domingo, 29 de abril de 2018


LITERATURAS EN CRUCE

(Este texto es un adelanto -en concreto, la introducción, aliviada aquí de notas- de mi próximo libro de crítica, Literaturas en cruce. Estudios sobre contactos literarios entre España y América Latina, que recoge trabajos publicados durante años junto a textos inéditos y que, si todo va bien, saldrá publicado en otoño en la editorial madrileña Verbum).

Si rebuscáramos en la extensísima casuística de relaciones literarias de todo signo entre escritores de ambos lados del océano con el objetivo de encontrar un ejemplo que fuera de alguna forma modélico, quizá nos quedaríamos con una historia fundamental y sobradamente estudiada y pormenorizada: la amistad entre Pablo Neruda y Federico García Lorca. Por supuesto, la elección no escapa del todo a la arbitrariedad, pero el modelo contiene mucho más aparte de los conocidos elementos legendarios y trágicos, y sobre todo puede funcionar como personificación de un determinado ideal de conexión literaria entre España y América Latina en un momento decisivo de modernización. La relevancia de las dos figuras contribuye a ello, pero también otros factores que configuran un preciso esquema posicional de ambos escritores en sus respectivas literaturas. Sin desdeñar la importancia de la amistad de Neruda con Alberti o Hernández, y otras tantas amistades que sin duda se pudieran señalar, la relación con García Lorca funciona de forma inmejorable –sin necesidad de entrar en ninguna candidez mitificadora- como fórmula de cooperación transatlántica e intercambio enriquecedor. Pero también funciona como apertura a un nuevo espacio de significados socioliterarios, un nuevo terreno de juego que es también otro sistema que ya no es exclusivamente ni español ni latinoamericano porque trasciende un determinado marco local y geopolítico y permite releer las posiciones de los escritores definiendo un repertorio común compartido de opciones y valores literarios, y perfilando asimismo lo que podríamos considerar, al fin y al cabo, un mercado común.
Por supuesto, la triste realidad del exilio político durante el siglo XX ha generado muchísimas complicidades biográficas (afectivas, editoriales, académicas, etc.) y ahí encontraríamos también todo tipo de modelos con efectos literarios (Ramon Vinyes y Gabriel García Márquez, por citar un ejemplo también muy conocido), pero quizá lo específico de Neruda y García Lorca es que fueron dos vectores de modernidad periférica que confluyeron y se fertilizaron mutuamente produciendo valor estético, y a la vez se proyectaron el uno en el campo del otro: Neruda en España y García Lorca en América Latina. Sin necesidad de tener en cuenta, por ejemplo, las implicaciones añadidas que el asesinato de García Lorca tuvo también para la cultura latinoamericana como conmoción histórica, lo que nos interesa resaltar aquí es esa condición de equilibrio más o menos logrado en lo que sería una mutua interferencia transatlántica. Es decir, estaríamos hablando de una relación que cumpliría un cierto sentido de simetría en términos culturales: un intercambio fluido de dos escritores de vanguardia de indudable trascendencia histórica, sin evidente hegemonía ni simbólica ni económica de un lado sobre el otro, sin aparentes connotaciones coloniales y con mutuo reconocimiento. Habría que preguntarse cuántas relaciones pueden ajustarse a este esquema antes y después; o más exactamente, cómo la desviación de este modelo hipotético nos puede servir para explicar por contraste muchos otros casos, hasta llegar al antimodelo, el de la incomunicación más o menos plena, por el cual determinados autores de importancia no consiguen o consiguen muy tardíamente algún reconocimiento al otro lado del océano.
Comparemos la relación entre Neruda y García Lorca, por ejemplo, con las relaciones transatlánticas centradas en torno a la figura también decisiva de otro chileno instalado en España, Roberto Bolaño, convertido desde finales de siglo XX en resorte de múltiples posibilidades de todo signo, textuales y extratextuales, que van desde su inclusión como personaje secundario en Soldados de Salamina hasta su inserción en el campo literario español gracias a la imprescindible función avaladora (y en algún caso, casi co-autorial) que en su trayectoria cumplieron dos personalidades literarias con gran prestigio en España, el crítico Ignacio Echevarría, que durante algunos años fue quizá el árbitro más temido de la prensa literaria española, y, sobre todo, el editor Jorge Herralde. Bolaño, sin duda, es también otro éxito de una determinada construcción del espacio común transatlántico, tanto simbólico como económico: su propia literatura rentabiliza temáticamente la fluidez transatlántica y su consagración ha contribuido a unificar prioridades estéticas y tabla de valores a ambos lados del océano. Pero el intercambio tiene otras condiciones no homologables al caso Neruda-García Lorca: sí, España ayuda a la institucionalización de Bolaño y Bolaño ayuda al prestigio editorial español y, ciertamente, algo parecido sucedió con Neruda, pero García Lorca y Echevarría o Herralde son productores con una función socioliteraria muy diferente.
Más evidente es el problema de encontrar un modelo de referencia si pensamos en otros casos, como las relaciones contemporáneas entre el editor y escritor Juan Cruz y diversos escritores latinoamericanos, relaciones bastante documentadas en los proyectos memorialísticos del primero. El intercambio, en la mayoría de esos casos, funciona con unas reglas y unas criterios muy específicos: Cruz ofrece su agenda, su capital social y sus posibilidades editoriales a cambio de valores estéticos que forman parte de su repertorio de lector y que entran al mercado español más tarde o más temprano y de una forma u otra, sobre todo en la editorial Alfaguara. Sin necesidad de entrar en sanciones morales, parece claro que sobre todo en este caso hablamos de una relación muy lejana a la simetría de la relación Neruda-García Lorca. Se trata de un intercambio de elementos simbólicos por elementos económicos, de acuerdo con lógicas del mercado capitalista y específicamente de la incorporación de España a ese mercado internacional desde las últimas décadas del siglo XX, en directa competencia con los proyectos neoliberales latinoamericanos de la época, como los de México o Argentina.
Las variantes del intercambio son, desde luego, inagotables, pero la definición de las diferentes formas de asimetría a la hora de organizar redes entre España y América Latina podría servir para postular, siquiera heurísticamente, una serie de modelos de las posibles relaciones literarias transatlánticas, basados en las posiciones individuales de los escritores en contacto. Parece claro que, de hecho, la simetría sólo puede funcionar como abstracción o ideal, mientras que la asimetría es mucho más realista a la hora de describir la gradación de las relaciones entre la metrópoli y sus antiguas colonias. El principio asimétrico ayuda a comprender múltiples situaciones de ajuste y desajuste entre intereses a ambos lados del océano, desde la diferencia esencial forjada con la emancipación latinoamericana y la consolidación de sus sistemas nacionales. La descolonización es, de hecho, el punto de partida de toda una serie de dinámicas de proximidad y alejamiento, de fraternidad y competencia, y también de proyectos de renovación a veces completos y a veces accidentados o fragmentarios, como corresponde a modernidades que, en España al igual que en América Latina, han enfrentado contradicciones muy variadas y a veces muy frustrantes.
Pero es que, además, el juego simétrico tiene forzosamente un diseño más complejo de componentes y estratos, porque cualquier planteamiento del tema debe reconocer la existencia de dos heterogeneidades indispensables que también pueden reforzar (o no) las posibles simetrías: una, la latinoamericana, ya asumida por la crítica a partir de sus diversos subsistemas nacionales y regionales desde la teoría de Antonio Cornejo Polar, y otra, la española, en la que también funciona de forma relevante al menos un subsistema, cuyo centro sería sin duda Barcelona, donde, por cierto, en ocasiones se ha compartido con América Latina cierta retórica descolonizadora frente a los impulsos del poder hegemónico español (político o cultural) centrado en Madrid. No es un tema menor, desde luego. ¿Cómo, si no, interpretar datos específicos tan inusuales como la insólita traducción de Cien años de soledad realizada al catalán en 1970, y sobre la que hablaremos más adelante? La función concreta de esa traducción sólo se pude comprender aceptando un cruce complejo ni más ni menos que de tres sistemas literarios: catalán, español y latinoamericano, en un momento histórico específico (con García Márquez instalado en Barcelona). En ese sentido, no es difícil percibir que el espacio transatlántico –o transibérico- es mucho menos homogéneo de lo que pudiera pensarse, aunque precisamente en esa disipación de las fronteras es donde encontramos la enorme riqueza de las redes creadas y sus nuevos significados.
