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domingo, 12 de octubre de 2025

 

IMAGINAR UNA NUEVA RESISTENCIA

¿Existe la literatura de izquierda? ¿Existe todavía, a pesar de todo? Y si la respuesta es positiva, ¿la necesitamos realmente? ¿Por qué, para qué tipo de acción?  ¿Para transformar qué: la literatura misma, la sociedad, la cultura? ¿O sólo para vender y a la vez limpiar conciencias ante la victoria arrolladora del capitalismo? Si no tiene una función utilitaria o instrumental, ¿en qué radica su interés hoy? Pocos conceptos más lábiles y multiusos tenemos en estos tiempos que el de izquierda, que vale para todo tipo de intenciones autocomplacientes. Frente a la peligrosa reacción conservadora internacional, la izquierda se presenta disgregada y contradictoria: se pasa de posmoderna cuando le habla a los trabajadores, depende de la tecnología para criticar a la misma tecnología, plantea ingenuas soluciones internacionales sin entender las abundantes heterogeneidades del mundo de hoy. Su virtud esencial, la fuerza crítica, ha acabado siendo el disparo en el pie. Es posible que, en muchos sentidos, aún no se haya superado el trauma de la caída del socialismo real, que ha quedado en el inconsciente político como una orfandad tremenda. El capitalismo sigue imparable y lo absorbe todo; eso parece claro. Y también parece claro que presumir de subversivo no significa ser subversivo. El comunismo no convence a nadie y ya se dice que es una "idea zombi", pero la batalla cultural o el cambio climático tampoco han conseguido cohesionar una alternativa efectiva. Transformar el mundo: sí, pero cómo, para qué y para quién, desde dónde. Y qué entendemos por "el mundo", ya puestos.

Belén Gopegui es consciente del problema y en su última e interesante novela, Te siguen, apuesta literariamente por explorar respuestas tentativas. La revolución no es posible, seguramente tampoco deseable, pero la resistencia sí. Nada hay en esta novela que suene abiertamente marxista. Gopegui parte de ese vacío, de la necesidad de herramientas nuevas, nuevos significantes para significados tristemente perennes. Como se ha dicho tantas veces: el comunismo pudo no ser la solución, pero el capitalismo sigue siendo el problema. Y en ese punto viene el dilema estético: ¿cómo realizar la operación decisiva de equilibrar política y literatura?



Quizá es más sencillo de lo que parece y se trata de recuperar la jerarquía de los problemas, de devolverle a la literatura el ansia de totalidad, por muy engañosa que pueda parecer, ya que siempre será más abarcadora que los enfoques individualistas o de foco restringido. Hablo de totalidad como el conjunto de fuerzas que componen el cuerpo social hoy, sujetos dominantes y sujetos dominados, y no sólo en España. No me parece poco en el panorama literario de nuestros días, dominado por el confort y el fariseísmo de simular disidencias, subversiones o victimismos para conseguir un puestecito en la bien pagada feria de las vanidades literarias. Sin olvidar a los escritores que rebuscan en el baúl de la Historia para jugar con los problemas del pasado y la lágrima fácil mientras esconden la cabeza con los del presente.

Eso sí, hay que decir que la novela de Gopegui aprovecha peligrosamente las expectativas conspiranoicas del lector en la actual sociedad digital. Lo que hace Gopegui es describir y racionalizar minuciosamente los nuevos mecanismos de control que, a través de la tecnología, han supuesto una nueva fase en la dominación capitalista. Por tanto, se mueve peligrosamente cerca de las inquietudes estilo Black Mirror: la distopía orwelliana ya está aquí. La novela parte abiertamente de la hipótesis de que los móviles nos graban a todas horas; la privacidad ha muerto y somos simplemente pura mercancía en manos de algoritmos. Cada lector podrá pensar cuánto hay de exageración o alarmismo en esa premisa; novelescamente, yo diría que desde luego funciona.

Minerva y León, dos ejecutivos de empresas en directa competencia, estudian las actividades de dos ciudadanos aparentemente normales, Casilda y Jonás, para conocer tendencias sociales y favorecer más sus estudios de mercado. Se les vigila a través de la información de los dispositivos, por supuesto, pero también a través de la observación y la escucha presenciales. Por encima de las dos empresas, hay otra, una superempresa, AMX, una multinacional que quiere dominar el mercado. Y completa el panorama una periodista especializada en tecnología y poder, que puede ser la pieza clave de la confrontación. Cada uno de los seis elementos en juego tiene su propia voz narrativa y va informando de movimientos y sospechas en la verticalidad con la que se mueve el poder capitalista. La alternancia de las voces nos va revelando un mundo de competencia feroz en el que se producen o se intuyen diversas tomas de conciencia. Casilda, una simple funcionaria con ansias de justicia social, decide integrarse en una organización de desobediencia civil que busca desestabilizar el sistema con pequeños gestos no violentos pero que rompan la lógica prevista en el tecnocontrol, y consigue persuadir a Jonás, un modesto dependiente, para que entre en esa resistencia. Minerva y León los vigilan y son a su vez vigilados; los dos tienen sus particulares crisis personales y se mueven también en la tentación de la toma de conciencia, entre la responsabilidad y la complicidad. La voz de la superempresa, el robótico IG3, delata la planificación sistemática e inhumana del capital; acaba siendo casi una teodicea del capitalismo actual.   

Por supuesto, denunciar la crueldad deliberada del capitalismo tiene su retintín panfletario y niega cualquier tipo de progreso (Gopegui pasa por alto las diferencias incluso entre capitalismos en la realidad concreta de hoy), pero hay que reconocer que describe muy fluidamente la naturalidad con la que el capital ha colonizado nuestras conciencias y nuestros deseos. Y tampoco es cierto que la obra pueda leerse como un sermón de optimismo emancipador. Lo más interesante, en todo caso, es que Gopegui aprovecha el potencial de la ficción, tan devaluado hoy, para formular escenarios de resistencia, para debatir sobre lo posible a través de los egos experimentales que son los personajes. En ese sentido, es un saludable intento de revitalizar la añeja idea de la novela como imagen crítica del mundo. Sí, el mundo.

