martes, 27 de enero de 2026

 

LITERATURA DE WIKIPEDIA

La escultora colombiana Feliza Burstyn —conocida sobre todo por la técnica creativa de trabajar con chatarra de hierro y acero— falleció de un infarto en 1982, a los 49 años, mientras cenaba, entre otros, con su amigo Gabriel García Márquez, que homenajeó a la autora poco después en una columna periodística en la que afirmaba que la artista había muerto ni más ni menos que "de tristeza". El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez ha querido en Los nombres de Feliza rentabilizar literariamente ese diagnóstico misterioso y poético de García Márquez para intentar reconstruir la corta pero intensa aventura vital de un personaje sin duda fascinante: una mujer llena de talento y energía que trató de superar una larga serie de obstáculos y desgracias (incluido un grave accidente de coche), que fue víctima de la violencia política del Estado colombiano y que, en definitiva, resume una época de lucha de las mujeres latinoamericanas (y no solo latinoamericanas) por todas las posibles formas de independencia. Para ese rescate, Vásquez recurre al personaje que hemos visto tantas veces en este modelo de biografía literaria permeada de ficción: un autor-narrador-detective que sigue las pistas de la vida de la artista a partir sobre todo de las conversaciones con su viudo. La investigación recorre así el triste pasado de Colombia y por extensión de América Latina durante al menos tres décadas y describe los traumas de todo tipo que una sociedad conservadora, patriarcal y corrupta generó en una mujer como Burstyn. 



Para cualquier lector con curiosidad histórica sobre esa realidad (es decir, ese tipo de lector que no se traga las tonterías que los ignorantes en España dicen a todas horas sobre países como Venezuela), el libro es útil porque compendia las esperanzas y los dilemas de toda una generación, la que sufrió una y otra vez colapsos políticos (desde el "bogotazo" hasta la guerrilla) y se interesó o se entusiasmó (o se desengañó) con la Revolución Cubana. Por ahí desfilan como personajes García Márquez —que ayudó a la artista a exiliarse en México para huir de la arbitraria persecución a la que le sometieron en su país natal—, pero también otras figuras menos conocidas de la historia intelectual latinoamericana, como la también fascinante Marta Traba.

El problema del libro es que lo más interesante se lo debemos a Burstyn más que a Vásquez. Por decirlo de otro modo: desde el punto de vista artístico, la obra no está a la altura de su protagonista artista. Desde luego, se lee cómodamente y es una biografía mucho mejor que las de Anna Caballé, por ejemplo; pero precisamente por ello, por esa comodidad, es una obra sin riesgo, monótona, previsible. Los misterios propuestos al principio no se resuelven al final y el lector (yo, al menos) echa en falta un salto literario al vacío. El autor ha seguido la moral periodística de respetar los hechos realmente sucedidos para ofrecer una imagen convincente y creíble de Burstyn, pero con ello ha conseguido que el peso informativo ahogue cualquier tentación de poesía o de fantasía. Ha atenuado lo que podría ser un artificio estético y el resultado es, así, muy convencional, más periodístico que literario; es, en cierto sentido, una extensión de la entrada de wikipedia correspondiente a la autora. Podría decirse que el autor nunca nos lo ha vendido como novela y que, por tanto, tiene coartada, pero la estrategia, en el fondo, no es inocua. Porque esta obra es un indicador de un fenómeno de más alcance: la hegemonía que cierto tipo de periodismo está ejerciendo sobre la actividad literaria actual, sobre todo en un país como España, donde la complicidad entre literatura y periodismo cultural está bastante clara y los intercambios son mutuamente beneficiosos. 