Afortunadamente, la preocupación por atender de forma crítica a la diversidad de fenómenos de comunicación literaria entre España y América Latina ha experimentado un notable crecimiento en las últimas décadas. Aunque no es nuestra intención hacer aquí un balance detallado de sus logros y sus retos, hay que recordar que la teoría de los estudios transatlánticos ha supuesto un importante avance en la atención a toda una serie de aspectos que escapan a las fronteras nacionales y que responden tanto al dinamismo de la interacción entre sistemas literarios como a las formas más o menos represivas con la que las instituciones culturales han ocultado, postergado o infravalorado textos y factores de acuerdo con una visión específica del concepto de literatura. Como recuerda Julio Ortega, los estudios transatlánticos toman en cuenta la diversidad de “geotextualidades” generadas por realidades mixtas y fluidas, e incluso tienen un valor político que les permite no acomplejarse ante el enorme prestigio académico de los estudios culturales, porque “responden a la violencia de los saberes institucionales de sanción y valoración” y cruzan fronteras “para abrir espacios de respiración y nuevas tramas de legibilidad”.
Ortega recuerda acertadamente que en el desarrollo de esa nueva preocupación transatlántica ha jugado también un papel importante la actitud por fin más receptiva por parte del mundo académico español, visible en el creciente interés por la cultura latinoamericana desde las universidades españolas, que contrasta (como veremos con ejemplos claros a lo largo de los siguientes capítulos) con algunas evidencias históricas que, desde luego, también forman parte del problema. En realidad, la incomprensión española hacia América Latina es un sustrato colonial y paternalista demasiado visible aún hoy, sobre todo en determinados medios de comunicación y en algunos discursos políticos manifiestamente reaccionarios. No se trata únicamente de datos como la celebración acrítica del 12 de octubre y el mantenimiento de la querella simbólica sobre la “leyenda negra”, sino de otras muchas conductas, como la manipulación sistemática que se ha llevado a cabo en los últimos años para desprestigiar en la esfera pública española algunos proyectos políticos latinoamericanos superficialmente catalogados como “populistas”. No es una actitud bidireccional, a pesar de los datos de signo inverso que se puedan encontrar: se trata de una evidente falta de autocrítica colonial que en España se suma demasiado a menudo a una simplificación antropológica y geográfica de América Latina.
Es cierto que estos aspectos extraliterarios parecen estar lejos de los procesos que aquí nos interesan prioritariamente, pero ningún análisis cultural puede desdeñar la importancia de la huella colonialista en la recepción de algunas producciones latinoamericanas en España durante el siglo XX, y en general no puede pasar por alto la dificultad de la metrópoli para asimilar desde muchas de sus instituciones la complejidad identitaria latinoamericana y reconocerle así un estatuto comparable a la española dentro un sistema común que reparta beneficios a ambos lados del océano. Pensar por ello en una conflictividad radical no resuelta –a pesar de los muchos y encomiables esfuerzos históricos ya realizados- como principio esencial de la relación entre España y América Latina quizá nos ayude a comprender las normas y las excepciones, y en general la lógica de la asimetría que ha marcado y marca aún hoy la relación panhispánica. Aunque la intervención española ha tenido en ocasiones consecuencias no sólo mercantiles sino también estéticas -sirvió, por poner ejemplos rápidos, para favorecer en su momento la consagración de Martín Fierro gracias a Unamuno y Menéndez Pelayo, o la de César Vallejo gracias a la edición española de Trilce-, y aunque ha habido diversos casos de críticos valiosamente instalados en un equilibrio transatlántico –pensemos, por poner un ejemplo vigente y veterano, en el crítico y poeta uruguayoaragonés Fernando Ainsa, por ejemplo-, también habría que recordar algunos accidentados ingresos de la crítica española al debate latinoamericano (como la polémica generada en los años cuarenta del siglo XX por el exiliado español Pedro Grases sobre las características generales de la novela hispanoamericana, que motivó las réplicas de críticos como Arturo Torres Rioseco, Enrique Anderson Imbert y José Antonio Portuondo).
Sea como sea, los estudios transatlánticos han encontrado un importante nicho de mercado académico aprovechando los muchísimos intersticios desatendidos por los historiadores hasta la fecha y toda una serie de textos marginados por su intrínseca flexibilidad o heterogeneidad, o por su irreductible perfil mixto o bidireccional. Con todo ello, sin duda se ha contribuido a superar en buena medida el aislamiento histórico de las dos orillas, lo que más allá de mensajes idílicos de orgullo cultural ayuda a la necesaria revisión de la infinidad de formas de contacto producidas hasta la fecha. Pero quizá habría que volver a pensar en las formas históricamente generadas por ese aislamiento para encontrar las reglas que explican las evidentes oscilaciones en el intercambio literario habidas en los últimos ciento veinte años. Y ahí es donde volvemos, inevitablemente, al tema menos feliz de las asimetrías y sus posibles síntomas neocoloniales.
Tal vez no sea necesario insistir en que la asimetría es, ante todo, demográfica, étnica y antropológica, pero estos rasgos constitutivos y empíricos -que impiden, como es obvio, la igualdad entre “España” y “América Latina” como sujetos- son solo una parte del diagnóstico. La asimetría demográfica no ha impedido algunas evidentes consecuencias literarias en términos, por ejemplo, de mercado y consumo lector. Hablaríamos de una asimetría editorial, porque el mercado de la edición ha funcionado históricamente de forma asimétrica a favor de las casas españolas salvo en las primeras décadas del franquismo, en las que la iniciativa y la vanguardia estaban al otro lado del océano (gracias en buena medida a la labor de editores españoles exiliados, como es sabido).
Sin embargo, también hay que apuntar que la hegemonía española no ha sido uniforme, aunque, sin duda, sus instituciones han aspirado más al control latinoamericano que a la inversa. Por poner ejemplos rápidos de los que más adelante hablaremos con más calma, el Instituto de Cultura Hispánica, la editorial Seix Barral y el grupo PRISA serían formas de aspiración a la hegemonía que no tienen correspondencia simétrica en el lado latinoamericano. A pesar de sus diferencias ideológicas bastante evidentes y del grado de éxito alcanzado en cada caso, han contribuido a proyectar hacia ultramar un discurso hispánico, y por ello podríamos detectar aquí otra asimetría, más de tipo institucional, por la cual la expansión económica e ideológica es históricamente más agresiva desde España hacia América Latina que al revés (salvo, quizá, la importancia expansiva y euforizante de la Revolución Cubana, aunque la entrada de los españoles en el proyecto cubano fue siempre menor que la de los latinoamericanos). Evidentemente, también ha habido intentos hispanizantes desde América Latina –quizá el más célebre, sin contar los homenajes a propósito de la Guerra Civil, sea Cantos de vida y esperanza- y no hay que olvidar la importancia en España de editoriales como Fondo de Cultura Económica, pero habría que insistir en la falta de reciprocidad de ese hispanismo con vocación expansiva.
Por esa vía llegaríamos a otro rasgo esencial de la diferencia entre sistemas: lo que podríamos llamar la “necesidad de autointerpretación”, que ha marcado básicamente desde Pedro Henríquez Ureña el discurso crítico latinoamericano, y que es muy poco conocida en España aún hoy salvo en círculos académicos. A ello que habría que oponer la escasa autointerpretación de la literatura española como sistema, sobre todo desde el punto de vista académico y filológico, lo que ha creado una imagen rígida de unidad cultural (a partir de la literatura áurea) que ha olvidado problemas y debates que también requieren apertura crítica, como, por ejemplo, el estatuto de la literatura catalana o la gallega en sus relaciones con la española.
Recordemos que la crítica latinoamericana llegó, con planteamientos como los de Roberto Fernández Retamar, a plantear la necesidad de una teoría propia de la literatura hispanoamericana; nada comparable, ni en lo bueno ni en lo malo, ha tenido lugar en España, ni siquiera en el caso de la literatura catalana –en catalán o en español-, cuyos dilemas identitarios pueden considerarse no resueltos. En ese sentido, qué duda cabe que el autoanálisis desde el lado latinoamericano ha sido, sobre todo en las últimas décadas, más intenso y fecundo que el producido en una España donde, por ejemplo, el canon literario se cuestiona o simplemente se interpreta de forma muy lenta.
