lunes, 23 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXXIX)


¿Y JUDITH?

Debo reconocer que la tenía prácticamente abandonada, aunque sin duda mi penoso espectáculo en su fiesta de cumpleaños había contribuido a que nuestra relación de amistad se deteriorara de forma notable y se perdieran los mejores vínculos que habíamos logrado: la tenue coquetería, los amagos de cinismo compartidos, el diálogo lúcido sobre el mundo. Además, yo me había acostumbrado a pasar el máximo tiempo posible con Sor Juana, dentro y fuera del campus, pagando incluso, para evitar que se moviera sola por las calles, el sacrificio horrible de acompañarle (y aburrirme) en más de una fiesta excéntrica de la noche cholulteca.
En esas fiestas, que terminaban a veces a las cinco o seis de la mañana, yo no era siempre el más viejo de los participantes, puesto que siempre había algún artistilla neohippie cincuentón en busca de carne juvenil, pero me sentía igualmente ajeno, porque eran agotadoras semiorgías de bebida y droga que superaban con mucho mi curiosidad y mi capacidad física y mental para los experimentos. Aparte de esas aventuras nocturnas, sólo me reunía con Lombard y Magallanes cada miércoles y cada jueves en el bar Reforma; con Judith, en cambio, nos veíamos únicamente en reuniones de departamento y en encuentros de pasillo, al salir o entrar en clase.
Judith, eso sí, seguía su mismo ritmo de trabajo, publicando nuevos estudios en las revistas académicas y tratando de captar estudiantes para nuestros precarios programas de estudios. “Están a punto de cerrar la licenciatura, y entonces se acabarán los cursos buenos y nos dedicaremos a dar clases de ortografía a los niños ricos de economía o derecho”, me insistía con una especie de alarmismo que bordeaba lo humorístico, o al menos lo tragicómico. “Y ahí sí tendremos que trabajar mucho”. Aparte de eso, hablábamos muy poco y siempre de temas triviales; sin rencor, pero sin la complicidad de antaño. Algo se había quebrado entre nosotros y sólo podía responsabilizar de hecho a mi alma gritona. Yo sospechaba que ella sabía lo mío con Sor Juana, aunque nunca habíamos coincidido los tres en el mismo lugar.
Por todo eso, me extrañó especialmente que se presentara en mi casa un domingo por la mañana bastante temprano. Sor Juana se quedó en la cama mientras yo abría la puerta: Judith venía con uno de sus niños, Quique.
—Vamos a ver la salida de la carrera ciclista. ¿Te animas? Pasará por la puerta de tu casa.
No sabía muy bien a qué se refería, pero acepté abúlicamente la propuesta, quizás porque seguía medio dormido. La invité a pasar por cortesía y sin verdaderas ganas, porque temía la incomodidad del encuentro entre Sor Juana y Judith en mi propia casa, pero afortunadamente Judith dijo que me esperaba jugando fuera con el niño mientras me vestía, o sea que no se vieron en ningún momento las dos mujeres. Mis dos mujeres, podría decir abusando del posesivo.
Regresé al dormitorio para avisar a Sor Juana, pero ella había escuchado perfectamente la conversación desde el dormitorio. Gruñó algo sobre que así podría seguir durmiendo sin mis ronquidos y el humor me hizo entender que no le molestaba mi salida matutina. Ya en la calle, tras saludar al vigilante del edificio y cruzar la verja, me encontré con el gentío en movimiento: en la puerta de una de las cincuenta iglesias del pueblo, la más cercana a mi casa, justo al doblar la esquina de poniente, se habían concentrado unos cincuenta ciclistas junto a una buena cantidad de público, la mayoría recién salidos de una misa. También había un par de camionetas de la policía local, con los típicos representantes del orden del pueblo, siete policías que parecían recién salidos de la secundaria y que trataban de ganar respeto con sus aparatosos chalecos antibalas y un exceso de armamento en las manos.
Los organizadores habían colocado una pancarta no muy bien diseñada que indicaba la salida, y todo estaba preparado para el inicio de la carrera. En la pancarta se indicaba el nombre de la competición: Carrera ciclista al santuario del Santo Niño Doctor de Tepeaca.
—En una iglesia de Tepeaca hay una figura del Niño Jesús que hace milagros, según se dice –me informó Judith, casi en susurros, para que los lugareños no se ofendieran—. Lo llaman el Santo Niño Doctor porque la leyenda afirma que sale por las noches a curar a los enfermos que le han rezado y le han pedido ayuda durante el día. Por eso, en la iglesia, junto a la figura, hay un maletín de médico. Es muy chistoso. Y cada año organizan una carrera ciclista, que termina con una misa en la iglesia. A Quique le encantan las bicicletas. ¿Verdad, Quique?
El niño, de unos seis o siete años, asintió y aprovechó su protagonismo en la conversación para pedir a la madre que le comprara algunas chucherías o juguetes que ya algunas señoras indígenas vendían en las aceras aprovechando la ocasión de la carrera. Judith negoció con su hijo durante unos segundos y accedió a comprarle una pelota con la que el niño se entretuvo durante unos instantes hasta que la voz del alcalde resonó por un enorme altavoz y empezó su discurso de inauguración del acto, con agradecimientos a figuras locales y ultraterrenales. Judith y yo escuchamos sus palabras con respeto externo e ironía interna, pero yo pensaba en otra cosa, realmente: en la alegría que me deparaba la visita imprevista y conciliadora de Judith. Pero, para bien y para mal, yo estaba con Sor Juana; la había elegido a ella, o ella me había elegido a mí, y tenía además un confuso deber de protección hacia ella, un deber que, fuera exagerado o no, era suficiente para obligarme a dedicarle todo el tiempo posible. De todos modos, sentí que vivía durante esos minutos una simulación de vida familiar con Judith y su hijo, y no me desagradó la simulación: tenía algo de paz nostálgica.
El alcalde dio la orden de salida y la carrera empezó caóticamente, con varias caídas, una de ellas provocada por un perro (quizá Villefort, o Danglars) que se cruzó en el camino. Vimos los primeros instantes de la carrera e incluso concedimos algún aplauso. Después, aunque lentamente, el público empezó a disgregarse.
—¿No te gustaría a veces ser como esta buena gente? –me preguntó Judith, mientras yo me fijaba por primera vez en un salón de belleza de la calle, “Estética Susan”, de fachada sucia y piojosa e interior oscuro y desconchado, pero que sin embargo prometía inmejorables transformaciones estéticas a sus clientas—. Dejar ya la vanidad intelectual, entregarte a una tradición, a unas costumbres, a unos vínculos. La tierra… tú no sientes lo que es estar en la tierra. Estar, pero de veras. En cierto sentido, estas gentes tienen todo lo que quieren.
—¿Ignorancia feliz? No, gracias. Acepto vivir en una ciudad sagrada como esta sólo por karma de ateo.
—¿No te cansas de tus propias boutades? Cuando hablas así me caes bien gordo. Pero fíjate que creo que ha sido bueno que vinieras a México. Bueno para nosotros, y creo que bueno para ti. ¿A poco no?
—Sí, no diré que soy feliz porque tengo una reputación que mantener. Pero, si te sirve de algo, admito que prefiero Cholula a París o Barcelona.
—Eres un pinche snob. ¿Qué te diferencia de los gringos imbéciles que cruzan la frontera para empedarse y vomitar en Tijuana? A veces me parece que eres una versión en borracho de las empresas neocoloniales españolas que nos están quitando todo con la excusa del neoliberalismo. Eres como Alfaguara, Telefónica o Santander, sólo que briago.
—No me compares con esos nombres infames. Yo no he venido a colonizar México, sino a resetear mi vida.
—México está del nabo y tú lo sabes como yo. Un día te regresarás a tu país y estarás tranquilo en la Europa civilizada y culta. Pero nosotros seguiremos aquí.
—Y tú tal vez estés en Harvard o en Yale.

