domingo, 2 de julio de 2017

VACACIONES

Desagraciadamente, las vacaciones del profesor universitario no son las de antes, y los periodos sin clases hay que mantenerse ocupado con minucias burocráticas y requisitos académicos diversos que al parecer nos hacen más productivos. Así las cosas, para ganar algo de descanso temo que habrá que renunciar al blog al menos hasta septiembre.
Ojalá el verano sea tranquilo y nadie convierta mi estancia en Barcelona en un inesperado viaje al extranjero. Aunque la testarudez independentista, cada vez más desquiciada, es capaz de amargar las vacaciones con algún trapicheo patriótico.

Suceda lo que suceda, hablaremos de ello en septiembre.

domingo, 18 de junio de 2017

UN ESCRITOR OPORTUNO

En 1969, en su famoso ensayo La nueva novela hispanoamericana, Carlos Fuentes le dedicaba un capítulo a Juan Goytisolo junto a los dedicados a Vargas Llosa, Cortázar y García Márquez. La decisión era muy significativa: Fuentes convertía a Goytisolo ni más ni menos que en un homólogo de los grandes del boom. Los maliciosos, de hecho, interpretaron que Fuentes le estaba regalando un simbólico quinto sillón de lo que consideraban un club exclusivo, junto a los cuatro latinoamericanos de moda (la mafia). Pero lo cierto es que no son muchos los novelistas españoles que han tenido ese tipo de generosos reconocimientos al otro lado del océano (quizá un caso comparable sería ahora el de Vila-Matas). Ni Cela ni Delibes lo tuvieron, por ejemplo.
Sin duda, Señas de identidad no puede estar a la altura de Rayuela o Cien años de soledad, pero ese es en realidad un asunto menor, porque la importancia de Goytisolo en esos intensos años es incuestionable. Su desarraigo, su impugnación radical de la España franquista, su inquietud por encontrar la solución formal adecuada para la novela como género, le situaron durante mucho tiempo en posición permanente de vanguardia literaria (más que sus hermanos). Primero, practicando y a la vez problematizando el realismo social español. Después, descubriendo como tantos otros la Revolución Cubana y la pujanza cultural de América Latina, e incorporándose a la utopía transformadora. Su dinamismo muchas veces pareció inagotable, de Formentor a París, pasando por La Habana. Pero pronto llegaron los costes, empezando por la dura polémica a propósito de Cuba. Y, sobre todo, llegó a España la democracia.
En los ochenta, el Goytisolo inquieto y lleno de energía literaria aún mantuvo la iniciativa con sus memorias de Coto vedado, tan superiores a las de sus compañeros de generación, como Barral o Caballero Bonald. Y no sólo por el tema homosexual, sino por otros aspectos, como la inclusión de las sobrecogedoras cartas de los esclavos de la familia Goytisolo en la Cuba colonial. Esas son memorias de verdad interesantes, con imaginación creativa, no las bobadas de tanto ego inflado que han inundado desde entonces las librerías.
Sin embargo, sabemos que no es fácil resistir en la vanguardia. Algunos artistas que fueron muy audaces en su tiempo hoy bordean el ridículo en televisión (como Jodorowski). En el caso de Goytisolo, la democracia diluyó progresivamente su prestigio por culpa del lavado de cara de la España modernizada. La automarginación marroquí sin duda contribuyó a esa postergación, pero también hay razones externas fáciles de comprobar. En la era socialista, en una España cada vez más europeizada, el destierro perdió valor como gesto, como actitud contestataria; quién va a ponerse a reivindicar al conde don Julián en tiempos de crecimiento económico y libertad gozosa. La España sagrada que Goytisolo quiso destruir con sus novelas pareció desvanecerse rápidamente, gracias a gansadas como la "movida" y a nuevos escritores convencidos de que el Estado ya no era el enemigo y que se podía pactar sin problemas con el poder.
Así, a pesar de algunos momentos de Ferlosio y luego de Chirbes, nos fuimos quedando sin escritores agresivos y problemáticos y fuimos condenando a la obsolescencia una determinada forma de ejercer la crítica hacia la realidad. Y todo para quedarnos con modelos como Pérez-Reverte, tan agresivo a su manera. Pero la España sagrada, corrupta y mezquina no se había ido del todo, y ahora lo sabemos. La democracia ya no puede ocultar la inmoralidad y la podredumbre acumulada en décadas de olímpico autobombo, codicia insaciable y mediocridad contrarreformista. España, con sus condecoraciones a las vírgenes, sus rectores que plagian y sus patriotas con ahorros en Suiza y Andorra, sigue siendo un fracaso como proyecto, y ya se nos han acabado los motivos para la euforia. Por eso nos hubieran venido bien unos Goytisolos que cuestionaran los mitos de progreso que hoy se desmoronan. Pero no los tuvimos.

No se trata de volver a consagrar a escritores malditos. Bastaría con encontrar algunos que conozcan y propaguen las ventajas morales del desarraigo. Porque las tiene. Aunque el final del escritor desarraigado, como en este caso, pueda ser muy triste.

domingo, 4 de junio de 2017



ERROR MÁS ERROR

La desorientación política de estos tiempos posutópicos empieza a crear, sobre todo en países como España, escenarios sorprendentes, resultado de la mezcla de las nuevas formas tecnológicas de simpleza y la extendida ansiedad por encontrar soluciones inmediatas y superficiales. En el caso del PSOE, el partido sigue sumando errores a la interminable decadencia. Es verdad que la decadencia se explica en cierto modo por el declive de la socialdemocracia europea, que ya ha llegado al límite de sus promesas, pero también se explica por razones endógenas: el bajo nivel retórico y argumentativo de muchos de sus dirigentes, el pésimo ejemplo que dan los vínculos de algunos nombres ilustres con la oligarquía, y en general la petrificación organizativa del partido, cómodamente aburguesado desde hace décadas e incapaz de problematizarse a sí mismo y por tanto de comprender las nuevas necesidades sociales.
En ese sentido, lo sucedido en los últimos meses revela una descomposición muy profunda, aunque, eso sí, con cierto interés narrativo. Hay que reconocerle a Sánchez –o, más probablemente, a sus asesores- el modo en que ha sabido culminar su resurrección y tener por fin un mínimo de carisma en forma de pseudorrebeldía, después de tantas ideas peregrinas y recursos de persona ruiz. Personalmente, me alegra que alguien con un nombre tan parecido al mío suene todos los días en los medios e incluso parezca triunfar, ya que eso tal vez me quite la idea de cambiar mi firma y publicar como Pablo Umbral o algo parecido (no es fácil ser Sánchez, admitámoslo). Pero todos sabemos que la aparente tenacidad del nuevo secretario general no es más que una fórmula mercadotécnica, la única que le ha funcionado después de los fracasos sucesivos de su discurso acartonado y hueco. Lo interesante, de todos modos, será comprobar si su imagen de indómito le dará gasolina hasta las próximas elecciones. Teniendo en cuenta el infantilismo y la desmemoria crecientes de la sociedad española, cabe la posibilidad incluso de que remonte a base de gestualidad izquierdista y falso aplomo reivindicativo.
La democracia liberal es a menudo impredecible, y se supone que esa es una de sus virtudes, aunque muy a menudo lo imprevisto es sólo la variante menos mala de las posibles. Algo así sucede con los experimentos socialistas. Asombra, sin embargo, la obstinación de muchos socialistas de peso en defender la idoneidad de alguien como Susana Díaz, tan marcada por la ambición, los sonsonetes y una fibra tradicionalista que mal se puede esconder detrás de lo que llamaríamos eufemísticamente su “perfil regional”. Ya se vio su oportunismo cuando rompió el pacto con Izquierda Unida para acabar pactando de nuevo pero con Ciudadanos, y poco más se puede decir de una candidata a la que la propia derecha y sus voceros respetaban de forma muy evidente. En cualquier caso, sorprende la incapacidad de los cerebros del partido para no percibir que su estilo acomodaticio difícilmente podría devolver la ilusión a unos simpatizantes necesitados de más agresividad, aunque sea puramente verbal, en tiempos de irritación crónica.
Naturalmente, esa es sólo la última secuencia de la cadena de errores de un partido anquilosado por la nefasta y perpetua sombra del felipismo y del cebrianismo, y que Rodríguez Zapatero terminó de hundir. Sin duda, también se puede argumentar que parte del declive del zapaterismo tiene que ver con factores externos, como la crisis del euro y las restricciones de la política europea. Pero hay aquí un margen de responsabilidad individual ineludible que dañó de manera enorme la confianza de los ciudadanos españoles en sus dirigentes. Zapatero creyó –y no le niego la honestidad- que la reforma exprés de la Constitución en agosto de 2011 era una medida necesaria y urgente, y actuó seguramente motivado por un cierto sentido patriótico. Pero aquel día hundió su partido, les dio argumentos a los independentistas catalanes (que no los tenían), llevó la democracia parlamentaria a las tinieblas por no decir a las cloacas, rindió la soberanía nacional a monstruos tecnocráticos y confirmó la vileza internacional del capitalismo financiero. No es poco para un día, y para una decisión. Y encima ganó dinero con ello vendiendo el relato de su cobarde gestión.
Hay errores graves y errores fatales, y luego están los errores sin autocrítica, que tienen otro efecto añadido: tienden más a reproducirse. Esa es la situación del socialismo. Veremos cuál es su próximo error. Viendo a Sánchez cantar la Internacional, no cabe duda de que queda poco para saberlo.

