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domingo, 28 de julio de 2024

 SOBRE LA LANGUIDEZ DE LAS HUMANIDADES (ELEMENTOS PARA LA AUTOCRÍTICA)

En una entrada anterior traté de comentar cómo las interferencias “externas” -capitalistas, sobre todo- y la aglomeración de candidatos a entrar están poniendo en crisis la autonomía del arte y en concreto de lo que más me interesa a mí y más conozco: la república de las letras, ese espacio virtual compartido durante siglos y en el que se ponen en juego saberes y procedimientos específicos que son forzosamente minoritarios porque exigen tiempo y voluntad (y algo de talento, por supuesto). No estoy diciendo que esa república atea fuera un paraíso de felicidad (de hecho, abundan el odio, la envidia y el resentimiento en la historia de la literatura), pero, al menos, era otro lugar, vinculado a ciertas propuestas utópicas que a veces se cumplían y a unos ideales basados en la exploración ambiciosa y arriesgada de las posibilidades del lenguaje. Aunque los distintos poderes históricos siempre trataron de invadir y controlar esa república, nunca consiguieron debilitar su autonomía como en estos tiempos que vivimos, en los que las reglas de juego se han vuelto más democráticas hasta producir una confusión generalizada y paradójica por la cual todo el mundo es artista y toda la realidad se ha estetizado (como dicen Lipovetzky y Serroy), pero el arte parece agonizar.

Por eso, de un tiempo a esta parte, los ateos y republicanos del arte nos sentimos condenados a un camino difícil, porque no tenemos mesianismos ni providencias que nos amparen y las recompensas materiales no parecen llegar por ninguna parte. Los capitales simbólicos y económicos se nos escapan por todas partes: el reconocimiento se multiplica tanto que ya no hay prestigio que valga porque todo el mundo se cree escritor, y lo único que distingue realmente (el dinero) va siempre a unas pocas manos, las de los que saben moverse mejor en el mercado, poniendo buena cara en las entrevistas y presentaciones de libros y buscando con descaro el algoritmo más beneficioso.

    Con todo, la inmensa minoría culta es hoy, probablemente, más grande que nunca antes en la Historia, y eso es positivo; no es cierto, por tanto, que la alta cultura no se consuma. El problema -aparte de que el número N de escritores empieza a igualarse al número N de lectores- es, como dije en la entrada anterior, que su crecimiento es lento en comparación con el avance de otras formas culturales que se expanden masivamente, y sobre todo que se está produciendo una suplantación muy peligrosa de esa alta cultura por otras expresiones en mi opinión bastante menos sublimes y elaboradas, con frecuencia poco reflexivas, estructuralmente más simples o en ocasiones brutal y asquerosamente comerciales, lo que puede culminar en un reseteo general de la cultura por el que Taylor Swift sustituya a Mozart y Darth Vader a Hamlet. Puede que no importe, desde luego, que la cultura del vino se convierta en cultura del vino en tetrabrik, que seguramente emborracha más; quizá el problema es solo mío, porque sueño con una sociedad en la que la alta cultura se consuma más que Telecinco y en la que disfrutemos de los clásicos no sólo como “ciencia del buen hablar y el buen escribir”, a la manera de Nebrija, sino como parte de nuestra autocomprensión como seres sociales e históricos. Sí, sueño con una sociedad en la que haya más Habermas y menos García Ferreras; en la que la opinión sea resultado de una argumentación sólidamente documentada y de un respeto severo a la complejidad de los significados, y no sea un exabrupto fanático e impaciente de consumidor acostumbrado a llevar siempre la razón como cliente que es. Pero puede que el liberalismo y la democracia, por su propia fuerza expansiva y su autoridad estadística, nos conduzcan de manera irremediable a ese escenario en el que yo siempre pierdo y ganan Telecinco y los presentadores de televisión metidos a novelistas.

 Las elites en crisis

En cualquier caso, la supuesta elite protectora del Templo de la Cultura tiene que hacer su autoanálisis y preguntarse si algo ha hecho mal para que la simple opinión (el like) y el algoritmo estén aplastando la erudición y el saber acumulado sobre arte, debilitando su capacidad de influencia. Tal vez la flaqueza moral y la hipocresía de la clase intelectual, académica y artística tienen algo que ver; tal vez hay muy poca resistencia porque, en el fondo, a casi todo el mundo le gusta la sociedad de consumo, aunque presuma de izquierdista y de vocero de ideales progresistas. Tal vez, en el fondo, el problema sea que la disyuntiva entre la izquierda y la derecha en los países con democracias liberales consolidadas y abundancia capitalista se parece cada día más a la añeja disyuntiva entre católicos y protestantes, porque todos parten siempre de un dogma falaz y fantasioso; en un caso, la resurrección de Cristo, en el otro, la superioridad del libre mercado como expresión de la racionalidad humana.

Y es que la absorción de las humanidades por el capitalismo triunfante es otra parte más de la estrategia de negocio por la cual el ocio del trabajador ha pasado a ser un nicho de mercado poderosísimo que facilita que los individuos puedan (aparentemente) realizar sus deseos como nunca antes: ser escritor, ser experto en cualquier bricolaje físico o mental, ser médico, ser psicólogo, ser historiador, ser entrenador de fútbol. Sin embargo, el desprestigio actual o la obsolescencia de determinadas formas de erudición tiene también otras causas derivadas de los códigos de comportamiento de los propios artistas e intelectuales, abducidos por el ensueño de las plusvalías y por el confort de la profesionalización. Es lógico: ser escritor o intelectual profesional es uno de los mejores trabajos disponibles en la relación tiempo/salario/ego. Y no hablemos de los mandarines académicos.

Pero el problema va más allá de la torpeza perceptiva, la hipocresía y la falta de sincera empatía social de buena parte de la clase letrada; por desgracia, el tema es más amplio y difícil de tratar en estas páginas. Me limitaré aquí a la literatura y a los peligros graves que afectan a la universidad como institución secular que podía proteger esos valores humanísticos. Y es que la decadencia de la universidad como centro de producción de conocimiento e influencia es bastante evidente a nivel global. Ha perdido su condición de fortaleza aislada y amurallada, asaltada por la grey democrática, que también quiere sentirse sabia, amén de artista. En ese sentido, el arte y la universidad estarían unidos en su crisis, en la pérdida de su autonomía ante el cerco masivo. Porque todo el mundo se cree experto y artista en aquello que le interesa, y no va a aceptar tan rápidamente que alguien se lo discuta por mucha experiencia o reconocimiento que tenga en su ámbito especializado.

Aprender a aprender a aprender…

Era inevitable esa crisis desde el momento en que la universidad pierde su exquisitez y abre sus puertas a la mayoría, sometiendo sus reglas de funcionamiento a los intereses de esa mayoría. El acceso a la educación superior, incluso a los doctorados, se ha expandido espectacularmente, y la ley de la oferta y la demanda ha provocado múltiples formas de devaluación. En un mundo cada vez más complejo en el que la cultura es, como sabemos, una segunda naturaleza, las bases sólidas de conocimiento requieren más tiempo de lectura y asimilación: ¿quién puede realmente saber hoy de algo sin dedicarse al estudio adulto durante diez o quince años? Yo no, desde luego. Pero una sociedad dedicada al estudio libre parece insostenible económicamente (¿quién financia esos estudios y a una población improductiva dedicada a leer y a estudiar con calma para producir conocimiento a largo plazo? ¿El Estado?) y, por si faltara poco, luego vienen los pedagogos a intentar demostrarnos que con aprender a aprender ya es suficiente y que todo lo demás vendrá solo. De ahí la penosa idea en países como España de reducir los grados y potenciar másteres a menudo de peor calidad que los grados. Y de ahí que ahora salgan doctores como setas y que los doctorados sean tinglados banales, en los que la tesis se defiende deprisa y mal, con un tribunal de amigotes, porque lo importante no es la aportación al conocimiento sino la urgencia de colocarse en la carrera académica, que hoy en día funciona a codazos. Por no hablar de los aspirantes a doctores que en realidad no quieren producir conocimiento, sino simplemente recibir un título por investigar cualquier cosa que les apetece y dar rienda suelta a su curiosidad, u opinar sobre lo que les parece mal en el mundo (en América Latina este tipo de doctorandos son una epidemia).

Es evidente que estamos ante el declive quizá definitivo de toda una tradición educativa, la pedagogía que nació en el Renacimiento con los studia humanitatis, es decir, los estudios de lo humano, en especial del lenguaje, que es lo que distingue a los humanos de los animales (algo así decían en aquellos tiempos). Era ese un ideal de ciudadanía y libertad intelectual basado en la comprensión y asimilación de unos modelos considerados superiores en fondo o forma.  Pero hoy, el reino de la nueva pedagogía y del utilitarismo neoliberal certifican la defunción de esa tradición, bajo la extrañísima premisa de que todos los problemas de la Humanidad proceden del viejo modelo educativo y hay que renovarlo como sea, justo cuando, por fin, la educación es masiva y esos ideales humanísticos podrían crecer como nunca (¿será casualidad?).

