"Yo no he muerto en México" (novela)

sábado, 2 de julio de 2022


 CURRICULUM VITAE ACTUALIZADO

Nombre: PABLO SÁNCHEZ (a.k.a. Raúl Garay, Alejandro Ramírez)

Lugar y fecha de nacimiento: Barcelona, 22/12/1970

Domicilio: Sevilla, por ahí entre la Macarena y el Cristo del Gran Poder.

Situación profesional actual: profesor titular de universidad, gracias a Dios.

Habitus: hijo de charnegos, sin otro patrimonio que un nicho en el cementerio de Montjuïc.

 

TITULACIÓN OFICIAL:

-Doctor en Filología Hispánica por la Universitat de Barcelona. Posición de la universidad en el ranking de Shanghai: 300 (con suerte). Posición en el ranking de la AEUEGER (Asociación Española de Universidades Endogámicas Gracias a los Excelentísimos Rectores): 1.

Título de la tesis: Análisis profundo del escritor argentino XYZ, del que nadie en España sabe nada. Calificación: cum laude por unanimidad (faltaría más). Tribunal: Momia 1, Momia 2, Enchufado gay, Enchufada examante de catedrático, Enchufado con sexualidad y publicaciones de ameba. Coste de invitar al tribunal a comer: 600 euros.

-Doctor en Física Cuántica por la Universidad Nacional Autónoma de México. Indicios de calidad: título impreso en la Plaza Santo Domingo de la Ciudad de México y firmado por el Rector Pancho Villa. Título de la tesis: Chorradas pretenciosas y pseudocientíficas en el cine de Christopher Nolan. Calificación: cum laude con guacamole.

 

PRINCIPALES PUBLICACIONES:

Libros:

-XYZ, barrendero de la ciudad letrada, Barcelona, Vanity Press, Año I del Procés. (Hay traducción catalana: XYZ, un altre escriptor a favor del dret a decidir).

-La misma tesis, pero con otro título, Sevilla, La Pava Ediciones, 2013.

-Manual para hacer ediciones críticas de textos sin derechos de autor y ponerlas de lectura obligatoria, Sevilla, Ediciones Bazar Chino, 2014.

-MLA, APA, NBA y FBI: las siglas que cambiaron el mundo, Springfield, University of Evergreen Terrace, 2018.

-Catálogo de adoradores de Roberto Bolaño (con fichas biobibliográficas y fotos de cuerpo entero), Santa Teresa, ediciones Archimboldi, 2020.

 

PROYECTOS EN MARCHA:

-Repertorio de estrategias de escritores latinoamericanos para triunfar en España (lloriqueos cubanos y/o venezolanos, pedanterías porteñas de raíz borgeana, refritos y plagios peruanos, narcoespectáculos mexicanos). Acompañado de un manual de diplomacia latinoamericana para relacionarse eficazmente con editores, agentes, periodistas, profesores necesitados de papers y políticos.

 

ARTÍCULOS EN REVISTAS CIENTÍFICAS INDEXADAS:

-“Juan Luis Cebrián, el hombre que nos dio la democracia”, Boletín de estudios prisaicos.

-“La trayectoria novelística de Juan Luis Cebrián: entre Proust y Dostoievski”, Boletín de estudios prisaicos.

-“Huellas filológicas y similitudes intelectuales en el estilo de Federico Jiménez-Losantos y Pilar Rahola”, Revista de gloriosos alumni de la Universitat de Barcelona.

-“La argentinidad como machaconería: de Facundo a Maradona y Bergoglio, pasando por Evita”, Anales de la Literatura Hispanoamericana Neocolonizada.

-“El paquete del charro: un estudio sobre la homosexualidad reprimida en la literatura mexicana”, Albur. Revista de estudios malinchistas.

-“Sana, sana, culito de rana: el Shakespeare del imprescindible canon de la literatura infantil”, Puer: revista de estudios aniñados.

-“Cervantes y Pérez-Reverte: un análisis comparativo basado en la teoría de la reencarnación”, Alatriste: estudios sobre literatura con cojones.

-“Código uno: rescate de la olvidada primera obra de arte de Arturo Pérez-Reverte”. Revista de estudios filológicos de la Universidad de Calasparra.

-“Disparates filológicos legendarios: Alfonso de Valdés, autor del Lazarillo de Tormes”. Boletín hispanista interplanetario.

-"Estudio sobre el parasitismo literario: comparativa entre los chupópteros de Neruda y los de Borges", Revista de parasitología comparada.

-“La ubicuidad de Luis García Montero: ¿un misterio cuántico?”. Revista murciana de bodrios interdisciplinares.

-"Pablo Sánchez o el futuro de la literatura charnega. Un estudio poscolonial de La vida póstuma". Gaceta familiar Sánchez.

-“Deconstruyendo a Los Manolos: Jordi Gracia y Javier Cercas, amigos para siempre”, Boletín de novedades del Grupo Planeta (espacio patrocinado por el Grupo Planeta).

 

ESTANCIAS INTERNACIONALES EN CENTROS DE INVESTIGACIÓN DE RECONOCIDO PRESTIGIO:

 -Estancia de seis meses en Harvard. Se adjunta foto probatoria.



-Estancia en la Universidad Vlad Tepes de Transilvania. Objetivo de la estancia: viajar por Europa a cargo del erario público. Duración de la estancia: tres meses. Horas reales de trabajo: una (tiempo requerido para sacar el carnet de estudiante).


CURSOS DE INNOVACIÓN DOCENTE:

-Curso de Disciplina Inglesa de 100 horas y 1000 azotes a cargo de Mistress Bárbara de Sade.

-Curso de Posgrado en Creación de Muñecos de Plastilina en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Sevilla.


CARGOS DE GESTIÓN Y ADMINISTRACIÓN:

-Ilustrísimo y Excelentísimo Presidente de Honor de la Comisión de Garantía de Calidad de las Comisiones de Garantía de Calidad del servicio de limpieza de la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla.

-Coordinador del Seminario de Libre Elección “Aprendamos a jugar al Mus”, de la Universidad de Sevilla.

-Organizador del Simposio “Homenaje a Antonio Vilanova y a sus gloriosos discípulos. Tres generaciones de talento inigualable”, en el Casal d’Avis de Torre Llobeta.

-Coordinador del “Máster Interuniversitario de Literatura Española para Estudiantes Chinos que no saben quién es Cervantes”.

 

OTROS MÉRITOS:

-Perfiles en la web: Academia.edu, ORCID, ResearcherID, Researchgate, LinkedIn, Google Scholar, Tinder, Badoo, Becari@s vicios@s, Buscolectorasdeonetti.com

lunes, 8 de marzo de 2021

NOVEDADES





Este blog ha estado durante algo más de dos años inactivo y lo voy a recuperar con la buena noticia de la publicación de mi cuarta novela, que esta semana se pone a la venta. El abandono del blog nunca fue definitivo, pero diversos motivos han afectado periódicamente a mi motivación para continuar. El confinamiento del año pasado fue, tal vez, un momento ideal para retomarlo, pero me inhibí por el riesgo, seguramente excesivo, de parecer oportunista rentabilizando la actualidad sin ofrecer realmente nada original.

Ignoro si aún me quedan lectores, por lo que esta entrada tiene algo de mensaje en una botella. De cualquier modo, si alguien está preocupado, diré que la pandemia no me golpeó de manera especialmente dura. Tiempo habrá de dar explicaciones y de interpretar los hechos; ahora mismo se habla mucho del tema y todavía no sé si puedo aportar algo mejor que un prudente silencio. Por lo demás, me tienta la idea de crear un diario con una fecha límite, a modo de experimento; veremos si soy capaz.

Quién iba a pensar que después del delirante procés, que parecía el acontecimiento traumático de la década, iba a llegar un shock superior. Pero la ventaja que tenemos los pesimistas es que nos sorprendemos menos con estas convulsiones porque el desengaño crónico nos tiene preparados.

