lunes, 20 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (LIII)


ME ABALANCÉ SOBRE ELLA

con el énfasis de la mayor alegría que había tenido en los últimos tiempos y casi la asusté. Nos saludamos torpemente, algo acelerados los dos por la sorpresa, y forcé un beso en la mejilla al ver que el abrazo era imposible por la presencia del bebé. Dediqué los segundos siguientes a contemplarla de arriba abajo y a preparar algún elogio de su aspecto. No necesité mentir: estaba tan hermosa como siempre, aunque su apariencia fuera tan distinta. Sor Juana había mimetizado bien las costumbres locales y había abandonado su look coqueto y levemente transgresor para simular que nunca había pisado unos grandes almacenes. Podría decir que había madurado o envejecido en todo ese tiempo, pero creo que lo había hecho sólo en la misma medida que yo.
Su desconcierto inicial fue, sin duda, tan grande como el mío. Sólo que mi desconcierto era gozoso, intenso, como en los escalofríos del amor adolescente y las primeras citas, y yo no sabía si ella sentía algo equivalente.
—Pero ¿qué haces aquí? ¿Cómo me encontraste? –preguntó, mirando a su alrededor como con un celo excesivo, lo que me hizo desconfiar.
—Consulté al oráculo…
—Ay, pinche Nilsson… Qué chismoso.
Reímos los dos y creo que ese momento cómplice, unísono, nos relajó a ambos.
—Te presento a Daniel –me dijo descubriendo el rostro abrigado del bebé—. Ya ves que mi vida ha cambiado bastante.
El bebé tenía apenas unos meses. Le acaricié la carita somnolienta y luego me fijé en el rostro de la madre: sonriente y diríase que feliz. Me dijo que tenía que comprar algo de comida y me pidió que la acompañara.
—Tenemos mucho de qué hablar –dije yo, o ella, quién sabe.
—Qué milagro –dije yo, o ella, quién sabe.
Entramos en la tienda y esperamos a que hiciera las compras antes de empezar a ponernos al día. Aunque parecía desenvolverse muy bien con el bebé, me ofrecí, naturalmente, a cargar con todo.
—Jeff tiene chamba en Yohualichan. Da clases de inglés. Regresará al rato.
Interpreté sus palabras de manera positiva, como si el mensaje oculto fuera que Lombard, sin duda, se alegraría de verme. Ciertamente, yo no había pensado que también habría podido ser lo opuesto: que Lombard se molestara con mi llegada o la interpretara de algún modo hostil.
Salimos y Sor Juana me señaló el camino por una calle informe y sin apenas tráfico.
— Hay que caminar tantito. Unos diez minutos.
En ese trayecto apareció por fin la incomodidad; ella le dedicó mimos a su hijo y yo opté por guardar silencio para no parecer demasiado inquisitivo o impaciente. Pero al cabo de un par de minutos, y después de varios saludos a gente del pueblo, Sor Juana, sin que se lo preguntara, empezó a resumirme su voluntario exilio. Habían llegado a ese pueblo casi azarosamente; ella lo recordaba de alguna antigua excursión juvenil a las comunidades indígenas y, sin otra justificación, decidieron instalarse allí con los ahorros de Lombard, que, al parecer, eran bastante sustanciosos después de tantos años de profesor sin cargas familiares ni otros gastos aparte de las drogas y el alcohol de la noche cholulteca.
Tras el primer impacto emocional, muy estimulante, de la nueva vida, llegaron las asperezas de la vida subdesarrollada, allí donde la globalización apenas llega, o llega sólo como deyección de productos superfluos de consumo masivo. Pero Sor Juana no parecía arrepentida de nada:
—Me hice una limpia de mi pasado fresa…¡Así ya no podrás estar fregando con mi origen social! Te quedaste sin argumentos, Álex. Ahora te toca a ti, tan comunista que eres.
Los dos encontraron trabajo dando clases de español o de inglés o de lo que fuera, aunque muchas veces los sueldos ni siquiera se cobraban, sobre todo si eran sueldos que dependían del gobierno.
—Admito que me has derrotado –ironicé, de una forma que creo que era previsible y, en cierto modo, entrañable para ella—. Para un intelectualillo de clase media yo como yo, lleno de amor y odio a la vez hacia la modernidad, todo esto es muy auténtico y espiritual. Sólo te ha faltado alojar en casa al subcomandante Marcos.
—Idiota.
—No, tonta. Has madurado. Ya no eres la señorita poblana que coqueteaba con el caos para luego regresar al bunker familiar.
—Sí, se acabaron las Atlántidas y todos los demás juegos… —sentí que me aludía con esa última palabra, pero no pude dejar de sonreírle—. ¡Aunque me caga no encontrar algunas cosas en este pinche pueblo!
—Como un carrito de bebé, supongo.
—Si apareces con un carrito de bebé, te corren del pueblito por satánico.
Luego habló del embarazo y aquí el relato se volvió impreciso y más metafórico. No hice preguntas indiscretas: fuera cual fuera el proyecto previo sobre esa maternidad, Sor Juana no dejaba lugar a dudas sobre su plenitud actual. Me pareció sincera, aunque quizá me lo pareció porque estaba especialmente sexy y vitalista, con su largo vestido blanco y sus ojos negros muy abiertos, como desacomplejados ante ese entorno austero. Pero no, no era sólo seducción: había una indiscutible coherencia en su comportamiento, que por fin veía yo con claridad. Sor Juana vivía la vida por ciclos que agotaba y exprimía rápidamente, siempre buscando más y no descansando nunca. Ella, a diferencia de mí, había cerrado clara y significativamente su ciclo de Cholula, dando un portazo monumental a las buenas costumbres y a los negocios familiares. Y había pasado a otra fase, con errores o aciertos, pero siempre con voluntad. Yo, en cambio, vengo de ninguna parte y voy a ninguna parte, y mi paso por países y ciudades es sólo una larga autopsia de mí mismo.
—Te he extrañado –le dije tras un momento de silencio que creí oportuno.
—Yo también… —dijo, jugando al desvío de las miradas—. Siento la despedida. Fueron días difíciles. Sabes que no podía seguir en Cholula.
—Lo sé. No te guardo ningún rencor. Ni a Lombard.
—Él te quiere un chingo. Y yo también.
Por fin llegamos a la casa, situada en las afueras del pueblo, al principio de un camino de tierra que se adentraba en el bosque. En la puerta, tumbado con una relajación que parecía propia de un gato, descansaba un perro al que reconocí.
—¡Villefort!
El perro no me reconoció, pero se dejó acariciar. Sor Juana me dijo que se había llevado de Cholula también a Danglars, aunque éste murió poco después de instalarse. Estuvimos de acuerdo en que el destino de Mondego, del que ni ella ni sabíamos nada desde hacía mucho, había sido seguramente penoso.
Sor Juana abrió la puerta de la casa y, entre susurros tranquilizadores al bebé, me invitó a entrar. Debo reconocer que esperaba un hogar algo peor, como una improvisada cabaña de madera en la selva. Pero, dentro de lo que cabía, la casita era un rincón acogedor y provisto con todo lo indispensable desde el punto de vista material: nevera, televisión, un horno eléctrico de dos fogones y sobre todo libros, muchos libros mal amontonados pero que sumaban más que todas las bibliotecas de la región, seguramente. Sor Juana me invitó a sentarme y pasó a ocuparse del bebé. Yo preferí dejarla en su intimidad de madre y me puse a curiosear entre los libros, la mayoría en inglés.
—¿Te gusta mi casa? –dijo después de arreglar al bebé y dejarlo en una cuna de diseño más bien artesanal.
—Para vivir, prefiero la de tu papá, sinceramente. Pero para tener experiencias místicas, supongo que ésta está mejor.
—¿Y qué dice mi papá?
—Que no respondes sus e-mails. Ha comprado una casa en San Diego y dice que podéis iros todos allá y ser felices. Dice que ya no hay peligro. Que ha hecho las gestiones necesarias para garantizar tu seguridad. No puedo ser más preciso porque no me dijo mucho más. Ya sabes: tu padre es muy ambiguo.
—¿Por eso has venido hasta acá? ¿Para decirme que todo está arreglado?
—No. Vengo porque tengo un mensaje para Jeff.
—¡No mames! ¿De quién?
Vi el susto en su rostro y me apresuré a tranquilizarla con todos mis recursos.
—Tranquila, no es el mensaje que podríais temer… Creo que es una buena noticia. Bueno, en realidad no lo es, pero pienso que le ayudará. No puedo explicártelo todavía. Es sobre su familia. Quieren ponerse en contacto con él.
—Ah, su familia… Sigue sin hablar de eso. Ni siquiera cuando nació Daniel.
Se disculpó porque era la hora del pecho para el bebé.
—No tenemos cerveza. Jeff ya no toma. Y yo tampoco.
—Os puedo perdonar todo este teatro de vida natural y genuina, pero la ausencia de alcohol es intolerable.

