domingo, 26 de junio de 2016

CIERRE (POR DESCANSO DEL PERSONAL)


Después de seis meses de prueba, llega el momento de reflexionar y de darle un reposo a este blog, y la casualidad o una traición inconsciente han hecho que coincida ese momento con una fecha tan importante para España como es la de hoy. Habrá tiempo de comentar con calma los resultados y las perspectivas; porque –lo adelanto- es seguro que volveré en septiembre.
Estos meses de debut bloguero han sido de tanteos y de consolidación de unas pautas, que, para bien o para mal, espero mantener el futuro y que se resumen en tres prioridades: evitar el amontonamiento de entradas peregrinas y narcisistas que abusen de la paciencia lectora; escapar, salvo excepciones, de la adicción frenética a la actualidad y a la novedad en todos los órdenes (incluido el literario); y no incurrir en la invectiva grosera y el sarcasmo de brocha gorda que tanto abundan hoy en la red. La intención es continuar así en septiembre, añadiendo algún posible experimento, como podría ser la publicación aquí por entregas de una nueva novela, que es una idea que hace tiempo que me seduce.

Hasta entonces, saludos a todos (especialmente, a los misteriosos lectores que han llegado a este blog desde Luxemburgo o Israel) y feliz verano. En la medida de lo posible, claro.

domingo, 19 de junio de 2016

¿QUÉ HACER?

La primera tentación a la hora de hablar del horizonte político español es recurrir a la clásica fatalidad, porque hay tantos motivos para la crítica y la decepción que al final todos se amazacotan en un pesimismo metafísico y castizo: como tantas veces y de tantas maneras se ha dicho, España no tiene solución. Y Cataluña tampoco, por cierto. El debate televisivo del pasado domingo (cosmético, monológico, falsario) confirmaría nuestra ubicación real fuera del GPS: estamos sencillamente en un laberinto y todas las posibles salidas son engañosas y taimadas.
El ciego optimismo histórico de nuestra europeización en estos treinta y cuatro años (¿alguien se acuerda ahora de los que protestaban contra el Tratado de Maastricht?) ha dado paso a la profunda desilusión de descubrir que estamos en un posición vulnerable, a medio camino de todo, en la parte pobre del club de los ricos, desorientados por la boba esperanza de un progreso y una abundancia ilimitados y la triste realidad de que no se puede escapar al dominio de la implacable tecnocracia económica, porque las cuentas no salen: la masa salarial no crecerá más ni que sea lentamente, como tampoco el gasto social. Es la socialdemocracia encarnada en el PSOE la que peor ha sabido asimilar los nuevos rumbos: seducida en su momento por los cantos de sirena liberales del crecimiento económico (la creación de riqueza que sustituyó al mito de la redistribución), se ha encontrado sin discurso genuino, estrangulada por su propio pragmatismo y por su exceso de empatía con las oligarquías económicas. Strauss-Kahn y tantos otros amigos del lujo y la opulencia (muchos de ellos españoles) han debilitado enormemente el prestigio moral de esa socialdemocracia que aspiraba, ni más ni menos, que a humanizar el capitalismo. Cuánta ingenuidad. O mala fe.
En España, la socialdemocracia resucitó en 2004 gracias a la vehemencia del impulso antiaznarista, pero Rodríguez Zapatero dilapidó todo su capital político en la segunda legislatura, con decisiones gravísimas, como la traicionera reforma del artículo 135 de la Constitución, error histórico que pagará el socialismo español durante muchos años, y que además merece pagar. A partir de ahí, el derrumbe (la “pasokización”) parece imparable, hasta el punto de que Podemos, en otra de sus metamorfosis tacticistas, le está arrebatando delante de las narices y con insultante facilidad las credenciales socialdemócratas.
Tampoco le ha ido muy bien el nuevo siglo a Izquierda Unida, después de más de veinte años ejerciendo la parte más visible pero a la vez la más ingrata de la resistencia política española. Su mejor destino, a corto plazo, es la supervivencia; objetivamente no le quedaba alternativa al pacto con Podemos. Es posible que haya pecado de inmovilismo y no haya sabido leer los nuevos tiempos, pero hay que recordar que Izquierda Unida se había esforzado no en ser el partido de los guapos y de la telegenia, sino el del debate teórico y la coherencia programática más allá de los encandilamientos del europeísmo codicioso e insolidario. Sin embargo, el juvenilismo tecnológico y lampiño está arrumbando lo que quedaba de comunismo, cosa que algún día lamentaremos. Pero ya sabemos que el mundo de hoy es el de La Sexta noche, no el de La clave.
De todos modos, hay que reconocer que el fenómeno Podemos tiene algo de milagroso. Que en sólo dos años de actividad política Pablo Iglesias pueda convertirse en presidente o al menos en alternativa real de poder es un objeto de estudio interesantísimo para politólogos. Entre otras cosas, el éxito demostraría que la democracia liberal no es del todo predecible, lo que admite una lectura positiva en países de baja calidad democrática, como España. En algunos aspectos, con todo, lo han tenido más fácil de lo que parece: el hartazgo social y la simplificación de los mensajes en la nueva sociedad audiovisual favorecen las soluciones mesiánicas (como han favorecido el independentismo catalán), pero es que además la descomposición moral del bipartidismo, cada vez más escaso de ejemplos cívicos y modelos convincentes de honestidad y compromiso, exige una ventilación inmediata de la clase política. A ello hay que añadir que Podemos ha sabido astutamente utilizar mecanismos de autocorrección: no sólo sus frecuentes giros programáticos, sino, y sobre todo, la eliminación de su perfil más agresivo y tosco, encarnado de forma clara por Juan Carlos Monedero.
Como experimento y desafío imprevisto, Podemos está, se diga lo que se diga, muy lejos de las extravagancias de Donald Trump, y de la misma manera está lejos del partido más radical del escenario político español, la monolítica y pintoresca CUP catalana, que sí se toma en serio el anticapitalismo, aunque lo mezcle con el hipernacionalismo. Podemos, en cambio, adolece de indefinición en muchos aspectos y esa ha sido una estrategia deliberada, para ampliar su espectro de votantes incluyendo todo tipo de indignados y desencantados. Pero esa estrategia también puede ser la tumba del partido a medio plazo. Su calculada ductilidad les ha permitido aglutinar una cierta unidad popular sin recurrir a la vieja conciencia de clase, pero habrá que ver qué bases teóricas (sobre todo en la relación con Europa y el capitalismo) garantizan la cohesión de sus votantes a partir de ahora. Ese es, sin duda, un punto débil claro, y que lo vayan resolviendo sobre la marcha los dirigentes sólo indica que quizá el modelo no sea el chavismo sino el siempre confuso y maleable peronismo argentino.
Es posible que tengan (como todos los partidos, de hecho) una agenda visible y otra agenda oculta; la visible sería la moderada y transversal, tan amable como sospechosa; la oculta sería la radical, centrada en su núcleo dirigente, del cual no sabemos hasta qué punto se mantienen las ideas antiliberales de hace algunos años. Sea como sea, cualquiera de las dos agendas es difícilmente viable dentro del contexto europeo, y les espera por tanto el mismo destino que a Varoufakis. Es evidente que el sueño de una Europa capitalista y paradisiaca se agrieta cada día más y muestra sus evidentes falacias, pero la verdadera transformación social no dejará de ser quimérica si la resistencia es tan ambivalente y fluctuante como en el caso de Podemos.

Lo mejor que le podría pasar a Podemos es, desde luego, no llegar al poder, sino quedarse como líderes de la oposición, manejando cuotas de poder local y autonómico. Pero eso puede significar la terrible consecuencia de que Rajoy, el hombre que no se sabe si sube o baja las escaleras, gobierne otros cuatro años, lo que ahora mismo no es descartable. Y es que, como acaba de demostrar el caso del Perú, que hace apenas dos semanas estuvo a punto de volver, por vías democráticas, a las tinieblas del fujimorismo, bajar la guardia  a la hora de votar sigue teniendo sus altos riesgos. Soy de los que cree que el nihilismo tiene casi siempre razón; pero en política procuro desmentirme a mí mismo.

