viernes, 9 de diciembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXVII)


LLEGA EL MIEDO

—No estaría bien que yo criticara a México—precisé, respetuosamente. Me han tratado muy bien hasta ahora.
Guardamos silencio durante unos instantes, en los que ambos entramos en un sopor reflexivo.
—Pero sí está rudo… —continuó Quezada—. Tanta violencia… Y tanta incultura. Mi papá me enseñó a luchar contra eso. Era un hombre liberal, un profesor de derecho, pero su ídolo era Lázaro Cárdenas, claro. Mi papá luchó siempre contra la violencia y también la sufrió. Aquí, cerca, en Huejotzingo, en el carnaval… Sí sabes, ¿no? El carnaval en el que se recuerda la batalla con los franceses y se disparan los fusiles en el zócalo. Siempre las balas son de fogueo, pero en aquellos tiempos a veces había “accidentes”… Y a mi papá quiso matarlo un cacique porque había defendido los derechos de unas gentes. Recibió un disparo en medio de mil disparos del carnaval. Nadie supo quién fue ni cómo. Sobrevivió de puritito milagro. Yo pude nacer y mi papá siguió luchando, sin miedo. Y ganó el juicio. El cacique dejó de ser cacique. Una esperanza para México.
Hizo otra pausa y yo me callé las preguntas que, en otro mundo posible, tal vez le hubiera hecho: ¿cómo nació la fortuna? ¿La creó el papá o la creó Quezada? ¿Y realmente el papá era tan santo y buena persona?
—No sabes lo difícil que es tomar algunas decisiones –continuó—. En este país cometes un pequeño error, ni que sea de buena fe, y ya te chingaste. Tienes que ser muy cuidadoso, pensarlo todo mil veces, ser más astuto que ellos…
—¿Ellos?
—Ya sabes quiénes. Lo que yo llamo los Anticristos… Ya sabes, mis vecinos en este fraccionamiento…
—Me imagino que será una lucha dura –dije, mientras trataba de decidir si las palabras de Quezada sobre sus vecinos eran una metáfora o no.
En ese momento, Quezada se alteró visiblemente y se contuvo antes de decir algo más. Le observé con atención; tenía los ojos enrojecidos por el alcohol y la mirada seguramente era tan turbia como la mía.
—Mi hija está en peligro, Alejandro. Ahora que he tomado lo suficiente y estoy briago, ya te lo puedo decir.
Reaccioné acercándome la copa a los labios hasta que comprendí que no debía beber más y dejé la copa sobre la mesa que separaba los dos sillones. Quezada buscaba las palabras adecuadas y hacía esfuerzos evidentes por mantener el control y conseguir la máxima precisión. Esperé unos segundos antes de balbucear una interrogación, pero él me cortó con un ademán, pidiéndome unos segundos para poder expresarse convenientemente.
—Yo sé que tienes algo con mi hija… No importa, ese no es el problema. Mi hija hace lo que se le pega la gana y tiene mucho que ya no hace caso de mis consejos. Sinceramente, prefiero que esté contigo a que esté con cualquiera de esos mugrosos estudiantes. No, no necesito que me digas si la quieres o no. Pero sí necesito que me ayudes. Es mi hija y la adoro. No podría soportar que le pasara algo.
—No acabo de entenderle, la verdad –dije, aunque sí intuía algo de lo que estaba sucediendo.
—Estamos en un momento delicado, Alejandro. He intentado ser honesto, cumplir con la ley, ayudar a México y eso en este país significa mucho riesgo. Estoy en medio de un proceso judicial importante. Es mejor que no sepas nada, pero te diré que es… complicado. Quieren que devuelva un favor que me hicieron hace años. Estoy amenazado desde hace tiempo. Tengo siete hijos y debo protegerlos a todos, porque todos son hijos míos. Pero con los otros seis es más fácil, porque cumplen las normas, tienen sus guaruras, son precavidos, no hacen locuras. Con ella es más difícil. No acepta que le ponga guaruras, no quiere volver a vivir aquí, donde podría estar más protegida. Ya sabes cómo es… Pero si está contigo, puede que tú sí la protejas.
Dicen que el alcohol lleva a la sobrevaloración de las facultades, pero yo me sentí más miedoso que nunca. Y ridículo: ¿cómo iba yo a proteger a Sor Juana, yo, el mismo que disfrutaba siendo esposado e inmovilizado, dominado y humillado? Qué poco sabía el padre de lo que realmente hacíamos Sor Juana y yo en la intimidad. Supongo que me aplicó la plantilla básica de machito, fuera español o mexicano, sin saber que nuestra relación se basaba precisamente en todo lo contrario.
—¿Pero cómo? Yo soy un simple profesor de literatura.
 —¡Ah, carajo! Nada es simple… Un profesor tiene más poder del que cree… Tú eres un doctor español, y eso te hace importante en este país. Te digo, España es un país querido y respetado. No se atreverán contigo; llamaría demasiado la atención. Además, trabajas en una universidad importante con dinero gringo y agentes de la CIA encubiertos. A ti no te van a chingar. Confía en mí.
—¿Y qué tengo que hacer? –pregunté, dejando para otro momento la alusión a los agentes de la CIA, que ya había escuchado alguna vez y a la que nunca había concedido crédito.
Quezada trató de parecer tranquilizador, como si tuviera un plan perfecto, pero le delataban muchos signos: sus exageradas medidas de discreción —cuando estábamos completamente solos en una habitación cerrada—, su ebriedad de anfitrión descortés, incluso cierta incomodidad a la hora de reclinarse y hacer descansar sus piernas. Entonces comprendí que ya tenía delante de mis ojos el verdadero símbolo que yo estaba buscando en esa casa: el rostro de un poder que se soñó absoluto y que se había vuelto inesperadamente vulnerable. La hendidura por la que el dinero deja de ser el escudo perfecto con el que algunos se sienten protegido en este mundo despreciable en el que vivimos.
—Lo más seguro es que nunca pase nada. Esos putos sólo asustan porque quieren que yo ceda. Y no saben que nunca voy a ceder y que los chingaré a todos al final. Pero… siempre hay una posibilidad. Por eso, vigila a mi hija… Quédate con ella todo el tiempo que puedas. En el campus estará segura. Luego llévala a tu casa, si puedes. Pero no la pierdas de vista. No la lleves a sitios peligrosos. Vigila quién la mira y quién la observa. Fíjate si ves el mismo carro cerca y anota la placa. No digas nada a nadie, y menos a ella. Confío en ti porque sé que eres un hombre serio y responsable, y creo que quieres a mi hija.
Desvié la mirada hacia la fotografía solemne del volcán, pero sólo un instante; me pareció inadecuada para mi creciente estrés. Traté de encontrar otra imagen más relajante y creí encontrarla en una de las estanterías más cercanas. Era una foto de la familia Quezada, más exactamente de una de las dos familias, la de Sor Juana, que aparecía en la foto jovencísima, con apenas trece o catorce años, en la frontera tan enigmática para mí entre dos feminidades. Y entonces pensé que, efectivamente, fuera de toda otra consideración, mi deber era sencillo y podía resumirse en la norma sublime de proteger a mi Diosa; es decir, hacer coincidir el juego y la tragedia, la violencia inocua de alcoba y la violencia estructural de la calle. Recurrí a algún modelo en mi archivo mental de héroes y Pike Bishop habló por mí:

—No se preocupe. Protegeré a su hija.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXVI)


OLIGARQUÍA Y CACIQUISMO

De vez en cuando, Sor Juana se me acercaba para preguntarme cómo estaba y para controlar el progreso inevitable de mi ebriedad:
—¿Te la pasas bien?
—Mucho… disfruto de verte tan señorial y organizadora. Y con tantos admiradores.
Efectivamente, había al menos dos jóvenes, hijos de amigos del padre, que visiblemente coqueteaban con ella.
—¿Celoso? –me preguntó.
—Mucho.
—¿Y qué estás dispuesto a hacer para demostrarme que eres mejor que esos dos chambelanes?
—Lo que quieras…
—Vete preparando… Vamos a subir de nivel…
—Estoy preparado…
—¡Ya veremos!
Me dejó casi erecto con sus palabras, tan calculadamente provocadoras y sin embargo a la vez tan generosas. Y acto seguido me abandonó para irse, de forma nada casual, con uno de sus admiradores. Yo me dediqué a examinar minuciosamente su flirteo hasta que llegó a mis oídos una conversación casual que tenía lugar apenas a unos metros. Curiosamente, el gobernador se había colocado cerca de mí junto a dos amigos, y de forma discreta traté de captar alguna de las palabras. El gobernador era bastante cauto y sólo susurraba, pero uno de sus interlocutores parecía ya algo afectado por el alcohol:
—¡Tienes que hacer algo con esa vieja cabrona periodista! Nos ha estado jode y jode. Que dice que va a publicar un pinche libro, que no sé qué otra cosa más quiere hacer. ¿Por qué no le envías a alguien? Ándale, cabrón, haz algo…
El gobernador le pedía calma con la mano y no parecía especialmente preocupado:
—Ya le enseñaremos que en Puebla se cumple la ley. Le daremos un pinche coscorrón, si tú quieres.
—Así me gusta, mi góber.
Apuré mi tequila y comprendí que mi cercanía había sido detectada, por lo que opté por alejarme prudentemente en busca de más combustible, aprovechando la entrada en el jardín de seis mariachis que empezaron el repertorio de clásicos de José Alfredo Jiménez et alii. Lo penoso llegó poco después, cuando Gabriel, uno de los hermanos de Sor Juana, algo mayor que ella, le pidió la guitarra a un mariachi y trató de lucirse, arrebatándoles el protagonismo pero sin llegar a los mínimos exigibles de calidad. Se equivocó con la música y con la letra, y aun así fue aplaudido enfáticamente por todo el público, que, de manera incomprensible, agradeció mucho más su esfuerzo mediocre que el de los pobres mariachis que de verdad sí vivían de esas oportunidades y que estaban perdiendo el tiempo ante el capricho del niño rico. Sé que Sor Juana pensó lo mismo que yo porque fue la primera que, sin parecer ofensiva, trató de convencer al hermano de que devolviera la guitarra a los auténticos profesionales. Gabriel gruñó pero finalmente aceptó. Los mariachis, sumisos, le felicitaron con esa típica hipocresía repugnante de los humillados frente a los poderosos. Todos aplaudieron y rieron confirmando que la fiesta cumplía todos los requisitos de armonía e integración social propios del clasismo más rancio.
Pasé al menos dos horas hablando con familiares de Sor Juana, contrastando experiencias de todo tipo entre España y México, practicando toscamente una especie de diplomacia transoceánica. Sorprendí con algunos temas de mi desinterés: el flamenco, los museos, Almodóvar, la moda española, y lo compensé con algunas devociones que sí eran previsibles: la tortilla de patatas, las pinturas de Goya, el skyline maravilloso de Granada. Nos reímos varias veces de los Borbones (como si los dos emperadores del México independiente no hubieran sido ridículos…) y como tantas otras veces, constaté la admiración que la España constitucional, europea y tolerante inspiraba a los mexicanos, poco convencidos de las bondades del Tratado de Libre Comercio. En realidad, lo que me interesaba de todos esos diálogos era conocer algunos detalles de Sor Juana, particularmente los que podríamos llamar críticos: traumas, conflictos, tabúes familiares, todo aquello que las familias guardan y que Sor Juana protegía con especial cuidado por detrás de nuestros juegos sexuales y de nuestras conversaciones de metafisiqueo reciclado. Pero no obtuve nada más que recuerdos gozosos, viajes de infancia bien aprovechados, elogios hacia su capacidad de decisión y su independencia y alguna cariñosa y breve constatación de su excentricidad.
Los guardaespaldas seguían en su esquina, perfectamente sobrios y mudos.
Intenté comer varias veces para que se me bajara el pedo y no cometer así alguna imprudencia verbal de las mías. En una de esas ocasiones tropecé, y no es una exageración, con el licenciado Quezada. Nos reímos los dos y comprendí inmediatamente que él también estaba desinhibido como consecuencia del alcohol. Le dije que iba en busca de una cerveza para refrescar el gaznate después de tanto tequila y él pensó que hacer lo mismo sería una buena idea. Empezamos a hablar del paso del tiempo, de la universidad, de los largos matrimonios, de la superioridad de la cerveza mexicana sobre la española, y en eso se nos acabó la cerveza, con lo que propuse un nuevo caballito de tequila. El licenciado Quezada me negó con el dedo antes de hablar:
—No, no, te voy a enseñar algo mucho mejor. Ven conmigo, por favor.
Pensé de inmediato que la revelación que yo ya casi había descartado se iba a producir finalmente y que Quezada iba a compartir conmigo el privilegio sensorial de algún objeto elitista. Se despidió momentáneamente de algunos invitados y entramos en la casa de nuevo. Subimos unas escaleras marmóreas y llegamos a lo que parecía un estudio con aspiraciones de biblioteca. El licenciado me dio permiso para entrar y, mientras yo curioseaba mirando los lomos de los libros, se dirigió a una vitrina en la que conservaba las botellas más valiosas. La mayoría de los libros eran de derecho o de política mexicana. Era, de todos modos, un estudio razonablemente lujoso y bien decorado, con algunos cuadros de temática folclórica más o menos indigenista y una enorme fotografía del Popocatepétl humeante y señorial (será por eso que los poblanos lo llaman “don Goyo”). Me fijé también en la foto de un director de orquesta al que no reconocí; Quezada captó mi curiosidad y me explicó que el director era Riccardo Muti y que la foto correspondía al famoso concierto de Año Nuevo de la Orquesta Filarmónica de Viena, al que habían asistido él y su mujer.
—Fue un regalo para mi esposa. Aunque, si quieres que te sea sincero, Viena no me gustó. Creo que no podría vivir en una ciudad como esa. Como gran ciudad, prefiero la Ciudad de México. Soy más naco de lo quiero admitir y me gusta más ir a Garibaldi que escuchar ópera en Bellas Artes. Prueba esto –me dijo mientras me servía en una copa ancha lo que parecía whisky o coñac.
Lo olí teatralmente y supe que era whisky: pensé que no me sentaría muy bien la mezcla de tantos licores variados, pero no tuve fuerzas para rechazar la invitación, y más cuando el anfitrión se sirvió otra copa.
—Este es un gran whisky.
—Sin duda –dije tras saborearlo, aunque ya tenía el paladar tan quemado que no distinguí bien ninguno de los supuestos matices del licor—. Aunque el tequila también es una gran bebida.
—Pero ya no puedes confiar en los tequilas que venden hoy. Son muy sospechosos. Y es que nada funciona en México como debiera.
Me invitó a sentarme frente a él en uno de los sillones y empezó a hablar larga y didácticamente de su país, de sus problemas económicos, políticos y morales. Yo iba asintiendo con educación, sin prestar demasiada atención y desde luego sin discutir argumentos que me parecían nefastos desde el punto de vista ideológico: el fatalismo de “lo mexicano”, la responsabilidad gringa y aun española en el fracaso histórico del país, la imposibilidad radical del mexicano para una democracia eficaz, incluso la pérdida de valores religiosos guadalupanos.

