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sábado, 4 de mayo de 2024

 ATEOS DEL ARTE (y 3 DE 3)


Masa y gusto

Buena parte del problema deriva de un tema añejo: la relación conflictiva entre lo intelectual (o lo artístico) y lo masivo (es decir, lo público o político). La reflexión sobre el tema viene de muy lejos, como sabemos, y no pienso ponerme en ridículo aventurando un resumen que deje en evidencia mis lagunas filosóficas. No solo se trata de la actualidad de la querella entre apocalípticos e integrados, sino también del fracaso, por ejemplo, del marxismo a la hora de conseguir un arte duradero para las masas, frente al triunfo de Disney o Hollywood, quizá decisivo para ganar la Guerra fría. En el ámbito hispánico, podemos recordar que el problema, antes de Ortega y Gasset, ya está presente en un libro que hoy es más actual de lo que parece: Ariel (1900), de José Enrique Rodó, perfecto ejemplo de elitismo humanístico frente a la tiranía numerocrática de los calibanes obsesionados por lo material. Como sabemos, ese libro ha sido el punto de partida de todo un recorrido muy fecundo y polémico en lengua española, y la alegoría de los arieles y los calibanes sigue siendo jugosa hoy.

Uno no quiere ser arielista porque eso suena fatalmente patriarcal, antidemocrático y eurocéntrico, y se asusta ante la idea de incurrir en los errores de un seguidor de Rodó como fue Rubén Darío: “La insurrección de abajo tiende a los Excelentes. / El caníbal codicia su tasajo con roja encía y afilados dientes”. Lo excelente, como lo sublime, no está de moda, desde luego; pero que algunos no sean caníbales y tengan derecho a voto y al subsidio de desempleo no significa que su opinión sea ley y que ganen simplemente por ser más. Cierta mala conciencia progresista es muy indulgente con estos consumidores culturales y se limita a respetar su soberanía o a reconducirla para alcanzar un supuesto objetivo “feliz”. El antiautoritarismo degenerado desde los viejos tiempos sesentayaochistas parece dar carta blanca a la nueva cultura del ranking por la cual la calidad del cine depende de las encuestas en IMDB, por ejemplo, y la literatura de consumo masivo es valiosa simplemente porque tiene mayor efecto social. ¿Se convertirán así Pérez-Reverte, Dueñas o Ruiz-Zafón en la Pléiade española del futuro? Poco falta.

De ese modo, como ha estudiado de manera amena y rigurosa Vicente Luis Mora en La huida de la imaginación (Valencia, Pre-Textos, 2019), el arte se convertiría en otro producto de mercado sometido a la regla esencial del placer consumidor, como en TripAdvisor, o, peor aún, al capricho del do it yourself por el que cualquiera puede ser artista simplemente por juntar letras y contar hechos que ni se ha esforzado en inventar. Si un libro le gusta a mucha gente y su éxito es verificable, es automáticamente bueno. A partir de ahí, el truco es fácil: si quieres ser artista, elige una historia que ya sabes que gusta porque el público cree conocerla bien, y de ser posible elige una que ya tenga el final escrito, para no tener que imaginar mucho y asegurar la reacción del lector (holocausto, guerra civil, crónica de sucesos, 23-F, muerte de un familiar conocido o relevante). Para qué hacer caso de lo que decía un tipo como Aristóteles sobre historia y ficción (¡el tío defendía la esclavitud!): mejor cuenta lo que sucedió realmente y hazlo pasar por literatura, con tres o cuatro brochazos de posmodernidad; no cuentes lo que podría haber sucedido, que siempre tiene más riesgos y te puedes equivocar con un final demasiado amargo que te fastidie los datos del Nielsen (la maléfica base de datos de ventas que te da o no capacidad de crédito como escritor para que te publiquen). No es de extrañar, por tanto, la aparición de tanto trampantojo literario en los últimos años, desde las autoficciones de trileros hasta esos especialistas en jugar con dos barajas, los novelistas de no ficción, con sus parques temáticos y sus excursiones de turismo literario.