Esta asimetría autorreflexiva, derivada en última instancia de problemas de identidad cultural, podría ser considerado también otro factor que ha favorecido el intento de consolidación de un concreto sistema transatlántico, con reglas que han sido fomentadas desde una España aparentemente homogénea y que han intentado proyectarse sobre el conjunto de los sistemas nacionales latinoamericanos, aprovechando que la intercomunicación entre estos ha sido fluctuante salvo en algunos periodos muy concretos (Modernismo y boom, por ejemplo). La ventaja de esa imagen de unidad española a la hora de organizar la conexión entre los propios países latinoamericanos ha sido un recurso estratégico sobre todo desde el punto de vista editorial y ha puesto de relieve, entre otras cosas, las dificultades políticas y económicas de la cohesión latinoamericana, dificultades que al final también tienen consecuencias literarias.
Todas estas son líneas de fuerza que explican muchos movimientos transatlánticos que constituyen el sistema literario común nacido seguramente con el Modernismo, en el que se planteó la primera vanguardia literaria entre escritores españoles y latinoamericanos bajo el liderazgo incuestionable de Rubén Darío. El famoso “retorno de los galeones” concebido por la crítica (Max Henríquez Ureña) para sintetizar la inversión del orden colonial que se produjo con la renovación modernista (y consagrar de paso la madurez literaria continental) creó, sin duda, una nueva narrativa de la historia de la relación transatlántica. Pero, siguiendo con el esquema metafórico, habría que pensar en las características de los siguientes viajes de los “galeones” y en cómo se han repartido las iniciativas tanto simbólicas como económicas entre ambos lados del océano. En ocasiones, como en el caso del boom, la iniciativa estética fue otro galeón latinoamericano, pero la mercantilización final del proceso se debió en gran medida a la entrada del sistema editorial español. Del mismo modo, en el final de siglo XX, la superioridad mercantil española supo rentabilizar la iniciativa estética de autores como Bolaño, y los “galeones” españoles han vuelto a “conquistar” el mercado latinoamericano.
Por motivos como estos, comprender la bilateralidad de la relación obliga a aceptar la larga pervivencia de desajustes económicos, políticos y culturales que siempre influyen en una inevitable situación de competencia. Cualquier escritor en posición transatlántica se ve influido en un sentido u otro por alguno de esos desajustes. Por ello quizá necesitemos más modelos de relación literaria transatlántica que ayuden al esfuerzo de categorización visibilizando los problemas, las contradicciones, y, por qué no decirlo, también los momentos de solidaridad y cooperación.
En ese sentido, valdría la pena volver al punto de partida, que necesariamente (a pesar de los casos de la presencia en España de Vicente Riva Palacio o Francisco A. de Icaza) debe ser Rubén Darío, como origen de una nueva actitud hispánica restablecedora de vínculos culturales y organizadora de una red literaria. Pero incluso en el caso de Rubén, las opciones son muchas y todas interesantes: desde la importancia de Juan Valera o la amistad con Juan Ramón Jiménez hasta la relación menos amable con Unamuno, pasando por otros muchos nombres de la fecunda experiencia dariana en España, el autor de Prosas profanas genera muchos modelos conductuales a cuál más curioso e interesante.
Sin embargo, hay una amistad crucial que en cierto modo podría servirnos de epítome de la complejidad de las relaciones literarias transatlánticas desde su origen: se trata de la amistad, también famosa, entre Rubén Darío y Marcelino Menéndez Pelayo. Hay rasgos muy singulares en ella que podrían convertir esa amistad en símbolo de alianzas y reencuentros, pero también de ajustes y desajustes, de compensaciones y descompensaciones; una fórmula muy lejana a la que supondrían, según nuestra búsqueda rápida de modelos, Neruda y García Lorca.
Entre esos rasgos hay múltiples formas de asimetría, pero seguramente en hay también un valioso sentido metafórico que explica más sobre la complejidad de las relaciones entre España y América Latina que la célebre metáfora de los galeones. Recordemos que Rubén conoce al maestro santanderino en su primer viaje a Madrid en 1892, concretamente en el hotel Las Cuatro Naciones, residencia habitual de Menéndez y Pelayo en Madrid, como apunta Noel Rivas Bravo en su reciente edición de España contemporánea (p. 325). Las palabras de Rubén dejan pocas dudas sobre la sincera admiración que profesó por el historiador, a quien compara ni más ni menos que con Erasmo: “Menéndez Pelayo está reconocido fundamentalmente como el cerebro más sólido de la España de este siglo; y en la historia de las letras humanas, pertenece a esa ilustre familia de sacerdotes de que han sido ornamento los Erasmos y los Lipsios” (ibid.).
Es especialmente significativa esa admiración teniendo en cuenta que se destina a alguien que encarnó unos valores españolistas sobradamente conocidos y que en ciertos aspectos (a pesar de que Rubén en ningún momento lo percibe así) podría ser la antítesis de los esfuerzos emancipadores y descolonizadores de la cultura latinoamericana. Aunque Rubén critica, como es sabido, determinados aspectos de la España que encuentra después de la guerra de Cuba, su balance no afecta a la talla intelectual de don Marcelino. Y conviene recordar que el mismo Menéndez Pelayo ultracatólico es, curiosamente, el autor de la primera historia con ambición generalizadora de la literatura hispanoamericana, su Historia de la poesía hispano-americana de 1911-1913, y que por tanto fue un importante legitimador de la literatura del otro lado del océano. La historiografía literaria latinoamericana no puede evitarle ese mérito al santanderino, que, curiosamente, ha sido el español que más ha influido en el canon literario del continente, a pesar de los muchos esfuerzos de compatriotas suyos después y por supuesto hoy.
Menéndez Pelayo también elogió a Rubén, como sabemos. A pesar de que evitaba deliberadamente incluir a poetas vivos, en la Antología de poetas hispano-americanos que precedió a la Historia de la poesía hispano-americana, ya Menéndez Pelayo le dedicaba un breve comentario sin mencionar su nombre, y lo completó en la versión de 1911: “de su copiosa producción, de sus innovaciones métricas y del influjo que hoy ejerce en la juventud intelectual de todos los países de lengua castellana, mucho tendrá que escribir el futuro historiador de nuestra lírica”. De ese modo, Rubén y Menéndez Pelayo forman una “extraña pareja” transatlántica, instalada en un cruce de caminos por los cuales transitarán mucho después tanto el americanismo más radicalmente orgulloso de su conciencia y sus logros culturales (visibles en un Ángel Rama, por ejemplo, también estudioso de Rubén y el Modernismo) como el peninsularismo más agreste y desdeñoso. Por tanto, si añadimos un suplemento más de imaginación metafórica, ¿acaso no es reveladora de muchas contradicciones la relación entre Rubén y Menéndez Pelayo, entre la América Latina que se está modernizando y la España castiza? Resumiría la vinculación entre dos proyectos difícilmente compatibles desde el punto de vista cultural y que además han cruzado a la larga sus esfuerzos de modernidad en más de una ocasión sin lograr, salvo parcialmente, el ideal modernizador. ¿Acaso, insistimos, no es polivalente y sugestiva la imagen del vínculo entre el primer gran exponente, tal vez, de la autonomía literaria latinoamericana y el que fue a su vez el primer exponente de la heteronomía por la cual la legitimación española ha seguido funcionando, mejor o peor, con más capacidad de control o menos, al otro lado del océano?
Rubén y Menéndez Pelayo frente a Neruda y García Lorca. Tal vez es posible empezar a leer de otra manera los cruces transatlánticos, y por eso hemos pretendido en estas páginas iniciales hacer esta tímida propuesta de relectura de ese espacio común de las literaturas de lengua española a partir de modelos duales que resuman de algún modo los problemas. En ese sentido, como hemos señalado, Neruda y García Lorca ejemplifican, probablemente, un cierto equilibrio entre los sistemas. Pero Rubén y Menéndez Pelayo personifican, a pesar de la indiscutible mutua generosidad con la que se trataron, desajustes radicales que quizá aún hoy no han sido resueltos entre poder metropolitano y aspiraciones latinoamericanas. Hay en la dialéctica que forman sus identidades tan disímiles una imagen mucho más duradera y aguda de lo que tal vez ambos lados del océano estarían dispuestos a admitir. En ese sentido, podrían componer otro modelo lleno de significado para comprender la complejidad de la relación entre España y América Latina.