—Ni modo, todo cambió… Está chida la vida acá, pero es difícil. ¿Sabes? Creo que ya me quiero regresar.  Pero no sé cómo decírselo a Jeff.

domingo, 19 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (LII)


EL VIAJE DENTRO DEL VIAJE

Decidí seguir las recomendaciones del más reciamente mexicano de los contactos que me quedaban en Cholula: Román. El mismo Román que con toda seguridad me detestaba desde la primera noche que nos vimos, ese Román malhumorado y austero que representaba el patriotismo tenaz sin medalla. Un hombre que tenía un arraigo impensable para mí, esa inclinación más o menos telúrica de quien no conoce mucho mundo pero tiene ojos lúcidos para ver y diagnosticar los males de su tierra, y, sobre todo, voluntad para combatirlos.
—No lo conozco, debe ser un pueblito muy pequeño de la Sierra Madre Oriental. Probablemente ni haya camiones que lleguen hasta allá, ni siquiera los camiones guajoloteros, sólo combis que vayan de pueblo en pueblo. Podrías rentar un taxi en Cuetzalan. Sería más cómodo. Regatea con el taxista para que te lleve y te regrese.
—¡Órale! El gachupín por fin se aleja de la seguridad del desarrollo liberal—burgués y entra en el México profundo –intervino sarcásticamente Judith—… Nomás ten cuidado. Tú no sabes moverte en ese inframundo… Donde vas no es como Cholula; Cholula es Sears, en comparación. Aquello es casi como la selva lacandona. No hay campus universitarios, ni bares para estudiantes ricos. Y está bien lejos.
—Y yo que pensé que Cholula era mi gran aventura existencial. ¿Acabaré como Bogart en El tesoro de Sierra Madre?
—No le asustes, Judith –dijo con su severidad habitual Román, sin duda molesto también por mis estereotipos ingeniosos—. Esas son buenas gentes. Gentes pobres, sin mala onda. Pero no olvides algo: en esos pueblos apenas si llegaron los españoles, apenas si llegó la independencia, apenas si llegó la revolución, apenas si llegó Internet. Nomás llego la Coca-Cola, que está en todas partes.
Antes de despedirme, le pregunté a Román, creo que solidariamente, por la lucha de los campesinos.
—Iremos a juicio dentro de unos meses. Estamos buscando un buen abogado.
Y aproveché también para preguntarle por Quezada. Román sólo sabía, por la prensa, que se rumoreaba que iba a dimitir próximamente para dedicarse por completo a sus negocios. Pensé que el rumor tenía fundamento, y así lo dije, sin entrar en más detalles.
—Pero dime, ¿para qué quieres encontrar al gringo? –insistió Judith—. No sé si es bueno que se regrese a Cholula. No podemos volver a contratarle. Villalobos no lo aprobaría nunca. Y quién sabe si no sea demasiado peligroso dejarse ver por Cholula. Vas a buscarla a ella, ¿verdad?
Había decidido no darles muchas explicaciones, en parte porque eso me hubiera obligado a hablarles del inverosímil Nilsson, y no sé si yo hubiera sido buen narrador de ese relato. Preferí hacer un sumario y centrarme en la enfermedad de la hermana de Lombard. Pero era evidente que Judith desconfiaba de mis aclaraciones.
Me despedí de ellos de manera solemne, como si los tres asumiéramos internamente que mi viaje era mucho más que una excursión turística y que la separación podía acabar siendo larga. Incluso Román pareció concederme por fin algo de respeto y sentí que disculpaba mi intrínseca tosquedad española. Se despidió de mí con seriedad viril, casi castrense, abrazándome de un modo que me pareció sincero.
Dos días después, un sábado, salí temprano en autobús hasta un hermoso pueblito llamado Cuetzalan, en el que el negocio turístico funciona de forma bastante eficiente y en el que incluso no es difícil ver curiosidades inolvidables como los famosos Voladores de Papantla. Allí desayuné y busqué a un taxista que estuviera dispuesto a ser mi chófer durante un día o quizá más de uno. Tuve que negociar duramente y regatear mucho, cosa a la que nunca había podido acostumbrarme bien en México, por culpa, sin duda, de nuestra educación europea tan contractual y leguleya.
—Señor, en esa carretera hay asaltos… Se pone refeo… Tendríamos que regresar antes de que se haga de noche…
Le convencí por mil pesos y salimos de viaje.
Entramos en la sierra. En Cuetzalan ya se pierden de vista los volcanes, lo que en cierto modo garantiza que se entra en otra parte muy distinta del estado de Puebla, mucho más indígena y menos colonial, de clima húmedo y frondosidad. El taxista, taciturno, se limitó a conducir y me permitió observar y reflexionar en silencio. La carretera era, sorprendentemente, de buena calidad, aunque serpenteaba de una forma poco recomendable para el aparato digestivo. Como auguró Román, la mayor parte de los signos de la sociedad desarrollada se iban desvaneciendo, con la excepción de los enormes carteles de Coca-Cola, alguna sorprendente y casi exótica antena parabólica, y algún anuncio infame de propaganda del gobierno del estado, presumiendo con cínico orgullo de logros como que casi toda la población tenía acceso a la electricidad. Pasamos apenas un par de pueblitos en media hora, y entre uno y otro sólo vimos un restaurante de carretera y dos o tres talleres, de apariencia poco fiable, de reparación de coches.
Yo seguía nuestra trayectoria con un mapa, para asegurarme de que el taxista no cometía errores en regiones que probablemente no conocía muy bien. Sentía, desde luego, una inevitable curiosidad turística, a pesar de que ya conocía lugares recónditos en Oaxaca y en Chiapas, como la memorable iglesia de San Juan Chamula donde los paisanos rezan precisamente con latas de Coca-Cola para, según me dijeron otros turistas no sé si bien documentados, eructar y expulsar malos espíritus. Pero también sentía, como en esas otras ocasiones, una especie de desconfianza ante mi propia vulgaridad de viajero estándar, ante las etnosensaciones ya fuertemente codificadas y ritualizadas por tantos y tantos relatos previos al mío. El viajero por México es casi un burócrata de la experiencia turística y cambiar las reglas parece muy difícil también para alguien como yo, tan europeo de mala conciencia a mi pesar.
Antes de llegar a nuestro destino, nos encontramos con lo que parecía un poco agresivo retén. Media docena de chicos adolescentes o menores aún se habían situado a ambos lados de la carretera y en cada uno sujetaban el extremo de una cuerda. El taxista frenó y negoció con ellos en voz bajísima. Finalmente, les dio un billete, creo que de no más que veinte pesos, y soltaron la cuerda. Noté que todos me miraban con ajenidad, tal vez con una mezcla de curiosidad y menosprecio. De cualquier modo, les dediqué una sonrisa y me esforcé, aunque fuera un esfuerzo fugaz, por no parecer un asqueroso turista rico.
