a la sociedad, por lo que parece, y no sé muy bien cómo hacerlo. Lo de la innovación es todavía más grave: con lo que me ha costado tener alguna idea clara, ahora resulta que todo debe pasar y nada debe quedar, porque nada es lo bastante bueno como para merecer la preservación. O sea que hay que investigar y además saber cómo explicar de manera creativa lo que investigamos, para que los chavales estén contentos cuando les suban las matrículas.
En realidad, tuve ideas para investigar relativamente creativas hace años, en la fase ascendente, cuando España aún prometía progreso y yo aportaba lo que podía: el problema es que algunas de esas ideas, tal vez las más originales, me las pisaron otros que ni siquiera me conocían pero se pusieron las pilas antes; y las ideas que por fin pude llevar a cabo con cierto rigor, francamente, no le han interesado a nadie. Nadie me cita, nadie me lee (y poco ayuda tener un nombre tan vulgar, casi de líder fracasado del PSOE). Soy un científico de bajo nivel en el ámbito de los estudios literarios. Aunque el asunto es más profundo: creo que lo que me pasa es que tengo una crisis epistemológica. A ver cómo se cura eso. Se supone que leyendo, pero no tengo claro qué.
Los investigadores de los estudios literarios tienen poca tendencia a confesar sus miserias: hay que mantener el postureo pseudocientífico y no se puede ceder ni un milímetro, no sea que el Estado nos quite el pequeño paraguas protector de que aún disponemos, o que algún colega prestigioso nos humille públicamente con chulería estilo Paco Rico por tener dudas, que son indicio de falta de fe. Además, conservamos aún cierto orgullo ancestral de elite humanística e ilustrada (a pesar de que una y otra vez la realidad nos demuestra que las fantasías de una sociedad hiperculta no se cumplen ni siquiera con la tecnología más avanzada de la historia y con obras gratuitas), y por eso seguimos empeñados en preservar heroicamente legados culturales, en defender valores que creemos trascendentales y en soñar húmedamente con que nuestras prédicas salvarán algún día (¿cuántos siglos llevamos así?) las almas desorientadas. Será por eso también que este mundillo académico, cada vez más irrelevante en el conjunto de la sociedad, parece hiperactivo últimamente y todos están encantados de conocerse a sí mismos (iba a utilizar una frase tarantiniana muy famosa, pero me la guardo). Pero a mí cada día me cuesta más mantener el elemental grado de simulación que la farsa exige, y necesito desahogarme en este blog semiclandestino comportándome como aquel mago enmascarado y sacrílego que se atrevió a desmontar con todo detalle en un programa de televisión los trucos más habituales del mundo de la magia.
Lo cierto es que, ante la urgencia de recuperar mi alicaída productividad he recurrido a un brainstorming cervecero-heurístico para tomar una decisión inmediata. Se me han ocurrido las siguientes opciones:
Opción 1: rebuscar entre los trabajos de doctorado alguna basurilla inédita y esperar que el tema sea tan insignificante que los evaluadores anónimos de alguna revista sepan aún menos que yo del tema y lo acepten. Hoy todo vale, y juego con algunas ventajas: hay escritores como hormigas, y pocos latinoamericanos y menos aún los españoles saben de países que no son el suyo.
Opción 2: como es probable que esos ficheros estén en vetustos disquetes y sea imposible reciclarlos, mejor elijo algo rápido de eso que llamamos cultura –lo primero que se me ocurra, da igual-  y me pongo a divagar con apariencia de análisis sesudo y combativo para sacar alguna gran verdad que a nadie se le ha ocurrido nunca, como por ejemplo que hay ideología en el fútbol o en los museos o en los parques, o machismo en determinados espectáculos. Claro, como la estética es una convención reaccionaria y obsoleta, todos los objetos culturales, desde Los Morancos hasta el Alcoyano, son igual de valiosos porque pueden ayudarnos a comprender cómo funciona el poder y por tanto a liberarnos de todas las injusticias. No es de extrañar que el estructuralismo –tan frío, tan antihumano, tan tecnocrático- haya sido olvidado; es muy aburrido analizar obras si no sirve para fantasear con alguna redención política y descubrir la sopa de ajo de la opresión. “Necesitamos más Cultural Studies para impedir que vuelva a pasar lo de Trump”, he llegado a leer por ahí.
