Mostrando entradas con la etiqueta autobiografía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta autobiografía. Mostrar todas las entradas

viernes, 3 de enero de 2025

BORGES Y YO


Mi reticencia hacia lo que algunos llaman los “géneros de realidad” (epistolarios, diarios, crónicas, novelas de no ficción, autobiografías y trampantojos diversos) viene de hace mucho, y probablemente buena parte de la culpa la tienen los supuestos especialistas en el tema que conocí en la Universitat de Barcelona, que idolatraban esos géneros como si fueran una especie de terapia nacional después de siglos de una represión específicamente española. Pero es que todo ha empeorado en estos tiempos líquidos en los que hay que conseguir solidez a base de documentos y verdades, del tipo que sean, y en los que el biopic parece la nueva medida de todos los relatos. No niego el interés exhumatorio de algunos textos que revelan aquello que, por la razón que sea, está oculto, pero me incomoda el cada vez más extendido intrusismo, sea historicista o periodístico, en la literatura, y sobre todo me preocupa que esa obsesión casi positivista por la Verdad acabe aplastando la libertad específicamente literaria, esa libertad que se basa en las ventajas de la imaginación y la ambigüedad.

No sé, en ese sentido, si enfrentarme a los diarios de Rafael Chirbes, por ejemplo. Se habla con tanto entusiasmo de ellos que se ha activado mi alerta, mi sexto sentido de la manipulación literaria, sobre todo después de comprobar, por ejemplo, la pobreza de las Notas póstumas de Juan Marsé, que tienen poco interés (salvo  cuando se ríe de Anna Caballé). Intuyo que la consagración post mortem de Chirbes tiene trampa, como si algunos poderes de la literatura española quisieran utilizar al escritor valenciano para ganar altura moral, creando, por ejemplo, una alternativa diarística a Trapiello, y romper así con el perfil bajo de esa literatura, la española, tan pagada de sí misma y tan carente de combatividad. 

Sin embargo, otras veces no puedo evitar el deleite de jugar a que ese tipo de textos sean una especie de máquina del tiempo que permita viajes a momentos especiales del pasado literario. Me sucedió con la correspondencia de Vargas Llosa, Cortázar, García Márquez y Fuentes publicada con el título de Las cartas del boom; leer las cartas, incluso con sus tediosos formalismos y sus cortesías de rigor, es una forma estupenda de acercarse a lo que fue una amistad llena a la vez de azar y magnetismo, y que, en cierto modo, es la sinécdoque de toda una utopía, con su ciclo ascendente y su caída, con su inicial electricidad de ideas y su posterior frialdad brutal. El libro se disfruta leído de manera novelesca y dudo mucho que una novela como la de Jaime Bayly (Los genios) pueda provocar la misma sensación de belleza arqueológico-cultural. O de retransmisión en diferido de un fenómeno irrepetible. 

Pero más interesante aún es Borges, la monumental recopilación de notas que a lo largo de cuarenta años llevó a cabo tierna y tenazmente Adolfo Bioy Casares sobre sus conversaciones sobre el autor de El Aleph. No estoy en condiciones de compararla con su modelo más claro, Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, pero en cualquier caso pocas veces he disfrutado más con una lectura que con estas mil seiscientas páginas (me ha aliviado de tanto "libro del año" de narrativa española actual, para qué nos vamos a engañar).


