NOSTALGIA HERIDA
Quiero buscar hoy en mi memoria un momento
específico. Algo que se parece a una revelación laica y que es un gozne entre
la infancia y la adolescencia: el día en el que descubrí que los superhéroes de
cómic nunca envejecen, a diferencia de sus lectores. En otras palabras: cuando
asumí que no hay empatía posible con esos seres de ficción, no porque tengan
poderes sobrehumanos, sino porque no tienen lo más humano, que es el miedo a
morir. Porque, a pesar de sus dolores y sus heridas, no son seres para la
muerte, como los tristes y fugaces individuos reales.
Ese momento de perplejidad que tuve con
doce años (creo), esa constatación de un fraude inequívoco, fue, naturalmente,
parte de una cadena que condujo, entre otras cosas, al irreversible desengaño
religioso y al deseo de ser algún día una persona digamos ilustrada. A partir
de entonces, empecé a desconfiar de unas cuantas cosas que veía en papel: los
diálogos inverosímiles llenos de palabrería ridícula, las chapuceras
resurrecciones de personajes y todos los ardides simplones de los guionistas
para captar la atención del lector.
Ahora, sin embargo, compruebo, con la
nostalgia herida, que hemos retrocedido en ese camino que nos debía conducir a todos
a una valiente madurez y a mirar cara a cara al destino con las armas
que nos puede dar la Razón. Veo que vuelven otra vez Superman y los 4
Fantásticos, que nos machacan con el sonajero de la misma aventura esquemática y
hueca que todos conocemos pero recalentada de nuevo en el microondas, y siento
que nos están condenando a ser hámsteres en la rueda de la idiotez. Por eso me
pregunto si no estamos, como civilización, en una fase profundamente regresiva
de ingenuidad e infantilismo, en una nueva libido social de ocio consumista en la
que los adultos vuelven a buscar, como los niños, todo aquello que tenga azúcar,
o aquellos juegos que queríamos repetir siempre porque pensábamos que siempre
ganábamos y nunca perdíamos.
Con ese panorama, supongo que los Reyes
Magos están felices sabiendo que, para ellos, lo peor ha pasado y que resurge
la bobaliconería crédula. Y es que también son superhéroes, en cierto modo.
* * *
Lo cierto es que sí, he dedicado mucho
tiempo a los cómics de superhéroes y no sirve de nada ocultarlo, como tampoco
puedo ocultar los efectos que el androcentrismo de ese mundo tuvieron en mi
educación emocional e incluso sexual, efectos que costosamente tuve que
enmendar con posterioridad. Empecé a leer esos cómics al mismo tiempo que leía
cómic español (los inolvidables tebeos de Bruguera, no tanto los de TBO y desde
luego nada underground tipo El Víbora) y cómic francobelga. Al cómic
japonés llegué mucho después (con Akira), y ya no caí en la trampa otra vez. Recuerdo
que había también otros curiosos experimentos de narrativa gráfica, como
aquellos Clásicos Juveniles o Joyas Literarias, también de Bruguera, en los que
novelas de aventuras (pero también obras como Moby Dick o Ivanhoe) se adaptaban
al formato de cómic, con unos beneficiosos efectos pedagógicos, en mi opinión.
Entre los dos famosos universos de
superhéroes, DC y Marvel, me adentré inicialmente por este último: no solo
porque se distribuía mejor en los quioscos y ya los leía mi hermano en las
ediciones de la editorial Vértice en blanco y negro (¡hay que ver lo que tardé
en entender que había héroes afroamericanos!), sino por otros detalles. Por
ejemplo, que villanos como Lex Luthor o Joker parecían endebles en comparación
con malvados más enérgicos e intimidatorios como Magneto o el Dr. Muerte. Y,
por supuesto, Superman me repelía especialmente, con su falsa humildad y su irritante
superioridad de lacayo imperialista. Además, las comparaciones entre los dos
imaginarios beneficiaban siempre a los mismos: la Liga de la Justicia palidecía
frente a los Vengadores, como Metrópolis o Gotham frente a Nueva York. Hay que
reconocer aquí que buena parte de esa ventaja se debía a la creatividad de Stan
Lee, que no era precisamente Balzac pero que desde luego no carecía de
imaginación demiúrgica.