domingo, 15 de abril de 2018



NOSTALGIA DE BUÑUEL

Sota, caballo y rey. Tenemos PokerStars y blackjack de sobras, pero estamos perdiendo el guiñote y el tute. Los chavales de hoy se jubilarán cobrando una miseria y no jugarán a las cartas, sino a la PlayStation. Los frikis, tan anglófilos ellos, no usan baraja española. Las cartas se mueren y la sota está triste. Ya nadie canta las cuarenta. Eso, en un país como España, es una pérdida real y metafórica. 
Sota, caballo y rey. No sé por qué, pero cuando imagino una partida de cartas españolas veo, alrededor de la mesa con el tapete verde, los rostros de mis abuelos, y en la pareja rival siempre uno tiene la cara de Buñuel. Poca gente ve sus películas; como si esa España cejijunta hubiera desaparecido con tanta cosmética. Cincuenta canales de televisión repiten a todas horas las películas de Marvel, o peor aún, las del detestable Steven Seagal, seguramente el peor actor del mundo. Pero nunca emiten El ángel exterminador, o Viridiana, o esa con título de tema eterno: Los olvidados. Los jóvenes de hoy se asustan con las películas en blanco y negro, que deben parecerles algo tan depresivo como el sexo de los padres, y Movistar gana dinero con eso. Buñuel les suena a medieval, como Chaplin, como Bergman, como Welles. Estamos perdiendo también esa batalla. 
Cómo cantabas las cuarenta, amigo Buñuel. A españoles, a mexicanos, a franceses, a quien fuera. ¿Quién hace algo así hoy? ¿García Ferreras? Esa capacidad de arriesgar, de molestar -con pocos recursos y sin la industria de Hollywood detrás-, eso sí es testosterona castiza, eso sí es españolidad de la que me gusta, de la que aún se podría salvar. Nunca envidiaré la condición de exiliado, pero sí la permanente lucha, la radicalidad depurada de toxinas dogmáticas, el compromiso vital con una idea agresiva del arte heredada de las vanguardias pero después madurada por sinsabores políticos y nutrientes ateos. Sí, Ford; sí, Kubrick, también; pero no hay por qué sentirse inferiores con Buñuel. No todas las verdades están en inglés.
Es cierto que Buñuel, como todo gran artista tenaz y explorador, fue desigual. Hoy quizá Christian Grey bostezaría ante Belle de jour, pero es que, visto con distancia, la sensual Catherine Denueve, en el fondo, no es tan importante como Lola Gaos. Entender eso es lo difícil: la polivalencia de un autor y la coherencia global de un proyecto, de una suma de hachazos a la conciencia. Una voluntad, en definitiva.
Sota, caballo y rey: al final hay una lógica y se llega a una conclusión inapelable. La España del garrotazo y la picaresca vuelve una y otra vez, por mucho que se intente blanquear. Hoy la encarnan los corruptos, los ignorantes y plagiarios, los franquistas que pugnan por salir del armario, los neocaciques de corbata y guante blanco, los inquisidores encubiertos. España no es una metafísica, es un error perpetuo, un cuerpo descoyuntado por la cojera permanente. Durante más de veinte años se nos vendió el cuento de hadas de la España posmoderna y europea, y se recurrió para ello al exorcismo neoliberal de demonios como Buñuel. Pero por debajo todo seguía podrido.
 Volvamos a la mala leche, a la mala uva. Oros, copas, espadas y bastos.

domingo, 1 de abril de 2018


NOVELAR CATALUÑA

En los últimos tiempos, a raíz de la publicación de La vida póstuma, varios amigos (incluidos algún crítico y algún colega profesor) me han preguntado si pienso escribir una novela sobre el procés independentista catalán. Es posible que tengan demasiada fe en mis posibilidades y sobre todo en mi capacidad de trabajo, pero de cualquier modo su curiosidad está justificada, dado mi interés político y personal sobre el tema, interés que se ha visto más de una vez en estas páginas. Pensando en la cuestión, me he dado cuenta de que ese podría ser además un excelente motivo para reflexionar públicamente sobre el repertorio de posibilidades del novelista, uno de los temas decisivos y sin embargo más opacos del quehacer novelístico, porque suele estar enturbiado por motivos diversos, que van desde el pudor hasta la superstición, pasando por la burda estrategia comercial y todo tipo de esoterismos románticos, metafísicos o visionarios.
Intentaré, por lo menos, que mis palabras parezcan sinceras y que no caigan en las típicas fenomenologías del proceso creativo. Vayamos por partes: ante todo, dejando de lado un posible psicoanálisis de la vocación literaria (que no me parece decisivo cuando se llega a una cierta madurez mental y profesional), hay siempre una prioridad digamos intencional, que, por lo que a mí respecta, tiene un cierto sentido ideológico, lo cual no significa panfletario (o eso intento). Por eso, los que creemos que la novela debe aspirar a una cierta solidaridad histórica y que, por tanto, por encima del placer hedonista del consumo hay una moral de la creación basada en el espíritu crítico, no podemos menos que sentirnos tentados por aportar una interpretación en clave de ficción a un proceso que, se mire como se mire, es excepcional, tanto en sus aspectos más grotescos (las desbandadas de algunos supuestos héroes, la toxicidad folclorista e irracionalista) como en sus aspectos más profundos (por ejemplo, la aporía a la que ha llegado el concepto de democracia liberal entre dos interpretaciones incompatibles, o la reflexión sobre las bases y límites de posibles transformaciones sociopolíticos de calado en el marco europeo, aparentemente estable e inmutable)
Es probable que el proceso independentista sea la convulsión de mayor magnitud política que me ha tocado vivir e interpretar. Desde luego, la más tediosa es, sin duda. El terrorismo vasco me ha resultado felizmente ajeno, y el 23-F yo era un niño que aún rezaba (muy poco después llegó mi apostasía oficiosa, que dura hasta hoy y seguramente durará hasta mi próxima visita al quirófano). El 15-M, por otra parte, es un fenómeno mucho menor como subversión o impugnación, a pesar del surgimiento posterior de Podemos. Hay, por supuesto, otras maneras más oblicuas o subterráneas de interpretar la realidad política de nuestro tiempo, y no cabe duda de hay fuerzas y conflictos hoy mucho más importantes en la geopolítica española, europea y mundial, pero no me veo con capacidad para recrearlas a través de la ficción y tampoco presumiré de poder conocerlas bien.
Todas mis novelas publicadas hasta la fecha han transcurrido parcial o totalmente en Barcelona, y de hecho mi actual work in progress -provisionalmente titulada El toque de queda- se sitúa asimismo en la Barcelona de hoy, por lo que un mínimo protocolo realista me llevaría a incluir algún tipo de alusión a una cuestión central del presente (¿puedo describir un barrio sin mencionar las esteladas?), aunque el diseño de la trama no se centre en esa polémica y en sus antagonismos. Tampoco se me escapa que el procés es, desde hace años, un gran negocio para bastantes, incluidos independentistas, unionistas y equidistantes (entre los que tal vez estuve yo y seguro que ya no estoy desde el 7-9-2017). Sant Jordi es el centro de todo un calendario de novedades en las que se incluyen los textos propagandistas de los clercs del procés y todo tipo de ensayos y análisis a menudo descaradamente oportunistas. El procés, como sabemos, ha supuesto una mina para algunos paniaguados en forma de intervenciones televisivas y libros, y de hecho no me sorprendería si Gabriel Rufián ganara el Planeta en un futuro no muy lejano; la vida da muchas vueltas, pero los que saben hacer negocio encuentran siempre su hueco. Sin duda, una novela sobre el procés, buena o mala, en catalán o en castellano, vendería en un próximo Sant Jordi, o en su defecto fuera de Cataluña. No me cabe duda de que ahora mismo más de un editor está examinando manuscritos y negociando posibilidades.  