domingo, 21 de mayo de 2017

CARVALHO RELOADED


He tratado de revisar metódicamente mis sentimientos a veces contradictorios ante la noticia de que el escritor Carlos Zanón será el encargado de revivir el personaje de Pepe Carvalho para una próxima novela que continuará las andanzas del detective creado por Vázquez Montalbán. Una vez concluido el autoanálisis, el resultado me parece claro: envidio a Zanón. Más allá de purismos y de traiciones, más allá de los evidentes riesgos de una estrategia descaradamente mercantil, intuyo que me gustaría tener algún día una oportunidad como la que ahora tiene Zanón. Aunque, también es verdad, seguramente yo firmaría con seudónimo (Raúl Garay, por ejemplo). Porque practicar estos juegos tiene sus peligros, como cuando José Luis Garci se atrevió a jugar ni más ni menos que con Sherlock Holmes, con resultados catastróficos. Veremos qué tal le va a Zanón.
Este fenómeno no es nuevo y forma parte desde hace mucho del código de conductas de la cultura masiva, pero quizá haya que temer una expansión en los próximos tiempos de ese concepto franquicial de la literatura. Al fin y al cabo, solo sería un nuevo paso en la asimilación por parte del mundo literario serio de técnicas y procedimientos mercadotécnicos procedentes de formas artísticas como el cine o incluso el cómic. Una asimilación seguramente inevitable en la fase actual de hipercompetencia capitalista, en la que el sueño de la profesionalización del escritor se está precarizando y no es extraño ver a escritores aceptando ofertas que harían vomitar a los bohemios de los buenos tiempos.
Sin duda hay una “alta literatura” que no se ha contaminado del todo, pero tal vez acabe siendo irremediablemente marginada ante estos nuevos productos, más aptos para las exigencias de ese mercado en el que ya estamos todos, mal que nos pese a algunos. Sin entrar en los casos muy conocidos de las sagas de Pérez-Reverte o Ruiz Zafón, ¿acaso El monarca de las sombras no es, o se vende como tal al menos, una segunda parte, es decir, una especie de secuela, de Soldados de Salamina? Es probable que las estrategias de mercado procedentes de las grandes industrias de la cultura global estén penetrando mucho más en las expectativas de autores y lectores de lo que pensamos.
Ante ese panorama, deberíamos empezar a cambiar nuestras categorías de análisis, de modo que veamos Juntacadáveres como la precuela de El astillero, y Cien años de soledad como un primer crossover, por la presencia de (si no me falla la memoria) de Victor Hugues, Rocamadour y Artemio Cruz. Pero puede que el peligro sea mayor, y temo que ahora he de ponerme profético: el descenso evidente de los beneficios económicos por derechos de autor en tiempos digitales quizá lleve en un futuro próximo a nuevos “modelos de negocio” en los que los personajes sean vendidos o alquilados como Carvalho. Viendo lo que es capaz de hacer Andrew Wylie con el legado de Bolaño, debemos estar preparados para todo cuando el superagente vea la oportunidad de sacar dinero antes de que caduquen los derechos de autor. Y es que en un mundo saturado de relatos y en el que cada vez es más difícil ser original, tal vez el futuro de la imaginación literaria dentro de unas décadas estribe en la reescritura permanente de la literatura previa para satisfacer la demanda de unos lectores infantilizados y ansiosos por regresar una y otra vez a sus héroes.
Sí, ya sé que suena obsceno y tremendista, pero déjenme completar la profecía. Imaginemos algunos posibles títulos: Rayuela 2: qué le pasó a Horacio OliveiraLuces de bohemia: cuando Max conoció a Latino, La Regenta liberada (sobre la vida sexual solitaria de Ana Ozores), The Walking Dead: Arrival to Comala, y el reboot Cien años de soledad: el otro manuscrito, en el que descubrimos que Melquíades tenía escondido otro manuscrito y que Macondo puede reconstruirse a través de un resto de ADN de los Buendía o algún agujero de gusano cuántico. Aunque también podemos ser más ambiciosos y mezclar personajes libres de derechos de autor de diferentes novelas: así, igual que existe en cómic La liga de los hombres extraordinarios, a alguno se le ocurrirá La liga de los héroes de la modernidad, en la que Hans Castorp, Stephen Dedalus, Marcel, Gatsby y alguno más se unen para formar un extravagante e incompetente grupo de rescate que, por supuesto, fracasará a la hora de salvar a su amigo Joseph K. de una muerte segura e injusta. Y ya puestos, no vendería poco un Cincuenta sombras de Larsen, en el que el proxeneta monta por fin el superprostíbulo con todas las prostitutas del boom, desde Eréndira hasta Alejandra Vidal pasando por la Manuela. La lista de experimentos es interminable y también podríamos abrir una serie de grandes duelos literarios: por ejemplo, encerrando en una sala a un personaje narrador de Fernando Vallejo y a uno de Javier Marías, a ver cómo acaban y quién deja hablar a quién. 
La única esperanza que tenemos es que nunca acierto en mis profecías. Pero alguna vez lo conseguiré.


domingo, 7 de mayo de 2017

EL NUEVO ENEMIGO DE LA LITERATURA


No, no me refiero a los presentadores de la televisión que, como mi excompañero de carrera Jorge Javier Vázquez, acaparan la mesa de novedades incluso en el gran día de la cultura que es Sant Jordi, y la atiborran de fatuidad y cosmética mientras algunos intentamos organizar la denuncia por intrusismo profesional. Tampoco me refiero a Mercedes Milá y su nefasto programa pretendidamente democrático, con sus Mama Chicho de la puerilidad lectora y su apoteosis del like como criterio estético. Ni al creciente fenómeno de los booktubers, productos de la pedagogía Flanders que nos domina desde hace tiempo y que han conseguido que algunos revaloricemos inesperadamente la obra de don Marcelino Menéndez Pelayo y la de cualquier fósil del mundo analógico. Y tampoco me refiero a ese viejo enemigo que llevo toda la vida aguantando, el grupo PRISA, que después de décadas de ejercer su hegemonía se está volviendo casi entrañable en su decadencia, convertido en nido de carcamales millonarios antipodemitas aterrados ante la perspectiva de quedarse sin su soñado premio Cervantes (y hay al menos dos que sueñan ya con el Nobel).
No, hay otro enemigo más discreto y subterráneo; más propicio, en definitiva, para la paranoia. Un rival enigmático cuyo poder se está extendiendo de forma poco visible y que está colonizando comportamientos a marchas aceleradas. La elite académico-humanística, como siempre, no se dará cuenta hasta que sea demasiado tarde y el daño sea irremediable; aunque no sé si incluso un superhéroe como Bourdieu hubiera podido enfrentarse a un villano como él. El enemigo tiene nombre extranjero, como buen malvado exótico, y parece personaje de novela negra nórdica o delantero danés barato adquirido en el mercado de invierno de fichajes. Su nombre es Nielsen.
Sí, Nielsen. Tendremos que redefinir el esquema de la comunicación de Jakobson y darle su puesto como factor de la literatura del siglo XXI, sobre todo en un país como España, tan proclive al yugo de la codicia. Nielsen es una base de datos por suscripción con resultados de ventas de libros y, por tanto, el equivalente literario de los medidores de audiencia televisiva; pero también es, como me dijo un editor, algo parecido a la lista de morosos de los bancos, por la que cualquier escritor publicado queda marcado por su nivel de rentabilidad, es decir, su capacidad de crédito, nuevo concepto socioliterario. Esa capacidad de crédito es lo que puede determinar su trayectoria posterior mucho más que los otros supuestos factores del éxito literario en el neoliberalismo cultural actual.
Nielsen está barriendo con todo y pronto no quedará nada. Nunca el capital había tenido un esbirro tan eficiente en el terreno cultural; el refugio del arte puro se está quedando sin oxígeno y no habrá más remedio que salir a la superficie. ¡Ríndete, humanismo tradicional de Auerbach y Curtius! Estás en vías de extinción, porque ya ni te va a salvar el dinero público. ¡Y tú, Onetti, no te quejes tanto, que te hubiera ido mucho peor si te hubieras encontrado con Nielsen! Ni en la cama hubieras estado a salvo. Porque Nielsen es una fuerza seductora y aparentemente inocua, pero cuando ya te vuelves adicto es imposible escapar. Hasta qué punto los editores están ya contaminados por ese virus, es difícil de saber, conociendo la sinceridad del gremio. Pero conociendo la avaricia predominante, podemos temernos lo peor.