 Unos minutos después encontramos el pueblo. Era, efectivamente, un rincón remoto, que, por comparación, convertía la mugrosa Cholula en un foco de avances sociales y desarrollo urbanístico. En seguida llegamos al zócalo del pueblo, con su mercado, su iglesia, su miniparque y su presidencia municipal, y la mayor variedad de color del pueblo, sobre todo por las abundantes guirnaldas con los tres colores de la bandera mexicana, que enlazaban balcones de las primeras plantas así como algunos árboles del zócalo. Probablemente había habido en fecha reciente algún evento político que había servido para llenar el pueblo de insensata esperanza patriótica, o tal vez se trató de una fiesta local para conmemorar al santo oficial. De cualquier modo, la armonía de la decoración tricolor intentaba mantener un cierto efecto festivo, y quizá el efecto seguía funcionando. A partir de ese zócalo enérgicamente nacional, el pueblo se extendía en calles empinadas casi siempre sin asfaltar y pequeñas casas blancas de improvisada construcción, muchas con tejados triangulares de tono rojizo. Con todo, el hecho de que no se tratara de un pueblo polvoriento sino más bien fresco lo volvía algo más hospitalario de lo que me había augurado Román.
El taxista aparcó el coche frente a la presidencia municipal, y nada más bajarme y echar un primer vistazo alrededor comprendí que yo era el único güero que en ese momento podía estar pisando el lugar, salvo, tal vez y ojalá, Lombard; eso sí, yo le ganaba con mi palidez de queso panela. Procuré, como tantas otras veces, controlar mis típicos aspavientos de español pomposo y confirmé que había sido una buena idea no llevar conmigo ninguna cámara de fotos, ni ningún otro objeto enfático de turista impertinente. Los lugareños nos miraron silenciosamente al principio, quizá apostando para sus adentros sobre el motivo de nuestra llegada, pero pronto volvieron a sus rutinas, no muy estresantes, por lo que me pareció deducir. Sólo una niña de grandes ojos negros me siguió observando durante unos instantes, como dudando de mi condición zoológica; le sonreí y la saludé moviendo los labios sin hablar. Me miró fijamente, desoyendo las llamadas de su madre, hasta que finalmente me aceptó dentro de los seres buenos del universo y se rió de mis payasadas.
Me pregunté si el gobernador del estado, tan aficionado al regocijo de determinadas fiestas de cumpleaños, había pisado alguna vez un pueblo como ese. Me pregunté si había alguna escuela o si los niños, como otras veces había visto con mis propios ojos, tenían que viajar hasta la escuela haciendo autostop, peleándose entre ellos por conseguir meterse en el primer coche que pasara cerca. Me pregunté cómo sería el cementerio, si lo había. Comprobada la dejación del Estado, me pregunté incluso si ese pueblo no estaría mejor rodeado de alguna plantación de marihuana, aunque el precio moral fuera ceder al macabro poder de los narcotraficantes.
El pueblo era, desde luego, manifiestamente pobre, buñuelescamente, diría yo; pero la realidad parecía ser asumida con una resignación no neurótica, aunque desde luego sí famélica. Su demografía era fácil de identificar: pocos ancianos hombres por culpa de la baja esperanza de vida, tampoco demasiados hombres en edad trabajadora por culpa de la emigración, y sí bastantes mujeres, adultas o ancianas o en una edad ambigua con fundas doradas en algunos dientes y rostros serios, inhibidos y agrietados. El apego a las tradiciones era visible e incluso escuché conversaciones en alguna lengua indígena. Podría sintetizarlo todo en un balance melancólico, pero creo que la tristeza no era, a pesar de todo, la cualidad esencial del pueblo, sino sólo un suplemento aportado por mi mirada externa. Quizá esa cualidad esencial podría ser, en realidad, la pequeñez o la estrechez, tan polisémica y aplicable a casi todo, fueran casas, calles, sueños, discursos o intimidades. Eso sí, todo el conjunto, en definitiva, era una perfecta némesis antihedonista y precarizada de las bacanales plutócratas de Quezada y sus amigos, francos delincuentes o simples canallas explotadores, tan patriotas pero tan incapaces de ceder ni uno de sus privilegios a cambio de una mínima compensación en forma de justicia social. Una vez más, odié a los ricos, odié especialmente a los ricos mexicanos, y me odié provisionalmente a mí mismo por haber parecido rico alguna vez.
La gente del pueblo enseguida se portó conmigo con la habitual amabilidad, tan tierna y susurrante, de casi todo México, y, sin paternalismos, me limité a respetar la humildad como código de los anfitriones. Busqué un bar e invité al taxista a comer chalupas mientras pensaba cómo iba a actuar para encontrar a Lombard y a Sor Juana.
Con discreción y casi de pasada, pregunté al camarero si conocía a algún gringo que se hubiera instalado en el pueblo. Creo que subestimé la discreción del camarero; estoy seguro de que conocía a Lombard, pero respondió tenazmente lo contrario. Entonces me di cuenta de que, absurdamente, yo había confiado en una especie de azar rayuelesco-cortazariano que me llevaría a encontrar de manera inevitable a Sor Juana Pero posiblemente no sería nada fácil y tal vez tendría que volver más en más de una ocasión a ese pueblito. Decidí que pasearía por el pueblo durante el día y que, si no había señales de mis amigos, volvería con el taxista a Cuetzalan para pasar la noche en alguno de sus hoteles. El taxista, mientras tanto, se quedó durmiendo en el interior de su vehículo.
Paseé durante varias horas por el pueblo, buscando alguna artesanía local entre cerveza y cerveza. Creí alguna vez divisar a Lombard: era, evidentemente, una ilusión fruto de la alianza entre ansiedad y miopía. Visité la iglesia, que no tenía, a mi juicio, nada arquitectónicamente especial; una sobria fachada, una portada inconclusa y sólo algunos azulejos poblanos seguramente más modernos. Pero no me quedó duda de la importancia del templo; el sacerdote, ceñudo y firme, me miró como diciéndome: “esto no es un monumento turístico; aquí se viene a rezar”. Procuré ser respetuoso y evitar que mi olor ateo a azufre causara problemas.
El virus alienante de la sociedad de consumo, con sus necesidades, sus placeres engañosos y sus urgencias, empezó a hacerme sufrir a eso de las siete de la tarde, coincidiendo con un descenso de la temperatura ambiental. Me aburría más que el taxista y pensé que todo el viaje había sido finalmente sólo una pseudoaventura creada por mi imaginación y tal vez por los disparates del sueco mesiánico. Entré en una tienda de abarrotes a una manzana del zócalo para comprar algo que me despertase a base de gas y cafeína y bebí una lata justo delante del establecimiento, distraído y quizá también melancólico. Y entonces sucedió lo que llamaré hiperbólicamente el milagro. Al otro lado de la calle, Sor Juana caminaba también distraída. No la reconocí inmediatamente; el proceso fue más complejo. Diría que hubo tres momentos, tal vez en sólo un segundo: en el primero, la reconocí por su rostro, menos indígena que el contexto y por eso más llamativo para mis ojos; en el segundo, pensé que la vista otra vez me engañaba y deduje que no era ella porque llevaba a un bebé en su pecho arrebozado en mantas; en el tercero, confirmé que sí era ella porque no podía ser de otro modo.

viernes, 17 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (LI)


