martes, 9 de octubre de 2018

REGRESO INMINENTE


Después de un largo periodo de retiro, anuncio que volveré próximamente a este blog. La intención -veremos si se cumple- es aumentar la productividad, y para ello parece indispensable evitar la prudencia con la que he publicado hasta ahora. Habrá que arriesgar más, y seguramente eso implicará algunos arrepentimientos. Pero el cuerpo me lo pide. Y tengo otro argumento, más convincente: la vida es corta.
Pienso convertir progresivamente el blog en laboratorio de experimentos literarios impredecibles, en muestrario de opiniones subjetivas y aun caprichosas y en diario selectivo y pudoroso de experiencias. Francamente, creo que no tengo nada que perder. O sea que vamos.


miércoles, 6 de junio de 2018


ANTICIPADO CIERRE VERANIEGO

Importantes exigencias profesionales obligan a cerrar este blog hasta después del verano. Sea por vanidad o por humildad, lo cierto es que prefiero no escribir a escribir precipitadamente y sin tiempo para pensar forma y contenidos. De todos modos, es una decisión muy frustrante, porque el ritmo de la actualidad incita adictivamente a emitir opiniones. Apenas estaba pensando en una entrada sarcástica sobre el asunto del chalé de la pareja real podemita y la revitalización del concepto "aburguesamiento", cuando se han producido la inverosímil victoria de Pedro Sánchez y la acelerada caída de Mariano Rajoy. No negaré que el triunfo de Sánchez solo me satisface desde un punto de vista onomástico; aparte de eso, todo apunta a un remake zapateril. Pero los que hemos subestimado muchas veces -por sustrato anticapitalista, sobre todo- las ventajas de la democracia parlamentaria occidental debemos ahora reconocer los espacios tácticos que permite, capaces de generar importantes modificaciones ejecutivas. La lección es especialmente valiosa para el independentismo catalán, empeñado en hablar de franquismo y baja calidad democrática en la España de hoy para alimentar su victimismo. Pero compárese la salud parlamentaria de hoy en España con la de Cataluña el 6 y el 7 de septiembre pasados.
Aparte de esos temas, me hubiera gustado dedicar algunas líneas a reflexionar sobre dos países queridos que viven situaciones complejas: Nicaragua, donde la pareja presidencial Ortega-Murillo está mostrando su peor cara, y México, país en el que las próximas elecciones apuntan a la victoria de un candidato, López Obrador, al que solo se puede elogiar diciendo que es el menos malo (y tampoco es seguro).
 Habrá tiempo para hablar de todos esos temas más adelante. O eso espero. Mientras tanto, salud (y república, pero no de cualquier manera).

martes, 22 de mayo de 2018

OTRA INVITACIÓN


Los amigos de Barcelona que se perdieron la primera presentación de La vida póstuma tienen ahora otra oportunidad. Este viernes 25 de mayo dialogaré con Ricard Fernández Ontiveros sobre la novela en un espacio tan dinámico e interesante como es la librería Nollegiu (calle Pons i Subirà, 3). Estáis todos invitados.






domingo, 13 de mayo de 2018


EL OCASO DE LOS DEMIURGOS

(Este texto, que retoma y amplía una entrada previa del blog, saldrá publicado en otoño en la editorial Bosch dentro del volumen colectivo De Sevilla a Granada con Rubén Darío. Estudios en homenaje al profesor Noel Rivas Bravo, que coordinamos Victoria Camacho, Ninfa Criado, Miguel Polaino-Orts y un servidor.)

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Lo sabemos: se puede ser poeta y antipoeta, se puede hacer novela-ensayo, ensayo novelado, novela-autobiografía, diarios, dietarios, testimonio, autoficción, novela de no ficción, relato real de ficción, novela-reportaje, microrrelatos, grafitis, novela por tuits y cualquier otra cosa. Abundan los centauros literarios porque los géneros son contingentes, arbitrarios y fácilmente superables. Recordemos que Bob Dylan y Svetlana Alexievich han ganado el premio Nobel de literatura y que algunas estrellas de la performance artística son casi capaces de entrar en el Libro Guinness por sus proezas. Ninguna convención en el arte es pura y definitiva; ninguna receta o norma es infalible. La literariedad, como recuerda el gran taxónomo Gérard Genette, puede ser constitutiva o condicional. En la constitutiva, sea por ficción o por dicción, parece que ya todas las casillas han sido llenadas con un ejemplo, y no queda hueco para novedades. En la condicional, en cambio, todo es posible: sabemos que casi cualquier texto puede ser finalmente literario en unas determinadas condiciones sociohistóricas de recepción e institucionalización.
Hay novelas hoy que no terminan nunca, o se fragmentan, o terminan de forma deliberadamente chapucera e imprecisa, o no tienen centro, ni principio, ni mensaje claro; hay novelas que se abren a todos los textos sin saturarse de ellos; hay literatura fronteriza en muchos sentidos, que borra o esconde su propia naturaleza ficcional hasta hacerla aporética o sencillamente irreconocible; hay estructuras lineales, circulares, cuadradas, romboides y a lo mejor hasta cuánticas. Es más: hoy se puede escribir a todas horas, compulsivamente, o escribir una sola vez y dejar paso a los demás. Se puede tener técnica y no tener concepto, y al revés. Se puede escribir para las mayorías y para las minorías. Se puede ser pos, pre, neo, anti, meta y supra. El repertorio de posibilidades parece ilimitado. Vivimos tiempos de hiperproducción literaria: ya alguien dijo que la cultura y los textos son hoy como el carbón para la economía del siglo XIX.
¿Qué sentido tiene entonces pensar otra vez en una poética de la novela?

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Adelanto que no voy a hablar de la muerte de la novela. En todo caso hablaría de su agonía (que puede ser muy larga) en medio de la galaxia digital, compitiendo en la nueva logosfera atiborrada de comunicación y creatividad de todo tipo. Sin embargo, la evidencia hoy es la abundancia empírica de novela, y no su defunción, en buena medida gracias a su flexibilización genérica para adaptarse a los nuevos tiempos y a las nuevas reglas del desarrollo cultural.
Lo que sí parece haber entrado en crisis es una determinada epistemología de la novela que le concedía un status de privilegio entre las formas artísticas. Hablamos de una idea de la ficción como mito o fábula explicativa de la realidad histórica desde la base de que se trata de dos esferas distintas -la literaria y la histórica-, y de que la literaria tiene (o tenía) sus propias reglas y su poder específico. Esa directriz concreta presenta, dicho resumidamente, dos variantes, en ocasiones conectadas en productivas e ilustres intersecciones: una, de fuerte carga crítica y de raíz básicamente hegeliana y marxista, y otra de carácter menos dogmático y más centrada en el potencial gnoseológico y humanístico de la novela, capaz de desafiar a la propia filosofía. Lukács, Bajtin, el Barthes de la écriture, el Sartre de ¿Qué es la literatura? y Auerbach, entre otros, han cimentado el prestigio moral y a menudo político del género novelesco dentro del canon occidental moderno, y sus efectos se han notado en la poética de autores como Milan Kundera o Mario Vargas Llosa, quizá dos de los últimos exponentes vivos de ese concepto insigne y orgulloso de la novela.
Sin embargo, es probable que ellos mismos sean dos dinosaurios de la modernidad que empiezan a dar signos evidentes de desorientación en el líquido mundo del siglo XXI. Los impulsos antijerárquicos, antiesencialistas y profundamente descentralizadores del pensamiento en las últimas décadas, con sus nuevos sujetos, han socavado con fuerza y a veces han demolido lo que podríamos llamar el relato heroico y aristocrático de la propia novela como género. La añeja ilusión más o menos ontoteológica y emancipadora de los novelistas del siglo XX y de muchos de sus exégetas se ve ahora con cierto desdén, como residuo elitista y condenado a revelar una y otra vez su profunda ingenuidad, es decir, su grandilocuencia estéril y por tanto su fracaso. En pocas palabras: la novela no descubre nada y no redime ni salva al ser humano. Se habría revelado, por tanto, la ficción (ilusión) de la propia ficción literaria.
Ya se ha hablado incluso de que vivimos en la era de la literatura “postautónoma” (Iris Josefina Ludmer), que certifica el fin de todo un ciclo histórico de relaciones entre la ficción artística y la realidad. El arrinconamiento creciente de la imaginación creadora por parte de una referencialidad extraliteraria (periodismo, historia, autobiografía…) cada vez más invasiva podría ser un síntoma. Por supuesto, ante esa nueva situación se puede adoptar una actitud celebratoria o una actitud resignada, y ambas se ven con frecuencia, en buena medida porque comparten la idea que el cambio es la ley prioritaria de la evolución literaria y, por tanto, la resistencia es inútil. Pero también se puede perseverar en la lucha, entendiendo que la literatura es siempre un espacio de lucha por la legitimidad y que la toma de posición es imprescindible (incluso cuando la toma de posición es el silencio o la inhibición).
Sí, se lucha a todas horas en el mundo literario, y todos defienden intereses, naturalmente: los que como yo creemos en la necesidad de una prudente autonomía de la literatura no podemos ocultar nuestro afán de lucro simbólico y quizás también económico. Pero precisamente por eso creemos necesario igualmente recordar que los intereses que hay detrás de los otros, y de esas actitudes consagratorias de la postautonomía. Porque los hay, aunque a menudo se disimulen bajo la aparente coartada bienhechora de lo que en el fondo no es más una nueva hegemonía y una nueva relación de fuerzas en eso que hoy es un gran negocio: la cultura. Los otros de los que hablo serían, naturalmente, no sólo los autores involucrados, sino también los agentes encargados de la circulación de los textos (editores, sobre todo) y los productores de significado y valor de los textos (la crítica). Dos gremios, por cierto, muy poco acostumbrados a la autocrítica pública, sobre todo en España, un país envanecido durante décadas de crecimiento económico y nuevas oligarquías que solo en los últimos años parece empezar a reaccionar y a replantear el relato euforizante de la Transición.
Debo insistir en que no pretendo denostar las nuevas formas híbridas ni rechazar su legitimidad dentro del repertorio de opciones (el espacio de los posibles de Bourdieu). Quiero, en todo caso, proponer una mínima sospecha sobre la consagración de la hibridación como nueva norma, sobre el singular prestigio actual del adjetivo “inclasificable” aplicado a la literatura y sobre la subsiguiente devaluación de determinados criterios estéticos. Me parece que estamos ante una hibridación cada vez más poderosa e influyente y cada vez más aliada de las nuevas formas que presenta el mercado cultural a la hora de abastecer de interminables novedades. Hoy lo “puro” parece obsoleto e incluso reaccionario, mientras que lo “híbrido” parece infalible, genuinamente democrático y superior por definición. Pero tal vez las cosas no sean tan simples, y se trate solamente de una extrapolación a la literatura de conceptos con otra genealogía, que se aplican ahora con mucha ligereza y con evidente voluntad de imponer nuevos criterios.
Confieso que no estoy en condiciones de proponer una norma alternativa, pero me parece importante contribuir a sacar a la luz las condiciones que han creado y que consolidan día a día la norma híbrida. Se me podrá objetar que abogo por un clasicismo tranochado e iluso o que sueño con volver al Edén de las Bellas Letras; pero me permito recordar, con Lotman, que el arte puede funcionar movido por una estética de identidad o por una estética de oposición. Y quizás la estética de oposición es, paradójicamente, más dócil, conservadora y previsible hoy, aunque nadie parezca atreverse a decirlo. Porque al final llegamos a una cierta dimensión política del hecho literario. Y en ese terreno no está del todo claro que avancemos, a pesar de que el discurso celebratorio de la postautonomía pretenda venderse como liberador y progresista.
Un repaso rápido a la literatura de lengua española quizá nos ayude a explicar mejor el problema.