No entiendo cómo este escenario puede dejar tranquilo a alguien que se haya tomado la molestia, la lenta molestia, de leer a Proust (que no es mi preferido) o ver el cine de Bergman (que sí lo es). Insisto en que no quiero idolatrar a los creadores y convertirlos en héroes milenarios de la Sagrada Belleza, ni por supuesto glorificar el aburrimiento como una forma de distinción social; pero eso no significa aceptar sin más que todos los proyectos artísticos son igual de meritorios, el de Sandra Barneda con el de Carmen Laforet, el de Christopher Nolan con el de Pasolini, el de Don Winslow con el de Fernanda Melchor, el de Cervantes con el de Avellaneda, 2001 con Star Wars, Espartaco con Gladiator, El gabinete del Dr. Caligari con Shutter Island. O que cualquier lectura de una obra literaria es igual de válida, y Octavio Paz, Walter Benjamin, Beatriz Sarlo, Susan Sontag o George Steiner leen igual de bien que cualquier tuitero o forero.

El “buen gusto”: he ahí la madre (uy, perdón) de todos los problemas. La expresión huele a esnobismo y a elitismo, desde luego. Parece que la tendencia es acabar con el monopolio del gusto y demostrar que todos los paladares son iguales. Si la literatura no es un saber específico, sino pura voluntad, el ciudadano se convierte en crítico de arte e incluso artista, si lo desea, igual que opina de enfermedades y le discute al médico de cabecera su diagnóstico porque ha leído en internet un artículo científico. Y a partir de ahí, que gane el mejor, es decir, el que más venda o mejor puntuación saque en las encuestas. ¿Puede haber algo más democrático que una encuesta? (Bien que lo sabemos en Cataluña, donde las encuestas son verdades inapelables y algún día el 105% estará a favor del “derecho a decidir”).

Supongo que no es justo decir que el mundo está lleno de imbéciles que opinan sin saber, pero lo cierto es que yo no opino de física cuántica ni le discuto al médico los resultados de una resonancia magnética. Muchas veces he sido consultado por gente de buena fe (alumnos, amigos que no son del gremio) acerca de los criterios esenciales para juzgar el valor de una obra de arte. Como decía Juan Goytisolo, hablo de lo poco que sé y no de lo mucho que no sé; apenas sé un poco de literatura, y muy poco de otras artes. Los que me preguntan confían (seguramente demasiado) en que yo les dé una respuesta para saber elegir un regalo de Reyes, y lo primero que hago es decirles que los Reyes Magos son parte del problema; es decir, la sociedad de consumo, con Melchor Amazon, Gaspar Corte Inglés y Baltasar FNAC. A partir de ahí, trato de darles una respuesta didáctica que insista en algo esencial: la obra de arte puede, en efecto, entretener (antes servía casi siempre para propaganda de la Iglesia o adulación a los poderosos), pero no es su función prioritaria en lo que conocemos por cultura, porque adquiere una complejidad superior que sólo se entiende (se valora, se disfruta) a través de un esfuerzo intelectual que implica un mínimo de conocimiento del lenguaje en cuestión y la historia misma de la cultura. El arte debe producir un placer difícil, porque la dificultad es la clave, incluso cuando es el neopopularismo de García Lorca o los romances de Góngora o Lope.

La obra de arte es un signo complejo, que forma parte de una comunicación especial, distinta a la de otros signos, como una señal de tráfico, una canción de Georgie Dann, un anuncio de Movistar o un vídeo de El Rubius. Puede que no sea un signo éticamente mejor y que todos los signos sean igual de respetables; pero me parece obvio que es un signo más difícil como parte de una comunicación más sofisticada, en la que entran en juego códigos y subcódigos (tradiciones, imaginarios, reglas compositivas, etc.). Puede, sí, que algún día prescindamos de esos signos y vivamos en una Arcadia feliz de comunicaciones simples, efectivas, conciliadoras, inclusivas e igualitarias; pero desde que leí de adolescente San Manuel Bueno, mártir siempre he tenido alergia a la ignorancia feliz.