Nielsen va camino de ser el HAL 9000 de la cultura capitalista, pero debería andarse con cuidado. Algún día habrá una resistencia organizada. Mientras tanto, ya podrían los de Anonymous hackearlo y cambiar los datos de Pérez-Reverte por los míos. 

domingo, 23 de abril de 2017


LA IZQUIERDA Y EL NORTE

Los dos movimientos que en estos años han propuesto de una manera u otra la impugnación del Régimen del 78, surgidos ambos de una importante movilización popular y marcados por una aparente voluntad transformadora e incluso constituyente, se encuentran ahora en una situación de encrucijada que no invita precisamente al optimismo. En el caso del independentismo catalán, la obstinación es ya chulesca y se va tiñendo cada vez más de dogmatismo asfixiante y vulgar sedición. En el caso del 15-M, los autoproclamados herederos de su legado político se están enfrentando con poca pericia a las complejas exigencias que implica la incorporación al orden político liberal y parlamentario, y están perdiendo aceleradamente la iniciativa de que gozaron, con astucia que hay que reconocer, durante al menos un año o dos. En ese sentido, el espectáculo ofrecido en Vistalegre II (a lo que habría que sumar algunos otros ejemplos posteriores) no sólo mostró la dificultad de organizar una estrategia política real que encaje no en la calle sino en el parlamento; también mostró la peor cara de su narcisismo de generación LOGSE, sin que le puedan echar esta vez la culpa a los medios de comunicación de la oligarquía. En este caso, fue el propio placer infantil por la sobreexposición mediática el que ofreció una imagen general de inmadurez, descoordinación y lucha de egos.
En ambos movimientos ha pesado mucho, creo, una percepción ambiciosa pero irrealista de “la mayoría” a la que creen representar y defender. Los resultados electorales, en cambio, demuestran que el ideal moral de justicia social de la izquierda está lejos de ser mayoritario y que los impulsos transformadores más o menos sustanciales tienen límites evidentes. En todo caso lo único que crece es la respuesta nacionalista a los problemas, es decir, el repliegue egoísta, sea –mal que les pese a algunos la comparación- en versión anglosajona, francesa o catalana. En el fondo, no es de extrañar, teniendo en cuenta que la quimera de la globalización próspera y feliz cada día engaña menos, y que soluciones como el keynesianismo o las burbujas crediticias ilimitadas parecen ya gastadas, con lo que el capitalismo nos conduce una vez más a su intrínseco sálvese quien pueda.
Con todo, en el caso español, la posición de Unidos Podemos, aunque sea en sus niveles actuales, parece imprescindible desde la perspectiva de los que creemos en la necesidad de que haya algún freno a las interminables coacciones del gran capital y sus mafias corruptas para afectar a los intereses públicos. La disolución de Izquierda Unida en la nueva coalición, desgraciadamente, parece ya irreversible, para tranquilidad de Tania Sánchez, y poco o nada se puede esperar del PSOE, gane quien gane las primarias (ganará Cebrián, seguramente). Ahora bien, un partido con cinco millones de votantes debe afrontar la responsabilidad evidente que supone tener una oportunidad real de gobernar, aunque sea una oportunidad remota y siempre dentro de un pacto. Julio Anguita, por ejemplo, nunca llegó a esos niveles, ni en sus mejores tiempos, y por eso Felipe González pudo despreciar sus ofertas de pacto. A corto plazo, parece indiscutible que PSOE y Podemos, a pesar de que la distancia simbólica entre ambos se agranda cada día, están condenados a entenderse y a pactar porque ninguno podrá gobernar en solitario. Esa es la clave del futuro inmediato, aunque no sea fácil el arreglo. La victoria de la doctrina resistencialista de Iglesias frente al posibilismo de Errejón lo complica todo más, pero es difícil de creer que Iglesias pueda realmente ampliar mucho más su base social, aun contando con que el PSOE no haya tocado fondo, o que pueda justificar ante sus votantes (ante sus militantes, seguramente sí) que vale la pena seguir permitiendo por acción o por omisión más años de gobiernos como el del PP. Además, sea con razón o no, Iglesias genera adoración entre sus seguidores pero mucha antipatía y sobre todo miedo entre sus no votantes. Quizá Alberto Garzón encajaría mucho mejor en el papel de líder menos arrogante que Iglesias y menos vaporoso que Errejón. O Ada Colau, pero el hecho de ser catalana, no nos engañemos, le complica la proyección a nivel español.
Habrá que ceder y negociar, desde luego. La pregunta es hasta dónde. O para llegar a dónde. Y aquí es donde salen las dudas, porque la mercadotecnia podemita y su culto a la imagen (los significantes, frente a los significados) han mostrado su oquedad (demasiado cercana a ejemplos olvidables como el melindroso ecosocialismo), porque intentan como sea disimular hasta qué punto se han contagiado de los problemas reales de la izquierda europea, de su falta de norte, que ya ha hundido a la socialdemocracia una vez que ésta ha perdido su poder negociador ante la ausencia de un fantasma como el del comunismo. Quizá sea hora de asumir que mientras el centro del debate político esté en la numerología económica, la iniciativa la mantendrá el establishment neoliberal, porque su superioridad tecnocrática a la hora de hacer cuentas y su capacidad de intimidación han conseguido ya una derrota moral de la izquierda: que el ciudadano sea hoy más que nada un accionista de una empresa que es su nación, y que se comporte como tal, consciente o inconscientemente.
Algunas voces dicen que la renta básica universal es la única posibilidad que tiene la izquierda de recuperar hoy la iniciativa política con un proyecto ilusionante y moderadamente utópico en el terreno económico. Tengo muchas dudas sobre la viabilidad económica del proyecto, y más aún sobre su sostenibilidad política (imagínense las campañas de la prensa española que todos conocemos, sacando cada día testimonios de borrachos y drogadictos gozando de la renta básica), pero también es cierto que el prejuicio ante el experimento se asemeja bastante a esos prejuicios ante propuestas audaces como -precisamente- la legalización de las drogas. De cualquier modo, hacer verosímil la propuesta, situarla en el centro de la discusión, podría llenar de contenido el debate político más allá de otras propuestas que también pueden ser decisivas, como la salida del euro o incluso de la Unión Europea, tema crucial sobre el que en Podemos se habla muy poco, sin duda por estrategia. Si no se recupera el vigor programático con propuestas de alcance y no de mera propaganda televisiva o tuit, todo el esfuerzo de imaginación política se va a quedar en poco más que un relevo generacional sin llegar a ninguna transformación real. Nos libraremos de algunos corruptos, seguramente, pero seguiremos sin tener la iniciativa.

