NOTICIAS SOBRE LA NECROSIS EDITORIAL
Uno no sabe ya cómo reaccionar ante las miserias del mundo literario español. Siempre ha habido disputas y bajezas, estrellas fugaces y ególatras gruñones, y en cierto modo es normal, puesto que así funciona la lucha literaria, aquí y en todo el hemisferio. Pero en los últimos tiempos la hipercompetencia, amplificada en el estercolero de las redes sociales, ha alcanzado unos límites aberrantes que, sin embargo, se están volviendo naturales. Será esa la razón por la que no consigo ya ni contagiar mi indignación a mis estudiantes, que seguramente me ven como un cascarrabias nostálgico que no entiende o no quiere entender por dónde van los tiempos. Pero se equivocan en algo muy importante (y que puedo demostrar): yo, de joven, ya era un viejo cascarrabias y me cuesta recordar una moda artística con la que sintonizara desde que el capitalismo a lo bruto impuso sus leyes (en España, pongamos 1982). O sea que mi problema no es haberme avinagrado con el tiempo. No, mi problema (o en plural, mis problemas) es otro, y sí, creo que hay motivos para el hartazgo.
Vivimos en una época marcada por el dominio de lo que André Schifrin, que era editor, llamó la "edición sin editores", y en la que el viejo editor independiente es casi un zombi y ha sido sustituido, desplazado o devorado por tecnócratas y ejecutivos dentro de un mercado global. Por supuesto, siguen existiendo buenas editoriales independientes, con esfuerzos encomiables (Pre-Textos, Acantilado, Candaya...), pero no pueden compensar el daño cultural enorme de los grandes conglomerados empresariales. No sólo es que tengamos que aguantar que los de siempre aburran sacando libros prescindibles y atascando las mesas de novedades (ya he hablado aquí de casos como los de Vilas, Mendoza o Muñoz Molina), sino que las estrategias para triunfar se vuelven más descaradas y cínicas: al capital social de los presentadores de televisión (¡incluso en la literatura catalana!) se une el retorno de otro capital, el familiar. No tuvimos bastante con Milena Busquets y ahora tenemos que aguantar a otro "hijo de", un Ussía.
En ese sentido, la polémica-numerito entre Uclés y Pérez-Reverte es un síntoma más de la pobreza intelectual y moral del sistema. Hay que insistir en algo que para algunos de nosotros es obvio: por mucho teatro ideológico que le pongan, los dos están perfectamente unidos por su antagonismo, como Juan del Val y Javier Cercas, por ejemplo. Porque no hay un premio Planeta bueno (el churro de Terra Alta) y un premio Planeta malo (el superbodrio de Del Val). Son las dos caras de la misma moneda, o del mismo millón de euros, mejor dicho. Del Val, Cercas, Uclés y Pérez-Reverte, en realidad, parecen muy diferentes entre sí, pero son los puntos cardinales de la narrativa española actual entendida, ante todo, como negocio, espectáculo y modus vivendi de generaciones diferentes unidas por la esperanza de un mercado generoso y feliz. Es esa narrativa de los que dan lecciones morales sobre qué es la buena literatura y defienden, delante de un micro o de una cámara, al "lector común" cuyos derechos como cliente parecen sagrados (y que luego, a lo mejor, vota a Vox). Los cuatro marcan, en cierto modo, los límites o el perímetro del campo de juego; dentro de él, caben unos cuantos más (Vilas, Millás, Prado o Lindo, por ejemplo), siempre que acepten las reglas: no morder a quien te da de comer, defender la fantasía de que cada vez es más habitual que la buena literatura también sea la que más venda, menospreciar a los resentidos que no van (vamos) al favor del viento consumista.
Tal vez la existencia de muchos haters —irritados por el estado de cosas de una literatura española consagrada al mercadeo y en la que se echa de menos la figura del editor independiente que medie con criterio entre la literatura y su público potencial— explica el relativo éxito de Personaje secundario, memorias de Enrique Murillo, que van por la tercera o cuarta edición.
Murillo, jubilado ya, no fue un editor tan visible y emblemático como Carlos Barral o Jorge Herralde, pero conoce casi todos los roles del sistema editorial: ha sido novelista, traductor, lector de manuscritos en Anagrama, periodista cultural en los inicios de Babelia, editor en grandes conglomerados como Plaza y Janés, Planeta o Alfaguara, e incluso editor independiente con pequeños proyectos. Su conocimiento de las entrañas del mundo editorial durante varias décadas es innegable y el libro es una estupenda lección sobre cómo funcionan esos mecanismos. Las informaciones sobre escandallos, porcentajes, tomas de decisión y costes acaban siendo un útil manual de edición para quien hoy quiera atreverse a montar un negocio de ese tipo. Y también es una lección para los curiosos que quieren conocer algunas intrahistorias de la literatura española de la democracia y las fuerzas que han estado detrás de verdades que hoy parecen incuestionables. Además, el relato se lee fácilmente porque tiene algo de novela de aventuras, con un protagonista que cuenta ilusiones y ansiedades, que sufre vaivenes inesperados y que se mueve con naturalidad entre selvas empresariales muy diversas entre sí porque también responden a distintas fases de la evolución socioeconómica española. Hay que agradecerle, igualmente, que modere tanto el tono heroico como el victimista y que salpique el texto con ciertas autocríticas, lo que le pone muy por encima de otros textos comparables, como las insufribles y monótonas memorias de Juan Cruz en Egos revueltos, aunque yo diría que no llega a la soltura irónica de otro ejemplo de memorias de editor, el de Mario Muchnik en Banco de pruebas.