Unos años después, ya en los años ochenta
(época en la que empecé a perder interés tanto por el cómic español como por el
francobelga), la rivalidad entre Marvel y DC tuvo otro episodio decisivo,
cuando las dos editoriales publicaron sendas obras ambiciosas en las que
pretendían unir colecciones y personajes de un modo desconocido hasta la fecha,
coordinándolo todo con una ingeniería nada fácil, incluso desde el punto de
vista puramente comercial: hablo de Crisis en Tierras infinitas, de DC, con
guion de Marv Wolfman y dibujos de George Perez, y Secret Wars, con guion de
Jim Shooter y dibujos de Mike Zeck. Pero mientras la primera era un barullo que pretendía arreglar el previo desbarajuste de universos paralelos y
diversas Tierras (reorganizando a sus personajes a base de torpes escobazos de
guion para hacer una limpieza de héroes repetidos), la segunda era una curiosa
cosmogonía sobre la omnipotencia, con personajes que aspiran a un poder
absoluto más allá de lo que conocemos y dioses que compiten entre ellos por ser
Dios.
Shooter era un joven guionista que ya
había desarrollado en The Avengers alguna trama sugerente de fantasía metafísica,
como la saga de Korvac, en la que un personaje inicialmente malvado adquiere,
por azar, un poder también casi absoluto, y cambia de moral para intentar reordenar
el cosmos y llevarlo mesiánicamente a lo que cree que son la paz y el
bienestar. También en esos años empieza su trabajo en Marvel Jim Starlin,
creador de ese singular y macabro semidiós llamado Thanos, tiernamente
enamorado de la Muerte y empeñado igualmente en equilibrar el cosmos a su
manera malthusiana. Esos bosquejos de teodicea dieron más frutos, porque están
en la base de la saga cinematográfica de Los Vengadores en estos últimos años. Pero
a Starlin le debemos otras obras decentes de la época, como La muerte del
Capitán Marvel, en la que sí hay una cierta voluntad realista, porque el héroe
muere de cáncer sin que se produzca ningún milagro por parte de las fuerzas
sobrenaturales del universo, incapaces (por fin) de aplicar sus magias y
recursos maravillosos.
Los historiadores canónicos del comic-book
hablan de una supuesta Edad de Oro que tendría lugar en los años cuarenta y
cincuenta del siglo XX. Pero, al igual que sucede con clásicos como The Spirit,
de Will Eisner, muchos de esos cómics, a pesar de su importancia digamos
diacrónica, son francamente ilegibles hoy para un paladar con mínimo gusto
estético. En cambio, en los años ochenta, aparecieron nuevos guionistas jóvenes
(muchos de fuera de Estados Unidos) que dignificaron el imaginario de los
superhéroes: aparte de Shooter y Starlin, dos de mis preferidos, estarían David
Michelinie (el que alcoholizó a Iron Man), Walt Simonson o Steve Englehart. Y,
sobre todo, Chris Claremont.
Es muy conocido que a Claremont se debe el
enorme éxito de los X-Men desde hace más de cuarenta años. La serie había sido
creada también por Stan Lee y después de una crisis de ventas fue restaurada
con nuevos personajes más internacionales y originales (¡incluso uno
soviético!), primero con Len Wein al mando y después con el joven inglés
Claremont, que aportó un vigor literario evidente, dándole importancia al
narrador y a los bocadillos de pensamiento incluso de los villanos, y
humanizando a los personajes con ambigüedades morales e ideológicas y traumas
psicológicos. A ello le añadió un mensaje sociopolítico, aprovechando las
posibilidades, ya intuidas antes por Jack Kirby y otros, de pensar en la
equivalencia entre mutantes y judíos como seres perseguidos por el fanatismo,
incluso en una democracia como la de Estados Unidos.