Por supuesto, centrar la discusión en el concepto de dificultad implica el riesgo de ensalzar por error obras herméticas, pretenciosas o laberínticas, pero la alternativa es peor: se llama pereza. Pereza a la hora de interpretar, de leer o de escuchar. Pereza que es a la vez desprecio al pasado, infantilismo y vanidad narcisista de influencer o de niño educado en la pedagogía del bienestar según la cual lo que aburre o cuesta esfuerzo es indiscutiblemente rechazable. Pereza a la hora de afrontar las diferencias intrínsecas entre textos, pereza para reconocer el virtuosismo con el lenguaje, pereza para sumergirse en determinadas construcciones verbales que lógicamente son menos divertidas que un vídeo viral de Tik Tok pero que algo tienen de interés: los matices del Lázaro de Tormes narrador cuando habla de “arrimarse a los buenos”, la elipsis gloriosa del éxtasis en Cántico espiritual, el increíble repertorio de ontologías de los personajes del Quijote, la anáfora maravillosa de Borges en “El Aleph”, las cincuenta metáforas consecutivas de Neruda en Alturas de Macchu Picchu, la polisemia de la palabra cisne en Rubén Darío (y mira que yo he querido torcerle el cuello al cisne muchas veces, incluso como profesor), los ciento noventa molinos de Huidobro en Altazor, la paralipsis admirable de Juan Preciado en Pedro Páramo, la sintaxis asombrosamente tejida de El otoño del patriarca, y tantos otros logros nada casuales que no entiendo por qué hay que descartar o sustituir (¿en beneficio de qué? ¿o de quién?) y que nos enseñan -¡claro que sí!- a manejar el lenguaje, a optimizarlo incluso, si se me permite el término, para afrontar las complejidades del mundo, que son muchas y nada fáciles de entender.

Qué duda cabe de que cuesta aprender ese lenguaje secundario que es el arte –a mí me ha costado décadas empezar a entender algo- y de que se puede vivir sin él una vida feliz y completa; lo infame es hablar de ese lenguaje como si se conociera y fuera fácil de manejar, y encima se gane dinero o prestigio con ello. Y peor aún: que creamos que vamos a ser más justos y felices ignorando el pasado y sustituyendo, por ejemplo, la gimnasia intelectual que otorgan los clásicos por la gimnasia física, como si la semántica no fuera un músculo que se tuviera que trabajar también, a riesgo de atrofia.

La elite del arte y la cultura ha cometido muchos errores (en España, entre otros, impulsar partidos como Ciudadanos o UpYD…) pero la solución no puede estar en la claudicación ante criterios falsamente democráticos. Ya está bien de mortificaciones exageradas; el reguetonismo cultural que hoy nos invade, basado en el infantil principio del placer, puede ser muy legítimo por democrático, pero no tiene nada que ver, por mucho elixir posmoderno que le apliquemos, con el conjunto de saberes y procedimientos de comunicación y representación que entendemos como arte, destinados precisamente a producir, como decían los formalistas rusos, percepciones más difíciles y singulares de los objetos, pero también más duraderas.

La nueva grey laica de la sociedad de consumo ya no se reúne en la iglesia, sino que disfruta de su hiperindividualismo y se cree con derecho a todos los placeres sin esfuerzo. Escucha música ante todo para bailar y seducir y ve a sus héroes una y otra vez en cine y televisión hasta que se cansa y los desecha porque el juguete se desgasta; ese mismo individuo ignora que existió el cine en blanco y negro (o le parece tan viejo como Altamira); se le cae la baba con los efectos digitales sin haber visto las exquisiteces de Excalibur o los “monstruos” reales de Freaks (la de Browning, claro); rechaza el canon sin haberlo leído, solo porque le huele a rancio, machista y clasista; prefiere una novela sobre el siglo XVI escrita por un presentador de televisión a cualquier texto realmente del siglo XVI, aunque lo pueda encontrar digitalizado en una biblioteca; y peor aún, se considera capacitado no solo para opinar de arte, sino también para contar una historia (que suele ser la de su aburrida vida o lo que él considera su gran trauma) o reflexionar con prepotencia sobre aquello que le interesa del modo más egoísta, sea fútbol o política o Picasso o los Beatles. Rechaza lo complejo y lo lento, y prefiere lo fácil, inmediato y sustituible. Vive, por tanto, en la puerilidad de considerar que la cultura solo vale si satisface su necesidad caprichosa y primaria: no le interesa ningún posible placer estético si ya tiene otro placer más rápido a su alcance.

