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viernes, 1 de mayo de 2026

 

GANAR DINERO Y PERDER CRÉDITO

Aunque nunca me invitan a opinar sobre qué novelas españolas del nuevo siglo considero decisivas, dedico cierto tiempo a ensayar mentalmente mi respuesta y no tengo dudas de que Patria es, efectivamente, una de esas cinco o diez novelas. La comenté por aquí en su momento y me reafirmo en lo que dije entonces. Patria, incluso con sus posibles defectos, era una novela que respondía a unas necesidades literarias y llenaba un vacío evidente; no parasitaba los mitos cansinos de siempre, como Anatomía de un instante, sino que devolvía a la ficción novelesca su fuerza reveladora, y lo hacía sin trampantojos ni tantos requiebros ideológicos. 

Confieso que después perdí un poco la pista a la trayectoria de Aramburu. Me faltaba, en ese sentido, enfrentarme a la serie "Gentes vascas", con la que el autor intenta, según ha afirmado, trazar un dibujo de literario de su época y de su tierra natal, mediante historias centradas en personas normales y corrientes.  He empezado la serie por el título más reciente, Maite, que ha sido uno de los libros más vendidos en Sant Jordi (eso, admitámoslo, no es un buen indicio). Y mi conclusión es que poco queda aquí de la potencia narrativa de Patria, de su capacidad para afrontar literariamente una realidad compleja y multifacética. 



Como corresponde a ese proyecto de intrahistoria vasca, Aramburu ha elegido en Maite un microcosmos familiar muy sencillo, centrado en dos hermanas (Maite y Elene) que se reencuentran en San Sebastián después de trece años sin verse, ya que Elene empezó una nueva vida en Estados Unidos. Las dos mujeres están casadas pero progresivamente iremos conociendo las crisis de sus relaciones, siempre desde la perspectiva de Maite, que es la protagonista. Esa perspectiva recurre a un truco narrativo que implica evitar el hartazgo por los narradores en tercera persona (heterodiegéticos): la poderosa imaginación de Maite la lleva a fantasear a menudo, incluso con entrevistas imaginarias en las que expone sus ideas personales, morales y  también políticas. De ese modo, la voz del narrador parece descansar y las ideas fluyen de otro modo, más dialógico y creativo. Sin embargo, ese intento de romper la monotonía de la novela no es suficiente para darle a la novela la consistencia que necesita.

La estructura familiar (que se completa con otra figura femenina, la madre de las dos hermanas, ya viuda) adolece de una blandura excesiva. Para intentar equilibrarlo, hay política en la novela y el terrorismo vasco vuelve a tener una función importante, como es lógico teniendo en cuenta su importancia social durante tantas décadas. Y es que el reencuentro familiar, con sus sorpresas y crisis, coincide casualmente con un momento histórico impactante: el secuestro y posterior asesinato de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA en 1997. Es decir, tenemos a personajes normales y corrientes en un contexto que no es normal, sino excepcional. Pero el ensamblaje literario entre la historia familiar y la historia política funciona bastante mal. Le falta garra; la tremenda tensión de esos días decisivos en la lucha contra ETA está ensordinada, aunque aparezca en las reflexiones y en la sensibilidad de Maite, que vive el suceso desde la tristeza y también desde ese coraje pacifista que empezaba a aflorar con más decisión en el contexto vasco en esos años. Pero hay poca interpenetración entre microcosmos y macrocosmos; el trasfondo político es tan superficial que acaba siendo casi decorativo y poco convincente. Podría quitarse de la trama sin que supusiera un gran cambio. Y, sobre todo, se echa de menos una reconstrucción más perfilada de las fuerzas sociales y políticas que entraron en acción en esos días concretos que se convirtieron en una oportunidad histórica para el fin del terrorismo. Lo que pasó en esas horas aceleradas y trágicas daba para una nueva versión de Patria, seguramente. No es el camino que ha querido seguir Aramburu, desde luego. El problema es la falta de energía de esta novela, la languidez del resultado, tan carente de tensión y abismo y, en cambio, tan serena de espíritu y tan bondadosa. El exceso de ternura e inocencia en los personajes y sus diálogos acaba dándole a la novela un aire a telenovela simplona. Muy lejos, por ejemplo, de una novela potente como Martutene (2013), de Ramon Saizarbitoria, también centrada en lo que podía ser una historia privada de la nación vasca en tiempos "recios".

Visto así, el empeño de Aramburu con su serie de Gentes vascas puede parecer, en primera instancia, galdosiano o balzaciano, pero tengo la impresión de que es más una estrategia vulgarmente comercial a la manera de Almudena Grandes con sus Episodios de una guerra interminable: una estrategia basada en ofrecer productos para satisfacer periódicamente la demanda de los lectores con la excusa de un proyecto ambicioso en el que los defectos de cada novela se suplen por el valor del conjunto. Creo, en ese sentido, que Maite es otro ejemplo de los riesgos de la sobreproducción en nuestros tiempos, sobre la que he hablado varias veces en este blog y que me parece uno de los graves problemas de la literatura actual, en especial la española. Porque esta novela puede significar un beneficio económico inmediato para el autor (y eso es muy respetable, que quede claro), pero también es una forma de perder parte del crédito acumulado por una novela como Patria, que quizá no merecía una continuación como esta.