Es, por tanto, literatura de izquierda, para bien o para mal. Naturalmente, podríamos objetar que hay una cierta contradicción en ser anticapitalista desde Random House. ¿Cree Gopegui que su propia novela, como producto, en una especie de curiosa mise en abyme, es un intento de desestabilizar desde dentro el sistema (es decir, los oligopolios de la cultura como Random House), como cree su personaje Casilda? ¿O piensa que puede enseñar el camino para recuperar el modelo 15-M? Admito que no tengo esas respuestas. Sea como sea, es literatura incómoda, pensada para que el lector desconfíe de la tranquilidad con la que cree que el concepto de alienación es un concepto caduco.

Y con ello volvemos a lo verdaderamente importante en términos macroliterarios. Gopegui tiene su importancia en el panorama literario de la democracia. Cuando publicó La conquista del aire, en 1998, algunos aplaudimos su intento de una novela decididamente materialista, ajena a la tibieza de la narrativa hegemónica, que vivía bien instalada en la placidez socialdemócrata de la época de las vacas gordas y el optimismo europeizante. En cierto modo, ella era nuestra esperanza literaria frente a todos/as los que esperaban la llamada mágica del grupo PRISA; era la plasmación en novela de la teoría anguitista de "las dos orillas", que tanto escocía a algunos. En una orilla, PP y PRISA-PSOE; en la otra, la autonomía frente a los intereses empresariales, el énfasis en las astucias del capital para engañarnos. Gopegui se convirtió en un referente de una posible joven narrativa menos extasiada con el cuento de hadas de la democracia liberal, y también en un referente de literatura femenina que nos salvaba de quedar en manos de Lucía Extebarria o Espido Freire, ejemplos muy reveladores de cómo el mercado empezaba a explotar a un determinado tipo de público lector consagrando la mala literatura y la vocación para el espectáculo (espectáculo que después ha llegado a niveles grotescos).

Se habla mucho de Chirbes como modelo de una literatura de carga crítica en la España de este siglo, pero me parece que hay que concederle a Gopegui un puesto muy destacado en la resistencia literaria, en la literatura que no quiso ir a favor del orden de las cosas. No es que haya tenido muchos aliados: Isaac Rosa (que intentó, pero sin éxito, la novela neoproletaria en La mano invisible) y Rafael Reig me parecen los dos mejores ejemplos de eso que podríamos llamar "literatura de izquierda", en la que difícilmente incluiría yo, por ejemplo, a Almudena Grandes, para disgusto de sus lectores, demasiado ingenuos para mi gusto, o a Cristina Morales, con su estilo pseudopunk. Es cierto, de todos modos, que las indulgencias de Gopegui hacia la Revolución Cubana fueron decepcionantes y la situaron en una peligrosa tendencia hacia el paleomarxismo, pero me alegra comprobar que mantiene la agresividad crítica y que afronta la realidad contemporánea con la receta clásica: optimismo de la voluntad y pesimismo de la razón.

Poco se ha pensado y teorizado en la España del nuevo siglo sobre esos problemas. La crítica de procedencia universitaria, acobardada y aburguesada a la manera de siempre, seguramente prefiere dedicarse a temas más rentables y pegadizos. A los propios escritores les interesa poco tener una etiqueta política que les pueda quitar cuota de mercado. Pero ha habido tentativas en otros lugares. En Argentina, a principios de este siglo, Damián Tabarovsky intentó definir en su ensayo Literatura de izquierda una posible literatura combativa a partir de la recuperación de los ideales de la vanguardia, que él considera que no han sido totalmente absorbidos por los dos grandes destinatarios de la literatura: el mercado y la academia, o sea, el público masivo y las élites. Hay que volver a la literatura sin público, es decir, sin la condición de buscar el favor del público. Una literatura abstracta, opuesta al humanismo burgués, decidida a criticar la inocencia del relato, de cualquier relato. Pienso que quizá ese tipo de literatura acaba deparando escritores como Pablo Katchadjan; no es mala literatura, desde luego, pero no veo la izquierda por ninguna parte. Aunque, claro, la izquierda en Argentina, con el peronismo de por medio, tiene un perfil mucho más confuso.

Gopegui no está en esa línea de lucha contra el lenguaje narrativo. Ella cree en la narración como instrumento de denuncia y juega con armas convencionales (énfasis en el personaje, fábula bien trenzada, alternancia de voces), pero su novela tampoco parece pensada para convencer al mercado ni a la academia. Carece de confesionalismo, pedanterías metaliterarias, letanías sobre identidades de género o paparruchas de monstruos y atrezo sobrenatural. Pero sí tiene algo de suma importancia, se quiera asumir o no: extiende la sombra quizás absoluta del capital sobre nuestras vidas. Que esa sombra no sea absoluta depende, seguramente, de que podamos salvar nuestras intimidades de la contaminación mercantilista. Y en ello la lectura de algunas novelas sigue siendo una posibilidad de redención.



domingo, 28 de julio de 2024

 SOBRE LA LANGUIDEZ DE LAS HUMANIDADES (ELEMENTOS PARA LA AUTOCRÍTICA)

En una entrada anterior traté de comentar cómo las interferencias “externas” -capitalistas, sobre todo- y la aglomeración de candidatos a entrar están poniendo en crisis la autonomía del arte y en concreto de lo que más me interesa a mí y más conozco: la república de las letras, ese espacio virtual compartido durante siglos y en el que se ponen en juego saberes y procedimientos específicos que son forzosamente minoritarios porque exigen tiempo y voluntad (y algo de talento, por supuesto). No estoy diciendo que esa república atea fuera un paraíso de felicidad (de hecho, abundan el odio, la envidia y el resentimiento en la historia de la literatura), pero, al menos, era otro lugar, vinculado a ciertas propuestas utópicas que a veces se cumplían y a unos ideales basados en la exploración ambiciosa y arriesgada de las posibilidades del lenguaje. Aunque los distintos poderes históricos siempre trataron de invadir y controlar esa república, nunca consiguieron debilitar su autonomía como en estos tiempos que vivimos, en los que las reglas de juego se han vuelto más democráticas hasta producir una confusión generalizada y paradójica por la cual todo el mundo es artista y toda la realidad se ha estetizado (como dicen Lipovetzky y Serroy), pero el arte parece agonizar.

Por eso, de un tiempo a esta parte, los ateos y republicanos del arte nos sentimos condenados a un camino difícil, porque no tenemos mesianismos ni providencias que nos amparen y las recompensas materiales no parecen llegar por ninguna parte. Los capitales simbólicos y económicos se nos escapan por todas partes: el reconocimiento se multiplica tanto que ya no hay prestigio que valga porque todo el mundo se cree escritor, y lo único que distingue realmente (el dinero) va siempre a unas pocas manos, las de los que saben moverse mejor en el mercado, poniendo buena cara en las entrevistas y presentaciones de libros y buscando con descaro el algoritmo más beneficioso.