¿Esto que describo es una catástrofe? Quizá no; quizá el único problema sea el atasco en la falda de la montaña de la que hablaba al principio y que ahí nos pille un alud (¿otra pandemia?). La guerra o el hambre sí son algo grave; miles de obras superfluas y olvidables solo son una pobre biblioteca. Todo este panorama no sería demasiado alarmante (¿acaso alguna vez, en la Historia de la Humanidad, hemos vivido una época de cultura elevada y masiva al mismo tiempo?) si no fuera porque desde algunas posiciones académicas y políticas se está ayudando a esa masa a sentirse cada vez más reforzada en su vanidad hedonista; las elites pos, los intelectuales quintacolumnistas, quieren guiar a las masas de nuevo (¡como si no hubieran fracasado una y otra vez desde hace tanto tiempo!), para que les vitoreen y aplaudan en señal de agradecimiento. Y el problema puede empeorar en el futuro.

¿Acaso hay alguna otra opción realista aparte de esa resignación? En otras palabras: ¿qué hacemos con el Templo de la Alta Cultura? ¿Lo derruimos, aceptando que solo fue una ilusión elitista que el nuevo orden mundial no necesita? ¿Lo dejamos como está, esperando que algún día la masa vea la luz? ¿Lo protegemos, encerrándonos y encastillándonos en él, aun a sabiendas de que las provisiones son limitadas y estamos en minoría? ¿O abrimos la puerta para permitir que entren algunos? ¿Y si es así, quiénes, cómo, para qué, con qué salvoconducto?

Mi respuesta es, hoy por hoy, clara: hay que proteger el Templo, aunque sin duda haya que ventilarlo un poco. Que la resistencia sea inútil no significa nada; hay que seguir de derrota en derrota… hasta la derrota final (que es la de todos y todo). Además, el Templo está amenazado, sí, por la turba exterior, pero también por unos infiltrados que ya están dentro y están carcomiendo los muros defensivos: son, evidentemente, los mercaderes del templo, y desde luego no soy el primero que utiliza esa expresión. Hay que detectarlos a ellos, ante todo.

Presumen de críticos, artistas y profesores independientes y son la quinta columna del mercantilismo. Que a la masa no le interese pasear por el Templo (ni aunque sea gratis) no es ninguna novedad; llevamos siglos así, y hay que ser un poco ingenuo para pensar que algún día todo el mundo dedicará un rato diario a leer, escuchar o ver a los clásicos del arte y del pensamiento. En realidad, la masa decidió hace mucho que no quiere vivir en el Templo; prefiere buscar cualquier otro terreno que sea edificable para montarse su Edén de confort. Algunos falsos sacerdotes del Templo lo saben, y por eso salen a escondidas por la noche para hacer negocio al otro lado de las líneas enemigas mientras de día presumen de la autonomía de la cultura y exhiben orgullosamente sus credenciales de mártir. Esa es la batalla crucial, en el fondo: el control del Templo y de sus puertas de acceso. Si Enrique Krauze o Juan Cruz son los guardianes del Templo, ya sabemos que se va a cobrar entrada. Hablo sobre todo del Templo hispánico, que es el que mejor conozco; en él, la codicia y la hipocresía son muy abundantes y, aunque de un tiempo a esta parte abundan las denuncias (Gullón, Dalmau, Morán, el grupo CT, etc.), los paniaguados del sistema siguen gozando de su poder. Y con ello volvemos a lo que nunca hay que olvidar: la batalla por la defensa de la alta cultura no puede desligarse de otra batalla crucial, la ideológica.

Defender a los clásicos y la alta cultura no significa, necesariamente, defender el patriarcado, la desigualdad social, el racismo y el eurocentrismo. En mi Templo ideal (mi república independiente de la cultura), las obras no se adoran, sino que se estudian y se discuten lentamente porque la prisa no es necesaria; se valoran como problema, se dialoga desde el horizonte del presente para conocer en la medida de lo posible el horizonte del pasado perdido, se observa cómo han sido modelos para entender el mundo y el lenguaje, se disfruta de sus enigmas y de sus resonancias internas. Y, sobre todo, no se hace negocio. Se hace ocio libre, maduro y crítico. Lo inmediato está prohibido. El que quiera bailar reguetón o leer el premio Planeta, que se vaya a su casa.