Reconstruir el proceso a través de unos personajes representativos es, por tanto, una tentación legítima para un escritor que no ha accedido a un nivel alto de difusión como yo y busca estratégicamente llamar la atención de lectores y editores para garantizarse la viabilidad de proyectos posteriores creando ya una marca artística. Las preguntas que surgen son tres. ¿Puedo? ¿Quiero? ¿Debo?
La preceptiva implícita del arte de novelar, basada en el canon, desaconseja acercarse tanto a la actualidad como lo hace el periodismo. Una prudente distancia aumenta la perspectiva y permite en el escritor evitar el riesgo del partidismo o la militancia. Por eso Aramburu pudo triunfar con Patria y sin embargo a Julio Medem lo masacraron con La pelota vasca. Además, en el caso catalán parece difícil vislumbrar un final inmediato, por lo que cualquier balance actual corre el riesgo de quedar obsoleto en apenas un mes. La tenacidad fanática del sector independentista acumula agravios y resentimientos manteniendo un nivel de ansiedad alto que impida el desánimo de sus bases, lo que garantiza la continuidad del conflicto. Es cierto que como conflicto, le falta sentido trágico –por suerte, quiero aclarar-, pero el futuro apunta a una posible ulsterización de la sociedad catalana. En ese sentido, es posible que lo peor esté por llegar. Imaginarlo a través de una ficción profética podría ser una opción, pero dudo mucho que alguien se atreva. Ni siquiera los escritores castellanohablantes de Cataluña (Pérez Andújar, por ejemplo; y esto me lleva a otra pregunta que dejo aquí: ¿hablarán algún día los historiadores de la literatura de una “generación 155”?).
Otra posibilidad sería escoger con astucia un día central del proceso que condense el conflicto, y, al menos hasta hoy, ese día seguramente sería el 1 de octubre. Pero ya el independentismo se está encargando de semantizar ese día para convertirlo en epopeya, sin entender que el éxito (gracias a la torpeza del inefable Zoido) provocó el impulso insensato que finalmente llevó al vértigo suicida de los días posteriores por parte de unos dirigentes desbordados por un proyecto inviable pero temerosos de decepcionar a sus masas. Es decir, que ese éxito ha acabado conduciendo a los héroes a la desobediencia y finalmente a la cárcel. Por eso mismo, parece difícil, aun utilizando una perspectiva más amplia y menos épica y tratando de explicar la embriaguez política del patriotismo, evitar que un replanteamiento novelesco del fenómeno refuerce el mito fundacional que va a ser utilizado cansinamente a efectos propagandísticos.
Otra opción diferente sería rebuscar en las raíces del conflicto y tratar de entenderlo a través de la ficción. Por supuesto, aquí también los riesgos ideológicos son muy altos, sobre todo si la polifonía del texto queda dañada por la previsibilidad de las voces y de las funciones actanciales de los personajes (buenos y malos, víctimas y verdugos, para ser más claros). Imaginemos, a modo de juego, un posible esquema de dramatis personae: el charnego de izquierdas que ha acabado votando a Ciudadanos porque siente que él había cumplido con el pacto social del respeto mutuo y la coexistencia y que ahora los independentistas están rompiendo ese pacto; el inmigrante codicioso, que funciona mentalmente como muchos chicanos que votaron a Trump, y que, resentido por la crisis, ha sido abducido por los cuentos chinos de los agravios económicos y el sueño delirante de una Cataluña con el nivel de vida de Dinamarca; la cateta de la Cataluña rural que ni ha pisado Madrid y que vive un ensueño de pacifismo y veganismo naïf al tiempo que se extasía besando la Moreneta; el exconvergente que está harto de Madrit y que entiende todo el problema a base de símiles futbolísticos: diStéfano, Guruceta, Cruyff, Figo y finalmente Guardiola, el Mesías; el antiguo comunista o anarquista que, desorientado, encuentra ahora una utopía que cree a su alcance antes de aburguesarse como en el fondo desea; el escritorcillo o la escritorcilla que sueña con un campo literario autónomo y monolingüe en el que poder destacar y ser profesional sin perder energías en autotraducirse; el españolista de clase alta al que le gusta la Cataluña liberal y emprendedora, pero que se llena de orgullo por ser español porque todavía se cree que España es un gran país y que el 12-1 a Malta reveló algo metafísico; el chino del bazar que no se entera de nada pero que vende a todos; el niñato que se ha educado con el Club Super3 como otros lo hicimos con Mazinger Z y no quiere escuchar el cuento de la Transición porque para él lo español es sustancialmente ajeno en lo vital y en los pocos libros que lee (solo trolea, lee tuits y whatsapps)…. Los metemos a todos en un barco como en Los premios de Cortázar y que fluya la novela, a ver cómo acaban.
Ahora admito que estoy haciendo trampas y que oculto mis verdaderas intenciones. Lo que acabo de plantear huele a sátira, y esa es la opción que ahora mismo menos me interesa. Yo quisiera plantear en la novela una hipótesis sobre las contradicciones hoy desatadas en Cataluña, que revelan elementos más sutiles y por supuesto menos verificables: la heterogeneidad irresoluble de una España cada vez más descompuesta, esa especie de ingenuidad o sociomasoquismo que explica la obstinación independentista y su actual fracaso, y sobre todo el complejo marco mental de la desconexión, por el que se ha abierto una enorme brecha hispanófoba en casi la mitad de la sociedad. Es posible que la lengua sea la clave tanto de la hispanofobia como de la catalanofobia, lo cual complicaría aún más la posible novela (¿habría que hacer una novela bilingüe?). Pero es que quizá encontremos más si dilatamos el significado del conflicto. Me refiero a aspectos relativos a los riesgos actuales de la democracia en toda Europa: la inconsistencia de los sueños igualitarios entre territorios y el subsiguiente aumento del egoísmo, la apelación tenaz y casi mágica a la identidad en un mundo caótico y abrumador que exige un dinamismo constante, la proliferación de discursos simplificadores en una sociedad hipercomunicada y que por eso mismo acaba hiperventilando, y la supervivencia de problemas del pasado que demuestran los pies de barro de la democracia.
Revelar esas contradicciones de forma estéticamente eficaz se basaría, ante todo, en la elección del punto de vista del autor (entendido a la manera de Lotman o Uspenski, más que a la de Genette), que es el que articula la relación entre voces de personajes y narrador o narradores. A partir de ahí, cabría la posibilidad de plantear, creo yo, una visión compleja que sea fiel a la complejidad del problema. ¿Me atreveré a intentarlo? Perdón, pero no voy a decir nada más. Eso ya forma parte del secreto profesional.