    Con todo, la inmensa minoría culta es hoy, probablemente, más grande que nunca antes en la Historia, y eso es positivo; no es cierto, por tanto, que la alta cultura no se consuma. El problema -aparte de que el número N de escritores empieza a igualarse al número N de lectores- es, como dije en la entrada anterior, que su crecimiento es lento en comparación con el avance de otras formas culturales que se expanden masivamente, y sobre todo que se está produciendo una suplantación muy peligrosa de esa alta cultura por otras expresiones en mi opinión bastante menos sublimes y elaboradas, con frecuencia poco reflexivas, estructuralmente más simples o en ocasiones brutal y asquerosamente comerciales, lo que puede culminar en un reseteo general de la cultura por el que Taylor Swift sustituya a Mozart y Darth Vader a Hamlet. Puede que no importe, desde luego, que la cultura del vino se convierta en cultura del vino en tetrabrik, que seguramente emborracha más; quizá el problema es solo mío, porque sueño con una sociedad en la que la alta cultura se consuma más que Telecinco y en la que disfrutemos de los clásicos no sólo como “ciencia del buen hablar y el buen escribir”, a la manera de Nebrija, sino como parte de nuestra autocomprensión como seres sociales e históricos. Sí, sueño con una sociedad en la que haya más Habermas y menos García Ferreras; en la que la opinión sea resultado de una argumentación sólidamente documentada y de un respeto severo a la complejidad de los significados, y no sea un exabrupto fanático e impaciente de consumidor acostumbrado a llevar siempre la razón como cliente que es. Pero puede que el liberalismo y la democracia, por su propia fuerza expansiva y su autoridad estadística, nos conduzcan de manera irremediable a ese escenario en el que yo siempre pierdo y ganan Telecinco y los presentadores de televisión metidos a novelistas.

 Las elites en crisis

En cualquier caso, la supuesta elite protectora del Templo de la Cultura tiene que hacer su autoanálisis y preguntarse si algo ha hecho mal para que la simple opinión (el like) y el algoritmo estén aplastando la erudición y el saber acumulado sobre arte, debilitando su capacidad de influencia. Tal vez la flaqueza moral y la hipocresía de la clase intelectual, académica y artística tienen algo que ver; tal vez hay muy poca resistencia porque, en el fondo, a casi todo el mundo le gusta la sociedad de consumo, aunque presuma de izquierdista y de vocero de ideales progresistas. Tal vez, en el fondo, el problema sea que la disyuntiva entre la izquierda y la derecha en los países con democracias liberales consolidadas y abundancia capitalista se parece cada día más a la añeja disyuntiva entre católicos y protestantes, porque todos parten siempre de un dogma falaz y fantasioso; en un caso, la resurrección de Cristo, en el otro, la superioridad del libre mercado como expresión de la racionalidad humana.

Y es que la absorción de las humanidades por el capitalismo triunfante es otra parte más de la estrategia de negocio por la cual el ocio del trabajador ha pasado a ser un nicho de mercado poderosísimo que facilita que los individuos puedan (aparentemente) realizar sus deseos como nunca antes: ser escritor, ser experto en cualquier bricolaje físico o mental, ser médico, ser psicólogo, ser historiador, ser entrenador de fútbol. Sin embargo, el desprestigio actual o la obsolescencia de determinadas formas de erudición tiene también otras causas derivadas de los códigos de comportamiento de los propios artistas e intelectuales, abducidos por el ensueño de las plusvalías y por el confort de la profesionalización. Es lógico: ser escritor o intelectual profesional es uno de los mejores trabajos disponibles en la relación tiempo/salario/ego. Y no hablemos de los mandarines académicos.

Pero el problema va más allá de la torpeza perceptiva, la hipocresía y la falta de sincera empatía social de buena parte de la clase letrada; por desgracia, el tema es más amplio y difícil de tratar en estas páginas. Me limitaré aquí a la literatura y a los peligros graves que afectan a la universidad como institución secular que podía proteger esos valores humanísticos. Y es que la decadencia de la universidad como centro de producción de conocimiento e influencia es bastante evidente a nivel global. Ha perdido su condición de fortaleza aislada y amurallada, asaltada por la grey democrática, que también quiere sentirse sabia, amén de artista. En ese sentido, el arte y la universidad estarían unidos en su crisis, en la pérdida de su autonomía ante el cerco masivo. Porque todo el mundo se cree experto y artista en aquello que le interesa, y no va a aceptar tan rápidamente que alguien se lo discuta por mucha experiencia o reconocimiento que tenga en su ámbito especializado.

Aprender a aprender a aprender…

Era inevitable esa crisis desde el momento en que la universidad pierde su exquisitez y abre sus puertas a la mayoría, sometiendo sus reglas de funcionamiento a los intereses de esa mayoría. El acceso a la educación superior, incluso a los doctorados, se ha expandido espectacularmente, y la ley de la oferta y la demanda ha provocado múltiples formas de devaluación. En un mundo cada vez más complejo en el que la cultura es, como sabemos, una segunda naturaleza, las bases sólidas de conocimiento requieren más tiempo de lectura y asimilación: ¿quién puede realmente saber hoy de algo sin dedicarse al estudio adulto durante diez o quince años? Yo no, desde luego. Pero una sociedad dedicada al estudio libre parece insostenible económicamente (¿quién financia esos estudios y a una población improductiva dedicada a leer y a estudiar con calma para producir conocimiento a largo plazo? ¿El Estado?) y, por si faltara poco, luego vienen los pedagogos a intentar demostrarnos que con aprender a aprender ya es suficiente y que todo lo demás vendrá solo. De ahí la penosa idea en países como España de reducir los grados y potenciar másteres a menudo de peor calidad que los grados. Y de ahí que ahora salgan doctores como setas y que los doctorados sean tinglados banales, en los que la tesis se defiende deprisa y mal, con un tribunal de amigotes, porque lo importante no es la aportación al conocimiento sino la urgencia de colocarse en la carrera académica, que hoy en día funciona a codazos. Por no hablar de los aspirantes a doctores que en realidad no quieren producir conocimiento, sino simplemente recibir un título por investigar cualquier cosa que les apetece y dar rienda suelta a su curiosidad, u opinar sobre lo que les parece mal en el mundo (en América Latina este tipo de doctorandos son una epidemia).