PLEGARIA

Tengo que detenerme ahora en un detallito cultural: los mexicanos suelen ducharse con pastilla de jabón y no con gel de baño, como solemos hacer los españoles. Pero debo decir que la pastilla de jabón me irrita especialmente, entre otras cosas, porque exalta mi torpeza y a la vez castiga mi espalda obligándome a agacharme demasiadas veces.
Tardé bastante en encontrar una tienda en Cholula donde vendieran algún tipo de gel adecuado y aproveché una mañana sin clases para aprovisionarme. Una vez cumplida la misión me senté en una terraza de los portales del zócalo para tomar el café más decente que se podía consumir en el pueblo. Pasé media hora escuchando a la fauna típica de los portales: músicos callejeros de todo tipo y género, vendedoras indígenas de chapulines y otras curiosidades gastronómicas y antropológicas, niños con su cajita de chicles y caramelos, y estudiantes y turistas, perfectamente distinguibles por su tez blanca enrojecida por el sol y su actitud boquiabierta.
Era lunes por la mañana y yo pensaba en mi clase de la tarde, una vez más sobre novela española de la democracia. Repasaba mis apuntes mentales (que incluían, una vez más, mis vengativos ajustes de cuentas) sobre el tema cuando percibí un rostro entre los paseantes:
—¡Dios! –grité espontáneamente.
En las mesas contiguas reaccionaron con sorpresa, pensando que yo estaba indignado o herido de algún modo. Sonreí tranquilizadoramente y me levanté aprovechando que la cuenta ya estaba pagada.
Sven Nilsson caminaba con su lasitud característica, esa singular mezcla de amable enajenación y altivez no lo bastante narcotizada, y yo diría que incluso llevaba la misma ropa de la última vez que lo había visto, que también fue la primera. No había sabido absolutamente nada de él en todo ese tiempo, y tampoco puedo decir que hubiera pensado mucho en su vida excéntrica. De cualquier modo, me alegró la mañana, quizá porque activó una nostalgia no del todo triste, la de otros tiempos menos solitarios y menos fúnebres.
Nilsson, como siempre, parecía pasear sin rumbo, embriagado por el ajetreo del núcleo social del pueblo y la diversidad de colores y voces. Le seguí durante unos metros sin atreverme a llamarle de nuevo y finalmente le puse por detrás una mano en el hombro. El sueco se giró y me miró inexpresivamente.
—¿Se acuerda de mí? –le pregunté con seriedad de examinador.
—Claro que sí –dudé visiblemente de que dijera la verdad, y él reaccionó casi ofendido—. El profesor español. Alejandro Ramírez.
Acepté sonriente su victoria y nos dimos la mano. Le invité a tomar algo en otra de las terrazas.
—Lo siento, ya sabes que no practico esas costumbres. Acompáñame mientras paseo, si quieres. Podemos hablar. Así me cuentas cómo te va la vida.
No sé si era oracular o mesiánico o las dos cosas al mismo tiempo, pero Nilsson seguía transmitiendo la misma extraña confianza del primer encuentro. No parecía haber empeorado, ni física ni mentalmente. Empezamos a dar lentamente la vuelta al zócalo, deteniéndonos en puestos y tienditas para curiosear sin comprar. Nilsson jugaba nuevamente a simular una curiosidad infinita por lo humano, como si cada objeto fuera una profunda novedad cosmogónica para él. Era capaz de observar atentamente una gorra simulando que desconocía el modo de utilizarla. Los dependientes, de todos modos, parecían perfectamente acostumbrados y apenas le prestaban atención.
Mientras paseábamos así, preparé mentalmente muchas preguntas tramposas con la intención de ponerle en evidencia y desenmascarar su locura o su farsa, o simplemente para que dijera alguna boutade metafísica de las suyas con la que pudiera reírme. Sin embargo, cuando por fin intentaba verbalizarlas, todas se me agolpaban y atascaban, y me acababa reprimiendo: un pudor, cierta compasión, quizá también una oscura complicidad interna, me impedían atacar a ese hombre y me invitaban a seguirle con una simulada docilidad de discípulo.
Acabamos entrando en el convento franciscano de San Gabriel, otra de las maravillas coloniales de Cholula, en una de las esquinas del zócalo. Nilsson me dio, sin que se lo pidiera, algunas explicaciones históricas sobre los franciscanos y sobre fray Bernardino de Sahagún. Había verosímil erudición en sus palabras y por eso tuve la intuición de que alguna vez había sido profesor, posiblemente de arte, y quizá en la misma universidad de Cholula. En cierto modo, eso explicaría su comportamiento y su evolución disparatada: se trataría de otro buscador de magia que acabó devorado por su propia ficción. No tan lejos de Magallanes, de mí, o de Lombard. O incluso de Judith, siempre tan entregada a su constructivismo redentorista pero estéril, siempre tan reacia a aceptar la inutilidad elemental de todos los proyectos.
En un momento de silencio, mientras seguíamos en el atrio, le pregunté por su salud y por su vida en el sanatorio. Formulé la pregunta con honestidad, pero también con algo de temor a una respuesta grosera. Nilsson me respondió amablemente:
—Ese sanatorio es un buen lugar para observar y entender el mundo. Soy inmune a sus métodos, por supuesto, pero me parece idóneo para cumplir mis objetivos sin que nadie perciba mi presencia.
Deduje de sus palabras autosuficientes cierto horror diario de drogas y castigos, y esa deducción, sin duda, ayudó a que cambiáramos de tema, pronto, pero también a que el nuevo tema fuera una especie de confesión por mi parte, quizá para hacerle entender que fuera del sanatorio la vida no era mucho mejor. Así, en el atrio del convento, de pie y prudentemente alejados de turistas y fieles, le hice una confesión larga y sincera; una confesión laica pero que no llegaba a psicoanálisis, un desahogo puro frente a un hombre que, en caso de entender mis motivos de caos, sólo podía contribuir empeorándolos. Le hablé de todos mis fracasos vitales, que encadené con coherencia cronológica y afectiva; le resumí todos mis errores en un único relato, el relato anodino y sin épica de un pobre aspirante a descifrador de misterios que había acabado en Cholula sin saber en realidad por qué ni para qué. Nilsson me escuchaba con el imprescindible respeto terapéutico, aunque parecía igualmente intrigado por miles de fenómenos a su alrededor, como si jugara a remedar una omnisciencia. Y le hablé, por supuesto, de Sor Juana, aunque omití los detalles principales sobre su padre y la huida con Lombard.
—Ah, sus visitas eran muy agradables. Es una pena que ya no venga a verme. ¿La extrañas? –me preguntó por fin mirándome a la cara, garantizando así que me prestaba atención.
—Sí. Creo que nunca llegamos a entendernos bien, pero la extraño, sí. Y me preocupa lo que le pueda pasar. Hay demasiado caos en ella. Temo que algún día eso la lleve al desastre.
—No debes preocuparte. Ella está bien allí dónde está.
Sonreí burlonamente: por primera vez, su frivolidad había conseguido molestarme. Deseché toda mi benevolencia anterior y le dediqué en silencio un rápido desprecio. La inconsciencia no siempre es una excusa, y los locos no siempre son divertidos. Pensé informarle de la verdadera gravedad de la situación de Sor Juana para que de una vez por todas se dejara de caricaturas y afrontara los hechos reales, empíricos, jodidamente concretos, concretos como el puto país en el que él había hundido su vida (y seguramente también el puto país del que había huido, que no por ser europeo deja de ser puto). Pero supuse que no serviría de nada ningún esfuerzo didáctico y me limité a hablarle con aspereza:
—¡Como si usted supiera dónde está!
El histrión sueco elevó el mentón y pasó a mirarme con recelo de ofendido:
—¡Pues claro que lo sé! Deberías tenerme más respeto. Eres una persona inteligente, sensible, con curiosidad metafísica. No entiendo por qué te cuesta tener un poquito de fe.
Dudé en unos instantes de parpadeo rápido, pero acabó convenciéndome la firmeza de su actitud, señorial y magistral. Empecé la pregunta definitiva balbuceando y la terminé nervioso, casi hipertenso:
—¿Realmente sabe dónde está?
Es posible que él leyera mi sorpresa como algo próximo a un fervor, porque sonrió luminosamente.