Otra cosa es que el libro realmente sorprenda a los que ya llevamos años instalados en la desconfianza y que, además, tenemos alguna experiencia profesional, aunque sea pequeña, en el tema. Porque yo también fui uno de esos parias de la edición que aún hoy sobreviven penosamente y cuyos derechos laborales, todo hay que decirlo, Murillo reivindica expresa y detalladamente, en uno de los capítulos más rescatables del libro. Una vez que fui defenestrado de la Universitat de Barcelona, tuve la tentación de buscarme la vida en el sector editorial: hice cosillas como maquetador, corrector y también fui lector de manuscritos (me tocó leer, por ejemplo, textos presentados al premio Biblioteca Breve que ganó Jorge Volpi). Incluso soñé con un proyecto editorial de vanguardia para el que, evidentemente, no tenía recursos económicos patricios ni la necesaria ambición (digamos que mi comunismo me ponía en una evidente contradicción, a diferencia de tanto editor patricio, como Herralde, surgido de la mala conciencia burguesa y que empezó muy izquierdoso). Desde entonces, mis contactos con el mundo editorial real han sido bastante típicos y algún día los contaré con calma, si a alguien le interesan: cada editor que me ha tocado ha sido peor (o más ineficaz) que el anterior y también tengo anécdotas sobre liquidaciones no pagadas o sobre la "infalible" Agencia Balcells. De los premios literarios, no tengo detalles corruptos, pero sí patéticos: puedo ser considerado especialista en hundir premios después de ganarlos.
Pero volvamos a Murillo. Como historia personal de la edición española reciente, Personaje secundario es un libro prudente, que no llega a la radicalidad de otras acometidas contra el sistema literario español, como la de Miguel Dalmau que comenté en otro lugar. Supongo que más de un lector esperaba esos chismes morbosos sobre premios literarios, por ejemplo. Murillo, sí, recuerda el enfado famoso de Marsé con el premio Planeta y otras conocidas vergüenzas de la literatura española que es necesario no olvidar, por ejemplo, el plagio de Ana Rosa Quintana. Pero no hay mucho más en ese tema; Murillo ha moderado —seguramente por prudencia legal— la acidez y sus ataques, por lo general, son serenos. Eso sí, nos deja algunas revelaciones interesantes, como que Juan Cruz arruinó Alfaguara, y sobre todo nos aporta un valioso y entretenido testimonio sobre otra de las grandes polémicas del campo literario español, la enemistad acérrima entre Javier Marías y Jorge Herralde. Es de agradecer, en ese sentido, que alguien se atreva por fin a discutir —con pruebas y buenos argumentos— el fetiche Herralde, que tantas páginas de consagración y adulación ha deparado. Su catálogo de editor es impresionante, y eso nadie lo duda, pero la cansina adoración que genera, incluso entre historiadores, llega a ser a veces alarmante. Los editores independientes tienen mucho ego, y probablemente no puede ser de otra manera, pero no son dioses (a escala sevillana, habrá que hacer una desmitificación parecida con otro editor fetiche, Abelardo Linares).
Por último, hay otro punto en el que me interesa discutir el balance de Enrique Murillo sobre la evolución de la literatura española de la democracia. Murillo reconoce la crisis de un determinado concepto de la edición como consecuencia de la entrada, desde finales del siglo pasado, de los grandes grupos empresariales (Planeta y Bertelsmann, en resumen) que hoy controlan casi la mitad del mercado, aunque también admite que "solo si negocio y calidad van de la mano puede una empresa de edición seria sobrevivir (p. 316). Tiene razón, pero el problema es lo que podríamos llamar el "marco mental" y ese delicado equilibrio hipotético entre negocio y calidad.