—No…Román no quiere irse. Tiene su lucha aquí. Está cada vez más entregado.
Intuí el motivo real de su visita y la miré con la intención de darle a entender que quería escucharla mientras Quique jugaba con otros niños en uno de los muchos solares desaprovechados del pueblo.
—Tengo miedo, Álex. Román se está metiendo en problemas. A Emiliano y los otros líderes los aprehendió la policía el otro día. Antes de llevarlos al CERESO, a la cárcel, los golpearon y torturaron durante horas. Román fue a la cárcel con un abogado y casi lo meten preso también. El abogado, el muy pinche cabrón, se rindió y renunció al trabajo. Ahora los ejidatarios tienen que buscar un nuevo abogado. Pero todos sus planes se fueron a la chingada. Y amenazaron a Román. ¿Quiénes? Los ricos de la zona, los que quieren invertir en un nuevo mall o algo así. Los narcos poblanos, los corruptos. Entre ellos, Quezada, el papá de la chava con la que andas.
Reaccioné con naturalidad y entendí que Judith no me estaba reprochando nada, ni a mí ni a Sor Juana, aunque quizás sí me estaba advirtiendo de algún peligro que yo como extranjero debía valorar especialmente. Lo que no era sorprendente, desde luego, era que Judith se hubiera enterado de lo nuestro en un entorno tan pequeño como el de Cholula.
—Son avariciosos, lo quieren todo –continuó Judith—. Quezada dice que quiere acabar con el crimen organizado, pero sólo porque le perjudican sus negocios. Es un poder contra otro poder, nada más. Poder legal del mercado frente al poder ilegal. Todos quieren tenerlo todo, más negocios, más tierras. No se conforman con nada. Y luego fingen que ayudan a la universidad para limpiar su imagen.
—¿Tan peligrosos son?
—Pues quién sabe, pero estoy preocupada. Anoche discutí bien fuerte con Román. Hoy todavía no hablo con él.
—Pero él no tiene la culpa.
—Ya sé, pero tiene que pensar en nosotros. Somos una familia y yo no quiero estar en esas ondas.
Sacó de su bolso un paquete de cigarrillos y encendió uno; creo que sólo dos o tres veces antes le había visto fumar, y siempre de noche, en la cantina, en esos momentos de caos que yo había aprendido a saborear.
—Ay, no sé, me estoy volviendo loca. ¿Tú qué crees que debo decirle? Me gustaría tu consejo.
—No soy bueno dando consejos; se me convierten en amenazas. Pero, fuera de bromas, creo que tú te casaste con Román precisamente porque era un hombre valiente y decidido. No puedes pedirle que renuncie a una lucha que es importante. Es muy cómodo “luchar”, entre comillas, con artículos o libros, o impartiendo clases y predicando sobre cómo debería ser el mundo y la literatura que nos tiene que salvar de la injusticia. Pero a veces hay que mojarse, mejor dicho, enfangarse, y actuar. Román actúa: le envidio por eso. Te lo digo de verdad.
—Quizá yo también lo admiraba por eso, pero cada vez creo menos en todos esos mitos heroicos de la lucha. Y pienso que también tengo derecho a algo de tranquilidad. Yo hice sacrificios por él, hice renuncias, y a veces me parece que él no lo ha tomado en cuenta.
Fumó en silencio y, en cierto modo, creo que si no hubiera existido ese cigarrillo, sin esa frontera minúscula de fuego, quizá le habría dado un abrazo en aquel momento. Pero no lo hice.
—Todo es tan difícil, ¿verdad? –continuó—. Las decisiones que tomamos. Lo que pudo ser y ya nunca será. Los artistas y los filósofos lo han dicho mil veces de mil maneras distintas, y sigue siendo igual de jodido.
Quique se enojó con alguno de los compañeros de juego y regresó con nosotros. Judith y yo nos sonreímos acordando tácitamente el fin de esa conversación, y su sustitución por otros temas más banales: el mal aspecto de Magallanes, la prepotencia creciente de Villalobos, el concurso literario del estado.
Sin pensarlo mucho, seguimos paseando y los acabé acompañando hasta la puerta de su casa. Me despedí de los dos y terminó la simulación de la vida familiar. Román nos vio a través de una ventana de la segunda planta y se esforzó lo mínimo en saludarme. 

domingo, 22 de enero de 2017

PATRIA

¿La tenemos, por fin? ¿Tenemos la Gran Novela sobre el terrorismo vasco, sobre la cuestión política más grave y trágica de la España democrática? ¿Será que por fin la narrativa española empieza a encarar los problemas decisivos y a abandonar el perfil bajo con el que funcionó plácidamente en los tiempos felices del crecimiento económico y la alienación colectiva?
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Como mínimo, habría que decir que más de un escritor español (sea del tipo cipotudo, del anglófilo o del intelectualoide) debería tomar nota de algo que Patria revela y a la vez perpetúa: el vigente poder de la novela para explorar la auténtica jerarquía de los problemas sociales. Por eso no creo que sea muy arriesgado afirmar que esta novela de Fernando Aramburu va a convertirse en un jalón de la novelística española de la democracia. Aunque también es cierto que jalones ha habido muchos desde La verdad sobre el caso Savolta, e incluso Historias del Kronen y Nocilla Dream lo fueron, en cierto modo; y también es posible, en ese sentido, que el éxito de Patria sea un impacto comparable al que en su momento fue otra "novela del año", Soldados de Salamina, ante todo como problematización que busca un amplio rango lector, y que por tanto busca un nicho de mercado, especialmente ahora que la batalla vasca ya no es tan violenta ni en el terreno policial ni en el simbólico. Sin duda, Aramburu ha gozado por eso de una ventaja evidente y el tiempo le ha permitido evitar el linchamiento brutal que, por ejemplo, recibió el intento de ecuanimidad de Julio Medem con La pelota vasca. Por otro lado, el hecho de que incluso la siempre detestable Telecinco cree ya miniseries de tema vasco (inspiradas en una novela, digamos, de Rafael Vera, que seguramente escribirá mejor que Corcuera), aumenta la inquietud ante el posible advenimiento de múltiples productos artísticos oportunistas centrados en el terrorismo vasco.
En realidad, las condiciones de adaptabilidad de la novela de Aramburu –vivaz, dinámica, poco lírica y a veces muy transparente- permiten pensar que pronto la veremos traducida a imágenes. Pero no se puede objetar mucho más a la solución formal adoptada por el novelista: su realismo, apoyado en la versatilidad de la representación de los discursos mentales y orales de los personajes, es penetrante y luminoso, está lleno de delicias narrativas en forma de perfiles íntimos sufrientes y complejos y tiene un completo despliegue de relaciones de causa y efecto que explican el denso movimiento social de un espacio concreto y limitado sin necesidad de incurrir en los tópicos de la querella permanente sobre la cuestión vasca. Y no le falta imaginación estructural: convertir en núcleo de la novela no tanto el enigma de un crimen como la petición de perdón sobre un crimen es una audacia neopoliciaca arriesgada pero que funciona felizmente, en el límite justo, creo, de la contención sentimental y el mensaje redentorista.