—Sí. A otro no se lo diría, pero a ti sí puedo decírtelo. Los dos sabemos que debes ir a buscarla, aunque ella no te espera. Está en San Miguel Tepotlán.

miércoles, 15 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (L)

(para ir al inicio de la novela, clica aquí.)


OCÉANO

España y México: mi cuna de Judas.
Toda la vida obsesionado con el misterio, esperando que aparezca lo sobrenatural, que se revele la unidad profunda de todo aunque sea en un rapto místico lleno de convulsiones. Esperando que se asome tímidamente algo de magia aunque sea tóxica, aunque sea una Mano Negra, pero que por lo menos permita intuir un trasfondo, un sótano de la realidad donde se esconda algo distinto de la triste certeza del vómito y la mierda, de la codicia y la incomprensión, del dinero y el odio. Pero no. No hay Manos Negras, ni Espíritus, ni Trascendencias, ni un Absurdo Puro; en el vórtice del Mal, detrás de la Última Esquina, sólo hay personas, seres de carne y hueso sin poderes mágicos ni intuiciones misteriosas o poéticas, sólo gentuza, canallas, ignorantes, ricos impresentables y corruptos responsables de muertes y pobreza, pura materia humana compuesta de egoísmo, fanáticos capaces de todo por Dios o por lo que sea, capaces de matar y de destruir irracionalmente, de provocar dolor con la excusa sórdida de sus intereses. Están por todas partes, sí, en España y en México, en todo el mundo, y creo sinceramente que eso no cambiará jamás. Porque ya no se puede reiniciar la Humanidad.
No, no hay reinicio posible para lo que es un error demasiado grande, un error de siglos y de miles de millones de vidas. Ya se intentó, lo intentaron muchos que sí eran buenos, como por ejemplo en ese reinicio total que llamamos Revolución, que fracasó estrepitosamente y nos dejó en esta especie de posguerra perpetua en la que vivimos, llena de pura supervivencia y sofisticado engaño, de ilusiones tibias y pequeños ahorros, de nimiedades que se ofertan como proezas y alivios que se venden como éxtasis. Por eso quizá la vida es hoy sólo posible a pesar de, concesivamente, desde la ausencia incuestionable de un plan B, claudicando a todas horas, rebajando las expectativas, soñando con una mediocridad ideal. No hay botón de apagado que nos dé una esperanza de futuro.
¿Y yo? ¿Me he reiniciado con el viaje a México? ¿He hecho mi minirevolución privada, individualizada, a gusto del consumidor?
Por supuesto que no. Sigo siendo el mismo que era en España: el hombre que no merece un trasplante. El hombre que debe ir el último en la lista de espera de los enfermos, porque se autodestruye con esmero y paciencia, porque no cree en la continuidad ni tiene esperanza ni nada por lo que luchar, salvo para llevar la contraria. El hombre sin herencia ni progenie, el hombre que siempre ha creído que la vida no era un regalo, sino sólo una hipótesis.

El pobre escritor que aún no sabe si podrá “eternizar su nombre en su ruina”, como decía Sor Juana, pero la Sor Juana verdadera.

lunes, 13 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XLIX)


EL ERROR

—Aún me cuesta explicarlo, después de tantos años –continuó Lawson, con la mirada perdida en el mantel blanco de la mesa y tal vez en el tequila que no quería beber—. En realidad, todo fue un simple accidente. Como miles de accidentes infantiles de cada día en todo el mundo. Como nuestras propias vidas absurdas, que se cortan cualquier día de la forma más tonta e incomprensible. Paul… tenía sólo dos años; se lo dejamos a mi cuñado apenas unas horas para que lo cuidara mientras nosotros asistíamos a un funeral. Es increíble la estupidez de la vida, ¿no le parece? Fuimos a un funeral y nuestro hijo murió mientras pensábamos en la muerte de otro. Dios es retorcido en ocasiones. Tiene mucha imaginación y siempre sabe cómo sorprendernos. El caso es que nadie sabe muy bien qué es lo que pasó aquella tarde: sólo que mi hijo se atragantó con una pieza de ajedrez y murió. Al parecer, mi cuñado se asustó tanto que puso muy nervioso al niño y eso fue aún peor. Esa fue la conclusión de la policía y de los investigadores del seguro.
—¿Una pieza de ajedrez? –pregunté, y me arrepentí de inmediato. Era una pregunta estúpidamente morbosa, como si hubiera alguna diferencia significativa o lírica entre morirse por culpa de un peón o de una reina.
—Sí –sonrió Lawson, y su sonrisa, absolutamente vacía, me dejó helado—. ¿Verdad que suena estúpido? Era un ajedrez de viaje, de piezas pequeñas. Qué importa… El niño lo encontró y todo sucedió. Tan incomprensible como real. Quizá es un caso de uno entre un millón. No lo sé, y tampoco me importa ya. Hace tiempo que dejé de atormentarme con ello. Hay que aceptar que la vida es así y que los accidentes son la versión menos agradable de los milagros.
Lawson hablaba serenamente, con la liturgia de un discurso terapéutico asumido ya durante muchos años, macerado con todos los posibles desgastes hasta llegar al cansancio final, definitivo, a esa rendición que sólo la lucidez puede otorgar.
—Usted no tiene hijos, supongo —preguntó.
—No… Supongo que un buen padre de familia no viene a emborracharse a sitios como éste.
—Pero sabrá que no hay nada peor que perder a un hijo.
—Lo sospecho, sí.
—Pues le aseguro que es verdad. Y no se supera nunca. Se deja de vivir; sólo se sobrevive. ¿Me entiende? No se puede imaginar el hachazo que significa recibir una noticia así. Un hachazo, un auténtico hachazo…A los dos días, mi cuñado desapareció y nunca hemos vuelto a saber nada de él hasta el día de hoy. Sólo dejó una nota de apenas cinco líneas en la que hablaba de la vergüenza que sentía, que le hacía imposible mirarnos a la cara. Primero pensamos que realmente había sido culpable de imprudencia y huía de la policía. O quizás huía de un posible juicio y de la consiguiente humillación pública. Pensamos que se iba a suicidar, y le confesaré que llegamos a desear que lo hiciera. Le odiamos, sinceramente le odiamos mucho, demasiado, durante años. Lo convertimos en el culpable de nuestro fracaso, en el enemigo que necesitábamos. Volcamos en él toda nuestra ira y nuestra frustración, hasta que por fin, mucho tiempo después, empezamos a comprender que es horrible perder a un hijo, pero también es horrible perder al hijo de otro.
Giré la cabeza sin pensar y me encontré con el espectáculo otra nueva bailarina, esta vez vestida de enfermera sexy. Me turbó el contraste entre la inmensa tragedia de la familia Lawson y la banalidad de encontrarme en un lugar degradante y degradado como el Manhattan, con su erotismo de disfraces y mascaradas, con su machismo repugnante y su prostitución dulcificada. Pero enseguida pensé que sí había una extraña coherencia oculta, no un contraste, y que los grandes temas de la vida se entienden mejor en ambientes inapropiados, incluso ofensivos; porque ahí se muestra más eficazmente la impotencia de vivir, la suprema debilidad de todos nuestros grandes motivos de orgullo.
—No nos hemos atrevido a tener otro hijo, pero conseguimos perdonar. Tardamos mucho, pero hemos perdonado.
—¿Y cómo averiguasteis que estaba en México?
—En Internet es muy difícil esconderse. Por eso yo sé que, a pesar de lo que usted dice, aún puedo encontrar a mi cuñado. Supimos dónde estaba de una manera absolutamente casual: la hija de una amiga de mi esposa está estudiando antropología y quería hacer un intercambio de su universidad con una universidad mexicana. Mi esposa es profesora en una pequeña universidad pública de Philadelphia y se dedicó a ayudar a su amiga. Empezaron a navegar, a curiosear entre diferentes universidades posibles y encontraron de manera inesperada la fotografía de mi cuñado en una presentación de un libro en Puebla. Casualidad, una extraña casualidad; un accidente. Como una pieza de ajedrez en una garganta. Pero quizá ahora la suerte nos ayude un poco, al menos. Por eso decidí venir en persona a este lugar hermoso y raro que es Cholula. Entre turismo y turismo, he hecho preguntas, me he informado, hasta llegar a usted. Y ahora sólo puedo esperar que entienda lo importante que es esto.
—Creo que lo entiendo, sí.
Lo entendí tanto, que me empecé a sentir un cretino con mi collarín inútil y frívolo, tan posmoderno y rebuscado en su valor simbólico. Me lo quité con alivio físico, pero sobre todo moral. Lawson, por supuesto, no podía saber nada de mi motivación para quitármelo, y no quise explicarle que se trataba de un gesto de respeto hacia él y hacia las verdaderas tragedias de la vida, infinitamente superiores a mis sufrimientos autoinducidos.
Seguimos en silencio durante unos minutos, observando el espectáculo erótico quizá sólo porque nos atraía la luz central. Creo que los dos teníamos la libido por los suelos.
—Aún hay algo más… Tenemos prisa. Mucha prisa. Mi esposa está enferma.
La tristeza de Lawson-Macy me ayudó a predecir mentalmente el diagnóstico, y no me equivoqué.
—Cáncer –precisó el gringo.
—Joder, lo siento –dije espontáneamente, aunque no parecía que Lawson necesitara para nada mi compasión.
—Ya ve que la vida no ha sido muy justa con nosotros… Ahora ella está más o menos bien, y por eso he podido dejarla para venir aquí, pero no durará más de tres o cuatro meses. Lleva tiempo luchando y pronto llegará a la fase final. Y quiere ver a su hermano antes de morir. Para que se perdonen mutuamente. Por eso necesito su ayuda. No sólo hay que saber morir, hay que saber cerrar la vida.
No se me ocurrió otra cosa que ofrecerle un brindis, aunque sabía que no bebería.
                   