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Hay muchas formas de contar la historia reciente de la literatura española, desde luego. Una posible historia empieza, en mi opinión, en 1977, con la publicación de Autobiografía de Federico Sánchez, de Jorge Semprún. El balance autobiográfico de Semprún con su desencanto comunista funciona perfectamente como pórtico de la naciente democratización española y del progresivo debilitamiento del comunismo como opción política y estética. Pero no debemos olvidar que esas memorias ganaron un premio de novela, es decir, circularon como novela y se integraron en la lucha novelística, y que se trató ni más ni menos que del premio Planeta, elemento esencial ya entonces de la profesionalización de los escritores españoles, y que con el tiempo ha sido una enorme fuente de ingresos para algunos. En ese sentido, la ambigüedad estratégica de Semprún con la novela como género se adelantaba seguramente a los tiempos. Por eso el nuevo pacto de la literatura española –el pacto entre autores, editores y lectores- está firmado ahí, en 1977; no solamente por la apertura desacomplejada del escritor a las estructuras capitalistas del mercado editorial, sino por la inauguración de una senda autoficcional, que aunque no fue inventada por Semprún en el caso español (hay ejemplos en Azaña, Unamuno o Azorín, como sabemos), sí le concede un valor especial si atendemos al contexto político del país.
Con Semprún, la élite antifranquista empieza a escribirse a sí misma en libertad y a rentabilizar su experiencia en aras de una nueva política de la memoria idónea para adaptarse a la democracia liberal y al poder del felipismo. Después vendrán obras como Historia de un idiota contada por él mismo, de Félix de Azúa, o Penúltimos castigos, de Carlos Barral, junto a textos menos ambiguos y por tanto menos autoficcionales como las memorias de Juan Goytisolo. Autobiografía y autoficción tendrán así un notable desarrollo en la España democrática, un desarrollo que compensa cierta carencia histórica de ese tipo de literatura del yo en comparación con otras lenguas y que llegaría a ejemplos tan importantes hoy como los de Andrés Trapiello, Javier Marías y Javier Cercas.
No voy a entrar en criterios cualitativos sobre el valor intrínsecamente literario (o no) de la escritura del yo, criterios que seguramente exigen una reflexión demasiado amplia, porque creo que habría mucho que decir sobre si, por ejemplo, el hecho de que Neruda no mencione a su hija Malva Marina ni una sola vez en Confieso que he vivido es un dato de interés estético o solamente un dato moral o psicológico. Tal vez sea un problema muy arduo, pero sí me parece que se puede afirmar que la expansión de la escritura autoficcional y en general de lo que podríamos llamar la egoliteratura en la España europeísta y democratizada tiene raíces socioliterarias, derivadas de las necesidades de una clase letrada que trató de mantener algunos privilegios en las nuevas condiciones democráticas y que ha tenido sucesores plenamente interesados en priorizar la experiencia individual a lo problemas colectivos (es una evolución que quedaría seguramente bien explicada con el caso actual de Milena Busquets). Esa clase letrada encontró un estupendo yacimiento de posibilidades editoriales en la revelación de la intimidad y en el testimonio subjetivo de la Historia, y su aceptación por parte de la crítica y las instituciones fue casi unánime. Contrástese ese desarrollo aparentemente “comprometido” con la historia de España a partir de testimonios particulares de escritores e intelectuales con la escasez de novelas que afrontaran problemas como por ejemplo el terrorismo.
Evidentemente, siempre podremos encontrar excepciones, pero hablamos de dominantes literarias, en las que se revela la hegemonía de algunas fuerzas y algunas élites (durante al menos veinte años centradas básicamente en la cercanía del periódico El país y el holding afín). Curiosamente, la egoliteratura española coincide en el tiempo con procesos de amnesia colectiva en la esfera pública, que se han contenido hasta el éxito de Soldados de Salamina y la querella de la memoria histórica. ¿Cómo se explica esa aparente paradoja? En realidad, no es difícil: el individualismo literario ha funcionado como filtro para la autointerpretación española de su Historia reduciéndola a una escala controlable, al tiempo que ha opacado claramente la reflexión sobre los intereses de clase, que en España han sido a menudo maquillados, falseados o invisibilizados desde 1982. La falta de atención al presente explica en buena medida el exceso de atención al pasado (sobre todo Guerra Civil y franquismo), que aún hoy es una importante industria para los escritores que aspiran a la profesionalización y que no quieren ser estigmatizados como críticos del nuevo sistema organizado a partir de 1982 con el triunfo del PSOE. Pero es que además el crecimiento de la autoficción española es explicable por razones de productividad literaria y posición social del escritor en una sociedad con una esfera pública creciente y en ocasiones bien remunerada.
Desde hace tiempo, el modelo de escritor español ya no es, desde luego, alguien como Rafael Sánchez Ferlosio. La necesidad profesional del escritor de mantener un alto nivel de producción para no perjudicar sus condiciones económicas y satisfacer la demanda previa de sus lectores podría explicar casos como Negra espalda del tiempo, híbrido con el que Marías ajusta cuentas de forma sutilmente ficcional y por tanto libre de represalias legales. De ese modo, la autoficción ha ido ganando peso en el repertorio de opciones literarias españolas como forma ideal de legitimación del escritor como tal sin necesidad de involucrarse en cuestiones políticas ni de arriesgar creando ficciones sobre espacios sociales que ni conoce ni quiere conocer, ya que su esperanza es entrar en el circuito de una literatura respetablemente instalada en el mercado y capaz de sobrevivir a los vaivenes políticos y económicos. Seguramente sea ese uno de los motivos por los que no tenemos a un Houellebecq hoy en la literatura española.
A pesar de Mendoza, Millás o Merino, la autoficción (que yo también he practicado, y no lo niego) ha sido y es un modelo perfectamente útil para sublimar literariamente las aspiraciones liberales de los intelectuales y aspirantes a nuevos clercs. No solo eso: ha cumplido una eficaz labor solapando la visibilidad de ficciones sobre las diferencias sociales y los conflictos políticos en España y ha contribuido, por tanto, al perfil bajo de una literatura como la española de la democracia, muy indulgente con la oligarquía económica y pudorosa a la hora de ejercer la crítica o plantear polémicas ideológicas de alcance. Es decir, inversa en muchos sentidos a la literatura previa que los lectores españoles disfrutaron: la del boom, que marcó el tardofranquismo. Tampoco habría que olvidar, en ese sentido, la curiosa simetría entre boom y novela española de la democracia, y cómo el primero empezó como vanguardia estética y vanguardia política a la vez, a diferencia de la segunda, que ante todo ha sido vanguardia económica dentro de la estrategia neoliberal de colonización del mercado de lengua española por parte de algunos potentes grupos empresariales de capital español. En ese sentido, creo que en América Latina el puesto equivalente al de Autobiografía de Federico Sánchez lo ocuparía La tía Julia y el escribidor, no tanto por el sentido ideológico como por la autoconciencia del nuevo escritor profesional que sabe que ha entrado en otra fase de la tradición literaria continental. Y así, desde Varguitas quizá llegaríamos, aunque no sea por una relación directa e inmediata, a Arturo Belano o Emilio Renzi.
Mi conclusión es que, amparada y legitimada por una crítica cómplice incapaz de afirmar la desnudez del emperador, la autoficción ha supuesto y supone hoy un freno importante para la imaginación creadora y la sensibilidad social en la narrativa de lengua española, al tiempo que estimula la pereza y el mimetismo. Pero no es el único factor que ha contribuido, especialmente en países como España, al triunfo de lo que podríamos llamar una ficción blanda o débil frente a una ficción dura o fuerte.