Es evidente que estamos ante el declive quizá definitivo de toda una tradición educativa, la pedagogía que nació en el Renacimiento con los studia humanitatis, es decir, los estudios de lo humano, en especial del lenguaje, que es lo que distingue a los humanos de los animales (algo así decían en aquellos tiempos). Era ese un ideal de ciudadanía y libertad intelectual basado en la comprensión y asimilación de unos modelos considerados superiores en fondo o forma.  Pero hoy, el reino de la nueva pedagogía y del utilitarismo neoliberal certifican la defunción de esa tradición, bajo la extrañísima premisa de que todos los problemas de la Humanidad proceden del viejo modelo educativo y hay que renovarlo como sea, justo cuando, por fin, la educación es masiva y esos ideales humanísticos podrían crecer como nunca (¿será casualidad?).

Ahora resulta que el profesor es el culpable de todo, y que todo lo bueno de la Humanidad en materia educativa ha llegado a pesar del profesor, no gracias a él y a la escolarización progresiva conseguida a través de esfuerzos políticos de siglos; es más, ya no importa que el profesor tenga los conocimientos, sino solamente que los facilite al alumno, que podrá ser Einstein o Leonardo Da Vinci cuando se lo proponga. Ahora, según los pedagogos y burócratas de la educación, la creatividad del estudiante bien orientado le permitirá alcanzar todos los conocimientos que se proponga; es decir, que saldrán neurocirujanos y traductores de Hegel gracias a vídeos de YouTube. Es innecesario que el profesor acumule conocimientos de su materia, si el estudiante los puede adquirir fácilmente con su smartphone. Frente a ello, uno intenta no incurrir en la ridiculización de la nueva pedagogía y escuchar con la mejor actitud las propuestas renovadoras por una simple higiene mental antidogmática. Comprende que el objetivo social e igualitario de la educación implica no abandonar a estudiantes con necesidades o dificultades específicas, e incluso está dispuesto a aceptar que puede haber algo de razón en la crítica al profesorcentrismo. Sin embargo, tampoco puede dejar de empatizar con un colectivo, el docente, que corre serio riesgo de desmoralización y que está empezando a sentir la ansiedad de saber que la innovación docente, la nueva doxa, nunca termina y le va a obligar a pagar las culpas siempre de todos los problemas, mientras siguen sin bajar las ratios y sin subir las dotaciones económicas (en nóminas y recursos).

Además, la devaluación de los contenidos docentes en virtud de las famosas competencias (o los ámbitos) atenta gravemente contra la autonomía de la educación como sistema reglado e insustituible, por el cual se preservan valores que son de interés público (la diferencia entre ciencia y no ciencia, la conquista de derechos, la capacidad de comprensión textual) y que no deben ser manipulados por intereses políticos o empresariales. Esa degradación de la escuela o de la universidad como espacio fuerte en el que mandan los expertos y en el que la autoridad intelectual comprobada científicamente es la fuente de legitimidad significa, en pocas palabras, ceder el control del conocimiento a Google o su futuro sustituto privado y multimillonario. No creo necesario insultar a mi lector explicándole más en detalle lo peligroso que puede ser que el lento conocimiento bien sedimentado y construido sea aplastado por el didactismo de un estúpido influencer, o por las demandas infantiloides de los consumidores, o por academias patrocinadas por complejos empresariales.

Enseñar literatura, por ejemplo, implica afinar sensores muy delicados de la conciencia humana, que están usualmente oxidados por la acción embrutecedora de los lenguajes dominantes en cualquier momento histórico; implica también problematizar el mismo lenguaje, con lo que ello significa de encrucijada intelectual, de duda y temor ante terrenos peligrosos y desconcertantes a veces. Por ejemplo, terrenos como el del texto remoto y antiguo, con su extrañeza y su alambrada críptica, que se nos ofrece como un arduo reto al que difícilmente se llega sólo jugando y bailando, porque se necesita una tenacidad de alpinista. No diré que esa sea una misión sagrada, pero desde luego no se aprende a base de vídeos.

Alternativas universitarias

Visto así, nos encontramos con que la educación vive, como el arte, una peligrosa pérdida de autonomía, con una exasperante tendencia a la igualación simplista y a la novedad mecánica en virtud de supuestos ideales democráticos y antiintelectuales ingenuamente utópicos sobre cuyas bases financieras se pasa curiosamente de puntillas casi siempre. Igual que el canon artístico, las humanidades se ven seriamente amenazadas en estos tiempos. 

Además, al aplicarse estrategias brutales de competencia, eficiencia y rentabilidad, el mundo académico ha entrado en una permanente ansiedad de graves consecuencias. Es cierto que la aplicación de controles para la producción en el área de humanidades (indicios de calidad en las revistas, evaluación anónima por pares, índices de impacto, indicadores bibliométricos) ha reajustado positivamente algunos aspectos de la carrera investigadora, imponiendo unos criterios de objetividad superiores a los que durante muchos años se han utilizado, y que han permitido currículos endogámicos, llenos de fraudes, plagios, autoplagios, investigaciones superfluas o caprichosas (ya hablé en otra entrada de la chusma que conocí en la Universitat de Barcelona, y cuya herencia sigue apestando). En un país como España, donde la endogamia prevaricadora creada en el franquismo generó durante décadas un sistema clientelar y corrupto de reparto de privilegios del que por desgracia aún no nos hemos librado, escandaliza o repugna ver las quejas de algunos que lamentan con descaro el deterioro de ese sistema feudal, que no pocas veces adquiría forma de derecho de pernada y que ha otorgado escandalosos beneficios a ineptos y gandules. Bastantes críticos de prensa e intelectuales orgánicos españoles han surgido de esa universidad en la que las plazas de funcionario se otorgaban descaradamente a dedo, lo que situaba al profesor en una posición comodísima; es cierto que el sueldo nunca fue espectacular, pero el buen profesor corrupto made in Spain sabía compensarlo con diferentes truquitos: poner su libro (publicado en la propia editorial de la universidad, o la de un amigo) como lectura obligatoria para tener cada año un mercado cautivo, crear una red de contactos con los pares para poder repetir la misma conferencia veinte veces y cobrar veinte veces por ella, destinar el tiempo a cobrar reseñas en vez de a publicar gratuitamente en revistas internacionales con revisión por pares (algún poetastro que fue profesor mío llegó a catedrático con un currículum de reseñillas), pagarse viajes y ordenadores con superfluos proyectos de investigación, plagiar disimuladamente en manualitos o textos divulgativos para ganar dinero fácil… Y no olvidemos las comilonas en las lecturas de tesis doctorales, cohecho muy típicamente español en el que hay auténticos especialistas pantagruélicos. 