Mi intención inicial era, sobre todo, indagatoria: encontrar respuestas a curiosidades muy mías sobre las que todavía tengo más intuiciones que pruebas. Algunas se refieren, desde luego, a la singular vida sentimental y sexual de Borges: el libro, en ese sentido, ofrece chismes entretenidos sobre Estela Canto, Elsa Astete y la misma María Kodama. Otras cuestiones son menos frívolas y tienen más valor crítico, como los datos económicos sobre contratos y beneficios, que siempre son importantes para comprender la evolución del escritor desde un punto de vista material (terreno esencial en el que seguimos sabiendo muy poco). Pero también, por ejemplo, quería confirmar de algún modo la sospecha de que Borges, en realidad, apenas leyó las novelas del boom. Sí, sabemos que disfrutó de Cortázar y Rulfo, pero eso fue antes de los sesenta, que es la época en la que su ceguera se acentúa. ¿Realmente su legendaria broma sobre Cien años de soledad era resultado de una lectura real? La ceguera de Borges es bastante enigmática desde un punto de vista clínico, y el propio Bioy, en sus notas, duda en alguna ocasión (p. 1318) de que Borges esté tan ciego como dice (incluso va al cine a ver Bananas). Aun así me parece bastante verosímil un desconocimiento general de las novedades literarias latinoamericanas del periodo (¿leyó, o le leyeron, a Carpentier o a Asturias? No lo sé; sí sé, en condicional, que no le gustarían de haberlas leído).

Otra de mis prioridades era conocer más pormenores de su relación con mi compañero virtual de tantos años, el quejoso y gruñón Ernesto Sabato. Durante muchos años pensé que Borges siempre lo menospreció abiertamente, mientras Sabato le envidiaba y necesitaba de manera constante afirmarse literariamente ante él; hoy, después de leer este libro, en tiempos en los que Sabato está bastante devaluado en Argentina, lo veo menos claro y pienso que quizás Borges, aunque le dedica muchos insultos, en cierto modo lo respetaba más de lo que parece (más que a Mallea o a Mujica Laínez, quiero decir), quizás por un detalle que distinguía a Sabato del resto del entorno literario en el que se movía Borges: su estatus científico, que fue su credencial de entrada en Sur junto al aval de su maestro Pedro Henríquez Ureña. Hay que recordar que a partir de 1955, después de la Revolución Libertadora, la actitud ante el peronismo separó a Borges y a Sabato de forma bastante agria, como demuestra la polémica en la revista Ficción, y que tardaron unos veinte años en reconciliarse (reconciliarse aparentemente, al menos). Pero, aunque la irritación de Borges por las "idioteces" de Sabato tenga razones políticas, asimismo revela, para mí, más rivalidad de la que se suele aceptar: recuérdese que la traducción de El túnel al francés había aparecido en Gallimard (por recomendación de Camus) en 1956. Siempre he creído que las especulaciones psicologistas en el análisis literario, por muy jugosas que sean, son peligrosamente fantasiosas, pero me parece obvio que la antipatía hacia Sabato tiene motivaciones muy diferentes a otros casos, como el también conocido de Neruda, al que Borges desprecia con un asco muy particular y exclusivo ("es un bruto").

El caso es que no he obtenido respuestas concluyentes a ninguna de mis curiosidades, ni a tantos otros misterios sobre Borges (como la extraña historia de su falsa traducción de La metamorfosis) precisamente porque, al final, no he leído el volumen con afán académico, esperando el Eureka de la revelación científica, sino que lo he leído con la felicidad de bañarme en el oasis de una frescura literaria inconcebible hoy. Sí, se trata de dos escritores pedantes y criticones, llenos de mala baba y ganas de practicar privadamente el arte de la injuria; dos haters avant la lettre, que parecen tuitear con sarcasmo y malicia como si buscaran ansiosamente seguidores para satisfacer su ego público. Pero no es así: por encima de los ataques ad hominem y las miserias personales, es un diálogo largo, lleno de mutua generosidad, perfectamente equidistante tanto de la lección magistral como de la tertulia de barra de bar. Más cercana a una sobremesa ideal, hogareña, quizá demasiado sobria para mi gusto, pero humilde y respetuosa con dos valores: la amistad y el amor por la literatura (por el canon, todo sea dicho). Literatura del yo que es la vez literatura del otro, en cierto modo; nada que ver, de hecho, con la megalomanía a menudo también regada de chismes del mismo Trapiello. No, es algo así como un curso de literatura universal lleno de amenidad y ajeno a la rigidez académica, y que persuade con su creativa naturalidad.