—Fíjate que, a pesar de todo, España, la Madre Patria,… en muchos aspectos es hoy un ejemplo para nosotros. Ya sabes que los mexicanos tenemos nuestras tragedias y nuestros resentimientos: la chingada y Octavio Paz y todas esas mamadas. A mí me han llamado muchas veces malinchista por decir que México debía aprender de España, volver más a España y alejarse del pinche modelo gringo. Yo hice mi maestría en los Estados Unidos, en Boston, y quedé impresionado de cómo funciona ese país. Pero tenemos que abrir nuestras mentes y trabajar en otras direcciones... Si seguimos obsesionados por los gringos nunca saldremos del hoyo. España puede ser un buen ejemplo. Yo quiero que mis hijos vayan a estudiar una maestría a España. A Barcelona o a Madrid. Y me dicen malinchista porque soy crítico con mi país. Pero es que México está cabrón, Alejandro… Tú ya lo habrás empezado a ver. Cualquier pinche día tenemos otra revuelta. Si no son los indios, serán los narcos, si no, los nacos, jaja… Yo lucho por México porque amo este país y amo a sus gentes. Porque creo que podemos ser un gran país, porque tenemos un potencial económico, cultural y humano que no tienen muchos países del mundo. Pero para eso debemos aprender, chingaos. Quiero ayudar a la democracia aquí. Democracia de a de veras, no esta democracia mafufa que tenemos. Pero no sabes lo difícil que es a veces. México es un país rudo.

lunes, 5 de diciembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXV)


FUE SOR JUANA

la que me abrió la puerta de la supercasa y, aunque a veces me cuesta percibir estas cosas, estoy seguro de que se ruborizó. Había pasado por la peluquería y toda su estética era mucho más formal y bruñida, incluido un estupendo vestido azulado antitético a su ropa universitaria, espontánea, caprichosa y heterodoxa. Incluso los pendientes, sin ser ostentosos, eran evidentemente inusuales, y no estaban en mi archivo mental fetichista. Le di un discreto beso en la mejilla antes de burlarme de su  disfraz de señora respetable de clase alta poblana:
—Ya estás chingando… No entiendes lo que hay que hacer por la familia— replicó.
No pude insistir más en el sarcasmo porque me distrajo la aparición de la primera de las varias criadas de la casa, con su estandarizado uniforme negro con su delantal blanco y cofia. La criada le susurró algo a Sor Juana, probablemente algún problema organizativo de la fiesta, y Sor Juana la tranquilizó de manera explícita. La criada era, hay que decirlo, indígena.
—¡Deja de mirarla! –me dijo Sor Juana, en nuestro código interno, en cuanto la criada se alejó unos metros.— Ya sé que te gustan los uniformes de criada. Un día de éstos le pediré que te deje el suyo y le ayudarás a limpiar la casa.
—Me encantaría –dije yo—. Además, sería un acto de justicia social. Se saldaría una deuda.
—Ya empezaste con tus mamadas… Ven, te presentaré a la familia. A la familia oficial.
Como era de prever desde la puerta, la casa era inmensa y me produjo la previsible inquietud de quien no sabe desenvolverse en espacios grandes y paredes alejadas y por eso no es capaz de seguir una línea recta. Atravesamos un amplio hall con estatuas religiosas y profanas e incluso una fuente aparentemente sin agua, y avanzamos a través de dos comedores. Yo me esforcé por disimular mi curiosidad casi ilimitada y observé con discreción en busca de lo que más me podía interesar a efectos de morbo ideológico: ese objeto, no necesariamente el más notorio o espectacular, que de algún modo sintetizaba el lujo familiar con sus específicas connotaciones de falsa nobleza y aspiraciones versallescas, de mal gusto poblano y ADN caciquil. En mi fulgurante repaso encontré, lógicamente, mil objetos decorativos que me llamaron la atención, desde ediciones bíblicas lujosas hasta cuadros pre y posvanguardistas (en uno me pareció divisar la firma de Hirst, y por lo malo de la pintura, me pareció que la firma podría ser auténtica), y sobre todo muchas colecciones empezadas, como si en esa casa habitara un coleccionista de colecciones fracasadas: obras de Octavio Paz, tarros de cerveza europea, alebrijes originalísimos, sables aparentemente muy antiguos. Pero me sentí algo decepcionado porque no se me apareció el símbolo preciso, justo, lleno de significado y revelación.
Llegamos sin más comentarios al enorme jardín, en el que ya se habían acomodado unas veinte personas que disfrutaban de un buffet y una taquiza con camareros profesionales. Sor Juana me fue presentando a sus hermanos, tíos, primos y primas, incluso a sus abuelos, nonagenarios silenciosos pero muy dignos en sus movimientos y gestos. Uno de sus tíos, el tío Poncho, me saludó muy efusivamente y delató una curiosidad por mí mayor que los demás.
El homenajeado y su esposa estaban, al parecer, en la biblioteca. Utilicé mis mejores modales con todos los invitados que me fueron presentados y me esforcé por no parecer gruñón o demasiado español, es decir, quejumbroso y gritón. Se habían formado también otros círculos de gente (la mayoría, hombres encorbatados y elegantes, pero también había algún cura quizá con status de arzobispo o similar) a los que Sor Juana no me presentó. Sólo reconocí en uno de ellos al rector de nuestra universidad.
—Son empresarios amigos de mi papá. Y algunos son socios de sus negocios.
—¿Pero tu papá no es procurador?
—Pues sí, pero también tiene un restaurante, un rancho, una agencia automotriz y otra de bienes raíces. Y alguna cosa más que ahora no recuerdo… Ah, mira, esto sí te va a interesar.
Me señaló con las cejas a los nuevos invitados que acababan de llegar y reconocí a uno de ellos: el nuevo gobernador, al que había visto varias veces en televisión. Saludó cariñosa y políticamente a la mayoría de los invitados, incluyéndome a mí y por supuesto a Sor Juana, a la que beso y abrazó de forma sospechosa. Enseguida me fijé en sus guardaespaldas, tres moles también encorbatadas y sin duda armadas, inequívocamente mestizos, que, después de un saludo rápido y sin contacto físico a la familia, se aproximaron al círculo más lejano, en el que había otros cuatro tipos igualmente musculosos y trajeados. Entonces comprendí que todos ellos eran guardaespaldas y que participarían sólo marginalmente de la gran fiesta. Pensé acercarme a ellos y entablar conversación, pero después de una media hora me di cuenta de que nadie les prestaba atención y que, en realidad, su presencia era absolutamente menospreciada por todos.
Fueron llegando más invitados hasta completar al menos una cincuentena, a lo que habría que añadir los niños que empezaron a molestar con sus carreras y travesuras. Por fin apareció en el jardín el padre de Sor Juana con su esposa, entre vítores y bromas sobre su edad. Pronto les cantaron “las mañanitas”; yo, por dignidad, me abstuve de cantar esa canción ridícula.
El licenciado Quezada Higgins parecía tan poco mexicano como yo: alto, delgado, pálido y canoso, aunque compensaba la palidez con una sonrisa estupenda. Indiscutiblemente, cuidaba mucho su imagen, usando gafas juveniles, pantalones vaqueros y una camisa negra que hacía innecesario el aderezo formal de la corbata. La esposa, de familia española aunque nada parecía quedar de ese origen, era algo más joven que él; una mujer esbelta, de larga cabellera morena seguramente teñida, de rostro maquillado con celo y con cierta rigidez a la hora de comportarse en público.
Quezada saludó al rector y al gobernador, pero no les dedicó más tiempo que al resto de invitados, incluido yo. Sor Juana me lo presentó con naturalidad:
—Este es el Dr. Ramírez. Mi profe de literatura española.
—Mucho gusto, doctor. Muchas gracias por venir.
Me apretó la mano con fuerza y después la madre me dio un beso en la mejilla antes de preguntarme cordialmente si todas mis necesidades en la fiesta estaban siendo satisfechas.
—Mi hija nos ha dicho que le gustan mucho sus clases –agregó, y yo pensé, por esa formalidad, que la madre no sabía nada de nuestras aventurillas sexuales—. A ver si usted consigue que mejore su promedio para que pueda hacer un buen posgrado.
—Seguro que sí –dije simulando convicción.
Quezada pidió silencio a todos, hizo un agradecimiento global y dio instrucciones muy claras para que todo el mundo comiera y bebiera, con lo que se activó la alegría fiestera, con los rasgos autóctonos, tanto musicales como gastronómicos y aun gestuales. Nadie se desmadraba en presencia de las altas instancias políticas, pero sí había suficiente espontaneidad, con bailes, algunas palabras groseras que no llegaban a ofender, carcajadas cada vez más agudas y coqueteos no siempre bien disimulados. Yo me sentía lógicamente perdido como extranjero, pero entre taco y taco de cochinita pibil y trago y trago de tequila fui poco a poco integrándome y dejándome llevar por la cordialidad general. Sor Juana apenas me hacía caso, porque debía atender a muchos familiares y amigos de la familia, pero eso no suponía ningún problema, porque así yo podía saborear a distancia su exquisito perfil social de ese día, adivinando su incomodidad básica pero reconociendo y admirando su indiscutible saber hacer. Viéndola en aquel contexto familiar, pensé, con algo de decepción, que más tarde o más temprano acabaría cediendo a la fuerza de esa vida seria, que la experiencia universitaria (incluido yo mismo) sólo era un capricho juvenil, un entretenimiento con fecha de caducidad en cuanto terminara sus estudios y encontrara un hombre con el que poder compartir responsabilidades familiares.