La introducción de nuevos criterios para la producción investigadora en humanidades tuvo al principio un resultado positivo, al obligar a los investigadores españoles a someterse a nuevas reglas. Sin embargo, la aplicación de los métodos derivados de las ciencias ya está empezando a cosechar resultados inequívocamente negativos. La terrible competencia actual para el acceso a puestos estables en cualquier universidad (de todo el mundo, en realidad) ha impuesto una voraz carrera por publicar deprisa para cumplir con las expectativas: es el nuevo publish or perish. De ahí la hipertrofia de publicaciones, que, en mi ámbito, el de la literatura en español, es evidentísima; yo diría que en lo que llevamos de siglo se ha publicado el triple de todo lo publicado en el siglo pasado. Se trata de investigaciones que a veces se limitan a ser poco más que breves estudios de caso preferentemente de una obra actual, para que el estado de la cuestión sea más fácil de dominar y el resultado se pueda transferir con rapidez a la sociedad. La difuminación de fronteras y los enfoques culturalistas facilitan además las mixturas y los cambalaches, de forma que la bibliografía sobre cualquier tema está creciendo exponencialmente y se vuelve inmanejable.

Así, los jóvenes investigadores (no solo en España) publican desesperadamente, aprovechando la proliferación de congresos sobre los temas más estrambóticos y peregrinos y las nuevas revistas de bajo coste. Hoy se organizan congresos sobre cualquier cosa; los objetos de estudio son infinitos y, por tanto, los nichos de mercado también (sobre todo si hay conceptos aparentemente imaginativos y cool: nanofilología, gastronarrativa, necropolítica…). El mundo académico es en la actualidad una feria o un circo: nadie escucha a nadie y nadie lee a nadie, en realidad. La cultura, sin duda, es inmensa y eso se está reflejando en la inmensidad de la bibliografía acumulada, en la que se amontonan estudios con títulos que pretenden ser sugerentes y enfoques pintorescos que nadie va a criticar porque en el fondo no hay tiempo de criticar.

Y al final los investigadores no tan jóvenes se ven (nos vemos) amenazados también, obligados a renovarse pedagógicamente y a la vez a producir conocimiento de manera urgente para no quedarse atrás. El resultado de todo ello es un batiburrillo de fruslerías académicas, de logros efímeros o minúsculos que realmente a casi nadie importan. Los investigadores producen conscientes de la superfluidad y provisionalidad de sus trabajos, obsesionados por la cantidad y no por la calidad. En el fondo es lógico que suceda, teniendo en cuenta la actual hegemonía de los criterios bibliométricos. Pero lo cierto es que abunda la mala praxis en sus muchas variantes: se busca afanosamente (incluso se negocia) la cita o la reseña del amigo o discípulo, se intenta el simple clickbait para ganar visibilidad y "transferencias", se trocea la investigación o se refríe para mantener vivos los indicadores, se eligen los temas fáciles y rápidos antes que los difíciles y lentos; por no hablar del hecho lamentable de que a menudo las publicaciones hay que pagarlas (yo lo hice en su momento), es decir, que el trabajo a veces no solo no da dinero, sino que a veces cuesta dinero, para beneficio de algunas editoriales que han visto bien el nuevo chollo. Así, los estudios literarios y en general los humanísticos se han mecanizado peligrosamente en aras del rigor científico y hemos creado estudios insignificantes y miopes que atascan el sistema y perjudican otro tipo de trabajos más libres y arriesgados y sobre todo más críticos, es decir, menos convencionales.

No voy a librarme yo de esa crítica: me puedo permitir la redacción de este ensayito porque he alcanzado cierta estabilidad profesional que me permite no seguir la carrera competitiva y pasar a una etapa de barbecho en espera de recuperar la fe (o de colgar las zapatillas definitivamente). Ya me desahogué sobre el tema en otra entrada hace algún tiempo. Se me ocurre hoy que deberíamos apostar por una epojé bibliográfica para ventilar los estudios literarios y plantearse al menos como hipótesis la necesidad de nuevas actitudes críticas. Porque la especialización “científica” del estudioso de la literatura ha creado otras muchas perversiones: los latinoamericanos no leen a los españoles y viceversa, los de Siglo de Oro no leen a los contemporáneos y viceversa, los hombres no leen a las mujeres y viceversa. Los idólatras del carisma creador siguen pensando en el autor y lo adoran secretamente (sobre todo si está vivo y pueden acceder a información privilegiada a través de él), mientras que los que, en sus sueños íntimos, quisieran ser creadores y/o libertadores se arman hasta los dientes de filosofías para demostrar que ellos son mejores que los artistas y que una lectura filosófica de la obra es preferible a la obra misma. 

Con todo ello, la coacción a la que el mundo académico está siendo sometido ha acobardado el talento para arriesgar, para ofrecer alternativas y pensar la crítica desde posiciones inestables o impugnadoras que no sean las previsibles marginalidades de los queer o los subalternos, cada día menos convincentes. Muchísimos estudiosos se entregan ciegamente al culto a la novedad editorial, que les permite elaborar a toda máquina un paper supuestamente audaz; esos mismos son los que critican el canon pero contribuyen incautamente a la perpetuación del poder de las industrias culturales con su publicidad encubierta de Anagrama o Random House. A menudo niegan la estética como conjunto de saberes, y por ello se pierden en la interdisciplinariedad más oportunista; mezclan un poco de todo con la esperanza de que nadie pueda descubrir todas las inferencias tópicas y superficiales con las que salpican sus textos. De ahí que, sin saber realmente de cine o de antropología o de sociología o de etnología o de meteorología, aderecen sus trabajos con cruces de todo tipo que simulan erudición y que les sirven, básicamente, para crear un cóctel crítico tan decorativo como insustancial. Por supuesto, tienen un profundo menosprecio por lo que llamaríamos los procedimientos técnicos: presumen de antiestilísticos y posestructuralistas pero son incapaces de entender cómo funcionan las posibilidades técnicas del campo literario en un momento determinado. No entienden ni quieren entender cómo funciona el artificio literario, ya que la literariedad les parece, en el fondo, algo de poca monta, insignificante frente a la posibilidad de ser ellos, los críticos, los verdaderos creadores, como intérpretes de la Historia con mayúscula. Naturalmente, los estudios literarios actuales están también infestados de escritores frustrados, empeñados en crear hermenéuticas pretenciosas y arrogantes (casi todas afrancesadas) para convertirse ellos mismos en autores y re-crear impunemente cualquier texto de modo que siempre quedan como más listos que los propios escritores.