Hoy las redes sociales nos machacan a todas horas con píldoras de supuesto ingenio y mucha opinión autoritaria e inflexible, e incluso hay profesionales de la provocación en pequeñas dosis: piénsese en el tándem Juan Soto Yvars-Alberto Olmos, por ejemplo. Es verdad que Borges y Bioy también opinan y juzgan con maximalismo y no poca crueldad. ¿Cuál es la diferencia con respecto a la inmensa mayoría de los petimetres de las redes sociales que hablan de literatura, o de cine, buscando el tuit más efectivo y prepotente? Por supuesto, la índole privada de las conversaciones, pero también otro factor: el conocimiento sólido, es decir, la base de lecturas realizadas con paciencia y sensibilidad estética. La convicción, en definitiva, de que la crítica puede ser toda una aventura sedentaria, inmóvil.

Así, cuando Borges critica ferozmente a Horacio Quiroga (una de sus dianas preferidas), no es del todo injusto, porque se toma la molestia de analizar la técnica de sus cuentos (como "El almohadón de pluma") en lo que es en sí mismo un minitaller literario. Y cuando los dos amigos discuten en detalle sobre un verso de Mallarmé, de Eliot, de Rubén, o de tantísimos otros, ponen en marcha una máquina lectora que es sin duda impresionista, pero que también es una apoteosis del placer de interpretar los textos y nadar gozosamente en el océano de su potencial. Nadie se libra de tanta voracidad: ni Homero, ni Dante, ni Kafka, ni Joyce. Shakespeare "hubiera sido peronista", pero es que además también comete errores: "está mal que Hamlet sea tan reflexivo y crea en fantasmas". El desdén hacia Roberto Arlt es esperable, pero quizá no tanto la crítica hacia Florencio Sánchez, teniendo en cuenta su rango en la historia del teatro argentino: "M'hijo el dotor, Barranca abajo... una ventaja de estos títulos es que no hace falta leer las obras. En el título todo está dicho ad nauseam". Tal vez sea un problema especial con los uruguayos, porque a un poema de Herrera y Reissig le dedica Borges un diagnóstico que seguramente podrían merecer poetas de hoy como Elvira Sastre o Marwan: "todas las palabras parecen erratas". A los mexicanos tampoco les va muy bien: a propósito de Diego Rivera, Borges afirma que México es uno de esos países, como la India, "con vocación para la fealdad". La literatura española está más presente de lo que quizá podría esperarse, y a veces es bien recibida (hay comentarios elogiosos sobre Ramón, Azorín o Baroja, por ejemplo), pero algunos reciben su tunda, como Juan Ramón con motivo de su Nobel: los suecos "son mejores para inventar la dinamita, que para dar premios". No mucho mejor, por cierto, le va a otros nombres célebres de la cultura hispánica, como el mismo Pedro Henríquez Ureña, cuyo americanismo naïf es ridiculizado más de una vez.

Los amigos, sí, también dudan, cambian de opinión, rectifican, mientras juegan a las etimologías, improvisan listas curiosas (escritores "queribles", por ejemplo) o se asombran con causalidades luminosas y conexiones imprevistas entre textos o simplemente palabras (o entre costumbres regionales o internacionales). Incluso hay reflexiones que seguramente Borges vetaría en sus obras completas: "Dios, al crear los animales, cuando llegó al sexo debió de estar cansado: servía también para orinar y estaba al lado del culo". Pero la minuciosidad con la que los dos amigos describen aciertos o errores técnicos, en prosa o en verso, supera en mucho a todos los manuales de escritura creativa con los que se venden recetas literarias hoy.