Ahora resulta que el profesor es el culpable de todo, y que todo lo bueno de la Humanidad en materia educativa ha llegado a pesar del profesor, no gracias a él y a la escolarización progresiva conseguida a través de esfuerzos políticos de siglos; es más, ya no importa que el profesor tenga los conocimientos, sino solamente que los facilite al alumno, que podrá ser Einstein o Leonardo Da Vinci cuando se lo proponga. Ahora, según los pedagogos y burócratas de la educación, la creatividad del estudiante bien orientado le permitirá alcanzar todos los conocimientos que se proponga; es decir, que saldrán neurocirujanos y traductores de Hegel gracias a vídeos de YouTube. Es innecesario que el profesor acumule conocimientos de su materia, si el estudiante los puede adquirir fácilmente con su smartphone. Frente a ello, uno intenta no incurrir en la ridiculización de la nueva pedagogía y escuchar con la mejor actitud las propuestas renovadoras por una simple higiene mental antidogmática. Comprende que el objetivo social e igualitario de la educación implica no abandonar a estudiantes con necesidades o dificultades específicas, e incluso está dispuesto a aceptar que puede haber algo de razón en la crítica al profesorcentrismo. Sin embargo, tampoco puede dejar de empatizar con un colectivo, el docente, que corre serio riesgo de desmoralización y que está empezando a sentir la ansiedad de saber que la innovación docente, la nueva doxa, nunca termina y le va a obligar a pagar las culpas siempre de todos los problemas, mientras siguen sin bajar las ratios y sin subir las dotaciones económicas (en nóminas y recursos).

Además, la devaluación de los contenidos docentes en virtud de las famosas competencias (o los ámbitos) atenta gravemente contra la autonomía de la educación como sistema reglado e insustituible, por el cual se preservan valores que son de interés público (la diferencia entre ciencia y no ciencia, la conquista de derechos, la capacidad de comprensión textual) y que no deben ser manipulados por intereses políticos o empresariales. Esa degradación de la escuela o de la universidad como espacio fuerte en el que mandan los expertos y en el que la autoridad intelectual comprobada científicamente es la fuente de legitimidad significa, en pocas palabras, ceder el control del conocimiento a Google o su futuro sustituto privado y multimillonario. No creo necesario insultar a mi lector explicándole más en detalle lo peligroso que puede ser que el lento conocimiento bien sedimentado y construido sea aplastado por el didactismo de un estúpido influencer, o por las demandas infantiloides de los consumidores, o por academias patrocinadas por complejos empresariales.

Enseñar literatura, por ejemplo, implica afinar sensores muy delicados de la conciencia humana, que están usualmente oxidados por la acción embrutecedora de los lenguajes dominantes en cualquier momento histórico; implica también problematizar el mismo lenguaje, con lo que ello significa de encrucijada intelectual, de duda y temor ante terrenos peligrosos y desconcertantes a veces. Por ejemplo, terrenos como el del texto remoto y antiguo, con su extrañeza y su alambrada críptica, que se nos ofrece como un arduo reto al que difícilmente se llega sólo jugando y bailando, porque se necesita una tenacidad de alpinista. No diré que esa sea una misión sagrada, pero desde luego no se aprende a base de vídeos.

Alternativas universitarias

Visto así, nos encontramos con que la educación vive, como el arte, una peligrosa pérdida de autonomía, con una exasperante tendencia a la igualación simplista y a la novedad mecánica en virtud de supuestos ideales democráticos y antiintelectuales ingenuamente utópicos sobre cuyas bases financieras se pasa curiosamente de puntillas casi siempre. Igual que el canon artístico, las humanidades se ven seriamente amenazadas en estos tiempos. 

Además, al aplicarse estrategias brutales de competencia, eficiencia y rentabilidad, el mundo académico ha entrado en una permanente ansiedad de graves consecuencias. Es cierto que la aplicación de controles para la producción en el área de humanidades (indicios de calidad en las revistas, evaluación anónima por pares, índices de impacto, indicadores bibliométricos) ha reajustado positivamente algunos aspectos de la carrera investigadora, imponiendo unos criterios de objetividad superiores a los que durante muchos años se han utilizado, y que han permitido currículos endogámicos, llenos de fraudes, plagios, autoplagios, investigaciones superfluas o caprichosas (ya hablé en otra entrada de la chusma que conocí en la Universitat de Barcelona, y cuya herencia sigue apestando). En un país como España, donde la endogamia prevaricadora creada en el franquismo generó durante décadas un sistema clientelar y corrupto de reparto de privilegios del que por desgracia aún no nos hemos librado, escandaliza o repugna ver las quejas de algunos que lamentan con descaro el deterioro de ese sistema feudal, que no pocas veces adquiría forma de derecho de pernada y que ha otorgado escandalosos beneficios a ineptos y gandules. Bastantes críticos de prensa e intelectuales orgánicos españoles han surgido de esa universidad en la que las plazas de funcionario se otorgaban descaradamente a dedo, lo que situaba al profesor en una posición comodísima; es cierto que el sueldo nunca fue espectacular, pero el buen profesor corrupto made in Spain sabía compensarlo con diferentes truquitos: poner su libro (publicado en la propia editorial de la universidad, o la de un amigo) como lectura obligatoria para tener cada año un mercado cautivo, crear una red de contactos con los pares para poder repetir la misma conferencia veinte veces y cobrar veinte veces por ella, destinar el tiempo a cobrar reseñas en vez de a publicar gratuitamente en revistas internacionales con revisión por pares (algún poetastro que fue profesor mío llegó a catedrático con un currículum de reseñillas), pagarse viajes y ordenadores con superfluos proyectos de investigación, plagiar disimuladamente en manualitos o textos divulgativos para ganar dinero fácil… Y no olvidemos las comilonas en las lecturas de tesis doctorales, cohecho muy típicamente español en el que hay auténticos especialistas pantagruélicos. 

La introducción de nuevos criterios para la producción investigadora en humanidades tuvo al principio un resultado positivo, al obligar a los investigadores españoles a someterse a nuevas reglas. Sin embargo, la aplicación de los métodos derivados de las ciencias ya está empezando a cosechar resultados inequívocamente negativos. La terrible competencia actual para el acceso a puestos estables en cualquier universidad (de todo el mundo, en realidad) ha impuesto una voraz carrera por publicar deprisa para cumplir con las expectativas: es el nuevo publish or perish. De ahí la hipertrofia de publicaciones, que, en mi ámbito, el de la literatura en español, es evidentísima; yo diría que en lo que llevamos de siglo se ha publicado el triple de todo lo publicado en el siglo pasado. Se trata de investigaciones que a veces se limitan a ser poco más que breves estudios de caso preferentemente de una obra actual, para que el estado de la cuestión sea más fácil de dominar y el resultado se pueda transferir con rapidez a la sociedad. La difuminación de fronteras y los enfoques culturalistas facilitan además las mixturas y los cambalaches, de forma que la bibliografía sobre cualquier tema está creciendo exponencialmente y se vuelve inmanejable.

Así, los jóvenes investigadores (no solo en España) publican desesperadamente, aprovechando la proliferación de congresos sobre los temas más estrambóticos y peregrinos y las nuevas revistas de bajo coste. Hoy se organizan congresos sobre cualquier cosa; los objetos de estudio son infinitos y, por tanto, los nichos de mercado también (sobre todo si hay conceptos aparentemente imaginativos y cool: nanofilología, gastronarrativa, necropolítica…). El mundo académico es en la actualidad una feria o un circo: nadie escucha a nadie y nadie lee a nadie, en realidad. La cultura, sin duda, es inmensa y eso se está reflejando en la inmensidad de la bibliografía acumulada, en la que se amontonan estudios con títulos que pretenden ser sugerentes y enfoques pintorescos que nadie va a criticar porque en el fondo no hay tiempo de criticar.

Y al final los investigadores no tan jóvenes se ven (nos vemos) amenazados también, obligados a renovarse pedagógicamente y a la vez a producir conocimiento de manera urgente para no quedarse atrás. El resultado de todo ello es un batiburrillo de fruslerías académicas, de logros efímeros o minúsculos que realmente a casi nadie importan. Los investigadores producen conscientes de la superfluidad y provisionalidad de sus trabajos, obsesionados por la cantidad y no por la calidad. En el fondo es lógico que suceda, teniendo en cuenta la actual hegemonía de los criterios bibliométricos. Pero lo cierto es que abunda la mala praxis en sus muchas variantes: se busca afanosamente (incluso se negocia) la cita o la reseña del amigo o discípulo, se intenta el simple clickbait para ganar visibilidad y "transferencias", se trocea la investigación o se refríe para mantener vivos los indicadores, se eligen los temas fáciles y rápidos antes que los difíciles y lentos; por no hablar del hecho lamentable de que a menudo las publicaciones hay que pagarlas (yo lo hice en su momento), es decir, que el trabajo a veces no solo no da dinero, sino que a veces cuesta dinero, para beneficio de algunas editoriales que han visto bien el nuevo chollo. Así, los estudios literarios y en general los humanísticos se han mecanizado peligrosamente en aras del rigor científico y hemos creado estudios insignificantes y miopes que atascan el sistema y perjudican otro tipo de trabajos más libres y arriesgados y sobre todo más críticos, es decir, menos convencionales.

No voy a librarme yo de esa crítica: me puedo permitir la redacción de este ensayito porque he alcanzado cierta estabilidad profesional que me permite no seguir la carrera competitiva y pasar a una etapa de barbecho en espera de recuperar la fe (o de colgar las zapatillas definitivamente). Ya me desahogué sobre el tema en otra entrada hace algún tiempo. Se me ocurre hoy que deberíamos apostar por una epojé bibliográfica para ventilar los estudios literarios y plantearse al menos como hipótesis la necesidad de nuevas actitudes críticas. Porque la especialización “científica” del estudioso de la literatura ha creado otras muchas perversiones: los latinoamericanos no leen a los españoles y viceversa, los de Siglo de Oro no leen a los contemporáneos y viceversa, los hombres no leen a las mujeres y viceversa. Los idólatras del carisma creador siguen pensando en el autor y lo adoran secretamente (sobre todo si está vivo y pueden acceder a información privilegiada a través de él), mientras que los que, en sus sueños íntimos, quisieran ser creadores y/o libertadores se arman hasta los dientes de filosofías para demostrar que ellos son mejores que los artistas y que una lectura filosófica de la obra es preferible a la obra misma. 