domingo, 9 de abril de 2017

CONFESIÓN /AUTOPSIA DE UN FILÓLOGO


Sé que no es dramático, pero la verdad es que tengo un problema: he de ponerme a investigar en serio y de manera urgente. La carrera académica no permite ya descansos y los buenos tiempos de la holgazanería universitaria se acabaron al menos en España, especialmente para los que ni siquiera hemos llegado aún a funcionarios. Debo ahora producir conocimiento y transferirlo a la sociedad, por lo que parece, y no sé muy bien cómo hacerlo. Lo de la innovación es todavía más grave: con lo que me ha costado tener alguna idea clara, ahora resulta que todo debe pasar y nada debe quedar, porque nada es lo bastante bueno como para merecer la preservación. O sea que hay que investigar y además saber cómo explicar de manera creativa lo que investigamos, para que los chavales estén contentos cuando les suban las matrículas.
En realidad, tuve ideas para investigar relativamente creativas hace años, en la fase ascendente, cuando España aún prometía progreso y yo aportaba lo que podía: el problema es que algunas de esas ideas, tal vez las más originales, me las pisaron otros que ni siquiera me conocían pero se pusieron las pilas antes; y las ideas que por fin pude llevar a cabo con cierto rigor, francamente, no le han interesado a nadie. Nadie me cita, nadie me lee (y poco ayuda tener un nombre tan vulgar, casi de líder fracasado del PSOE). Soy un científico de bajo nivel en el ámbito de los estudios literarios. Aunque el asunto es más profundo: creo que lo que me pasa es que tengo una crisis epistemológica. A ver cómo se cura eso. Se supone que leyendo, pero no tengo claro qué.
Los investigadores de los estudios literarios tienen poca tendencia a confesar sus miserias: hay que mantener el postureo pseudocientífico y no se puede ceder ni un milímetro, no sea que el Estado nos quite el pequeño paraguas protector de que aún disponemos, o que algún colega prestigioso nos humille públicamente con chulería estilo Paco Rico por tener dudas, que son indicio de falta de fe. Además, conservamos aún cierto orgullo ancestral de elite humanística e ilustrada (a pesar de que una y otra vez la realidad nos demuestra que las fantasías de una sociedad hiperculta no se cumplen ni siquiera con la tecnología más avanzada de la historia y con obras gratuitas), y por eso seguimos empeñados en preservar heroicamente legados culturales, en defender valores que creemos trascendentales y en soñar húmedamente con que nuestras prédicas salvarán algún día (¿cuántos siglos llevamos así?) las almas desorientadas. Será por eso también que este mundillo académico, cada vez más irrelevante en el conjunto de la sociedad, parece hiperactivo últimamente y todos están encantados de conocerse a sí mismos (iba a utilizar una frase tarantiniana muy famosa, pero me la guardo). Pero a mí cada día me cuesta más mantener el elemental grado de simulación que la farsa exige, y necesito desahogarme en este blog semiclandestino comportándome como aquel mago enmascarado y sacrílego que se atrevió a desmontar con todo detalle en un programa de televisión los trucos más habituales del mundo de la magia.
Lo cierto es que, ante la urgencia de recuperar mi alicaída productividad he recurrido a un brainstorming cervecero-heurístico para tomar una decisión inmediata. Se me han ocurrido las siguientes opciones:
Opción 1: rebuscar entre los trabajos de doctorado alguna basurilla inédita y esperar que el tema sea tan insignificante que los evaluadores anónimos de alguna revista sepan aún menos que yo del tema y lo acepten. Hoy todo vale, y juego con algunas ventajas: hay escritores como hormigas, y pocos latinoamericanos y menos aún los españoles saben de países que no son el suyo.
Opción 2: como es probable que esos ficheros estén en vetustos disquetes y sea imposible reciclarlos, mejor elijo algo rápido de eso que llamamos cultura –lo primero que se me ocurra, da igual-  y me pongo a divagar con apariencia de análisis sesudo y combativo para sacar alguna gran verdad que a nadie se le ha ocurrido nunca, como por ejemplo que hay ideología en el fútbol o en los museos o en los parques, o machismo en determinados espectáculos. Claro, como la estética es una convención reaccionaria y obsoleta, todos los objetos culturales, desde Los Morancos hasta el Alcoyano, son igual de valiosos porque pueden ayudarnos a comprender cómo funciona el poder y por tanto a liberarnos de todas las injusticias. No es de extrañar que el estructuralismo –tan frío, tan antihumano, tan tecnocrático- haya sido olvidado; es muy aburrido analizar obras si no sirve para fantasear con alguna redención política y descubrir la sopa de ajo de la opresión. “Necesitamos más Cultural Studies para impedir que vuelva a pasar lo de Trump”, he llegado a leer por ahí.
Opción 3: la intermedialidad es otra buena excusa, y ahí llevo algo de ventaja: yo sí me tragué Twin Peaks entera en su momento, e incluso me di cuenta de que todas las tomaduras de pelo de la obra. Ahora cierta vanguardia académica está descubriendo lo provechosas y virginales que son las hibridaciones entre medios audiovisuales y literatura y es enternecedor el modo en el que se dejan deslumbrar por el efecto literario de homenajear a las series de televisión estadounidenses. Como encuentre una novela que incluya a Sonny Crockett, tengo tema para diez artículos.
Opción 4: sí, ya sabemos que la inmanencia estética está en vías de extinción, y lo curioso es que la Escuela del Resentimiento que la atacaba parece cada vez menos resentida y más cómoda. Hay, sin embargo, un terreno, fuera de las cavernas de los mandarines intelectuales, donde aún parecen creer en la estética, increíblemente: se trata de los estudios sobre la literatura infantil. Los pedagogos son ahora mismo tal vez los más preocupados en encontrar como sea la función estética en alguna parte para poder demostrar que existe la literatura infantil, que hay literariedad en ella incluso desde lo que podríamos llamar su grado cero: “sana, sana, culito de rana”.
Opción 5: también podría dedicarme a algún novelista muy actual que no esté todavía consagrado y forjar una alianza estratégica con él (siguiendo el modelo Cercas-Gracia, mucho más eficiente que Vargas Llosa-Oviedo, por ejemplo). Pero es fundamental que su esperanza de vida no sea baja, para poder ir exprimiendo al máximo la autoridad con la que hablaría de él. Sin embargo, eso implicaría hacerle la pelota para ganarme su confianza y poder presumir de conocimiento de primera mano. Aunque en realidad el precio es más alto: ¡le estaría dedicando mi tiempo y mis energías a la competencia novelística, dándole capital simbólico que yo necesito para mí mismo! Está claro que solo puedo dedicarme ya a escritores muertos.
Opción 6: otra opción muy hispánica es ponerme empírico y empezar a exhumar y revisar epistolarios. Esa es una buena opción: podría llegar a salir en prensa para dar a conocer la utilidad social de la investigación, y a lo mejor me serviría para justificar una estancia en el extranjero, porque ahora que se digitalizan todos los fondos se está poniendo más difícil eso de las estancias. De hecho, lo de los epistolarios también se acabará pronto, porque a ver dentro de veinte años quién va a dedicarse a estudiar los miles de correos electrónicos de los escritores contemporáneos (¿acabaremos estudiando los chats?). Debo decir que he tenido siempre un escaso interés en ese tipo de documentos, salvo en algunos casos muy específicos, cuando el documento revela un misterio autorial o la intervención decisiva de una determinada fuerza en el trabajo literario. Que Rubén Darío y Amado Nervo compartieran reino interior, o que muchos grandes machos de la cultura mexicana salgan del armario, o que sepamos por fin los motivos de la pelea entre Gabo y Marito, o que encontremos la prueba de que tal héroe del antifranquismo estaba a sueldo de la CIA, me resulta algo así como dermatología literaria, puro chisme que obvia la gran frase del dr. House, que sería buen filólogo: todo el mundo miente. De todos modos, esta opción investigadora tiene sus ventajas: aunque no encuentre nunca un documento que demuestre quién es el autor de Lazarillo de Tormes, siempre puedo apostar por un nombre y repetirlo a todas horas con el argumento tan científico de “demuestra tú que yo no tengo razón”. Así lo ha hecho una exprofesora mía, y su entrada personal de la Wikipedia corrobora el incuestionable triunfo.
Opción 7: en caso de desesperación, puedo buscar algún modelo narrativo y procurar sistematizarlo en el ámbito de lengua española dejando claro desde el principio que la investigación es solo un punto de partida. Parece, sí, un proyecto demasiado ambicioso y extenso, pero siempre se pueden buscar atajos conceptuales. Por ejemplo, bastaría con redefinir la “novela rizomática” como aquella novela cuyo final no se entiende porque el novelista sabe que si la obra termina con un mensaje positivo el resultado será baboso y cursi, y si la termina con uno negativo venderá poco. Así puestos, mejor que no se cierre nada y todo se ramifique y disperse. Y en caso de que se complique demasiado mi búsqueda, siempre me quedará la metaliteratura, que es lo más fácil de analizar y lo que mejor refuerza la burbuja de nuestra ilusión académica. Total, ningún autor me desmentirá si encuentro un guiño culto en su obra.

No se podrá negar que planes no me faltan. Es cuestión de ponerse manos a la obra. Seguiré informando.