Eso no significa que no haya aspectos poco gratos en esas páginas. El libro contiene mucha información que permite reconstruir la deriva reaccionaria de Borges, una deriva que usualmente se simplifica, olvidando los argumentos de su anticomunismo, pero también y sobre todo, los de su antiperonismo, que se volvió fanático con el tiempo pero que no era inicialmente tan insensato (¿qué hubiera sido yo en esa época? ¿Peronista o antiperonista? Me lo sigo preguntando). Mucho más decepcionantes son otros juicios de Borges: hay algunos apuntes ciertamente misóginos que tampoco sorprenderán, pero sí me ha llamado la atención, por ejemplo, el repulsivo racismo del autor de Emma Zunz, francamente difícil de perdonar. Frente a eso, las burlas sobre la "maricona" Virgilio Piñera son poca cosa. Igual que la saña con la que Borges se burla de su cuñado, Guillermo de Torre, que quizá tiene el honor de ser el más vilipendiado en el libro. Espigando entre los muchísimos pitorreos que le dedican, he encontrado uno que me parece especialmente hiriente. Dice Borges de su cuñado: "pobre, nació tonto y tuvo la mala suerte de descubrir muy pronto el dadaísmo. Te imaginás, un desvío errado, que lo llevó en mala dirección, que lo alejó de toda posibilidad de educarse" (p. 1187). A Oliverio Girondo también le dedica algunas mofas, como a otro "bruto", David Viñas, aunque el rencor no llega a los niveles de Sabato y de otros autores menores, como Ricardo Molinari, al que desprecian con una energía especial.

En realidad, quizá no haya que tomarse tan en serio el bestiario de la obra. Al fin y al cabo, yo mismo me he pasado años despotricando contra autores vivos y muertos y, salvo en algunos casos muy concretos que mis amigos conocen, mis invectivas son habitualmente tan caprichosas como reversibles, dependiendo de mi interlocutor, del contexto y también de otros parámetros, como la acidez estomacal o la resaca. Por eso tal vez nadie entenderá hasta qué punto me he sentido reconfortado con esta lectura de Borges y Bioy cuando pienso en mis muchísimas horas de tertulias alcohólicas llenas de resentimiento y veneno literario, con tantos amigos y algún examigo, con momentos que no dudo en calificar como entrañables, como la vez que nos expulsaron de un bar sevillano a mí y al añorado Noel Rivas Bravo (el gran especialista dariano), por discutir a gritos sobre la calidad de Vila-Matas. Hoy no recuerdo quién le defendía y quién le atacaba; poco importan los argumentos. Importa, en todo caso, el amigo ausente hoy. Y la pasión por la obra literaria.

Se trata, por tanto, esencialmente de actitudes, de formas de comportarse con la literatura. Y, en ese sentido, no hace falta mucha imaginación para comparar el diálogo de Borges y Bioy Casares con los diálogos actuales entre escritores: los medios y las redes sociales nos informan de ello hasta el asco, y en algunos casos tengo mis propias fuentes. Podemos imaginar dos modelos básicos: uno sería el de los escritores españoles rancios, del Gran Madrid, o Madrid DF, que hablarían en un buen restaurante de lo que para ellos son los temas de la cultura de hoy: el palco del Real Madrid o de Las Ventas, la invitación a las tertulias radiofónicas en las que se despotrica contra el sanchismo y sobre todo contra el feminismo, la literatura catalana reducida a Josep Pla, la necesidad de que, a pesar de todo, haya que mantener la monarquía, la pérdida de buenos lectores por culpa del progresismo, la reivindicación de Sánchez Mazas o Foxá (y, a este paso, Gironella), la invasión de extranjeros también en las librerías; en definitiva, la urgencia de poner orden viril frente al caos feminizador. Pero habría otro modelo, falsamente simétrico, el de los nuevos rastacueros literarios, los escritores "de izquierdas" seducidos por las plusvalías y el confort capitalista: estoy escribiendo una novela-que no será una novela-pero sí lo será-pero no-porque estará basada en una historia real del franquismo que me impresionó mucho-pero la voy a cambiar un poco-vamos lo que me dé la gana-añadiendo unos cuantos muertos-, oh, qué buena idea, pero no te pases de comunista, que eso no vende, que salga mucho la palabra república y nada la de comunismo, claro, ya lo sé, me lo dijo mi editora, oye, hablando de ella, qué bien me lo pasé en la FIL de Guadalajara (¿no te invitaron? Eso lo arreglaremos para el año que viene), no importa, yo estaba invitado en el Cervantes, ¿en cuál? ¿Nueva York?, a ver si coincidimos alguna vez, qué ganas de volver allí, claro, ya nos invitarán, por cierto: qué buena es mi editora, me ha quitado treinta páginas pero creo que el texto ha ganado y dice que se va a vender bien, qué buena cubierta, de verdad, oye, sí, tengo gira promocional, tres meses dando vueltas por España, qué cansancio, no me apetece nada, pero así es el trabajo, ah, pues mira, yo tengo entrevista la semana que viene con la Barceló, que dice que le ha gustado mucho mi novela, estoy emocionadísimo/a, qué bien, enhorabuena, vamos a brindar por ello.