domingo, 12 de junio de 2016

LA MEDALLA

La muerte de Muhammad Ali me ha hecho pensar de nuevo en la abusiva frecuencia con la que los medios deportivos, tan pobres en recursos retóricos, utilizan el adjetivo “mítico” (y no hablemos de los inacabables juegos de palabras con Crónica de una muerte anunciada, que avergonzarían al Gabo). En el caso de Ali, sin embargo, es menos exagerado que en otros. Si alguna figura del mundo del deporte se acerca, por su excepcionalidad, al arquetipo del héroe, seguramente sería el boxeador antes conocido como Cassius Clay. Tuvo significado político, como Jesse Owens, pero les distancia la enorme arrogancia –a veces estrafalaria, siempre orgullosa- del boxeador; del mismo modo, otros grandes deportistas más o menos coetáneos, como Mark Spitz, Kareem Abdul-Jabbar o Pelé, palidecen ante su carisma y ante su insuperable combinación de teatro y técnica. Puede que, de haber sido joven hoy, Ali estuviera atado por los contratos publicitarios y sólo se dedicara a anunciar natillas, hacerse fotos egocéntricas en Instagram y salir en programas como El hormiguero; sea como sea, Ali ha quedado como el protagonista de uno de los más interesantes relatos ofrecidos por el mundo del deporte hasta ahora, lejos de la trivialidad y la hueca idolatría que tanto abundan. Sería en cierto modo un Héroe, sí, de similar manera a como Nadia Comaneci sería la Princesa y Bobby Fischer encarnaría inmejorablemente al Genio o Brujo.
No soy aficionado al boxeo, en buena medida por invencibles reparos éticos, pero no me cuesta entender la fascinación que genera ese deporte. Aun así, mi curiosidad en ese ámbito se limita básicamente a Ali y nació por Norman Mailer; pero no por su libro, sino por su intervención en el estupendo documental When We Were Kings, centrado en el famosísimo combate de Kinshasa en 1974 contra George Foreman; un combate antológico que fue acompañado de días de juerga y concierto y en el que los devotos de Ali animaban a su campeón gritando sin descanso: “Ali, boma yé” (“Ali, mátalo”). Por razones de edad, no supe nada de esa pelea hasta muchos años después (creo que mi primer recuerdo impactante del mundo del deporte fue el accidente de Nikki Lauda; más exactamente, el rostro de Lauda). Descubrirlo fue, cómo decirlo, una sorpresa literaria: había un relato ahí, efectivamente, un buen relato incluso, con un significado dilatado que superaba todas las demás vacías e inanes crónicas de victorias y derrotas en cualquier deporte. Y desde entonces busco, desbrozando entre la medianía de los tópicos y el cortoplacismo de la noticia diaria, algún tipo de relato perdurable que pueda funcionar como síntesis de toda la polivalencia del deporte, que va desde la vacuidad y la impostura hasta ciertas dosis inhabituales de singularidad y abismo.
Aunque cada vez hay más novelas y películas sobre el deporte, la importancia social, económica e ideológica del tema, que es inmensa hoy, no se corresponde con la atención artística recibida. El desajuste quizá se explique porque el mundo del deporte tiene una importante dosis de infantilismo y cacarea demasiado esas categorías (“mito”, “tragedia, “épica”, “gesta”, “leyenda”), hasta acabar volviéndolas inútiles. O quizá sea porque la cultura del éxito y la competitividad es mucho más poderosa de lo que pensamos, aunque la desdeñemos con motivos “intelectuales”, y no es tan fácil atacarla, por lo que cualquier creador corre el riesgo de acabar glorificando los aspectos más banales, a modo de la típica película estadounidense sobre cómo el deporte enseña valores dentro del Sueño Americano.
Lo cierto es que he seguido muchos “duelos del siglo”, desde que Sebastian Coe y Steve Ovett a finales de los setenta pusieran de moda el medio fondo del atletismo. Aquél fue un duelo magnifico, que abrió el camino para la exaltación, a menudo hiperbólica, del antagonismo entre deportistas. Algunos perdedores de esos duelos han sido especialmente tiernos, como uno algo anterior, el ciclista Poulidor, paradigma de fracaso por sus catorce participaciones sin ganar el Tour de Francia y rozando ocho veces la victoria. Pero como perdedor literario, quizá le faltaba algo: esa pasión que curiosamente sí tenía su rival Anquetil, muerto de forma prematura.
A veces los antagonismos sí han tenido trascendencia objetiva, por ejemplo en un duelo fascinante y muy polémico, por sus connotaciones políticas, que fue el de Karpov y Kasparov en el Campeonato del Mundo de Ajedrez de 1984, enfrentamiento que puede ser leído hoy como otro de los signos que anunciaban el fin del comunismo. De hecho, hoy pocos recuerdan el enorme poder que el bloque comunista tenía sobre los deportes olímpicos, a pesar de Estados Unidos, como demuestra el hecho de que los mejores jugadores de la NBA no pudieran participar en los Juegos hasta 1992. La guerra fría deportiva, en la que algunos –lo admito- simpatizábamos demasiado con los soviéticos, deparó muchos momentos curiosos que quizá haya que revisar con calma algún día.
Por supuesto, el mundo del deporte tiene tragedias auténticas, como la muerte de Ayrton Senna, así como una infinidad de personajes desgarrados por adicciones y problemas, desde Sócrates hasta Maradona pasando por Marco Pantani. En realidad, sólo se trata de escarbar un poco para encontrar, por debajo de la apariencia del glamour y la euforia, la evidencia inapelable de la descomposición social y la magnitud de muchos tipos de fracaso. Pau Gasol pasa ahora como ejemplo de deportista ejemplar y probablemente haya que defenderlo, sobre todo viendo el grotesco espectáculo de los que aplauden a Messi a su llegada a los juzgados; pero también existe la antítesis perfecta de Gasol, uno de los jugadores con los que compartió su primer gran triunfo y del que hoy nadie se acuerda, aunque su historia sea objetivamente triste.
Aun así, son tantos los nombres, los datos y las posibilidades, que el repertorio se vuelve inabarcable y el consenso difícil. Quizá necesitemos algún criterio de selección; quizá deberíamos empezar por un valor absoluto, un grado máximo que sirva para orientarnos y clarificar todo ese caos. Tal vez necesitamos, como en los cuentos de hadas, un Enemigo. Y hay un candidato insuperable para encarnar a ese Enemigo.
Lance Armstrong. El Usurpador. El Falso Héroe.
La historia del deporte está llena de tramposos (muchos de ellos, seguramente, no los conocemos todavía), pero no se puede comparar, por ejemplo, a Ben Johnson (ojos grandes y tristes, origen pobretón, vulnerable en todo) con la soberbia sin límites de Armstrong, que, recordémoslo, soñaba con hacer carrera política en el partido republicano. La película de Stephen Frears, The Program, muy ceñida a todo lo probado judicialmente, presenta de forma convincente la inmensa hipocresía del vencedor del cáncer, aunque, seguramente por razones legales, no ahonda en la hipótesis psicológica de su vileza. No se trata de defender la consabida moralina sobre el fair play, que personalmente desdeño, porque el tema del dopaje está lleno de ambigüedades y confusiones; lo grave es que Armstrong, ante todo, significó una insólita sistematización de la prepotencia, un fraude colosal e ideológicamente pútrido que no tiene comparación en la historia del deporte.
Si digo que Armstrong me ha hecho perder varios cientos de horas delante del televisor y que me gustaría poder denunciarle por daños y perjuicios, seguramente mi sinceridad devaluará mi argumento, y algún lector incluso podrá pensar que me comporto con unos aberrantes niveles de odio comparables, por ejemplo, a los de aquellos aficionados del Barça hace años contra Luis Figo. 
Es posible; en realidad, mi único consuelo hoy es imaginar ese relato de héroes y falsos héroes y poner frente a frente, en un duelo imposible, a Ali y a Armstrong (lleno de EPO, para igualar el duelo). ¿Qué puedo adelantar de ese relato? Sólo sé algo seguro: que el Héroe vencerá y todo el pueblo gritará: “Ali, boma yé”. Yo también.