No soy un nostálgico que desea un mundo con unos pocos popes humanistas heteronormativos que nos guíen y nos enseñen qué es la belleza (estilo Ortega o Edmund Wilson, que, dicho sea de paso, no entendió, por ejemplo, a Kafka), pero también me parece que el desbarajuste actual de los estudios literarios presenta ciertos peligros que extrañamente casi nadie denuncia, quizá por miedo a quedarse fuera del banquete en un momento en el que la lista de invitados es por fin extensa, después de tantos siglos de minorías humanistas. El peligro básico no es, desde luego, la democracia en sí misma, y tengo que insistir en ello; sino la claudicación del pensamiento crítico en manos de criterios mercantiles, a partir del silogismo tácitamente admitido de que lo que es bueno en términos de desarrollo económico y material lo es también, automáticamente, en el terreno de aquellas formas complejas de cultura que entendemos cautelarmente como arte o humanidades.

La crisis de las humanidades tiene, por tanto, que analizarse no solo desde la perspectiva de una supuesta barbarización universal, sino también desde dentro del sistema, desde las ambivalencias de un mundo académico que es más rico y amplio que nunca pero que precisamente por eso ha perdido su coherencia y su vigor como sistema, entregado al narcisismo teórico y a una prisa patológica por publicar y vender productos “nuevos”. En realidad, las humanidades están más expandidas que nunca, solo que se han desperdigado en el magma de nuestro tiempo perdiendo su agresividad y su función crítica y corriendo serio riesgo de disolución a largo plazo, cuando todo sea cultura sin rango y jerarquía y la aventura de leer y de pensar se vuelva sencillamente un entretenimiento en dura pugna con la Play Station modelo X.

La universidad ha agrietado sus murallas y hace aguas, por lo que no se me ocurre otra cosa que bunkerizarla. Habría que crear la universidad dentro de la universidad, es decir, fortificar el núcleo defensivo de los valores humanísticos con independencia de los poderes económicos. ¿Ejemplos de políticas concretas? Potenciar editoriales públicas (universitarias, tal vez) que publicaran obras de creación con honestidad intelectual (jurados verdaderamente objetivos) e independencia de los criterios comerciales. Desgraciadamente, la burocratización de las tareas docentes y la falta de incentivos materiales y simbólicos dificultan que la libertad de pensamiento fluya a determinados niveles como en otros tiempos. Por eso quizá los ateos de la universidad y los del arte debemos reunir fuerzas para encontrar el espacio común de resistencia, renunciando al mainstream y luchando por la autonomía crítica aun a riesgo de caer en el ostracismo, sufrir alguna que otra privación y no tener followers. Pero, por supuesto, solo unas condiciones materiales mínimamente dignas pueden permitir ese ejercicio de libertad; un profesor atenazado por el miedo a perder su puesto de trabajo y obligado a la publicación compulsiva difícilmente podrá mantener esa independencia intelectual. De ahí que sea especialmente vergonzosa la autocompasión de los intelectuales y demás miembros de la clase letrada que, gozando de un aceptable confort económico (varias veces superior al salario medio), se arrastran ante los medios de comunicación y holdings culturales, promoviendo la indulgencia ante determinados artistas y consagrando las opciones fáciles y más respaldadas por el propio mercado.

¿Quieren nombres? No me cabrían en estas páginas. Pero tampoco es importante, en realidad. Convertirse en hater empieza a ser sospechosamente previsible hoy. Más importante, para mí, es la toma de conciencia de las contradicciones que tenemos en el ámbito humanístico. Hay que pensar en el medio y el largo plazos, y para ello quizá necesitemos algo así como una dieta blanda en el terreno académico; una cierta ascesis resistencialista por la cual no hay que ceder a la tiranía del paper precipitado y, en cambio, hay que regresar a los trabajos de largo alcance y lenta gestación, ajenos a la invasiva realidad del mercado y sus doctrinas permanentes de shock y ansiedad. Tenemos que retomar la iniciativa. Demostrar convicción. Confiar en la lucha, sin temer a la derrota. Al fin y al cabo, la historia de las humanidades está llena de derrotas, es decir, de ideales siempre postergados o incumplidos.