domingo, 26 de marzo de 2017

LOBEZNO HA VUELTO

(Pensaba leer y reseñar la novela de Javier Cercas, pero, francamente, prefiero dedicar mi tiempo a Lobezno.) 
Sí: como él mismo diría, Lobezno ha vuelto. Su séptima película como personaje protagonista le confirma como uno de los más destacados reclamos de la industria del ocio actual, que mueve millones de dólares por todo el mundo y genera una producción simbólica de innegables efectos globalizadores. Por ese motivo podríamos situarlo ya a la altura de James Tiberius Kirk, Mr. Spock, Batman, Superman, Spiderman, James Bond, Indiana Jones, Darth Vader y algunos más, personajes que forman un repertorio sin el cual es difícil comprender el poder actual de un determinado tipo de cultura, que, nacida de bases populares (a menudo juveniles y enfáticamente masculinas) e infravalorada durante mucho tiempo desde el punto de vista estético, sostiene ahora un enorme negocio franquiciado que aprovecha al máximo las posibilidades de la nueva sociedad tecnológica y que ha sabido captar a base de dólares a creadores que empezaron sus carreras con algo de riesgo (American Beauty, Memento, Usual Suspects, Cop Land). 
Quizás esté abusando de la comparación, pero en cierto modo el negocio certifica el ciclo ascendente de la presencia cultural de estos personajes, como el que tuvieron en su momento los héroes griegos, los artúricos y los de la literatura anglosajona decimonónica. Sí, ya sé que suena a blasfemia literaria y ramalazo pop, pero qué quieren que les diga, prefiero estos productos estadounidenses antes que a Alatriste (o Falcó). Y por mucho que los desdeñemos, su importancia socioeconómica e ideológica es hoy por hoy más notoria, lamentablemente, que la de Stephen Dedalus o Hans Castorp.
Pero tal vez lo más interesante desde el punto de vista narrativo sea el lento y consciente proceso de sublimación o como mínimo dignificación que la industria del cine ha llevado a cabo para conectar la nostalgia de los primeros consumidores de estos productos -la mayoría en edad madura hoy, pero dotados de suficiente poder adquisitivo- con las generaciones herederas, que no vivieron el nacimiento de esa cultura y que entran ya directamente en la nueva fase. No es una buena noticia para el lenguaje del cómic, que probablemente ya ha pasado su edad de oro, como la ópera en su momento, y que difícilmente sobrevivirá a las nuevas seducciones que ofrece el omnipresente mundo audiovisual.
Ese fenómeno de maduración realista es ya muy evidente en la película Logan: la presbicia de Lobezno y la senilidad imparable de Charles Xavier son muestras de un notorio esfuerzo de verosimilización de los héroes, y a ello se añaden algunos toques pedantones para espectadores que exigen algo más que saltos mareantes y cuchilladas: de ahí la referencia –demasiado subrayada, en mi opinión- a Raíces profundas e incluso el recurso tan literario de la mise en abyme, que también podemos encontrar en la película. Pero nada de esto hubiera funcionado igual si el personaje no tuviera unas bases sólidas desde hace más de treinta años; desde los tiempos en los que algunos ya nos esforzábamos por imaginar una posible adaptación cinematográfica del cómic y pensábamos que Sonny Landham (el Billy de Depredador) podía ser una buena opción. De hecho, ya en 1981, en el famoso "Days of The Future Past" (The Uncanny X-Men nº 141-142) se planteaba una distopía futura en la que aparecía un Lobezno canoso y decadente como líder de un movimiento de resistencia ante los robots exterminadores de mutantes (antes de Terminator, por cierto).
Lo curioso es que el atractivo de Lobezno es absolutamente imposible de encontrar en su primera aparición en cómic, allá por 1978, si no me equivoco, de la mano del guionista Len Wein, que lo enfrenta a Hulk como mercenario a sueldo del gobierno para atrapar al monstruo verde. Al año siguiente el cómic se tradujo al castellano, y pudimos conocer ya a Wolverine, primero como Lobato. Pero el personaje carecía de los rasgos que luego le han hecho popular; aparecía siempre enmascarado y ni siquiera se decía de él que era mutante ni canadiense ni que tenía el cuerpo velludo hasta casi la hipertricosis.
Su inclusión en los nuevos X-Men poco después tampoco parecía augurarle demasiado protagonismo futuro, pero, a diferencia de otros héroes que empezaron protagonizando su propia colección, Lobezno ha ido creciendo semánticamente y pasando de ser personaje plano a personaje redondo, por decirlo en términos básicos. No siempre ese tipo de experimentos salen bien, como podríamos ver hoy en la confusa y pretenciosa serie de televisión Legión, sobre el hijo de Charles Xavier. En el caso de Lobezno, la clave fue, como sabemos, la intervención del guionista inglés Chris Claremont, responsable también de otro de los giros psicológicos fundamentales en la historia del cómic de superhéroes: la conversión moral de Magneto (es Claremont el que convierte al personaje en víctima del nazismo para justificar su agresividad ideológica y su resentimiento).
Pero para conseguir que Lobezno empezara a brillar hubo que tomar algunas decisiones creativas. Por ejemplo, uno de los compañeros de esos nuevos hombres X era Ave de Trueno, un personaje tan telúrico y hosco como Lobezno. Consciente de que los dos personajes no cabían en el grupo, Claremont, antes de que los lectores se encariñen con él, mata a Ave de Trueno en el número 95, apenas iniciada la historia del nuevo grupo. No hace falta recordar lo difícil que es matar en un cómic de este género a un personaje y evitar la tentación comercial de resucitarlo más adelante. En este caso, esa muerte dejó el camino libre para que Lobezno pudiera exhibir progresivamente sus contradicciones entre agresividad exterior y riqueza interior, y a revelar misterios y puntos íntimos de vulnerabilidad por debajo de su esqueleto indestructible y su exceso de testosterona. En ese sentido, es decisivo el número 114, en el que un globo del personaje nos revela su amor absolutamente secreto por Jean Grey, a la que en ese momento cree muerta. Mucho más adelante, cuando Jean Grey enloquezca poseída por su demonio interior, Lobezno intentará matarla para salvar al mundo, pero vacilará fatalmente, por amor, a la hora de clavarle las garras. El final de esa saga ya lo conocemos: el hermoso e inolvidable suicidio de Jean Grey, pésimamente reconstruido en la versión cinematográfica.
La biografía de Lobezno se va enriqueciendo también con otros datos imprevistos: en el 118 tenemos el primer toque orientalista y conocemos ya algo de su pasado en Japón, y en los 120-121, vemos sus problemas con el gobierno canadiense, que le exige volver a trabajar para el Estado como arma militar. Por supuesto, Lobezno saca su vena libertaria y escapa del acoso del gobierno. Ese temperamento suyo anarcoide tiene otros momentos memorables, como en el número 129, en el que está a punto de pelearse con un quiosquero que le abronca por leer un ejemplar de Penthouse sin pagarlo.
La agresividad del personaje también tuvo que pasar un proceso de suavización para adaptarse a cierta corrección política: por eso, los mercenarios a los que destripa de forma implacable en el número 133 y que parecen haber muerto, reaparecen vivos (aunque mutilados y reconstruidos como ciborgs) tiempo después, evitando que la pulsión homicida de Lobezno sobrepase los límites morales y legales y deteriore su creciente ejemplaridad para los lectores. Es esa una función modelizadora que se fortalece a medida que Lobezno acapara liderazgo dentro del grupo de héroes y socializa mejor sin perder su identidad carismática. Adquiere tanto protagonismo que en el X-Men Annual nº 11, de 1987, llega a convertirse en Dios gracias a un objeto mágico, aunque, fiel a su individualismo, renuncia ni más ni menos que a la omnipotencia para seguir con su temporalidad humana de ser sufriente pero libre.

Visto así, no debe sorprender que tanto lector de cómics se haya encariñado desde entonces con un personaje solitario, atormentado y a la vez noble como es Lobezno. Su conflicto entre razón e instinto tiene más relieves y matices, es decir, es menos binario, que en Hulk; carece de ínfulas patrióticas como el Capitán América porque su clase son los oprimidos mutantes y en todo caso es más espartano que de otro lugar, y por suerte no es un asqueroso ricachón con mala conciencia como Bruce Wayne o Tony Stark, ni un bobalicón cutre como Peter Parker o un vulgar hombre de familia como Reed Richards. Ojalá no languidezca en refritos, reboots, secuelas y precuelas; sería duro tener que acabar detestando a un gruñón tan entrañable. Aunque difícilmente dejaremos de envidiarle las garras y algunos de sus usos.