domingo, 5 de junio de 2016

LA CUARTA PERSONA DEL PLURAL

Una antología literaria puede parecerse a un museo y también a un vulgar escaparate de bulevar, pero, sea como sea, parece difícil negar su utilidad, siquiera para el juego de las polémicas, siempre tan ameno y estimulante en nuestro gremio. La de Vicente Luis Mora, La cuarta persona del plural. Antología de poesía española contemporánea (1978-2015), me ha resultado especialmente interesante y no tengo ninguna duda de que, ante todo, es oportuna, porque la superabundancia de la producción poética actual en España exige algún superlector que jerarquice y que por ello se ofrezca a ser inmolado como árbitro sobre el que se fijan todas las miradas. Tengo algunos reparos, y que me perdonen Eliot o Paz, ante la figura del “crítico practicante”, pero hay que reconocer que en la extensa introducción Mora se mortifica, incluso demasiado, a la hora de exponer sus criterios y de admitir los flancos débiles; ojalá toda la crítica literaria española fuera tan autoconsciente.
Por supuesto, la selección de poetas puede y debe ser cuestionada, pero yo tampoco escapo a la subjetividad: mi primera reflexión sobre la antología fue que mi hermano podría estar perfectamente incluido en ella. De cualquier modo, la poesía española contemporánea no es mi ámbito de trabajo y mi conocimiento de los poetas seleccionados es sin duda mejorable. Me limitaré, pudorosamente, a decir que la lista me parece justificada -lo cual es un mínimo bastante satisfactorio-, aunque en el caso de la cuota plurinacional (hay representantes de la poesía en catalán, gallego o euskera) temo que la evidente buena intención del antólogo no es del todo compatible con una visión sistémica de la literatura (serán o no serán naciones, y no me interesa discutirlo aquí, pero sí creo que son sistemas literarios diferentes, aunque estén interrelacionados de muchas maneras).
Me centraré, por tanto, en la introducción, en la que Mora se suma, con buenos argumentos, a una empresa que cada vez es más sólida, al amparo de los nuevos vientos políticos y sociológicos: el reajuste valorativo de la literatura española de la democracia. Es un tema al que en este blog he intentado prestarle bastante atención, por considerarlo una cuenta pendiente que seguimos pagando hoy en España y que explica cierta pobreza moral e intelectual de nuestro tiempo (así como la riqueza pecuniaria de algunos). Me alegra comprobar que, poco a poco, la estrategia antihegemónica empieza a extenderse y a consolidarse, y, aunque seguramente se sumarán advenedizos deseosos de ocupar la poltrona vacía, yo diría que estamos ya en condiciones de articular un relato alternativo que problematice la sospechosa y a veces infame connivencia entre poder y literatura que ha dominado en España desde 1982.
Mora defiende con orgullo a los poetas seleccionados, pero recuerda, con la misma razón, que la literatura española no tiene hoy ni un Pynchon ni un Coetzee (y yo añadiría que no tenemos ni siquiera un Houellebecq, y creo que nos haría falta). La literatura hegemónica en España desde hace tres décadas ha sido una literatura, como indica Mora, de “baja intensidad”; en poesía el daño ha sido quizá más profundo, al crear una enorme distancia, económica y simbólica, entre la ortodoxia y la multitud de periféricos. Una ortodoxia (“la poesía de la experiencia”, digámoslo claro) que incluye a ambivalentes y astutos “funcionarios antisistema” –así los llama Mora- y a poetas tan bohemios como aquél que fue capaz de comprar el millón de libros de una librería neoyorquina. Pero Mora pone además el dedo en la llaga sobre una cuestión bastante conocida en el boca-oreja del gremio pero que pocos se han atrevido a enunciar abiertamente: la complicidad entre esa poesía accesible y cómoda y las demandas de un tipo específico de lector, el profesor de literatura, particularmente de enseñanza secundaria. Aquí llegamos, desde luego, a un asunto crucial: la mediocridad, histórica y además creciente, de la enseñanza de la literatura en España, fomentada verticalmente desde el ámbito universitario y arraigada en los otros niveles educativos.
Cualquiera con un mínimo de apertura mental (es decir, que haya estudiado alguna vez fuera de España) sabe que se aprende más de literatura española con el Manual de literatura para caníbales, de Rafael Reig, que con toda la Historia y crítica de Francisco Rico, repertorio de telarañas carpetovetónicas y positivismo rancio. Mora hace una descripción bastante ajustada (e ingeniosa) acerca de cómo la sombra de una determinada filología (la de Lázaro Carreter, básicamente) ha atrofiado la capacidad analítica de muchísimos lectores que han acabado siendo maestros o profesores, lo que ha consolidado a su vez, circular y viciosamente, unas expectativas literarias cada vez menos autoexigentes. Por supuesto, el primer nivel de responsabilidad está en la universidad, donde la enseñanza de la literatura se define todavía hoy por un feudalismo intelectual y administrativo que ha postergado gravemente los avances de la teoría literaria y, en general, del pensamiento crítico, lo que tiene consecuencias más allá del consumo de tal o cual género literario (como se señala en este interesante artículo). De hecho, y esto no lo menciona Mora, a veces pienso que la específica vinculación que en España podemos encontrar entre lengua y literatura nacionales, heredada claramente del franquismo, todavía funciona, en 2016, como una especie de inconsciente cultural imperialista, que en buena medida ayudaría a explicar dos fenómenos: la autoindulgencia con el bajo nivel de conocimiento de otras lenguas, que sigue dejándonos en evidencia en cualquier aeropuerto del mundo (y en la mayoría de los cines españoles), y la especial irritación que en algunos sectores y algunas geografías produce la defensa (también a veces dogmática, cierto) que los catalanohablantes hacen de su lengua.
La debilidad de la enseñanza superior española, lastrada aún por la endogamia, el caciquismo rectoral y ahora también por la falta de recursos económicos, puede ser así otro factor que ha contribuido decisivamente a privilegiar esa literatura de ”perfil bajo”, al crear lectores y profesores también de perfil bajo y además una bibliografía consagratoria. Mora incide en ese aspecto de forma lúcida, y me parece que el tema queda abierto para continuaciones que son necesarias.
 Pero la introducción no se limita a este problema específicamente español, sino que plantea cuestiones de mayor alcance teórico, relativas al problema del canon, que es, por supuesto, esencial a la hora de entender y practicar cualquier antología. El asunto es, desde luego, muy complejo como para tratarlo aquí y no me avergüenza pasar por cobarde. Diré, eso sí, que Harold Bloom no es uno de mis ídolos; pero también diré que comparto la inquietud de muchos por la expansión de una espuria idea de democracia cultural basada en un igualitarismo inocentón que acaba siendo, se admita o no, cómplice de las nada democráticas tiranías del mercado.

Mora, voluntariosamente, se enfrenta (como han hecho otros ya en el mundo hispánico, y pienso ahora en Beatriz Sarlo) al verdadero problema literario de nuestro tiempo: el reto de replantear la necesidad de una tabla de valores que asuma cierta inmanencia estética objetivable sin por ello desdeñar los avances que han supuesto determinadas críticas al canon (por eurocéntrico, patriarcal, etc.). Para ello recurre a la categoría de excelencia, relectura del inveterado concepto de lo sublime apoyada en la objetividad de las estructuras literarias complejas. Aunque por momentos tienda a una abstracción excesiva y atemporal que entra en contradicción, creo yo, con el impulso social e histórico de su propia toma de posición como crítico (a la hora precisamente de criticar a autores e instituciones españolas), me parece que la propuesta, por muy discutible que sea, le otorga densidad y ambición a la antología, con lo que ésta adquiere otra innegable virtud: obliga a una respuesta extensa que esté al menos al mismo nivel reflexivo, lo que, desde luego, es mucho para esta reseña de hoy.

domingo, 29 de mayo de 2016

REALIDADES

Imaginemos que una pareja joven –española o no, de la mesocracia o del nuevo precariado, da igual- empieza a discutir porque uno de los dos descubre, después de un largo análisis de datos y pruebas, que el otro o la otra es inexplicablemente cicatero a la hora de poner “me gusta” en sus aportaciones en Facebook o YouTube. Lo hace, sí, pero no tanto como debiera. “¿Y qué le cuesta hacerlo? Sólo se trata de un clic”. La discusión sube de tono porque el problema es objetivamente poco importante, pero al mismo tiempo es revelador de algo. A partir de ahí, la relación se resquebraja irreversiblemente, agrietada por suspicacias interminables y rencores acumulativos.
Es un embrión de relato, que puede ser cómico o trágico dependiendo del grado de discusión y el nivel de vanidad. No lo voy a escribir –aviso-, pero el motivo para no hacerlo no es, desde luego, la inverosimilitud. Creo que el nivel de ansiedad privada por el reconocimiento en las redes sociales puede ser, efectivamente, patológico hoy mismo. Hay una historia ahí, como en tantos comportamientos desconcertantes, sin precedentes, incomparables, que nos ofrece el acelerado e invasivo mundo contemporáneo, con sus novedades y zozobras.
La fascinación por la nueva cotidianidad tecnológica puede crear, como pasó en algunos casos vanguardistas, una literatura efímera. Tal vez estemos en una situación similar hoy. Probablemente sea en la serie CSI donde esa ultratecnificación se hace más evidente hasta el punto de ser ella misma la necropsia de un mundo moralmente descompuesto pero a la vez infinitamente dinámico. La serie, desde luego, no es de mis preferidas; es argumentalmente previsible y mecánica, pero pocos productos culturales ofrecen, globalmente, una imagen tan abarcadora de la miríada de extravagancias que constituye el mundo de hoy en las sociedades, digamos, avanzadas (económicamente). Los guionistas de la serie han incorporado una admirable y riquísima casuística de parafilias sexuales, profesiones excéntricas, rituales sociales minoritarios, sutiles procedimientos técnicos y fetichismos culturales que en conjunto supone un inquietante mapa de las nuevas demandas sociales. ¿Será acaso un nuevo tipo de costumbrismo? ¿Un poscostumbrismo, pongamos, ya que parece que no podemos vivir sin algunos prefijos?
Aunque lleva quince temporadas y ha generado dos secuelas (una de ellas, la de Miami, mucho menos interesante en todos los sentidos), cabe esperar que la serie pase pronto a la pérdida de audiencia y de ahí al olvido, para que dejemos de ver tantas mesas de disección y tanta casquería. Pero, en cierto modo, la visibilidad que una serie como esa ha otorgado a todos esos nuevos códigos de la realidad no puede ser pasada por alto. En otro lugar reflexioné sobre cómo los repertorios amplísimos de conductas que ofrece la ficción televisiva proponen hoy retos para el novelista, para el lector y para el crítico. Han pasado algunos años de ese texto y en algunos aspectos creo que la situación ha cambiado para peor, como demuestra el penoso retorno de una serie que tuvo su encanto como fue Expediente X y que augura además lo peor para la continuación, seguramente infame, de Twin Peaks. Por ese motivo quizá los novelistas, que parecen hoy algo intimidados por el creciente poder de esas series, aún tengan más futuro de lo que parece: el abuso mercantil que produce alargamientos lánguidos de las tramas y la incapacidad para crear un auténtico marco final pueden propiciar la supervivencia de formas narrativas no seriales y no susceptibles de spoilers.
Pero para ello hay que saber jugar las batallas que se pueden ganar. No sé si la de la fantasía está ya perdida, pero estoy convencido de que hay esperanzas en otra: la del realismo. Puede que el realismo sea sólo una convención y que no tenga ya la ilusión ontológica con la que nació. Sin duda, tampoco tiene el esplendor político de otros tiempos (tiempos fanáticos, ciertamente), pero sigue siendo, cómo decirlo, un acto racional de solidaridad histórica. Ese tipo de cosas de las que no entiende alguien como Jerry Bruckheimer.
Encontrar la sinécdoque perfecta que de la realidad lleve a un realismo iluminador es, desde luego, algo bastante misterioso y seguramente inalcanzable para muchísimos aspirantes. No basta con fijarse simplemente en lo insólito, como ocurre con mi embrión de relato. Sin embargo, tal vez el mayor problema del realismo hoy no es ese, sino que, por decirlo en pocas palabras, resulta, en la sociedad del ocio, mayoritariamente aburrido. Ello explicaría no sólo el auge de algunas series televisivas, sino también, por ejemplo, la tentación del tremendismo literario. En un mercado tan lleno de opciones no es de extrañar que a veces se compita a base de tremendismo; seguramente Bret Easton Ellis y su American Psycho abrieron ese camino a principios de los noventa. Será por eso que abunda hoy lo que Borges llamaba “las pompas de la muerte”.