En cuanto a la novela, los lectores perseverantes de este blog habrán notado que se trata, sustancialmente, de la misma novela que publiqué hace años por entregas aquí, aunque la he pulido y remasterizado. Algún día espero poder explicar los avatares de esta novela, que tienen muchos más detalles y alguna que otra controversia personal. La publicación se ha retrasado también unos meses por culpa de la pandemia, pero al menos eso me ha permitido coincidir en el tiempo con la novela de mi hermano, que anuncié aquí hace unos días y que recomiendo mucho más que la mía.

Seguimos. 



domingo, 13 de enero de 2019

EL DÍA QUE DEJÉ DE SER FRIKI

Lo confieso: soy de los que no pueden evitar el escalofrío cuando escuchan la fanfarria inicial de Star WarsLa guerra de las galaxias fue tal vez la primera película que vi en el cine –o fue esa, o Aeropuerto 77- y supuso, en pocas palabras, el descubrimiento de la aventura y también el del color: el dorado C3PO, los blancos troopers, la arena de Tatooine, el negro de Darth Vader. Ninguna otra de las películas de esos años me dejó una huella tan profunda, para bien o para mal. A partir de ahí, mi experiencia es generacional y, por tanto, en cierto modo vulgar: fascinación cuasifálica por los sables láser, shock por el final inesperado de El imperio contraataca, babeo por la princesa Leia en bikini y encadenada, náusea por los infames Ewoks. Nunca he llegado a disfrazarme de ningún personaje de la saga (ni siquiera de Jabba), pero puedo demostrar que antes de que se pusiera de moda la costumbre ya vi las seis películas de George Lucas de un tirón en compañía de mis amigos más frikis (aclaro: variante española, no totalmente sinónima, del anglosajón geek).
Recuerdo que a finales de los ochenta me volví anticanónico sin ser apenas consciente de lo que significaba eso. Al mismo tiempo que leía y estudiaba a los clásicos antiguos y modernos, llevaba una doble vida sublimando las series de televisión, los cómics de superhéroes con sus curiosas cosmogonías, las novelas de ciencia-ficción del incansable Isaac Asimov, las películas de serie B (o Z) como Basket case o El vengador tóxico. Ayudaron varios factores: la triste experiencia de conocer la fatuidad del mundo académico de la Universitat de Barcelona (del que hablaré con calma otro día), la inanidad y el aburrimiento que yo percibía en la literatura española contemporánea, los bostezos provocados por la casposa Historia y crítica de Francisco Rico, el rechazo visceral al elitismo intelectual y también una cierta conciencia de clase propia de un charnego de Nou Barris. El momento clave de esa revalorización de la subcultura probablemente coincide con la doble sensación que provocaron casi al mismo tiempo dos productos tan audaces para su época como Twin Peaks y Watchmen. Después llegaron los pioneros a la hora de rentabilizar creativamente el fenómeno: Álex de la Iglesia, Kevin Smith o Quentin Tarantino, precedentes de un JJ Abrams o un Seth McFarlane, por ejemplo.
Sin embargo, como tantas veces ha sucedido, una idea original y aparentemente progresista se distorsiona horriblemente cuando se masifica y es manoseada por todo tipo de oportunistas y, peor aún, de ignorantes.  Democratizar la cultura parecía el complemento perfecto de la democratización política, pero los resultados empiezan a ser muy decepcionantes. Ya está bien de zombis, Jedis y viajes en el tiempo. ¿Para esto queríamos romper la barrera entre lo culto y lo popular? ¿Para sustituir el canon occidental por un conjunto de mitos chorras y simplones, por unos juguetitos frívolos? ¿Para dejarnos esclavizar voluntariamente por las grandes industrias del ocio, casi siempre estadounidenses? 
Los catastrofistas tienen un gran defecto, y es que son demasiado predecibles, pero no hace falta ser apocalíptico hoy: simplemente se trata de volver a la lucha y recuperar sin complejos el prefijo sub. No para ponerse, por ejemplo, como el bueno de Pedro Salinas, que en su conocido estudio sobre Rubén Darío de 1948 afirmaba, sin venir a cuento, que el cómic es "la papilla más baja, la bazofia de más vergonzosa calidad" (p. 48); pero sí para defender con la máxima convicción el criterio estético que ha servido para preservar -con todos los reparos que queramos añadir- un enorme legado cultural de siglos. Sin duda, el imperio de cierta manera de entender el arte ha terminado, y más nos vale reconocerlo. Resulta muy ingenuo pensar que la nueva sociedad digital va a consumar el ideal ilustrado. Pero eso no significa aceptar sin más el todo vale de nuestro tiempo, en el que casualmente acaba valiendo más lo que genera más dinero. La defensa de esa cultura popular se está convirtiendo en una aberración característicamente millenial y cada día más reaccionaria, y algunos se están aprovechando de todo ello para enriquecerse sin ningún disimulo, en las grandes empresas y en más de una universidad. Porque lo popular no es siempre automáticamente positivo: populares han sido y son los linchamientos, las supersticiones, los chistes sexistas y racistas, e incluso más de una dictadura. Ahora parece que cualquier producto popular tiene el mismo valor que la Divina Comedia. Y, de paso, que cualquiera puede ser artista, se llame Wismichu, Valtonyc, Jorge Javier Vázquez o César Brandon. Lo dicho vale también para la literatura de género, por supuesto, porque, por ejemplo, los escritores de literatura infantil están muy creciditos últimamente, y alguien debería empezar a bajarles los humos.
Como decía recientemente mi buen amigo Joan M. SoldevillaThe Big Bang Theory -que cada temporada es más una mala copia de Friends- resume lo mejor y lo peor del frikismo. De hecho, el reciente fallecimiento de Stan Lee ha demostrado que el asunto se nos está yendo de las manos. Seguramente echaremos de menos sus cameos, aunque no me cabe duda de que lo resucitarán digitalmente muy pronto; pero leyendo algunas necrológicas parecía que hubiera fallecido Shakespeare. La pérdida de norte en términos estéticos es tan aguda que muchos nostálgicos han confundido la repercusión mundial de los superhéroes creados por Lee -consolidada por el trabajo desigual de muchísimos guionistas de cómic y ahora de cine durante más de cincuenta años- con un proyecto artístico casi equivalente a Balzac. Más o menos como los que ensalzan la hondura filosófica de las memeces sobre midiclorianos y oscuridades de George Lucas y ahora Disney, por muchas lecturas de Joseph Campbell que pudiera haber detrás.
Yo he sido muy friki, sin duda. He tomado cervezones en el bar de Cheers frente al Boston Common y me he hecho fotos en el parque Verano azul, de Nerja. Pero ahora me estoy haciendo viejo. Y conservador, supongo, porque parece que necesito jerarquías. Como siga así, acabaré repitiendo el camino que ha llevado a tantos desde Izquierda Unida hasta el PSOE. Aunque, bien mirado, para eso primero necesitaría ser invitado habitual de la cadena SER. Sea como sea, anuncio que hoy dimito de mi condición de friki, como hace años dimití de la de letraherido. Declararía una guerra al frikismo, si no fuera porque eso es todavía más friki.
¡Ariel, Ariel! Vuelve a nosotros. Esta vez sí te necesitamos de verdad.