                                    



domingo, 22 de enero de 2017

PATRIA

¿La tenemos, por fin? ¿Tenemos la Gran Novela sobre el terrorismo vasco, sobre la cuestión política más grave y trágica de la España democrática? ¿Será que por fin la narrativa española empieza a encarar los problemas decisivos y a abandonar el perfil bajo con el que funcionó plácidamente en los tiempos felices del crecimiento económico y la alienación colectiva?
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Como mínimo, habría que decir que más de un escritor español (sea del tipo cipotudo, del anglófilo o del intelectualoide) debería tomar nota de algo que Patria revela y a la vez perpetúa: el vigente poder de la novela para explorar la auténtica jerarquía de los problemas sociales. Por eso no creo que sea muy arriesgado afirmar que esta novela de Fernando Aramburu va a convertirse en un jalón de la novelística española de la democracia. Aunque también es cierto que jalones ha habido muchos desde La verdad sobre el caso Savolta, e incluso Historias del Kronen y Nocilla Dream lo fueron, en cierto modo; y también es posible, en ese sentido, que el éxito de Patria sea un impacto comparable al que en su momento fue otra "novela del año", Soldados de Salamina, ante todo como problematización que busca un amplio rango lector, y que por tanto busca un nicho de mercado, especialmente ahora que la batalla vasca ya no es tan violenta ni en el terreno policial ni en el simbólico. Sin duda, Aramburu ha gozado por eso de una ventaja evidente y el tiempo le ha permitido evitar el linchamiento brutal que, por ejemplo, recibió el intento de ecuanimidad de Julio Medem con La pelota vasca. Por otro lado, el hecho de que incluso la siempre detestable Telecinco cree ya miniseries de tema vasco (inspiradas en una novela, digamos, de Rafael Vera, que seguramente escribirá mejor que Corcuera), aumenta la inquietud ante el posible advenimiento de múltiples productos artísticos oportunistas centrados en el terrorismo vasco.
En realidad, las condiciones de adaptabilidad de la novela de Aramburu –vivaz, dinámica, poco lírica y a veces muy transparente- permiten pensar que pronto la veremos traducida a imágenes. Pero no se puede objetar mucho más a la solución formal adoptada por el novelista: su realismo, apoyado en la versatilidad de la representación de los discursos mentales y orales de los personajes, es penetrante y luminoso, está lleno de delicias narrativas en forma de perfiles íntimos sufrientes y complejos y tiene un completo despliegue de relaciones de causa y efecto que explican el denso movimiento social de un espacio concreto y limitado sin necesidad de incurrir en los tópicos de la querella permanente sobre la cuestión vasca. Y no le falta imaginación estructural: convertir en núcleo de la novela no tanto el enigma de un crimen como la petición de perdón sobre un crimen es una audacia neopoliciaca arriesgada pero que funciona felizmente, en el límite justo, creo, de la contención sentimental y el mensaje redentorista.

Hay terrorismo y hay terror en esta novela, que expone sin concesiones la intensidad asfixiante y totalizadora de la violencia, e incluso describe la enorme fuerza social y también militar que ETA llegó a tener –no nos engañemos- en determinados momentos. Sin duda, el tribalismo feroz del mundo rural (con personajes viles como ese cura casi decimonónico) es registrado con minuciosidad, aunque esa concentración sociológica es al mismo tiempo fortaleza y debilidad del texto. Al haberse centrado en dos núcleos familiares rurales, la novela gana en emotividad (y en sentimentalismo, dirán algunos) pero carece de esa verticalidad necesaria para entender determinados mecanismos de poder (de un bando y del otro) que han sido fundamentales en la gestación, la intensificación y ahora la solución de la violencia. Esa verticalidad es la que, por ejemplo, tan bien supo rentabilizar literariamente Vargas Llosa en Conversación en La Catedral, paradigma de novela sobre la corrupción moral de un periodo histórico ominoso (con personajes como el inolvidable Cayo Bermúdez). O la que más recientemente plantea otro peruano, Alonso Cueto, en la extraordinaria Grandes miradas, que afronta la terrible violencia de Estado en los tiempos de Fujimori atreviéndose a explorar en la ficción la interioridad despótica y miserable del mismísimo Vladimiro Montesinos. Desde esa perspectiva, como novela sobre el trauma histórico de la violencia, Patria funciona perfectamente dentro de la reflexión que permite su acotamiento sociológico. Habrá que ver qué novelista se decide a partir de ahora a completar la necesaria exploración elevando y diversificando el alcance crítico.