¿Que soy despótico y elitista? Seguramente sí, pero quizá haya llegado el momento de defender algo así como una nueva moral de la estética. Gilles Lipovetzky y Serroy resumían de manera muy didáctica la historia de la relación entre el arte y la sociedad a partir de una serie de etapas básicas: “después del arte para los dioses, el arte para los príncipes y el arte por el arte, lo que triunfa ahora es el arte para el mercado” (La estetización del mundo, Barcelona, Anagrama, 2015, p. 21). Tan simple como eso. Me parece evidente que el arte clasista al servicio de los dominantes es evidentemente imposible de mitificar y poner en mármol como verdad suprema, y que el arte por el arte es un anacronismo como todas las teologías y los misticismos artísticos; pero igualmente creo, y hay que decirlo una y otra vez porque a veces se olvida, que el mercado embrutece y mecaniza los lenguajes y las percepciones estéticas.

No veo otra solución que volverse ateo del arte (un poco a la manera de Michel Onfray): desmitificar a los dioses y los ensueños trascendentalistas, pero para elegir, con radicalidad materialista, lo inmanente por muy pequeño y precario que sea y protegerlo como un tesoro no sagrado aunque sí valioso (es decir, dotado de valor, sea cognitivo o verbal, o lo que sea, menos económico). Vivir en una cierta ascesis atea, en el sacrificio y en la humildad de renunciar a los fastos y las tentaciones de la sociedad de consumo y su hiperindividualismo, a la literatura de marca y al mecenazgo encubierto; ejercer la vida intelectual con dignidad y austeridad, y sin privilegios; preferir la lucidez del desengaño y el pesimismo de la inteligencia antes que el narcisismo bien remunerado y la fatuidad de ser, oficial y profesionalmente, escritor o artista (o pensador); recordar que tiene sentido aún la conciencia de clase, incluso cuando es de los clásicos, y que las cosas importantes no deberían hacerse por dinero. En términos calóricos: dieta blanda o al menos frugal durante una temporada para evitar el empacho cultural.

Sí, eso quiero ser: un ateo del arte. Sed, por tanto, bienvenidos a mi Templo laico y materialista; os aseguro que no hay que pagar entrada, aunque admito que es tan pequeño que casi parece un nicho.




sábado, 27 de abril de 2024

 ATEOS DEL ARTE (2 DE 3)


            Bloom forever

Un momento: toca respirar hondo. Cuando empecé a escribir esto me prometí no caer en el típico berrinche de los viejos contra las costumbres juveniles y sus nuevas modas. Además, la velocidad de los cambios actuales obliga a ser cautos a la hora de categorizar los peligros y los enemigos. Pocas cosas hay más fáciles e ingenuas que la rabieta contra el presente y contra unos supuestos conspiradores ricachones que controlan nuestras vidas. El cine de consumo masivo lleva décadas (pensemos en James Cameron, por ejemplo) advirtiéndonos de lo malvada que es la codicia empresarial y desde luego no aumentan los votantes anticapitalistas en casi ninguna parte. Hoy son Facebook, Netflix y Amazon, mañana serán otras empresas y otros productos. Tal vez dentro de unos años los nuevos dispositivos tecnológicos hayan creado otras condiciones de producción y lectura de textos, así como nuevos oligopolios (cuando las plataformas empiecen a fusionarse, cosa que sucederá más tarde o más temprano). Yo mismo he tenido alguna vez que tragarme mis palabras: hace pocos años publiqué en una revista mexicana un artículo en el que mostraba mi interés por las nuevas series de televisión como regeneración del vigor ficcional, y ahora –viendo la proliferación de churros interminables en plataformas digitales- no diría lo mismo, ni lo diré aquí.

En otras palabras: el Aquiles antisistema no alcanzará nunca a la tortuga del capitalismo. Porque esa es la palabra clave, una vez más: capitalismo. Pero el problema es aún más complejo y ambivalente; negar algunos beneficios materiales del triunfo del capitalismo puede quedar muy bonito para colgarse medallas de neocomunista, pero es muy poco convincente cuando se hace desde los países del club rico del mundo. La batalla ideológica no ha terminado, por supuesto (nunca termina); pero la defensa razonada, por ejemplo, de una autonomía de la alta cultura -en la que yo creo- frente al relativismo del todo vale y la cultura on demand requiere de una cirugía muy precisa, y los errores se pagan caros, en forma de incongruencia o de soberbia.