—Haré todo lo que pueda, señor Lawson. Se lo prometo. Pero creo que sólo Dios sabe dónde está su cuñado.

domingo, 12 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XLVIII)


ME SALUDÓ UN DESCONOCIDO

y lo asocié inmediatamente con el actor estadounidense William H. Macy: el mismo rostro triste y bonachón, una similar palidez arrugada, ojos claros, pelo rubio; nada que ver con el poblano estándar.
—¿Puedo sentarme con usted e invitarle a una cerveza?
Acerté con lo de Macy porque desde luego, no era español y hablaba con inequívoco acento de inglés estadounidense. Yo le respondí sin mirarle siquiera, e intenté concentrarme en la chica que bailaba en el escenario, de nombre artístico Rubí; una chica esbelta que hacía su espectáculo vestida sólo con un tanga y unas botas altísimas. Desde mi mesa apenas podía juzgar la belleza del rostro pero sí los pechos, que supuse operados.
—No. No quiero compañía.
Pensé que Macy era el típico pesado que uno puede encontrarse en un sitio como el Manhattan: machitos con ganas de bronca o peor aún, de conversación, tan capaces de apuñalarte como de llorar en tu hombro por algún amor perdido, e incluso de sacar por fin al gay que llevan dentro muy reprimido como resultado de tanta cultura de mariachi con paquete apretado (México es un gigantesco armario de gays ocultos). Pero ciertamente Macy no era típico, al menos no en la superficie: él y yo, sin duda, éramos los dos únicos blanquitos en todo el local, bastante lleno a esa hora, las once de la noche.
—Perdón… no quiero molestar.
—Pues no moleste.
—Es que es importante que hable con usted.
Resoplé enérgicamente para no malgastar un insulto y opté por seguir con atención el baile de Rubí e ignorar por completo a Macy.
—Tenemos que hablar sobre un amigo común: Jeff Lombard.
Rubí estaba haciendo acrobacias notables suspendida en la barra sólo con sus piernas, y yo la seguí observando aún durante unos segundos, hasta que me atreví a apartar la mirada del escenario. Macy entendió mi perplejidad como un permiso para sentarse en mi mesa, y acto seguido apareció un solícito camarero para tomarle la orden. Macy señaló mi botella de tequila y yo asentí. El camarero trajo rápidamente otro caballito para el extranjero.
Rubí, por supuesto, no me interesaba ni lo más mínimo. De hecho, esa noche yo tenía la libido terriblemente baja, y mi visita al Manhattan era sin duda absurda, estéril; apenas podía entenderse como una previsible rutina de alcohólico con nostalgia. Yo llevaba casi una hora en el local y, para sorpresa de más de una, había rechazado a todas las chicas que habían intentado darme conversación a cambio de cerveza; me refiero, claro, a esas chicas que, para sacarte el dinero, te hacen la pelota con preguntas tontas o con elogios a una España que no conocen pero sobre la que mienten con toda tranquilidad. Chicas que, con suerte, dejan que les metas mano un poco para que acabes pagando un baile privado o algo más.
—No quisiera molestarle si se encuentra usted mal… —dijo Macy.
No entendí a qué se refería hasta que señaló mi cuello. Yo llevaba puesto el collarín de Sor Juana, que quizá era lo único que me hacía sentir orgulloso en aquella noche.
—Gracias, no es nada. Un pequeño accidente.
—¿Puedo hablarle en inglés? Mi español no es bueno… —acepté precipitadamente, porque tampoco mi inglés es bueno—. Mi nombre es Christopher Lawson –cambió de lengua, me ofreció la mano y la estreché—. Me ha costado mucho trabajo encontrarle. He pasado todo el día buscándole por la universidad. Le he visto cenando tacos esta noche, pero no me atreví a hablar con usted. Disculpe, le seguí en su paseo hasta este lugar. Aunque parezca mentira, creo que es un buen sitio para que hablemos, un sitio mejor que la universidad.
Le dejé seguir mientras trataba de deducir algo más a partir de su aspecto y sus palabras.
—Nunca había venido a un sitio así, sinceramente. Tengo otras costumbres y no me gusta mucho la vida nocturna. Aunque este lugar se parece mucho a los que vemos habitualmente en la televisión y en el cine americanos. Es tranquilo y no parece peligroso. Ni siquiera recuerda a un prostíbulo. Un taxista ayer me recomendó otro sitio de esta misma calle, más barato aunque más sucio, según sus propias palabras. Viendo la limpieza del taxi, me imagino cómo sería ese otro lugar. Pero lo importante es que me atreví a entrar aquí y hablar con usted. Es mi primer viaje a México y todo para mí es nuevo e inesperado.
—¿Me ha estado siguiendo? ¿Por qué? –pregunté con algo de inquietud y buscando con la mirada a los responsables de seguridad del local.
Macy respiró hondo y trató de beber tequila, pero era evidente que no se trataba de un bebedor habitual y apenas se mojó los labios. Disimuló una mueca de asco y esa naturalidad me tranquilizó, ya que le hacía parecer inofensivo. Formulé mentalmente algunas rápidas hipótesis y me quedé con una: debía de ser un periodista interesado por alguna razón en la denuncia radiofónica de Lombard.
—No sé por dónde empezar… Bueno, empezaré por lo fundamental: necesito encontrar a Jeff Lombard. Es muy importante. Quiero decir, necesito encontrar al hombre que usted conoce como Jeff Lombard. No es su nombre verdadero, evidentemente. Aunque creo que eso ya lo sospechaban en la universidad. Sé que ustedes son amigos, muy amigos; incluso puede que  usted sea su mejor amigo en México. Y, por tanto, en el mundo.
—Pues sabrá usted que desapareció. Nadie sabe dónde está. Tal vez esté en Estados Unidos, tal vez en Europa, tal vez en algún pueblo mexicano, tal vez en la Ciudad de México, escondido entre otros veinticinco millones de personas.
—Sí, eso me dijeron cuando llegué a México. Que dejó la universidad y se fue con una estudiante. Que causó un gran escándalo por decir en la radio los nombres de algunos políticos y empresarios vinculados al crimen organizado. Pero necesito encontrarle. Y espero que usted pueda ayudarme.
—No lo creo. La estudiante con la que se fue me escribió alguna vez, pero ya hace mucho que no responde mis mensajes. Los dos han roto con el mundo y lo han hecho de manera muy eficaz. Muchos tipos mejores que yo les han buscado, con mucho dinero y mucho poder. Están bien escondidos. Además, ¿por qué quiere encontrarle? ¿Usted también quiere matarle?
—Alguna vez he querido, sí –sonrió como si estuviera ironizando a disgusto—. Pero no ahora. Jeff Lombard, el hombre que usted conoce como Jeff Lombard, es mi cuñado. Es el hermano de mi esposa. Hace quince años que no sabemos nada de él. ¿Nunca le habló de nosotros?
—No. Nunca hablaba de su vida en Estados Unidos.
—No me sorprende… Tenía motivos para esconder su pasado.
Guardó silencio durante unos instantes en un acto de autocontrol bastante notorio. Yo decidí bajar el ritmo de tequila para no emborracharme rápido y así no olvidar al día siguiente la información que me podía dar Lawson, que sin duda empezaba a interesarme. Una chica se acercó a él ofreciéndole conversación, pero, mucho más cordialmente que yo y en un español aceptable, declinó la oferta. Mientras, yo recordé algunos buenos momentos con Lombard, en su casa y en la mía, con o sin Sor Juana: momentos de optimismo de la voluntad y pesimismo de la razón, como decía el olvidado Gramsci.
—No me importa lo que haya hecho –dije, frenando al máximo la posible agresividad de mis palabras—. Es mi amigo. Le defenderé siempre.
—¿Realmente no le importa? ¿Nunca se ha preguntado qué le llevó a abandonar los Estados Unidos e instalarse en este pueblo? Seguro que sí. Su lealtad es muy, cómo decirlo, digna de una película, pero no sé si es aceptable en el mundo real. ¿Y si, por ejemplo, hubiera violado y descuartizado a varias mujeres y se encontrara en México huyendo de la justicia? ¿Le parece acaso increíble?
—Sé que no hizo eso –afirmé, pero para mis adentros le concedí algo de razón a Lawson. Lombard, como todos mis contactos en Cholula, como Sor Juana, como Magallanes, como Judith, tenía un sótano de tragedia en el alma. Evidentemente, por eso mismo era mi amigo. Sobre todo por eso.
—Es cierto… Perdone, no quiero parecer agresivo. Es que me cuesta decir lo que tengo que decir. Yo quiero mucho a su amigo Jeff Lombard, pero no puedo negar que destruyó mi vida y la de mi mujer.
Lawson desvió la mirada hacia Rubí y, sin embargo, no tuve dudas de que nada en ese baile le interesaba.
—Mi hijo Paul murió por su culpa –dijo en cuanto se aseguró de que ninguna chica o camarero ni nadie más que yo podía escucharle.