domingo, 9 de diciembre de 2018


DEMOCRACIAS ESTRESADAS

¿Se rompen las costuras de la democracia? ¿Se avecina un amanecer neofranquista? ¿Cuál es el tratamiento más efectivo para ese tipo de pústulas del bien común? Lo primero, sin duda, es apagar durante un tiempo prudente la televisión, sobre todo si sale García Ferreras, el mejor heredero de aquel otro García, el José María del fútbol. Y después hay que ir un rato al rincón de pensar.
Podemos recordar que hace años –antes de que empezara el procés- un partido xenófobo como Plataforma per Catalunya, hoy felizmente olvidado, ya estuvo a punto de entrar en el parlamento catalán. Y tuvimos el peligroso partido de Jesús Gil en su momento, afortunadamente a escala reducida. Además, la operación Vox no es nueva, aunque su irrupción ha sido sin duda potente. Se creó hace unos cuatro años, al mismo tiempo que Podemos y algunos experimentos extravagantes que intentaban aprovechar la crisis del bipartidismo, como el estrambótico partido del exjuez Elpidio Silva o el Partido X, hoy verdaderamente desconocido. Vox gozaba ya entonces del apoyo descarado de algunos medios de comunicación –liderados por otro ilustre exalumno de mi alma mater, Jiménez Losantos- que le han hecho propaganda permanente durante este tiempo, a pesar del espectacular fracaso inicial. Era cuestión de esperar su momento, que ha llegado gracias sobre todo a la descomposición progresiva del Partido Popular y al problema secesionista en Cataluña, que ha azuzado los agravios territoriales y el fanatismo patriotero.
Ahora habría que preguntarse por qué se le ha dado una cobertura informativa innecesaria en las últimas semanas y hasta qué punto es contraproducente estigmatizarlo como fascista sin atender su estrategia y su base sociológica, que se beneficia de esas identificaciones primarias con silogismos del tipo “soy antiPodemos porque me dan miedo; si Podemos detesta a Vox y lo llama fascista, es que no lo es, por tanto no hay peligro en votarles”. Ese tipo de lógica perversa e indocumentada es la que lleva a Trump a o a Bolsonaro a ganar, porque confirma que el voto se ejerce cada vez más como rechazo irritado o como castigo, y no como articulación racional de un proyecto constructivo y duradero. Pero así es la democracia, la causa y la solución de todos los problemas. La democracia de nuestro tiempo, claro está: llena de egoísmo y ansiedad.
Está por ver que los resultados andaluces sean imitados en el resto de España, porque el comportamiento electoral andaluz es muy particular. De cualquier modo, toca ahora aprender de los países que ya tienen instalada en las instituciones esa nueva derechona, para no cometer sus mismos errores. Y la izquierda debe hacer nuevamente la reflexión acerca de cómo es incapaz de persuadir con un discurso que escape a los infantiles antagonismos nacionalistas, de un lado o de otro. No es descartable que la desmotivación electoral de la izquierda tenga que ver también con la desilusión con el experimento Podemos, resumible en el asunto del chalé Iglesias-Montero.
El panorama no es, desde luego, alentador, pero seguramente tendremos que acostumbrarnos a convivir con este modelo de democracia sometida a constante estrés. Una democracia de cuerda tensa, siempre a punto de romperse, y en la que sufriremos a menudo lo que podríamos llamar microfascismos, visibles por ejemplo en la estúpida hipersensibilidad que algunos tienen hacia los “terribles ultrajes” a ese trapo que consideramos bandera española. Más allá de eso, es pronto para augurar rupturas apocalípticas o para establecer precipitadas comparaciones históricas con escenarios nefastos del siglo XX. Eso sí: sería bueno que los medios que miraron con lupa todo lo relativo a Podemos para desacreditarlo con rapidez, aplicaran la misma intensidad al nuevo partido parlamentario.
Lo curioso es que los alarmismos se repiten globalmente aunque sea de forma simétrica. Abundan los detectores de huevos de la serpiente: en mi querido México, también se ha desatado el estrés, esta vez liberal, ante el inicio del sexenio del nuevo presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), al que los intelectualillos paniaguados de tan larga tradición mexicana ven como un nuevo Nicolás Maduro. AMLO aglutina una esperanza de cambio seguramente histórica que llega con doce años de retraso; su momento era 2006, pero –hubiera fraude electoral o no- el cambio no se produjo en aquel momento y se ha perdido muchísimo tiempo en lamentables y trágicos errores, como la guerra contra el narcotráfico. Dos sexenios después, AMLO es un político aún carismático pero forzosamente desgastado, y no está claro si su perseverancia le redime de la megalomanía. El problema de su partido, Movimiento Regeneración Nacional (MORENA), es la dependencia emocional de su líder, que es ahora mismo su mayor capital; habrá que ver si sus cuadros dirigentes son capaces de organizar un proyecto sólido, convincente y sobre todo honesto, capaz de sobrevivir a este sexenio ya garantizado. Necesitarán resultados evidentes y rápidos en la lucha contra la desigualdad y el narcotráfico, y gestionar mejor asuntos como el del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, confusamente decidido y planteado. No será fácil en un país en el que la mayoría de los gobernadores pertenecen a partidos rivales.
El cesarismo de AMLO es, sin duda, un peligro; pero no hay que olvidar que los catastrofistas y demás oráculos del desastre comunista, siempre tan delicados y sensibles para lo que les interesa, mantienen una sospechosa indulgencia con los tres fracasados proyectos de cambio en México desde 2000. Auguran fracasos y derrumbamientos como si México fuera un país paradisiaco a punto de disolverse en el caos. No es ese el país que yo conozco, desde luego. Estoy seguro de que el nuevo gobierno conllevará un fuerte desengaño, porque la decepción es la sustancia misma de la rutina democrática de nuestro tiempo; pero en un país que ha desaprovechado a sus pocos buenos políticos (como Cuauhtémoc Cárdenas), repetir las opciones previas de presidentes ineficaces de partidos podridos era la peor de las decisiones.
Al menos, la imposibilidad de la reelección del presidente es fundamental para evitar determinados escenarios. Porque, efectivamente, siempre se puede empeorar cruzando la frontera que hunde la democracia en el autoritarismo y la brutalidad. Y eso me lleva a hablar de otro de mis países queridos, Nicaragua, de donde proceden muy buenos amigos. Nicaragua interesa poco en España, porque no hubo podemitas relacionados con el país y apenas tenemos interese comerciales allí. Hace un par de años conocí el lugar y a pesar de los evidentes signos oligárquicos la impresión general fue la de un país pobrísimo pero amable, seguro y alejado del anquilosamiento cubano. Nada de eso queda ya, y los responsables son fáciles de señalar. los dos gobernantes, la nefasta pareja presidencial de Daniel Ortega y su esposa la “vicepresidenta poeta” (sic) Rosario Murillo, que iguala en fanatismo y egolatría a su marido. El emperador y la emperatriz han impuesto su caudillismo familiar y han  pervertido de forma ya definitiva la vieja herencia sandinista. Porque los hipotéticos logros sociales no pueden de ninguna forma compensar la responsabilidad por centenares de muertos, y hay que decirlo con toda claridad. El país se hunde y ni siquiera existen posibles razones exógenas como en el caso venezolano.
¿Conclusión? No hay remedios para el estrés que nos viene encima, salvo confiar en el escepticismo, que es lo que mejor equilibra el optimismo de la voluntad y el pesimismo de la razón. Pero es bueno acostumbrarse a la transitoriedad de los políticos y desconfiar de los liderazgos y los carismas. Ya nadie habla de Rajoy, y seguramente ese sea su mayor mérito. Haberse volatilizado.

domingo, 11 de noviembre de 2018


REFLEXIONES SOBRE LA INTRIGA NOVELÍSTICA EN LA ERA DIGITAL

(Esta es una versión aligerada -sin notas ni bibliografía- de un trabajo de reciente aparición incluido en el volumen: María Victoria Utrera Torremocha, coord., Pensamiento, ficción e intriga literaria en la narrativa contemporánea. Sevilla, Universidad de Sevilla, 2018, pp. 133-152).