Y aún habría otros modelos: el del escritor catalán puigdemontiano y ultra sería uno, pero no lo voy a dignificar ni siquiera con una parodia. Además, conozco mejor el del escritor latinoamericano "comprometido": el que quiere que no le llamen exiliado pero sí que lo traten como tal, que se ha instalado en Barcelona o Madrid, que se pasea por la calle con su camiseta de River y su mate, o que se queja de que no tiene dónde comprar buenas tortillas de maíz, y que mientras llora por su patria poniendo cara de estreñido/a le hace la pelota a su editor colonialista y se traga todas sus correcciones de estilo. Y ahí los diálogos entre amigos tendrían también sus tópicos: vente/venite para la Madre Patria que ahora mismo es mejor que los USA para hacerte escritor, te quedas en mi casa unos meses, la novela es buena, tiene mucho de Bolaño pero en plan gótico, ay, gracias, qué amable, voy a un congreso para hablar de la violencia, me lo pagan todo y ya aprovecho para firmar el contrato, qué ilusión, por fin podré conseguir mi sueño de ser escritor, claro, es lo mejor que hay, y además ganando en euros.


Sí, qué duda cabe de que Borges y Bioy Casares tenían muchos, muchos defectos. Pero, en cuestiones literarias, siempre preferiré sus diálogos a esos otros, tan llenos de venalidad y banalidad, tan sintomáticos de las capillitas literarias actuales y sus hipócritas fantasías de dolor y gloria. Prefiero, incluso, la soledad del monólogo. De monólogos como este, aunque el amable lector, con buen criterio, pueda no estar seguro de mi sinceridad. Y es que no seré tan presuntuoso ahora como para defender que lo que digo aquí es "real" y "verdadero".

 


NOTA FINAL: este libro ha tenido una curiosa vida editorial y ahora se ha convertido en una obra cotizadísima: se vende, de segunda mano, a más de 500 euros, según he podido descubrir con frustración. Yo he podido leerlo en papel gracias a la biblioteca universitaria, pero al ejemplar le faltaban 70 páginas. Naturalmente, circulan por la red versiones pirateadas (aunque quizá falten las mismas páginas). Más curiosa y útil es la página web https://comeencasaborges.org/, en la que no está el texto completo pero se pueden buscar las citas a partir de cada nombre que nos interese.







sábado, 14 de diciembre de 2024


UN ESPURIO TESTAMENTO


Manuel Vilas ha decidido, como era de prever, seguir el camino de la literatura del yo con su último libro, titulado, con insuficiente ironía, El mejor libro del mundo. Se trata de una obra básicamente decepcionante y a ratos irritante, una suma de elementos unidos por el egocentrismo sublimado y la coqueta autoconmiseración: un diario sobre las servidumbres y los complejos del escritor, reflexiones ensayísticas sobre sus ídolos literarios y culturales (de Kafka a Paul Celan, pasando por Buñuel o Lou Reed), y evocaciones autobiográficas sobre la familia, que conectan de forma muy evidente con Ordesa, su gran éxito de 2018 y que en este nuevo libro él mismo califica con curiosa insistencia como “novela”, quizá con la secreta motivación de alejarse de una etiqueta, la de autoficción, que empieza a estar muy gastada. 