Ese hombre difícilmente iba a ser yo.

domingo, 4 de diciembre de 2016

SAUDADE

Dudo mucho que acabe yo cediendo a la tentación, tan vulgar hoy, de escribir novelas sobre personajes o acontecimientos reales para tratar de vender en las tiendas de los aeropuertos sin forzar mucho la imaginación, pero si así fuera se me ocurren algunos nombres interesantes precisamente porque ya no interesan a casi nadie. Uno de los que más me fascina, por remoto y tenaz, es el filósofo marxista húngaro Georg Lukács.
Acabo de leer la transcripción de un debate radiofónico de 1969 en el que Lukács, desde Budapest, se reencuentra, cincuenta años después, con su antiguo discípulo Arnold Hauser, autor de la famosa Historia social de la literatura y del arte, que habla desde Londres, donde lleva viviendo muchos años. Por supuesto, ha sucedido muchísimo en ese tiempo de separación: Hauser, por ejemplo, pasó diez años haciendo de chico para todo en una oficina de la ciudad inglesa para sobrevivir y Lukács tuvo sus problemas (¡él!) con la ortodoxia soviética. Hauser tiene 77 años y Lukács 84. Pero la conversación termina así:
Lukács: (…) y por lo que se refiere a nuestra discusión quisiera hacer una última pregunta. En Occidente ha surgido últimamente el término “pluralismo” –a mi parecer desprovisto de todo sentido-. La verdad, sin embargo, siempre se da únicamente en el singular.
Hauser: Al menos dentro de las ideologías individuales.
Lukács: Por otro lado, aquí existe el prejuicio de que la verdad se puede determinar de un golpe y literalmente en virtud de la decisión de cualquier institución; un prejuicio tan peligroso como el pluralismo. La verdad es lo que tenemos que reanimar y resucitar mediante el marxismo. Habrá que resolverlo en extensas polémicas; aunque discutamos por una cuestión durante treinta años, el resultado será, al fin y al cabo, solamente una verdad.
Hauser: Y de todas formas a tal verdad solo se llega después de haber transformado la sociedad.
Lukács: ¡Exacto!
Hauser: Seguramente no se puede cambiar primero una cosa particular y en consecuencia, después, la sociedad. No se puede encaminar un nuevo arte sin haber pensado anteriormente en la transformación del camino. Ese es el núcleo del problema, la esencia de nuestro proyecto.
Lukács: Puede ser con seguridad la base de una colaboración plena de discusiones.
(Arnold Hauser, Conversaciones con Lukács, Madrid, Guadarrama, 1978, p. 22. Cursiva del autor)
¿Es tierno o es monstruoso? ¿Es absolutamente anacrónico o tiene algo así como una vigencia oblicua?