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Admitámoslo: a fecha de hoy, quizás la intriga más importante de todas las nuevas ficciones que circulan por la cultura global, la que más seguidores tiene pendientes en todo el mundo, es la que se centra en saber qué pasará con los Siete Reinos de Poniente, es decir, si realmente la casa Targaryen derrotará a la casa Lannister y la Khaleesi se unirá con el siempre milagroso y afortunado Jon Snow. Me estoy refiriendo, naturalmente, a Juego de tronos, la famosa serie de televisión basada en la serie de novelas de George R. R. Martin que se ha convertido en un fenómeno mundial amparado por los medios de comunicación de masas y las nuevas tecnologías, y que suele terminar cada temporada con una reducción implacable de personajes y con la creación de nuevas incertidumbres a partir de situaciones a medio camino entre lo fantástico y lo sangriento.
Hablo de términos cuantitativos y no cualitativos, porque se trata de un producto cultural de impacto global que empequeñece, en costes de producción y beneficios mercantiles, a cualquier best-seller literario y no digamos a la literatura con pretensiones de exigencia estética. Las magnitudes estructurales de estas series de televisión, además, están creando una amplificación de lo que entendemos por intriga, puesto que la complejidad técnica de este tipo de producto obliga a esperar prácticamente un año para conocer el desenlace, o para seguir postergándolo, lo cual todavía es más jugoso en términos económicos. A ello hay que añadir que la propia naturaleza comercial de las nuevas teleseries tiene otras consecuencias menos decorosas, puesto que la dependencia de los niveles de audiencia puede perfectamente provocar que muchas se cancelen después de una o dos temporadas dejando sin concluir la mayor parte de sus tramas y sin resolver los enigmas iniciales con los que se captó astutamente la atención del espectador. Ejemplos de esa situación hay muchos y no voy a detallarlos porque me alejaría del tema que aquí realmente me ocupa, que no es otro que los dilemas que la intriga novelesca tiene planteados en la situación actual, dilemas que las nuevas tecnologías y los cambios en el mercado cultural han provocado y están provocando de forma acelerada y muchas veces imprevisible. En otras palabras: se podría decir que hoy existe lo que llamaríamos una “presión intermedial”, especialmente en la creación de intriga y suspense, que quizá obligue a algún tipo de replanteamiento de los aspectos técnicos del arte de novelar y también cambie algunos mecanismos de recepción lectora o el mismo horizonte de expectativas.
Desde luego, no me interesa contribuir a la dignificación de Juego de tronos, ante todo porque para eso ya hay miles de fanáticos exhaustivos y minuciosos en sus análisis y en sus homenajes muy a menudo fetichistas. Pero, como demuestra el caso de Vargas Llosa, hay que ser prudente a la hora de criticar la “civilización del espectáculo”, porque nunca se sabe cuándo vas a acabar en la portada de las revistas del corazón. Creo por eso que incluso desde los propios estudios literarios hay que prestar una cierta atención a la popularización de conceptos y términos que influyen hoy en el consumo de ficciones, sean literarias o audiovisuales, sin que esa atención suponga una vergonzosa claudicación ante formas culturales de consumo masivo. Hablo de términos casi siempre en inglés, como cliffhanger, mcguffin y spoiler. Independientemente de la alienación puramente lingüística, la extensión creciente de los términos, sobre todo el último, revela la generalización de prioridades lectoras indisolublemente vinculadas con las nuevas tecnologías de la sociedad del ocio, pero también con la lógica economicista de nuestro tiempo y con sus prácticas, cada vez más expandidas y penetrantes. Podríamos pensar que la autonomía literaria se mantiene indemne frente a esos cambios, pero me da la impresión de que eso es ya más un desiderátum que una certeza.

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No cabe duda de que la ficción televisiva está perdiendo su estigma subcultural hasta el punto de que incluso el filósofo Slavoj Zizek se ha tomado la molestia de analizar una serie como The Wire. De hecho, la gran capacidad narrativa de las series seduce cada vez más a muchos creadores de novelas, aunque a otros más bien les preocupa, probablemente porque les está arrebatando lectores. No es nada extraño leer en diversos medios comentarios y opiniones en las que se ensalza, con más o menos argumentos, la vitalidad narrativa de las series actuales de televisión y se postula su capacidad sustitutiva frente a cierta tradición novelística caracterizada por la ambición y el poder abarcador, que ahora estaría en decadencia, entre otras cosas por el exceso de referencialidad y el déficit de imaginación, que conduce a “relatos reales”, autoficciones y mezclas de literatura y periodismo.
El tema de la intermedialidad está generando, como era de prever, un creciente debate crítico en los estudios literarios y es ya más importante de lo que puede parecer a primera vista, sobre todo si pensamos en la reciente polémica sobre el premio Nobel a Bob Dylan, noticia que ha implicado un reajuste muy visible e intencionado del concepto de literatura que a algunos les parece herético pero que inevitablemente abre nuevas posibilidades difíciles de predecir. No faltan quienes como Alberto Olmos ya auguran un premio Nobel de literatura para los guionistas de The Wire.
En ese sentido, habría que señalar que las posibilidades de artificiosidad narrativa de las series, con intrigas más audaces, imaginativas y sobre todo prolongadas, podrían desbordar algunos de los actuales modelos novelísticos, situándose ahora en una posición dominante, entre otras cosas por la gran cantidad de recursos económicos que generan. En esa situación, los novelistas tienen ante sí un amplio espectro de opciones: desde el encastillamiento desdeñoso y elitista hasta la hibridación con vistas a fecundar nuevos modelos. Podría suceder que, de la misma manera que géneros como el policiaco o nuevas técnicas como el cine han interferido en la evolución de la novela “culta” del siglo XX de diversas formas y en diversos momentos, ahora sea el turno de otro tipo de modelos ficcionales. De hecho, hay que reconocer que la novela policiaca sí goza todavía hoy de evidente buena salud editorial, por lo que podríamos poner en relación este dato con el anterior y de ahí empezaríamos a deducir que en el consumo cultural de la sociedad del entretenimiento la intriga es un recurso privilegiado en el repertorio de opciones creativas, lo que, por ejemplo, puede acabar perjudicando los conceptos más filosóficos o reflexivos de la creación novelística, en franca regresión ante la presión del libre mercado y las nuevas expectativas ideológicas, que han condenado a la obsolescencia muchas teorías del siglo XX sobre la novela como género.
Es un panorama evidentemente conjetural y admito que me puedo perder en vaguedades, pero algunos indicios –en España, por ejemplo– me parecen reveladores de una situación de cambio. Hace décadas sólo algunos pocos como Manuel Vázquez Montalbán, tan respetuoso y tierno siempre con la cultura popular, se ocupaba en El libro gris de Televisión Española de la importancia de los nuevos mass-media y tomaba nota de un primer producto culto de la ficción televisiva, la olvidada pero fascinante serie El prisionero, creada por Patrick McGoohan a finales de los sesenta. Hoy, en cambio, Mercedes Cebrián escribe sobre Verano azul y Javier Pérez Andújar sobre Colombo, y asimismo en la llamada Generación Nocilla y sus aledaños el interés por las series de televisión es bastante notorio, hasta el caso de novelistas y también críticos de televisión como Jorge Carrión o Vicente Luis Mora, a quien debemos algunos de los más lúcidos análisis del tema. La narrativa española está produciendo textos con diversos grados de intermedialidad que ya están siendo analizados por la crítica especializada, como la novela Brilla, mar del Edén, de Andrés Ibáñez, una relectura de la teleserie Lost.
En realidad, no es nada sorprendente: se trata de escritores que reconstruyen su educación sentimental como en otras generaciones sucedió y que por ello asimilan literariamente los repertorios simbólicos de la cultura que les ha tocado vivir. Quizá lo más interesante sea en todo caso la reacción de escritores más canonizados como Javier Marías, que han adoptado una cierta posición defensiva frente al creciente poder de las teleseries y no han dudado en menospreciar en sus artículos el valor de algunas de las joyas de HBO, como son The Wire y True Detective.
Seguramente hay sitio suficiente en el panorama cultural para novelas y series de televisión, como la hay para blogs, tuits y todo tipo de expresiones digitales, pero también podríamos preguntarnos si la creciente cultura del spoiler, es decir, la fascinación actual por el placer narrativo del enigma y la intriga como consumo inmediato y no repetible, puede estar contribuyendo a la pérdida quizás definitiva de autonomía de la literatura y su inclusión en la heterodoxa estructura de la sociedad del ocio, o incluso, si nos ponemos más apocalípticos, a su agotamiento como lenguaje. Sí, la oferta novelística sigue siendo abundantísima, se escribe y se publica más que nunca, y no parece que tenga sentido volver a insistir en la cíclica certificación de la muerte de la novela. Pero esa hipertrofia de creatividad, que ya está desbordando a críticos e instituciones literarias, está siendo sometida cada vez más a reglas de competencia capitalista que tienden a seleccionar y promocionar los productos más fácilmente consumibles y por tanto sustituibles.
Como digo, el fenómeno me parece especialmente relevante en un país como España, cuyo sistema literario ha vivido desde la Transición un proceso evidente de industrialización basado en un nuevo pacto entre autores, editores y lectores para generar un alto consumo; un pacto en el que la mercadotecnia ha aprovechado eficazmente determinadas técnicas y modelos narrativos, lo que ha supuesto una amplia lista de éxitos comerciales que van desde Arturo Pérez-Reverte y Javier Cercas a Matilde Asensi o Ildefono Falcones, por poner ejemplos diversos. La política de concentración empresarial y los oligopolios editoriales generados han fomentado, con la complicidad de una crítica literaria dócil, el triunfo paulatino de una literatura despolitizada y desproblematizada en la que los recursos narrativos más comerciales han funcionado como efectivo reclamo. Un caso especial sería el de la novela policiaca con casos como los de Alicia Giménez-Bartlett o Lorenzo Silva, aunque también habría que recordar la aproximación particular a ese género llevada a cabo por uno de los autores que mejor ha fusionado consumo y valor estético, como es Eduardo Mendoza. Por ese motivo, en pocos países como en España ha sido más claro el acercamiento entre el polo comercial y el polo estético para dar lugar a lo que algunos llaman, con acierto, “literatura de aeropuerto”, que en este país tiene una posición que podemos calificar de hegemónica.
Visto así, se abrirían ahora dos posibilidades hasta cierto punto paradójicas: por un lado, esta evidencia supondría el triunfo de la adaptación de la novela a las condiciones cada vez más absorbentes del mercado y de la búsqueda afanosa de público lector, pero, por otro lado, supondría el riesgo de que precisamente en este momento en el que la “alta” literatura –tomemos el concepto cautelarmente– es más comercial, sea suplantada o destronada como forma hegemónica de contar historias por la ficción televisiva –como ha intuido, entre otros, Juan Francisco Ferré–, lo que la dejaría en una nueva intemperie ante la cual no está clara la salida, ni siquiera en términos de lo que sería el medio físico, ante la creciente importancia de internet y los smartphones.
De cualquier modo, me parece que una comprensión de ese problema actual exige profundizar en la evolución histórica tanto de las técnicas novelísticas como de la relación del novelista con el mercado editorial y los lectores. Sería interesante reinterpretar, por ejemplo, qué ha significado históricamente un recurso como la intriga para la literatura en lengua española (entendida esa literatura como un mercado compartido, como es ahora y fue en varias ocasiones a lo largo del siglo XX); más exactamente, cuál ha sido la función de la intriga como procedimiento narrativo a lo largo del tiempo. Tal vez esa relectura nos ayude a diagnosticar mejor la función que tiene actualmente y a plantear, si realmente es lo que queremos, una toma de posición para el futuro frente a esa “presión intermedial”: ¿es posible y sobre todo deseable hoy una resistencia literaria que no quede convertida en producto minoritario y elitista? ¿Es posible, en la sociedad digital, tan veloz y estresante, preservar la complejidad estética y alcanzar y mantener a la vez un amplio rango de lectores? El asunto no es, desde luego, fácil, y puede ser la encrucijada literaria de nuestro tiempo.