Hay terrorismo y hay terror en esta novela, que expone sin concesiones la intensidad asfixiante y totalizadora de la violencia, e incluso describe la enorme fuerza social y también militar que ETA llegó a tener –no nos engañemos- en determinados momentos. Sin duda, el tribalismo feroz del mundo rural (con personajes viles como ese cura casi decimonónico) es registrado con minuciosidad, aunque esa concentración sociológica es al mismo tiempo fortaleza y debilidad del texto. Al haberse centrado en dos núcleos familiares rurales, la novela gana en emotividad (y en sentimentalismo, dirán algunos) pero carece de esa verticalidad necesaria para entender determinados mecanismos de poder (de un bando y del otro) que han sido fundamentales en la gestación, la intensificación y ahora la solución de la violencia. Esa verticalidad es la que, por ejemplo, tan bien supo rentabilizar literariamente Vargas Llosa en Conversación en La Catedral, paradigma de novela sobre la corrupción moral de un periodo histórico ominoso (con personajes como el inolvidable Cayo Bermúdez). O la que más recientemente plantea otro peruano, Alonso Cueto, en la extraordinaria Grandes miradas, que afronta la terrible violencia de Estado en los tiempos de Fujimori atreviéndose a explorar en la ficción la interioridad despótica y miserable del mismísimo Vladimiro Montesinos. Desde esa perspectiva, como novela sobre el trauma histórico de la violencia, Patria funciona perfectamente dentro de la reflexión que permite su acotamiento sociológico. Habrá que ver qué novelista se decide a partir de ahora a completar la necesaria exploración elevando y diversificando el alcance crítico. 

viernes, 20 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXXVIII)


NO CREO QUE LLEGUE A TENER VALOR COMO COINCIDENCIA, PERO

lo cierto es que en la misma semana en que los terroristas del 11-M se suicidaron en Leganés de un modo atroz y ultraviolento, Lombard me ofreció la posibilidad de aprender a manejar una pistola. Era un miércoles por la noche, creo, y ambos habíamos tomado ya varios tequilas en nuestra cantina de siempre, mientras Sor Juana cenaba con sus hermanos y, por tanto, parecía estar más o menos protegida.
En realidad, nos habíamos reunido con un propósito relativamente serio: planificar la organización de un nuevo concurso literario del gobierno estatal. Yo, al principio, estaba ilusionado con la idea, hasta que Lombard me explicó la remuneración que nos esperaba. Magallanes, fiel a sus principios negativistas, ya había dicho que no desde el primer momento, mientras que Judith había puesto como excusa sus obligaciones administrativas. Yo tenía mis dudas, ya que consideraba que el concurso podía ser una buena oportunidad en más de un sentido, pero el tercer tequila, cómo decirlo, me activó el standby. Lombard, en cambio, parecía firmemente comoprometido, e incluso me comentó que podría ser una buena ocasión para que Sor Juana se presentara:
—Pero sin trampas… —dijo—. Todo va a ser escrupulosamente legal. Si ella se presenta, no quiero que me des ninguna pista. Odio las transas en los concursos literarios.
Aprovechando que hablábamos de ella y de sus cualidades artísticas, me decidí a contarle a Lombard, sin demasiados detalles, la conversación con el padre de Sor Juana. Yo necesitaba verbalizar mi preocupación para eliminar así el excedente irracional y dejar sólo los temores justificados, y pensé que Lombard era el interlocutor adecuado. A diferencia de Magallanes, Lombard se preocupaba honestamente por el bienestar de los estudiantes; pero es que además yo creía que él tenía, cómo decirlo, más astucia de superviviente que el autodestructivo novelista oaxaqueño. Pero no esperaba la oferta que me hizo:
—Deberías comparte una pistola y aprender a disparar. Yo puedo enseñarte.
—¿Tienes una pistola?
La pistola, para mí, había sido siempre un objeto desconocido, ajeno a mi tacto; un objeto socialmente improcedente, nada operativo para mi vida catalana y aun parisina. Por primera vez, pensé que el auténtico Pike Bishop era Lombard, y que yo no lo sería nunca.
—En México hay que estar preparado para todo. Además, no olvides que soy gringo, y que los gringos aman sus armas de fuego.
—¿Y la has utilizado alguna vez? –pregunté convencido de que cualquiera de las dos respuestas era posible.
—No, todavía no. Pero te aseguro que antes de la quimioterapia, le voy a dar un buen disparo a cualquier tumor maligno que me salga.
Reímos y brindamos, y dudé si debía ahondar en el pasado de Lombard para averiguar sus más que probables experiencias traumáticas con el cáncer de alguien muy cercano. Pero quise dejarlo para otra ocasión, puesto que me interesaba más volver a su propuesta y a mis propios temores, crecientemente obsesivos.
—¿Realmente crees que ella puede estar en peligro?
Entoné la pregunta con la emotividad sincera y justa y Lombard adecuó su respuesta a mi sinceridad:
—Quién sabe, chingaos. Pero no lo tomes a broma. Quezada es un mamón importante. Es rico y político. Puede tener enemigos por ser rico, por ser político o por las dos cosas. No sé si realmente es honesto o es corrupto como todos; en realidad, eso no significa nada, porque nadie está seguro en este país. Yo he escuchado que sí quiere chingar al crimen organizado en Puebla, quizá porque le molesta en sus negocios. ¿Sabes cómo le llaman? “Elliotito”… Por Elliott Ness, no porque le gusten los elotes… Pero no creo que sea tan heroico como eso. Puede que ni él mismo sepa qué carajos está haciendo ni hasta dónde puede llegar. No creo que se pueda confiar en él, pero tampoco creo que simplemente quisiera asustarte cuando andaba de briago.
—A mí me convenció. No sé si es honesto y justiciero, pero creo que de verdad tiene miedo ahora mismo. Pero ya ves, yo soy un pobre gachupín que intenta entender este país. Y cada vez lo entiendo menos. Me siento desconcertado, extraño y extranjero a la vez. No sé si esta psicosis mexicana tiene fundamento o no. Veo las noticias, sé que siempre hay violencia y que está en todas partes, pero también compruebo que la gente sigue adelante, y en ocasiones con sorprendente tranquilidad. Tal vez no es para tanto.
—Sí es para tanto. Observa a cualquier policía mexicano con calma: ¿crees de veras que nos pueden salvar de algo?
—Entonces, ¿qué crees que debo hacer? He pensado que podríamos irnos juntos a España.
—¿No te daba asco España?
—Sí, y mucho. A menudo es un país insoportable, pero al menos no te secuestran los taxistas.
—Tanta preocupación demuestra que realmente te interesa nuestra querida Sor Juana. Te dije: “te casarás”. No la dejes escapar, Álex. No cometas ese error. Te arrepentirías siempre. Tienes en México lo que nunca tuviste en España. Asúmelo y quédate aquí a vivir para siempre.
—¿Crees que realmente lo nuestro funcionaría en serio? Tengo mis dudas. Cómo decirlo: no sé si sirvo para una relación estable.
—¿Y acaso quieres mi consejo? Puedo enseñarte a disparar, pero no puedo enseñarte a vivir. Sólo te recomiendo que le tengas el respeto debido al error.
El camarero nos interrumpió para ofrecer más bebida y de un modo muy sumiso aceptamos otra ronda de lo mismo, como si la destrucción de nuestros hígados fuera una deuda de cortesía con el camarero.
—No puedo evitar los errores.
—No me refiero a los errores en general. Me refiero al Gran Error, al Error Absoluto. El Irremediable. El que significa tierra quemada a tus espaldas y un abismo delante de tus ojos. El error que destroza tu vida y que pagas durante todos los años que te quedan. A ese error me refiero.
—¿Como venir a México, en mi caso?
—No… Ése no fue un error. Aún es remediable. No es una clausura, una puerta cerrada para siempre. Me refiero al error que es culpa tuya, aunque no sea tu responsabilidad. Tiraste una moneda y salió mal. No sabías que podía pasar lo que pasó, pero fuiste tú el que tiró la moneda.
—No te entiendo, gringo. La verdad, no te entiendo cuando te pones así de esotérico.
Lombard hizo un gesto con la mano como si quisiera borrar sus últimas palabras y volvió al tema de la pistola.
—No sirvo para la violencia —le dije, resumiendo—. Como mucho, llego a pasivo-agresivo. Y lo peor: soy muy torpe, Jeff. Creo que si yo tuviera un arma ella estaría todavía más en peligro.