Por cierto, dicen que ha muerto Fidel Castro.

viernes, 2 de diciembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXIV)


AQUELLO QUE LLAMABAN LUCHA DE CLASES

Llegué a la fiesta en taxi y con una hora de retraso, porque ya había aprendido que, según la sabiduría convencional autóctona, sólo los muertos de hambre son puntuales en las fiestas mexicanas, y por ello la puntualidad es una señal de mal gusto. La casa era casi una hacienda en una zona residencial en el límite entre Cholula y Puebla, sin apenas tráfico pero llena de superfluos recursos y facilidades para los coches, y con vigilantes de seguridad más fornidos que los de mi casa y que me dejaron entrar sólo después de entregarles mi identificación como profesor de la universidad.
Con todo, ya había frente a la enorme casa varios coches aparcados; algunos eran lujosos y otros no tanto, pero lo que más me llamó la atención fue que algunos tenían esos inquietantes vidrios polarizados que señalan inequívocamente tanto la pertenencia a una élite como el miedo a la delincuencia organizada. Antes de tocar el portón de entrada, me detuve para observar en silencio el entorno silencioso y cómodo, y comprender la frontera simbólica que acababa de cruzar, mucho más significativa que las vallas, las alambradas o las garitas de seguridad. Estaba entrando en un típico Edén de ricos latinoamericanos: ese paraíso que a la vez es un gueto y un bunker, donde todo intenta ser suntuoso y, en cambio, es enfático y nada sutil, donde se percibe una placidez inmune a todo menos a la paranoia. Donde el orden jerárquico goza en su inmanencia.
No negaré que mi curiosidad ponía alerta todos mis sentidos e incluso pensé que no debería abusar del alcohol para poder tener un recuerdo sólido de lo que iba a conocer, presumiblemente, esa tarde-noche: la riqueza inequívoca, el fasto a medias elegante y a medias hortera de la pseudoaristocracia, el poder antidemocrático e insolidario en su perfecta y más educada encarnación. La otra realidad de Sor Juana.
Nunca, en los encuentros que habíamos tenido en esos tres meses, me había concretado nada más acerca de las actividades de su familia. Procuraba evadir el tema y se molestaba visiblemente con mis sarcasmos acerca de su doble vida social, bohemia la mayoría del tiempo en Cholula y plutócrata de vez en cuando si tocaba cumplir con compromisos familiares como el de ese día. Sor Juana rehuía el debate ideológico o político con el que yo le provocaba a veces pero no me negaba la razón acerca de las desigualdades sociales mexicanas: de algún modo, esa era la única fórmula, supongo, para conciliar la dependencia afectiva de la familia y la verdad objetiva del desastre mexicano.
Tampoco esta vez me había dado muchas explicaciones acerca del motivo de mi invitación, que ella misma parecía desconocer:
—Hace tiempo que mi papá quiere conocer a todos mis profes –me dijo ese mismo día, por la mañana—. Pero no sé por qué no ha invitado a Lombard y a Magallanes. Sólo te ha invitado a ti.
—Me tranquilizaría saber qué le has contado de mí.
—Que no eres ni catalán ni español, sino cholulteca de adopción. Que sientes curiosidad por los ricos porque nunca los has conocido y en el fondo tú sí crees que el dinero es lo más importante. Que eres un poco degenerado y emborrachas a tus estudiantes en tu casa para aprovecharte de ellas, que son víctimas inocentes. Pero no te preocupes; estará crudo y habrá mucha gente. No creo que te preste mucha atención. Será la segunda fiesta de su cumple.
—¿La segunda?
—Sí… Ayer la hizo con la otra familia.
—¿Cómo?
—Mi papá tiene dos familias –el rostro de Sor Juana parecía indicar que aceptaba el hecho con normalidad, pero aceleró notoriamente la explicación—. Desde hace más de veinte años, tiene una amante además de mi mamá. No se ven mucho, pero tiene con ella tres hijos. Y celebra los cumples y la navidad también con ellos, alternándolos con nosotros.
—O sea que tu papá tiene siete hijos.
—Qué bien que sabes sumar.
—¿Y tú conoces a esos hermanos?
—Muy poco. Apenas hemos coincidido en algún funeral y alguna boda.

Pensé nuevamente que había en ella un conflicto interior que dejaba en poca cosa mis neurosis de charnego dostoievskiano y mis coqueterías con las diversas variantes del nihilismo. Frente a mis cuadrículas proletarias de rutina, catecismo ideológico y mecanicismo obrero, ella vivía o había vivido directamente en el vacío palaciego de salones fríos y decorados de manera pretenciosa, en la lobreguez del lujo y la abundancia, y sin duda sabía que esa complicidad con el Mal y la Injusticia exigía algún tipo de respuesta, quizás en forma de penitencia, quizás incluso en forma de suicidio metafórico o real. Yo quería entender de verdad hasta qué punto ella vivía internamente ese conflicto. Quería que confiara más en mí, que verbalizara esa pugna evidente aunque callada entre su ética y su sangre (aunque, por supuesto, también lo quería por mi fascinación egoísta de intelectualillo que, más que nada, intenta entender el mundo a través de sus ejemplos extremos, porque en realidad ya no tiene nada más que hacer que entender, no actuar ni desde luego cambiar).

miércoles, 30 de noviembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXIII)