lunes, 19 de febrero de 2018


PRESENTACIÓN EN MADRID

Sé que desde Rusia visitan este blog muchos robots que hackean -creo que con pocos resultados-, pero, en cambio, ignoro cuántos lectores puedo tener en Madrid. Aun así, estáis todos invitados a la presentación de mi novela este miércoles 21 en el Centro de Arte Moderno. Presentará la obra mi querida amiga la profesora y escritora Selena Millares, de la Universidad Autónoma de Madrid.

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domingo, 18 de febrero de 2018


LOS LIBROS Y EL ORIGEN

¿Hasta qué punto la biblioteca personal explica la evolución de cualquier lector y sobre todo de cualquier escritor? Eso nos puede llevar a una segunda pregunta más sofisticada y quizá malpensada: ¿hasta qué punto la biblioteca, sobre todo la familiar, es un capital que ayuda a la trayectoria del escritor y le sirve para gozar de alguna determinada ventaja competitiva? El caso de Borges es, seguramente, el ejemplo paradigmático: casi podría decirse que somatizó la biblioteca de sus padres, y, como sabemos, rentabilizó literariamente esa faceta de una forma inigualable. Por supuesto, el capital familiar, en sus diversas formas, incluida la biblioteca, ayuda todavía en nuestros tiempos a la formación de un escritor (no hay que pensar solamente en Javier Marías, sino en casos como el de Milena Busquets), aunque, por suerte, la democratización cultural ha permitido un acceso bastante amplio que dificulta determinadas formas de elitismo, aunque genere otras hipertrofias por culpa de internet. Pero creo que podría ser interesante pensar por un momento en el caso inverso a la biblioteca imponente: hablo de la biblioteca vacía, inexistente o como mínimo precaria que misteriosamente también puede estar en el origen de una vocación literaria. La nada que puede ser el principio previo. La ausencia de la letra. Se me ocurre que algo puedo contar al respecto.
Nunca he soñado con tener las tres bibliotecas particulares y los treinta mil volúmenes que al parecer tiene Mario Vargas Llosa, pero lo cierto es que tampoco he tenido ninguna posibilidad ni de acercarme a una décima parte de esa cifra. Mi vida itinerante y mi inclinación –a veces forzada y a veces voluntaria- a los hogares pequeños me ha impedido componer una de esas bibliotecas impactantes y casi museísticas. Sin embargo, puedo darme por satisfecho si pienso en la biblioteca de mi casa cuando nací. Porque no era mucho más que una biblioteca fantasma.
En esos años de tardofranquismo, el crecimiento de la clase media española se manifestó inesperadamente en diversas formas de boom editorial, entre las cuales no fue la menor la de los narradores latinoamericanos, que empezaron a llenar librerías y bibliotecas. Pero hubo también otro gran impacto editorial fundamental en la sociología lectora española, que recordarán los lectores de una determinada edad: la Biblioteca RTV de Salvat, iniciada en 1969. Se trató de un éxito mercadotécnico sin precedentes, debido probablemente al nuevo poder de la televisión, porque Televisión Española avalaba y publicitaba (hablamos del único canal de televisión que se veía regularmente, lectores jóvenes…) la colección. Para entender lo que supuso ese fenómeno hay que recordar que el primer número vendió un millón de ejemplares, según me contó mi amigo Joaquín Marco, entonces director de la colección. Pero lo asombroso no es la cantidad, sino el título de esa primera obra publicada, que podríamos considerar el best-seller más imprevisto de la historia. Hablamos de La tía Tula, de Miguel de Unamuno. Ni siquiera Gironella o Forsyth, ni por supuesto García Márquez o Cela. No, Unamuno, elegido para no levantar sospechas en la censura y propiciar que la colección después pudiera continuar con autores políticamente más delicados.
La tía Tula [Cómo se hace una novela]: Unamuno, Miguel de
Bien, el caso es que ni siquiera esa biblioteca de consumo masivo que buena parte de España adquirió llegó nunca a mi casa. No éramos clase media, lamentablemente. Fue mi hermano el que poco a poco fue creando una biblioteca respetable, en la que siguen siendo inolvidables los libros de Alianza Editorial con las cubiertas a veces herméticas pero siempre atractivas de Daniel Gil. Ahí encontró él a tantos autores europeos (desde el inevitable Hesse hasta Kafka o Nietzsche), y así me llegaron a mí. Aunque quizá aún más importante fuera la editorial Bruguera, que no sólo ofrecía en sus baratas ediciones obras de Lowry y Onetti, sino que también ofrecía buena parte del cómic que digeríamos y que hoy recuerdo como un verdadero zapeo ficcional, sobre todo en revistas como Mortadelo, en la que usualmente lo menos interesante eran precisamente las historias del torpe agente gafotas que le daba nombre. Sin embargo, todo eso llegó a partir de mediados de los setenta. Es posible que no hubiera ningún libro en mi casa cuando yo nací. Tal vez las horripilantes novelas del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía, que fueron la única lectura comprobada de mi padre, pero tampoco podría asegurarlo.
Rastreando nostálgicamente en el hogar, creo que he encontrado el que seguramente es el libro más antiguo adquirido por el núcleo familiar: la Enciclopedia Universal Ilustrada de la editorial Ramón Sopena, en cuatro volúmenes, de 1971. Una obra comprada costosamente a base de letras (el crédito de aquellos tiempos) a esos personajes tan curiosos y pesados que eran los vendedores de enciclopedias, que seguramente convencieron a mis padres de que los libros iban a ser el complemento ideal para que los niños estudiosos sacaran buenas calificaciones y borraran así el estigma de la pobreza andaluza de generaciones y aun siglos. El esfuerzo económico de mis padres no estuvo exento de riesgos y miedos, ya que la enciclopedia podía costar el salario de un mes para una familia sin patrimonio ni ahorros. Lástima que la enciclopedia tuviera entradas tan rigurosas y de nivel científico como esta dedicada a Franco: “alzado el ejército de Marruecos contra la dominación roja en España, el general Franco se trasladó a Tetuán, tomó el mando del Ejército de África y emprendió la magna Cruzada de Reconquista de la Patria, con el apoyo de la exaltación patriótica de la mayor parte de la nación no maleada por teorías disolventes”. Sic, de verdad, sic.
Recuerdo haber escuchado alguna vez a Juan José Millás decir que en su curiosidad literaria fue decisivo leer de niño la entrada de la palabra “muerte” en la enciclopedia Espasa, lo que al jovencísimo lector le abrió un mundo de sorpresas y fascinantes posibilidades. No creo que la entrada dedicada a Franco me haya determinado en ningún sentido, pero me pregunto si hay alguna conexión misteriosa entre ese primer libro franquista y lo que ha venido después: los cinco libros de poesía de mi hermano y mis tres novelas, entre otras cosas. Esa biblioteca tiene, por tanto, su relato, su misterio e incluso su lección histórica. Y es que, como mínimo, hay una génesis en ese hipotético primer libro, una génesis marcada por el miedo a la ignorancia y a la pobreza, pero también por algunos innegables valores familiares que quizá sólo podría dar a entender citando versos de César Vallejo. 
Cultura, vieja amiga: a pesar de todo, yo sigo confiando en ti.

domingo, 4 de febrero de 2018

ARTÍCULO CASCARRABIAS (APRENDIENDO A IMITAR A JAVIER MARÍAS)

Estar prudentemente lejos de la naturaleza es un signo de capacidad racional, y quien lo niegue solo lo hace porque sueña con torturar a sus amistades con fotos de viajes exóticos. La naturaleza, sin duda, hay que protegerla, pero a ser posible desde la distancia; la ciudad es el único destino posible. A partir de ahí, podemos ponernos nihilistas o dandis, podemos denunciar los humos cancerígenos y la ansiedad acústica, podemos leer Poeta en Nueva York o ver Blade Runner, podemos quejarnos de que todas las ciudades son ya no-lugares o meras franquicias del Gran Capital. Pero el telurismo ya aportó todo lo que tenía que aportar a la cultura.
Sin embargo, la vida urbanita, precisamente por su interminable dinamismo, puede acabar siendo desquiciante incluso en los comportamientos aparentemente nimios. A cada época le corresponde su anecdotario de pestes urbanas, desde luego, aunque muchas de las microestupideces se van superando lenta y costosamente. Por ejemplo, estamos ya en fase de superación de la insoportable vanidad de los propietarios de perros, que por fin empiezan a ser controlados legalmente ante la evidencia innegable del descontrol excrementicio y de la chulería falocrática de algunos dueños. Por desgracia, el viandante tranquilo, solitario y reflexivo tiene ahora nuevas amenazas, aparentemente poco peligrosas pero que como todos los elementos nocivos van dañando poco a poco las defensas del organismo. Y se trata de amenazas que tienen además el agravante de las buenas intenciones, que como sabemos pueden ser semillas de resentimientos muy profundos.
Los que como yo viven en ciudades como Sevilla o Barcelona tienen que batirse diariamente con la prepotencia permanente de los ciclistas, turba de maleducados y acaparadores que no solamente atormenta con la gota malaya de sus timbrecitos horrísonos, sino que cada vez se apropia de más suelo público, incapaces como son estos ególatras faltones de ceder paso a los que no tenemos ruedas o de comprender intelectualmente las virtudes morales del freno. Amparados en su supuesto heroísmo anticontaminante y en otras formas de podemismo seráfico (aunque en realidad la prioridad es ahorrar para poder aburguesarse bien en otras cosas), disfrutan exhibiendo sus nalgas que creen prietas, sus gorras con la visera de lado, su educación de LOGSE y sus prisas para llegar a ninguna parte.
Las esquinas urbanas siempre han tenido riesgos de diverso tipo; hoy se añade el riesgo del choque nada leve con algún mastuerzo atolondrado sobre dos ruedas. Los ciclistas urbanos combinan demasiado a menudo lo peor de Mary Poppins y Lance Armstrong (que es mucho, y muy malo); disfrutan separando madres y niños cogidos de la mano o aterrorizando a ancianas que en la calle no tienen el servicio de teleasistencia. Porque no les bastan los carriles ya dispuestos para las bicis, y su voracidad les lleva a serpentear y esprintar entre los paseantes, que pronto tendremos que ir con espejo retrovisor mientras no consigamos que por fin se ponga un examen obligatorio para los ciclistas, como ocurre con los demás conductores. Puede que en algunas ciudades europeas la convivencia entre peatones y ciclistas sea cómoda y respetuosa; no parece el caso de las ciudades españolas, incluyendo las catalanas, que comparten idéntica grosería y en la misma fase creciente.
Pero los ciclistas no son los únicos supremacistas que en estos tiempos toman la calle y disfrutan interrumpiendo las solitarias reflexiones de los viandantes. Uno ya no sabe cómo guiarse con el GPS para evitar entrar en las calles que tienen el spam insufrible de las oenegés que amagan con cerrar el paso armados con sonrisa y carpeta. Hace tiempo, una conocida página web satírica anunciaba la creación de un spray especial para ahuyentar a los cachorros del humanitarismo; yo por momentos no vi sátira ahí sino una buena idea empresarial. Y es que los efebos y las ninfas utilizados por esas instituciones han aprendido los peores modales del capitalismo invasivo que llama por teléfono a la hora de la siesta para ofrecerte todo tipo de trampas comerciales, y están consiguiendo en algunos como yo sacar el mayor egoísmo posible y la insensibilidad más firme. Todos los días tengo que evitarlos en mi rumbo diario hacia la universidad, arraigados como están en las zonas de mucho tráfico peatonal, y de nada me sirve ya estar mirando el móvil sin motivo real, o llevar puestos los auriculares y tararear en mi nefasto inglés. De algún modo semióticamente curioso que aún no entiendo, esos pesados provistos de altruismo eterno huelen en mi soledad algún tipo de necesidad de sentirme solidario. Será que me ven cara de víctima, o que huelen algún miedo al dilema moral; o quizá detectan mi inseguridad ideológica, y por eso me interrumpen con su suavidad beata y el latigazo de su benignidad, ante lo cual solamente puedo reaccionar hundiéndome en los abismos de mi mala conciencia, que es el único espacio donde me regodeo y finalmente me siento en casa.