Por fin empecé a entender por qué el gringo había cruzado la frontera, de qué huía tan mortificadamente, cómo había ido a parar a un lugar absurdo, jodido y casi clandestino como Cholula; me había hecho múltiples hipótesis, algunas más épicas que otras, pero ninguna me había parecido lo bastante convincente. Lombard, por supuesto, no había dado ninguna pista, y había aguantado su secreto como una penitencia terrible. Ahora podía comprender el error, el mayúsculo y profundo error de Lombard, muy superior, en culpabilidad y derrota, a lo que Magallanes o yo hubiéramos podido hacer.   

viernes, 10 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XLVII)


LA VOZ EN GRITO

Villalobos también se presentó en el velatorio de Magallanes. Yo no había vuelto a hablar con él desde aquel 14 de marzo, salvo alguna comunicación estrictamente profesional y un par de reuniones sobre el futuro de los estudios literarios en nuestra universidad. Villalobos alegaba presiones de las altas jerarquías para insistir en la necesidad urgente de que la licenciatura captara más estudiantes. La misma mierda mercantilista de siempre, por supuesto, sobre la inutilidad de las humanidades. Aparte de esos asuntos, yo, como todo el profesorado, seguía recibiendo los correos electrónicos en los que Villalobos iba informando de los supuestos progresos en las investigaciones no oficiales sobre los atentados del 11-M. Por alguna razón, quizá patológica, no envié sus mensajes a la carpeta de correo basura.
En el velatorio ambos nos comportamos con educación por obligación moral. Villalobos había cambiado de aspecto en los últimos tiempos: gafas nuevas a la moda, una barba de perilla y la cabeza completamente rapada. Se le veía más juvenil, y lo atribuí a alguna nueva pareja consumada o en expectativa. Pero había algo más novedoso en sus gestos y palabras. Era pedante y redicho como siempre, aunque ahora parecía haber descubierto algunas formas de sutileza: silencios, ironías, respuestas inconclusas.
Hablamos cordialmente de Magallanes durante casi una hora, recordando anécdotas conectadas por algún aspecto cómico o extravagante. Admito que bajé la guardia y pensé que podía reconciliarme con Villalobos. Finalmente, me dijo que tenía que irse y nos despedimos con un abrazo. Y en ese momento me susurró:
—El martes hay una conferencia importante en el Aula Magna. Haz lo que puedas por asistir. Te aseguro que no lo olvidarás. Estamos cerca de encontrar la verdad. Muy cerca.
Le sonreí con falsedad y recuperé mi anterior desprecio. Al día siguiente vi los anuncios de la conferencia por toda la universidad: “Un golpe de Estado posmoderno. La verdad sobre los atentados del 11-M. Presentación del libro y debate”. Al parecer, Villalobos había organizado con recursos inexplicables la conferencia de un papanatas que había publicado algo en España sobre el tema, un tal González o Pérez. Desoyendo las prudentes advertencias de Judith, decidí acudir al acto.
Villalobos consiguió llenar el Aula Magna, aunque luego supe que había obligado a sus propios estudiantes a acudir con la excusa de que debían hacer un resumen de lo debatido. En una mesa situada a la entrada, alguien de la editorial exponía ejemplares del libro para su venta. González era un periodista madrileño de cuarta categoría que había publicado un libro en una editorial de sexta; pequeño, de pelo sucio y aspecto nerd, hacía dudar entre dos opciones: que fuera un chiflado esotérico o un timador sabiamente oportunista que había visto un filón comercial. Sin embargo, Villalobos lo presentó con múltiples elogios:
—Conocí a nuestro invitado de hoy porque intervine en su foro muchas veces y él amablemente me aclaró algunas ideas. Ahí se inició una comunicación muy fructífera y apasionante que nos llevó a un encuentro personal en mi último viaje a España. Creo que a los dos nos une la conciencia de que estamos ante un Misterio Esencial, así, con mayúsculas, y que cuando logremos desvelar el Misterio el mundo dejará de ser lo que era porque habremos descubierto un subsuelo aterrador pero decisivo de nuestra vida diaria. Quiero insistir en que la suerte que tenemos de escuchar aquí a un hombre que ha luchado y está luchando de manera ejemplar por atravesar el acero con el que algunos han tratado de sellar el secreto de esos atentados horribles y de ese golpe de Estado que, sin ninguna duda, se produjo en España. Es una labor peligrosa que nuestro amigo está realizando sin apenas recursos, con el entusiasmo del buen periodista, con la confianza ciega de Woodward y Bernstein. Ha recibido amenazas, pero sigue adelante. Sus datos son científicos, incontestables y bastan para desmontar con facilidad lo que hasta ahora se nos ha dicho de los atentados. Y que quede bien claro que los beneficios obtenidos por este libro están destinados únicamente a sufragar los gastos de la investigación.
Yo me había sentado en una de las últimas filas con la intención de salir pronto y de la manera más discreta posible. Villalobos dio la palabra al invitado y éste empezó una larguísima conferencia llena de datos abstrusos sobre explosivos, teléfonos móviles y procedimientos policiales. A su lado, Villalobos asentía constantemente, e incluso interrumpía en ocasiones para insistir en lo que le parecía importante y repetirlo de manera pedagógica ante la audiencia. González expuso de forma caótica, víctima seguramente de los nervios y de su inexperiencia a la hora de hablar en público, y se complicó mucho más cuando empezó las que llamó conclusiones, en las que trataba, según sus propias palabras, de formular una hipótesis general sobre los sucesos y sin embargo sólo conseguía repetir las mismas preguntas de toda la conferencia sólo que con más aplomo y lentitud. Su última frase fue retóricamente naïf: “porque sólo sabemos que no sabemos nada”. Villalobos inició los instantes de aplausos, y también los terminó, visiblemente encantado con el éxito de la conferencia.