No es mi intención, insisto, entrar en el lenguaje apocalíptico de la vieja casta decadente y fosilizada (escritores cipotudos, por ejemplo) que proclama el advenimiento de una nueva Edad Media de barbarie y oscurantismo por la falta de veneración que los jóvenes tienen hacia los héroes intelectuales (con lo que esto significa de pérdidas en derechos de autor). En realidad, todo mi intento en estas páginas es el de proponer una vía alternativa al dilema entre aristocratismo cultural y democracia (o canon y resentimiento, en términos de Harold Bloom), o al menos equilibrar el reparto de golpes entre ambos bandos, usualmente incapaces de hacer autocrítica. Tal vez así podamos articular una mínima resistencia que preserve un legado intelectual de siglos sin ir contra algunos evidentes avances sociales, pero que al mismo tiempo escape a la paradoja por la que determinadas fórmulas “progresistas” están produciendo efectos nefastos de tipo antiintelectual que no se atreven a reconocer, envenenadas por un ambiguo espíritu liberador.

¿Pero por qué necesitamos resistencia? ¿Realmente se avecina un peligro y seremos víctimas del reino de Mordor de la ignorancia y la indigencia intelectual? ¿Acaso van a desaparecer los museos, se va a dejar de leer a Cervantes o escuchar a Mozart o ver el cine de Welles o Buñuel, o va a morir el teatro? A corto o medio plazo, seguro que no; otra cosa es que esos objetos artísticos vayan progresivamente diluyéndose y perdiendo devotos en la feroz competencia con los nuevos objetos de la sociedad de consumo. Recordemos aquí la figura del profeta, Harold Bloom, que auguraba (y buen dinero ganó con ello) que el futuro de la literatura sufrirá una terrible pérdida de valores, aunque esa profecía, en realidad, era coherente con su mesianismo religioso y en general con su mentalidad exclusivista y por tanto dogmática, como ya estudió Josu Landa en su sugerente y poco divulgado ensayo Canon City, una de las más sesudas lecturas de Bloom en lengua española que yo conozco. Debo decir que yo soy canónico moderado, no dogmático; soy más de Casanova o de Moretti que de Bloom, podríamos decir. De hecho, me llama la atención que Bloom pase por alto lo que su admirado Ernest Robert Curtius observó, que la construcción de un clásico tiene también su peripecia y que no siempre debe leerse en clave providencialista: “Dante tuvo que pasar por un período de prueba de seiscientos años y Shakespeare por uno de trescientos años antes de ser reconocidos como clásicos europeos” (Literatura europea y Edad Media latina, vol. 2, p. 823). Y se me ocurren muchas ucronías fáciles y verosímiles en las que alguno de estos clásicos vive otra vida menos gloriosa; por no hablar de cómo Borges agita la coctelera de la historia literaria en “Kafka y sus precursores”.

Con todo, algunos indicios parecen darle la razón a Bloom en su indignación: sobre todo, los syllabi de algunos programas de las universidades estadounidenses, dominados por lo que él llama la Escuela del Resentimiento: Cultural Studies, queer studies, feministas, neomarxistas, postestructuralistas y demás, que cuestionan, en virtud de una aparente voluntad liberadora y justiciera, la validez inmutable de lo que Bloom llama “escrituras laicas”, es decir, las biblias de la tradición literaria: Dante, Cervantes, Tolstoi… y sobre todo Shakespeare. Ese veto a los clásicos por clasistas vendría acompañado por una aniquilación de cualquier Parnaso de bellas letras y por una difuminación de los límites de lo literario, y ya sabemos lo que eso significa: todo puede ser literario y la estética es una fantasía o una simple tradición como cualquier otra, con el mismo valor intrínseco y demostrable que la Semana Santa sevillana o los haka maoríes o la Superbowl. La estética es una construcción finalmente inútil, que perpetúa hegemonías y frena luchas por la igualdad, y que debemos subsumir en el magma cultural sin concederle un estatus especial. En otras palabras: la belleza artística no existe, por lo que todos los gustos son igual de respetables y defendibles. La lucha de clases es sustituida por la lucha contra los clásicos. Así puestos, valdría más la pena estudiar los gustos mayoritarios, que al menos tienen un respaldo estadístico y demuestran lo que gusta más en cada momento histórico. Si la sociedad prescinde de la ópera y se entrega al reguetón, hay que enseñar reguetón en las escuelas y universidades. Es la libertad, es la democracia.