No, no se puede escapar de la ciudad. Si vuelves al campo puedes acabar convirtiéndote en independentista, o algo peor. Pero la vida del flâneur tiene también sus contratiempos en estos tiempos de modernidad líquida (o diarreica). Aunque se me ocurre que tal vez sí tengo una solución fácil a mi alcance: quizá debería aprender por fin a montar en bicicleta para evitar a toda velocidad a los humanitaristas mientras siento, como ellos, que ayudo a que el mundo sea mejor y, de paso, sueño que vuelo como E.T. y sus amigos.

domingo, 7 de enero de 2018

LEJANÍA DE LAS SOLUCIONES

Como se ha podido comprobar, el plan Rajoy para aliviar la tensión en Cataluña tenía un alcance limitado, perfectamente explicable por la mezcla constante de cobardía, ineptitud e improvisación que ha caracterizado al presidente y su equipo de genios a la hora de afrontar el problema. Es cierto que el despertar del Leviatán pepero desconcertó provisionalmente al independentismo con la fuerza hidráulica del 155 y sobre todo con la convocatoria rápida de elecciones después del Octubre Negro, pero el resultado electoral –como algunos preveíamos- ha sido básicamente muy similar al de 2015. Hay que admitirlo: a pesar del auge de Ciudadanos (que, por ejemplo, ha ganado en mi barrio, Nou Barris, feudo tradicional del PSC), los independentistas han vuelto a ganar, y monterrosianamente el problema sigue estando ahí al despertar. El descenso en sus resultados es real, sí, y desde luego siguen estando lejos de poder usufructuar la voluntad popular como les gustaría, pero el descenso ha sido menor de lo deseado por algunos, porque al final sólo se ha sustituido el voto de la ilusión utópica o más bien quimérica por el voto visceral de la resistencia y el orgullo herido. De poco han servido los signos de catástrofe económica, que un buen patriota cerril y fanatizado acaba entendiendo como un chantaje inaceptable de los que anteponen la avaricia a los valores inmateriales de la nación; del mismo modo, el doblepensar independentista funciona a toda máquina cuando se trata de salvar la imagen del escaqueo de su presidente, una figura cada día más virtual y más afectada de ventriloquía (aunque se debe reconocer que la jugada de Junts per Catalunya le ha salido sorprendentemente bien, sobre todo frente al sacrificio -bastante más digno en términos narrativos- de Junqueras).
No olvidemos que la esfera pública catalana, tan potente desde hace algunos años y tan mal comprendida desde Madrid y el resto de España, sigue siendo clave hoy, porque ahí sí que funciona el marco mental de esa desconexión nacional que todavía no se puede sustentar administrativa o jurídicamente. Los altavoces mediáticos digitales o en papel han conseguido en buena medida disimular para sus hooligans (que son muchos) la necesaria autocrítica por la chapuza de independencia, tapándola con el via crucis de sus presos y sus pseudoexiliados y con una tenaz campaña para convertir inverosímilmente el 1 de octubre en el Tiananmen catalán. El fracaso de la vía unilateral seguramente se ha interiorizado, pero la maquinaria propagandística no cede y parece lejano el momento de asumir de manera cabal y sosegada la asombrosa ingenuidad del terciopelo revolucionario con el que el independentismo creía que iba a envolver su autoestima (su cofoisme) y regalarse a sí mismo un destino épico y a la vez impune, y encima con todas las alfombras rojas y las fanfarrias. Quizá habría que revisar ahora la hemeroteca y reinterpretar algunas advertencias y/o amenazas, antes de seguir con el relato de la ¿fingida? sorpresa ante la respuesta del Estado, y sólo como ejemplo me permito recordar cómo un oligarca como Juan Luis Cebrián, perfecto exponente del centralismo madrileño más codicioso, ya avisaba proféticamente en febrero de este año de que el problema del independentismo no iba a ser cuándo conseguirían la independencia, sino cuándo recuperarían la autonomía si seguían por el camino que llevaba traumáticamente al 155.
Parece, por tanto, que no hay independencia en el horizonte (el 3 de octubre sí la había, seguramente), pero en cambio habrá procesismo para rato, en espera de azares beneficiosos para la causa (¿qué pasaría si, para complicar más la cosa, el Tribunal Constitucional tuviera un ataque de epilepsia y anulara en todo o en parte la aplicación del 155?) y sobre todo de errores de la derecha española que propicien un escalón más de agravios. Las persianas de la negociación están bajadas y tardarán mucho en volver a subirse, especialmente si Rivera aumenta sus posibilidades electorales a nivel español. Además, el calendario judicial es imparable y va a interponerse una y otra vez en el calendario político, lo que limita las promesas (incluso las falsas promesas) de los políticos de Madrid. Es decir: la generosidad no estará en la agenda al menos durante un tiempo, lo que nos condena a otro año como mínimo de multiplicación de resentimientos y anulación de empatías. En cuanto a la reforma constitucional, que sería la solución más accesible al menos como gesto, parece que se va a aletargar y no pasará de su fase actual de semilla, porque el Estado está exhibiendo músculo por fin y le gusta su imagen ante el espejo. Y es que la gran tragedia del pésimo control del tiempo por parte del independentismo a partir del 6 de septiembre es que la opción de dar más autogobierno de algún modo a Cataluña se está volviendo cada vez menos viable por culpa de la impaciencia y el autoritarismo golpista de la Generalitat, tan claramente confirmados por los hechos. Si ya en octubre fue costosa la reinstauración del orden constitucional, ¿cómo garantizar que no habrá nuevas deslealtades en el futuro, con más autogobierno catalán por ejemplo fiscal o judicial? Es un embrollo de muy difícil solución, incluso quitando de en medio a Rajoy y Puigdemont.
Además, la renuncia estratégica a la generosidad puede ser la antesala de un problema aún más grave: el resurgir en España de un nacionalismo excluyente, desacomplejado y recentralizador, de nefastas resonancias históricas, que puede avalar gobiernos de derecha para muchos años. El desgaste del PP lo está aprovechando Ciudadanos, lo que puede suponer que la alternancia política acabe convertida en un mero cambio de la caspa por el Nenuco, o lo que es lo mismo, de la derecha rancia por un neoliberalismo igualmente servil con el Ibex 35 pero lleno de postureo renovador. En cambio, la posible alternativa de izquierdas (o “izquierdas”, ya sabemos) tal vez no sobreviva a la dinámica de resentimientos territoriales y a la más que probable nueva estigmatización de los nacionalismos periféricos. De hecho, el impulso descarado de algunas voces a chorradas como la de Tabarnia puede ser el anticipo grotesco de múltiples demostraciones de testosterona española y chulería castiza (“a por ellos”), perfectas para, entre otras cosas, dejar la reforma laboral como estaba y esconder los casos de corrupción en el pudoroso limbo de las noticias menores, que son las que no afectan a la sagrada unidad de España.

Por todo ello, pensaba terminar esta reflexión atreviéndome a decir que el año 2018 no puede ser peor que el pasado, pero lo cierto es que tampoco creo que vaya a ser mucho mejor. Cualquier lector dirá que ese es un final vacío, y seguramente tendrá razón, pero qué le vamos a hacer: es lo que pasa cuando se vive en un laberinto. “Que tercamente se bifurca en otro, / que tercamente se bifurca en otro…”, como decía el poeta (búsquese en Google).

viernes, 29 de diciembre de 2017

FIN DE AÑO

El año que termina ha sido especialmente complicado y triste para los catalanes sobre todo desde agosto, pero me permito rescatar algún buen momento en Barcelona como despedida de 2017 en este blog. Así, una vez vencido el pudor, dejo aquí a disposición de los curiosos el vídeo de la presentación de La vida póstuma, en el que me sentí muy gratamente acompañado por amigos, familiares y algunos desconocidos a los que lamento no haber podido agradecer más la presencia.