—Como quieras, brother. Pero aquí estaré si me necesitas.

miércoles, 18 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXXVII)


LAS TORRES DE LA CIUDAD SAGRADA

Los fines de semana en Cholula son apacibles y gozosamente rurales. A partir de la mañana del sábado, suele deprimirse la euforia tóxica de las noches anteriores y muchos estudiantes aprovechan la oportunidad para visitar a sus familias, en el DF o en otras ciudades cercanas, y convencerles de que siguen siendo modositos y recatados y no saben nada del lado salvaje de la vida. Cholula parece así recuperar su status de ciudad sagrada después de los días agitados de la actividad universitaria y las noches turbias del ardor juvenil, y abandona su bullicio vitalista para sumirse en un letargo que, como decía el viajero Juan Rejano en La esfinge mestiza, no es tan diferente de los pueblos andaluces en hora de siesta veraniega. Las torres de las iglesias vuelven a imponer su poderío multicolor colonial al capitalista neón nocturno, y el pueblo entra en un ritmo distinto y se entrega a un desdén casi absoluto por la productividad y la velocidad, restableciendo la tradición y borrando las huellas de la modernidad. Poniendo a Dios en el centro, como tiene que ser, y arrebatándole ese puesto a esa fuerza tentadora pero malvada y secular que llamamos dinero.
Moverse entonces por Cholula para alguien como yo es una procesión laica entre iglesia e iglesia, porque los atrios de las iglesias son las auténticas manzanas de la estructura urbana. Apenas hay tráfico, salvo los autobuses de horario impredecible y el camión que por las mañanas vende los tanques de gas con una cancionilla ridícula que suena en el altavoz y un nombre comercial que invita a la desconfianza (“Gas del volcán”). Es el contexto perfecto para caminar en medio del silencio y recordar a cada paso que no hay papeleras ni contenedores de basura, aunque qué importa cualquier residuo a tus pies cuando alzas la vista y tienes un volcán ante tus ojos. Y es que hay un morbo específico, genuino, irreproducible, relativo al Popocatépetl: uno no puede evitar desear que explote, aunque sepa racionalmente que será una catástrofe y que, como siempre, serán los jodidos los que lo sufran. Pero tener un volcán tímido cerca no pasa todos los días, aunque esa proximidad pueda generar algún tipo refinado de decepción.
La ciudad aletargada descansa así de su mercantilismo, pero en realidad lo que hace es reafirmar su profunda esquizofrenia. Para mí, un fin de semana como ese podía empezar con una discusión sobre El Chavo del Ocho. Sor Juana y yo veíamos a menudo la serie y también a menudo repetíamos los argumentos de la misma discusión: para ella era una serie beckettiana, con personajes hundidos en el absurdo de la repetición perpetua y sin sentido, mientras que para mí era más importante el realismo social (esa cosa que los españoles hicimos tan pésimamente en los años del franquismo), es decir, el elemento ideológico, la denuncia de la injusticia, el clasismo y la pobreza, aunque fuera a base de comicidad reiterativa y previsible. La discusión, todo hay que decirlo, era mucho más importante de lo que puede parecer, ya que lo que estaba en juego era la prioridad de la lucha frente al silencio irracional de la vida, y ese no es un tema menor, se aplique a El Chavo o se aplique a México o a España o a cualquier sujeto de este planeta o de todo el universo conocido por Sven Nilsson.
Después podía yo salir a comprar algo y, de paso, darle comida a los perros de Montecristo, Villefort, Danglars y Mondego, que no entendían de jornadas laborales o fines de semana.
Sin embargo, México, incluso en sus ciudades sagradas, no sabe de descansos permanentes. Uno compra tranquilamente cerveza en la tiendita de la esquina y siente de pronto que lo van a matar. Y puede que sea cierto, o puede que no. Pero la paz es imposible, mientras que el bucle paranoico es desgraciadamente probable.
Salí a la tiendita de la esquina, en efecto, a comprar un par de litros de cerveza para la comida y sus preparativos. Como en las vacaciones de mi niñez en los pueblos de Andalucía, la costumbre era devolver las botellas vacías a la tienda parta cambiarlas por otras llenas. Sor Juana me esperaba en la casa, concentrada en su Atlántida. Yo me había vestido con una sudadera y un pantalón corto de deporte. Saludé como siempre al vigilante, que salió de su garita para abrirme la verja de salida.
Sentados en la acera de la tiendita, dos tipos bebían refrescos en silencio. Ni me fijé en ellos hasta que salí con las cervezas.
—¿Me das la hora, güero? –me preguntó uno de los dos tipos. Los dos, barrigones, con barbita rala y tez oscura, parecían hermanos o familiares; vestían casi igual, con vaqueros desgastados y camiseta lisa y descolorida.
Yo llevaba el reloj y respondí educadamente:
—Las doce y media— aunque quizá eran las doce y cuarto, quién sabe.
—Gracias, güero…
—¿Le vas al Barza o al Madrid? –me preguntó el otro.
Deduje que, como tantas otras veces, mi pronunciación de la hora había revelado mi españolidad. Tampoco era la primera vez que un mexicano, hablando conmigo, se equivocaba de forma ultracorrectora al pronunciar la c con cedilla de Barça.
—Al Barça, por supuesto.
—¡A güevo! El Barsa –corrigió— es una chingonería.
Le di la razón con una sonrisa y me despedí para seguir mi camino. Y entonces llegó la sorpresa:
—Adiós, doctor.
Les miré con extrañeza durante unos segundos y sólo después, cuando esperaba frente a la verja a que el vigilante me permitiera entrar, pensé que antes ya había visto a esos dos hombres en esa misma calle. Nunca les había prestado atención, pero ahora era distinto: de algún modo sabían que yo era el doctor.
¿Guardaespaldas de Quezada, sin que yo estuviera informado? Quizá, aunque había otra opción peor: que no fueran hombres de Quezada, sino eso que llaman halcones, esos mendigos o desempleados a los que, según había leído, el crimen organizado paga para dedicarse a vigilar durante horas a sus objetivos. También había, sin duda, explicaciones no inquietantes e incluso amables; tal vez en alguna borrachera me había encontrado a esos tipos y había hablado con ellos, aunque no lo recordara en ese momento concreto; o tal vez tenían algo que ver con la universidad, porque su perfil era el del jardinero o el personal de limpieza de la universidad y de esos había muchos en el campus y yo les saludaba casi siempre. Le pregunté al vigilante si los conocía de algo o los había visto; él dijo que no y únicamente supuso que eran albañiles.
Entré en la casa bastante agitado y abrí inmediatamente una de las cervezas. Por suerte, Sor Juana apenas me prestaba atención; había dejado el ordenador y los proyectos artísticos a un lado, y se había tumbado en el sofá para ver una serie de dibujos animados en la televisión por cable. Aniñada, más relajada que nunca en los últimos tiempos, parecía disfrutar regresivamente del tiempo y de la ignorancia. El numen de su Spice Girl interior la amparaba y protegía.
Pensé que debía avisar a Quezada y consultarle cómo interpretar las novedades. Creo que, por fin, empaticé con él al ver a su hija en ese disfraz pueril de espectadora televisiva. Me pareció intolerable que alguien pensara siquiera la posibilidad de castigarla, perjudicarla, secuestrarla y quién sabe qué cosas peores. Quezada, a pesar de su riqueza y su proxenetismo más o menos legalizado, no merecía tampoco eso.
—Ahora vuelvo. Me he olvidado algo.
Con decisión firme de suicida, cogí el que creí que era el más eficaz cuchillo de cocina, lo envolví con discreción, y salí otra vez de mi casa. No me despedí de Sor Juana con un beso y por un instante pensé que ese había sido mi segundo error, después de coger estúpidamente el cuchillo.
El vigilante me abrió la puerta con normalidad: no se había percatado de nada, y eso me dio confianza, porque demostraba que mi nerviosismo no era fácilmente visible. Di el primer paso fuera de la protección de mi casa vallada y me repetí mentalmente las frases que quería decir a los dos tipos hasta memorizarlas. Mi estrategia no era suicida en su primera fase: simplemente entablaría conversación con ellos y trataría de averiguar de qué me conocían.
No hubo oportunidad ni siquiera para esa primera fase. Los tipos habían desaparecido. Paseé durante unos minutos mirando en todas direcciones y cuando llegué a la siguiente iglesia decidí regresar a mi casa. Estaba completamente agotado.