domingo, 12 de marzo de 2017

SOBRE LO UNIVERSAL DEL SUFRAGIO


El independentismo catalán, empeñado desde hace años en que se le tome en serio, ha conseguido ya ese objetivo, pero se acerca a su encrucijada más seria, porque por la vía legal choca con el muro que ya conoció Ibarretxe en su momento. Nadie, sin embargo, quiere suicidarse políticamente siendo el primero en poner el freno, lo que significaría quedar estigmatizado para el futuro y sin placa en la plaza del pueblo. En ese contexto, la opción pragmática de seguir trabajando en la ampliación y persuasión de la base social a la espera de un contexto más apropiado (porque Rajoy, aunque a veces nos lo parezca, no será un presidente eterno) ha sido desechada, y la razón está en la ansiedad de los que temen que los vientos de la Historia diluyan el impulso actual y la espuma baje como ha sucedido con los vascos. Son los mismos que se dejan seducir por lo desconocido y que están ilusionados ante la perspectiva de un escenario sin precedentes en el que se imponga sencillamente quien demuestre más voluntad (es decir, más convicción; es decir, más fanatismo) y consume los hechos. Por si acaso, el laboratorio de ideas (de Rahola a Viver i Pi-Sunyer, pasando por sor Lucía Caram) busca soluciones imaginativas para ir un paso por delante del gobierno español, cosa que en cierto modo está consiguiendo, aunque lo que le sale son ideas a menudo aberrantes basadas en triquiñuelas secretas, juegos de trilero y dobleces fulleras, que pueden conducir al monumental disparate de declarar la independencia para convocar el referéndum para saber si el pueblo quiere la independencia. Por supuesto, en la lógica indepe, todo es perfectamente democrático, porque el demos está acotado y la mística voluntad del pueblo eterno es muy clara: según parece, una amplia mayoría (TV3 dirá pronto que es un 105%) quiere el referéndum. Lo quiere, parece ser, pero no está claro si lo necesita ya, hoy, de manera inmediata e insoslayable; en todo caso, también querría seguramente que el PIB estuviera repartido de otra manera, y no parece que en ese sentido se le haga mucho caso, ni desde Madrid ni desde la plaza Sant Jaume. ¿Es así como se quiere crear la nueva república? ¿Esa es la revolución de las sonrisas? ¿De eso se trataba todo? ¿De que la mitad más chillona gane a base de conchabanzas y a hurtadillas? ¿De dar por ganado el partido por la mínima sin haber siquiera salido al campo a jugar, como en los casos de forfait?
La deriva sediciosa del independentismo en esta legislatura está perjudicando su inicial legitimidad social, y ello se debe a la permanente provocación y el empecinamiento monotemático, tan bien resumido en el lema del derecho a decidir, una de sus mejores maniobras retóricas. Sin embargo, los que no estamos en esa parroquia pensamos que esto de votar es más serio de lo que parece y que requiere de algo más que entusiasmo dominguero. ¿El Brexit solucionó el problema o creó uno nuevo? ¿Acaso no les hubiera mejor a los escoceses independentistas si hubieran esperado algo más de tiempo antes de hacer su referéndum? ¿Realmente un hipotético referéndum catalán con un resultado hipotético pero no improbable de 51-49, en un sentido u otro, resolvería algo y justificaría tantas energías invertidas y un posible trauma histórico?
Imitando cierta frase de Homer Simpson, podríamos gritar: "viva la democracia, la causa y la solución de todos los problemas". Pero es que no acaba aquí el asunto: entiendo que Bertín Osborne no tenga ese derecho a decidir sobre Cataluña, pero ¿y en mi caso? Perdón por la autovictimización, pero yo nací en Barcelona, me eduqué en catalán, he vivido allí más de treinta años (pagando impuestos cuando tocaba) y si ahora resido en Sevilla –paraíso, demasiado a menudo, de cierta catalanofobia muy característica-, es básicamente por la endogamia de la Universitat de Barcelona, que me cerró tres o cuatro veces la puerta en las narices. Con esos antecedentes, ¿soy parte de ese pueblo catalán que busca la libertad que se le ha negado desde hace tres siglos? ¿Soy catalán porque me siento catalán, porque ontológicamente lo soy, porque lo quiero ser, porque lo debo ser, o simplemente lo fui y dejé de serlo en cuanto cambié de lugar de residencia? ¿Tengo, sea como sea, derecho a decidir? ¿Sobre qué, exactamente? Sé que hoy estoy abusando de las preguntas, pero es que ni siquiera tengo claro si son preguntas retóricas o no.
Mi caso es, por supuesto, un átomo insignificante de toda esta historia, pero a lo mejor no es tan irrelevante si hacemos algunos cálculos y recordamos que la delimitación del censo electoral podría ser decisiva en un caso de empate técnico como el que se vive ahora. No se trata, por tanto, de poner excusas para retrasar el problema a la espera de que se desinfle, sino de respetar la complejidad del problema, que no es poca.

Quién me iba a decir a mí que acabaría defendiendo la constitución que da privilegios eternos a los Borbones. Será la vulnerabilidad creciente que conllevan los años, pero lo cierto es que hoy prefiero la ciudadanía como protección individual antes que la identidad como hechizo romántico.

domingo, 22 de enero de 2017

PATRIA

¿La tenemos, por fin? ¿Tenemos la Gran Novela sobre el terrorismo vasco, sobre la cuestión política más grave y trágica de la España democrática? ¿Será que por fin la narrativa española empieza a encarar los problemas decisivos y a abandonar el perfil bajo con el que funcionó plácidamente en los tiempos felices del crecimiento económico y la alienación colectiva?
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Como mínimo, habría que decir que más de un escritor español (sea del tipo cipotudo, del anglófilo o del intelectualoide) debería tomar nota de algo que Patria revela y a la vez perpetúa: el vigente poder de la novela para explorar la auténtica jerarquía de los problemas sociales. Por eso no creo que sea muy arriesgado afirmar que esta novela de Fernando Aramburu va a convertirse en un jalón de la novelística española de la democracia. Aunque también es cierto que jalones ha habido muchos desde La verdad sobre el caso Savolta, e incluso Historias del Kronen y Nocilla Dream lo fueron, en cierto modo; y también es posible, en ese sentido, que el éxito de Patria sea un impacto comparable al que en su momento fue otra "novela del año", Soldados de Salamina, ante todo como problematización que busca un amplio rango lector, y que por tanto busca un nicho de mercado, especialmente ahora que la batalla vasca ya no es tan violenta ni en el terreno policial ni en el simbólico. Sin duda, Aramburu ha gozado por eso de una ventaja evidente y el tiempo le ha permitido evitar el linchamiento brutal que, por ejemplo, recibió el intento de ecuanimidad de Julio Medem con La pelota vasca. Por otro lado, el hecho de que incluso la siempre detestable Telecinco cree ya miniseries de tema vasco (inspiradas en una novela, digamos, de Rafael Vera, que seguramente escribirá mejor que Corcuera), aumenta la inquietud ante el posible advenimiento de múltiples productos artísticos oportunistas centrados en el terrorismo vasco.
En realidad, las condiciones de adaptabilidad de la novela de Aramburu –vivaz, dinámica, poco lírica y a veces muy transparente- permiten pensar que pronto la veremos traducida a imágenes. Pero no se puede objetar mucho más a la solución formal adoptada por el novelista: su realismo, apoyado en la versatilidad de la representación de los discursos mentales y orales de los personajes, es penetrante y luminoso, está lleno de delicias narrativas en forma de perfiles íntimos sufrientes y complejos y tiene un completo despliegue de relaciones de causa y efecto que explican el denso movimiento social de un espacio concreto y limitado sin necesidad de incurrir en los tópicos de la querella permanente sobre la cuestión vasca. Y no le falta imaginación estructural: convertir en núcleo de la novela no tanto el enigma de un crimen como la petición de perdón sobre un crimen es una audacia neopoliciaca arriesgada pero que funciona felizmente, en el límite justo, creo, de la contención sentimental y el mensaje redentorista.

Hay terrorismo y hay terror en esta novela, que expone sin concesiones la intensidad asfixiante y totalizadora de la violencia, e incluso describe la enorme fuerza social y también militar que ETA llegó a tener –no nos engañemos- en determinados momentos. Sin duda, el tribalismo feroz del mundo rural (con personajes viles como ese cura casi decimonónico) es registrado con minuciosidad, aunque esa concentración sociológica es al mismo tiempo fortaleza y debilidad del texto. Al haberse centrado en dos núcleos familiares rurales, la novela gana en emotividad (y en sentimentalismo, dirán algunos) pero carece de esa verticalidad necesaria para entender determinados mecanismos de poder (de un bando y del otro) que han sido fundamentales en la gestación, la intensificación y ahora la solución de la violencia. Esa verticalidad es la que, por ejemplo, tan bien supo rentabilizar literariamente Vargas Llosa en Conversación en La Catedral, paradigma de novela sobre la corrupción moral de un periodo histórico ominoso (con personajes como el inolvidable Cayo Bermúdez). O la que más recientemente plantea otro peruano, Alonso Cueto, en la extraordinaria Grandes miradas, que afronta la terrible violencia de Estado en los tiempos de Fujimori atreviéndose a explorar en la ficción la interioridad despótica y miserable del mismísimo Vladimiro Montesinos. Desde esa perspectiva, como novela sobre el trauma histórico de la violencia, Patria funciona perfectamente dentro de la reflexión que permite su acotamiento sociológico. Habrá que ver qué novelista se decide a partir de ahora a completar la necesaria exploración elevando y diversificando el alcance crítico. 