Con todo ello, la coacción a la que el mundo académico está siendo sometido ha acobardado el talento para arriesgar, para ofrecer alternativas y pensar la crítica desde posiciones inestables o impugnadoras que no sean las previsibles marginalidades de los queer o los subalternos, cada día menos convincentes. Muchísimos estudiosos se entregan ciegamente al culto a la novedad editorial, que les permite elaborar a toda máquina un paper supuestamente audaz; esos mismos son los que critican el canon pero contribuyen incautamente a la perpetuación del poder de las industrias culturales con su publicidad encubierta de Anagrama o Random House. A menudo niegan la estética como conjunto de saberes, y por ello se pierden en la interdisciplinariedad más oportunista; mezclan un poco de todo con la esperanza de que nadie pueda descubrir todas las inferencias tópicas y superficiales con las que salpican sus textos. De ahí que, sin saber realmente de cine o de antropología o de sociología o de etnología o de meteorología, aderecen sus trabajos con cruces de todo tipo que simulan erudición y que les sirven, básicamente, para crear un cóctel crítico tan decorativo como insustancial. Por supuesto, tienen un profundo menosprecio por lo que llamaríamos los procedimientos técnicos: presumen de antiestilísticos y posestructuralistas pero son incapaces de entender cómo funcionan las posibilidades técnicas del campo literario en un momento determinado. No entienden ni quieren entender cómo funciona el artificio literario, ya que la literariedad les parece, en el fondo, algo de poca monta, insignificante frente a la posibilidad de ser ellos, los críticos, los verdaderos creadores, como intérpretes de la Historia con mayúscula. Naturalmente, los estudios literarios actuales están también infestados de escritores frustrados, empeñados en crear hermenéuticas pretenciosas y arrogantes (casi todas afrancesadas) para convertirse ellos mismos en autores y re-crear impunemente cualquier texto de modo que siempre quedan como más listos que los propios escritores.

No soy un nostálgico que desea un mundo con unos pocos popes humanistas heteronormativos que nos guíen y nos enseñen qué es la belleza (estilo Ortega o Edmund Wilson, que, dicho sea de paso, no entendió, por ejemplo, a Kafka), pero también me parece que el desbarajuste actual de los estudios literarios presenta ciertos peligros que extrañamente casi nadie denuncia, quizá por miedo a quedarse fuera del banquete en un momento en el que la lista de invitados es por fin extensa, después de tantos siglos de minorías humanistas. El peligro básico no es, desde luego, la democracia en sí misma, y tengo que insistir en ello; sino la claudicación del pensamiento crítico en manos de criterios mercantiles, a partir del silogismo tácitamente admitido de que lo que es bueno en términos de desarrollo económico y material lo es también, automáticamente, en el terreno de aquellas formas complejas de cultura que entendemos cautelarmente como arte o humanidades.

La crisis de las humanidades tiene, por tanto, que analizarse no solo desde la perspectiva de una supuesta barbarización universal, sino también desde dentro del sistema, desde las ambivalencias de un mundo académico que es más rico y amplio que nunca pero que precisamente por eso ha perdido su coherencia y su vigor como sistema, entregado al narcisismo teórico y a una prisa patológica por publicar y vender productos “nuevos”. En realidad, las humanidades están más expandidas que nunca, solo que se han desperdigado en el magma de nuestro tiempo perdiendo su agresividad y su función crítica y corriendo serio riesgo de disolución a largo plazo, cuando todo sea cultura sin rango y jerarquía y la aventura de leer y de pensar se vuelva sencillamente un entretenimiento en dura pugna con la Play Station modelo X.

La universidad ha agrietado sus murallas y hace aguas, por lo que no se me ocurre otra cosa que bunkerizarla. Habría que crear la universidad dentro de la universidad, es decir, fortificar el núcleo defensivo de los valores humanísticos con independencia de los poderes económicos. ¿Ejemplos de políticas concretas? Potenciar editoriales públicas (universitarias, tal vez) que publicaran obras de creación con honestidad intelectual (jurados verdaderamente objetivos) e independencia de los criterios comerciales. Desgraciadamente, la burocratización de las tareas docentes y la falta de incentivos materiales y simbólicos dificultan que la libertad de pensamiento fluya a determinados niveles como en otros tiempos. Por eso quizá los ateos de la universidad y los del arte debemos reunir fuerzas para encontrar el espacio común de resistencia, renunciando al mainstream y luchando por la autonomía crítica aun a riesgo de caer en el ostracismo, sufrir alguna que otra privación y no tener followers. Pero, por supuesto, solo unas condiciones materiales mínimamente dignas pueden permitir ese ejercicio de libertad; un profesor atenazado por el miedo a perder su puesto de trabajo y obligado a la publicación compulsiva difícilmente podrá mantener esa independencia intelectual. De ahí que sea especialmente vergonzosa la autocompasión de los intelectuales y demás miembros de la clase letrada que, gozando de un aceptable confort económico (varias veces superior al salario medio), se arrastran ante los medios de comunicación y holdings culturales, promoviendo la indulgencia ante determinados artistas y consagrando las opciones fáciles y más respaldadas por el propio mercado.

¿Quieren nombres? No me cabrían en estas páginas. Pero tampoco es importante, en realidad. Convertirse en hater empieza a ser sospechosamente previsible hoy. Más importante, para mí, es la toma de conciencia de las contradicciones que tenemos en el ámbito humanístico. Hay que pensar en el medio y el largo plazos, y para ello quizá necesitemos algo así como una dieta blanda en el terreno académico; una cierta ascesis resistencialista por la cual no hay que ceder a la tiranía del paper precipitado y, en cambio, hay que regresar a los trabajos de largo alcance y lenta gestación, ajenos a la invasiva realidad del mercado y sus doctrinas permanentes de shock y ansiedad. Tenemos que retomar la iniciativa. Demostrar convicción. Confiar en la lucha, sin temer a la derrota. Al fin y al cabo, la historia de las humanidades está llena de derrotas, es decir, de ideales siempre postergados o incumplidos.