El propio García Márquez nos sirve para entender la deriva periodística del consumo literario actual. Con Noticia de un secuestro (1996), el novelista dio un giro sorprendente a su imaginación literaria para entrar en la no ficción (aunque no hay que olvidar el Relato de un náufrago) y hoy es un texto bastante olvidado; quizá se adelantó a su tiempo, sin saberlo. Poco después Vargas Llosa, ya alejado de la realidad social concreta y protegido en su burbuja neoliberal, se entregó también a su ciclo de novelas históricas. Y hoy nos encontramos con que los libros referenciales, los libros diríamos de contenidos verificables, se venden bastante bien y son muy útiles para ese periodismo desvergonzadamente superficial que luego acaba elaborando de manera tosca los rankings literarios del año o de la década o del milenio, y que disfruta endiosando a los autores que ayudan a consolidar el nuevo modelo de negocio cultural aunque no hagan biografías —como Irene Vallejo, que hoy parece el vademécum de las humanidades y la sucesora de Erich Auerbach—. Todo, en el fondo, deriva de la mercadotecnia que los grandes poderes de la industria del ocio han impuesto como norma y en la que se premia todo lo que parece asequible para el lector, incluido el truco del "basado en hechos reales" que, procedente del cine y de las formas artísticas masivas, está ahogando la imaginación para crear productos rutinariamente documentales que suspenden la incredulidad de la manera más simple. De ahí que proliferen ficciones blandas y que las páginas culturales de la mediocre prensa española se llenen de productos fácilmente promocionables porque tienen "una historia" diáfana y comprobable y pueden resumirse en un titular, una sinopsis como la que he usado yo para empezar esta reseña, un par de destacados y la entrevista de rigor al autor o autora. Con ello se cierra el círculo comunicativo y la prensa tiene algo que decir con valor a la vez "histórico" y "cultural".

Hay que llenar el mercado de historias y de relatos, sí. Pero con cuidado de no arriesgar con la imaginación, que siempre tiene riesgos (en cine, por ejemplo, puedes acabar creando oquedades disparatadas como Sirat, o Titane). Una historia real es más segura, sobre todo si el personaje es conocido y heroico o se trata de un crimen truculento o de un hijo que añora a su mamá. Cualquier apuesta por lo inverificable, en cambio, es más difícil de vender. Pero precisamente ahí es donde está el mérito, diría yo. Por poner un ejemplo reciente de un texto que no me ha dado tiempo a reseñar aquí: una novela como Mil cosas, de Juan Tallón, se salva por un excelente final, pero es una novela corta demasiado estirada en páginas tediosas que tientan al lector con la idea de abandonar la novela y perderse, por tanto, ese final. Pero, al menos, el autor se la ha jugado, y se gana con ello mi respeto.

Lo más curioso es que el propio Vásquez se pega un tiro en el pie cuando parafrasea una cita de Proust sobre la superioridad de los personajes imaginarios sobre los reales: "a las personas reales las percibimos a través de los sentidos, y por eso tienen siempre algo opaco, una especie de peso muerto que nuestra sensibilidad no consigue levantar; a un personaje que no existe, en cambio, no lo percibimos a través de los sentidos, sino del alma, y por eso (...) podemos penetrar su verdad profunda; podemos entenderlo de verdad" (p. 94). No sé si eso se aplica al mismo personaje de Marcel, pero en cualquier caso no parece la mejor defensa para esta pseudonovela.

La manipulación de lo real con fines artísticos tiene, evidentemente, muchas posibilidades y no todas practican la misma adulteración. Desde series como ChernobilThe Crown hasta el teatro de Lola Arias, pasando por las curiosas ucronías de las dos últimas películas de Tarantino, lo verificable lleva tiempo dando mucho juego y temo que seguirá siendo así. A algunos les sale bien, como a Carrère, pero a otros, como Luisgé Martín, no. Y es que jugar con lo real puede tener implicaciones bien reales, de tipo moral pero también de tipo jurídico. Por eso, creo que Vásquez admira tanto a Feliza Burstyn que no ha sido capaz de literaturizarla de verdad. Esa admiración es comprensible, y uno puede incluso compartirla, pero creo que es lícito disentir cuando se da a entender que el buen periodismo equivale a buena literatura.