domingo, 13 de enero de 2019

EL DÍA QUE DEJÉ DE SER FRIKI

Lo confieso: soy de los que no pueden evitar el escalofrío cuando escuchan la fanfarria inicial de Star Wars. La guerra de las galaxias fue tal vez la primera película que vi en el cine –o fue esa, o Aeropuerto 77- y supuso, en pocas palabras, el descubrimiento de la aventura y también el del color: el dorado C3PO, los blancos troopers, la arena de Tatooine, el negro de Darth Vader. Ninguna otra de las películas de esos años me dejó una huella tan profunda, para bien o para mal. A partir de ahí, mi experiencia es generacional y, por tanto, en cierto modo vulgar: fascinación cuasifálica por los sables láser, shock por el final inesperado de El imperio contraataca, babeo por la princesa Leia en bikini y encadenada, náusea por los infames Ewoks. Nunca he llegado a disfrazarme de ningún personaje de la saga (ni siquiera de Jabba), pero puedo demostrar que antes de que se pusiera de moda la costumbre ya vi las seis películas de George Lucas de un tirón en compañía de mis amigos más frikis (aclaro: variante española, no totalmente sinónima, del anglosajón geek).
Recuerdo que a finales de los ochenta me volví anticanónico sin ser apenas consciente de lo que significaba eso. Al mismo tiempo que leía y estudiaba a los clásicos antiguos y modernos, llevaba una doble vida sublimando las series de televisión, los cómics de superhéroes con sus curiosas cosmogonías, las novelas de ciencia-ficción del incansable Isaac Asimov, las películas de serie B (o Z) como Basket case o El vengador tóxico. Ayudaron varios factores: la triste experiencia de conocer la fatuidad del mundo académico de la Universitat de Barcelona (del que hablaré con calma otro día), la inanidad y el aburrimiento que yo percibía en la literatura española contemporánea, los bostezos provocados por la casposa Historia y crítica de Francisco Rico, el rechazo visceral al elitismo intelectual y también una cierta conciencia de clase propia de un charnego de Nou Barris. El momento clave de esa revalorización de la subcultura probablemente coincide con la doble sensación que provocaron casi al mismo tiempo dos productos tan audaces para su época como Twin Peaks y Watchmen. Después llegaron los pioneros a la hora de rentabilizar creativamente el fenómeno: Álex de la Iglesia, Kevin Smith o Quentin Tarantino, precedentes de un JJ Abrams o un Seth McFarlane, por ejemplo.
Sin embargo, como tantas veces ha sucedido, una idea original y aparentemente progresista se distorsiona horriblemente cuando se masifica y es manoseada por todo tipo de oportunistas y, peor aún, de ignorantes.  Democratizar la cultura parecía el complemento perfecto de la democratización política, pero los resultados empiezan a ser muy decepcionantes. Ya está bien de zombis, Jedis y viajes en el tiempo. ¿Para esto queríamos romper la barrera entre lo culto y lo popular? ¿Para sustituir el canon occidental por un conjunto de mitos chorras y simplones, por unos juguetitos frívolos? ¿Para dejarnos esclavizar voluntariamente por las grandes industrias del ocio, casi siempre estadounidenses? 
Los catastrofistas tienen un gran defecto, y es que son demasiado predecibles, pero no hace falta ser apocalíptico hoy: simplemente se trata de volver a la lucha y recuperar sin complejos el prefijo sub. No para ponerse, por ejemplo, como el bueno de Pedro Salinas, que en su conocido estudio sobre Rubén Darío de 1948 afirmaba, sin venir a cuento, que el cómic es "la papilla más baja, la bazofia de más vergonzosa calidad" (p. 48); pero sí para defender con la máxima convicción el criterio estético que ha servido para preservar -con todos los reparos que queramos añadir- un enorme legado cultural de siglos. Sin duda, el imperio de cierta manera de entender el arte ha terminado, y más nos vale reconocerlo. Resulta muy ingenuo pensar que la nueva sociedad digital va a consumar el ideal ilustrado. Pero eso no significa aceptar sin más el todo vale de nuestro tiempo, en el que casualmente acaba valiendo más lo que genera más dinero. La defensa de esa cultura popular se está convirtiendo en una aberración característicamente millenial y cada día más reaccionaria, y algunos se están aprovechando de todo ello para enriquecerse sin ningún disimulo, en las grandes empresas y en más de una universidad. Porque lo popular no es siempre automáticamente positivo: populares han sido y son los linchamientos, las supersticiones, los chistes sexistas y racistas, e incluso más de una dictadura. Ahora parece que cualquier producto popular tiene el mismo valor que la Divina Comedia. Y, de paso, que cualquiera puede ser artista, se llame Wismichu, Valtonyc, Jorge Javier Vázquez o César Brandon. Lo dicho vale también para la literatura de género, por supuesto, porque, por ejemplo, los escritores de literatura infantil están muy creciditos últimamente, y alguien debería empezar a bajarles los humos.
Como decía recientemente mi buen amigo Joan M. Soldevilla, The Big Bang Theory -que cada temporada es más una mala copia de Friends- resume lo mejor y lo peor del frikismo. De hecho, el reciente fallecimiento de Stan Lee ha demostrado que el asunto se nos está yendo de las manos. Seguramente echaremos de menos sus cameos, aunque no me cabe duda de que lo resucitarán digitalmente muy pronto; pero leyendo algunas necrológicas parecía que hubiera fallecido Shakespeare. La pérdida de norte en términos estéticos es tan aguda que muchos nostálgicos han confundido la repercusión mundial de los superhéroes creados por Lee -consolidada por el trabajo desigual de muchísimos guionistas de cómic y ahora de cine durante más de cincuenta años- con un proyecto artístico casi equivalente a Balzac. Más o menos como los que ensalzan la hondura filosófica de las memeces sobre midiclorianos y oscuridades de George Lucas y ahora Disney, por muchas lecturas de Joseph Campbell que pudiera haber detrás.
Yo he sido muy friki, sin duda. He tomado cervezones en el bar de Cheers frente al Boston Common y me he hecho fotos en el parque Verano azul, de Nerja. Pero ahora me estoy haciendo viejo. Y conservador, supongo, porque parece que necesito jerarquías. Como siga así, acabaré repitiendo el camino que ha llevado a tantos desde Izquierda Unida hasta el PSOE. Aunque, bien mirado, para eso primero necesitaría ser invitado habitual de la cadena SER. Sea como sea, anuncio que hoy dimito de mi condición de friki, como hace años dimití de la de letraherido. Declararía una guerra al frikismo, si no fuera porque eso es todavía más friki.
¡Ariel, Ariel! Vuelve a nosotros. Esta vez sí te necesitamos de verdad.

