domingo, 18 de febrero de 2018


LOS LIBROS Y EL ORIGEN

¿Hasta qué punto la biblioteca personal explica la evolución de cualquier lector y sobre todo de cualquier escritor? Eso nos puede llevar a una segunda pregunta más sofisticada y quizá malpensada: ¿hasta qué punto la biblioteca, sobre todo la familiar, es un capital que ayuda a la trayectoria del escritor y le sirve para gozar de alguna determinada ventaja competitiva? El caso de Borges es, seguramente, el ejemplo paradigmático: casi podría decirse que somatizó la biblioteca de sus padres, y, como sabemos, rentabilizó literariamente esa faceta de una forma inigualable. Por supuesto, el capital familiar, en sus diversas formas, incluida la biblioteca, ayuda todavía en nuestros tiempos a la formación de un escritor (no hay que pensar solamente en Javier Marías, sino en casos como el de Milena Busquets), aunque, por suerte, la democratización cultural ha permitido un acceso bastante amplio que dificulta determinadas formas de elitismo, aunque genere otras hipertrofias por culpa de internet. Pero creo que podría ser interesante pensar por un momento en el caso inverso a la biblioteca imponente: hablo de la biblioteca vacía, inexistente o como mínimo precaria que misteriosamente también puede estar en el origen de una vocación literaria. La nada que puede ser el principio previo. La ausencia de la letra. Se me ocurre que algo puedo contar al respecto.
Nunca he soñado con tener las tres bibliotecas particulares y los treinta mil volúmenes que al parecer tiene Mario Vargas Llosa, pero lo cierto es que tampoco he tenido ninguna posibilidad ni de acercarme a una décima parte de esa cifra. Mi vida itinerante y mi inclinación –a veces forzada y a veces voluntaria- a los hogares pequeños me ha impedido componer una de esas bibliotecas impactantes y casi museísticas. Sin embargo, puedo darme por satisfecho si pienso en la biblioteca de mi casa cuando nací. Porque no era mucho más que una biblioteca fantasma.
En esos años de tardofranquismo, el crecimiento de la clase media española se manifestó inesperadamente en diversas formas de boom editorial, entre las cuales no fue la menor la de los narradores latinoamericanos, que empezaron a llenar librerías y bibliotecas. Pero hubo también otro gran impacto editorial fundamental en la sociología lectora española, que recordarán los lectores de una determinada edad: la Biblioteca RTV de Salvat, iniciada en 1969. Se trató de un éxito mercadotécnico sin precedentes, debido probablemente al nuevo poder de la televisión, porque Televisión Española avalaba y publicitaba (hablamos del único canal de televisión que se veía regularmente, lectores jóvenes…) la colección. Para entender lo que supuso ese fenómeno hay que recordar que el primer número vendió un millón de ejemplares, según me contó mi amigo Joaquín Marco, entonces director de la colección. Pero lo asombroso no es la cantidad, sino el título de esa primera obra publicada, que podríamos considerar el best-seller más imprevisto de la historia. Hablamos de La tía Tula, de Miguel de Unamuno. Ni siquiera Gironella o Forsyth, ni por supuesto García Márquez o Cela. No, Unamuno, elegido para no levantar sospechas en la censura y propiciar que la colección después pudiera continuar con autores políticamente más delicados.
La tía Tula [Cómo se hace una novela]: Unamuno, Miguel de
Bien, el caso es que ni siquiera esa biblioteca de consumo masivo que buena parte de España adquirió llegó nunca a mi casa. No éramos clase media, lamentablemente. Fue mi hermano el que poco a poco fue creando una biblioteca respetable, en la que siguen siendo inolvidables los libros de Alianza Editorial con las cubiertas a veces herméticas pero siempre atractivas de Daniel Gil. Ahí encontró él a tantos autores europeos (desde el inevitable Hesse hasta Kafka o Nietzsche), y así me llegaron a mí. Aunque quizá aún más importante fuera la editorial Bruguera, que no sólo ofrecía en sus baratas ediciones obras de Lowry y Onetti, sino que también ofrecía buena parte del cómic que digeríamos y que hoy recuerdo como un verdadero zapeo ficcional, sobre todo en revistas como Mortadelo, en la que usualmente lo menos interesante eran precisamente las historias del torpe agente gafotas que le daba nombre. Sin embargo, todo eso llegó a partir de mediados de los setenta. Es posible que no hubiera ningún libro en mi casa cuando yo nací. Tal vez las horripilantes novelas del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía, que fueron la única lectura comprobada de mi padre, pero tampoco podría asegurarlo.
Rastreando nostálgicamente en el hogar, creo que he encontrado el que seguramente es el libro más antiguo adquirido por el núcleo familiar: la Enciclopedia Universal Ilustrada de la editorial Ramón Sopena, en cuatro volúmenes, de 1971. Una obra comprada costosamente a base de letras (el crédito de aquellos tiempos) a esos personajes tan curiosos y pesados que eran los vendedores de enciclopedias, que seguramente convencieron a mis padres de que los libros iban a ser el complemento ideal para que los niños estudiosos sacaran buenas calificaciones y borraran así el estigma de la pobreza andaluza de generaciones y aun siglos. El esfuerzo económico de mis padres no estuvo exento de riesgos y miedos, ya que la enciclopedia podía costar el salario de un mes para una familia sin patrimonio ni ahorros. Lástima que la enciclopedia tuviera entradas tan rigurosas y de nivel científico como esta dedicada a Franco: “alzado el ejército de Marruecos contra la dominación roja en España, el general Franco se trasladó a Tetuán, tomó el mando del Ejército de África y emprendió la magna Cruzada de Reconquista de la Patria, con el apoyo de la exaltación patriótica de la mayor parte de la nación no maleada por teorías disolventes”. Sic, de verdad, sic.
Recuerdo haber escuchado alguna vez a Juan José Millás decir que en su curiosidad literaria fue decisivo leer de niño la entrada de la palabra “muerte” en la enciclopedia Espasa, lo que al jovencísimo lector le abrió un mundo de sorpresas y fascinantes posibilidades. No creo que la entrada dedicada a Franco me haya determinado en ningún sentido, pero me pregunto si hay alguna conexión misteriosa entre ese primer libro franquista y lo que ha venido después: los cinco libros de poesía de mi hermano y mis tres novelas, entre otras cosas. Esa biblioteca tiene, por tanto, su relato, su misterio e incluso su lección histórica. Y es que, como mínimo, hay una génesis en ese hipotético primer libro, una génesis marcada por el miedo a la ignorancia y a la pobreza, pero también por algunos innegables valores familiares que quizá sólo podría dar a entender citando versos de César Vallejo. 
Cultura, vieja amiga: a pesar de todo, yo sigo confiando en ti.

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