domingo, 19 de noviembre de 2017

DEFENSA (MODERADA) DE LA CLASE MAGISTRAL

Hace unos meses tuve una especie de éxtasis inesperado. Entré por primera vez en el aula de la Universidad de Salamanca donde fray Luis de León impartía clase (y donde quizá tuvo como alumno a un tal Juan de Yepes) y sentí algo así como una epifanía docente, no exenta de placeres teológico-escolásticos desconocidos hasta entonces para mí. En aquel momento me embriagué de tiranía antipedagógica, de nostalgia por esos días de docencia jerarquizada, solemne y casi dramática, con estudiantes muertos de frío y pataleando para entrar en calor. Los días en los que el profesor tenía autoridad moral e intelectual y el estudiante no era un cliente caprichoso que exige estar entretenido mientras hace algo así como aprender a aprender. Los días en los que la academia anteponía el conocimiento a la utilidad laboral y la rentabilidad.
Mi ataque de reaccionarismo antipedagógico fue, desde luego, una fiebre pasajera; no tengo dudas de que la clase magistral de origen medieval es un anacronismo hoy y conozco perfectamente la tentación narcisista del poder docente, pero ahora que he empezado otro nuevo curso académico he vuelto a reflexionar acerca de la permanente presión que se ejerce en nuestros tiempos sobre los profesores para que seamos dóciles con el culto obsesivo a la innovación y la creatividad. Un culto que es sospechosamente cómplice no sólo de una ideología específica neoliberal, sino de los intereses económicos de los proveedores de contenidos didácticos y dispositivos tecnológicos, encantados de que cada año haya novedades y el profesor viva en el estrés perpetuo de tener que actualizar sin descanso sus técnicas docentes mientras se queda sin tiempo para actualizar sus propios conocimientos especializados. Y, por supuesto, sin aumentos de sueldo que compensen esos nuevos esfuerzos; en realidad, lo único que consigue es sentir cada día más el desprestigio en una sociedad que ha descartado las viejas convicciones ilustradas y que ha sustituido al profesor como modelo social para poner en su lugar a esa figura cínica del capitalismo que hoy toma  el sublime nombre de “emprendedor”.
La polémica sobre la supuesta revolución educativa que vivimos hoy es un tema muy extenso y han sido muchas las diatribas, por ejemplo, contra el Plan Bolonia y el Espacio Europeo de Educación Superior, ante los que sigue habiendo una importante resistencia oficiosa por parte del profesorado, que se combina a menudo con evidentes problemas administrativos y económicos para llevar a cabo lo que de bueno o malo tenga el nuevo sistema. Hablo, naturalmente, de la educación adulta y voluntaria, que es la que conozco, y no de la obligatoria, aunque muchos problemas y muchas tendencias son comunes ya. En cualquier caso, una de las cosas más irritantes es comprobar cómo los detractores de la clase magistral parecen pensar que los profesores nos dedicamos todavía a poner orejas de burro a los malos alumnos y a obligarles a memorizar los ríos de España y los reyes godos. Y que hay que pasar al lado completamente opuesto: una educación desdramatizada, lúdica, infantilizadora y falsamente hedonista, una asamblea del buen rollo que es la que supuestamente les va a preparar para el mundo generoso, altruista y nada dramático del capitalismo.
Otro de los pilares de la nueva ortodoxia falsamente igualitaria y democratizadora es por supuesto, la crítica al profesorcentrismo, grave obstáculo para la autonomía del estudiante. El profesor, al parecer, debe ser poco más que un facilitador de contenidos; sin embargo, yo diría que estamos sustituyendo ese profesorcentrismo por el googlecentrismo, donde los contenidos son fáciles, sí, siempre y cuando estén en las dos primeras pantallas de resultados de Google. Además, no sé si los partidarios de las ventajas inigualables de las nuevas tecnologías frente al método tradicional del cruel examen conocen los nuevos trucos que Internet ofrece para que el estudiante sea autónomo, y que han dejado obsoleto El Rincón del Vago. Véase aquí esta vergonzosa página web, que mecaniza de forma asombrosa la corrupción estudiantil. En cierto modo, ese es el final perfecto de la tan criticada pasividad del alumno.
Creo que una supervivencia razonada de la clase magistral tiene también sus argumentos políticos, como parte de una cierta ética resistencialista frente a determinadas nuevas formas disimuladas de alienación. La clase magistral y el profesorcentrismo pueden seguir siendo, en el ámbito humanístico sobre todo, esenciales para configurar modelos convincentes de discurso complejo que compensen tantos males actuales en la idílica “sociedad del conocimiento”: las fake news, por supuesto, o las tontamente llamadas posverdades (qué falta de imaginación con los prefijos), pero también el picoteo discursivo de las redes sociales, la fragmentación y la superficialidad de los textos comprimidos o descontextualizados, el desinterés por las mediaciones históricas del conocimiento, y en general la atenuación de la siempre incómoda razón crítica por una alegre razón de consumo. En ese sentido, la clase magistral modeliza un tipo de acceso al conocimiento que puede ser el último puente entre el griterío caótico de la sociedad digital y la erudición del sujeto autónomo capaz de captar y afrontar con prudencia la complejidad de lo real hoy.