domingo, 29 de mayo de 2016

REALIDADES

Imaginemos que una pareja joven –española o no, de la mesocracia o del nuevo precariado, da igual- empieza a discutir porque uno de los dos descubre, después de un largo análisis de datos y pruebas, que el otro o la otra es inexplicablemente cicatero a la hora de poner “me gusta” en sus aportaciones en Facebook o YouTube. Lo hace, sí, pero no tanto como debiera. “¿Y qué le cuesta hacerlo? Sólo se trata de un clic”. La discusión sube de tono porque el problema es objetivamente poco importante, pero al mismo tiempo es revelador de algo. A partir de ahí, la relación se resquebraja irreversiblemente, agrietada por suspicacias interminables y rencores acumulativos.
Es un embrión de relato, que puede ser cómico o trágico dependiendo del grado de discusión y el nivel de vanidad. No lo voy a escribir –aviso-, pero el motivo para no hacerlo no es, desde luego, la inverosimilitud. Creo que el nivel de ansiedad privada por el reconocimiento en las redes sociales puede ser, efectivamente, patológico hoy mismo. Hay una historia ahí, como en tantos comportamientos desconcertantes, sin precedentes, incomparables, que nos ofrece el acelerado e invasivo mundo contemporáneo, con sus novedades y zozobras.
La fascinación por la nueva cotidianidad tecnológica puede crear, como pasó en algunos casos vanguardistas, una literatura efímera. Tal vez estemos en una situación similar hoy. Probablemente sea en la serie CSI donde esa ultratecnificación se hace más evidente hasta el punto de ser ella misma la necropsia de un mundo moralmente descompuesto pero a la vez infinitamente dinámico. La serie, desde luego, no es de mis preferidas; es argumentalmente previsible y mecánica, pero pocos productos culturales ofrecen, globalmente, una imagen tan abarcadora de la miríada de extravagancias que constituye el mundo de hoy en las sociedades, digamos, avanzadas (económicamente). Los guionistas de la serie han incorporado una admirable y riquísima casuística de parafilias sexuales, profesiones excéntricas, rituales sociales minoritarios, sutiles procedimientos técnicos y fetichismos culturales que en conjunto supone un inquietante mapa de las nuevas demandas sociales. ¿Será acaso un nuevo tipo de costumbrismo? ¿Un poscostumbrismo, pongamos, ya que parece que no podemos vivir sin algunos prefijos?
Aunque lleva quince temporadas y ha generado dos secuelas (una de ellas, la de Miami, mucho menos interesante en todos los sentidos), cabe esperar que la serie pase pronto a la pérdida de audiencia y de ahí al olvido, para que dejemos de ver tantas mesas de disección y tanta casquería. Pero, en cierto modo, la visibilidad que una serie como esa ha otorgado a todos esos nuevos códigos de la realidad no puede ser pasada por alto. En otro lugar reflexioné sobre cómo los repertorios amplísimos de conductas que ofrece la ficción televisiva proponen hoy retos para el novelista, para el lector y para el crítico. Han pasado algunos años de ese texto y en algunos aspectos creo que la situación ha cambiado para peor, como demuestra el penoso retorno de una serie que tuvo su encanto como fue Expediente X y que augura además lo peor para la continuación, seguramente infame, de Twin Peaks. Por ese motivo quizá los novelistas, que parecen hoy algo intimidados por el creciente poder de esas series, aún tengan más futuro de lo que parece: el abuso mercantil que produce alargamientos lánguidos de las tramas y la incapacidad para crear un auténtico marco final pueden propiciar la supervivencia de formas narrativas no seriales y no susceptibles de spoilers.
Pero para ello hay que saber jugar las batallas que se pueden ganar. No sé si la de la fantasía está ya perdida, pero estoy convencido de que hay esperanzas en otra: la del realismo. Puede que el realismo sea sólo una convención y que no tenga ya la ilusión ontológica con la que nació. Sin duda, tampoco tiene el esplendor político de otros tiempos (tiempos fanáticos, ciertamente), pero sigue siendo, cómo decirlo, un acto racional de solidaridad histórica. Ese tipo de cosas de las que no entiende alguien como Jerry Bruckheimer.
Encontrar la sinécdoque perfecta que de la realidad lleve a un realismo iluminador es, desde luego, algo bastante misterioso y seguramente inalcanzable para muchísimos aspirantes. No basta con fijarse simplemente en lo insólito, como ocurre con mi embrión de relato. Sin embargo, tal vez el mayor problema del realismo hoy no es ese, sino que, por decirlo en pocas palabras, resulta, en la sociedad del ocio, mayoritariamente aburrido. Ello explicaría no sólo el auge de algunas series televisivas, sino también, por ejemplo, la tentación del tremendismo literario. En un mercado tan lleno de opciones no es de extrañar que a veces se compita a base de tremendismo; seguramente Bret Easton Ellis y su American Psycho abrieron ese camino a principios de los noventa. Será por eso que abunda hoy lo que Borges llamaba “las pompas de la muerte”.

Sí, el realismo aburre. Lo que quizá haya que recordar, si somos honestos, es que la realidad del siglo XXI también es más aburrida de lo que parece, a pesar de CSI y de YouTube. Pensemos en esa coincidencia. Explorémosla.

domingo, 20 de marzo de 2016

SENTIRSE COMO UN FLOPPY DISK

Según la calculadora de Windows (ya no me salen bien las operaciones matemáticas ni con los dedos), he pasado dos tercios de mi vida en el siglo XX y uno en el XXI. Planteado así, no debería sentirme tan obsoleto. Pero mi creciente melancolía de MS-DOS indica lo contrario. Me veo de color sepia cuando me miro al espejo.
Por mucho blog y mucho Facebook que quiera tener, soy un hombre del lejano, triste y utópico siglo XX. Del boom literario latinoamericano, el rock progresivo inglés, Colombo, el cine de izquierdas italiano y el de Vietnam, el potaje y la conciencia de clase. Soy de los que creían que el dinero era intrínsecamente negativo y no debía ser el eje de la vida. Que la democracia debía parecerse más a la meritocracia que a la demoscopia. Que el médico y el profesor eran los que sabían del tema más que yo y por tanto había que escucharles. Soy de los que, sin saber apenas jugar, admiraban a los ajedrecistas y encontraban legítimo e instructivo el aburrimiento.
El siglo XXI, en cambio, va demasiado rápido para mí. Mis ídolos se han apolillado y cada día me cuesta más gritar las convicciones. Incluso estoy empezando a perdonar a los enemigos de siempre, porque todo lo que me interesa suena a prescrito.
Ni siquiera me da tiempo a rentabilizar mi nostalgia como buen friki que revende los productos de su infancia en el mercadillo de la cultura: ya otros lo están haciendo, y parece irles bien. Pero es que hay mucho más. Por ejemplo: ahora, asombrosamente, se privatiza lo público y se publicita lo privado. No entiendo que no haya más intranquilidad ante una realidad así. Hemos entrado en una nueva fase de la vulgaridad: hoy, queramos o no admitirlo, todos los vulgares nos reconocemos unos a otros y sabemos que nuestros secretos no tienen mayor interés, aunque se haga el máximo de ruido con ellos. Pronto llegará la pandemia de tristeza y los anacoretas se pondrán de moda.
Además, en la carrera constante del día a día, me he quedado a medias, entre la élite de los neandertales y la nueva mesocracia chillona y logorreica; ya no alcanzo a los escritores consagrados ni a los catedráticos, y me empiezan a rebasar, no sé si con doping, los de Podemos, los youtubers, los de la cultura fusión, los dialogantes y narcisistas de todo tipo y los Homo Digitales, con su adanismo y su pulgar ultrarrápido.
Probablemente ningún tiempo pasado fue mejor y por eso quizá ahora vivamos en el posnihilismo. Pero yo necesito algo anacrónico, estable y reparador.

Necesito ostracismo analógico. Necesito una siesta. Voy a apagar el ordenador.