En el caso de El mejor libro del mundo, el truco novelesco consiste en que toda esa suma de textos, esa Enciclopedia Vilas, llega al lector como una especie de testamento porque el personaje “Manuel Vilas”, como se anuncia desde el principio, se suicida después de escribir su catálogo de introspecciones, nostalgias y caprichos. Imaginar la propia muerte del autor en un texto narrativo no es, desde luego, algo novedoso; en español, ya lo hicieron hace tiempo Barral o Aira, y tampoco es novedoso en el caso del propio Vilas, que imaginó como autoficción paródica su muerte en Aire nuestro. Sea como sea, no es ese, ni mucho menos, el principal problema del libro.

Muchas de las referencias culturales y artísticas me resultan sociológica y generacionalmente afines, como ya sucedía con Ordesa, y lo cierto es que, por edad y excesos que algún día tendré que pagar, comparto también algunas inquietudes diríase existenciales. Pero Vilas sabe que no soy su lector implícito, entre otras cosas, porque yo no jugaría cínicamente con la conciencia de clase como hace él. Para mí, la gran diferencia entre Ordesa y El mejor libro del mundo es, naturalmente, la nueva posición social del autor, su desproletarización definitiva: ahora es ya un escritor perfectamente institucionalizado, con aroma de RAE, y la jactancia de haber llegado a ese estatus no queda disimulada con el repertorio de melancolías y el inconsistente victimismo de un protagonista que tiene que sufrir la soledad en los hoteles cuando va de gira promocional, que debe pelearse con los demonios nada dostoievskianos de Hacienda y que encima todavía no ha conseguido suficiente dinero para comprarse un piso en Madrid. Para colmo, la obra contiene, además de esos lloriqueos, varios gratuitos sermones políticos, sobre todo hacia Pedro Sánchez, cuya egolatría (¡hay que ver cuánto narcisista hay suelto!) critica Vilas con saña sospechosa y poco oportuna desde un punto de vista literario.

La mano que da de comer, por supuesto, queda indemne. La aparente autocrítica del escritor profesional y el humor sobre la “comedia” del mundo editorial son inocuos; al fin y al cabo, el sistema funciona bien para los que están dentro, y hay que disfrutarlo a pesar del cotidie morimur. No hay nada parecido al coraje no sólo ya de Annie Ernaux, que parece ser otro de los modelos de Vilas, sino de otros escritores de lengua española que han convertido en tema literario la digestión del éxito literario, como hizo en 2002 otro escritor tenazmente ombliguista, Fernando Vallejo, en La Rambla paralela, una obra mucho más visceral y menos ansiolítica.

Hay, sí, aforismos resultones (“respeta a un suicida porque el suicida es un Dios de la vida”), momentos de prosa poética efectistas y efectivos y puntos de vista lúcidos, sobre todo cuando el personaje Vilas esconde un poco lo que podríamos llamar su “metavanidad”, es decir, su vanidad de desmitificarse a todas horas. Pero, en conjunto, como producto final de todos los componentes ensamblados, como concepto literario, pierde casi todo el crédito acumulado con Ordesa y ofrece poco más que un manual de autoayuda para escritores con mala conciencia, o para profesores de bachillerato necesitados de textos para preparar la Selectividad. Se podrá decir que es mi envidia la que habla, debilitando mis argumentos (otro día contaré cómo conocí a Vilas precisamente en una de esas ferias del libro a las que él acude de forma rutinaria y yo, en cambio, no, y de las que habla también en la obra). Pero creo que hay, objetivamente, dos peligros en que este libro reciba tanta atención: uno, que pasen inadvertidos otros interesantes ejemplos de literatura del yo menos redundantes y acomodados, como Autocienciaficción para el fin de la especie, de Begoña Méndez. Y dos, que los lectores incautos y soñadores se tomen el existencialismo descafeinado de la obra como un ejemplo de malditismo en nuestro tiempo y crean que Vilas es el modelo de escritor atormentado que necesitamos hoy, el Pessoa o el Kafka de estos tiempos líquidos. La literatura es riesgo, dice Vilas, y también en eso yo podría estar de acuerdo. Pero en este libro no veo el riesgo en ninguna parte.