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Estamos viendo que las autoficciones y los géneros autobiográficos están contribuyendo a desequilibrar el panorama narrativo desde lo ficconal hacia lo referencial, y ahí han contado con múltiples apoyos, empezando por las diversas modulaciones de la nueva novela histórica y las interferencias del periodismo. Ya el Modernismo descubrió el haz de posibilidades para el autor-cronista, y ahora habría que sumarle al autor-cronista de sí mismo, al autor-periodista y al autor-historiador. Incluso narradores contemporáneos muy imaginativos recurren a los hechos reales y a los personajes referenciales: Bolaño mete a Neruda y a Paz como personajes, Padura novela a Heredia o Trotski, Cueto a Vladimiro Montesinos, Volpi a Salinas de Gortari, Vargas Llosa a Trujillo o Roger Casement, Ospina a Pedro de Ursúa y Muñoz Molina al asesino de Luther King.
Por supuesto, podemos interpretarlo todo de manera inocente y aceptarlo sin más como parte de un panorama riquísimo y lleno de opciones para casi todos los gustos lectores. Esa parece ser la actitud más cómoda y acorde con la despolitización predominante. Pero también podemos recordar algo de marxismo y pensar en las condiciones materiales del trabajo literario hoy. No es la actitud habitual entre la crítica, sobre todo la española, a menudo forjada en la mediocridad y el vasallaje de sus universidades, de estilo feudal hasta hace muy poco. Pero el problema es seguramente más amplio y afecta también a la crítica académica incluso de Estados Unidos, tan responsable muchas veces de la tabla de valores dominante, sobre todo en lo que se refiere a la literatura latinoamericana. Hipertrofiada por su burocratización y su constante necesidad de producir papers, autodevorada constantemente por su necesidad de novedad y su narcisismo teórico, la crítica está contribuyendo también al desorden general mientras de paso se legitima como un grupo social cada vez más numeroso y al mismo tiempo más sometido a reglas de competencia capitalista.
Los ejemplos de sus caprichos son muchos, y van más allá del intento de canonización alternativa de una obra como Me llamo Rigoberto Menchú, que parece felizmente superado. La forma con la que la crítica -tanto de aquí como de allá- tiende a lavar su mala conciencia política al tiempo que prospera económicamente va desde las múltiples formas de los Cultural Studies hasta la habitual benevolencia con la que se juzgan géneros como el policial, viendo la botella medio llena de la crítica social y obviando la botella medio vacía del evidente sentido comercial de un género que sigue siendo muy vendido y por tanto muy útil para las necesidades de solidez económica del escritor. Pero la crítica también está siendo responsable desde hace bastante tiempo de la conversión en modelo de un tipo de ficción cuya blandura es cada vez más notoria y que sin duda guarda mucha vinculación estratégica con la egoliteratura: me refiero a la metaliteratura. Otra ficción blanda que esa crítica autocomplaciente nos hace pasar por ficción dura.
No se me ocurrirá aquí criticar la grandeza evidente de autores como Sergio Pitol, Roberto Bolaño, Ricardo Piglia o Enrique Vila-Matas, que respeto y admiro sin vacilaciones (salvo por cierta anarquía del chileno). Los cuatro no son ya autores minoritarios, porque se leen mucho, pero son autores cotizadísimos entre sus pares (los escritores) y sobre todo entre la crítica académica, que valora especialmente los componentes metaliterarios o culturalistas de sus ficciones: sus toques borgeanos, sus revisiones canónicas o anticanónicas, sus homenajes, sus parodias y los híbridos resultantes entre unos y otras, sus tendencias a tematizar la lectura y convertirla en nutriente fundamental de sus obras a base de subtextos o hipotextos o intertextos. 
Evidentemente, el dominio de la tradición y la capacidad para reinventarla de forma creativa pueden ser valores literarios y siempre dispondremos de un aval cervantino para justificarlo, pero me pregunto si esa estrategia no corre el riesgo hoy de automatizarse y volverse previsible, lo que en cierto modo sería la negación de su misma naturaleza estética para convertirse en algo muy distinto: un producto pensado para satisfacer una demanda previa. ¿Demanda de quién? De los propios críticos e investigadores, por supuesto, que, necesitados de legitimación y de discurso rápido y efectivo, disfrutan especialmente siguiendo las miguitas de pan que los autores ponen en sus obras para condicionar la lectura. De ese modo, la clase intelectual ocuparía una posición perfectamente simétrica al público de best sellers, y ambos tendrían garantizada su comodidad lectora y su sistema de valores, evitando cualquier conflicto entre las dos esferas. Los profesores leerían sus novelas pedantes para sentirse contentos y sentir que la Cultura no ha muerto, y el público masivo de la sociedad del ocio disfrutaría con el entretenimiento de los superventas. Todos contentos, en cierto sentido. Pero no: no todos estamos contentos.
Más de una vez he discutido con colegas del gremio (de diferentes países) que se solazan con el acertijo metaliterario, las metáforas archivísticas y los rayos X del palimpsesto, y que encuentran ahí la perfecta satisfacción de sus necesidades como público lector y a la vez constructor de cánones. Esa clase letrada se habla a sí misma perfectamente con esa literatura, lo que cierra el círculo del conformismo y la vanidad: somos cultos porque encontramos todas las pistas del autor y por eso nuestra vida de lectores tiene un sentido.
Insisto en que todo es muy respetable, pero me parece que quizá la crítica (o buena parte de ella) debería replantearse alguna vez su misión y sus valores, y salir de la burbuja de un conformismo no exento de privilegios económicos en el que apenas hay término medio entre el redentorismo grotesco de algunos mandarines que presumen de cambiar el mundo con sus abstrusos ensayos aparentemente políticos y la tibieza con la que otros mandarines más tímidos han banalizado la pesquisa crítica para convertirla en el parque temático de los iniciados. Incapaces de problematizar seriamente la relación entre texto y sociedad (porque eso significaría, entre otras cosas, replantear sus privilegios y volverse humildes), muchos lectores sofisticados han elegido como moral de la forma literaria la que más se adecua a sus intereses inmediatos, evitando el riesgo que implica tomar posición en el seno de la institución para preguntarse de veras qué es hoy la crítica literaria desde un punto de vista social. 
Además, en esa glorificación de la ortodoxia metaliteraria es donde, al menos en el ámbito hispánico, percibo una mala digestión de Borges, o al menos una lectura muy parcial, en la que se olvida demasiado rápidamente la defensa que el autor de El Aleph hacía del artificio literario, y en particular de lo que llamó los “ejercicios de imaginación razonada” (véase el prólogo a La invención de Morel). Se habla hasta la saciedad del potencial filosófico de la obra borgeana, pero parece haberse olvidado su defensa del elemental placer narrativo (por ejemplo, de Las mil y una noches). Y ese placer narrativo tiene un componente técnico que el desprecio por el caduco estructuralismo y la hipocresía de muchos estudios culturales han llevado a un segundo plano, para mayor comodidad de una crítica que se aburre con el microscopio de la prosaica narratología pero que disfruta en cambio con los laberintos entre textos y con las demostraciones de buena conciencia frente a los problemas del mundo.
Sí, hablo de técnica, de eso tan olvidado hoy que es el virtuosismo narrativo, que puede ser una simple ilusión pero que en cualquier caso hemos perdido en favor de un todo vale aparentemente revolucionario y liberador. Hablo de imaginación -sí, imaginación- sometida a las reglas de la construcción narrativa (voz y perspectiva, sobre todo); hablo de mundos posibles, de capacidad demiúrgica; hablo de enfatizar al personaje como sistema de rasgos y como ideólogo, hablo lo que Kundera llama "egos experimentales", es decir, de personajes nativos del mundo de ficción y no referenciales o históricos (que, no nos engañemos, son más fáciles); personajes nativos que triunfan o fracasan en la ficción porque el autor quiere transmitir una imagen del mundo crítica y no perderse en brumas posmodernas que le sirvan para no pronunciarse sobre los temas decisivos. Todo eso que podría ser la esencia del relato de ficción y que parece que algunos quieren sustituir por una nueva norma en la que o se lee literatura para el gusto de la sociedad secreta de los letraheridos o se acepta como literatura cualquier cosa al estilo del anuncio televisivo que hablaba de aceptar “pulpo” como animal de compañía.