domingo, 9 de diciembre de 2018


DEMOCRACIAS ESTRESADAS

¿Se rompen las costuras de la democracia? ¿Se avecina un amanecer neofranquista? ¿Cuál es el tratamiento más efectivo para ese tipo de pústulas del bien común? Lo primero, sin duda, es apagar durante un tiempo prudente la televisión, sobre todo si sale García Ferreras, el mejor heredero de aquel otro García, el José María del fútbol. Y después hay que ir un rato al rincón de pensar.
Podemos recordar que hace años –antes de que empezara el procés- un partido xenófobo como Plataforma per Catalunya, hoy felizmente olvidado, ya estuvo a punto de entrar en el parlamento catalán. Y tuvimos el peligroso partido de Jesús Gil en su momento, afortunadamente a escala reducida. Además, la operación Vox no es nueva, aunque su irrupción ha sido sin duda potente. Se creó hace unos cuatro años, al mismo tiempo que Podemos y algunos experimentos extravagantes que intentaban aprovechar la crisis del bipartidismo, como el estrambótico partido del exjuez Elpidio Silva o el Partido X, hoy verdaderamente desconocido. Vox gozaba ya entonces del apoyo descarado de algunos medios de comunicación –liderados por otro ilustre exalumno de mi alma mater, Jiménez Losantos- que le han hecho propaganda permanente durante este tiempo, a pesar del espectacular fracaso inicial. Era cuestión de esperar su momento, que ha llegado gracias sobre todo a la descomposición progresiva del Partido Popular y al problema secesionista en Cataluña, que ha azuzado los agravios territoriales y el fanatismo patriotero.
Ahora habría que preguntarse por qué se le ha dado una cobertura informativa innecesaria en las últimas semanas y hasta qué punto es contraproducente estigmatizarlo como fascista sin atender su estrategia y su base sociológica, que se beneficia de esas identificaciones primarias con silogismos del tipo “soy antiPodemos porque me dan miedo; si Podemos detesta a Vox y lo llama fascista, es que no lo es, por tanto no hay peligro en votarles”. Ese tipo de lógica perversa e indocumentada es la que lleva a Trump a o a Bolsonaro a ganar, porque confirma que el voto se ejerce cada vez más como rechazo irritado o como castigo, y no como articulación racional de un proyecto constructivo y duradero. Pero así es la democracia, la causa y la solución de todos los problemas. La democracia de nuestro tiempo, claro está: llena de egoísmo y ansiedad.
Está por ver que los resultados andaluces sean imitados en el resto de España, porque el comportamiento electoral andaluz es muy particular. De cualquier modo, toca ahora aprender de los países que ya tienen instalada en las instituciones esa nueva derechona, para no cometer sus mismos errores. Y la izquierda debe hacer nuevamente la reflexión acerca de cómo es incapaz de persuadir con un discurso que escape a los infantiles antagonismos nacionalistas, de un lado o de otro. No es descartable que la desmotivación electoral de la izquierda tenga que ver también con la desilusión con el experimento Podemos, resumible en el asunto del chalé Iglesias-Montero.
El panorama no es, desde luego, alentador, pero seguramente tendremos que acostumbrarnos a convivir con este modelo de democracia sometida a constante estrés. Una democracia de cuerda tensa, siempre a punto de romperse, y en la que sufriremos a menudo lo que podríamos llamar microfascismos, visibles por ejemplo en la estúpida hipersensibilidad que algunos tienen hacia los “terribles ultrajes” a ese trapo que consideramos bandera española. Más allá de eso, es pronto para augurar rupturas apocalípticas o para establecer precipitadas comparaciones históricas con escenarios nefastos del siglo XX. Eso sí: sería bueno que los medios que miraron con lupa todo lo relativo a Podemos para desacreditarlo con rapidez, aplicaran la misma intensidad al nuevo partido parlamentario.
Lo curioso es que los alarmismos se repiten globalmente aunque sea de forma simétrica. Abundan los detectores de huevos de la serpiente: en mi querido México, también se ha desatado el estrés, esta vez liberal, ante el inicio del sexenio del nuevo presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), al que los intelectualillos paniaguados de tan larga tradición mexicana ven como un nuevo Nicolás Maduro. AMLO aglutina una esperanza de cambio seguramente histórica que llega con doce años de retraso; su momento era 2006, pero –hubiera fraude electoral o no- el cambio no se produjo en aquel momento y se ha perdido muchísimo tiempo en lamentables y trágicos errores, como la guerra contra el narcotráfico. Dos sexenios después, AMLO es un político aún carismático pero forzosamente desgastado, y no está claro si su perseverancia le redime de la megalomanía. El problema de su partido, Movimiento Regeneración Nacional (MORENA), es la dependencia emocional de su líder, que es ahora mismo su mayor capital; habrá que ver si sus cuadros dirigentes son capaces de organizar un proyecto sólido, convincente y sobre todo honesto, capaz de sobrevivir a este sexenio ya garantizado. Necesitarán resultados evidentes y rápidos en la lucha contra la desigualdad y el narcotráfico, y gestionar mejor asuntos como el del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, confusamente decidido y planteado. No será fácil en un país en el que la mayoría de los gobernadores pertenecen a partidos rivales.
El cesarismo de AMLO es, sin duda, un peligro; pero no hay que olvidar que los catastrofistas y demás oráculos del desastre comunista, siempre tan delicados y sensibles para lo que les interesa, mantienen una sospechosa indulgencia con los tres fracasados proyectos de cambio en México desde 2000. Auguran fracasos y derrumbamientos como si México fuera un país paradisiaco a punto de disolverse en el caos. No es ese el país que yo conozco, desde luego. Estoy seguro de que el nuevo gobierno conllevará un fuerte desengaño, porque la decepción es la sustancia misma de la rutina democrática de nuestro tiempo; pero en un país que ha desaprovechado a sus pocos buenos políticos (como Cuauhtémoc Cárdenas), repetir las opciones previas de presidentes ineficaces de partidos podridos era la peor de las decisiones.
Al menos, la imposibilidad de la reelección del presidente es fundamental para evitar determinados escenarios. Porque, efectivamente, siempre se puede empeorar cruzando la frontera que hunde la democracia en el autoritarismo y la brutalidad. Y eso me lleva a hablar de otro de mis países queridos, Nicaragua, de donde proceden muy buenos amigos. Nicaragua interesa poco en España, porque no hubo podemitas relacionados con el país y apenas tenemos interese comerciales allí. Hace un par de años conocí el lugar y a pesar de los evidentes signos oligárquicos la impresión general fue la de un país pobrísimo pero amable, seguro y alejado del anquilosamiento cubano. Nada de eso queda ya, y los responsables son fáciles de señalar. los dos gobernantes, la nefasta pareja presidencial de Daniel Ortega y su esposa la “vicepresidenta poeta” (sic) Rosario Murillo, que iguala en fanatismo y egolatría a su marido. El emperador y la emperatriz han impuesto su caudillismo familiar y han  pervertido de forma ya definitiva la vieja herencia sandinista. Porque los hipotéticos logros sociales no pueden de ninguna forma compensar la responsabilidad por centenares de muertos, y hay que decirlo con toda claridad. El país se hunde y ni siquiera existen posibles razones exógenas como en el caso venezolano.
¿Conclusión? No hay remedios para el estrés que nos viene encima, salvo confiar en el escepticismo, que es lo que mejor equilibra el optimismo de la voluntad y el pesimismo de la razón. Pero es bueno acostumbrarse a la transitoriedad de los políticos y desconfiar de los liderazgos y los carismas. Ya nadie habla de Rajoy, y seguramente ese sea su mayor mérito. Haberse volatilizado.

domingo, 13 de mayo de 2018


EL OCASO DE LOS DEMIURGOS

(Este texto, que retoma y amplía una entrada previa del blog, saldrá publicado en otoño en la editorial Bosch dentro del volumen colectivo De Sevilla a Granada con Rubén Darío. Estudios en homenaje al profesor Noel Rivas Bravo, que coordinamos Victoria Camacho, Ninfa Criado, Miguel Polaino-Orts y un servidor.)

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Lo sabemos: se puede ser poeta y antipoeta, se puede hacer novela-ensayo, ensayo novelado, novela-autobiografía, diarios, dietarios, testimonio, autoficción, novela de no ficción, relato real de ficción, novela-reportaje, microrrelatos, grafitis, novela por tuits y cualquier otra cosa. Abundan los centauros literarios porque los géneros son contingentes, arbitrarios y fácilmente superables. Recordemos que Bob Dylan y Svetlana Alexievich han ganado el premio Nobel de literatura y que algunas estrellas de la performance artística son casi capaces de entrar en el Libro Guinness por sus proezas. Ninguna convención en el arte es pura y definitiva; ninguna receta o norma es infalible. La literariedad, como recuerda el gran taxónomo Gérard Genette, puede ser constitutiva o condicional. En la constitutiva, sea por ficción o por dicción, parece que ya todas las casillas han sido llenadas con un ejemplo, y no queda hueco para novedades. En la condicional, en cambio, todo es posible: sabemos que casi cualquier texto puede ser finalmente literario en unas determinadas condiciones sociohistóricas de recepción e institucionalización.
Hay novelas hoy que no terminan nunca, o se fragmentan, o terminan de forma deliberadamente chapucera e imprecisa, o no tienen centro, ni principio, ni mensaje claro; hay novelas que se abren a todos los textos sin saturarse de ellos; hay literatura fronteriza en muchos sentidos, que borra o esconde su propia naturaleza ficcional hasta hacerla aporética o sencillamente irreconocible; hay estructuras lineales, circulares, cuadradas, romboides y a lo mejor hasta cuánticas. Es más: hoy se puede escribir a todas horas, compulsivamente, o escribir una sola vez y dejar paso a los demás. Se puede tener técnica y no tener concepto, y al revés. Se puede escribir para las mayorías y para las minorías. Se puede ser pos, pre, neo, anti, meta y supra. El repertorio de posibilidades parece ilimitado. Vivimos tiempos de hiperproducción literaria: ya alguien dijo que la cultura y los textos son hoy como el carbón para la economía del siglo XIX.
¿Qué sentido tiene entonces pensar otra vez en una poética de la novela?