domingo, 15 de enero de 2017

SITUACIÓN ACTUAL DE UN FANTASMA


El año que acaba de terminar ha sido bastante intenso en necrológicas de personajes célebres, lo que, en una sociedad tan ruidosa y fetichista como la de nuestro tiempo, ha provocado una epidemia de plañiderismo que amenaza con sustituir definitivamente la vela y la corona de flores por el lloriqueo virtual y exhibicionista en 140 caracteres. Pero junto a esta hipertrofia del duelo, hay otro problema creciente: la sociedad de la información –de la logorrea, más exactamente- tiende a atormentarnos cada día más convirtiendo el calendario en una tortura de sucesivas efemérides ideales para el bucle de la nadería disfrazada de análisis concienzudo y original. Me permito adelantarme a los hechos para advertir de algunas cosas que nos esperan este año y así poder callarme tranquilamente cuando llegue el momento: este otoño tenemos, por ejemplo, el centenario del triunfo de la Revolución Rusa y el cincuentenario de la muerte del Che Guevara.
Si finalmente se casa, este será así un año redondo para Vargas Llosa, y por supuesto para los predicadores del cebrianismo, porque no faltarán las miradas condescendientes de Cercas, Cruz, Savater y tantos otros (Torreblanca es el júnior subido a titular, ansioso por ganarse el puesto). Temo que el revisionismo anticomunista se vaya a desatar en sus diferentes variantes: desde la paternalista y pragmática hasta el ensañamiento estadístico con momentos gore sacados de Koba, el Temible o de El libro negro del comunismo. Simétricamente, no faltarán los nostálgicos desorientados que inundarán las redes sociales con la famosa fotografía de Alberto Korda al Che sin darse cuenta, por ejemplo, de que esa imagen icónica anticipó la triste conversión de Pessoa o Kafka en merchandising turístico de Lisboa o Praga. Mientras, en España, Podemos, con su asepsia característica y su adanismo resultón y fotogénico, pasará de puntillas sobre el tema, tratando de no enlodarse en el siempre incómodo anticapitalismo, con el cual, como bien saben, difícilmente se va a llegar al poder en una sociedad capitalista. Por eso, Pablo Iglesias parece saber de Gramsci, pero cuando quiere decir cosas claras e importantes para la transformación social recurre a Twin Peaks, como en un ridículo vídeo que intenta hacer pasar por iconoclasta y que confirma los malos augurios para la lluvia de ideas en Vistalegre 2. Porque una cosa es evitar el paleocomunismo y renovar el discurso crítico, y otra cosa muy distinta es dulcificar el mensaje eludiendo el debate central sobre el verdadero margen de acción política en la era del capitalismo global: en pocas palabras, evitando decir si Podemos cree en la generación de la riqueza o en la redistribución de la misma. Eso sí, peor lo tiene, por supuesto, el Partido Comunista de España, disuelto ya, quizá de manera irremediable, en la nueva gaseosa izquierdista. No se sabe qué es peor: que lance ahora gritos cavernarios al estilo Francisco Frutos o que permanezca en silencio dejando que el lenguaje marxista siga su deriva arcaizante, idónea para las nuevas generaciones que creen que el muro de Berlín estaba en América.

Seamos claros: el socialismo real fracasó. Pero eso no significa, pongamos, que ahora sean buenas las películas de Rambo. Y sobre todo, no invalida la necesidad de mantener una crítica implacable al capitalismo, crítica que es imposible si se prescinde del utillaje de herencia marxista. La reducción cuantitativa de la lucha armada a nivel mundial es sin duda una buena noticia, pero el ajuste de cuentas con la violencia revolucionaria y el mesianismo o la concepción foquista de la Revolución corre hoy el riesgo de convertirse en una apología permanente de la Arcadia neoliberal y de las bondades de la plusvalía. Además, la mitificación del Che Guevara puede resultarnos hoy cándida o pavorosa, según se mire, pero el proceso simbólico es más complejo de lo que parece ahora y no se puede resumir, desde luego, en una camiseta. Bastaría recordar que la figura de Guevara en su momento generó homenajes literarios de autores tan diversos como Julio Cortázar, Ernesto Sabato o Max Aub. Pero no es eso lo más importante, en realidad, porque incluso Neruda dijo vergonzosas palabras sobre Stalin. La valoración histórica de Guevara (o de Lenin) debe ser ponderada, sin omitir, por supuesto, la dimensión trágica y violenta del personaje, pero también sin incurrir en ese tipo de autopsia maniquea que olvida interesadamente otras genealogías de la violencia y de la opresión. Es un buen ejercicio de historia contar cuántos países en el mundo podían presumir de democracia en los años sesenta del siglo XX; incluso en las propias democracias liberales más estables fueron necesarias figuras como la de Luther King. Por cierto, por ahí se acerca otra efeméride: su asesinato, sobre el que hablaremos, pero ya el año que viene.

domingo, 18 de diciembre de 2016

ALMA MATER (II)

Hace unos meses dediqué una entrada a comentar brevemente la situación de la universidad española, pero temo que la magnitud del problema me obligará a convertir esa entrada en la primera de una larga serie. De hecho, yo diría que la reflexión sobre el tema es importante no sólo para los lectores que pertenezcan a mi gremio, sino también para todos aquellos ciudadanos preocupados por los ataques constantes al sector público español por parte de los defensores de la utopía neoliberal.
En ese sentido, dos noticias de las últimas semanas son especialmente relevantes y es conveniente ponerlas en relación aunque aparentemente estén desconectadas. Por un lado, tenemos el descubrimiento del bochornoso currículum plagiador del rector de la Universidad Rey Juan Carlos, que ofrece pocas dudas científicas, por mucha presunción de inocencia que se quiera plantear cautelarmente, y que se agrava todavía más por la patética resistencia del sujeto a dejar su poltrona. No creo que sea el único caso en un futuro próximo: la creciente digitalización de fondos bibliográficos sacará los colores a más de uno/a que aprovechó la vieja cultura analógica para apañar publicaciones copiando de textos añejos o recónditos que creyó que serían eternamente de difícil acceso. Por ese motivo hay que entender que la compulsión plagiadora del rector es más que un hecho constatable: es también la sinécdoque de toda una estructura de poder académico opuesta por principio de Peter a la meritocracia intelectual y que explica en buena medida la instauración de la mediocridad y el nepotismo como normas generales de la universidad española durante décadas. Los rectores españoles, como otras tantas instituciones españolas de la democracia, han gozado genéricamente de una cierta inmunidad que les ha permitido llevar a la práctica sus modelos feudales y crear una clase social de auténticos privilegiados que en ocasiones (lo sé porque lo he visto) no pasan de trabajar una docena de horas a la semana. Digo una docena en total (incluyendo preparación de clases y, ejem, investigación).
Sin embargo, la denuncia de los evidentes privilegios de que ha gozado durante décadas una parte del profesorado universitario español no puede llevarnos a ser indiferentes ante las nuevas medidas neoliberales de ataque a la universidad pública, que ya hace tiempo muchos veníamos intuyendo aunque se han cocinado lenta y discretamente, y que se suman a las aplicadas, por imperativos tecnocráticos europeos, en otras áreas esenciales del Estado. Porque la otra noticia reciente a la que me refería es la publicación de los nuevos requisitos para acceder a los puestos de profesorado universitario funcionario: la Agencia Nacional de Evaluación y Calidad de la Acreditación ha subido notoriamente los niveles de exigencia de las acreditaciones previas que permiten presentarse a cualquier oposición a profesor titular. Aclaro que a mí personalmente no me afecta, pero lo cierto es que yo mismo no cumpliría hoy (después de quince años de experiencia posdoctoral) los criterios, y temo que muchos catedráticos (incluso de los buenos) tampoco. No voy a extenderme en detalles técnicos, pero algunos de los criterios parecen más ambiciosos que los de los tenure de Estados Unidos y son de difícil cumplimiento en áreas donde los posgrados son escasos o donde apenas hay recursos para la investigación y el calendario académico es tan exigente que impide cualquier estancia en centros de investigación internacionales.

Evidentemente, la competitividad universitaria es ineludible desde una perspectiva científica, y, por tanto, es razonable elevar el nivel para seleccionar y motivar óptimamente el talento académico. El primer problema es que el aumento de exigencia y la búsqueda de “excelencia” obligará a trabajar arduamente como docente y como investigador (es decir, en dos facetas cada vez más separadas logística e intelectualmente) sin que eso suponga, en principio, una mejora en los salarios. Pero el asunto es bastante más grave y profundo desde una perspectiva socioeconómica: la inversión durante años (los de vacas gordas) en formación predoctoral y posdoctoral en España ha creado una masa de investigadores y profesores que el sistema ya no puede absorber, porque el sector público debe ajustar sus gastos y hay que minimizar en todos los sentidos el funcionariado, que al parecer vive demasiado confortablemente y es poco productivo sin la sensación de un buen látigo neoliberal sobre la espalda. Por eso, esta situación de atasco es ideal para aplicar medidas implacables que, con la excusa de la necesidad de subir el nivel científico, logren una precarización evidente de investigadores y docentes ahorrando gastos y la vez manteniendo al personal joven con la espada de Damocles del despido o el recorte. Desde esa perspectiva, la carrera académica en España, que hace décadas era comodísima para algunos gracias al enchufismo salvaje, empieza a volverse enormemente complicada y desmotivadora. No hace falta pensar mucho para prever el futuro inmediato: muchos investigadores se irán al extranjero y no será raro que al final quienes entren en el sistema académico sean aquellos que, desde una posición económica familiar más desahogada, se puedan permitir el ejercicio de la paciencia. Con este panorama de colapso universitario, noticias como la desfachatez de algunos altos cargos académicos son especialmente irritantes porque confirman que el reajuste del sistema universitario se va a hacer al revés de como debería ser y, como tantas otras veces, ensañándose con el más débil.