Me tumbé junto a Sor Juana y vimos juntos los dibujos animados durante casi una hora. 

lunes, 16 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXXVI)


CIRUGÍA INVASIVA

Ahora pienso que tal vez no fue buena idea ir a ver a Dios.
Echarle la culpa a Dios debilita mi ateísmo, pero es, por supuesto, una de mis tácticas de resentido contumaz. Sin embargo, en este caso no puedo establecer la causalidad de forma nítida e irrebatible (y aun así sería demasiado cercana a una superstición), aunque tampoco puedo desdeñar la importancia de la cronología. Vimos a Dios y apenas dos días después Sor Juana empezó a hundirse, a abandonarse a un autismo mucho peor que el mío, un autismo sin redención escritural y sin modelos míticos, una molicie general de lo que antes había sido fortaleza y seguridad.
—Me da hueva.
La hueva mexicana es más que el coñazo español; tiene algo de spleen o weltschmerz, pero es una fatiga existencial específicamente mexicana arraigada en siglos de fracaso colectivo, revolucionario y posrevolucionario. La hueva no conduce ni al suicidio, sino que se detiene en una pereza profunda y sabia, la de la inutilidad del esfuerzo, la réplica visceral a todo entusiasmo y a toda literatura de autoayuda.
Primero pensé que el detonante había sido el reencuentro con Andrea, pero Sor Juana se encargó de desmentírmelo con un no rotundo y decepcionado, un no que, a pesar de su brevedad de monosílabo, tenía más información comprimida: no tiene nada que ver con Andrea, no sigas por ese camino, es otra cosa. Pensé después, con más inquietud, que la depresión tenía que ver con asuntos familiares de los Quezada y quizá con alguna amenaza concreta que por fin había llegado a los oídos de Sor Juana. Pero tampoco: ella me confirmó de manera convincente que no había novedades reseñables en los negocios familiares.
Y por fin descubrí que, por supuesto, el culpable auténtico había sido yo, directa o indirectamente, Dios mediante.
Después del encuentro con Nilsson, se me ocurrió que debía hacer un regalo a Sor Juana, para agradecerle el detalle de compartir conmigo algo que pertenecía a su intimidad con Andrea y a su pasado común. Quise sacar su lado más frívolo y veleidoso y actuar por una vez de asqueroso rico manirroto con ella: fuimos de compras y le ofrecí la posibilidad de comprar las botas más caras que pudiéramos encontrar.
Y compré botas, las que quiso ella pero en realidad quería yo, botas que valían más que lo que cobraba en seis meses el vigilante de mi casa. Botas, sí, maravillosas botas hasta la rodilla, de tacón fino e incisivo, botas de probable esguince, botas de acróbata y superheroína Marvel, difíciles de manejar, peligrosas en el asfalto mexicano, inviables en la cotidianidad provinciana de Cholula. Botas de tobogán, botas de supremacía, botas que resuenan imperialmente en el suelo, botas del imposible ballet de una valkiria.
Y, sin embargo, la ilusión inicial en la tienda se fue desvaneciendo en cuanto llegamos a mi casa, y poco a poco Sor Juana se eclipsó hasta reducir su comunicación a algunos mensajes básicos.
—No podemos seguir así.
Ahí estaba el origen último de la hueva, al parecer. En las botas y lo que las botas significaban.
—¿Por qué nunca puedes ser, no sé, natural? ¿Por qué te escondes tanto? ¿Por qué me ocultas lo que eres?
Me escondo, claro, me escondo entre mediaciones, y nunca lo he negado. Soy un ser carente de naturalidad, o al menos la he sepultado bajo capas y capas de mediaciones, hasta el punto de hacerla irreconocible. Tal vez yo no tengo sentimientos, sino constructos; no tengo vida, sino relato. Sor Juana sabía mucho de simulacros, sin duda, y esa era una virtud clarísima, pero ella, a diferencia de mí, esperaba algo, una esencia, una verdad última, una mónada de sentimiento básico y no contingente, no sé, algo equivalente a su profunda vulnerabilidad de niña amante de las Spice Girls (oh, sí, las Spice Girls también formaron parte de esos días, y la hicieron llorar, porque ella adoraba a esas petardas y ese tiempo nunca volverá, y pensar eso es suficiente para hundirse en el polo peor de la bipolaridad). Sor Juana necesitaba a esa Spice Girl eterna y platónica para demostrarse a sí misma que lo nuestro no era un simple juego y que detrás de los deseos oscuros hay una claridad esperanzadora.
Y cómo le explico yo, sin volver a ser su profesor, la importancia de la palabra, de la simulación, de la voz en grito, de la literatura como escudo. Detrás de ese escudo, mi lóbulo frontal es poco más que un pastiche de ideas y voces para hacer ruido y evitar que lo realmente importante no tenga eco. Lo importante: eso que llamamos muerte, o nada, o vacío, el niño que nunca va a encontrar el camino de vuelta a casa. Las arenas movedizas.
Y en el fondo (pero eso no se lo dije nunca) a Sor Juana le pasaba lo mismo en aquellos tiempos, porque ella soñaba con su Atlántida como refugio, y su Atlántida era igual de artificial que mis múltiples sueños literarios; su Atlántida, desgraciadamente, era una fosa marina en medio del océano, sin luz y vida, entre España y México, como yo. Ni Spice Girls ni Atlántida: sólo muerte.