Sí, el realismo aburre. Lo que quizá haya que recordar, si somos honestos, es que la realidad del siglo XXI también es más aburrida de lo que parece, a pesar de CSI y de YouTube. Pensemos en esa coincidencia. Explorémosla.

domingo, 22 de mayo de 2016

NADA

Nada que contar, a pesar de las autoimposiciones. Tan simple como eso: nada que decir. El mundo sigue ancho, ajeno y urgente, exigiendo respuestas, contribuciones, compromisos sobre todos los temas. La realidad apremia e inunda. Las reacciones se agolpan compitiendo entre sí. La ansiedad (como la irritación) se cronifica.
Podría intentar decir cosas, seguro; pero no sé si podría vencer la irrelevancia, que es una fuerza que merece respeto, sobre todo en estos tiempos.
Podría hablar de política, como algunos me piden. Sobre Unidos Podemos, por ejemplo. Pero no quiero insistir en mi profecía: el desengaño, antes o después, está garantizado, tanto si ganan como si pierden. De todos modos, quizá logre sentir algo de esa ilusión ajena, aunque sea vicariamente.
Podría hablar de literatura; pero, para qué nos vamos a engañar, estoy en la parte mala de la ciclotimia literaria. La fatuidad, el declive, la impureza, me parecen evidentes, al menos hoy.
No abusaré más de la anáfora e intentaré pensar en positivo, aunque no tengo costumbre. Como ya sabemos que la inmediatez del mundo de hoy es adictiva, quizá sea el momento de intentar una modesta resistencia. Regodearse en la demora, convertir milagrosamente la pereza en un estímulo; deslizarse, con gozo y con calma, por alguna rendija que conduzca del agotador ruido al silencio.

Sí; ahora ya me está gustando esta entrada. Sobre todo por la etiqueta.

domingo, 15 de mayo de 2016

A VUELTAS CON LA HISTORIA Y LA LITERATURA

Por razones estrictamente académicas, estoy dedicándole tiempo a un autor bastante popular al que, sin embargo, apenas había prestado yo atención hasta ahora: el cubano Leonardo Padura. No me interesa más, desde luego, por haber obtenido el premio Princesa de Asturias, que invita a menudo a la desconfianza, como todos los premios monárquicos (Álvaro Mutis, conocido defensor de la institución monárquica, ganó el Príncipe de Asturias, el Reina Sofía y el Cervantes, y hubiera ganado el premio Corinna de haber existido). Debo decir que tampoco me interesa especialmente su aportación al género policiaco, aunque casi por unanimidad se considere original. Y es que entre mis opiniones artísticas más impopulares, hay dos en especial: mi desinterés casi absoluto por el jazz, tan útil en las reuniones sociales de intelectualillos, y la saturación con el género policiaco, cuya combinatoria (a pesar del propio Padura o de True detective) me parece agotada, y que para mí es hoy mucho menos polémico o agresivo políticamente de lo que la mercadotecnia literaria sugiere. No negaré la capacidad de seducción del género, que he sentido a menudo, como lector o como autor. Pero temo que la fascinación por el crimen como relieve de una sociedad que es cada vez más plana puede ser hoy la mejor maniobra de distracción para otro tipo de violencias menos evidentes y más difíciles de representar, sobre todo con vistas al mercado.
En realidad, lo que más me está interesando de Padura es su nuevo acercamiento, en El hombre que amaba a los perros (2009), a uno de los hechos políticos más interesantes y cardinales del siglo XX: el asesinato de Trotski. Aunque ya ha sido tratado muchas veces (pienso en la versión cómica de Cabrera Infante en Tres tristes tigres, en Semprún, en el documental Asaltar los cielos), parece que el mundo posutópico en el que vivimos permite sin problemas revitalizarlo otra vez más, sobre todo desde si se le aplica la perspectiva cubana, que supone una ampliación inapelable del desencanto fundamental.
Hay en ese crimen, y en su antagonismo básico, un fracaso tan colosal que incluso su remanente sigue siendo hoy inquietante y productivo; será, tal vez, por esa curiosa e irrepetible síntesis entre lo individual y lo colectivo, entre la singularidad psicológica y la decisiva encrucijada política, que convierte, de algún modo, ese relato empírico, es decir, real, en una historia con un insólito interés intrínseco. Ramón Mercader, de hecho, tiene esa específica reciedumbre como personaje que en nuestros días casi es más visible en la ficción televisiva que en la narrativa (¿el Doug Stamper de House of cards?).
Sin embargo, ahí es donde entran mis dudas, que nunca formularé desde un punto de vista académico porque forman parte de mi gusto totalmente subjetivo: no sé hasta qué punto la asombrosa verosimilitud con la que trabaja Padura es o no el mayor éxito de la novela. Por supuesto, Padura no se limita a hacer una doble biografía minuciosa y, al parecer, muy bien documentada, de Trotski y de Ramón Mercader, sino que incorpora una tercera perspectiva, cubana, más contemporánea y totalmente ficcional, que garantiza el sentido novelesco del conjunto, a través del tercer protagonista, el escritor fracasado Iván Cárdenas. Pero tal vez la imaginación ficcional queda sólo como corolario de la Historia “real” y verificable, lo que implicaría una cierta inferioridad de la ficción, cada vez más cercana a a su disolución y confundida por tanto ardid epistemológico. En otras palabras: el hecho real garantiza la suspensión de la incredulidad, que es quizá la parte más difícil del trabajo novelesco, y el añadido ficcional libera al texto del dogmatismo de cumplir con la “verdad de los hechos” y de arrogarse por tanto una responsabilidad excesiva. Algo parecido, diría yo, a las estrategias de Javier Cercas en Soldados de Salamina, publicada, por cierto, en la misma editorial. De ese modo, la hibridación funciona como escudo protector contra cualquier ataque, venga del lado de los historiadores o de los novelistas.

Lógicamente, un escritor puede elegir la fórmula que quiera y no aspiro a proponer recetas infalibles. Pero me interesan estas cuestiones porque atañen a algo decisivo para críticos y creadores: el repertorio de posibilidades del novelista en un momento determinado, un repertorio muy difícil de objetivar. Y eso me lleva a otra cuestión más personal: a lo mejor debo buscar un hecho real para relanzar mi alicaída carrera novelística. Y un hecho impactante y tremendo, a ser posible. O sea: nada de mi propia experiencia.