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Por supuesto, podríamos remontarnos al Quijote y al famoso inicio del capítulo IX de la primera parte, e incluso podríamos ir mucho más allá y recordar, como hace García Márquez, que Edipo rey es la primera historia policiaca, pero creo que sería más adecuado acotar el tema al siglo XX y a lo que podríamos llamar la modernidad narrativa en lengua española. Si el cuento a la manera de Edgar Allan Poe ya entra en la literatura en lengua española con los primeros trabajos modernistas de Horacio Quiroga, mucho más importante será la entrada de la literatura fantástica y la policiaca por la vía argentina en la década de los cuarenta. Me refiero, naturalmente, a la importancia crucial de Jorge Luis Borges, con sus textos críticos sobre el género policial, con sus propios experimentos narrativos en solitario o en compañía de Adolfo Bioy Casares y también con su labor editorial en la colección “El séptimo círculo”. No quiero abundar en temas sobradamente conocidos, pero no me parece viable plantear la diacronía del problema sin prestar el debido respeto al modo en el que Borges, y en menor medida Bioy Casares y aun José Bianco introdujeron nuevos modelos narrativos, con lo que ello significaba de afrenta a la doxa regionalista de raíz decimonónica que aún imperaba en la narrativa latinoamericana.
El camino abierto por Borges en su defensa del género policiaco abrió una tradición argentina del tema muy fructífera como sabemos, pero también anticipó la disolución de la frontera entre “alta” y “baja” literatura que después se consolidaría con la aceptación progresiva de la dignidad de la literatura policiaca. Como sabemos, en España correspondió ese trabajo a Manuel Vázquez Montalbán, aunque haya que reconocer los méritos de otros escritores del género, como el muy popular Francisco González Ledesma y el que quizá sea el pionero olvidado, Mario Lacruz, con su novela El inocente.
Ciertamente, poco tiene que ver la práctica del género que lleva a cabo Borges con la de Vázquez Montalbán. Si Borges prioriza el juego intelectual, Vázquez Montalbán y tantos otros después de él incluyen una dimensión de crítica y análisis de la realidad política, que en España fue especialmente oportuna en el gran cambio histórico de la llegada de la democracia. Esas diferencias evidentes, en realidad, no harían más que reforzar la versatilidad del género policiaco y sus diversas funciones a lo largo de la historia literaria, pero, más allá de lo que supuso como introducción de una tradición básicamente anglosajona, la posición de Borges tiene más implicaciones desde el punto de vista de la evolución de la narrativa en lengua española.
Emir Rodríguez Monegal ya destacó hace mucho la importancia del prólogo a La invención de Morel, de 1940, como manifiesto implícito de una narrativa antirrealista basada más en el artificio novelesco que en el valor de la mímesis. Borges defendía ahí la autonomía de la literatura frente a la pretensión de utilizarla como transcripción de la realidad, y desdeñaba los ideales de la novela realista o psicológica, que él consideraba carentes de rigor e informes. La novela de Bioy Casares, en concreto, desplegaba una “odisea de prodigios” y confirmaba que la novela del siglo XX tiene, frente a la del XIX, más capacidad para crear argumentos atractivos sin necesidad de caer en la presión del realismo, tan decisivo desde las ficciones fundacionales latinoamericanas decimonónicas, por su fuerza representativa y constructora de identidades nacionales.
Borges hablaba de los relatos policiales, fantásticos o de aventuras como “ejercicios de imaginación razonada”, marcados por el rigor técnico, lo que suponía, claro, el enaltecimiento de géneros menos centrales en la tradición literaria hispánica. Pero la defensa del artificio literario frente a la ingenuidad de la mímesis no es en absoluto una propuesta trivial o frívola, como algunos le reprocharon a Borges, por ejemplo Ernesto Sabato, que veía en las abstracciones policiales borgianas poco más que una literatura evasionista. La preocupación por el rigor técnico en Borges tiene también una justificación epistemológica, puesto que la autonomía de la literatura conduce finalmente al triunfo total de la ficcionalidad, lo que ha tenido importantes consecuencias incluso filosóficas. Pero además no podemos desligar la crítica al paradigma realista de la operación global que la narrativa latinoamericana lleva a cabo desde los años cuarenta y en la que se adelanta sustancialmente a la española. Esa crítica al realismo conduce a la desconfianza ontológica y por tanto a la visión problemática de la realidad. No debe extrañarnos, por tanto, que la asimilación de que la realidad del mundo moderno es misteriosa (o contradictoria, como en los casos magicorrealistas) produzca un aumento cuantitativo de misterios en la narrativa, sin que ello suponga en absoluto una concesión popularista o comercial. La clave está en la problematización, es decir, en comprender cómo la técnica narrativa es una solución formal a un ejercicio crítico, lo que evidentemente está lejos de ser una simple –aunque perfectamente respetable– estrategia mercantil a la manera de la literatura más claramente de género.
Es más: a partir de Borges, aunque no sólo por su influencia, diversas formas de intriga y enigma entran a formar parte del repertorio de opciones de una narrativa culta latinoamericana cada vez más tecnificada, que, lejos de trivializarse, se convertirá en narrativa canónica y máximo orgullo de la cultura continental. El desprestigio de la vieja omnisciencia realista abrió el camino a diversas formas de experimentación narrativa sobre el control de la información del narrador, las perspectivas o el orden temporal del relato. Me parece muy importante insistir en la función histórica de esas determinadas formas de intriga que, ciertamente, obtuvieron el respaldo del mercado en los años sesenta, pero que siempre fueron consideradas como parte de un proceso de modernización técnica, es decir, como una forma de progreso: en otras palabras, América Latina tenía una economía y una política subdesarrolladas pero una literatura desarrollada. Este desajuste entre progreso económico y progreso literario es esencial, y me parece una correlación muy distinta a la que ha tenido lugar en España, donde no está del todo claro –o es muy discutible, al menos– si al progreso económico le ha correspondido un progreso literario.
Lo cierto es que la revolución técnica que tiene lugar a mediados del siglo XX en la narrativa de lengua española, heredada en buena medida de los autores del modernism, creó intrigas sorprendentes y nuevas fórmulas narrativas que no provocaron únicamente suspense, sino incertidumbre, que es algo más significativo y valioso. Recordemos por ejemplo el caso de Rulfo en Pedro Páramo: la obra ha sido considerada a menudo como una novela de fantasmas, pero habría que insistir en que está plagada de misterios narrativos gracias al brillante uso de la elipsis (es decir, al control de la información narrativa que en ocasiones podría llegar a la paralipsis) y a la laberíntica estructura temporal, con sus conocidas anacronías. Nadie diría que es una novela comercial o pensada para el consumo masivo, y sin embargo recurre de manera casi permanente al misterio o al enigma, hasta el punto de que incluso muchos hechos narrados son confusos o ambiguos. Nada que ver, por tanto, con la literatura de aeropuerto de hoy.