EL PODER

—El poder es la sustancia de la vida y la energía más erótica de todas –decía yo, delirando con mis sublimaciones teóricas—. Yo no quiero igualdad, quiero jerarquías. La igualdad es perfecta en lo legal y en lo intelectual, pero en el sexo a mí no me interesa. Quiero una Diosa, sin más. Sí, tengo una imagen deformada y objetualizada de la mujer, y todo lo que tú quieras. Siempre ha sido así y no voy a cambiar ahora. Yo sólo quiero sentir dominio, y punto.
—No te creas que estás tan enfermo –me decía—. Eres más normal de lo que crees. Ya he conocido a otros como tú. Hombres incapaces de pensar más allá de sus deseos y sus traumas. A veces me aburren.
—¿Y entonces qué haces conmigo?
—A ver si te das cuenta y lo entiendes por ti mismo.
—¿Soy sólo un sustituto de Andrea?
—Ya te gustaría llegar a su nivel.
—Dame tiempo. Me ofrezco para todos los sacrificios.
—¿Cómo qué sacrificios?
Todos, mi querida Sor Juana; y los probamos todos, o casi todos, hasta agotar el imaginario cultural. Hasta deshacer mi identidad en mil camuflajes maravillosos y estimulantes, plenamente superiores a todo lo que antes pensaba yo que era mi propio ser.
Empezamos por lo más fácil: invertir el sexual harassment de los gringos. En vez de ser yo el profesor acosador, le tocó a ella acosarme y darme órdenes. Al principio, era relativamente fácil ir a trabajar con sus bragas usadas, pero luego se fue complicando cuando me puso condiciones cada vez más difíciles, como llamarme en medio de las clases, sabiendo que me parecía extremadamente vergonzoso y poco profesional tener el teléfono móvil encendido durante el tiempo de clase, y que yo mismo se lo había recriminado a los estudiantes más de una vez (al Culero, por ejemplo). Llamaba aleatoriamente, unas clases sí y otras no, y yo siempre tenía que responder sin dar pistas de quién era mi interlocutora, para que los estudiantes murmuraran. Y entonces ella me daba los mensajes que yo tenía que agradecer explícitamente, sin decir su nombre:
—Esta noche te pintaré las uñitas de los pies.
—Decidí que el sábado iremos al restaurante que más le gusta a mi papá, y tú pagarás la cena.
—Quiero que me saques de la biblioteca todo lo que haya de o sobre Paul Celan.
—Quiero que digas delante de los estudiantes “no manches”. Suena chistoso en ti.
 Al cabo de unas semanas, Sor Juana se cansaba de ese juego:
—Ya me dio hueva. Vamos a jugar a la “venganza de Josie Bliss”.
Oh, sí, la venganza de Josie, la pobre pantera birmana que fue amante de Pablo Neruda en los tiempos de Residencia en la tierra. Sor Juana dijo una vez en clase que tal vez había que desconfiar de la versión nerudiana de la historia, según la cual Josie Bliss era poco más que una loca obsesiva e ignorante. Yo traté de rebatirlo, con poca convicción, en realidad, pero aquel asunto quedó pendiente entre nosotros y ahora tocaba resolverlo. Y efectivamente, Sor Juana, en pleno éxtasis intertextual, asumió su rol nerudiano y me obligó a arrastrarme más de una vez para demostrarle mi absoluta dependencia. Me abofeteó en restaurantes de barrios lejanos, donde supuestamente nadie nos conocía, acusándome de hablar de forma ignorante y superficial sobre México, me esposó, encadenó e inmovilizó con múltiples técnicas obtenidas en internet, me obligó a tatuarme en una nalga el nombre de su equipo favorito de fútbol, el Cruz Azul, comió sushi sobre mi cuerpo desnudo como se hace con las geishas, me hizo llevar durante dos semanas sin motivo terapéutico alguno un collarín ortopédico suyo, me hizo mil cosas que no recuerdo bien ya. Hasta que de nuevo se cansaba y se le ocurría otra cosa, con imaginación deslumbrante. Y yo pensaba en que por fin la mentira sobre el matriarcado mexicano (porque en el país de los feminicidios masivos hablar de matriarcado es, como mínimo, inadecuado) se había hecho verdad gracias a mí, y que yo era el Chingado y no la Chingada, lo que me daba un cierto orgullo histórico, como de autoinmolación redentora para que de una vez se cumplan todos los ajustes de cuentas y yo de paso consiga una buena erección.
Pero miento si digo que todo fue juego y tontería metaliteraria. Y miento también si digo que yo era víctima de algún modo, porque, a pesar de la humillación y precisamente por ella, yo gocé como nunca, gocé de la incertidumbre y del experimento, del caos bien administrado, y porque después de la aventura, después de que yo asimilara cada regeneración, cada nuevo metabolismo ficticio, después de que yo me olvidara de mí mismo durante un rato y fuera otro o fuera nada o nadie, después de que me entregara a ella como en un desmayo, la compensaba con mis mejores esfuerzos, fálicos pero sobre todo comecoños, y le daba placer como ella quisiera hasta que chillaba, y entonces la Sagrada Jerarquía quedaba por fin establecida: ella el Sujeto y yo el Objeto. Hermosamente desiguales en el reino de la Nueva Justicia y el Nuevo Poder.
Y después de todo eso, hablábamos, y aún más, había grandes momentos de silencio, cuando los dos, milagrosamente, coincidíamos en el mismo lado de la bipolaridad, y nos abrazábamos concediéndole al abrazo un rango superior, como si fuera lo más auténtico y lo único que no podía ser considerado juego entre nosotros dos. Entonces ella me pedía que me inventara alguna cosmogonía, y yo me sacaba una de las cuarenta o cincuenta teorías que tengo acerca del universo, y se la justificaba con mis argumentos tan racionales o más que los de Tomás de Aquino o Karol Wojtyla.
—El universo es como México. Un desastre que a veces es amable.
—¿Y no sería más como España?
—Cosmológicamente, España es sólo un agujero negro.
—¿Y Cataluña?
—Un planetoide.
Lógicamente, todos estos detalles íntimos eran absolutamente privados, y Lombard y Magallanes nos veían como una simple pareja convencional habituada a eso que llaman el sexo vainilla. Lombard, de hecho, parecía disfrutar con mi nueva situación emocional y, a diferencia de Magallanes, que cerró el tema con un lacónico “tú sabrás lo que haces” y nunca más mostró curiosidad, sí me preguntaba cortésmente cada cierto tiempo, intercalando siempre la insinuación profética:
—Te vas a casar. Yo lo sé. Y tendrás hijos mestizos.
Yo le desmentía con fórmulas siempre diferentes, pero aceptaba sus ironías como parte de nuestro código de amistad. Sólo le hice una petición:
—No le digas nada a Judith. Prefiero que no lo sepa, al menos de momento.
Lombard me miró intrigado y se encogió de hombros en señal de abstención.
—Judith ya está condenada. No puedes hacer nada por ella, en ningún sentido –me dijo—. Por suerte, le quedan sus hijos y sus esperanzas académicas. Concéntrate en Sor Juana. Con ella sí tienes posibilidades. Pero ten cuidado. Aunque parezca que no va en serio, no la subestimes. Es inteligente, pero también muy apasionada.
Pensé que Lombard, tan dado al énfasis mexicanista, exageraba involuntariamente, pero no pude por menos que acordarme de él la tarde que Sor Juana me llamó por teléfono para hacerme una propuesta que parecía mucho más una orden que todos sus caprichos eróticos de los meses anteriores:

—Este sábado tenemos una fiesta y estás invitado. Mi papá quiere conocerte.

lunes, 28 de noviembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXII)