En otro lugar analicé cómo Claremont
resignificó metódicamente al personaje de Lobezno, en una operación semántica ejemplar
que ha llegado aún más lejos que el caso de Thanos y que todavía hoy da
resultados en el cine. Pero no todo era mérito de Claremont: sus mejores años
llegaron cuando formó equipo con el dibujante medio inglés, medio canadiense,
John Byrne, maestro a la hora dibujar pómulos de hombres y ojazos de mujeres. Ambos llevaron a cabo una monumental saga de casi treinta números (del
108 al 137) en la que los héroes de lo que entonces, inexplicablemente,
conocíamos en España como la Patrulla X pasan aventuras bastante penosas en la
Antártida, Japón, Canadá y Escocia e incluso en una civilización galáctica
ultrasofisticada, los Shi’ar.
La saga tenía un arco narrativo de lo más
trágico: empezaba, un poco antes de la entrada de Byrne, con la muerte accidental
de Jean Grey y su resurrección como Fénix, alcanzaba su clímax con Fénix
salvando al mismísimo universo del apocalipsis y terminaba ni más ni menos que con
el suicidio del personaje en la Luna después de haber perdido el control de sus
nuevos poderes y haber provocado una masacre planetaria más allá de toda medida.

En su momento, a pesar de tanto tremendismo
galáctico, me pareció lo más literariamente maduro que había leído en cuestión
de superhéroes, mucho más que la muerte de la dulce Gwen Stacy a manos del
Duende Verde; aunque también debo reconocer que hace poco descubrí, con
decepción, que una parte de esa trama plagiaba con descaro un episodio de la
curiosa serie de televisión sesentera The Avengers, porque de ahí tomaron
Claremont y Byrne el Club Hellfire con sus toques fetish (tema reciclado a su vez en
la película X-Men: First Class), inolvidablemente encarnados por Diana Rigg:
Antes de separarse, Claremont y Byrne aún
depararon otra obra famosísima: Days of the Future Past, una distopía sobre un
genocidio de mutantes que los héroes intentan evitar retroactivamente con un
salto al pasado, y que es un precedente muy claro de Terminator (aunque antes
de ese número de X-Men, ya había habido, que yo sepa, otro ejemplo de salto en
el tiempo para reescribir y evitar el futuro apocalíptico: Huida del planeta de
los simios, de 1971).
Mucho se ha rumoreado sobre hasta qué
punto Byrne intervenía en los guiones además del dibujo. Es verdad que, en su trayectoria
en solitario, Byrne intentó afirmarse como guionista y nos dio algunos momentos
interesantes, como en esa otra cosmogonía, El juicio de Galactus, en la que, en
un truco unamuniano (aunque dudo mucho que leyera al vasco), el propio Byrne se
convierte en personaje y coexiste con los Cuatro Fantásticos y demás héroes. Sin embargo, más allá de logros como ese, en mi opinión, ni Byrne ni
Claremont, una vez separados, igualaron la altura de esos años fecundos.
Claremont intentó después del divorcio una
obra seria y realista con solemnidad de novela y formato cerrado, es decir, no
serial: Dios ama, el hombre mata, que será muchos años después la inspiración
del guion de la película X-Men 2. Pero es evidente que el negocio mutante se le
fue de las manos y que empezó a ser desbordado por las nuevas colecciones (Los
nuevos mutantes, Excalibur) y por la repetición de tópicos en The Uncanny X-Men. Aun así,
sus comics mantuvieron durante años la temática social y la complejidad psicológica
en un nivel superior al de la mayoría de sus colegas. Su manera de trabajar a
personajes como Magneto, Xavier o Tormenta, amén, claro, de Lobezno, sigue
siendo más que digna artísticamente y una prueba de ello es el modo en que la
industria del cine se ha aprovechado de ello en este siglo. Lo peor del legado
de Claremont no es, en realidad, culpa suya: Jean Grey finalmente resucitó de
nuevo en Los Cuatro Fantásticos, de la mano de Byrne (¿traición?), y la
historia siguió degenerando hasta casi romper del todo el encanto de la saga de
los ochenta, que aún hoy se deja leer aunque solo sea porque, de algún modo,
muchos nos enamoramos de la pobre pelirroja Jean Grey y la compadecimos por sus
pasiones hiperbólicas y, en cierto sentido, muy sexuales.