No se trata de defender a Feltrinelli, el editor italiano que acabó de guerrillero, pero Murillo es un liberal (honesto) de la edición que parece tener la resignación de que el capitalismo es así y no hay alternativa. No en vano él mismo se define en alguna ocasión como alguien con "olfato de cazador de bestsellers" que confiesa muchos aciertos y que reconoce dos fallos: se le escaparon Ruiz Zafón e Irene Vallejo. Por supuesto, ese fue su trabajo en algunas épocas de su vida, y cada uno se gana la vida como puede (aunque Murillo es responsable de varias basuras pseudoliterarias, como aquel espanto de propaganda cortesana de José Luis de Vilallonga sobre Juan Carlos de Borbón en pleno éxtasis monárquico de los noventa). Pero quizá podría ahondarse más en la crítica hacia un sistema que a veces parece inamovible. Bastaría con comparar el noble pasado de los premios Biblioteca Breve y Formentor con su espurio presente; bastaría comparar a Carlos Barral con Basilio Baltasar. Sí, Barral se arruinó (en parte porque no quiso publicar Mafalda) y no fue tan astuto o pragmático como Herralde, que se salvó por La conjura de los necios. No se trata ahora de idolatrar románticamente a Barral, pero tampoco de negar que su legado ha sido manipulado con oportunismo comercial y, en cierto modo, traicionado. Recuérdese también que, por encima de Anagrama, la editorial más importante del mundo en español de los últimos cien años es, con diferencia, una editorial con vocación de servicio público: el Fondo de Cultura Económica. O sea que sí hay otras posibles formas de afrontar el mundo de la edición.
Y con ello llegamos al punto crucial, en mi opinión, que ofrece Murillo para los historiadores de la literatura española contemporánea. Murillo, con evidente orgullo. repasa y destaca su aportación, en la década de los ochenta, al catálogo de Anagrama en lo que se llamó ufanamente "nueva narrativa española", y cuya figura más importante, visto con perspectiva, sería el propio Javier Marías. Murillo aplicó entonces su perspectiva anglófila y propuso renovar la narrativa alejándola del costumbrismo castizo celiano que él consideraba hegemónico en la narrativa española.
El tema es demasiado largo para explicarlo aquí, y he tratado de ofrecer mi perspectiva en otros lugares. Creo que Murillo tenía alergia no tanto a Cela sino a cualquier forma de realismo crítico, y por eso ahora piensa sinceramente que la narrativa se modernizó y democratizó gracias a su esfuerzo y a sus elecciones. Es verdad que tiene motivos para ello: la crítica española, sobre todo la instalada en el mundo universitario, le compró el producto inmediatamente. La resistencia fue escasa, y la representó el que para mí ha sido sin duda el mejor crítico de la democracia, Ignacio Echevarría, también editor, y ajeno, por suerte para él, a la casta académica. Pero bastaría ver la Historia y crítica de la literatura española de Jordi Gracia en 2000, las optimistas reseñas de Joaquín Marco en El crítico peregrino, o las flojísimas opiniones de Fernando Valls en La realidad inventada, para entender cómo cierta crítica de predominio socialdemócrata infló el globo de la calidad literaria, a diferencia de otros años (los sesenta, por ejemplo) en los que la crítica era mucho más agresiva y exigía mucho más a la literatura española, que empezaba a competir con la hispanoamericana. En Personaje secundario, Murillo defiende su criterio de los que criticaron ese catálogo por considerarlo "literatura light", como se decía en aquella época, pero me parece que se trata de un fenómeno que forma parte, claramente, de la literatura desproblematizada típica de la Cultura de la Transición.
Hay que recordar, asimismo, que el truco de la "nueva narrativa española" es muy viejo: ya lo intentó el mismo Barral con Planeta en 1972, y fracasó estrepitosamente (por cierto, no dice ni una palabra sobre eso en sus memorias). También por aquellos años salieron experimentos casi increíbles, como "la nueva narrativa andaluza" o "la nueva narrativa canaria" (creo que andaba Juan Cruz por ahí). El triunfo de "lo nuevo" llegó, sí, cuando España era una potencia económica y se podía recuperar el control literario del mercado de lengua española. El éxito de esos novelistas "anagramáticos" (muchos de ellos poco recordados hoy) en los ochenta no se puede explicar tampoco sin el prestigio de El país y sin las nuevas prioridades socioeconómicas de la España europeizada. Aún hoy sorprende leer la euforia que generaron textos como Todas las almas, El héroe de las mansardas de Mansard o El invierno en Lisboa (aunque esta no fuera de Anagrama), ejemplos de la ansiedad de cierta crítica por encontrar nuevos valores literarios fácilmente consumibles y exportables. Y no olvidemos que por ahí empezaba otro ejemplo de los nuevos malos tiempos, el mismo Pérez-Reverte que encarna tantos problemas de la literatura de la democracia.
Murillo hace su análisis y está en su derecho de reconocer sus méritos en el cambio de tendencia, que él considera beneficioso. Otra cosa es que los lectores (y los profesores) aceptemos sin más que en literatura no cuentan los poderes extraliterarios ni los intereses materiales. O que nos creamos que hemos vivido en la mejor de las literaturas posibles. Con todo, eso no es óbice para agradecer la versión que Murillo nos ha dado de la evolución del mundo editorial español desde hace más de cuarenta años, porque nos ayuda a conocer las interioridades del sistema. Y porque sirve para combatir el tabú profundo que existe sobre el mundo editorial y que en ocasiones parece más una ley de silencio o una omertà.