DE LA VIDA ERÓTICA EN LA ATLÁNTIDA

Liarse con una estudiante podía ser una legítima venganza contra la pendejez de la Eminencia, pero, a priori, también me homologaba lamentablemente con mi viejo amigo Frígilis. Por suerte, yo no tenía ningún poder real que ofrecer, y por tanto poca erótica del poder que aprovechar; Sor Juana ya estaba a punto de terminar los estudios y nunca más iba a ser alumna mía. En realidad, como se verá, mi relación con Sor Juana tuvo poco de acoso sexual y fue más bien una especie de reinversión de mitos, desde Pigmalión hasta la misma Chingada.
Al conocer la noticia, Magallanes hizo poco más que refunfuñar, pero Lombard me felicitó abiertamente.
—Pinche gachupín, ¿para cuándo la boda?
—No exageres, gringo viejo. Ni boda ni hostias.
—¿Cómo crees? Ya te vas a casar y te quedarás en México toda tu vida. Ahora sí la jodiste. No te dejarán ir.
Aquella noche, en la cantina, Magallanes tosía y se quejaba de malas digestiones, y yo le recriminaba su falta de conciencia médica:
—Te vas a morir de cirrosis, Miguel. Empiezas a tener los síntomas. Pásate a las drogas blandas, como el doctor Lombard.
—Vete al carajo –replicaba, en una perfecta simbiosis de enfado y humor, Magallanes.
—No cambies de tema, gachupín. Cuéntanos más, dinos qué planes tienes con Sor Juana. Ándale.
Después de aquella parranda en mi casa, Sor Juana y yo empezamos a quedar en mi casa o en algún motel, y creo que conseguimos mantener una eficaz clandestinidad, al menos frente al resto de la población estudiantil. Los primeros encuentros, las primeras negociaciones, fueron difíciles, como era de prever, entre mis diversos pudores académicos, éticos y sexuales (los más importantes) y la desconcertante naturalidad con la que Sor Juana desdeñaba mi manual de instrucciones en materia sexual. Yo siempre pensé que mis deseos más ocultos eran una especie de sótano al que sólo se podía llegar después de muchas contraseñas y aperturas de pesados cerrojos, pero Sor Juana, asombrosamente, encontraba la puerta abierta y encima se reía de mis sofisticados sistemas de seguridad. Supongo que yo tenía prejuicios de incuestionable ignorancia sobre la mujer mexicana, y no sabía si estaría posmodernizada como la española, abierta a experimentos y transgresiones 2.0 propias de la democracia liberal ya consolidada, o, por el contrario, estaría sometida a las reglas nefandas del conservadurismo poblano. Pero pronto descubrí que Sor Juana no sólo tenía mucha más experiencia que yo, sino que admiraba igualmente el caos sexual, el realismo mágico del sexo del que un escritor español habló una vez.
Sor Juana disfrutaba jugando conmigo y yo disfrutaba con cada nuevo derrumbe de mis contenciones. Al principio, debo admitirlo, tuve dudas de otro tipo: pensé que se reía de mí y que no me tomaba en serio. Incluso sospeché que todo era una especie de trampa urdida quizá por los estudiantes para dejarme en evidencia y ridiculizarme como parte de sus caprichos de niños ricos. Pero, aparte de que ser humillado por los estudiantes tiene su incontestable sesgo morboso, cambié de opinión cuando descubrí, de forma inesperada, que Sor Juana tenía celos, unos celos que me parecieron tan incongruentes como tiernos, a pesar de que nunca fueron aptos para bromear con ellos. Sí, celos, celos profundos y mal contenidos, que crecían exponencialmente con cada excusa o argumento, erupciones intensas de desconfianza e irracionalidad, cuñas de violencia verbal en las conversaciones.
“Tú amas a Judith. Lo sé. Además, es lógico. Es tu colega y con ella tienes más cosas en común que conmigo”, me decía a menudo, posiblemente protegiéndose, o eso pensé yo. Como si temiera que me fuera a aprovechar de ella para deshacerme en cuanto el morbo se desvaneciera, cuando en realidad yo ni llegaba a pensar a tan largo plazo, porque estaba siempre asustado ante la posibilidad de que nos descubrieran y, de algún modo, esa revelación tuviera consecuencias: un despido, un escándalo, una amenaza, una paliza, un asesinato (México invita siempre a esas hipótesis de creciente violencia). “Dime la verdad. No soporto las mentiras”, decía. Pero mis explicaciones eran insatisfactorias ya incluso cuando las ensayaba para mí mismo ante de verbalizárselas a ella. Considerar mi relación con Sor Juana como una aventura era sólo parcialmente preciso; tenía la dosis necesaria de emoción, capricho y riesgo, pero al mismo tiempo había una mutua dependencia creo que inesperada para los dos.
“Estás loco, Álex. Pero eres un oratito bien cagado”. Y todo porque creo recordar que le dije cuál era mi historia preferida de amor.
Sunset Boulevard.
Podría haber elegido muchos modelos con pedigrí mitológico, y algunos realmente muy antiguos, e incluso clásicos, como la historia del viril Hércules que es castigado por Onfalia a vestir de mujer y a dedicarse a coser, con lo que sienta el hermoso precedente de un semidiós en transición de género. Pero más allá de la casuística parafílica de la Antigüedad, me resultaba más cercana la historia de Sunset Boulevard, título traducido en España, con nuestro habitual talento traductor, como El crepúsculo de los dioses. Ella no conocía la película, pero la vimos juntos y sospecho que finalmente algo, al menos, entendió de la grandeza degenerada de la película y sus íntimas correspondencias con mis códigos de conducta. Por supuesto, me refería a la historia de amor entre los personajes interpretados por Erich von Stroheim y Gloria Swanson, cuya verdadera naturaleza, perversa, contaminada, titánicamente autodestructiva, conocemos ya avanzada la película.
Al principio, Von Stroheim sólo es el criado formal y hierático de la estrella de cine enloquecida, el que le escribe y envía las falsas cartas de sus admiradores, el que la aguanta y la cuida con abnegación y sumisión. La estrella no le devuelve nada más que su locura y su resentimiento de vanidosa patológica víctima de la alienación hollywoodense. Pero la historia se vuelve mucho más retorcida cuando descubrimos que Von Stroheim, antes de ser el asistente de la estrella delirante, había sido su marido, y que seguía aguantándola a pesar de todo, humillándose una y otra vez, rebajándose con orgullo, sometiendo su amor a una recodificación, a un nuevo contrato basado no en la igualdad, sino en la diferencia absoluta y radical, en esa jerarquía, de tanto sentido metafísico, que separa a un devoto sin dignidad de una diosa enloquecida. Y esa situación tan aparentemente irrealista e incomprensible era para mí una especie de obsesión, un teatro idóneo para hundirse en lo más profundo de las pasiones y saborear cómo se degradan al máximo todos los dones que alguna vez pudieron tener forma de una esperanza.