No se trata de ser apocalípticos, pero tampoco de culpar a la educación tradicional de todos los males del mundo en virtud de un progresismo a veces casi fanático e intransigente. La educación no debe ser despótica y el profesor ha de ser autocrítico; sin embargo, no valen todos los experimentos por el mero hecho de ser novedosos. Como dice mi amigo Gabriel Wolfson, tú puedes mirar un cuadro de El Bosco y jugar a algo así como "buscar a Wally", y seguramente será muy didáctico. Pero eso no es El Bosco.

2 comentarios:

  1. Coincido en lo esencial con tu crítica a la moda de la innovación, entendida como meter ad ovum tecnología digital en el aula y banalizar el rigor en la enseñanza a cambio de un buenrollismo light. Ha hecho mucho daño y seguirá haciendo daño en los años venideros.

    Lo cierto, por otro lado, es que la etiqueta de "innovación educativa" sirve lo mismo para un roto que para un descosido. Y dentro de ella caben también prácticas educativas realmente útiles y necesarias. Por ejemplo, el trabajo provocativo de Carlos González (documental: "Entre maestros"), o la construcción de una red de aprendizaje entre pares tal cual la desarrolló el colectivo Zemos98 en un Instituto de Sevilla del Polígono Sur ("educación expandida") o la labor de los jesuítas catalanes en el Claver cambiando el espacio del aula. Son solo tres ejemplos, dentro de España, entre otros muchos que pueden ponerse, de propuestas que no caen, según yo, en la caricatura de la innovación educativa.

    El problema, para mí, es que muchos de quienes critican la innovación educativa y, aún peor, de quienes la intentan impulsar en las instituciones, no la conocen. Conocen el ruido pero no las nueces. A unos les da grima ese tufillo a cacharrería digital y otros se enamoran a ciegas del marketing cool de la progresía educativa. Ni unos ni otros parecen muy por la labor de enfangarse y someter a escrutinio algunas ideas innovadoras, algunas tecnologías.

    Y ahí tenemos mucha culpa, también, los que hemos dedicado algunos años a estudiar y explorar la innovación educativa pero no hemos hecho el mismo esfuerzo por divulgarla y cuestionarla. Falta ese conocimiento y ese debate para superar alergias y fanatismos. Para ponernos a pensar entre todos cómo ser cada quien el mejor profesor que lleva dentro. Un profesor magistral, por ejemplo, puede usar la tecnología y un par de ideas pedagógicas de nuevo cuño para afilar sus exposiciones magistrales. Y un profesor que le apueste al Aula Invertida, por ejemplo, puede currarse el mejor recurso de enseñanza: su oratoria.

    Tal vez la mayor innovación posible, a día de hoy, sea esa. El diálogo.

    Gracias por tu blog. Disfruto mucho leerte. Un abrazo desde la fresca y luminosa Cholula.

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    1. Gracias a ti por leerme y por aportar comentarios (eres el más perseverante en ese aspecto). Desde luego, el asunto educativo es complejo y tiene sus matices, y por eso mi defensa es moderada. Sé tan bien como tú que muchos profesores universitarios se han escudado durante décadas en lo magistral para justificar su haraganería. Lo viví en Barcelona sobradamente, por ejemplo. Quizá entonces la clase magistral era conservadora y reaccionaria, y ahora en cambio puede volverse curiosamente transgresora y antihegemónica. Veremos cómo evoluciona el tema. Un abrazo.

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