domingo, 8 de mayo de 2016


1986

Propuesta imposible de sinopsis para un episodio de esa curiosa (por lo absurdo, básicamente) serie titulada El Ministerio del Tiempo, que está gustando mucho a todos menos, creo, a los historiadores de verdad: “unos malvados agentes poscomunistas y anticapitalistas, resentidos con la evolución de la literatura española de la era democrática, quieren viajar a 1986 con el objetivo de impedir que Juan Benet redacte un manifiesto con firmas de intelectuales para pedir el voto afirmativo sobre la permanencia de España en la OTAN. En realidad, no sólo quieren que Felipe González pierda el referéndum y se vea obligado a dimitir, poniendo en peligro la modernización socialdemócrata del país: lo que intentan conseguir los oscuros agentes del Mal es reconducir la cultura española para evitar la concentración en torno al poder político y económico y mantener así una vanguardia intelectual y artística de tipo crítico. Creen que es la única manera de conseguir que la literatura española no claudique ante las exigencias cada vez más tentadoras de la economía de mercado. Los agentes del Ministerio tendrán que proteger a Benet, en especial, cuando trata de conseguir la decisiva firma de Rafael Sánchez Ferlosio”.
En realidad, los regresos al pasado y los bucles temporales que tanto nos ha vendido la cultura cinematográfica estadounidense y que ahora imitamos me resultan profundamente aburridos, pero admito que en alguna de mis novelas inéditas (léase fallidas) intenté, sin recursos fantásticos, situar un capítulo en 1986 con la intención clara de encontrar claves en ese año que compensaran la fascinación reiterativa y monótona por 1981 y el 23-F, de lo cual ya hablé en otra ocasión. Para muchos de nosotros, el referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN fue una cala decisiva de la educación político-sentimental. Aprendimos cómo funcionan las batallas propagandísticas en la era democrática y entendimos cómo el pragmatismo empezaba a convertirse en un nuevo marco cognitivo para el español medio deseoso de sentarse en el banquete europeo. Y, sobre todo, aprendimos a perder; porque desde entonces hemos perdido una y otra vez.
Retrospectivamente, podríamos ajustar cuentas con los compromisos adquiridos por los intelectuales y artistas en aquella ocasión fundamental, que supuso más riesgos para Felipe González que el mismo caso GAL, pero comprobar hoy los firmantes de los manifiestos a favor y en contra de la permanencia es un ejercicio curioso que puede deparar más de una sorpresa. Recordemos, por ejemplo, que el líder de la Plataforma Cívica para la Salida de España de la OTAN era ni más ni menos que Antonio Gala (antes de ganar el Planeta, por supuesto).
Es igualmente tentador comparar la actividad de los intelectuales en aquella ocasión con el “No a la guerra” en los años del aznarismo, al tratarse de dos movilizaciones muy visibles y con muchos nombres célebres involucrados. Pero creo que la de 1986 tiene mucha más trascendencia y tal vez ayuda a comprender algunas dominantes culturales de la democracia española. En 1986, los intelectuales anti-OTAN hicieron causa común con el Partido Comunista de España frente a la posición infiel del PSOE. La tremenda derrota de ese frente confirmó que el PCE era un barco que se hundía definitivamente y que había perdido toda la fuerza de atracción que tuvo durante el antifranquismo, por lo que se hizo evidente para muchos que había que buscar nuevas compañías.
No creo que haya prueba mejor de la intemperie en la que quedó la izquierda no socialdemócrata, ya sin liderazgo social, arrinconada por la mayoría absoluta del PSOE y su creciente poder cultural, un poder dedicado en buena medida a fomentar la amnesia colectiva y el europeísmo enfático. No se trata únicamente de la caída del comunismo como doctrina y programa, sino de algo más sutil y menos dogmático: de la devaluación de una específica idea de la cultura como vanguardia crítica e impugnación, como riesgo y problematización, y todo en favor de un nuevo pacto entre autores y público con la imprescindible mediación empresarial. El desprestigio del radicalismo político tuvo así su correlato en el desprestigio de la audacia propositiva sobre todo en literatura, de modo que se confirmara la ilusión de verdad del Welfare State y sus idolatrados consensos.
¿Cómo no relacionar ese declive de la cultura crítica en los ochenta con la progresiva y cada vez más abierta aceptación por parte de muchos escritores e intelectuales de las reglas del mercado y con la política de recompensas simbólicas y materiales que empezaron a recibir por parte de instituciones de todo tipo? El cambio de expectativas lectoras, potenciado por una industria cultural creciente y sabrosa y por la crítica cómplice, se legitimó con la coartada europeísta y generó una inflación de literatura con pretensiones posmodernas, ávida de sumarse al tren de la Historia ganando lectores y no perdiéndolos con textos problemáticos, amargos, indigestos o pesimistas. De Beltenebros, un crítico (y uno de los mejores) llegó a decir que sería la novela policíaca que Borges hubiera escrito de haberse dedicado a la novela. Y no hablemos de la fatuidad de inventos como la “Generación X”.
Se trató, en pocas palabras, de negar cualquier posible indicio de decadencia cultural y practicar al mismo tiempo la más clara homología: si el país y su economía progresaban, su literatura también debía hacerlo, y además anunciarlo de la manera más orgullosa, porque en esa literatura la nueva sociedad podía reconocerse a sí misma felizmente moderna y libre. Lo contrario sería, en cierto modo, ir en contra de la nueva lógica democrática, al desajustar la recién inaugurada y modélica sinergia entre ciudadanos libres, empresas, poder político y escritores. En la zona de nadie, resistiendo, quedaron Vázquez Montalbán, Juan Goytisolo y algunos pocos más (quizá algunos Soldados Desconocidos a los que no he leído y que están enterrados en el subsuelo del canon).
No quiero con ello decir, como hacen algunos casi siempre con seudónimo, que no haya obras valiosas en la literatura española de la democracia. Lo que siempre me ha preocupado es la tendencia centrípeta, homogeneizadora, conformista en último término, que, entre otros muchos efectos negativos, ha convertido la natural aspiración del escritor a la profesionalización en el modelo más respaldado y glorificado de comportamiento literario; esa tendencia tiene consecuencias evidentes sobre las que los críticos –mucho más que los lectores convencionales-, deberían reflexionar, manteniendo siempre la actitud vigilante y selectiva y conteniendo en la medida de lo posible la voracidad sin límites de las oligarquías, sean culturales o políticas o las dos cosas a la vez. Pero ese el gran déficit que seguimos arrastrando: no tanto la calidad de los textos en sí, como la pobreza del debate sobre los valores literarios. Un debate que en otras décadas fue vigoroso e incluso fanático, pero que en la España de la democracia ha sido esporádico, superficial y, por qué no decirlo, cobarde.

(Un planteamiento más extenso sobre éstas y otras cuestiones cercanas, aquí.)

viernes, 6 de mayo de 2016

MÁS DE LO MISMO (PERO PARA SER JUSTOS)

En mi última entrada critiqué la incorporación del intelectual mexicano Enrique Krauze a la lucha propagandística contra Pablo Iglesias y Podemos que están llevando a cabo, con escaso disimulo y menor elegancia, varios medios de comunicación españoles. Uno de mis argumentos fue que Krauze, como tantos otros, ve la inminencia del apocalipsis populista en España y es sin embargo indulgente con otros contextos políticos objetivamente más vulnerables hoy, como es el caso de México.
La falta de ponderación que imponen la rapidez y la brevedad de los nuevos medios tecnológicos de comunicación puede atrofiar el debate intelectual y no quiero, en la medida de lo que supone este humilde foro, caer en las tan abundantes y groseras simplificaciones de cualquier opinante de la red (o de la prensa) propenso a la caricatura y la descalificación sólo para conseguir seguidores y likes, y así subir su ego tecnocultural. Por eso, después de dudarlo, he roto mi promesa privado de sólo publicar los domingos y he decidido añadir una última nota sobre el tema.

No lo ha hecho, desde luego, para rebatirme a mí, pero lo cierto es que Krauze acaba de publicar esta misma semana un artículo en Letras libres diagnosticando la situación actual de México de un modo bastante diferente al de, pongamos, Fernando del Paso en el discurso del premio Cervantes. El balance no ofrece, en principio, nada nuevo: en mi opinión, Krauze sigue siendo indulgente con la precaria democracia del país y con la mayoría de su clase política dominante, y mantiene la dosis habitual de injustificado optimismo liberal, a partir de la idea de que el fin de la dictadura perfecta priísta en 2000 abrió el camino irreversible y ascendente de la democratización. Pasa por alto muchísimos aspectos, desde las polémicas elecciones de 2006 hasta la evidencia insoportable de la pobreza ya endémica y rutinaria de millones de habitantes. Pero el artículo, y esto me parece lo más importante, es un análisis largo y no precipitado, y posee un cierto equilibrio a la hora de reconocer y confrontar problemas; un equilibrio del que, desde luego, carecía su análisis sobre Iglesias. Por eso creo que es honesto por mi parte ofrecer su lectura desde aquí para que el discurso ajeno no quede comprimido ni manipulado, como tan a menudo se hace hoy, y para que sea viable, para cualquier lector, la confrontación abierta de posiciones; así evito –creo- hablar de Krauze como él habla de Iglesias, y, por tanto, evito incurrir en un error simétrico al suyo.