No será este el único ejemplo que rápidamente podríamos encontrar para recordar determinadas estructuras que fomentan la intriga en el lector y que se basan en técnicas de ocultamiento de información narrativa que funcionaron a la vez muy bien en términos estéticos y comerciales. ¿Acaso no podríamos incluir aquí el caso del propio Ernesto Sabato en Sobre héroes y tumbas? Sí, Sabato critica más de una vez en sus ensayos la condición artificiosa del género policiaco, pero recordemos que inicia su segunda novela con una noticia preliminar que plantea el misterio del asesinato de Fernando Vidal y el posterior suicidio de Alejandra. Ya en El túnel, de hecho, había jugado con las convenciones del relato policiaco, desmontando desde los primeros capítulos el enigma sobre la víctima y sobre el asesino, y centrando de ese modo el misterio en las motivaciones turbias, neuróticas y algo sartreanas que llevan a Juan Pablo Castel a cometer el crimen. Evidentemente, Sabato es seguidor de otra posible línea policiaca que empezaría no con Poe sino con Dostoievski. En Sobre héroes y tumbas la intriga sobre la compleja relación incestuosa entre Fernando Vidal y su hija Alejandra funciona como misterio creciente que es esencial en el aprendizaje existencial del joven Martín del Castillo, con lo que el enigma criminal se incorpora al bildungsroman para crear una novela compleja con pretensiones filosóficas pero que, no hay que olvidarlo, tuvo un importante éxito de ventas.
Apenas dos años después, tenemos el caso de la primera novela de Vargas Llosa, La ciudad y los perros. El interés de Vargas Llosa por determinados géneros novelísticos como el de aventuras o el policiaco, desde Alejandro Dumas a Stieg Larsson, es bastante conocido y el novelista peruano lo ha confirmado a menudo, pero quizá valdría la pena insistir en que su primera novela está centrada en torno a un crimen en el microcosmos del Colegio Leoncio Prado: se trata del asesinato del Esclavo. Sin embargo, a pesar de que cualquier lector saca sus conclusiones detectivescas, el asesinato no queda plenamente esclarecido, porque una vez más la información narrativa es limitada o incluso obturada en ocasiones a través de la compleja operación estructural del discurso narrativo. Nuevamente, el ejercicio técnico de combinación de focalizaciones, lejos de proponer una visión objetiva y transparente de la realidad, apunta a una problematización previa de la misma, sólo que en este caso utiliza recursos de raíz faulkneriana y prescinde de la fantasía o de cualquier elemento mágico, a diferencia de Rulfo o Sabato.
Y aun podríamos completar este repaso rápido recordando otro ejemplo de virtuosismo narrativo en torno a un crimen, como es el muy conocido de García Márquez en Crónica de una muerte anunciada. En cualquier caso, se trata de ejemplos de una actitud muy concreta hacia la intriga, una actitud más epistemológica, diríamos, que encontró en la renovación técnica el utillaje perfecto para desautomatizar la percepción de la realidad y de paso romper con una tradición realista visiblemente agotada. En estos casos y en otros que seguro podríamos añadir se produce por tanto una dignificación estética de los mecanismos de intriga: el novelista capta la atención del lector con una serie de misterios –lo que evidentemente le sirve para obtener un público potencial más amplio–, pero la técnica está al servicio de una comprensión de la novela alejada del arte de entretenimiento y arraigada en las necesidades de renovación interna de la propia estética narrativa.
La posmodernidad, como sabemos, descentralizó muchas ideas canónicas sobre la literatura culta y hegemónica y favoreció, entre otras cosas, el prestigio creciente del género policiaco, por ejemplo, hasta llegar al llamado neopolicial de hoy. No desapareció, por supuesto, la literatura de gran complejidad, y ahí tendríamos a Bolaño entre otros muchos, pero me parece que cierta comprensión del enigma como forma y contenido al mismo tiempo sí se ha trivializado o asimilado por la fuerza del mercado, que ha atenuado la dimensión crítica y cuestionadora que la percepción del enigma podía tener para autores convencidos de que la novela es un oficio, sí, pero también una forma de crear una imagen novedosa del mundo. ¿Qué hacer en estos casos? La sociedad digital tal vez esté creando nuevos circuitos de comunicación literaria a través de la red, pero mientras tanto el poder voraz del mercado se agiganta. Algunos como Javier Marías potenciaron los primeros párrafos de algunas de sus novelas para tratar de captar la atención lectora y así retenerla para sus largas digresiones posteriores, pero no me parece que Marías represente en modo alguno ese tipo de novela que aquí defiendo (y lo hago con una carga de subjetividad que tampoco quiero ocultar), basado más bien en la capacidad de la intriga para desvelar progresivamente el pulso oculto de la realidad e introducir al lector en ese conocimiento nada fácil ni cómodo.
Debería haber otras opciones de usos legítimos de recursos como la intriga sin necesidad de rebajar el nivel de complejidad del texto narrativo para hacerlo más digerible y en última instancia consumible. Creo que esa receta sigue siendo válida hoy, desde mi modesta experiencia de novelista y profesor de escritura creativa, porque plantea una especie de utopía literaria, de equilibrio perfecto entre el interés lector y la fuerza crítica del texto. Por supuesto, estamos hablando de un modelo de novela que no ha de ser el único, y que, evidentemente, puede ser compatible con otros, pero me parece que al menos plantea la posibilidad de una literatura problematizada que no asuste al lector y al mismo tiempo no incurra ni en el exceso de hermetismo ni en el delirio pedante de la literatura intelectualoide pensada para consumo y disfrute sólo de los propios profesores. Ese modelo de novela con una moderada intriga sería, por tanto, una moral de la forma apta para sobrevivir en el mercado pero sin incurrir en las peores servidumbres que comporta el sistema literario actual. Ya sé que lo que planteo tiene mucho de ideal y algo de quimera, pero creo que uno de los problemas actuales del mundo novelístico particularmente en España está precisamente en la falta de poéticas del género que tengan además una cierta conciencia ideológica que les permita existir en el mercado (puesto que, al fin y al cabo, parece imposible estar fuera de él), pero conservando una actitud crítica, contestataria o polémica.
No tenemos suficiente perspectiva para juzgar la desbordante producción novelística actual, pero voy a intentar por lo menos ejemplificar mi idea con algún texto reciente. Podría recurrir a la novela de Rafael Reig Un árbol caído, que combina de forma eficiente la intriga con la lectura política sin necesidad de recurrir a detectives, pero optaré por una novela que es una de las más extraordinarias de la narrativa latinoamericana de lo que llevamos de siglo, y que sin embargo demuestra claramente tanto los riesgos como los méritos de una intriga que no sea estrictamente policial ni fantástica. Me refiero a la novela Grandes miradas (2003), del peruano Alonso Cueto.