domingo, 27 de noviembre de 2016

NUEVA DIALÉCTICA DEL MIEDO

Hoy en día cualquier preocupación se vuelve fácilmente multitudinaria, por la multiplicación inmediata del discurso, y en ese sentido no faltan los ruidosos que auguran un porvenir mundial ennegrecido por el neofascismo básicamente xenófobo y hasta presienten la llegada de una nueva Edad Media que revierta el camino racional moderno. Sin necesidad de ser apocalíptico y por tanto demasiado estridente, lo cierto es que Trump, el brexit, la amenaza lepenista y la indulgencia en España con la corrupción sistémica serían ejemplos coetáneos de una reacción conservadora que aúna de forma terrible legitimidad democrática e irracionalismo, poniendo contra las cuerdas y desconcertando a los diferentes impulsores del cambio sociopolítico, que no acaban de coincidir en el programa de acción de una hipotética agenda emancipatoria que ya no se sabe si ha de ser global, local o glocal.
Por supuesto, lo más fácil es recurrir a la denuncia de la ignorancia colectiva, de la insuficiencia educativa y la toxicidad de los medios hegemónicos. Pero las viejas teorías sobre la alienación parecen no ser tan útiles ya en la “sociedad del conocimiento”, que tantos apologetas optimistas e interesados defienden hoy en día. Esos mismos cándidos que se entusiasmaron con la Primavera Árabe y la función de las redes sociales en los acontecimientos, ahora deberían replantearse hasta qué punto los albores de esa nueva sociedad sólo están facilitando una obesidad mórbida de la cultura, en la que los discursos complejos se fragmentan y comprimen sólo para acabar cediendo ante viralidades que muchas veces son precisamente eso: patologías de la razón atontada.
Del mismo modo, el debilitamiento del proyecto europeo, con evidencias como la crisis de los refugiados, está poniendo de manifiesto la vanagloria de una fantasía de capitalismo humanizado y redentor que supuestamente iba a devolver a Europa la grandeza de sus mejores momentos de progreso (sus pocos momentos, en realidad). Pero sabemos, a pesar de tanta propaganda, que nada de eso es ni será sostenible en un mundo de competencia brutal e interminable, y en ese sentido tampoco debe extrañar que la ciudadanía adopte ciertas actitudes de resistencia que a algunos (pongamos de izquierdas) nos parecen irracionales y egoístas, pero que responden al miedo comprensible a una globalización amenazante en la que la opulencia prometida no llega y en la que algunos hacen concesiones y sacrificios pero otros no. Sí, la insolidaridad de los nuevos tiempos es penosa, pero la agotadora carrera de la competencia capitalista también lo es, y no parece que todo el mundo esté igual de ilusionado ante la incertidumbre de un mundo futuro basado en dogmas cada vez más opresivos, como el maldito culto a la "innovación" -o a la "calidad"-, que ofrecerá progreso (en según qué aspectos), pero a costa de un cansancio infinito.

En este caso, el miedo no es excusa, pero sí es causa. Algunos políticos saben manejar y aprovechar ese miedo, y nada más fácil para ello que carecer de categorías solidarias útiles, como lo fue (y debería seguirlo siendo) la de clase trabajadora, en la que nadie parece querer reconocerse ya. Así nos va.

viernes, 25 de noviembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXI)


SEXUAL HARASSMENT

Tenía unos pechos hermosos pero pequeños, y demasiada barriga quizás para mi gusto, pero dejé que, como tantas otras veces, el alcohol decidiera por mí. Por otro lado (pienso hoy), su valentía a la hora de cumplir sus deseos me pareció sexy, ejemplarizante, incluso una posible redención del México conservador y reaccionario. Así que me acerqué y la besé cuidadosa y delicadamente en los labios, ensayando primero y luego profundizando. Ella estaba entregada y entendí que no le desagradó mi beso. Pero la dejé, en un ataque de prudencia, para regresar a la fiesta y beberme otro whisky que, contradictoriamente, pensé que podía relajarme. Después de apurarlo, saqué a Sor Juana de una conversación con dos desconocidos que fumaban marihuana y discutían sobre Blur o Radiohead o grupos así. Andrea seguía en la habitación.
—Gracias por el regalo –le dije—. Es bueno saber que se reconoce el duro trabajo del profesor de literatura…
—¿Se ha portado bien?
—Sí, claro.
—No te creo. Vamos a comprobarlo.
Logró parecer enojada, aunque creo que también estaba bastante borracha. Me tomó del brazo y me devolvió a la habitación, en la que Andrea estaba sentada en la cama, tal vez meditando o simplemente resistiendo la fuerza del sueño. Sin decir ni una palabra, Sor Juana la abofeteó y la ordenó ponerse de rodillas en el suelo. Pensé que nadie habría escuchado el sonido de la bofetada por la música, pero aun así me incomodé.
—¿Qué te dije, Andrea? Que te portaras bien.
La otra, vacilante, susurró algo parecido a una disculpa. Sor Juana se agachó y empezó a besarla otra vez, dándole nuevas órdenes.
—Bésale los pies al maestro. Agradécele todo lo que ha hecho por ti en esta pinche universidad –casi me entra la risa cuando dijo esas palabras, pero Andrea se arrastró de rodillas hasta besar mis pies y comprendí que debía seguir el juego—. Es un gran maestro y se merece que una pinche zorra como tú le dé una recompensa.
—Gracias, doctor… —decía Andrea antes de dar besos lentos y cariñosos a mis zapatos sucios de arena cholulteca. Intenté retirarlos, pero una mirada severa de Sor Juana me impidió hacerlo. Creo que fue mi último esfuerzo para reprimirme.
—¿Quieres chuparle la verga al maestro?
—Sí, sí quiero…
Me giré para comprobar que no había otros testigos, y pude ver a través de la puerta entreabierta a la Eminencia, que se había acercado a la cocina a buscar más líquido. Apenas se cruzaron nuestras miradas un segundo, pero sé que él vio algo, aunque trató de contener su curiosidad. Inmediatamente racionalicé mi temor y lo compensé con la satisfacción de la venganza: la Eminencia ya sabría para siempre qué tipo de individuo era yo y lo poco que me importaban sus constructos culturales y su sistema de valores. Y entonces, en una coherencia que me pareció perfecta, cerré la puerta totalmente y me bajé el pantalón, con el pene notablemente erecto. Por los jardines exteriores a la casa, pude ver, entre las cortinas de la ventana, al vigilante, ocupado aparentemente en sus tareas, y es posible que él también nos viera en algún momento.
Andrea hizo su trabajo con aceptable eficiencia y yo conseguí simultanearlo con algunos besos escasos e intensos con Sor Juana. Finalmente me corrí de forma poco espectacular y seguimos un rato más en medio de besos y toqueteos varios, hasta que alguien (creo que no fui yo, pero estuve de acuerdo) dijo que ya estaba bien por ese día. El alcohol hizo su efecto y nos quedamos dormidos los tres en mi cama, con Sor Juana en medio, mientras la fiesta, con la música a toda potencia, continuaba al otro lado de la pared.
Ya no supe nunca nada más de la Eminencia; se fue de mi casa y regresó a Estados Unidos. Supongo que Lombard se encargó de controlar el caos de la fiesta, porque al día siguiente encontré pocos desperfectos y pocas cosas habían desparecido, salvo algún CD (el de Wish You Were Here).
Las chicas se despertaron resacosas pero sonrientes, se besaron otra vez, hablaron entre sí de mil cosas del día anterior excepto lo que había pasado en la habitación y al cabo de una hora, después de tomarse el café que yo les había preparado, empezaron a llorar.
—Te extrañaré mucho, Andreíta.
—Yo también, Mi Dueña.
Se marcharon juntas a las diez de la mañana, lo que agradecí enormemente ya que me permitía dormir algo más y combatir la resaca. Sor Juana se despidió con un beso en la mejilla aunque entendí que nos veríamos esa misma tarde por el campus. Andrea, por su parte, salía al día siguiente para San Antonio. Se despidió de mí dándome las gracias, esta vez completamente en serio,  por los cursos que le había enseñado y lo mucho que había aprendido.
—Entonces –le dije— creo que ya merezco que me contéis el Secreto.

—Ah, no –coincidieron las dos, y siguió Sor Juana—. Todavía no estás preparado. Aún tienes que caer más bajo.