Se abrió entonces el turno de preguntas y el primero en intervenir fue Villalobos.
—El terrorismo es la gran amenaza de nuestro tiempo. Las guerras se han vuelto asimétricas y por eso necesitamos más recursos intelectuales para enfrentarnos a ese otro tipo de enemigos. Pero también necesitamos ser más intuitivos, sospechar más, establecer relaciones audaces entre elementos que no parecen tener conexión. Y sobre todo tenemos que cambiar de actitud. Ya está bien de discursos buenistas y tolerantes con los enemigos de la libertad: nos quieren destruir y debemos defendernos. Es la legítima defensa de una sociedad con valores frente a todos sus enemigos, que son muchos y no tienen miedo a nada. Es hora de que empecemos a defendernos.
González asintió sin añadir más que vaguedades, como asintió a las siguientes preguntas de Villalobos sobre los servicios secretos marroquíes, el PSOE, la policía de los tiempos del GAL, la CIA y muchas otras siglas. Yo empecé con mis aspavientos y murmullos, pero los protagonistas del acto no parecían haber notado mi presencia.
—Lo asombroso –seguía Villalobos, oscureciendo a un González cada vez más pendiente de su reloj—, lo que más me fascina de la labor de estos hombres que dedican su tiempo al esclarecimiento de la verdad, es no sólo su generosidad, sino, de algún modo, su defensa de algo que es valioso y sagrado, quizá lo más valioso y sagrado de la vida: la belleza de la justicia. Siento una profunda envidia por no poder ayudar más. Desde Cholula nuestras posibilidades son escasas, pero lo importante es que vayamos divulgando estas ideas que son sin duda esperanzadoras.
Por fin Villalobos dejó de hablar y permitió que el público interviniera. El primer gañán que intervino preguntó si era posible que detrás de Todo estuviera el club Bilderberg. Villalobos empezó a reírse, pero para su sorpresa González se tomó muy en serio la pregunta y respondió con datos supuestamente relevantes sobre las actividades del club, aunque probablemente no diferían de las de cualquier comunidad de vecinos: reglamentos, presupuestos, reuniones, intereses comunes. Luego otro memo preguntó, con rostro serio, si era posible que Corea del Norte tuviera alguna participación. Cautamente, González respondió con más imprecisiones, y Villalobos apostilló:
—Del comunismo se puede esperar cualquier cosa.
Pero el delirio llegó cuando otro patán mencionó un nombre: Colosio. A partir de ahí, el Aula Magna se convirtió en un brainstorming de la estupidez paranoide.
—¡Exactamente! –gritaba Villalobos, tratando de moderar el debate de modo que nadie hablara más que él—. Estados Unidos tiene su Kennedy, México su Colosio y nosotros el 11-M. En los tres casos, siempre las investigaciones presentan sospechosos oficiales que “curiosamente” mueren. Sí, sin duda el caso de Colosio es el gran misterio de la historia reciente de México. Y eso demuestra lo que estoy intentando explicar aquí: que todos podemos unirnos en la lucha sagrada por la verdad y la justicia. Mexicanos, estadounidenses y españoles tenemos que estar unidos.
 Levanté la mano varias veces en vano, y Villalobos, al descubrirme entre el público, me negó el derecho de hablar. Finalmente aproveché un momento de silencio para gritar desde mi asiento:
—¡Yo sé quién es el culpable! ¡Yo sé quién está detrás de todos esos crímenes! ¡La Mano Negra!
El público se giró hacia mí y yo alcé un dedo acusador:
—¡Elvis! Desde su base secreta en el triángulo de las Bermudas, lleva años planeando cómo controlar el mundo.
Hubo algunas risas, pero no demasiadas; abundaron más los murmullos, no sé si elogiosos. Villalobos susurró algo a González, supongo que referido a mí, y volvió a hablar:
—Es un falta de respeto por tu parte banalizar así asuntos tan serios. Estamos hablando de muertos. No es cuestión de chistes.
—Eso digo yo. No estamos para pendejadas. Ya está bien de intentar intoxicar a la gente. No confundas a los estudiantes. Tu invitado al menos gana dinero, pero tú simplemente eres un fanático.
González iba a defenderse, pero Villalobos no le dio oportunidad:
—Alejandro, algún día deberías empezar a ser más humilde y esforzarte por aprender aquello que no sabes. ¿Sabes acaso algo de química? ¿De explosivos? ¿Sabes cómo funcionan la titadyne o la goma 2 Eco? ¡Dilo! Explícalo. Ilumínanos con tus grandes conocimientos… Ah, será que no tienes ni idea. Pero repites la versión oficial porque es la que os conviene. A todos los resentidos como tú. Los totalitarios disimulados. Los enemigos de España. Sólo espero que algún día, y lo digo de corazón, no seas tú una víctima de esos poderes que nos controlan. Te lo digo de corazón.
Me carcajeé de su sensiblería y empezamos otro furibundo espectáculo de gritos, insultos más o menos velados y argumentos ideológicos y morales. Me levanté de mi asiento y me fui acercando a la mesa de los ponentes mientras nos pisábamos sin respetar ningún tipo de turno de habla. Gritamos, gritamos como españoles, y los estudiantes empezaron a salir del aula, asustados o aburridos. Y yo me sentí feliz gritando, porque, digan lo que digan, a veces el que grita más es el que tiene la razón.
—Te van a correr, Álex –me dijo Judith, días después—. ¿Por qué tú y tu compatriota no pueden llevarse simplemente como colegas? ¿Por qué tienen que estar discutiendo siempre?
—Porque eso es España: el odio. Odio a Villalobos y Villalobos me odia a mí. Y eso no cambiará nunca.
—La violencia no tiene encanto. ¡Ya madura!

—La violencia está por todas partes, en España, en México, en Estados Unidos o en China. Tú también deberías madurar y darte cuenta.