Sor Juana salió dificultosamente del autismo varios días después, pero, como era de prever, nunca vi esas botas en sus piernas. Lo acepté porque, en el fondo, era lógico. Igual que, admitámoslo, es lógico que todo lo que vive tenga que morir.

domingo, 15 de enero de 2017

SITUACIÓN ACTUAL DE UN FANTASMA


El año que acaba de terminar ha sido bastante intenso en necrológicas de personajes célebres, lo que, en una sociedad tan ruidosa y fetichista como la de nuestro tiempo, ha provocado una epidemia de plañiderismo que amenaza con sustituir definitivamente la vela y la corona de flores por el lloriqueo virtual y exhibicionista en 140 caracteres. Pero junto a esta hipertrofia del duelo, hay otro problema creciente: la sociedad de la información –de la logorrea, más exactamente- tiende a atormentarnos cada día más convirtiendo el calendario en una tortura de sucesivas efemérides ideales para el bucle de la nadería disfrazada de análisis concienzudo y original. Me permito adelantarme a los hechos para advertir de algunas cosas que nos esperan este año y así poder callarme tranquilamente cuando llegue el momento: este otoño tenemos, por ejemplo, el centenario del triunfo de la Revolución Rusa y el cincuentenario de la muerte del Che Guevara.
Si finalmente se casa, este será así un año redondo para Vargas Llosa, y por supuesto para los predicadores del cebrianismo, porque no faltarán las miradas condescendientes de Cercas, Cruz, Savater y tantos otros (Torreblanca es el júnior subido a titular, ansioso por ganarse el puesto). Temo que el revisionismo anticomunista se vaya a desatar en sus diferentes variantes: desde la paternalista y pragmática hasta el ensañamiento estadístico con momentos gore sacados de Koba, el Temible o de El libro negro del comunismo. Simétricamente, no faltarán los nostálgicos desorientados que inundarán las redes sociales con la famosa fotografía de Alberto Korda al Che sin darse cuenta, por ejemplo, de que esa imagen icónica anticipó la triste conversión de Pessoa o Kafka en merchandising turístico de Lisboa o Praga. Mientras, en España, Podemos, con su asepsia característica y su adanismo resultón y fotogénico, pasará de puntillas sobre el tema, tratando de no enlodarse en el siempre incómodo anticapitalismo, con el cual, como bien saben, difícilmente se va a llegar al poder en una sociedad capitalista. Por eso, Pablo Iglesias parece saber de Gramsci, pero cuando quiere decir cosas claras e importantes para la transformación social recurre a Twin Peaks, como en un ridículo vídeo que intenta hacer pasar por iconoclasta y que confirma los malos augurios para la lluvia de ideas en Vistalegre 2. Porque una cosa es evitar el paleocomunismo y renovar el discurso crítico, y otra cosa muy distinta es dulcificar el mensaje eludiendo el debate central sobre el verdadero margen de acción política en la era del capitalismo global: en pocas palabras, evitando decir si Podemos cree en la generación de la riqueza o en la redistribución de la misma. Eso sí, peor lo tiene, por supuesto, el Partido Comunista de España, disuelto ya, quizá de manera irremediable, en la nueva gaseosa izquierdista. No se sabe qué es peor: que lance ahora gritos cavernarios al estilo Francisco Frutos o que permanezca en silencio dejando que el lenguaje marxista siga su deriva arcaizante, idónea para las nuevas generaciones que creen que el muro de Berlín estaba en América.

Seamos claros: el socialismo real fracasó. Pero eso no significa, pongamos, que ahora sean buenas las películas de Rambo. Y sobre todo, no invalida la necesidad de mantener una crítica implacable al capitalismo, crítica que es imposible si se prescinde del utillaje de herencia marxista. La reducción cuantitativa de la lucha armada a nivel mundial es sin duda una buena noticia, pero el ajuste de cuentas con la violencia revolucionaria y el mesianismo o la concepción foquista de la Revolución corre hoy el riesgo de convertirse en una apología permanente de la Arcadia neoliberal y de las bondades de la plusvalía. Además, la mitificación del Che Guevara puede resultarnos hoy cándida o pavorosa, según se mire, pero el proceso simbólico es más complejo de lo que parece ahora y no se puede resumir, desde luego, en una camiseta. Bastaría recordar que la figura de Guevara en su momento generó homenajes literarios de autores tan diversos como Julio Cortázar, Ernesto Sabato o Max Aub. Pero no es eso lo más importante, en realidad, porque incluso Neruda dijo vergonzosas palabras sobre Stalin. La valoración histórica de Guevara (o de Lenin) debe ser ponderada, sin omitir, por supuesto, la dimensión trágica y violenta del personaje, pero también sin incurrir en ese tipo de autopsia maniquea que olvida interesadamente otras genealogías de la violencia y de la opresión. Es un buen ejercicio de historia contar cuántos países en el mundo podían presumir de democracia en los años sesenta del siglo XX; incluso en las propias democracias liberales más estables fueron necesarias figuras como la de Luther King. Por cierto, por ahí se acerca otra efeméride: su asesinato, sobre el que hablaremos, pero ya el año que viene.

viernes, 13 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXXV)