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Adelanto que no voy a hablar de la muerte de la novela. En todo caso hablaría de su agonía (que puede ser muy larga) en medio de la galaxia digital, compitiendo en la nueva logosfera atiborrada de comunicación y creatividad de todo tipo. Sin embargo, la evidencia hoy es la abundancia empírica de novela, y no su defunción, en buena medida gracias a su flexibilización genérica para adaptarse a los nuevos tiempos y a las nuevas reglas del desarrollo cultural.
Lo que sí parece haber entrado en crisis es una determinada epistemología de la novela que le concedía un status de privilegio entre las formas artísticas. Hablamos de una idea de la ficción como mito o fábula explicativa de la realidad histórica desde la base de que se trata de dos esferas distintas -la literaria y la histórica-, y de que la literaria tiene (o tenía) sus propias reglas y su poder específico. Esa directriz concreta presenta, dicho resumidamente, dos variantes, en ocasiones conectadas en productivas e ilustres intersecciones: una, de fuerte carga crítica y de raíz básicamente hegeliana y marxista, y otra de carácter menos dogmático y más centrada en el potencial gnoseológico y humanístico de la novela, capaz de desafiar a la propia filosofía. Lukács, Bajtin, el Barthes de la écriture, el Sartre de ¿Qué es la literatura? y Auerbach, entre otros, han cimentado el prestigio moral y a menudo político del género novelesco dentro del canon occidental moderno, y sus efectos se han notado en la poética de autores como Milan Kundera o Mario Vargas Llosa, quizá dos de los últimos exponentes vivos de ese concepto insigne y orgulloso de la novela.
Sin embargo, es probable que ellos mismos sean dos dinosaurios de la modernidad que empiezan a dar signos evidentes de desorientación en el líquido mundo del siglo XXI. Los impulsos antijerárquicos, antiesencialistas y profundamente descentralizadores del pensamiento en las últimas décadas, con sus nuevos sujetos, han socavado con fuerza y a veces han demolido lo que podríamos llamar el relato heroico y aristocrático de la propia novela como género. La añeja ilusión más o menos ontoteológica y emancipadora de los novelistas del siglo XX y de muchos de sus exégetas se ve ahora con cierto desdén, como residuo elitista y condenado a revelar una y otra vez su profunda ingenuidad, es decir, su grandilocuencia estéril y por tanto su fracaso. En pocas palabras: la novela no descubre nada y no redime ni salva al ser humano. Se habría revelado, por tanto, la ficción (ilusión) de la propia ficción literaria.
Ya se ha hablado incluso de que vivimos en la era de la literatura “postautónoma” (Iris Josefina Ludmer), que certifica el fin de todo un ciclo histórico de relaciones entre la ficción artística y la realidad. El arrinconamiento creciente de la imaginación creadora por parte de una referencialidad extraliteraria (periodismo, historia, autobiografía…) cada vez más invasiva podría ser un síntoma. Por supuesto, ante esa nueva situación se puede adoptar una actitud celebratoria o una actitud resignada, y ambas se ven con frecuencia, en buena medida porque comparten la idea que el cambio es la ley prioritaria de la evolución literaria y, por tanto, la resistencia es inútil. Pero también se puede perseverar en la lucha, entendiendo que la literatura es siempre un espacio de lucha por la legitimidad y que la toma de posición es imprescindible (incluso cuando la toma de posición es el silencio o la inhibición).
Sí, se lucha a todas horas en el mundo literario, y todos defienden intereses, naturalmente: los que como yo creemos en la necesidad de una prudente autonomía de la literatura no podemos ocultar nuestro afán de lucro simbólico y quizás también económico. Pero precisamente por eso creemos necesario igualmente recordar que los intereses que hay detrás de los otros, y de esas actitudes consagratorias de la postautonomía. Porque los hay, aunque a menudo se disimulen bajo la aparente coartada bienhechora de lo que en el fondo no es más una nueva hegemonía y una nueva relación de fuerzas en eso que hoy es un gran negocio: la cultura. Los otros de los que hablo serían, naturalmente, no sólo los autores involucrados, sino también los agentes encargados de la circulación de los textos (editores, sobre todo) y los productores de significado y valor de los textos (la crítica). Dos gremios, por cierto, muy poco acostumbrados a la autocrítica pública, sobre todo en España, un país envanecido durante décadas de crecimiento económico y nuevas oligarquías que solo en los últimos años parece empezar a reaccionar y a replantear el relato euforizante de la Transición.
Debo insistir en que no pretendo denostar las nuevas formas híbridas ni rechazar su legitimidad dentro del repertorio de opciones (el espacio de los posibles de Bourdieu). Quiero, en todo caso, proponer una mínima sospecha sobre la consagración de la hibridación como nueva norma, sobre el singular prestigio actual del adjetivo “inclasificable” aplicado a la literatura y sobre la subsiguiente devaluación de determinados criterios estéticos. Me parece que estamos ante una hibridación cada vez más poderosa e influyente y cada vez más aliada de las nuevas formas que presenta el mercado cultural a la hora de abastecer de interminables novedades. Hoy lo “puro” parece obsoleto e incluso reaccionario, mientras que lo “híbrido” parece infalible, genuinamente democrático y superior por definición. Pero tal vez las cosas no sean tan simples, y se trate solamente de una extrapolación a la literatura de conceptos con otra genealogía, que se aplican ahora con mucha ligereza y con evidente voluntad de imponer nuevos criterios.
Confieso que no estoy en condiciones de proponer una norma alternativa, pero me parece importante contribuir a sacar a la luz las condiciones que han creado y que consolidan día a día la norma híbrida. Se me podrá objetar que abogo por un clasicismo tranochado e iluso o que sueño con volver al Edén de las Bellas Letras; pero me permito recordar, con Lotman, que el arte puede funcionar movido por una estética de identidad o por una estética de oposición. Y quizás la estética de oposición es, paradójicamente, más dócil, conservadora y previsible hoy, aunque nadie parezca atreverse a decirlo. Porque al final llegamos a una cierta dimensión política del hecho literario. Y en ese terreno no está del todo claro que avancemos, a pesar de que el discurso celebratorio de la postautonomía pretenda venderse como liberador y progresista.
Un repaso rápido a la literatura de lengua española quizá nos ayude a explicar mejor el problema.

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Hay muchas formas de contar la historia reciente de la literatura española, desde luego. Una posible historia empieza, en mi opinión, en 1977, con la publicación de Autobiografía de Federico Sánchez, de Jorge Semprún. El balance autobiográfico de Semprún con su desencanto comunista funciona perfectamente como pórtico de la naciente democratización española y del progresivo debilitamiento del comunismo como opción política y estética. Pero no debemos olvidar que esas memorias ganaron un premio de novela, es decir, circularon como novela y se integraron en la lucha novelística, y que se trató ni más ni menos que del premio Planeta, elemento esencial ya entonces de la profesionalización de los escritores españoles, y que con el tiempo ha sido una enorme fuente de ingresos para algunos. En ese sentido, la ambigüedad estratégica de Semprún con la novela como género se adelantaba seguramente a los tiempos. Por eso el nuevo pacto de la literatura española –el pacto entre autores, editores y lectores- está firmado ahí, en 1977; no solamente por la apertura desacomplejada del escritor a las estructuras capitalistas del mercado editorial, sino por la inauguración de una senda autoficcional, que aunque no fue inventada por Semprún en el caso español (hay ejemplos en Azaña, Unamuno o Azorín, como sabemos), sí le concede un valor especial si atendemos al contexto político del país.
Con Semprún, la élite antifranquista empieza a escribirse a sí misma en libertad y a rentabilizar su experiencia en aras de una nueva política de la memoria idónea para adaptarse a la democracia liberal y al poder del felipismo. Después vendrán obras como Historia de un idiota contada por él mismo, de Félix de Azúa, o Penúltimos castigos, de Carlos Barral, junto a textos menos ambiguos y por tanto menos autoficcionales como las memorias de Juan Goytisolo. Autobiografía y autoficción tendrán así un notable desarrollo en la España democrática, un desarrollo que compensa cierta carencia histórica de ese tipo de literatura del yo en comparación con otras lenguas y que llegaría a ejemplos tan importantes hoy como los de Andrés Trapiello, Javier Marías y Javier Cercas.
No voy a entrar en criterios cualitativos sobre el valor intrínsecamente literario (o no) de la escritura del yo, criterios que seguramente exigen una reflexión demasiado amplia, porque creo que habría mucho que decir sobre si, por ejemplo, el hecho de que Neruda no mencione a su hija Malva Marina ni una sola vez en Confieso que he vivido es un dato de interés estético o solamente un dato moral o psicológico. Tal vez sea un problema muy arduo, pero sí me parece que se puede afirmar que la expansión de la escritura autoficcional y en general de lo que podríamos llamar la egoliteratura en la España europeísta y democratizada tiene raíces socioliterarias, derivadas de las necesidades de una clase letrada que trató de mantener algunos privilegios en las nuevas condiciones democráticas y que ha tenido sucesores plenamente interesados en priorizar la experiencia individual a lo problemas colectivos (es una evolución que quedaría seguramente bien explicada con el caso actual de Milena Busquets). Esa clase letrada encontró un estupendo yacimiento de posibilidades editoriales en la revelación de la intimidad y en el testimonio subjetivo de la Historia, y su aceptación por parte de la crítica y las instituciones fue casi unánime. Contrástese ese desarrollo aparentemente “comprometido” con la historia de España a partir de testimonios particulares de escritores e intelectuales con la escasez de novelas que afrontaran problemas como por ejemplo el terrorismo.
Evidentemente, siempre podremos encontrar excepciones, pero hablamos de dominantes literarias, en las que se revela la hegemonía de algunas fuerzas y algunas élites (durante al menos veinte años centradas básicamente en la cercanía del periódico El país y el holding afín). Curiosamente, la egoliteratura española coincide en el tiempo con procesos de amnesia colectiva en la esfera pública, que se han contenido hasta el éxito de Soldados de Salamina y la querella de la memoria histórica. ¿Cómo se explica esa aparente paradoja? En realidad, no es difícil: el individualismo literario ha funcionado como filtro para la autointerpretación española de su Historia reduciéndola a una escala controlable, al tiempo que ha opacado claramente la reflexión sobre los intereses de clase, que en España han sido a menudo maquillados, falseados o invisibilizados desde 1982. La falta de atención al presente explica en buena medida el exceso de atención al pasado (sobre todo Guerra Civil y franquismo), que aún hoy es una importante industria para los escritores que aspiran a la profesionalización y que no quieren ser estigmatizados como críticos del nuevo sistema organizado a partir de 1982 con el triunfo del PSOE. Pero es que además el crecimiento de la autoficción española es explicable por razones de productividad literaria y posición social del escritor en una sociedad con una esfera pública creciente y en ocasiones bien remunerada.
Desde hace tiempo, el modelo de escritor español ya no es, desde luego, alguien como Rafael Sánchez Ferlosio. La necesidad profesional del escritor de mantener un alto nivel de producción para no perjudicar sus condiciones económicas y satisfacer la demanda previa de sus lectores podría explicar casos como Negra espalda del tiempo, híbrido con el que Marías ajusta cuentas de forma sutilmente ficcional y por tanto libre de represalias legales. De ese modo, la autoficción ha ido ganando peso en el repertorio de opciones literarias españolas como forma ideal de legitimación del escritor como tal sin necesidad de involucrarse en cuestiones políticas ni de arriesgar creando ficciones sobre espacios sociales que ni conoce ni quiere conocer, ya que su esperanza es entrar en el circuito de una literatura respetablemente instalada en el mercado y capaz de sobrevivir a los vaivenes políticos y económicos. Seguramente sea ese uno de los motivos por los que no tenemos a un Houellebecq hoy en la literatura española.
A pesar de Mendoza, Millás o Merino, la autoficción (que yo también he practicado, y no lo niego) ha sido y es un modelo perfectamente útil para sublimar literariamente las aspiraciones liberales de los intelectuales y aspirantes a nuevos clercs. No solo eso: ha cumplido una eficaz labor solapando la visibilidad de ficciones sobre las diferencias sociales y los conflictos políticos en España y ha contribuido, por tanto, al perfil bajo de una literatura como la española de la democracia, muy indulgente con la oligarquía económica y pudorosa a la hora de ejercer la crítica o plantear polémicas ideológicas de alcance. Es decir, inversa en muchos sentidos a la literatura previa que los lectores españoles disfrutaron: la del boom, que marcó el tardofranquismo. Tampoco habría que olvidar, en ese sentido, la curiosa simetría entre boom y novela española de la democracia, y cómo el primero empezó como vanguardia estética y vanguardia política a la vez, a diferencia de la segunda, que ante todo ha sido vanguardia económica dentro de la estrategia neoliberal de colonización del mercado de lengua española por parte de algunos potentes grupos empresariales de capital español. En ese sentido, creo que en América Latina el puesto equivalente al de Autobiografía de Federico Sánchez lo ocuparía La tía Julia y el escribidor, no tanto por el sentido ideológico como por la autoconciencia del nuevo escritor profesional que sabe que ha entrado en otra fase de la tradición literaria continental. Y así, desde Varguitas quizá llegaríamos, aunque no sea por una relación directa e inmediata, a Arturo Belano o Emilio Renzi.
Mi conclusión es que, amparada y legitimada por una crítica cómplice incapaz de afirmar la desnudez del emperador, la autoficción ha supuesto y supone hoy un freno importante para la imaginación creadora y la sensibilidad social en la narrativa de lengua española, al tiempo que estimula la pereza y el mimetismo. Pero no es el único factor que ha contribuido, especialmente en países como España, al triunfo de lo que podríamos llamar una ficción blanda o débil frente a una ficción dura o fuerte.