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Pocas definiciones más hiperbólicas y románticas de la labor del novelista encontraremos que la del deicida vargasllosiano: el novelista como suplantador de Dios. El propio novelista peruano no utiliza ya esa imagen tan enfática (propia de sus tiempos más faulknerianos) y prefiere, por ejemplo, hablar de la verdad de las mentiras novelísticas. De cualquier modo, se trata de una defensa del valor único de la novela y de eso que he intentado llamar la ficción fuerte, y que el propio Vargas Llosa ha practicado habitualmente (aunque también haya practicado, como hemos visto, las ficciones contaminadas de hechos reales).
Ninguna ficción es, por supuesto, completamente pura, y siempre está conectada de algún modo al mundo real (perdón por la perogrullada teórica). Pero el debilitamiento de la autonomía de la ficción tiene consecuencias en las que pocos parecen reparar, instalados en la permanente celebración de algunos mestizajes que son vistos como una especie de triunfo de la democracia: ese debilitamiento implica, ante todo, una pérdida de la fuerza para problematizar, desde la distancia, el mundo real; en otras palabras, para componer o construir un marco o un modelo que nos permita enfocar y quizás iluminar una parte de la complejísima realidad. Ya no digo toda la realidad, porque eso sonaría a ingenuidad metafísica de otra época. Pero tampoco veo claro que la ductilidad contemporánea haya supuesto un avance glorioso en algunas literaturas como la española. Por el contrario, si alguna conclusión puede darnos el sistema literario español actual (sobre todo en la narrativa) es que lleva décadas dominado por la falta de agresividad y de problematización; en definitiva, por una falta de comprensión de la literatura como acto de solidaridad histórica. Es más, parece que seguimos sin ver otro problema que no sea la Guerra Civil. Esa atrofia del espíritu crítico quizá explica el advenimiento del duro contexto sociopolítico actual, que nadie supo predecir y que hoy solo unos pocos se atreven a interpretar con independencia de criterio y valentía ideológica, más allá de las bataholas publicitarias y los mercadeos habituales de una sociedad de nuevos ricos que ha entrado en crisis sin entender por qué. Y no pensemos que el asunto se limita al caso español: desgraciadamente, el poder editorial peninsular puede acabar afectando directamente al sistema latinoamericano y contagiando las prioridades conservadoras y consumistas frente al riesgo crítico y la fuerza ideológica.
El mestizaje y lo fronterizo ya han cumplido seguramente su función transgresora y renovadora, pero hoy hay unas necesidades que son a la vez políticas y literarias y que a algunos nos han obligado a tomar partido claramente por eso tan anticuado que es separar la realidad de la ficción precisamente para que la segunda ayude a entender la primera. Si la literatura no preserva su poder exploratorio e imaginativo, si la fantasía se limita a parasitar textos ajenos, si el único personaje que podemos crear es el personaje-escritor o profesor, si olvidamos el sentido de la novela como hipótesis inquietante sobre el mundo, corremos el riesgo de acabar dañando la salud universal de la literatura en favor, por ejemplo, de las series de televisión, que casi siempre son productos de consumo perfectamente industrializados y no pocas veces alienantes. Y peor aún: podemos convertir la novela en un simple producto de consumo, que conduce directamente a un cierto tipo de modorra intelectual bastante cercano a la inconsciencia o la pusilanimidad que tanto interesa al poder (que sigue existiendo, aunque esté más y mejor disimulado que nunca).
El siglo XXI supone nuevos retos que ni Dostoievski ni Kafka ni Joyce (ni Calvino…) pudieron imaginar o prever. Vivimos en un mundo caótico saturado de ficciones, pero también de confusiones y de incertidumbres. Y por eso mismo no todas las ficciones funcionan igual, no estimulan de la misma manera la razón crítica, ni alertan sobre el retorno de los prejuicios. En el mundo de las nuevas tecnologías de la información, tal vez la novela sigue siendo un modo exclusivo y excepcional de informar a través precisamente de lo inverificable: el mundo creado por la imaginación.
Me parece que es un buen motivo para perseverar en la lucha.

domingo, 29 de abril de 2018


LITERATURAS EN CRUCE

(Este texto es un adelanto -en concreto, la introducción, aliviada aquí de notas- de mi próximo libro de crítica, Literaturas en cruce. Estudios sobre contactos literarios entre España y América Latina, que recoge trabajos publicados durante años junto a textos inéditos y que, si todo va bien, saldrá publicado en otoño en la editorial madrileña Verbum).