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La novela de Cueto es una denuncia implacable de los abusos producidos en el Perú durante la dictadura de Alberto Fujimori y orquestados especialmente por su hombre fuerte, el macabro y despiadado Vladimiro Montesinos, que es verdaderamente el gran protagonista de la novela. Cueto, por tanto, trabaja con algunos personajes reales y otros ficticios, pero su obra es una extraordinaria descripción del funcionamiento del poder absoluto, en la mejor línea de su maestro y amigo Vargas Llosa y de tantos otros escritores latinoamericanos. La novela es dura, explícita en torturas y crímenes y en la presentación del horror que vivió el Perú durante la última década del siglo. Es, en muchos sentidos, esa novela política que en España ha escaseado durante la democracia, y no únicamente porque hayamos gozado, por suerte, de una democracia más estable y segura que la de la mayoría de los países del otro lado del océano.
Lo que me interesa especialmente de la novela es cómo la intriga se convierte en una estrategia para esa denuncia política. En el primer capítulo, el narrador explica cómo la protagonista, Gabriela Celaya, de la que tenemos una escasa información, pasa los diferentes controles de seguridad hasta estar en presencia del mismísimo Vladimiro Montesinos, con quien va a tener un encuentro privado e íntimo en el que piensa asesinarlo. El capítulo termina con la alusión a la posible arma asesina: “Baja el brazo. Siente el borde de la navaja”. Ahí tenemos un cliffhanger televisivo clarísimo, incluso facilón, podría decirse.
El siguiente capítulo inicia una larga anacronía y sitúa la acción cinco meses antes, para empezar a explicar el motivo que lleva a Gabriela a querer asesinar a Montesinos: el poderoso jefe de los servicios de inteligencia había ordenado el asesinato de la pareja de Gabriela, el juez Guido Pazos, que se había negado a ser cómplice de la intensísima corrupción del gobierno fujimorista. Junto a ese relato, libremente inspirado en hechos reales, conocemos detalles de la crueldad y la inmoralidad que dominaron en el Perú durante ese periodo. No sabremos el desenlace del intento de asesinato hasta el penúltimo capítulo de la novela, el vigesimosegundo, aunque en realidad en este caso el spoiler no es precisamente un problema, puesto que sabemos que Montesinos, para bien o para mal, sigue vivo hoy, cumpliendo condena.
En mi opinión, la intriga con la que empieza la novela es claramente lo peor de la misma: es una anticipación enfática, descaradísimamente pensada para captar la atención del lector, técnicamente simplista y que, además de esquemática, es esencialmente contradictoria, porque sabemos que Gabriela Celaya no puede matar a Montesinos, ante todo porque este no ha muerto en el mundo real y no es probable que Cueto se comporte como Quentin Tarantino en Malditos bastardos al asesinar a Adolf Hitler. Pero esa estrategia algo burda es sólo el anzuelo inicial y, por suerte, no el procedimiento dominante del texto: la demora al resolver el enigma le permite al novelista explorar la compleja realidad de los deseos y las necesidades humanas sin hacer más concesiones al suspense. La novela se compensa posteriormente con la enorme lucidez del análisis y el poder extraordinario de un estilo conciso que practica con mucha originalidad el sumario en términos de tiempo narrativo, pero que es al mismo tiempo capaz de profundizar en los abismos de la conciencia humana y sobre todo en lo universal del deseo de poder y dominio. En ese sentido, Grandes miradas es una novela curiosamente contradictoria, que revela la tentación del escritor actual de recurrir a una intriga muy evidente, que podría considerarse comercial, pero que al mismo muestra la capacidad de redención de ese mismo escritor, que una vez ha captado la atención del lector le ofrece un relato contundente, lleno de otros hallazgos estilísticos y de capacidad interpretativa de lo que es el plasma humano de una sociedad. Enfrentar a una sociedad a lo peor de sí misma no es tarea fácil, y parece moral y estéticamente perdonable, o sea, legítimo, recurrir a un pequeño truco narrativo para garantizar que ese proceso traumático se pone en marcha.
Es decir: aunque la intriga sea a veces un recurso previsible y hasta cierto punto precario, puede incluirse en un proyecto mayor de gran alcance crítico y ese es el mérito de Alonso Cueto, y el que me sirve como ejemplo más o menos actual de una forma específica de entender la novela que puede y debe sobrevivir. La novela así, quizá resista perfectamente la influencia de la voracidad consumista del mundo digital y mantenga indemne su capacidad inquietante y problematizadora. En tiempos de relativismo estético y numerocracia hedonista, de intermedialidad y transmedialidad, quizá esas son las pequeñas victorias que podemos obtener todavía frente al poderío visual y el desfile de actores y actrices atractivos con que nos inunda cada año Juego de tronos.