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Estamos viendo que las autoficciones y los géneros autobiográficos están contribuyendo a desequilibrar el panorama narrativo desde lo ficconal hacia lo referencial, y ahí han contado con múltiples apoyos, empezando por las diversas modulaciones de la nueva novela histórica y las interferencias del periodismo. Ya el Modernismo descubrió el haz de posibilidades para el autor-cronista, y ahora habría que sumarle al autor-cronista de sí mismo, al autor-periodista y al autor-historiador. Incluso narradores contemporáneos muy imaginativos recurren a los hechos reales y a los personajes referenciales: Bolaño mete a Neruda y a Paz como personajes, Padura novela a Heredia o Trotski, Cueto a Vladimiro Montesinos, Volpi a Salinas de Gortari, Vargas Llosa a Trujillo o Roger Casement, Ospina a Pedro de Ursúa y Muñoz Molina al asesino de Luther King.
Por supuesto, podemos interpretarlo todo de manera inocente y aceptarlo sin más como parte de un panorama riquísimo y lleno de opciones para casi todos los gustos lectores. Esa parece ser la actitud más cómoda y acorde con la despolitización predominante. Pero también podemos recordar algo de marxismo y pensar en las condiciones materiales del trabajo literario hoy. No es la actitud habitual entre la crítica, sobre todo la española, a menudo forjada en la mediocridad y el vasallaje de sus universidades, de estilo feudal hasta hace muy poco. Pero el problema es seguramente más amplio y afecta también a la crítica académica incluso de Estados Unidos, tan responsable muchas veces de la tabla de valores dominante, sobre todo en lo que se refiere a la literatura latinoamericana. Hipertrofiada por su burocratización y su constante necesidad de producir papers, autodevorada constantemente por su necesidad de novedad y su narcisismo teórico, la crítica está contribuyendo también al desorden general mientras de paso se legitima como un grupo social cada vez más numeroso y al mismo tiempo más sometido a reglas de competencia capitalista.
Los ejemplos de sus caprichos son muchos, y van más allá del intento de canonización alternativa de una obra como Me llamo Rigoberto Menchú, que parece felizmente superado. La forma con la que la crítica -tanto de aquí como de allá- tiende a lavar su mala conciencia política al tiempo que prospera económicamente va desde las múltiples formas de los Cultural Studies hasta la habitual benevolencia con la que se juzgan géneros como el policial, viendo la botella medio llena de la crítica social y obviando la botella medio vacía del evidente sentido comercial de un género que sigue siendo muy vendido y por tanto muy útil para las necesidades de solidez económica del escritor. Pero la crítica también está siendo responsable desde hace bastante tiempo de la conversión en modelo de un tipo de ficción cuya blandura es cada vez más notoria y que sin duda guarda mucha vinculación estratégica con la egoliteratura: me refiero a la metaliteratura. Otra ficción blanda que esa crítica autocomplaciente nos hace pasar por ficción dura.
No se me ocurrirá aquí criticar la grandeza evidente de autores como Sergio Pitol, Roberto Bolaño, Ricardo Piglia o Enrique Vila-Matas, que respeto y admiro sin vacilaciones (salvo por cierta anarquía del chileno). Los cuatro no son ya autores minoritarios, porque se leen mucho, pero son autores cotizadísimos entre sus pares (los escritores) y sobre todo entre la crítica académica, que valora especialmente los componentes metaliterarios o culturalistas de sus ficciones: sus toques borgeanos, sus revisiones canónicas o anticanónicas, sus homenajes, sus parodias y los híbridos resultantes entre unos y otras, sus tendencias a tematizar la lectura y convertirla en nutriente fundamental de sus obras a base de subtextos o hipotextos o intertextos. 
Evidentemente, el dominio de la tradición y la capacidad para reinventarla de forma creativa pueden ser valores literarios y siempre dispondremos de un aval cervantino para justificarlo, pero me pregunto si esa estrategia no corre el riesgo hoy de automatizarse y volverse previsible, lo que en cierto modo sería la negación de su misma naturaleza estética para convertirse en algo muy distinto: un producto pensado para satisfacer una demanda previa. ¿Demanda de quién? De los propios críticos e investigadores, por supuesto, que, necesitados de legitimación y de discurso rápido y efectivo, disfrutan especialmente siguiendo las miguitas de pan que los autores ponen en sus obras para condicionar la lectura. De ese modo, la clase intelectual ocuparía una posición perfectamente simétrica al público de best sellers, y ambos tendrían garantizada su comodidad lectora y su sistema de valores, evitando cualquier conflicto entre las dos esferas. Los profesores leerían sus novelas pedantes para sentirse contentos y sentir que la Cultura no ha muerto, y el público masivo de la sociedad del ocio disfrutaría con el entretenimiento de los superventas. Todos contentos, en cierto sentido. Pero no: no todos estamos contentos.
Más de una vez he discutido con colegas del gremio (de diferentes países) que se solazan con el acertijo metaliterario, las metáforas archivísticas y los rayos X del palimpsesto, y que encuentran ahí la perfecta satisfacción de sus necesidades como público lector y a la vez constructor de cánones. Esa clase letrada se habla a sí misma perfectamente con esa literatura, lo que cierra el círculo del conformismo y la vanidad: somos cultos porque encontramos todas las pistas del autor y por eso nuestra vida de lectores tiene un sentido.
Insisto en que todo es muy respetable, pero me parece que quizá la crítica (o buena parte de ella) debería replantearse alguna vez su misión y sus valores, y salir de la burbuja de un conformismo no exento de privilegios económicos en el que apenas hay término medio entre el redentorismo grotesco de algunos mandarines que presumen de cambiar el mundo con sus abstrusos ensayos aparentemente políticos y la tibieza con la que otros mandarines más tímidos han banalizado la pesquisa crítica para convertirla en el parque temático de los iniciados. Incapaces de problematizar seriamente la relación entre texto y sociedad (porque eso significaría, entre otras cosas, replantear sus privilegios y volverse humildes), muchos lectores sofisticados han elegido como moral de la forma literaria la que más se adecua a sus intereses inmediatos, evitando el riesgo que implica tomar posición en el seno de la institución para preguntarse de veras qué es hoy la crítica literaria desde un punto de vista social. 
Además, en esa glorificación de la ortodoxia metaliteraria es donde, al menos en el ámbito hispánico, percibo una mala digestión de Borges, o al menos una lectura muy parcial, en la que se olvida demasiado rápidamente la defensa que el autor de El Aleph hacía del artificio literario, y en particular de lo que llamó los “ejercicios de imaginación razonada” (véase el prólogo a La invención de Morel). Se habla hasta la saciedad del potencial filosófico de la obra borgeana, pero parece haberse olvidado su defensa del elemental placer narrativo (por ejemplo, de Las mil y una noches). Y ese placer narrativo tiene un componente técnico que el desprecio por el caduco estructuralismo y la hipocresía de muchos estudios culturales han llevado a un segundo plano, para mayor comodidad de una crítica que se aburre con el microscopio de la prosaica narratología pero que disfruta en cambio con los laberintos entre textos y con las demostraciones de buena conciencia frente a los problemas del mundo.
Sí, hablo de técnica, de eso tan olvidado hoy que es el virtuosismo narrativo, que puede ser una simple ilusión pero que en cualquier caso hemos perdido en favor de un todo vale aparentemente revolucionario y liberador. Hablo de imaginación -sí, imaginación- sometida a las reglas de la construcción narrativa (voz y perspectiva, sobre todo); hablo de mundos posibles, de capacidad demiúrgica; hablo de enfatizar al personaje como sistema de rasgos y como ideólogo, hablo lo que Kundera llama "egos experimentales", es decir, de personajes nativos del mundo de ficción y no referenciales o históricos (que, no nos engañemos, son más fáciles); personajes nativos que triunfan o fracasan en la ficción porque el autor quiere transmitir una imagen del mundo crítica y no perderse en brumas posmodernas que le sirvan para no pronunciarse sobre los temas decisivos. Todo eso que podría ser la esencia del relato de ficción y que parece que algunos quieren sustituir por una nueva norma en la que o se lee literatura para el gusto de la sociedad secreta de los letraheridos o se acepta como literatura cualquier cosa al estilo del anuncio televisivo que hablaba de aceptar “pulpo” como animal de compañía.