Evidentemente, aún son (somos) muchos los defensores de la estética; el problema, claro, es que están empezando a ver amenazada seriamente su posición y ya no inspiran tanto temor reverencial como en otros tiempos. Lo más curioso es que dentro de los defensores de la estética te puedes encontrar aliados insospechados: la literatura infantil, por ejemplo, lleva tiempo buscando una legitimación estética que justifique su negocio, y, aunque parezca mentira, textos como El Pollo Pepe son hoy defendidos tenazmente porque, a juicio de algunos pedagogos, la literatura infantil existe como literatura, es decir, con función estética y no solo pedagógica. Claro, para que exista el sintagma “literatura infantil” hay que afirmar la parte delicada del sintagma, que es el sustantivo. Así, no pocas voces reclaman ya que Harry Potter suba a la primera división de la liga literaria mundial y se convierta en clásico (¿ganará Rowling el Nobel pronto, viendo la deriva absurda de la academia sueca?).

Fuera del caso esperpéntico de la literatura infantil (que, sin embargo, está atrayendo cada vez más a autores que buscan hueco en el atascado mercado editorial), el rechazo a la existencia de valores estéticos inmanentes puede conducir a una tosca instrumentalización de las obras literarias y en última instancia a un relativismo cultural por el cual no existiría una jerarquía de calidad de las obras, sino que las obras se estudiarían o valorarían por su función y utilidad de acuerdo con un programa extraliterario. La tradición artística “elevada” (determinada casi siempre por intereses de los dominantes) sería así anulada, como todas las fronteras, y todos estaríamos en igualdad de condiciones para opinar o juzgar. Es decir: nos autodeterminamos y construimos la historia de la literatura que queremos (como el género). La historia de la literatura sería poco más que otro contenido de la pedagogía del futuro. Esa demolición del canon podría estar dando lugar a que, en poco tiempo, en las universidades españolas, en vez de Cervantes o Quevedo se estudie a María de Zayas o la monja Carrillo, en vez de García Lorca a Jorge Javier Vázquez o Boris Izaguirre, en vez de Luces de bohemia La que se avecina o el humor de Los Morancos (sé que han sido tema de al menos una tesis doctoral…), en vez de Galdós Carmen Posadas, y en vez del Poema de Mio Cid, La casa de papel. Veremos si esto es caricatura o profecía.

Pero el problema va más allá del debate interno en el gremio literario, que quizá no pueda evitar ser devorado por unos expansivos estudios culturales políticamente correctos e infinitamente adaptables a los caprichos del estudiante consumidor y a las nuevas directrices aparentemente “democráticas”. Es evidente que nunca antes en la historia de Occidente habíamos tenido tanta producción y tanto consumo de cultura, lo que unido al aumento de la oferta escolar y académica y a los nuevos sistemas de comunicación deberían estar creando una sociedad mucho más culta y por tanto intelectualmente libre. ¿Qué es lo que falla entonces? ¿O es que no falla nada, sino que “la libertad es así” y simplemente algunos nostálgicos nos sentimos marginados y hacemos la pataleta?

La batalla para advertir del peligro del relativismo estético sin incurrir en reaccionarismos de raza, clase o género no es, desde luego, tarea fácil, y ni siquiera es evidente que la batalla sea igual ahora que cuando Bloom publicó su famoso libro pesimista (y quién sabe lo que pasará dentro de veinte años). Además, para los que nos hemos considerado históricamente cómodos en la etiqueta “de izquierdas”, ahora nos preocupa enormemente el riesgo de ceder al conservadurismo al menos en un aspecto de la vida. Porque sí, se puede ser progresista en la política y conservador en arte. Relativamente conservador; no relativista.

Muchos grandes artistas de la Historia de la Humanidad me inspiran escasa simpatía humana e incluso desprecio, por lo que he podido averiguar de sus vidas, sus relaciones personales y sociales; estoy libre -creo- del vicio de la idolatría o del concepto carismático del creador del que habla Bourdieu. Pero eso no significa violentar la objetividad histórica ninguneando lo que tipos con los que yo no tomaría una cerveza han supuesto para la evolución de los diferentes lenguajes artísticos. Puede que el mundo de dentro de cien años sea muy distinto y todos -pongo por caso- hablemos chino, o hablemos con lenguaje inclusivo y trans, que es casi como chino, pero Petrarca y Dante seguirán teniendo su importancia histórica como modelos seculares sin los cuales la Historia sería, forzosamente distinta. De ahí a la divinización religiosa que los convierte en Dioses Intocables creo que hay un largo camino.