domingo, 11 de diciembre de 2016

 SIMONE

Perezosamente, intento superar mis desfases en el conocimiento de la literatura latinoamericana actual aproximándome a obras que posean algún tipo de aval no demasiado contaminado de mercantilismo; en otras palabras, que no tengan faja con citas de críticos a la violeta y datos borreguiles de ventas. Por esas precauciones, y también por las restricciones de una presbicia desbocada, he llegado tardíamente a la novela ganadora del premio Rómulo Gallegos de 2013, Simone, del puertorriqueño Eduardo Lalo, que he leído en la edición argentina pero que, por lo que he descubierto, acaba de ser publicada en España. Para lectores no especialistas, hay que decir que el Rómulo Gallegos sí es un premio literario de verdad, muy a menudo irrefutable y casi siempre –como en el caso de la edición de 2013- respetable.
SIMONE (NOVELA): LALO, EDUARDO

Ignoro si el premio tuvo algo de cuota geopolítica al premiar a una de las literaturas nacionales menos conocidas a nivel hispánico. De cualquier modo, la novela compone algo así como un paradigma de la frustración literaria del escritor puertorriqueño contemporáneo, burocratizado por el pro pane lucrando de la vida universitaria, mortificado por el infantilismo de la sociedad de consumo, pero sobre todo irritado porque ese tipo de agravios son especialmente difíciles de sobrellevar en los países no hegemónicos y aún más en los que tienen todavía traumas coloniales, como es el caso de Puerto Rico. Descapitalizado simbólica y económicamente, el narrador sin nombre pero nada lejano del propio autor trata de sublimar su alienación analizando la multiforme realidad urbana de San Juan y cotejando su autocastigo con las diversas formas de la lobotomía colectiva. Un amor misterioso –no digo más- alterará las leyes de ese movimiento rutinario.
En ese sentido, la novela formaría parte del excedente de textos metaliterarios y autoficcionales con los que a menudo el escritor actual –es posible que yo mismo lo haya hecho alguna vez- trata de compensar su miopía sociológica y su inseguridad política con el ensimismamiento crítico y autocrítico y algún toque pseudopolicial de enigmas semióticos y misterios textuales. A Lalo le salva, desde luego, la virtud de su prosa, porque parece que se maneja mejor en la dicción que en la ficción, y en ese punto los resultados son ejemplares, como corresponde a un autor que también es poeta y aforista. Hay otro aspecto interesante, y más novedoso, que es el contenido orientalista, en concreto chino, que tal vez sea algo así como un yacimiento literario del nuevo siglo, acorde con la creciente importancia mundial de ese país, y sobre el que habrá que pensar con calma pronto.
Pero mi mayor placer lector con esta novela no deriva de esos esfuerzos, sino del evidente ajuste de cuentas con el que Lalo se despacha en la parte final de la novela, en la que el resentimiento literario se desata y explaya, gozosamente para él y para lectores como yo, contra la pinza terrible que hoy forman el sistema universitario estadounidense y la industria editorial española, dos focos de poder y codicia para el escritor puertorriqueño (pero también de otros muchos países) ante los cuales la resistencia es cada día menor. Lalo ridiculiza y caricaturiza la fatuidad del profesorado hechizado por el posestructuralismo más vacuo y por la tentación del mandarinato, pero es aún más vengativo con el sistema literario español, que resume en la figura de un personaje llamado Juan Rafael García Pardo que parece la quintaesencia del escritor español consagrado por la euroeconomía: arcaico que finge apertura de miras, paternalista y a la vez ignorante hacia lo latinoamericano, condescendiente hasta la náusea, indulgente con un mercado que acepta en virtud de un concepto perverso de democracia, servil con el poder y carente de todo riesgo creativo o existencial. No queda clara la alusión á-clef, pero no costaría demasiado desmontar el retrato robot a partir del canon de la literatura española de la democracia.
Es cierto que el desahogo de Lalo no es precisamente sutil y que a la diatriba se le ven mucho las costuras narrativas, pero esa toma de posición hostil me parece ante todo oportuna frente a la tiñosa mojigatería de tanto escritor o crítico español socialdemócrata de boquilla y neoliberal a la hora de cobrar, y en general frente al capitalismo cultural español, tan prepotente y fanfarrón. Que un escritor latinoamericano se sume a la necesaria impugnación del sistema de poder literario que en España nos ha intoxicado durante décadas gracias, especialmente, al holding de PRISA y al catetismo ilustrado de las universidades españolas, es más que una reacción defensiva de escritor celópata: significa una coincidencia feliz con la labor que desde este lado del océano se está llevando a cabo para desarticular el cuento de hadas de la cultura de la democracia. Ya está bien de jactancia triunfalista por una cultura domesticada de escritores que hacen publicidad para bancos y jamás critican los oligopolios, pero que se escandalizan ante el horrible populismo; una cultura que ha consagrado obras fungibles, ha repartido prebendas y lujos fomentando egos –véase a modo de ejemplo el grotesco espectáculo reciente de Rico vs. Pérez-Reverte-, y que ha promovido con todo el cinismo una hipotética superioridad del libre mercado sobre cualquier racionalización del valor estético. 
Muchos escritores latinoamericanos, tentados comprensiblemente por el poder editorial español, han aceptado las condiciones del mercado, muy a menudo neocoloniales; me alegra comprobar que alguno rompe con la ancestral cortesía latinoamericana y se atreve al menos a hablar del nuevo traje del emperador, aunque sea con excesos epatantes y algo de maximalismo: "cuando murió Franco y se estableció la democracia (...) la literatura española no pudo continuar justificando sus minusvalías y ya no pudo seguir sobrevalorándose a partir de la política de sus autores (...) En una generación, ante el vacío conceptual que creó el fin del franquismo, la literatura española no ha hecho otra cosa que hundirse y mostrar a esa supuesta cultura hispánica su nulidad" (p. 189).
Ojalá cunda el ejemplo.

(Nota para suspicaces: la edición española es de Fórcola, no de Random House o equivalentes.)

domingo, 4 de diciembre de 2016

SAUDADE

Dudo mucho que acabe yo cediendo a la tentación, tan vulgar hoy, de escribir novelas sobre personajes o acontecimientos reales para tratar de vender en las tiendas de los aeropuertos sin forzar mucho la imaginación, pero si así fuera se me ocurren algunos nombres interesantes precisamente porque ya no interesan a casi nadie. Uno de los que más me fascina, por remoto y tenaz, es el filósofo marxista húngaro Georg Lukács.
Acabo de leer la transcripción de un debate radiofónico de 1969 en el que Lukács, desde Budapest, se reencuentra, cincuenta años después, con su antiguo discípulo Arnold Hauser, autor de la famosa Historia social de la literatura y del arte, que habla desde Londres, donde lleva viviendo muchos años. Por supuesto, ha sucedido muchísimo en ese tiempo de separación: Hauser, por ejemplo, pasó diez años haciendo de chico para todo en una oficina de la ciudad inglesa para sobrevivir y Lukács tuvo sus problemas (¡él!) con la ortodoxia soviética. Hauser tiene 77 años y Lukács 84. Pero la conversación termina así:
Lukács: (…) y por lo que se refiere a nuestra discusión quisiera hacer una última pregunta. En Occidente ha surgido últimamente el término “pluralismo” –a mi parecer desprovisto de todo sentido-. La verdad, sin embargo, siempre se da únicamente en el singular.
Hauser: Al menos dentro de las ideologías individuales.
Lukács: Por otro lado, aquí existe el prejuicio de que la verdad se puede determinar de un golpe y literalmente en virtud de la decisión de cualquier institución; un prejuicio tan peligroso como el pluralismo. La verdad es lo que tenemos que reanimar y resucitar mediante el marxismo. Habrá que resolverlo en extensas polémicas; aunque discutamos por una cuestión durante treinta años, el resultado será, al fin y al cabo, solamente una verdad.
Hauser: Y de todas formas a tal verdad solo se llega después de haber transformado la sociedad.
Lukács: ¡Exacto!
Hauser: Seguramente no se puede cambiar primero una cosa particular y en consecuencia, después, la sociedad. No se puede encaminar un nuevo arte sin haber pensado anteriormente en la transformación del camino. Ese es el núcleo del problema, la esencia de nuestro proyecto.
Lukács: Puede ser con seguridad la base de una colaboración plena de discusiones.
(Arnold Hauser, Conversaciones con Lukács, Madrid, Guadarrama, 1978, p. 22. Cursiva del autor)
¿Es tierno o es monstruoso? ¿Es absolutamente anacrónico o tiene algo así como una vigencia oblicua?


Por cierto, dicen que ha muerto Fidel Castro.