domingo, 22 de septiembre de 2024

 

NOTAS DE HOY SOBRE LA VIOLENCIA DE SIEMPRE


Parece que la competición por el liderazgo del boom de la literatura femenina latinoamericana la está ganando Random House por delante de Anagrama y Planeta, pero no hay que dar la liga por ganada antes de tiempo y la historia de la literatura dictará su propia cuenta de resultados dentro de un tiempo. En cualquier caso, Selva Almada es otro de los activos de la editorial que lidera la liga ahora mismo y No es un río ha sido uno los logros importantes (finalista del Booker Prize, por ejemplo). Admito que ha sido mi primer contacto con la obra narrativa de esta autora argentina y ahora tal vez me convendría leer la primera parte de su trayectoria, cuando publicaba en la edición independiente, es decir, antes de ser absorbida (gozosamente, entendemos) por el Gran Imperio Editorial.

Se trata de una novela con fogonazos de estilo admirables, pero que, en conjunto, ofrece poco material novedoso más allá de un ecofeminismo bastante hipotético. No intentaré una sinopsis, teniendo en cuenta la información fácilmente disponible en la galaxia digital. Baste decir aquí que nos presenta un mundo telúrico y violento, notoriamente patriarcal y vagamente quiroguiano, centrado en un isla imprecisa en la que diversos personajes se mueven sin otro horizonte que sus impulsos y sus rutinas de pescadores hasta que la ferocidad latente se desata. La naturaleza vuelve a tener protagonismo e impone su rigor antropológico frente a la cultura, como en otras épocas literarias americanas. Por suerte, no hay idealización del mundo rural, a diferencia de productos tan decepcionantes como esa reciente cursilada paternalista que es la película La estrella azul, con una visión absolutamente ingenua de la realidad interior latinoamericana. Pero tampoco encontramos una retórica nueva de lo natural; es evidente que eso ya no es fácil, y que la naturaleza de Pedro Páramo (o de Meridiano de sangre) es literariamente difícil de igualar, pero también habría que plantearse los riesgos de caer de nuevo en un cierto nativismo obviando la poderosa tradición transculturadora latinoamericana, que, de hecho, incluye también la obra de escritoras como Sara Gallardo, que en Eisejuaz (1971) ofrecía un mundo rural argentino mucho más inesperado y sugerente que el de esta novela (al menos) de Almada.

Naturalmente, en aquellos tiempos había otras expectativas literarias y un crítico como el brasileño Antonio Cândido hablaba de la importancia de la “conciencia lacerada de subdesarrollo”, entendida como una fase de la autocomprensión del escritor latinoamericano que conllevaba un impulso transformador a la vez en lo social y en lo estético. Más de cincuenta años después, parece que seguimos atascados en esa conciencia de subdesarrollo, exotizando el atraso y la violencia, pero no se ve el impulso transformador por ninguna parte, más allá de algo que está fuera del texto: el éxito incuestionable de la narrativa femenina como nueva vanguardia. En muchos sentidos, América Latina parece condenada a una conciencia “fatalista” de subdesarrollo que corre el riesgo de perderse en una reiteración de motivos y temas finalmente inocuos fuera de las cifras de ventas.