Que conste que no fue idea mía que se grabara el acto, y que, de hecho, yo apenas me di cuenta de que se estaba haciendo, lo que quizá ayude a disculpar mi falta de telegenia. Por último, quiero dar las gracias una vez más a mis colegas y sin embargo amigos Jordi Gracia y Domingo Ródenas, que defienden aquí sus agudas lecturas de la novela, muy distintas entre sí y –confieso un secreto- algo diferentes también de mi lectura ideal como autor. Pero  algún día hablaré con calma de lo curioso que es ser en la misma vida sujeto y objeto de análisis literario. Probablemente sea la forma más gozosa de esquizofrenia que conozco.


viernes, 8 de diciembre de 2017

PRESENTACIÓN DE LA VIDA PÓSTUMA EN BARCELONA

 Queridos lectores, el próximo miércoles 13 de diciembre presentaremos la novela en la librería Barataria de Barcelona. Me acompañarán en el acto los críticos Jordi Gracia y Domingo Ródenas de Moya, que han sido los primeros reseñistas de la obra en la prensa. Los dos han realizado lecturas muy generosas; quizá aprovechen la presentación para un debate más amplio y menos indulgente. Será, sin duda, un buen espectáculo. Estáis todos invitados.
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domingo, 3 de diciembre de 2017

POR QUÉ VERANO AZUL ES MEJOR QUE JUEGO DE TRONOS

La respuesta, en realidad, es fácil y previsible: porque "Chanquete ha muerto". Y a Jon Snow, en cambio, nada ni nadie puede matarlo -al menos hasta ahora-, aunque ha habido intentos, y algunos incluso muy elaborados. Es cierto que en la serie sobre los Siete Reinos han abundado las muertes y que algunas han sido de lo más contundente (me quedo con la de la hija de Stannis Baratheon), pero la resistencia de Snow a la muerte empieza a ser especialmente irritante y a revelar una infantil ansiedad colectiva por la salvación del héroe. Y todo para seguir gozando del producto y evitar el horror vacui del nuevo sujeto espectador.
Por el contrario, Chanquete murió, y eso, desde luego, nos evitó más temporadas de blandenguería estival y popularismo tontorrón, cosa que algunos agradecemos. De hecho, el propio director, Antonio Mercero, se lamentó tiempo después de que matar a Chanquete frustró un negocio que podía haber durado muchos años, al estilo de la horripilante Farmacia de guardia, otro producto Ñ de Ñoño del amigo Mercero. Con todo, no se puede minimizar el trauma pop que para una generación supuso el inesperado infarto del dueño de La Dorada. En su estudio sobre la televisión de la Transición, Manuel Palacio sugiere que en la conciencia colectiva española Chanquete se había convertido en el reverso democrático y tolerante de otro anciano que había intentado ser el abuelo amable de los españoles, llamado Francisco Franco, y ese antagonismo explicaría el impacto emocional de la serie en un país que se abría a la democracia.
Aunque era una serie repelente y melodramática en el peor sentido, Verano azul se basaba en una idea elemental de cierre o clausura que concedía prioridad a la muerte del protagonista. Ese es un aspecto narratológico que hoy está precisamente en un cambio diríamos funcional, como consecuencia de las nuevas demandas del público consumidor y la lucha creciente por la hegemonía de la ficción entre la vieja novela y el storytelling audiovisual. No es indispensable matar a un protagonista, y sin duda tampoco es fácil (lo que le costó a García Márquez matar al coronel Aureliano Buendía, según él mismo contaba), pero desde luego existe una gran diferencia entre matar al héroe o dejarlo vivo. Es obvio, pero no por eso hay que dejar de recordarlo, y por eso quizá deberíamos también repensar hoy a Frank Kermode. 
Cervantes mató a don Quijote para que no le salieran más Avellanedas. Y Borges mató a Martín Fierro porque José Hernández fue medroso y mal escritor en la segunda parte de su obra sobre el gaucho cantor y matrero. Pero es tal vez la falsa muerte de Sherlock Holmes en las cataratas de Suiza el preámbulo de las resurrecciones comerciales que amenazan hoy con convertir las ficciones de consumo masivo en un negocio milagrero. Algunos precedentes dentro de esa cultura masiva son engañifas comerciales que con el tiempo avergüenzan, como la falsa muerte de Superman a manos de Juicio Final o la resurrección de Jean Grey en X-Men. El cómic de superhéroes es seguramente el peor laboratorio de óbitos tramposos, aunque es cierto que el guionista Jim Starlin consiguió que el universo Marvel matara hace más de treinta años a uno de sus héroes, el Capitán Marvel, y que yo sepa nadie lo ha resucitado desde entonces (quizá esa muerte sea solamente comparable a otra muerte excepcional y hasta cierto punto desconcertante de un personaje: me refiero al único deceso en veinte años de universo de Springfield, el de Maud Flanders, en Los Simpson). Aunque la muerte más extravagante de la cultura masiva es, sin duda, la de Bobby Ewing en la teleserie Dallas a mediados de los ochenta. Es difícil encontrar un ejemplo más audaz de suspensión de la incredulidad: después de morir asesinado al final de la octava temporada, al principio de la décima –es decir, más de un año después- sabemos que su muerte nunca sucedió porque fue un sueño de otra protagonista. Un sueño que, digamos, duró treinta capítulos de casi una hora de duración, en lo que constituye un asombroso ejemplo de cómo los pactos con el lector o espectador pueden renegociarse siempre (alguna serie de Telecinco cometió una abominación narrativa similar, si  no recuerdo mal).
La ficción televisiva, tan potente hoy, abunda en ese tipo de estrategias como corresponde a su intrínseca naturaleza serial (dejo al margen casos como el de Black Mirror). Al malvadísimo fumador de Expediente X, por ejemplo, podemos razonablemente darlo por muerto al menos tres veces, y de hecho la última vez un misil es lanzado a la cueva donde se esconde. Aun así, sigue moviendo los hilos de la conspiración en la última temporada de la serie. Y qué podemos decir del cáncer inoperable de Walter White, que no es precisamente lo que le lleva a la tumba.
No se trata solamente de una cuestión de descaro mercantil a la hora de prolongar artificiosamente los productos mientras tienen audiencia. Creo que el punto débil de esas ficciones es mucho más importante, porque tiene que ver con razones ideológicas. Al fin y al cabo, si la muerte del héroe es el final del texto o la obra -es decir, la enmarca-, con ello se determina una imagen concreta del mundo. Y la negación de ese marco o su postergación elástica ofrecen otra imagen: el no final. Un no final que implica básicamente una negación de la finitud humana, de la temporalidad. No me parece aventurado plantear que con esa no clausura se nos vende un simulacro pueril de eternidad propio de la sociedad de consumo, que quiere proporcionarnos héroes a toda costa para que disfrutemos del juguete hasta que se gaste o nos cansemos. Parafraseando al poeta, así la muerte no tendrá señorío, y el capitalismo nos calmará cualquier ansiedad por vivir en un mundo laico y sin trascendencia.

Olvidar la muerte o reconvertirla en bucle son dos signos de cómo el capitalismo vuelve una vez más a vencer tanto a la utopía como al nihilismo. Pero en ese punto es donde la novela, la vieja novela, con su aliento trágico, aún puede conservar una innegable superioridad semántica sobre otros tipos de ficciones que infravaloran o desdeñan ciertas certezas incómodas. Y cuando hablo de novelas, hablo también de las mías. Ahí es a donde quería llegar hoy, y como creo que ya he llegado, me callo. Porque hay que saber respetar la importancia de los finales.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

PRIMEROS RESULTADOS DEL EXPERIMENTO

La vida póstuma empieza a tener huella digital. El primero en hacerse eco de la publicación de la novela fue mi hermano en su blog. Puede decirse que era previsible, desde luego, aunque en la historia de la literatura no pocos hermanos escritores han acabado detestándose o ignorándose mutuamente. Su lectura, en este caso, ha sido fina y acertada (creo), pero no insistiré en ello para no menoscabar la objetividad que tan bien ha justificado en su entrada.
Y hoy me he despertado con la reseña de Domingo Ródenas de Moya en El periódico de Catalunya. Es una lectura igualmente sagaz aunque con argumentos –y eso me parece lo más interesante- bastante distintos.

Lo peor de esto es que puede malacostumbrar al autor a un nivel de satisfacción que seguramente es insostenible a medio plazo. Pero disfrutaremos mientras se pueda. Y daremos las gracias, como es de rigor.