Opción 3: la intermedialidad es otra buena excusa, y ahí llevo algo de ventaja: yo sí me tragué Twin Peaks entera en su momento, e incluso me di cuenta de que todas las tomaduras de pelo de la obra. Ahora cierta vanguardia académica está descubriendo lo provechosas y virginales que son las hibridaciones entre medios audiovisuales y literatura y es enternecedor el modo en el que se dejan deslumbrar por el efecto literario de homenajear a las series de televisión estadounidenses. Como encuentre una novela que incluya a Sonny Crockett, tengo tema para diez artículos.
Opción 4: sí, ya sabemos que la inmanencia estética está en vías de extinción, y lo curioso es que la Escuela del Resentimiento que la atacaba parece cada vez menos resentida y más cómoda. Hay, sin embargo, un terreno, fuera de las cavernas de los mandarines intelectuales, donde aún parecen creer en la estética, increíblemente: se trata de los estudios sobre la literatura infantil. Los pedagogos son ahora mismo tal vez los más preocupados en encontrar como sea la función estética en alguna parte para poder demostrar que existe la literatura infantil, que hay literariedad en ella incluso desde lo que podríamos llamar su grado cero: “sana, sana, culito de rana”.
Opción 5: también podría dedicarme a algún novelista muy actual que no esté todavía consagrado y forjar una alianza estratégica con él (siguiendo el modelo Cercas-Gracia, mucho más eficiente que Vargas Llosa-Oviedo, por ejemplo). Pero es fundamental que su esperanza de vida no sea baja, para poder ir exprimiendo al máximo la autoridad con la que hablaría de él. Sin embargo, eso implicaría hacerle la pelota para ganarme su confianza y poder presumir de conocimiento de primera mano. Aunque en realidad el precio es más alto: ¡le estaría dedicando mi tiempo y mis energías a la competencia novelística, dándole capital simbólico que yo necesito para mí mismo! Está claro que solo puedo dedicarme ya a escritores muertos.
Opción 6: otra opción muy hispánica es ponerme empírico y empezar a exhumar y revisar epistolarios. Esa es una buena opción: podría llegar a salir en prensa para dar a conocer la utilidad social de la investigación, y a lo mejor me serviría para justificar una estancia en el extranjero, porque ahora que se digitalizan todos los fondos se está poniendo más difícil eso de las estancias. De hecho, lo de los epistolarios también se acabará pronto, porque a ver dentro de veinte años quién va a dedicarse a estudiar los miles de correos electrónicos de los escritores contemporáneos (¿acabaremos estudiando los chats?). Debo decir que he tenido siempre un escaso interés en ese tipo de documentos, salvo en algunos casos muy específicos, cuando el documento revela un misterio autorial o la intervención decisiva de una determinada fuerza en el trabajo literario. Que Rubén Darío y Amado Nervo compartieran reino interior, o que muchos grandes machos de la cultura mexicana salgan del armario, o que sepamos por fin los motivos de la pelea entre Gabo y Marito, o que encontremos la prueba de que tal héroe del antifranquismo estaba a sueldo de la CIA, me resulta algo así como dermatología literaria, puro chisme que obvia la gran frase del dr. House, que sería buen filólogo: todo el mundo miente. De todos modos, esta opción investigadora tiene sus ventajas: aunque no encuentre nunca un documento que demuestre quién es el autor de Lazarillo de Tormes, siempre puedo apostar por un nombre y repetirlo a todas horas con el argumento tan científico de “demuestra tú que yo no tengo razón”. Así lo ha hecho una exprofesora mía, y su entrada personal de la Wikipedia corrobora el incuestionable triunfo.
Opción 7: en caso de desesperación, puedo buscar algún modelo narrativo y procurar sistematizarlo en el ámbito de lengua española dejando claro desde el principio que la investigación es solo un punto de partida. Parece, sí, un proyecto demasiado ambicioso y extenso, pero siempre se pueden buscar atajos conceptuales. Por ejemplo, bastaría con redefinir la “novela rizomática” como aquella novela cuyo final no se entiende porque el novelista sabe que si la obra termina con un mensaje positivo el resultado será baboso y cursi, y si la termina con uno negativo venderá poco. Así puestos, mejor que no se cierre nada y todo se ramifique y disperse. Y en caso de que se complique demasiado mi búsqueda, siempre me quedará la metaliteratura, que es lo más fácil de analizar y lo que mejor refuerza la burbuja de nuestra ilusión académica. Total, ningún autor me desmentirá si encuentro un guiño culto en su obra.