Si rebuscáramos en la extensísima casuística de relaciones literarias de todo signo entre escritores de ambos lados del océano con el objetivo de encontrar un ejemplo que fuera de alguna forma modélico, quizá nos quedaríamos con una historia fundamental y sobradamente estudiada y pormenorizada: la amistad entre Pablo Neruda y Federico García Lorca. Por supuesto, la elección no escapa del todo a la arbitrariedad, pero el modelo contiene mucho más aparte de los conocidos elementos legendarios y trágicos, y sobre todo puede funcionar como personificación de un determinado ideal de conexión literaria entre España y América Latina en un momento decisivo de modernización. La relevancia de las dos figuras contribuye a ello, pero también otros factores que configuran un preciso esquema posicional de ambos escritores en sus respectivas literaturas. Sin desdeñar la importancia de la amistad de Neruda con Alberti o Hernández, y otras tantas amistades que sin duda se pudieran señalar, la relación con García Lorca funciona de forma inmejorable –sin necesidad de entrar en ninguna candidez mitificadora- como fórmula de cooperación transatlántica e intercambio enriquecedor. Pero también funciona como apertura a un nuevo espacio de significados socioliterarios, un nuevo terreno de juego que es también otro sistema que ya no es exclusivamente ni español ni latinoamericano porque trasciende un determinado marco local y geopolítico y permite releer las posiciones de los escritores definiendo un repertorio común compartido de opciones y valores literarios, y perfilando asimismo lo que podríamos considerar, al fin y al cabo, un mercado común.
Por supuesto, la triste realidad del exilio político durante el siglo XX ha generado muchísimas complicidades biográficas (afectivas, editoriales, académicas, etc.) y ahí encontraríamos también todo tipo de modelos con efectos literarios (Ramon Vinyes y Gabriel García Márquez, por citar un ejemplo también muy conocido), pero quizá lo específico de Neruda y García Lorca es que fueron dos vectores de modernidad periférica que confluyeron y se fertilizaron mutuamente produciendo valor estético, y a la vez se proyectaron el uno en el campo del otro: Neruda en España y García Lorca en América Latina. Sin necesidad de tener en cuenta, por ejemplo, las implicaciones añadidas que el asesinato de García Lorca tuvo también para la cultura latinoamericana como conmoción histórica, lo que nos interesa resaltar aquí es esa condición de equilibrio más o menos logrado en lo que sería una mutua interferencia transatlántica. Es decir, estaríamos hablando de una relación que cumpliría un cierto sentido de simetría en términos culturales: un intercambio fluido de dos escritores de vanguardia de indudable trascendencia histórica, sin evidente hegemonía ni simbólica ni económica de un lado sobre el otro, sin aparentes connotaciones coloniales y con mutuo reconocimiento. Habría que preguntarse cuántas relaciones pueden ajustarse a este esquema antes y después; o más exactamente, cómo la desviación de este modelo hipotético nos puede servir para explicar por contraste muchos otros casos, hasta llegar al antimodelo, el de la incomunicación más o menos plena, por el cual determinados autores de importancia no consiguen o consiguen muy tardíamente algún reconocimiento al otro lado del océano.
Comparemos la relación entre Neruda y García Lorca, por ejemplo, con las relaciones transatlánticas centradas en torno a la figura también decisiva de otro chileno instalado en España, Roberto Bolaño, convertido desde finales de siglo XX en resorte de múltiples posibilidades de todo signo, textuales y extratextuales, que van desde su inclusión como personaje secundario en Soldados de Salamina hasta su inserción en el campo literario español gracias a la imprescindible función avaladora (y en algún caso, casi co-autorial) que en su trayectoria cumplieron dos personalidades literarias con gran prestigio en España, el crítico Ignacio Echevarría, que durante algunos años fue quizá el árbitro más temido de la prensa literaria española, y, sobre todo, el editor Jorge Herralde. Bolaño, sin duda, es también otro éxito de una determinada construcción del espacio común transatlántico, tanto simbólico como económico: su propia literatura rentabiliza temáticamente la fluidez transatlántica y su consagración ha contribuido a unificar prioridades estéticas y tabla de valores a ambos lados del océano. Pero el intercambio tiene otras condiciones no homologables al caso Neruda-García Lorca: sí, España ayuda a la institucionalización de Bolaño y Bolaño ayuda al prestigio editorial español y, ciertamente, algo parecido sucedió con Neruda, pero García Lorca y Echevarría o Herralde son productores con una función socioliteraria muy diferente.
Más evidente es el problema de encontrar un modelo de referencia si pensamos en otros casos, como las relaciones contemporáneas entre el editor y escritor Juan Cruz y diversos escritores latinoamericanos, relaciones bastante documentadas en los proyectos memorialísticos del primero. El intercambio, en la mayoría de esos casos, funciona con unas reglas y unas criterios muy específicos: Cruz ofrece su agenda, su capital social y sus posibilidades editoriales a cambio de valores estéticos que forman parte de su repertorio de lector y que entran al mercado español más tarde o más temprano y de una forma u otra, sobre todo en la editorial Alfaguara. Sin necesidad de entrar en sanciones morales, parece claro que sobre todo en este caso hablamos de una relación muy lejana a la simetría de la relación Neruda-García Lorca. Se trata de un intercambio de elementos simbólicos por elementos económicos, de acuerdo con lógicas del mercado capitalista y específicamente de la incorporación de España a ese mercado internacional desde las últimas décadas del siglo XX, en directa competencia con los proyectos neoliberales latinoamericanos de la época, como los de México o Argentina.
Las variantes del intercambio son, desde luego, inagotables, pero la definición de las diferentes formas de asimetría a la hora de organizar redes entre España y América Latina podría servir para postular, siquiera heurísticamente, una serie de modelos de las posibles relaciones literarias transatlánticas, basados en las posiciones individuales de los escritores en contacto. Parece claro que, de hecho, la simetría sólo puede funcionar como abstracción o ideal, mientras que la asimetría es mucho más realista a la hora de describir la gradación de las relaciones entre la metrópoli y sus antiguas colonias. El principio asimétrico ayuda a comprender múltiples situaciones de ajuste y desajuste entre intereses a ambos lados del océano, desde la diferencia esencial forjada con la emancipación latinoamericana y la consolidación de sus sistemas nacionales. La descolonización es, de hecho, el punto de partida de toda una serie de dinámicas de proximidad y alejamiento, de fraternidad y competencia, y también de proyectos de renovación a veces completos y a veces accidentados o fragmentarios, como corresponde a modernidades que, en España al igual que en América Latina, han enfrentado contradicciones muy variadas y a veces muy frustrantes.
Pero es que, además, el juego simétrico tiene forzosamente un diseño más complejo de componentes y estratos, porque cualquier planteamiento del tema debe reconocer la existencia de dos heterogeneidades indispensables que también pueden reforzar (o no) las posibles simetrías: una, la latinoamericana, ya asumida por la crítica a partir de sus diversos subsistemas nacionales y regionales desde la teoría de Antonio Cornejo Polar, y otra, la española, en la que también funciona de forma relevante al menos un subsistema, cuyo centro sería sin duda Barcelona, donde, por cierto, en ocasiones se ha compartido con América Latina cierta retórica descolonizadora frente a los impulsos del poder hegemónico español (político o cultural) centrado en Madrid. No es un tema menor, desde luego. ¿Cómo, si no, interpretar datos específicos tan inusuales como la insólita traducción de Cien años de soledad realizada al catalán en 1970, y sobre la que hablaremos más adelante? La función concreta de esa traducción sólo se pude comprender aceptando un cruce complejo ni más ni menos que de tres sistemas literarios: catalán, español y latinoamericano, en un momento histórico específico (con García Márquez instalado en Barcelona). En ese sentido, no es difícil percibir que el espacio transatlántico –o transibérico- es mucho menos homogéneo de lo que pudiera pensarse, aunque precisamente en esa disipación de las fronteras es donde encontramos la enorme riqueza de las redes creadas y sus nuevos significados.
Afortunadamente, la preocupación por atender de forma crítica a la diversidad de fenómenos de comunicación literaria entre España y América Latina ha experimentado un notable crecimiento en las últimas décadas. Aunque no es nuestra intención hacer aquí un balance detallado de sus logros y sus retos, hay que recordar que la teoría de los estudios transatlánticos ha supuesto un importante avance en la atención a toda una serie de aspectos que escapan a las fronteras nacionales y que responden tanto al dinamismo de la interacción entre sistemas literarios como a las formas más o menos represivas con la que las instituciones culturales han ocultado, postergado o infravalorado textos y factores de acuerdo con una visión específica del concepto de literatura. Como recuerda Julio Ortega, los estudios transatlánticos toman en cuenta la diversidad de “geotextualidades” generadas por realidades mixtas y fluidas, e incluso tienen un valor político que les permite no acomplejarse ante el enorme prestigio académico de los estudios culturales, porque “responden a la violencia de los saberes institucionales de sanción y valoración” y cruzan fronteras “para abrir espacios de respiración y nuevas tramas de legibilidad”.
Ortega recuerda acertadamente que en el desarrollo de esa nueva preocupación transatlántica ha jugado también un papel importante la actitud por fin más receptiva por parte del mundo académico español, visible en el creciente interés por la cultura latinoamericana desde las universidades españolas, que contrasta (como veremos con ejemplos claros a lo largo de los siguientes capítulos) con algunas evidencias históricas que, desde luego, también forman parte del problema. En realidad, la incomprensión española hacia América Latina es un sustrato colonial y paternalista demasiado visible aún hoy, sobre todo en determinados medios de comunicación y en algunos discursos políticos manifiestamente reaccionarios. No se trata únicamente de datos como la celebración acrítica del 12 de octubre y el mantenimiento de la querella simbólica sobre la “leyenda negra”, sino de otras muchas conductas, como la manipulación sistemática que se ha llevado a cabo en los últimos años para desprestigiar en la esfera pública española algunos proyectos políticos latinoamericanos superficialmente catalogados como “populistas”. No es una actitud bidireccional, a pesar de los datos de signo inverso que se puedan encontrar: se trata de una evidente falta de autocrítica colonial que en España se suma demasiado a menudo a una simplificación antropológica y geográfica de América Latina.
Es cierto que estos aspectos extraliterarios parecen estar lejos de los procesos que aquí nos interesan prioritariamente, pero ningún análisis cultural puede desdeñar la importancia de la huella colonialista en la recepción de algunas producciones latinoamericanas en España durante el siglo XX, y en general no puede pasar por alto la dificultad de la metrópoli para asimilar desde muchas de sus instituciones la complejidad identitaria latinoamericana y reconocerle así un estatuto comparable a la española dentro un sistema común que reparta beneficios a ambos lados del océano. Pensar por ello en una conflictividad radical no resuelta –a pesar de los muchos y encomiables esfuerzos históricos ya realizados- como principio esencial de la relación entre España y América Latina quizá nos ayude a comprender las normas y las excepciones, y en general la lógica de la asimetría que ha marcado y marca aún hoy la relación panhispánica. Aunque la intervención española ha tenido en ocasiones consecuencias no sólo mercantiles sino también estéticas -sirvió, por poner ejemplos rápidos, para favorecer en su momento la consagración de Martín Fierro gracias a Unamuno y Menéndez Pelayo, o la de César Vallejo gracias a la edición española de Trilce-, y aunque ha habido diversos casos de críticos valiosamente instalados en un equilibrio transatlántico –pensemos, por poner un ejemplo vigente y veterano, en el crítico y poeta uruguayoaragonés Fernando Ainsa, por ejemplo-, también habría que recordar algunos accidentados ingresos de la crítica española al debate latinoamericano (como la polémica generada en los años cuarenta del siglo XX por el exiliado español Pedro Grases sobre las características generales de la novela hispanoamericana, que motivó las réplicas de críticos como Arturo Torres Rioseco, Enrique Anderson Imbert y José Antonio Portuondo).