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Pocas definiciones más hiperbólicas y románticas de la labor del novelista encontraremos que la del deicida vargasllosiano: el novelista como suplantador de Dios. El propio novelista peruano no utiliza ya esa imagen tan enfática (propia de sus tiempos más faulknerianos) y prefiere, por ejemplo, hablar de la verdad de las mentiras novelísticas. De cualquier modo, se trata de una defensa del valor único de la novela y de eso que he intentado llamar la ficción fuerte, y que el propio Vargas Llosa ha practicado habitualmente (aunque también haya practicado, como hemos visto, las ficciones contaminadas de hechos reales).
Ninguna ficción es, por supuesto, completamente pura, y siempre está conectada de algún modo al mundo real (perdón por la perogrullada teórica). Pero el debilitamiento de la autonomía de la ficción tiene consecuencias en las que pocos parecen reparar, instalados en la permanente celebración de algunos mestizajes que son vistos como una especie de triunfo de la democracia: ese debilitamiento implica, ante todo, una pérdida de la fuerza para problematizar, desde la distancia, el mundo real; en otras palabras, para componer o construir un marco o un modelo que nos permita enfocar y quizás iluminar una parte de la complejísima realidad. Ya no digo toda la realidad, porque eso sonaría a ingenuidad metafísica de otra época. Pero tampoco veo claro que la ductilidad contemporánea haya supuesto un avance glorioso en algunas literaturas como la española. Por el contrario, si alguna conclusión puede darnos el sistema literario español actual (sobre todo en la narrativa) es que lleva décadas dominado por la falta de agresividad y de problematización; en definitiva, por una falta de comprensión de la literatura como acto de solidaridad histórica. Es más, parece que seguimos sin ver otro problema que no sea la Guerra Civil. Esa atrofia del espíritu crítico quizá explica el advenimiento del duro contexto sociopolítico actual, que nadie supo predecir y que hoy solo unos pocos se atreven a interpretar con independencia de criterio y valentía ideológica, más allá de las bataholas publicitarias y los mercadeos habituales de una sociedad de nuevos ricos que ha entrado en crisis sin entender por qué. Y no pensemos que el asunto se limita al caso español: desgraciadamente, el poder editorial peninsular puede acabar afectando directamente al sistema latinoamericano y contagiando las prioridades conservadoras y consumistas frente al riesgo crítico y la fuerza ideológica.
El mestizaje y lo fronterizo ya han cumplido seguramente su función transgresora y renovadora, pero hoy hay unas necesidades que son a la vez políticas y literarias y que a algunos nos han obligado a tomar partido claramente por eso tan anticuado que es separar la realidad de la ficción precisamente para que la segunda ayude a entender la primera. Si la literatura no preserva su poder exploratorio e imaginativo, si la fantasía se limita a parasitar textos ajenos, si el único personaje que podemos crear es el personaje-escritor o profesor, si olvidamos el sentido de la novela como hipótesis inquietante sobre el mundo, corremos el riesgo de acabar dañando la salud universal de la literatura en favor, por ejemplo, de las series de televisión, que casi siempre son productos de consumo perfectamente industrializados y no pocas veces alienantes. Y peor aún: podemos convertir la novela en un simple producto de consumo, que conduce directamente a un cierto tipo de modorra intelectual bastante cercano a la inconsciencia o la pusilanimidad que tanto interesa al poder (que sigue existiendo, aunque esté más y mejor disimulado que nunca).
El siglo XXI supone nuevos retos que ni Dostoievski ni Kafka ni Joyce (ni Calvino…) pudieron imaginar o prever. Vivimos en un mundo caótico saturado de ficciones, pero también de confusiones y de incertidumbres. Y por eso mismo no todas las ficciones funcionan igual, no estimulan de la misma manera la razón crítica, ni alertan sobre el retorno de los prejuicios. En el mundo de las nuevas tecnologías de la información, tal vez la novela sigue siendo un modo exclusivo y excepcional de informar a través precisamente de lo inverificable: el mundo creado por la imaginación.
Me parece que es un buen motivo para perseverar en la lucha.

domingo, 8 de mayo de 2016


1986

Propuesta imposible de sinopsis para un episodio de esa curiosa (por lo absurdo, básicamente) serie titulada El Ministerio del Tiempo, que está gustando mucho a todos menos, creo, a los historiadores de verdad: “unos malvados agentes poscomunistas y anticapitalistas, resentidos con la evolución de la literatura española de la era democrática, quieren viajar a 1986 con el objetivo de impedir que Juan Benet redacte un manifiesto con firmas de intelectuales para pedir el voto afirmativo sobre la permanencia de España en la OTAN. En realidad, no sólo quieren que Felipe González pierda el referéndum y se vea obligado a dimitir, poniendo en peligro la modernización socialdemócrata del país: lo que intentan conseguir los oscuros agentes del Mal es reconducir la cultura española para evitar la concentración en torno al poder político y económico y mantener así una vanguardia intelectual y artística de tipo crítico. Creen que es la única manera de conseguir que la literatura española no claudique ante las exigencias cada vez más tentadoras de la economía de mercado. Los agentes del Ministerio tendrán que proteger a Benet, en especial, cuando trata de conseguir la decisiva firma de Rafael Sánchez Ferlosio”.
En realidad, los regresos al pasado y los bucles temporales que tanto nos ha vendido la cultura cinematográfica estadounidense y que ahora imitamos me resultan profundamente aburridos, pero admito que en alguna de mis novelas inéditas (léase fallidas) intenté, sin recursos fantásticos, situar un capítulo en 1986 con la intención clara de encontrar claves en ese año que compensaran la fascinación reiterativa y monótona por 1981 y el 23-F, de lo cual ya hablé en otra ocasión. Para muchos de nosotros, el referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN fue una cala decisiva de la educación político-sentimental. Aprendimos cómo funcionan las batallas propagandísticas en la era democrática y entendimos cómo el pragmatismo empezaba a convertirse en un nuevo marco cognitivo para el español medio deseoso de sentarse en el banquete europeo. Y, sobre todo, aprendimos a perder; porque desde entonces hemos perdido una y otra vez.
Retrospectivamente, podríamos ajustar cuentas con los compromisos adquiridos por los intelectuales y artistas en aquella ocasión fundamental, que supuso más riesgos para Felipe González que el mismo caso GAL, pero comprobar hoy los firmantes de los manifiestos a favor y en contra de la permanencia es un ejercicio curioso que puede deparar más de una sorpresa. Recordemos, por ejemplo, que el líder de la Plataforma Cívica para la Salida de España de la OTAN era ni más ni menos que Antonio Gala (antes de ganar el Planeta, por supuesto).
Es igualmente tentador comparar la actividad de los intelectuales en aquella ocasión con el “No a la guerra” en los años del aznarismo, al tratarse de dos movilizaciones muy visibles y con muchos nombres célebres involucrados. Pero creo que la de 1986 tiene mucha más trascendencia y tal vez ayuda a comprender algunas dominantes culturales de la democracia española. En 1986, los intelectuales anti-OTAN hicieron causa común con el Partido Comunista de España frente a la posición infiel del PSOE. La tremenda derrota de ese frente confirmó que el PCE era un barco que se hundía definitivamente y que había perdido toda la fuerza de atracción que tuvo durante el antifranquismo, por lo que se hizo evidente para muchos que había que buscar nuevas compañías.
No creo que haya prueba mejor de la intemperie en la que quedó la izquierda no socialdemócrata, ya sin liderazgo social, arrinconada por la mayoría absoluta del PSOE y su creciente poder cultural, un poder dedicado en buena medida a fomentar la amnesia colectiva y el europeísmo enfático. No se trata únicamente de la caída del comunismo como doctrina y programa, sino de algo más sutil y menos dogmático: de la devaluación de una específica idea de la cultura como vanguardia crítica e impugnación, como riesgo y problematización, y todo en favor de un nuevo pacto entre autores y público con la imprescindible mediación empresarial. El desprestigio del radicalismo político tuvo así su correlato en el desprestigio de la audacia propositiva sobre todo en literatura, de modo que se confirmara la ilusión de verdad del Welfare State y sus idolatrados consensos.
¿Cómo no relacionar ese declive de la cultura crítica en los ochenta con la progresiva y cada vez más abierta aceptación por parte de muchos escritores e intelectuales de las reglas del mercado y con la política de recompensas simbólicas y materiales que empezaron a recibir por parte de instituciones de todo tipo? El cambio de expectativas lectoras, potenciado por una industria cultural creciente y sabrosa y por la crítica cómplice, se legitimó con la coartada europeísta y generó una inflación de literatura con pretensiones posmodernas, ávida de sumarse al tren de la Historia ganando lectores y no perdiéndolos con textos problemáticos, amargos, indigestos o pesimistas. De Beltenebros, un crítico (y uno de los mejores) llegó a decir que sería la novela policíaca que Borges hubiera escrito de haberse dedicado a la novela. Y no hablemos de la fatuidad de inventos como la “Generación X”.
Se trató, en pocas palabras, de negar cualquier posible indicio de decadencia cultural y practicar al mismo tiempo la más clara homología: si el país y su economía progresaban, su literatura también debía hacerlo, y además anunciarlo de la manera más orgullosa, porque en esa literatura la nueva sociedad podía reconocerse a sí misma felizmente moderna y libre. Lo contrario sería, en cierto modo, ir en contra de la nueva lógica democrática, al desajustar la recién inaugurada y modélica sinergia entre ciudadanos libres, empresas, poder político y escritores. En la zona de nadie, resistiendo, quedaron Vázquez Montalbán, Juan Goytisolo y algunos pocos más (quizá algunos Soldados Desconocidos a los que no he leído y que están enterrados en el subsuelo del canon).
No quiero con ello decir, como hacen algunos casi siempre con seudónimo, que no haya obras valiosas en la literatura española de la democracia. Lo que siempre me ha preocupado es la tendencia centrípeta, homogeneizadora, conformista en último término, que, entre otros muchos efectos negativos, ha convertido la natural aspiración del escritor a la profesionalización en el modelo más respaldado y glorificado de comportamiento literario; esa tendencia tiene consecuencias evidentes sobre las que los críticos –mucho más que los lectores convencionales-, deberían reflexionar, manteniendo siempre la actitud vigilante y selectiva y conteniendo en la medida de lo posible la voracidad sin límites de las oligarquías, sean culturales o políticas o las dos cosas a la vez. Pero ese el gran déficit que seguimos arrastrando: no tanto la calidad de los textos en sí, como la pobreza del debate sobre los valores literarios. Un debate que en otras décadas fue vigoroso e incluso fanático, pero que en la España de la democracia ha sido esporádico, superficial y, por qué no decirlo, cobarde.