No se podrá negar que planes no me faltan. Es cuestión de ponerse manos a la obra. Seguiré informando.

2 comentarios:

  1. Querido Pablo:

    Deserté de las filas de la Filología y cada vez la extraño más. Llevo años en la ola de la innovación educativa con la sensación simultánea de haber encontrado mi camino pero también de haber malgastado mucho tiempo en esa hiperactividad de la que hablas, ese mundo de "hacedores de papers", de indicadores de calidad y de rendición constante de cuentas. Mi principal derrota es haber permitido que las musas concedan demasiado espacio a la táctica: catenaccio intelectual. En esas estoy, desmouriñizándome (o desguardiolizándome, que viene a ser casi lo mismo).

    Coincido contigo. Da la impresión de que ahora toca hacer tábula rasa con todo lo que huela a la cátedra de toda la vida. Es verdad que han/hemos abusado del narcisismo como profesores y es un hecho que el aprendizaje no necesita tan a menudo de enseñanza como presumimos. Y menos ahora, con la galaxia de internet a unos cuantos clics, en casa y en pijama.

    Pero también es verdad que los mejores profesores que recuerdo son aquellos que no tenían reparos en hablar y hablar en clase. Su única innovación era saber mucho, una vida entera, de lo que hablaban. Todos eran originales y algo ególatras. Y todos, sin excepción, tenían un sentido del humor entre negro y castaño oscuro. Su mérito principal no era enseñar, en lo que en general eran bastante patosos, sino inspirar. Y, bueno, no sé si sobra decirte que tú estás en esa foto de mi Olimpo de maestros favoritos.

    En fin... que me dedico ahora a la innovación educativa, cada vez con menos ánimo de hooligan (y mira que me cuesta, tú me conoces) y con más desvelo. Me gusta la exploración, me hace sentirme joven, sobre todo cuando no me concentro en los resultados sino en el juego. Pero me duele ver sus daños colaterales, que son inmensos, sobre todo esa manera en que se ha vitalizado su lenguaje y se han vuelto mandatory sus premisas. Me jode ver cómo está arrinconando a muchos maestros que son valiosos de otra manera, sin proyectos ni actividades colaborativas, sin usar siquiera juguetes digitales. Que son valiosos hablando, sin más. Como antaño. Inspirando.

    Abrazo, melancólico, desde Cuernavaca :-)

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    1. Querido Sergio:

      tengo previsto dedicar dentro de un tiempo un post a la cuestión de las clases magistrales, que me parece crucial hoy. Conoces de sobra mi escepticismo hacia los nuevos dogmas de la innovación educativa; entiendo que los tiempos han cambiado y que, por poner un ejemplo, el latín no sirve como antes, pero la obsesión innovadora está llegando a extremos aberrantes que en mi opinión sólo favorecen a maestros con poco nivel de conocimientos y a estudiantes pijos que quieren gozar de una educación de consumo. El tema es largo y complejo, desde luego, pero, francamente, cada día estoy más conservador en ese asunto. Un abrazo desde Barcelona, es decir, lejos de la Semana Santa sevillana.

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