Sea como sea, los estudios transatlánticos han encontrado un importante nicho de mercado académico aprovechando los muchísimos intersticios desatendidos por los historiadores hasta la fecha y toda una serie de textos marginados por su intrínseca flexibilidad o heterogeneidad, o por su irreductible perfil mixto o bidireccional. Con todo ello, sin duda se ha contribuido a superar en buena medida el aislamiento histórico de las dos orillas, lo que más allá de mensajes idílicos de orgullo cultural ayuda a la necesaria revisión de la infinidad de formas de contacto producidas hasta la fecha. Pero quizá habría que volver a pensar en las formas históricamente generadas por ese aislamiento para encontrar las reglas que explican las evidentes oscilaciones en el intercambio literario habidas en los últimos ciento veinte años. Y ahí es donde volvemos, inevitablemente, al tema menos feliz de las asimetrías y sus posibles síntomas neocoloniales.
Tal vez no sea necesario insistir en que la asimetría es, ante todo, demográfica, étnica y antropológica, pero estos rasgos constitutivos y empíricos -que impiden, como es obvio, la igualdad entre “España” y “América Latina” como sujetos- son solo una parte del diagnóstico. La asimetría demográfica no ha impedido algunas evidentes consecuencias literarias en términos, por ejemplo, de mercado y consumo lector. Hablaríamos de una asimetría editorial, porque el mercado de la edición ha funcionado históricamente de forma asimétrica a favor de las casas españolas salvo en las primeras décadas del franquismo, en las que la iniciativa y la vanguardia estaban al otro lado del océano (gracias en buena medida a la labor de editores españoles exiliados, como es sabido).
Sin embargo, también hay que apuntar que la hegemonía española no ha sido uniforme, aunque, sin duda, sus instituciones han aspirado más al control latinoamericano que a la inversa. Por poner ejemplos rápidos de los que más adelante hablaremos con más calma, el Instituto de Cultura Hispánica, la editorial Seix Barral y el grupo PRISA serían formas de aspiración a la hegemonía que no tienen correspondencia simétrica en el lado latinoamericano. A pesar de sus diferencias ideológicas bastante evidentes y del grado de éxito alcanzado en cada caso, han contribuido a proyectar hacia ultramar un discurso hispánico, y por ello podríamos detectar aquí otra asimetría, más de tipo institucional, por la cual la expansión económica e ideológica es históricamente más agresiva desde España hacia América Latina que al revés (salvo, quizá, la importancia expansiva y euforizante de la Revolución Cubana, aunque la entrada de los españoles en el proyecto cubano fue siempre menor que la de los latinoamericanos). Evidentemente, también ha habido intentos hispanizantes desde América Latina –quizá el más célebre, sin contar los homenajes a propósito de la Guerra Civil, sea Cantos de vida y esperanza- y no hay que olvidar la importancia en España de editoriales como Fondo de Cultura Económica, pero habría que insistir en la falta de reciprocidad de ese hispanismo con vocación expansiva.
Por esa vía llegaríamos a otro rasgo esencial de la diferencia entre sistemas: lo que podríamos llamar la “necesidad de autointerpretación”, que ha marcado básicamente desde Pedro Henríquez Ureña el discurso crítico latinoamericano, y que es muy poco conocida en España aún hoy salvo en círculos académicos. A ello que habría que oponer la escasa autointerpretación de la literatura española como sistema, sobre todo desde el punto de vista académico y filológico, lo que ha creado una imagen rígida de unidad cultural (a partir de la literatura áurea) que ha olvidado problemas y debates que también requieren apertura crítica, como, por ejemplo, el estatuto de la literatura catalana o la gallega en sus relaciones con la española.
Recordemos que la crítica latinoamericana llegó, con planteamientos como los de Roberto Fernández Retamar, a plantear la necesidad de una teoría propia de la literatura hispanoamericana; nada comparable, ni en lo bueno ni en lo malo, ha tenido lugar en España, ni siquiera en el caso de la literatura catalana –en catalán o en español-, cuyos dilemas identitarios pueden considerarse no resueltos. En ese sentido, qué duda cabe que el autoanálisis desde el lado latinoamericano ha sido, sobre todo en las últimas décadas, más intenso y fecundo que el producido en una España donde, por ejemplo, el canon literario se cuestiona o simplemente se interpreta de forma muy lenta.
Esta asimetría autorreflexiva, derivada en última instancia de problemas de identidad cultural, podría ser considerado también otro factor que ha favorecido el intento de consolidación de un concreto sistema transatlántico, con reglas que han sido fomentadas desde una España aparentemente homogénea y que han intentado proyectarse sobre el conjunto de los sistemas nacionales latinoamericanos, aprovechando que la intercomunicación entre estos ha sido fluctuante salvo en algunos periodos muy concretos (Modernismo y boom, por ejemplo). La ventaja de esa imagen de unidad española a la hora de organizar la conexión entre los propios países latinoamericanos ha sido un recurso estratégico sobre todo desde el punto de vista editorial y ha puesto de relieve, entre otras cosas, las dificultades políticas y económicas de la cohesión latinoamericana, dificultades que al final también tienen consecuencias literarias.
Todas estas son líneas de fuerza que explican muchos movimientos transatlánticos que constituyen el sistema literario común nacido seguramente con el Modernismo, en el que se planteó la primera vanguardia literaria entre escritores españoles y latinoamericanos bajo el liderazgo incuestionable de Rubén Darío. El famoso “retorno de los galeones” concebido por la crítica (Max Henríquez Ureña) para sintetizar la inversión del orden colonial que se produjo con la renovación modernista (y consagrar de paso la madurez literaria continental) creó, sin duda, una nueva narrativa de la historia de la relación transatlántica. Pero, siguiendo con el esquema metafórico, habría que pensar en las características de los siguientes viajes de los “galeones” y en cómo se han repartido las iniciativas tanto simbólicas como económicas entre ambos lados del océano. En ocasiones, como en el caso del boom, la iniciativa estética fue otro galeón latinoamericano, pero la mercantilización final del proceso se debió en gran medida a la entrada del sistema editorial español. Del mismo modo, en el final de siglo XX, la superioridad mercantil española supo rentabilizar la iniciativa estética de autores como Bolaño, y los “galeones” españoles han vuelto a “conquistar” el mercado latinoamericano.
Por motivos como estos, comprender la bilateralidad de la relación obliga a aceptar la larga pervivencia de desajustes económicos, políticos y culturales que siempre influyen en una inevitable situación de competencia. Cualquier escritor en posición transatlántica se ve influido en un sentido u otro por alguno de esos desajustes. Por ello quizá necesitemos más modelos de relación literaria transatlántica que ayuden al esfuerzo de categorización visibilizando los problemas, las contradicciones, y, por qué no decirlo, también los momentos de solidaridad y cooperación.
En ese sentido, valdría la pena volver al punto de partida, que necesariamente (a pesar de los casos de la presencia en España de Vicente Riva Palacio o Francisco A. de Icaza) debe ser Rubén Darío, como origen de una nueva actitud hispánica restablecedora de vínculos culturales y organizadora de una red literaria. Pero incluso en el caso de Rubén, las opciones son muchas y todas interesantes: desde la importancia de Juan Valera o la amistad con Juan Ramón Jiménez hasta la relación menos amable con Unamuno, pasando por otros muchos nombres de la fecunda experiencia dariana en España, el autor de Prosas profanas genera muchos modelos conductuales a cuál más curioso e interesante.
Sin embargo, hay una amistad crucial que en cierto modo podría servirnos de epítome de la complejidad de las relaciones literarias transatlánticas desde su origen: se trata de la amistad, también famosa, entre Rubén Darío y Marcelino Menéndez Pelayo. Hay rasgos muy singulares en ella que podrían convertir esa amistad en símbolo de alianzas y reencuentros, pero también de ajustes y desajustes, de compensaciones y descompensaciones; una fórmula muy lejana a la que supondrían, según nuestra búsqueda rápida de modelos, Neruda y García Lorca.
Entre esos rasgos hay múltiples formas de asimetría, pero seguramente en hay también un valioso sentido metafórico que explica más sobre la complejidad de las relaciones entre España y América Latina que la célebre metáfora de los galeones. Recordemos que Rubén conoce al maestro santanderino en su primer viaje a Madrid en 1892, concretamente en el hotel Las Cuatro Naciones, residencia habitual de Menéndez y Pelayo en Madrid, como apunta Noel Rivas Bravo en su reciente edición de España contemporánea (p. 325). Las palabras de Rubén dejan pocas dudas sobre la sincera admiración que profesó por el historiador, a quien compara ni más ni menos que con Erasmo: “Menéndez Pelayo está reconocido fundamentalmente como el cerebro más sólido de la España de este siglo; y en la historia de las letras humanas, pertenece a esa ilustre familia de sacerdotes de que han sido ornamento los Erasmos y los Lipsios” (ibid.).
Es especialmente significativa esa admiración teniendo en cuenta que se destina a alguien que encarnó unos valores españolistas sobradamente conocidos y que en ciertos aspectos (a pesar de que Rubén en ningún momento lo percibe así) podría ser la antítesis de los esfuerzos emancipadores y descolonizadores de la cultura latinoamericana. Aunque Rubén critica, como es sabido, determinados aspectos de la España que encuentra después de la guerra de Cuba, su balance no afecta a la talla intelectual de don Marcelino. Y conviene recordar que el mismo Menéndez Pelayo ultracatólico es, curiosamente, el autor de la primera historia con ambición generalizadora de la literatura hispanoamericana, su Historia de la poesía hispano-americana de 1911-1913, y que por tanto fue un importante legitimador de la literatura del otro lado del océano. La historiografía literaria latinoamericana no puede evitarle ese mérito al santanderino, que, curiosamente, ha sido el español que más ha influido en el canon literario del continente, a pesar de los muchos esfuerzos de compatriotas suyos después y por supuesto hoy.
Menéndez Pelayo también elogió a Rubén, como sabemos. A pesar de que evitaba deliberadamente incluir a poetas vivos, en la Antología de poetas hispano-americanos que precedió a la Historia de la poesía hispano-americana, ya Menéndez Pelayo le dedicaba un breve comentario sin mencionar su nombre, y lo completó en la versión de 1911: “de su copiosa producción, de sus innovaciones métricas y del influjo que hoy ejerce en la juventud intelectual de todos los países de lengua castellana, mucho tendrá que escribir el futuro historiador de nuestra lírica”. De ese modo, Rubén y Menéndez Pelayo forman una “extraña pareja” transatlántica, instalada en un cruce de caminos por los cuales transitarán mucho después tanto el americanismo más radicalmente orgulloso de su conciencia y sus logros culturales (visibles en un Ángel Rama, por ejemplo, también estudioso de Rubén y el Modernismo) como el peninsularismo más agreste y desdeñoso. Por tanto, si añadimos un suplemento más de imaginación metafórica, ¿acaso no es reveladora de muchas contradicciones la relación entre Rubén y Menéndez Pelayo, entre la América Latina que se está modernizando y la España castiza? Resumiría la vinculación entre dos proyectos difícilmente compatibles desde el punto de vista cultural y que además han cruzado a la larga sus esfuerzos de modernidad en más de una ocasión sin lograr, salvo parcialmente, el ideal modernizador. ¿Acaso, insistimos, no es polivalente y sugestiva la imagen del vínculo entre el primer gran exponente, tal vez, de la autonomía literaria latinoamericana y el que fue a su vez el primer exponente de la heteronomía por la cual la legitimación española ha seguido funcionando, mejor o peor, con más capacidad de control o menos, al otro lado del océano?
Rubén y Menéndez Pelayo frente a Neruda y García Lorca. Tal vez es posible empezar a leer de otra manera los cruces transatlánticos, y por eso hemos pretendido en estas páginas iniciales hacer esta tímida propuesta de relectura de ese espacio común de las literaturas de lengua española a partir de modelos duales que resuman de algún modo los problemas. En ese sentido, como hemos señalado, Neruda y García Lorca ejemplifican, probablemente, un cierto equilibrio entre los sistemas. Pero Rubén y Menéndez Pelayo personifican, a pesar de la indiscutible mutua generosidad con la que se trataron, desajustes radicales que quizá aún hoy no han sido resueltos entre poder metropolitano y aspiraciones latinoamericanas. Hay en la dialéctica que forman sus identidades tan disímiles una imagen mucho más duradera y aguda de lo que tal vez ambos lados del océano estarían dispuestos a admitir. En ese sentido, podrían componer otro modelo lleno de significado para comprender la complejidad de la relación entre España y América Latina.