MÁS METAFISIQUEO

Unos niños que deberían estar en la escuela pasaron al lado nuestro corriendo en sus juegos y el último de ellos chocó por detrás con Nilsson, hasta el punto de casi hacerle perder el equilibrio. Yo estuve rápido de reflejos y ayudé al sueco a no caerse; creo que lo lógico, por mi parte, hubiera sido sonreír ante la escena, pero no pude evitar una hipérbole en mi cabeza: “he ayudado a Dios a no caerse”.
—Niños… —dijo Nilsson.
—¿No deberían ser castigados estos niños de algún modo? ¿No es una falta de respeto hacia usted?
—No tengo miedo a mostrarme vulnerable. Yo nunca he dicho que sea omnipotente; sólo he dicho que soy un dios. No ponga usted palabras en mi boca que yo no he dicho. Así nos ha ido siempre, con estas imprecisiones.
Sé que, en este punto, debería incluir acotaciones gestuales o contextuales que especificaran las posibles ambigüedades de las palabras de Nilsson. Sí, ciertamente Nilsson hablaba de sí mismo con convincente seriedad, incluso con autoridad, aunque tal vez esa autoridad estaba destinada a seres irreales o a estructuras moleculares del ser. Actuaba como un fingidor perfecto, sin fisuras ni vías de escape de agresividad, y parecía perfectamente inmunizado contra cualquier discurso que no fuera el suyo. Había teatralidad, por supuesto, pero no humorismo bufo, ni vanidad de narcisista, sino una especie de templanza de psicótico que ha llegado a un perfecto y estable pacto de convivencia con su enfermedad. Ni siquiera le atribuí peligrosidad física: me pareció más hipnotizador que psycho-killer, y menos capaz que, por ejemplo, Magallanes, de ametrallar aleatoriamente a los ciudadanos de la calle.
Seguimos caminado en dirección al zócalo de San Pedro Cholula, en lo que parecía ser el hábito de cada lunes para Nilsson. Andrea y Sor Juana seguían detrás de nosotros, pero casi a una manzana de distancia.
—Así que llegó a la Tierra después de la Segunda Guerra Mundial… —se me ocurrió preguntarle, continuando la insólita fluidez de nuestro diálogo sin precedentes.
—Sí… fue un momento delicado. No me costó nada entenderlo. Algo había terminado, sin duda, algo se había cerrado. El problema era cómo continuar. Creo que se ha continuado relativamente bien, dentro de lo que cabe. Porque peor ya era muy difícil. Pero los problemas continúan.
—¿Y usted no podría solucionarlos?
Se detuvo para mirarme con extrañeza.
—¿Usted cree que son fáciles de resolver? No desdeñe usted muchas de las propuestas de los humanos hasta ahora para resolver sus problemas: son bastante brillantes en términos intelectuales. No todas, pero algunas sí. ¿Cree que no sé quién era Aristóteles? ¡Pero es que es verdaderamente muy complejo, sobre todo en estos tiempos! Como organismo, la humanidad empieza a ser curiosa ahora.
—A lo mejor no lo es tanto. ¿Qué me dice del poder?
—¿El poder? ¿A qué llama usted poder? Mire, cuando llegué a la Tierra vi muchas cosas extrañas que desconocía y que no suceden en ninguna parte del universo. Todos los elementos naturales han sido de una manera u otra retorcidos o violentados. He visto hombres adultos a los que les gusta sentirse como recién nacidos, otros a los que les gusta mutilar su propio cuerpo, o comer excrementos, o comportarse como perros, o caballos, o cerdos. ¿Le parece a usted normal? ¿Usted cree que, como Dios, puedo entender ese tipo de comportamientos, por muy libres que sean? No se trata de que estén bien o mal. Es que creo que se me ha escapado de las manos el asunto. Veremos si puedo recuperarlo. El poder no tiene nada que ver. Hay más caos que poder ahora mismo.
—¿Cómo lo va hacer? ¿Cómo va a resolver el problema?
—¿Y por qué tendría que resolverlo?
—¿Acaso no va a haber juicio final y todo eso?
—No sea ingenuo. Hasta ahora, siempre tuve intereses más importantes que los humanos. Sea usted humilde y piense que el ser humano no puede ser lo único importante en el universo. Pero admito que la evolución de este sector es curiosa. Por eso estoy aquí y he adoptado esta forma. Trato de entenderles; es decir, yo ya les entiendo de forma absoluta, naturalmente, pero incluso a mí me cuesta tomar tantas decisiones. Puedo arreglarlo todo de golpe, por supuesto, pero hay muchas maneras de hacerlo. Tengo que tomar decisiones.
—¿No podría limitarse a limpiar un poco el planeta de gentuza? Podría empezar por México…
Nilsson sonrió de un modo que me pareció cómplice, como si hubiera entendido eficazmente mi sarcasmo en un momento de lucidez y de realismo. Pero enseguida recuperó su máscara divinizante:
—Creo que esperaré un poco. Quiero conocer más.
—Por eso piensa seguir en el sanatorio una temporada más – dije con una crueldad de la que me arrepentí inmediatamente.
—Ahora mismo, sólo me importa la computadora y descubrir todo lo que hay en ella. Todo. Ah, tengo que pensar en otras cosas. Discúlpeme, no voy a hablar más.
Habíamos llegado a los portales del zócalo (también llamado, sin modestia, Plaza de la Concordia), donde se acumulan los cafés y restaurantes frente al monumento principal, que no está dedicado a un mexicano, sino al argentino Rivadavia. Nilsson, efectivamente, no dijo nada más en la siguiente hora, ni a mí ni a nadie. Esperamos a que las chicas nos alcanzaran y nos sentamos en la terraza de uno de los cafés para tomar la primera cerveza del día. Pero bebimos sólo nosotros tres, porque Nilsson se quedó sentado en silencio, sin consumir nada, y no sólo, creo, porque no tenía con seguridad dinero en sus bolsillos. Se dedicó a continuar con celo teatral la segunda fase de su performance cosmogónica y debo decir que cumplió de forma plena e inalterable su guión.
Andrea, con descaro y sin susurrar, me preguntó delante del sueco:
—¿Qué pasó, Álex? ¿Cómo viste al sueco? Es muy cagado, ¿no?
Nilsson parecía en trance, pero aun así pensé que Andrea había sido innecesariamente grosera. Le di la razón asintiendo con la cabeza, pero internamente sentí algo que podríamos calificar casi como envidia hacia el sueco, supongo que por esa esmerada autosuficiencia de que hacía gala y esa capacidad para establecer una jerarquía de sus ideas tan distinta a la mía y a la de todos. Y también, quizá, por ignorar de forma absoluta eso que llamamos sociedad de consumo.