domingo, 1 de mayo de 2016

SIGUE ACTIVA LA ALERTA GENERAL

Y llegaron los refuerzos, en este caso fichados del extranjero: Enrique Krauze, el heredero de Octavio Paz, también conocido como el Montaigne de Anáhuac, se suma a la campaña contra Pablo Iglesias y Podemos. No deja de asombrarme el toque de reunión (en términos de mi colega y sin embargo amiga Claudia Gilman) de cierta intelectualidad hegemónica para defenderse de la terrible amenaza que supone alguien que aspira a ser presidente siendo profesor de universidad y que, como buen leninista totalitario, publica en New Left Review (publicar en El país o en Claves de razón práctica es otra cosa, ya lo sabemos, frente a los think-tanks de la izquierda, laboratorios de la opresión). Me asombra, sobre todo, por la torpeza: la reacción desaforada y mercenaria de algunos clercs de nuestro tiempo -muy similar a la de muchos informativos y editoriales de la prensa- no hace más que generar simpatía y votantes potenciales entre las nuevas generaciones, que pueden adolecer, seguramente, de ignorancia histórica y falta de sedimento cultural, pero que no son totalmente ciegos a la hora de percibir los privilegios de clase de los sedicentes intelectuales independientes (y aquí se me ocurre imitar a Gene Hackman en Sin perdón: “¿Independientes? ¿Independientes de qué?”).
Por razones personales y también académicas, soy especialmente sensible a las relaciones hispanomexicanas, y por eso reacciono con urticaria cuando veo la hipersensibilidad de alguien como Krauze frente a la venezolización fatal e inevitable de España en comparación con el paraíso mexicano, que, como sabemos, tanto avanza, cada día, en derechos humanos y democracia. Por supuesto, el gran problema de Iglesias es, para Krauze, su obsesión por la teoría: increíblemente, en el colmo de la soberbia intelectual, tiene una teoría y quiere llevarla a la práctica, lo que implica ingeniería social y, de manera inevitable, represión y a la larga exterminio. La alternativa es conformarnos con la praxis sin teoría de Rajoy o Peña Nieto, famosos por su sensibilidad lectora y la amplitud de sus referencias bibliográficas.
Admitamos sin paliativos el fracaso del actual experimento bolivariano, aunque resulte muy significativa la desmedida atención que Venezuela obtiene hoy en España teniendo en cuenta los escasísimos conocimientos que el 99% de la población española tiene sobre el país (a ver cuántos son capaces de decir, sin wikitrampas, quién gobernaba antes de Chávez, o dos escritores venezolanos de cualquier época). Pero los que tenemos cierta familiaridad con los debates intelectuales y culturales latinoamericanos sabemos que todo es algo más complejo de lo que parece desde la ignorante metrópoli, y que Laclau y compañía -referentes, al parecer, de Iglesias- no son fáciles de extrapolar a los contextos europeos. Pero es que además, la querella pública que se centra hoy en Iglesias tiene otras ramificaciones, menos importantes para el ciudadano medio, pero muy significativas para los que nos preocupamos, grosso modo, por la producción de cultura. Me refiero a la pelea sectorial en la que los intelectuales hegemónicos españoles o cofinanciados en España defienden su status quo ante la posibilidad de ser desplazados o, más sencillamente, ante el simple hecho de que su voz ya no tenga el eco de antes, por lo que convierten sus pseudoproblemas en una especie de amenaza global para el futuro de la Humanidad.
En la disputa por el monopolio del conocimiento (y su valor económico), en la que la universidad resiste hoy a duras penas y en la que, admitámoslo, comete muchos errores, el batallón intelectual lleva desde Zola intentando ganarse la poltrona. Es cierto que el bando intelectual ha sufrido durante el siglo XX importantes desgracias que no se pueden minimizar; pero llegó al siglo XXI con la ilusión de que la popperiana sociedad abierta les iba a conceder por fin el status de ensueño de nueva aristocracia dedicada a producir cultura y firmar libros. En España, la ilusión fue especialmente convincente: durante casi treinta años, el negocio cultural funcionó bien para unos cuantos, en crecimiento permanente, fomentando un optimismo histórico y una comodidad que parecía ilimitada. Sin embargo, ahora que por fin parecía todo encarrilado, aparece la sociedad digital y cualquier tontaina les quita las medallas (y el bolo televisivo) con sólo escribir 140 caracteres, sin una tilde. Por no hablar del pirateo. Frente a este fin de ciclo, algunos hacen palinodias poco creíbles (Muñoz Molina) y otros sufren escozores espectaculares (véase la reacción de Jon Juaristi al libro de Sánchez Cuenca).
Y en eso se presenta en escena alguien como Iglesias, que desata las alarmas de la celosa intelectualidad dominante. Alberto Garzón es inofensivo, en comparación, porque su techo electoral es clarísimo por su estigma comunista; Iglesias, en cambio, ha aprendido de los errores estratégicos de Julio Anguita y domina mucho mejor la comunicación masiva. Es tacticista como el que más y sabe debatir ante diversos niveles de público, incluidos esos intelectuales que siempre se creyeron guardianes de la dignidad crítica. Por eso, ante la posibilidad de que cautive a las nuevas generaciones de lectores y votantes, se vuelve necesario subir el nivel de la lucha propagandística echando mano de todos los recursos, incluidos los gladiadores intelectuales. 

No tengo ningún interés en defender a Iglesias ni a Podemos, que me parecen ambiguos y superficiales en muchos aspectos; lo que me interesa es reflexionar sobre cómo la sola posibilidad de que un profesor de universidad determine la política nacional ha desatado la reacción de toda la guardia de corps liberal. Los argumentos contra Iglesias y su círculo, más allá de las hipérboles leninistas o goebbelsianas, se resumen en dos: son demasiado académicos y tienen maquiavélicas estrategias planificadas para que triunfe el populismo(teoría de Krauze) y son académicos que proceden de la corrupta y degradada universidad española (argumento de Félix de Azúa en otro memorable texto).

Podría comprar los dos argumentos, desde luego. Pero tanta beligerancia contrasta fuertemente con años y años de letargo crítico hacia el poder en España. A ello hay que añadir que sorprende la sospechosa indulgencia con una clase política, la española no podemita, más propicia a la caricatura que a los posdoctorados. Será que son preferibles políticos que han estudiado en la escuela del partido toda la vida, como Susana Díaz. O quizá será que los intelectuales pueden influir y presionar mejor en esos políticos digamos menos eruditos
Por otro lado, asombra que aparezca por fin el debate sobre el bajo nivel de las universidades españolas y los riesgos de dejarse guiar por sus pontífices. ¿Ahora nos damos cuenta de que la universidad española es un nido de prevaricaciones disimuladas, clientelismos, enchufes, despilfarros en comilonas y pensamiento fosilizado? ¿Ahora, no antes, en los treinta años en los que han estado ahí el mismo Azúa, Juaristi, Savater, de Miguel y tantos otros, incluidos los mandarines de la crítica literaria? La universidad española es, en muchos sentidos, un desastre desde hace tiempo (desde fray Luis de León, si me apuran) y todos los que estamos dentro lo sabemos, aunque muchos no se atrevan a decirlo. Si empezamos a criticar el sistema universitario español y sus repercusiones aberrantes, me temo que Podemos no es prioritario, aunque sólo sea por antigüedad.
Insisto en que tengo bastantes objeciones a la estrategia y el ideario de Pablo Iglesias. Pero no puedo negar que me divierte el evidente reconcomio de una elite letrada que, oblicuamente, al advertirnos de la larvaria satrapía de Podemos, nos está revelando muchos de sus temores más íntimos, al tiempo que nos está informando de cómo ha funcionado el sistema de posiciones en el campo intelectual español durante las últimas décadas (para mí el año clave es 1986, con el referéndum de la OTAN, que enseñó a los intelectuales españoles cuál era el camino de la supervivencia). Habrá que ver si se produce finalmente el reajuste y llega el sorpassono sólo en el terreno político, sino también en el de la cultura, donde la batalla se ha recrudecido inesperadamente.


domingo, 24 de abril de 2016

MEMORIAL DE SANT JORDI

A mi amigo Wilson y a mí nos gusta deambular por Barcelona mientras discutimos acaloradamente sobre literatura y política (y también sobre amores, pero qué sabrá él de eso). Ayer nos excedimos con la discusión y acabamos, sin saber muy bien cómo, en un cementerio que no habíamos visto nunca antes. Era un cementerio enorme, casi palaciego, interminable, con calles y galerías que parecían repetirse en forma de laberinto; estaba lleno de nichos adornados con flores elegantes y retratos generosos. Encontramos, extrañamente, muchísimos visitantes ufanos y parlanchines, todos con aire de predicadores felices. Es decir, no había silencio, y yo diría que tampoco había luto ni respeto por la muerte.
Wilson no entendía nada.
-¿Qué día es hoy? ¿Es el Día de los Difuntos?
-No, Wilson, te equivocas.
-¿Es el desfile militar en honor a la Patria?
-Cerca, Wilson, pero no.
Caminamos con dificultad entre el gentío, pero eso, al menos, nos permitió detenernos a menudo para leer las lápidas. Conocíamos muchos de los nombres, que además se repetían.
-¿Por qué todo el mundo está tan contento? –insistió mi amigo.
-Creo que están hechizados. No les hagas caso. Rezan porque intentan llenarse de energía para todo el año. Es como el solsticio.
-Sácame de aquí. Empiezo a tener miedo. Hay algo extraño en sus ojos.
-¿No te gustan las rosas, Wilson?
-No… porque sé lo que significan. Lo que significan de verdad.
-No te pases de listo, Wilson. Seguro que hay muchos sabios por aquí.
Unos minutos después, yo mismo empecé a sentirme mareado, incapaz de encontrar alguna señal que indicara el camino de salida. La masa, mientras tanto, seguía en su éxtasis.