* * *
En esos años ochenta la industria
audiovisual estadounidense empezó a desarrollar todo el imaginario que ha ido
engordando el sistema hasta hoy: Star Wars, Alien, Depredador, Terminator,
Indiana Jones… Visto con perspectiva ese
archivo de ficciones, resulta curioso que no haya tenido secuela un gran éxito de los ochenta como E.T. Es un alivio, desde luego. En cualquier caso, en ese
laboratorio de nuevos mitos del capitalismo y la sociedad de consumo ya estaba
cifrado el fin de la Guerra Fría: el socialismo nunca ha podido ofrecer un arte
para las masas comparable e igual de persuasivo.
En el caso del cómic de superhéroes, los
fallidos intentos de adaptación al cine (no de Superman —gracias sobre todo a
Gene Hackman—, pero sí de Spiderman o Hulk, por ejemplo) permitieron una etapa fértil
de autonomía y complejidad en el lenguaje del género hasta que llegó el Batman
de Burton. Se hizo frecuente el trasvase de guionistas entre Marvel y DC, y
esta última editorial recuperó la iniciativa relanzando sobre todo al Hombre
Murciélago. Para ello contó con proyectos nuevos, tanto en el guion como en el
dibujo, con toques más siniestros y expresionistas. Ahí aparece Frank Miller
con El regreso del Señor de la Noche (que tuvo una secuela bastante más floja),
pero también Grant Morrison que, con el formidable dibujante Dave McKean, nos
deparó el sórdido Arkham Asylum, así como el joven Neil Gaiman, que contó con
el mismo McKean para regalarnos la inesperada sutileza de Orquídea Negra. Y,
por encima de todos, entra en juego el Cervantes del cómic: el totémico Alan
Moore, que aportó a DC una reinterpretación del personaje de Joker (en The
Killing Joke) que anticipa lo que luego harán (meritoriamente) Christopher
Nolan o Todd Philips.
¿Qué más se puede decir hoy sobre Alan
Moore? Hay una prueba muy evidente de hasta qué punto es un autor anómalo y
herético en el imaginario pop dominante hoy de las fantasías procedentes de
Estados Unidos: en las trece temporadas de The Big Bang Theory se mencionan
cientos de personajes y tópicos del repertorio friki, pero jamás se le menciona
a él o sus obras. Por eso pienso que sería mejor compararlo con otro genio
maltratado por la gran industria: Orson Welles. Ya hablé con calma en un artículo de lo que supuso Watchmen como revolución en forma y contenido y no me
repetiré ahora. Es sabido que en nuestros días el maestro despotrica no solo ya
de las versiones cinematográficas de sus cómics, sino de su propio pasado como
guionista, quizás arrepentido de haber contribuido a que el cómic haya
alcanzado la alienante proyección simbólica y económica que tiene hoy. Pero el
caso es que le debemos unas capas de sentido desconocidas hasta entonces en el
mundo del cómic, y no solo de superhéroes. Claro que tenemos también a Art
Spiegelman, Carlos Giménez, Héctor Germán Oesterheld o Marjane Satrapi, entre otros
muchos, pero quizá en Moore es donde mejor se calibra el conflicto crucial
entre vanguardia artística y consumo masivo en lo que respecta al cómic. Y la
degradación de su legado es, en ese sentido, sintomática del camino aberrante
del cómic de superhéroes en el nuevo siglo, en el que se está forzando tanto la
máquina que parece a punto de reventar.
* * *
Una de las claves del ritmo de producción
actual de ficciones de superhéroes en los diversos medios es la propiedad de
los derechos de los personajes, centro de múltiples batallas y laberintos
legales. Alan Moore era el Cervantes del cómic, sí, y le salió su Avellaneda,
el autor del falso Quijote que se publica después de la primera entrega
cervantina. Pero en realidad no le ha salido uno, sino muchos Avellanedas.