domingo, 15 de abril de 2018



NOSTALGIA DE BUÑUEL

Sota, caballo y rey. Tenemos PokerStars y blackjack de sobras, pero estamos perdiendo el guiñote y el tute. Los chavales de hoy se jubilarán cobrando una miseria y no jugarán a las cartas, sino a la PlayStation. Los frikis, tan anglófilos ellos, no usan baraja española. Las cartas se mueren y la sota está triste. Ya nadie canta las cuarenta. Eso, en un país como España, es una pérdida real y metafórica. 
Sota, caballo y rey. No sé por qué, pero cuando imagino una partida de cartas españolas veo, alrededor de la mesa con el tapete verde, los rostros de mis abuelos, y en la pareja rival siempre uno tiene la cara de Buñuel. Poca gente ve sus películas; como si esa España cejijunta hubiera desaparecido con tanta cosmética. Cincuenta canales de televisión repiten a todas horas las películas de Marvel, o peor aún, las del detestable Steven Seagal, seguramente el peor actor del mundo. Pero nunca emiten El ángel exterminador, o Viridiana, o esa con título de tema eterno: Los olvidados. Los jóvenes de hoy se asustan con las películas en blanco y negro, que deben parecerles algo tan depresivo como el sexo de los padres, y Movistar gana dinero con eso. Buñuel les suena a medieval, como Chaplin, como Bergman, como Welles. Estamos perdiendo también esa batalla. 
Cómo cantabas las cuarenta, amigo Buñuel. A españoles, a mexicanos, a franceses, a quien fuera. ¿Quién hace algo así hoy? ¿García Ferreras? Esa capacidad de arriesgar, de molestar -con pocos recursos y sin la industria de Hollywood detrás-, eso sí es testosterona castiza, eso sí es españolidad de la que me gusta, de la que aún se podría salvar. Nunca envidiaré la condición de exiliado, pero sí la permanente lucha, la radicalidad depurada de toxinas dogmáticas, el compromiso vital con una idea agresiva del arte heredada de las vanguardias pero después madurada por sinsabores políticos y nutrientes ateos. Sí, Ford; sí, Kubrick, también; pero no hay por qué sentirse inferiores con Buñuel. No todas las verdades están en inglés.
Es cierto que Buñuel, como todo gran artista tenaz y explorador, fue desigual. Hoy quizá Christian Grey bostezaría ante Belle de jour, pero es que, visto con distancia, la sensual Catherine Denueve, en el fondo, no es tan importante como Lola Gaos. Entender eso es lo difícil: la polivalencia de un autor y la coherencia global de un proyecto, de una suma de hachazos a la conciencia. Una voluntad, en definitiva.
Sota, caballo y rey: al final hay una lógica y se llega a una conclusión inapelable. La España del garrotazo y la picaresca vuelve una y otra vez, por mucho que se intente blanquear. Hoy la encarnan los corruptos, los ignorantes y plagiarios, los franquistas que pugnan por salir del armario, los neocaciques de corbata y guante blanco, los inquisidores encubiertos. España no es una metafísica, es un error perpetuo, un cuerpo descoyuntado por la cojera permanente. Durante más de veinte años se nos vendió el cuento de hadas de la España posmoderna y europea, y se recurrió para ello al exorcismo neoliberal de demonios como Buñuel. Pero por debajo todo seguía podrido.
 Volvamos a la mala leche, a la mala uva. Oros, copas, espadas y bastos.