Tardamos mucho, pero finalmente logramos regresar a casa. Y hoy me he despertado curiosamente contento de que el día sea otra vez un día de mierda como todos los demás.

domingo, 10 de abril de 2016


MALAS NOTICIAS


Hoy, gracias a las nuevas tecnologías, padecemos un pregón permanente y omnipresente de noticias casi siempre inquietantes, conflictos recurrentes e irresolubles, obituarios que generan hipertrofia pública del duelo, memes de desigual ingenio y citas a menudo falsas que encandilan a los incautos. A eso habría que sumar los cada vez más habituales microfanatismos de series de televisión, deportes minoritarios o cualquier otro fetiche, y las reflexiones de todo tipo de expertos a la violeta con o sin acreditación oficial. Se supone que nunca hemos tenido tenido tanta información a nuestro alcance. Sin embargo, hace no mucho (yo lo recuerdo), en los tiempos del VHF y el UHF, los lunes no había prensa en España, salvo aquel folleto llamado Hoja del lunes.
Como estoy pasando una época de gerontocracia mental, propongo que fomentemos la nostalgia e imaginemos un mundo en el que, al menos los lunes, no tuviéramos que sufrir la mediocridad estética y moral de la prensa española. Qué pureza informativa, qué ventilación para la sabiduría. Buena parte de los problemas culturales y políticos de la España democrática se explican claramente por la bajísima calidad de sus massmedia principales, que además, en pleno cambio tecnológico y demográfico, están actuando a la desesperada, rebajando aún más sus estándares y renunciando a asumir dignamente lo que parece un interminable declive. En la sociedad audiovisual, titulares y destacados ya no pueden esconder su intrínseca tendenciosidad, y las estrategias mercantiles son cada vez más burdas ante la evidencia de las concentraciones empresariales y las conductas de mercenario.
Los nuevos periódicos digitales tendrán, seguramente, bastantes de los mismos defectos, entre otras cosas porque siguen muchos de los periodistas de antes, pero cabe la esperanza de que al menos la esfera pública se higienice un poco y se recupere algo del decoro deontológico y aun retórico. No se trata sólo del pasado añejamente nefasto de cabeceras como ABC y La vanguardia, que deberían replantearse, por su propio bien, su servicio de hemeroteca; a ello habría que sumar las delirantes portadas (de tebeo, o sea de TBO) de La razón, las negritas hirientes de los titulares de El periódico, la lobreguez cavernosa de El Mundo y, sobre todo, la soberbia sin fin de El país. La falsa foto de Hugo Chávez agonizante, el editorial conjunto de los periódicos catalanes después de la sentencia del Estatut, la lamentable portada de ABC sobre un presunto parricida y, en particular, la teoría de la conspiración del 11-M son algunos de los rápidos ejemplos que muestran la atrofia profunda que en España tienen los mitos liberales del periodismo combativo, riguroso e independiente. 
Mención especial merece El país en lo que me interesa, que es la literatura, porque sus implicaciones han sido muy superiores a las de otros periódicos, y porque su poder ha marcado notablemente las directrices en estas décadas, amparando y propiciando la cultura socialdemócrata y arrinconando cualquier tipo de pensamiento radical -no sólo político, sino también literario-. Si al ABC le importaba proteger los toros y las procesiones, El país optó por controlar la cultura de verdad como instrumento perfecto para llevar a cabo una reconversión cultural paralela a la reconversión industrial. En otras palabras: para sublimar la economía de mercado y legitimar un nuevo pacto entre autores, lectores y poder económico y político.
Juan Cruz, en sus memorias de Egos revueltos (inmejorable ejemplo acerca de cómo un factótum leal a la empresa genera capital social para la trayectoria de los escritores y para sí mismo), se indigna con la “manía persecutoria” que durante años ha habido contra el grupo PRISA, es decir, el holding compuesto, básicamente, por El país, la cadena SER y –entonces- la editorial Alfaguara. ¿Manía persecutoria? No, no todos somos como Pedro J. Ramírez o el exjuez Gómez de Liaño ni estamos en esas trincheras; algunos simplemente creemos que, por encima de la pataleta envidiosa, la cultura española de la democracia tiene que reescribir su relato dominante, que ha tratado de hacer pasar gatos oligárquicos por liebres geniales e internacionalmente valiosas. El traje nuevo del emperador, en la feliz expresión del crítico de arte Alberto López Cuenca.
Les propongo como juego que hagan un dibujo uniendo los diferentes puntos, que en este caso serían nombres importantes que abarcan la industria cultural, la producción literaria, el periodismo y el mundo académico: Juan Luis Cebrián, el mismo Juan Cruz, Francisco Rico, Javier Marías, el difunto Javier Pradera, Fernando Savater, Antonio Muñoz Molina, Almudena Grandes, Juan José Millás, Santos Juliá, Félix de Azúa, Antonio Elorza, Javier Cercas, José Carlos Mainer y Jordi Gracia. Como círculo de poder, no está nada mal, desde luego (y no incluyo a Vargas Llosa, el mismo que consagró a Cercas como escritor comprometido). Ya me gustaría a mí formar parte de esa red: hay que tener una buena red para poder tirarse al vacío. Ni siquiera son necesarios los famosos seis grados de separación para terminar el juego de los contactos: no pasan de dos grados. Cuando terminen el dibujo, les saldrá la cara de Juan March. Digo, de Jesús Polanco. O Jesús de Polanco, para los apologetas del libre mercado. Y el dibujo se convertirá en mapa con un poco de esfuerzo, si empezamos a incluir nombres aparentemente menos vinculados al periódico y su entorno, como Pérez-Reverte o los "poetas de la experiencia". Es el mapa de la literatura española de la democracia, en términos de ortodoxia literaria. No se trata, desde luego, del peor equipo intelectual de los posibles, sobre todo si lo comparamos con los núcleos de los diarios de la competencia, y hay que reconocer que es perfectamente legítimo defender a los amigos y cooperar con ellos; pero conviene alertar contra los peligros de ese darwinismo cultural según el cual los que triunfan son siempre los mejores (o los que mejor se adaptan).
Con todo, tampoco debemos caer en la conspiranoia anti-PRISA. El periódico aún ofrece momentos ricamente contradictorios: pienso en cómo coincide la promoción frecuente de Almodóvar con la presencia en las páginas del diario de uno de sus detractores más empecinados, el crítico Carlos Boyero. De hecho, hubo un momento (seguramente en los años ochenta) en el que el periódico, con su ombudsman y su libro de estilo, con su europeísmo y su cosmética moderna, parecía representar una especie de credencial primermundista: la del periódico “de referencia”, homologable a las cabeceras internacionales de prestigio y capaz de reunir firmas diversas que ilusionaban con la fantasía (la quimera, en realidad) de una cultura más intensamente democrática de lo que la tradición librepensadora española había ofrecido. Estaba José Luis de Vilallonga, sí, pero también el crítico de cine Ángel Fernández Santos o Manuel Vázquez Montalbán o Moncho Alpuente. No obstante, la llamada "guerra del fútbol" a mediados de los noventa empezó a mostrar inequívocamente la prioridad empresarial de todo el proyecto y a hacer evidentes algunas falacias.
En 1997, el poeta Jorge Riechmann publicaba su poemario El día que dejé de leer El país. Hoy, de forma casi tierna, el periódico se resiste a perder la hegemonía, pero por mucho que promocione a Ciudadanos y que Antonio Elorza machaque cada día a Pablo Iglesias, es evidente que no le llegan las fuerzas para repetir el aplastamiento mediático al que sometió a Julio Anguita en esos mismos años noventa, con la inestimable ayuda del troyano Partido Democrático de la Nueva Izquierda, de Cristina Almeida (a.k.a. Rosa Aguilar).
Da la impresión de que el cortafuegos empresarial de PRISA está lleno de agujeros y ha empezado, por fin, el ajuste de cuentas con una elite que ha gozado de enormes privilegios durante más de veinte años, moviendo a destajo capitales de todo tipo y autoasignándose medallas al mérito europeo. No todo merece el descrédito o la demolición, desde luego; pero una mínima reescritura objetiva obliga a ajustar de nuevo los valores y a depurar los hechos prescindiendo del autobombo sistemático de años de neoliberalismo disimulado de civismo socialdemócrata. Además, aunque parezca asombroso, el periódico y la cadena de radio todavía conservan un alto grado de credibilidad para cierta izquierda bienintencionada que, de tanto miedo a los medios de derecha, recurre a menudo a esas fuentes de información. 
El grupo crítico de la Cultura de la Transición, o CT, (Guillem Martínez, Amador Fernández-Savater y algunos otros del aparente sector duro literario, como Echevarría o Gopegui) empezó hace unos cuatro años la réplica, aunque parece precipitado y muy romántico sugerir, como hicieron ellos, que el 15-M es el acta de defunción de toda esa cultura. Ahora, el ensayo de Ignacio Sánchez-Cuenca La desfachatez intelectual se suma a la tarea de desmitificación, según leo en el interesante adelanto del libro.