Moore no consiguió tener los derechos de los personajes de Watchmen y eso ha
provocado una burda explotación comercial de sus criaturas. Primero con la
serie de cómics Before Watchmen, luego con la serie de televisión de Damon Lindelof para HBO y ahora con la obra de Geoff Johns, El reloj del juicio final.
Esta obra es, desde luego, bastante mejor
que el regüeldo delirante de Lindelof y parte de una idea juguetona y golosa:
mezclar el universo de Moore con el universo DC. En otras palabras: poner en el
mismo plano de “realidad” al Dr. Manhattan y a Superman, o al Joker y el
Comediante. El resultado es, sin duda, una afrenta a las ideas de Moore, pero
comercialmente qué duda cabe de que podía tener su atractivo para un público
que quiere tener todos los juguetes en un solo armario.
Claro, yo también soñé en su momento con
enfrentar los poderes de Darth Vader con los de Magneto, o a que el profesor
Xavier intentara manipular la mente de Mr. Spock. Pero eso son residuos de mi
época de creyente. Es cierto que no todo son Avellanedas y que todavía quedan
guionistas interesantes y audaces; mi preferido, entre los que conozco, es Mark
Millar, creador de Civil War y El viejo Logan, dos obras mejores en papel que
en las adaptaciones al cine. Pero lo que hoy tenemos, tanto en Marvel como en
DC, es, básicamente, una plúmbea y caótica promiscuidad de universos
ficcionales paralelos, contrapuestos, mezclados o centrifugados, con saltos en
el tiempo y en el espacio, reinicios y todo tipo de acrobacias para mantener
viva la maquinaria y permitir que el personaje tenga mil aventuras alternativas
sin que ninguna sea definitiva; para seguir alimentando el negocio, en
definitiva. Por eso, Marvel creó en 2000 todo un nuevo universo (Ultimate) para
reiniciar a sus personajes y su cronología, ante los absurdos de personajes que
tienen la misma edad con J.F. Kennedy que con Barack Obama; pero ese nuevo
universo se ha convertido, para algunos como yo, en una pesadilla lectora, una
indigestión de datos y aventuras. Y una derrota profunda del realismo que
costosamente se había alcanzado a finales del siglo XX.
Sí, el realismo, ese gran problema del que
parece que estamos huyendo siempre; en cómic, en cine, pero también en
literatura. La coartada para todo el antirrealismo actual de las industrias Marvel
y DC es, curiosamente, la ciencia, y en especial las teorías sobre universos y
multiversos, teorías que a mí me consuelan aún menos que la cháchara religiosa. En cierto modo, se trata de lograr un simulacro de eternidad, un
intento de refutación del tiempo que, con banalizaciones científicas, espera
seguir suspendiendo la incredulidad de los lectores; no solo de los más
jóvenes, sino también de sus padres, y quizá abuelos. A veces le aplican una
cierta ironía a la idea, conscientes de que se les puede ver demasiado el
truco: sería el caso, en cine, del final de The Flash, o de Spiderman: No Way Home;
en ambos casos llegan a coincidir en pantalla diferentes actores que han
interpretado (o podido interpretar) a los héroes, en una argucia metaficcional
que solo puede sorprender a los que no han abierto muchos libros. Pero, aunque
en ocasiones haya una cierta sagacidad en las historias, lo que predomina hoy es
la sensación de vértigo, o mejor aún, de empacho. El archivo de los superhéroes
se ha vuelto densísimo, con una información casi imposible de controlar, entre tantos
mundos alternativos y destinos volátiles.
Puede que el problema sea mío y de mi
ineluctable vejez. Pero a veces pienso que quizá la vejez la tiene el cómic de
superhéroes, que lucha grotescamente contra el tiempo e intenta refutarlo para seguir
haciendo caja. Y en eso me viene a la cabeza alguien que también se preocupaba
mucho por Dios y por el tiempo, y que incluso escribió un ensayo titulado “Nueva
refutación del tiempo”. Hablo de un tal Borges, a quien no se le engañaba tan fácilmente: “And yet, and yet…negar la
sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son
desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia
del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es
espantoso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro”. Sí, el
mundo, desgraciadamente, es real; los superhéroes, no.