Sor Juana sonreía satisfecha, sin duda convencida de que no había decepcionado mis expectativas a la hora de ofrecerme el entremés metafísico. Tanta sabiduría por su parte, tanta habilidad para hacerme pensar y sentir, me obligaban a responder de algún modo. Pensé que un buen beso sería esta vez mejor que cualquier apostilla elocuente o irónica. Así lo hice, sin pensar en Andrea. Lo cierto era que cada vez me gustaba más admitir en público mi relación con Sor Juana, y los antiguos experimentos fetichistas estaban dejando paso a algo más sólido: la vieja y para mí casi olvidada necesidad de estar permanentemente con otra persona.

miércoles, 11 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXXIV)


AY, DIOSITO

Por eso, conocer a Nilsson me permitió, al menos, una irónica revisión de esa nostalgia de absoluto, e incluso, por qué no decirlo, un átomo de ensueño, una fugaz autoalienación que agradecí para mis adentros de una manera parecida a la de los devotos que me acompañaban aquella mañana. Yo sabía que Nilsson no era dios ni un profeta, pero lo cierto es que aquel tipo, con su atildada y meticulosa extravagancia, me hizo pensar en dios, y esa era una obsoleta costumbre de mis días menos materialistas.
En esa reflexión debía de estar yo cuando Nilsson, súbitamente, pareció comprender lo novedoso de mi presencia y se giró para hablarme con la máxima seriedad:
—Usted sabe quién soy yo, ¿no?
Miré a Sor Juana esperando alguna información sobre la respuesta que debía darle, pero ella examinaba un collar en uno de los puestos de artesanías, y escuchaba la opinión de Andrea sin fijarse en Nilsson o en mí. Sopesé las opciones y, fuera por una inexplicable cortesía o por miedo primario a la reacción de un loco, decidí seguirle el juego.
—Bueno, me han dicho que es usted Dios.
—Ah, bien… —dijo con naturalidad—. Entonces no tenemos que simular nada.
—Me alegra saberlo. Me han hablado mucho de usted.
—Lo sé. Y sé que usted tiene curiosidad. No es como los demás… Todos estos que nos rodean –señaló genéricamente a todo el pueblo—. Usted es de mis preferidos: de los que ha soñado alguna vez qué haría cuando se encontrara con Dios.
—Sí, lo admito –dije, adoptando una retórica verbal y gestual que parecía propia de un confesionario.
—Incluso soñaba con el deicidio…
—Eso fue en otros tiempos. Hace mucho que dejé de ser religioso. No se preocupe.
—Eso no está bien. No se puede vivir sin pensar un poco en el universo.
—Tengo cosas más importantes en que pensar.
—Lo entiendo… Y sepa usted que estoy un poco avergonzado.
—¿Avergonzado? ¿Por qué?
—Por el universo, claro.
Seguimos paseando, alejándonos de las dos chicas, que sin duda sabían perfectamente el reto que Nilsson me estaba proponiendo: extractar la posible ironía de sus palabras, una ironía tal vez no tan distinta de la mía.
—Se lo dije a las jóvenes —continuó—: imaginen que el universo tuviera un secreto íntimo, como cualquiera de ustedes, y no se atreviera a confesarlo, y que en él estuviera la vergonzosa explicación de todo.
—¿Usted me va a contar el secreto? –pregunté, algo decepcionado y ya en un tono más desafiante.
—No… todavía no es el momento. Necesito aprender más… Mucho más. Para eso necesito la computadora. Ahí está todo.
—¿Todo?
—Todo lo que no sé y necesito saber. El mundo se ha vuelto muy complejo desde mis tiempos. Yo domino la naturaleza, pero la cultura humana es una segunda naturaleza que me está exigiendo bastantes esfuerzos. Es más fácil manejar un átomo que una palabra.
—Ah, ¿usted no creó la cultura? Pensaba que sí.
—Creé las condiciones. Bueno, las creamos yo y los demás primigenios en lo que llamamos la Primera Pérdida de Control. El choque de fuerzas fue extraordinario, como usted puede imaginarse. Y ya sabe, al no tener ninguno un poder absoluto, nuestros conflictos tuvieron consecuencias múltiples e impredecibles.
—Claro.
—El resto, lo que ustedes llaman Historia, ha sucedido sin mi supervisión. Yo no estoy aquí habitualmente: tengo otras prioridades universales. Usted no lo puede entender, porque carece de las categorías mentales necesarias para asimilarlo. No se ofenda. Ningún humano puede.
—¿Ni siquiera los poetas y los visionarios?
—Ni siquiera ellos. Han hecho importantes esfuerzos, pero sólo han perpetuado errores básicos de principiante, errores de cultura primitiva. El universo hay que pensarlo de otra manera. Hubo una época, fíjese usted, en que el ser humano se lanzó a la exploración del espacio. Salió de la Tierra y eso fue algo importante. Quiero decir, algo universalmente importante, no sé si me entiende. Crear los Andes es importante, y nada fácil, se lo aseguro. O el Himalaya, o el Amazonas. Comparativamente, los esfuerzos humanos son poco importantes. Pero salir del planeta es notable, lo admito. Yo esperaba que eso continuara, pero ya ve, se acabó, el hombre ya no sale de su planeta y todos los sueños de conquista espacial se han desvanecido. ¿Nunca ha pensado en ello? Evidentemente, hay razones para ese cambio de actitud, y la lógica humana es fácil de entender. ¿Para qué ir a buscar rocas a Urano? Cuesta mucho dinero y no sirve para nada en el mundo tal y como lo han organizado ustedes, con sus reglas y códigos basados en eso que llaman economía. No, lo asombroso desde mi perspectiva, quiero decir, mi perspectiva divina, es que ahora la realidad del hombre se ha vuelto infinitamente compleja aquí, en el territorio sublunar. Una computadora cualquiera puede tener incluso una cantidad importante de información; importante en mis magnitudes, compréndame. Eso es lo extraordinario, y lo que me llama la atención. No sé si me está entendiendo. Es que veces, increíblemente, tengo problemas para comunicarme con los demás.
Casi mareado, asentí. Algunas de esas ideas me resultaban más que familiares, y esa constatación no podía sino inquietarme. Sospecho que Nilsson captó mi confusión y siguió victoriosamente, con ese atrincheramiento mental que parecía por momentos quijotesco:
—Fíjese en los satélites, por ejemplo. Interesantes aparatos…Pero los satélites ya no miran hacia la inmensidad de mi universo, sino hacia la inmensidad de este planeta. Escrutan toda la superficie y ya no hay ningún metro cuadrado que escape al control. Es asombroso, no me lo negará usted. Pero también es asfixiante en muchos sentidos. El espacio y el tiempo humanos están cambiado de formas muy, cómo decirlo, respetables, nada ordinarias en términos globales. Cuando digo global, me refiero al universo, supongo que me entiende. Piense en la velocidad: antes teníamos más tiempo para todo, pero ahora el mundo es más instantáneo. ¿Comprende cómo cambian las cosas? Esos cambios no son obra mía, se lo aseguro.
—¿Y qué cree que debe hacer el ser humano? Porque yo creo que está perdido.
—Siempre lo ha estado. ¿Sabe cuándo llegué a este planeta? Cuando me di cuenta de que estaban a punto de destruirlo.
—¿Por el efecto invernadero?
—No, cómo cree. Por la guerra nuclear. Eso me llamó la atención bastante. No es fácil destruir la vida de un planeta. Que los humanos hayan llegado a esa posibilidad me parece, cómo decirlo, interesante. Es decir, entiendo el sufrimiento particular de cada individuo, incluso puedo sentirlo en mi interior, pero eso no es un acontecimiento de nivel cósmico. No se ofenda; yo sé que usted sufre, como todo humano.

—Sufro bastante, es cierto.