Se ha abierto la veda y parece que por fin están débiles. Algunos dirán que es el momento de atacar. ¿Lo hago?

domingo, 3 de abril de 2016

¿UN NUEVO TRIUNFO DE LA SECTA DE LOS CIEGOS?


Poca gente habla hoy de Ernesto Sabato (sin tilde, según uno de sus caprichos). Tuvo su mejor momento literario en los años ochenta, sobre todo después de su labor como presidente de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas. Pero las nuevas generaciones argentinas (Rodrigo Fresán, por ejemplo) se burlan de él y, por lo que veo, casi nadie de menos de cuarenta años le toma en serio. O al menos no tan en serio como a él le gustaría. Una estudiante defendió una vez en mi clase que El túnel es poco más que una apología de la violencia de género, y, aunque me parece un juicio excesivamente extraestético, cabe la posibilidad de que la novela acabe pronto en el saco de la literatura patriarcal excluida de los temarios universitarios.
Sabato intentó ser posmoderno con Abaddón, el exterminador, pero lo cierto es que el siglo XXI no le está sentando bien. Como José Donoso, otro escritor con pretensiones martirológicas, está perdiendo comba con respecto a los que podrían ser sus homólogos –Rulfo, Onetti- y se está acercando peligrosamente a ser un nuevo Eduardo Mallea. ¿Por qué? Seguramente la respuesta no salvará ya a Sabato, pero a lo mejor nos ayudará a entender algunas prioridades literarias actuales. Sabato ha pasado de moda ante todo porque el metafisiqueo, como diría Cortázar, ya no interesa en la sociedad narcisista en la que vivimos y  en la que cada día, entre tantos signos que podemos interpretar, interesan menos cosas como el cine en blanco y negro. Además, a Dostoievski se le aplica hoy un filtro de Instagram y ya está; para todo lo demás, tenemos ídolos como Steve Jobs. El último romántico fue Roberto Bolaño, pero los bolañistas en realidad quieren puestos universitarios, adelantos sustanciosos, y, en todo caso, conocer el sufrimiento únicamente a través de una pantalla.
Pocos escritores más obsesionados con el sufrimiento, la trascendencia y lo absoluto (sea lo que sea eso) que Sabato, que en muchos sentidos es la perfecta antítesis de Borges, con quien tuvo una relación digamos que no muy buena, como tampoco la tuvo con Cortázar, a quien seguramente detestaba y al que ataca de forma bastante clara en Abaddón. De cualquier modo, Sabato ha caducado porque representa una literatura de consumo difícil, amargosa incluso cuando quiere ser optimista (y llega a ser beata, por momentos). Nada que ver con la literatura de aeropuerto que hoy en día domina sobre todo en España, sea en su versión castiza (Pérez-Reverte), en la filosófica-que-en-realidad-es-digresiva (Marías) o en la versión de “izquierdas” (Cercas o Grandes). Aunque, bien mirado, hace mucho que la literatura española adolece de escritores de la estirpe de Sabato, Donoso u Onetti: apenas tenemos las rarezas a menudo geniales de un Sánchez Ferlosio.
La historia de la literatura está llena de vaivenes entre la gloria y el olvido: son fascinantes desde el punto de vista del estudioso pero son inquietantes para los propios creadores, que pueden sentir que la inmortalidad es poco más que un pasaporte con fecha de caducidad que hay que renovar cada cierto tiempo. Muchos delirios de grandeza han quedado testimoniados en manifiestos, diarios y artículos y, por desgracia, aún funcionan como modelo romántico; debe de ser por eso que cuesta tanto hacer leer a Bourdieu a los estudiantes con pretensiones literarias. Lo peor es que la alternativa a ese trascendentalismo inocentón ha sido la rendición hacia el mercado. Sin embargo, qué entrañable candor el de un autor como Sabato, que sólo publicó tres novelas en vida. Compárese con Marías o Vila Matas. Otros tiempos, otros hábitos. O habitus.
Yo le dediqué muchos años de investigación a Sabato y llegué a familiarizarme con sus méritos y sus defectos. Sus últimos ensayos, publicados en los años noventa, fueron francamente mediocres y repetitivos, sobre todo teniendo en cuenta que toda su obra anterior ya pecaba de reiteraciones. Pero en medio de tanta nadería consumista y tanto adanismo bobalicón, su literatura, con todo y esos defectos, es todavía un subidón de pensamiento trágico.
En Abbadón el exterminador, Sabato, convertido metalépticamente en personaje literario paranoico, era perseguido por la Secta de los Ciegos, que es la responsable del triunfo del Mal en el mundo. Ahora podemos empezar a sospechar que la Secta tiene aún más recursos para conseguir sus terribles objetivos.

domingo, 27 de marzo de 2016

TESTIMONIO SOBRE LA COMPROBADA EXISTENCIA DE DARTH VADER


No sólo creo que existe; empiezo a pensar que es realmente invencible y que cualquier resistencia, como diría él mismo, es inútil. Darth Vader ya es más que un mito o una franquicia. Empieza a ser tan ubicuo como la mirada del GPS. Y es culpa de todos; también es culpa mía.
La cultura de bucle y reciclaje que está imponiendo la industria cinematográfica estadounidense, con sus precuelas, reboots y demás, ha dado un paso más hacia la lobotomía neokafkiana del ciudadano global. JJ Abrams es un peligro, efectivamente; y los cinéfilos que aún creían (¿pero por qué?) en Lawrence Kasdan deben reflexionar de forma muy seria. Abrams y Kasdan han creado un perfecto producto de supermercado, que aniquila cualquier concepto de riesgo creativo y no te deja ni siquiera servicio de atención al cliente. Pobre Lucas, por mucho dinero que haya ganado.
Ni siquiera me esforzaré en denostar con más argumentos el bodrio desechable de Star Wars VII; esa es una reacción perfectamente prevista por Disney. Ellos saben que hay un protocolo que consiste en volver a la pureza original para mantener vivo el bucle. No debemos ceder, por tanto.
Probablemente, la milicia intelectual y literaria que aún queda en el mundo decidirá, por consenso pero también por necesidad ansiolítica, que no hay que malgastar energías humanísticas en enfrentarse a ese tipo de enemigos. Que el novelista puede ser perfectamente ajeno porque su competición es otra. Que el alarmismo es, muchas veces, sólo es un efecto de la histeria del que siempre quiere ser el centro de atención. Y que perder el tiempo en esa hostilidad tiene algo de falta de fe en el camino elegido.
Puede ser, y así lo creía yo hasta ahora. Pero me parece que la tiranía numerocrática en la que vivimos, la homologación brutal entre lo masivo y lo (supuestamente) bueno, está anegando de forma irreversible la vieja cultura humanística dentro de la cultura del ocio y su albedrío liberal (que no libre). Sí, la cultura del ocio, aparentemente igualitaria y accesible, está ganando la batalla, aplastando con la fuerza del número y aprovechando, viralmente, la mala conciencia del humanista atormentado y autocrítico.
Pongamos que hay tres grandes bandos en la batalla de la cultura hoy: los liberales que creen que el mercado es, al final, la solución más democrática y que hay que aceptar sus reglas de juego, porque elige el ciudadano, aunque no nos guste su elección; los conservadores culturales, más eurocéntricos y elitistas, que se resisten a perder el control del canon (el Templo Universal de la Cultura), y los rebeldes, que aparentemente defienden lo popular, lo subalterno, lo antihegemónico, etc. (vamos, la Escuela del Resentimiento de Bloom). Políticamente, yo podría sintonizar con este último bando, pero temo que culturalmente estoy cada día más con los humanistas clásicos. Sin embargo, lo que más me llama la atención es cómo abundan los quintacolumnistas en los dos bandos no liberales: los rebeldes viven al fin y al cabo de la moda (académica), y los conservadores parecen muchas veces confundir la pérdida de sus privilegios con el triunfo de la barbarie, por lo que no dudan en simpatizar con el liberalismo cuando se trata de vender y darse a conocer. Claro que entre los liberales también hay más de uno que está, digamos, confuso: véase el caso de Vargas Llosa y su muy singular manera de entender la "civilización del espectáculo".
Sea como sea, Darth Vader es ya el mejor blasón de los liberales. Quizá hoy es, a nivel planetario, cuantitativamente más importante que Shakespeare, o está cerca de serlo, y quizá sólo uno de los dos sobrevivirá dentro de cien años, cuando casi todo esté sumergido y sólo flote lo más liviano, lo más asequible (la épica primitiva y simplona), y no el significado denso, pesado y sobre todo triste. Tal vez estemos ante el Aquiles de una nueva era de la ficción.

Lord Vader, el líder de los liberales, tiene su sable láser siempre a mano. Lo he visto acompañado por Virgilio, y el poeta-guía, ahora, tiene miedo de que le corten la cabeza.