lunes, 29 de octubre de 2018


AÑO UNO

La revolución no llegó finalmente. No hubo Maidán, ni atrincheramiento entre las paredes del Parlament, ni incitación a las masas desde el balcón, ni prolongada huelga general. Ni siquiera hubo funcionarios que renunciaran a su jugoso sueldo desacatando el artículo 155 por motivos patrióticos. El farol político salió a la luz y el pulso terminó, aunque es verdad que el farol no se veía tan claro después de los atentados del 17 de agosto, momento crucial en el que por primera vez el independentismo hizo verosímil la existencia de una estructura de Estado resistente, autogestionable y preparada casi militarmente, y después del 1 de octubre, momento en que la gloriosa incompetencia del ministro Zoido condujo a que el Estado español hiciera aguas en Cataluña de un modo sin precedentes.
Hoy podemos incluso pensar con nostalgia que el artículo 155 debería haberse aplicado después del 7 de septiembre: todos nos hubiéramos ahorrado muchos problemas, hubiera bajado el consumo general de ansiolíticos (que fue intenso, y apuesto a que se podría demostrar), algunos no estarían en la cárcel o no hubieran recibido porrazos, y de paso nos hubiéramos evitado el show estilo Antiguo Régimen del Borbón. Pero parece que la orgía revolucionaria tiene una enorme capacidad de seducción todavía, y, aunque se intentó un experimento de emancipación cautelosa o de preámbulo revolucionario, el miedo final ante la cercanía del abismo dejó a la élite independentista a merced de la apisonadora estatal. Seguramente un conflicto civil era virtualmente imposible (por suerte la retórica pacifista es instrumento esencial del independentismo), pero basta imaginar otros posibles escenarios sin una gota de sangre: por ejemplo, un provisional estado de excepción en Barcelona, que sería la muerte turística de la ciudad para décadas. Algunos están pagando el precio por la apuesta temeraria, seguramente convencidos de que el sacrificio a medio o largo plazo tendrá resultados; otros hacen directamente el ridículo, como Anna Gabriel. Mientras, las masas de tuiteros enfervorizados y borrachos de utopía identitaria olvidan su responsabilidad en la inmolación de los líderes y siguen echando la culpa al Estado español, esa España (eso que burdamente llaman “Ñ”) que casi nunca habrán recorrido y que solamente conocen por las versiones radicales de los medios de comunicación más catalanófobos.
Hagamos balance rápido después de un año: la derrota fue inapelable, pero el victimismo puede ser consolador y vitamínico para almas necesitadas de trascendencia histórica. Además, el oxígeno de la justicia europea era imprevisto pero ha sido muy útil, así como la aureola Braveheart de Puigdemont escapando a la malvada justicia española. Es verdad que el independentismo parece empezar a asumir la improvisación con la que se actuó en octubre (¡qué revelador es el documento Enfo.CATS!), pero se resiste a autodiagnosticar plenamente el alcance de su ingenuidad y ha encontrado una compensación emocional en la cuestión de los presos y en la épica fundacional del 1-0 (nueva fiesta nacional en poco tiempo, a este paso), con la que pueden nutrirse durante años. Se trata de mantener la ansiedad colectiva y esperar otro momento propicio, quizás cuando baje la motivación unionista para votar (o baje el número de unionistas en el censo, cansados del monotema catalán) y el independentismo saque ese 50,1% de los votos con el que sueña. Por eso la propaganda no descansa, lo que lleva, por ejemplo, a extremos delirantes en TV3, que dedica cinco o seis horas diarias a llorar por el fracaso, a defender a los presos y a simular debate abierto con tertulias en las que yo diría que nunca ha habido una mayoría que no sea soberanista.
Sin embargo, a pesar de tanta intoxicación melancólica destinada a mantener viva la grieta entre Cataluña y España, la elección de alguien de tan poca talla política (y oratoria) como Quim Torra ha sido otra chapuza más de un movimiento incapaz de entender la realidad catalana más allá de su dogma; incapaz, en pocas palabras, de entender de una vez por todas que si España es plurinacional, también lo es Cataluña, mal que le pese a algunos. Pero por desgracia la buena noticia del torpe liderazgo de Torra, que debilita sin duda la imagen sobre todo externa del movimiento, no ha durado mucho. La llegada de otro líder nefasto, el arrogante Pablo Casado, parece la respuesta de la España profunda y aznarista a la demanda de un líder claro del “a por ellos”. Es posible que los disparates de Casado en sus discursos formen parte de una simple propaganda vociferante para desbancar con la mayor rapidez a Rivera de su hegemonía antiindependentista, pero no deja de ser inquietante la hipótesis de que algún día lleguemos a extrañar la inacción y los balbuceos de Rajoy.
En medio de este panorama lleno de estridencias, fanatismos y no poca amargura, la única buena noticia es el entendimiento sensato y efectivo de PSOE y Podemos; es un entendimiento frágil, que seguramente no durará mucho, sobre todo si no hay crecimiento electoral que garantice la estabilidad o el Ibex 35 tiene un sofocón de los suyos, pero al menos ha impuesto una cierta racionalidad frente a la obsesión de algunos (en Cataluña igual que en España) por ver golpes de Estado –clásicos o posmodernos- y democracias finiquitadas o al borde del apocalipsis.
No, la democracia liberal europea no está en peligro, al menos en su versión española. ¿Significa eso también que el régimen del 78 ha ganado la batalla y ha asegurado la supervivencia de su oligarquía, empezando por Felipe VI? Seguramente la lección del fracaso del experimento prerrevolucionario catalán solo puede entenderse cabalmente a nivel europeo; en su momento, España cedió a Bruselas toda la soberanía que le interesaba ceder, y a cambio ha obtenido inmunidad para el Estado-nación original, que ya ha cerrado indefinidamente cualquier otro cambio de soberanía. Por ese motivo parece difícil que el proyecto independentista sea viable en un escenario así de interconectado. Pero eso tampoco evitará que la masa independentista renuncie a su fantasía. En todo caso, cerrará la fase de la fantasía y la ilusión para entrar en la fase del resentimiento, que puede ser más larga y más productiva a largo plazo. Porque esto, desgraciadamente, no se arregla con películas de Dani Rovira.

martes, 9 de octubre de 2018

REGRESO INMINENTE


Después de un largo periodo de retiro, anuncio que volveré próximamente a este blog. La intención -veremos si se cumple- es aumentar la productividad, y para ello parece indispensable evitar la prudencia con la que he publicado hasta ahora. Habrá que arriesgar más, y seguramente eso implicará algunos arrepentimientos. Pero el cuerpo me lo pide. Y tengo otro argumento, más convincente: la vida es corta.
Pienso convertir progresivamente el blog en laboratorio de experimentos literarios impredecibles, en muestrario de opiniones subjetivas y aun caprichosas y en diario selectivo y pudoroso de experiencias. Francamente, creo que no tengo nada que perder. O sea que vamos.


miércoles, 6 de junio de 2018


ANTICIPADO CIERRE VERANIEGO

Importantes exigencias profesionales obligan a cerrar este blog hasta después del verano. Sea por vanidad o por humildad, lo cierto es que prefiero no escribir a escribir precipitadamente y sin tiempo para pensar forma y contenidos. De todos modos, es una decisión muy frustrante, porque el ritmo de la actualidad incita adictivamente a emitir opiniones. Apenas estaba pensando en una entrada sarcástica sobre el asunto del chalé de la pareja real podemita y la revitalización del concepto "aburguesamiento", cuando se han producido la inverosímil victoria de Pedro Sánchez y la acelerada caída de Mariano Rajoy. No negaré que el triunfo de Sánchez solo me satisface desde un punto de vista onomástico; aparte de eso, todo apunta a un remake zapateril. Pero los que hemos subestimado muchas veces -por sustrato anticapitalista, sobre todo- las ventajas de la democracia parlamentaria occidental debemos ahora reconocer los espacios tácticos que permite, capaces de generar importantes modificaciones ejecutivas. La lección es especialmente valiosa para el independentismo catalán, empeñado en hablar de franquismo y baja calidad democrática en la España de hoy para alimentar su victimismo. Pero compárese la salud parlamentaria de hoy en España con la de Cataluña el 6 y el 7 de septiembre pasados.
Aparte de esos temas, me hubiera gustado dedicar algunas líneas a reflexionar sobre dos países queridos que viven situaciones complejas: Nicaragua, donde la pareja presidencial Ortega-Murillo está mostrando su peor cara, y México, país en el que las próximas elecciones apuntan a la victoria de un candidato, López Obrador, al que solo se puede elogiar diciendo que es el menos malo (y tampoco es seguro).
 Habrá tiempo para hablar de todos esos temas más adelante. O eso espero. Mientras tanto, salud (y república, pero no de cualquier manera).