domingo, 1 de abril de 2018


NOVELAR CATALUÑA

En los últimos tiempos, a raíz de la publicación de La vida póstuma, varios amigos (incluidos algún crítico y algún colega profesor) me han preguntado si pienso escribir una novela sobre el procés independentista catalán. Es posible que tengan demasiada fe en mis posibilidades y sobre todo en mi capacidad de trabajo, pero de cualquier modo su curiosidad está justificada, dado mi interés político y personal sobre el tema, interés que se ha visto más de una vez en estas páginas. Pensando en la cuestión, me he dado cuenta de que ese podría ser además un excelente motivo para reflexionar públicamente sobre el repertorio de posibilidades del novelista, uno de los temas decisivos y sin embargo más opacos del quehacer novelístico, porque suele estar enturbiado por motivos diversos, que van desde el pudor hasta la superstición, pasando por la burda estrategia comercial y todo tipo de esoterismos románticos, metafísicos o visionarios.
Intentaré, por lo menos, que mis palabras parezcan sinceras y que no caigan en las típicas fenomenologías del proceso creativo. Vayamos por partes: ante todo, dejando de lado un posible psicoanálisis de la vocación literaria (que no me parece decisivo cuando se llega a una cierta madurez mental y profesional), hay siempre una prioridad digamos intencional, que, por lo que a mí respecta, tiene un cierto sentido ideológico, lo cual no significa panfletario (o eso intento). Por eso, los que creemos que la novela debe aspirar a una cierta solidaridad histórica y que, por tanto, por encima del placer hedonista del consumo hay una moral de la creación basada en el espíritu crítico, no podemos menos que sentirnos tentados por aportar una interpretación en clave de ficción a un proceso que, se mire como se mire, es excepcional, tanto en sus aspectos más grotescos (las desbandadas de algunos supuestos héroes, la toxicidad folclorista e irracionalista) como en sus aspectos más profundos (por ejemplo, la aporía a la que ha llegado el concepto de democracia liberal entre dos interpretaciones incompatibles, o la reflexión sobre las bases y límites de posibles transformaciones sociopolíticos de calado en el marco europeo, aparentemente estable e inmutable)
Es probable que el proceso independentista sea la convulsión de mayor magnitud política que me ha tocado vivir e interpretar. Desde luego, la más tediosa es, sin duda. El terrorismo vasco me ha resultado felizmente ajeno, y el 23-F yo era un niño que aún rezaba (muy poco después llegó mi apostasía oficiosa, que dura hasta hoy y seguramente durará hasta mi próxima visita al quirófano). El 15-M, por otra parte, es un fenómeno mucho menor como subversión o impugnación, a pesar del surgimiento posterior de Podemos. Hay, por supuesto, otras maneras más oblicuas o subterráneas de interpretar la realidad política de nuestro tiempo, y no cabe duda de hay fuerzas y conflictos hoy mucho más importantes en la geopolítica española, europea y mundial, pero no me veo con capacidad para recrearlas a través de la ficción y tampoco presumiré de poder conocerlas bien.
Todas mis novelas publicadas hasta la fecha han transcurrido parcial o totalmente en Barcelona, y de hecho mi actual work in progress -provisionalmente titulada El toque de queda- se sitúa asimismo en la Barcelona de hoy, por lo que un mínimo protocolo realista me llevaría a incluir algún tipo de alusión a una cuestión central del presente (¿puedo describir un barrio sin mencionar las esteladas?), aunque el diseño de la trama no se centre en esa polémica y en sus antagonismos. Tampoco se me escapa que el procés es, desde hace años, un gran negocio para bastantes, incluidos independentistas, unionistas y equidistantes (entre los que tal vez estuve yo y seguro que ya no estoy desde el 7-9-2017). Sant Jordi es el centro de todo un calendario de novedades en las que se incluyen los textos propagandistas de los clercs del procés y todo tipo de ensayos y análisis a menudo descaradamente oportunistas. El procés, como sabemos, ha supuesto una mina para algunos paniaguados en forma de intervenciones televisivas y libros, y de hecho no me sorprendería si Gabriel Rufián ganara el Planeta en un futuro no muy lejano; la vida da muchas vueltas, pero los que saben hacer negocio encuentran siempre su hueco. Sin duda, una novela sobre el procés, buena o mala, en catalán o en castellano, vendería en un próximo Sant Jordi, o en su defecto fuera de Cataluña. No me cabe duda de que ahora mismo más de un editor está examinando manuscritos y negociando posibilidades.  
Reconstruir el proceso a través de unos personajes representativos es, por tanto, una tentación legítima para un escritor que no ha accedido a un nivel alto de difusión como yo y busca estratégicamente llamar la atención de lectores y editores para garantizarse la viabilidad de proyectos posteriores creando ya una marca artística. Las preguntas que surgen son tres. ¿Puedo? ¿Quiero? ¿Debo?
La preceptiva implícita del arte de novelar, basada en el canon, desaconseja acercarse tanto a la actualidad como lo hace el periodismo. Una prudente distancia aumenta la perspectiva y permite en el escritor evitar el riesgo del partidismo o la militancia. Por eso Aramburu pudo triunfar con Patria y sin embargo a Julio Medem lo masacraron con La pelota vasca. Además, en el caso catalán parece difícil vislumbrar un final inmediato, por lo que cualquier balance actual corre el riesgo de quedar obsoleto en apenas un mes. La tenacidad fanática del sector independentista acumula agravios y resentimientos manteniendo un nivel de ansiedad alto que impida el desánimo de sus bases, lo que garantiza la continuidad del conflicto. Es cierto que como conflicto, le falta sentido trágico –por suerte, quiero aclarar-, pero el futuro apunta a una posible ulsterización de la sociedad catalana. En ese sentido, es posible que lo peor esté por llegar. Imaginarlo a través de una ficción profética podría ser una opción, pero dudo mucho que alguien se atreva. Ni siquiera los escritores castellanohablantes de Cataluña (Pérez Andújar, por ejemplo; y esto me lleva a otra pregunta que dejo aquí: ¿hablarán algún día los historiadores de la literatura de una “generación 155”?).
Otra posibilidad sería escoger con astucia un día central del proceso que condense el conflicto, y, al menos hasta hoy, ese día seguramente sería el 1 de octubre. Pero ya el independentismo se está encargando de semantizar ese día para convertirlo en epopeya, sin entender que el éxito (gracias a la torpeza del inefable Zoido) provocó el impulso insensato que finalmente llevó al vértigo suicida de los días posteriores por parte de unos dirigentes desbordados por un proyecto inviable pero temerosos de decepcionar a sus masas. Es decir, que ese éxito ha acabado conduciendo a los héroes a la desobediencia y finalmente a la cárcel. Por eso mismo, parece difícil, aun utilizando una perspectiva más amplia y menos épica y tratando de explicar la embriaguez política del patriotismo, evitar que un replanteamiento novelesco del fenómeno refuerce el mito fundacional que va a ser utilizado cansinamente a efectos propagandísticos.
Otra opción diferente sería rebuscar en las raíces del conflicto y tratar de entenderlo a través de la ficción. Por supuesto, aquí también los riesgos ideológicos son muy altos, sobre todo si la polifonía del texto queda dañada por la previsibilidad de las voces y de las funciones actanciales de los personajes (buenos y malos, víctimas y verdugos, para ser más claros). Imaginemos, a modo de juego, un posible esquema de dramatis personae: el charnego de izquierdas que ha acabado votando a Ciudadanos porque siente que él había cumplido con el pacto social del respeto mutuo y la coexistencia y que ahora los independentistas están rompiendo ese pacto; el inmigrante codicioso, que funciona mentalmente como muchos chicanos que votaron a Trump, y que, resentido por la crisis, ha sido abducido por los cuentos chinos de los agravios económicos y el sueño delirante de una Cataluña con el nivel de vida de Dinamarca; la cateta de la Cataluña rural que ni ha pisado Madrid y que vive un ensueño de pacifismo y veganismo naïf al tiempo que se extasía besando la Moreneta; el exconvergente que está harto de Madrit y que entiende todo el problema a base de símiles futbolísticos: diStéfano, Guruceta, Cruyff, Figo y finalmente Guardiola, el Mesías; el antiguo comunista o anarquista que, desorientado, encuentra ahora una utopía que cree a su alcance antes de aburguesarse como en el fondo desea; el escritorcillo o la escritorcilla que sueña con un campo literario autónomo y monolingüe en el que poder destacar y ser profesional sin perder energías en autotraducirse; el españolista de clase alta al que le gusta la Cataluña liberal y emprendedora, pero que se llena de orgullo por ser español porque todavía se cree que España es un gran país y que el 12-1 a Malta reveló algo metafísico; el chino del bazar que no se entera de nada pero que vende a todos; el niñato que se ha educado con el Club Super3 como otros lo hicimos con Mazinger Z y no quiere escuchar el cuento de la Transición porque para él lo español es sustancialmente ajeno en lo vital y en los pocos libros que lee (solo trolea, lee tuits y whatsapps)…. Los metemos a todos en un barco como en Los premios de Cortázar y que fluya la novela, a ver cómo acaban.
Ahora admito que estoy haciendo trampas y que oculto mis verdaderas intenciones. Lo que acabo de plantear huele a sátira, y esa es la opción que ahora mismo menos me interesa. Yo quisiera plantear en la novela una hipótesis sobre las contradicciones hoy desatadas en Cataluña, que revelan elementos más sutiles y por supuesto menos verificables: la heterogeneidad irresoluble de una España cada vez más descompuesta, esa especie de ingenuidad o sociomasoquismo que explica la obstinación independentista y su actual fracaso, y sobre todo el complejo marco mental de la desconexión, por el que se ha abierto una enorme brecha hispanófoba en casi la mitad de la sociedad. Es posible que la lengua sea la clave tanto de la hispanofobia como de la catalanofobia, lo cual complicaría aún más la posible novela (¿habría que hacer una novela bilingüe?). Pero es que quizá encontremos más si dilatamos el significado del conflicto. Me refiero a aspectos relativos a los riesgos actuales de la democracia en toda Europa: la inconsistencia de los sueños igualitarios entre territorios y el subsiguiente aumento del egoísmo, la apelación tenaz y casi mágica a la identidad en un mundo caótico y abrumador que exige un dinamismo constante, la proliferación de discursos simplificadores en una sociedad hipercomunicada y que por eso mismo acaba hiperventilando, y la supervivencia de problemas del pasado que demuestran los pies de barro de la democracia.
Revelar esas contradicciones de forma estéticamente eficaz se basaría, ante todo, en la elección del punto de vista del autor (entendido a la manera de Lotman o Uspenski, más que a la de Genette), que es el que articula la relación entre voces de personajes y narrador o narradores. A partir de ahí, cabría la posibilidad de plantear, creo yo, una visión compleja que sea fiel a la complejidad del problema. ¿Me atreveré a intentarlo? Perdón, pero no voy a decir nada más. Eso ya forma parte del secreto profesional.