En términos microliterarios, qué duda cabe de que No es un río es un típico producto digerible de nuestra época: saldrán centenares de trabajos académicos de jóvenes investigadores sobre la obra, si no han salido ya. En términos macroliterarios, que son los realmente importantes y están mejor manejados por las editoriales que por los críticos y académicos, no ofrece ninguna disrupción o disidencia que altere el plácido curso de la corriente hegemónica; en todo caso, revela la supervivencia de viejos modelos literarios, modelos que ya no aportan respuestas imprevistas a los problemas que deberían interesar a autores y lectores de hoy. Ni siquiera es sorprendente el toque de ambigüedad fantástica, que en No es un río provoca un final ambiguo y demasiado confuso. Y no acaba ahí la mecanización de cierto tipo de narrativa actual que es también visible en esta novela: algún día habrá que hablar de la proliferación actual de narraciones simultáneas (es decir, en presente), no muy extensas (es decir, fácilmente vendibles) y particularmente de escritoras; sería el caso de Distancia de rescate, por ejemplo, pero también de Boulder, de Eva Baltasar (otra finalista del Booker, por cierto), e incluso de esa nadería que es También esto pasará, de Milena Busquets. Tengo una teoría sobre cómo esa decisión diegética tiene consecuencias -porque se relaciona con el problema esencial del punto de vista o focalización y por tanto de la ideología-, pero no hay tiempo de formularla aquí.

En cambio, el otro producto Random House que me ha interesado este verano tiene más interés tanto micro como macroliterario. Se trata de El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza, en el que la escritora mexicana reconstruye las circunstancias del asesinato, a manos de un exnovio, de su hermana Liliana, ocurrido treinta años antes, cuando ella acababa de entrar en la universidad. Es una atroz historia de duelo, por supuesto, y parece difícil encontrarle defectos a un esfuerzo de este tipo, bien apoyado sin pedantería en la teoría sobre la violencia de género y con una estructura sencilla pero no monótona. Como literatura sobre el duelo, no tiene la altura lírica y filosófica de Mortal y rosa, por ejemplo, pero el discurso es más sofisticado y creativo que El olvido que seremos, por establecer otra comparación más o menos fácil. Y sobre todo es una curiosa y revitalizadora mixtura de dos géneros que (perdonen la profecía) caminan hacia su inexorable saturación, no comercial pero sí estética: la autobiografía y el policiaco. Frente a los vomitorios literarios en los que tanto escritor de hoy en día recurre al desahogo y el ajuste de cuentas (familiar, literario, afectivo) para rentabilizar calculadamente su frustración y crearse una marca reconocible -piénsese en Ordesa o También esto pasará-, el ejemplo de Rivera Garza implica otra moral de la forma autobiográfica, que no quiero sublimar con el adjetivo “honesta”, pero que sí me parece al menos ajena al lloriqueo y a los niveles de narcisismo de tanto escritor confesional de hoy (sobre todo en la España autocomplaciente). Y el complemento policiaco, a partir de la investigación realizada por la narradora, le aporta al texto esa narratividad fluida y casi amena, si no fuera por lo terrible del tema trágico.

Capitalizar literariamente una tragedia verificable puede generar debates de muchos tipos, y nunca sería mi ideal literario, pero en realidad ese es solo un vector de los problemas que provoca un texto como este, macabramente invencible. Porque no puedo negar que me pareció inobjetable por su fuerza ética: es decir, no se me ocurre cómo podría ser mejor el texto, dónde meter el escalpelo crítico para separar la condición de documento humano y el artificio verbal. Y tampoco tengo claro cómo analizar y/o juzgar al personaje que Rivera Garza crea de sí misma. Se trata, en cierto modo, de un pseudochantaje al lector, que puede quedar (así me sucedió) inerme ante la urgencia de la lectura empática, que subsume todo lo demás en una especie de hipotética perfección. ¿Diríamos que es una perfección literaria? No lo sé, pero en cualquier caso me parece que una obra de este tipo plantea un límite, un grado cero de la escritura actual, ante la cual no es fácil encontrar una posición; un paradigma con visos de futuro de las relaciones entre literatura y realidad. Es en ese sentido que me parece que su importancia, en términos macroliterarios, es mucho mayor incluso que los propios textos anteriores de la misma autora. Puede ser el signo de una nueva manera de plantear literariamente la violencia, pero también puede que empiece a generar imitadores más o menos espurios. Habrá que esperar para saberlo.

 

(Nota final: ¿me iría mejor en la competición literaria si cambiara mi nombre por algo así como Urbano Sánchez?)