El canon es discutible y renegociable, desde luego, pero no se me ocurre qué ganamos con blanquear la historia cultural y pensar que conseguiremos un futuro mejor manipulando el pasado y creando un canon a la carta, como si Quevedo o Clarín fueran más culpables de las injusticias de hoy que nuestros actuales políticos y líderes religiosos o económicos. La lucha en el presente no puede ser tan esquemática y binaria como para mutilar el pasado en bien de una supuesta justicia futura sospechosamente puritanista. Hay un término medio posible entre el dogmatismo religioso de Bloom y los nuevos dogmatismos, incluida la espuria idea de que el arte (y el conocimiento sobre el arte) está al alcance fácil de cualquiera: ese término medio solo puede definirse como una autonomía moderada del arte frente a la política, que respete cierto grado de independencia de las lógicas artísticas frente a las interferencias de las no artísticas. En ese punto estoy yo y creo que seguiré durante unos cuantos años.

¿Quién más está conmigo a favor de la autonomía del arte? Ahí tenemos otro problema. Por supuesto, encontramos a una elite que quiere seguir controlando su parcela de poder, académico o artístico; una elite a menudo rancia, insolidaria y profundamente altiva con respecto a la masa y con la que yo no me identifico: profesores universitarios lloricas, mandarines del feudalismo académico, escritores con delirios de grandeza, intelectuales que quieren que se les reconozca y venere a todas horas. En otras palabras: lo peor de la intelectualidad consumida por la sociedad de consumo. Pero ¿quién está en contra de una moderada autonomía del arte? Al parecer, casi todos los nuevos ingenieros (e ingenieras, claro está) sociales que quieren transformar el mundo y consideran esencial desacralizar el arte para democratizarlo (en apariencia) y que cualquiera disfrute de todo y no se sienta marginado en nada. Pero también están aliados con ellos los ciudadanos estandarizados de la sociedad de consumo, cansados de ser tachados de ignorantes y de sentirse inferiores frente a la elite humanística. Son ciudadanos que quieren librarse de sus complejos y defender su derecho a disfrutar sin vergüenza de un premio Planeta o una película de Disney e incluso sentirse artistas y creadores. Y, sobre todo, hay otro sector deseoso de acabar definitivamente con la autonomía del arte y consagrar el mainstream como medida de todas las cosas: los empresarios de la cultura, que sueñan con la victoria definitiva de que la obra más vendida sea efectivamente considerada para siempre y sin dudas como la mejor. No les falta mucho para conseguirlo, viendo la cobardía de determinada crítica universitaria o periodística, que sólo parece pensar en su parte del pastel y que ha claudicado penosamente, celebrando con alegría incomprensible, por ejemplo, que el premio Planeta recompense a los escritores “de calidad”, como si así se consumara el ideal de acercamiento de los polos del campo literario, el económico y simbólico, para armonía completa del sistema, de España y quizá del universo entero.

Visto así, defender la autonomía (relativa, o, más exactamente, relacional) del arte tiene todas las de perder. Pero creo que esa evidencia, lejos de ser desmotivadora, es un motivo para la lucha. Y ahí es donde quizá tendremos que contraatacar con algunas consignas para evitar la soberbia creciente de los antiintelectuales. Aquí va una, muy básica: el arte no lo perdona todo, desde luego; pero tampoco todo es arte. Por ello quizá haya que empezar a marcar claramente algunas distancias con respecto a los beatos/as/es de la izquierda bienpensante y “antihegemónica” (comillas necesarias) tanto como con respecto a los que añoran el Antiguo Régimen cultural; porque hay mucho espacio para moverse y situarse entre dos extremos como Paul Preciado y Marcelino Menéndez Pelayo. Sobre todo porque ambos bandos defienden sus intereses casi siempre materiales y se amparan en un valor supremo para disimular un poco su evidente búsqueda de privilegios en forma de columnas periodísticas, conferencias bien pagadas, premios o cátedras universitarias.