(Un planteamiento más extenso sobre éstas y otras cuestiones cercanas, aquí.)

domingo, 1 de mayo de 2016

SIGUE ACTIVA LA ALERTA GENERAL

Y llegaron los refuerzos, en este caso fichados del extranjero: Enrique Krauze, el heredero de Octavio Paz, también conocido como el Montaigne de Anáhuac, se suma a la campaña contra Pablo Iglesias y Podemos. No deja de asombrarme el toque de reunión (en términos de mi colega y sin embargo amiga Claudia Gilman) de cierta intelectualidad hegemónica para defenderse de la terrible amenaza que supone alguien que aspira a ser presidente siendo profesor de universidad y que, como buen leninista totalitario, publica en New Left Review (publicar en El país o en Claves de razón práctica es otra cosa, ya lo sabemos, frente a los think-tanks de la izquierda, laboratorios de la opresión). Me asombra, sobre todo, por la torpeza: la reacción desaforada y mercenaria de algunos clercs de nuestro tiempo -muy similar a la de muchos informativos y editoriales de la prensa- no hace más que generar simpatía y votantes potenciales entre las nuevas generaciones, que pueden adolecer, seguramente, de ignorancia histórica y falta de sedimento cultural, pero que no son totalmente ciegos a la hora de percibir los privilegios de clase de los sedicentes intelectuales independientes (y aquí se me ocurre imitar a Gene Hackman en Sin perdón: “¿Independientes? ¿Independientes de qué?”).
Por razones personales y también académicas, soy especialmente sensible a las relaciones hispanomexicanas, y por eso reacciono con urticaria cuando veo la hipersensibilidad de alguien como Krauze frente a la venezolización fatal e inevitable de España en comparación con el paraíso mexicano, que, como sabemos, tanto avanza, cada día, en derechos humanos y democracia. Por supuesto, el gran problema de Iglesias es, para Krauze, su obsesión por la teoría: increíblemente, en el colmo de la soberbia intelectual, tiene una teoría y quiere llevarla a la práctica, lo que implica ingeniería social y, de manera inevitable, represión y a la larga exterminio. La alternativa es conformarnos con la praxis sin teoría de Rajoy o Peña Nieto, famosos por su sensibilidad lectora y la amplitud de sus referencias bibliográficas.
Admitamos sin paliativos el fracaso del actual experimento bolivariano, aunque resulte muy significativa la desmedida atención que Venezuela obtiene hoy en España teniendo en cuenta los escasísimos conocimientos que el 99% de la población española tiene sobre el país (a ver cuántos son capaces de decir, sin wikitrampas, quién gobernaba antes de Chávez, o dos escritores venezolanos de cualquier época). Pero los que tenemos cierta familiaridad con los debates intelectuales y culturales latinoamericanos sabemos que todo es algo más complejo de lo que parece desde la ignorante metrópoli, y que Laclau y compañía -referentes, al parecer, de Iglesias- no son fáciles de extrapolar a los contextos europeos. Pero es que además, la querella pública que se centra hoy en Iglesias tiene otras ramificaciones, menos importantes para el ciudadano medio, pero muy significativas para los que nos preocupamos, grosso modo, por la producción de cultura. Me refiero a la pelea sectorial en la que los intelectuales hegemónicos españoles o cofinanciados en España defienden su status quo ante la posibilidad de ser desplazados o, más sencillamente, ante el simple hecho de que su voz ya no tenga el eco de antes, por lo que convierten sus pseudoproblemas en una especie de amenaza global para el futuro de la Humanidad.
En la disputa por el monopolio del conocimiento (y su valor económico), en la que la universidad resiste hoy a duras penas y en la que, admitámoslo, comete muchos errores, el batallón intelectual lleva desde Zola intentando ganarse la poltrona. Es cierto que el bando intelectual ha sufrido durante el siglo XX importantes desgracias que no se pueden minimizar; pero llegó al siglo XXI con la ilusión de que la popperiana sociedad abierta les iba a conceder por fin el status de ensueño de nueva aristocracia dedicada a producir cultura y firmar libros. En España, la ilusión fue especialmente convincente: durante casi treinta años, el negocio cultural funcionó bien para unos cuantos, en crecimiento permanente, fomentando un optimismo histórico y una comodidad que parecía ilimitada. Sin embargo, ahora que por fin parecía todo encarrilado, aparece la sociedad digital y cualquier tontaina les quita las medallas (y el bolo televisivo) con sólo escribir 140 caracteres, sin una tilde. Por no hablar del pirateo. Frente a este fin de ciclo, algunos hacen palinodias poco creíbles (Muñoz Molina) y otros sufren escozores espectaculares (véase la reacción de Jon Juaristi al libro de Sánchez Cuenca).
Y en eso se presenta en escena alguien como Iglesias, que desata las alarmas de la celosa intelectualidad dominante. Alberto Garzón es inofensivo, en comparación, porque su techo electoral es clarísimo por su estigma comunista; Iglesias, en cambio, ha aprendido de los errores estratégicos de Julio Anguita y domina mucho mejor la comunicación masiva. Es tacticista como el que más y sabe debatir ante diversos niveles de público, incluidos esos intelectuales que siempre se creyeron guardianes de la dignidad crítica. Por eso, ante la posibilidad de que cautive a las nuevas generaciones de lectores y votantes, se vuelve necesario subir el nivel de la lucha propagandística echando mano de todos los recursos, incluidos los gladiadores intelectuales. 


No tengo ningún interés en defender a Iglesias ni a Podemos, que me parecen ambiguos y superficiales en muchos aspectos; lo que me interesa es reflexionar sobre cómo la sola posibilidad de que un profesor de universidad determine la política nacional ha desatado la reacción de toda la guardia de corps liberal. Los argumentos contra Iglesias y su círculo, más allá de las hipérboles leninistas o goebbelsianas, se resumen en dos: son demasiado académicos y tienen maquiavélicas estrategias planificadas para que triunfe el populismo(teoría de Krauze) y son académicos que proceden de la corrupta y degradada universidad española (argumento de Félix de Azúa en otro memorable texto).

Podría comprar los dos argumentos, desde luego. Pero tanta beligerancia contrasta fuertemente con años y años de letargo crítico hacia el poder en España. A ello hay que añadir que sorprende la sospechosa indulgencia con una clase política, la española no podemita, más propicia a la caricatura que a los posdoctorados. Será que son preferibles políticos que han estudiado en la escuela del partido toda la vida, como Susana Díaz. O quizá será que los intelectuales pueden influir y presionar mejor en esos políticos digamos menos eruditos
Por otro lado, asombra que aparezca por fin el debate sobre el bajo nivel de las universidades españolas y los riesgos de dejarse guiar por sus pontífices. ¿Ahora nos damos cuenta de que la universidad española es un nido de prevaricaciones disimuladas, clientelismos, enchufes, despilfarros en comilonas y pensamiento fosilizado? ¿Ahora, no antes, en los treinta años en los que han estado ahí el mismo Azúa, Juaristi, Savater, de Miguel y tantos otros, incluidos los mandarines de la crítica literaria? La universidad española es, en muchos sentidos, un desastre desde hace tiempo (desde fray Luis de León, si me apuran) y todos los que estamos dentro lo sabemos, aunque muchos no se atrevan a decirlo. Si empezamos a criticar el sistema universitario español y sus repercusiones aberrantes, me temo que Podemos no es prioritario, aunque sólo sea por antigüedad.
Insisto en que tengo bastantes objeciones a la estrategia y el ideario de Pablo Iglesias. Pero no puedo negar que me divierte el evidente reconcomio de una elite letrada que, oblicuamente, al advertirnos de la larvaria satrapía de Podemos, nos está revelando muchos de sus temores más íntimos, al tiempo que nos está informando de cómo ha funcionado el sistema de posiciones en el campo intelectual español durante las últimas décadas (para mí el año clave es 1986, con el referéndum de la OTAN, que enseñó a los intelectuales españoles cuál era el camino de la supervivencia). Habrá que ver si se produce finalmente el reajuste y llega el sorpassono sólo en el terreno político, sino también en el de la cultura, donde la batalla se ha recrudecido inesperadamente.