miércoles, 18 de marzo de 2026

 

LAS RUTINAS DEL REVOLUCIONARIO

Admitámoslo: la narrativa española actual es abundantísima y difícil de controlar y, por tanto, de sistematizar. Lo mejor que podemos hacer es encontrar tendencias dominantes, aunque normalmente sean las favorables al mercado. Así, podríamos hablar, en primer lugar, de la narrativa de autor (y autora) "con marca", pero también de la narrativa de fácil sinopsis, que ofrece productos cómodamente identificables en la mesa de novedades. En ambos casos, las fórmulas más habituales, que a veces se combinan, son las escrituras del yo (autobiografías, autoficciones, lloriqueos postraumáticos) y las narrativas de lo verificable (crónicas, reportajes, novelas históricas, cambalaches "basados en hechos reales"). Luego tendríamos las diversas formas de intimismo de tono ligero (a menudo femenino, cuyo paradigma podría ser Un amor), los productos que siguen la actualidad de la agenda social (La mala costumbre) y los que practican un realismo más o menos crítico, aunque alejado de la agresividad política (ahí destacan Isaac Rosa o Daniel Ruiz, por ejemplo). Puede que haya muchas novelas que no sigan estas tendencias y que, por tanto, se arriesguen a ir contra el perfil dominante —que es, en general, bajo—, pero seguramente a mí se me están escapando; y es que no se puede leer todo. Por otro lado, si la imaginación y la fantasía quedan en manos de David Uclés o Irene Solà, creo que tenemos un claro déficit en ese ámbito.

Con esa preocupación en mente, sentía yo curiosidad por el último premio Tusquets de novela (premio al que me he presentado un par de veces, debo decir). Mi intención era tomarlo como termómetro de los certámenes literarios actuales, más allá de las bagatelas de Nadal, Planeta, etc., que tanta vergüenza nos hacen pasar año tras año (éramos pocos, y hay que prepararse ahora para el nuevo disparate, el premio AENA, que promete bochornos). Y me ha sorprendido gratamente El corazón revolucionario del mundo, de Francisco Serrano: más allá de sus posibles méritos o defectos, es un libro que no va a favor de la tendencia. Ante todo, porque trabaja un tema incómodo y antipático que hemos olvidado con mucha (y sospechosa) rapidez: la violencia revolucionaria en la Europa occidental en los años setenta del siglo XX.



El hecho mismo de que el libro haya tenido, por lo que veo, poca repercusión demuestra que no encaja en las expectativas mayoritarias y que apuesta por caminos muy poco transitados en la narrativa actual. La literatura latinoamericana, por ejemplo, se ha ocupado con cierta frecuencia del tema de la lucha armada (Libro de Manuel, Historia de Mayta, etc.), pero en España ETA ha centralizado tanto el tema que, sin duda, ha inhibido a los novelistas (al menos, hasta Patria). Sin embargo, Serrano no habla de ETA, sino de ese internacionalismo terrorista que se expandió por la Europa capitalista durante un tiempo y que tuvo su popularidad e incluso su mitología, con figuras como Ilich Ramírez, alias Carlos, Bobby Sands y, en especial, Ulrike Meinhof, cuya sombra se proyectaba una y otra vez durante mi lectura. Se trata de una época llena de idolatrías y actitudes quiméricas que hoy resultan casi inverosímiles, pero que en su momento ocuparon páginas y sueños de muchos y que formaron parte del debate político. Que las ideas sean obsoletas hoy no significa que no tengan trascendencia histórica, y es fascinante adentrarse en ese periodo para acercarse al secreto de muchas encrucijadas históricas a nivel mundial, incluso.

El corazón revolucionario del mundo cuenta la historia de Valeria Letelier, una francesa de veinte años, nieta de exiliados españoles de la Guerra Civil, que se involucra en una organización terrorista, el Frente de Acción Revolucionaria, liderado por su amante, Joel, un revolucionario doctrinalmente excéntrico, como iremos descubriendo. La célula en la que están Joel y Valeria prepara, en colaboración con otro grupo armado en el que no confían del todo, una operación terrorista importante en Francia, en la que ella tendrá una decisiva responsabilidad, a modo de prueba de fuego. Asistimos así a los preparativos logísticos, psicológicos e ideológicos de la operación, y nos adentramos en en ese corazón revolucionario, una mixtura de ríspido fanatismo, internacionalismo inocentón y sacrificio idealista, con sus toques de paranoia, agresividad masculina y crueldad militar. El sectarismo está descrito de manera minuciosa y convincente, con abundantes detalles de época y una compleja visión de lo que fueron en esos años la vida cotidiana de los terroristas y la improvisada y tosca cooperación clandestina entre revolucionarios de diferentes países. Se trata, por tanto, de narrativa histórica, pero no de parque temático, como tantas otras, puesto que hay un esfuerzo por imaginar los intrincados mecanismos mentales y sociales de esa forma de violencia sin depender de lo más fácil: los hechos históricos comprobables y famosos. Y además el narrador compensa la aspereza del tema con una prosa delicadamente lírica en algunos momentos, lo que crea una singular poetización de lo político. 

En conjunto, el resultado dignifica el premio, aunque no sé si va a tener suficiente visibilidadDebo decir, con todo, que la segunda mitad de la novela se vuelve para mí muy ambigua y se aleja un poco (quizá demasiado) de la lógica revolucionaria planteada en la primera parte, avanzando en caminos bastante menos realistas. Hay más misterios y heterodoxia política, lo que, por un lado, sorprende al lector y le hace olvidar los referentes previos, pero, por otro lado, lo aleja de lo que podríamos llamar el debate doctrinal, ese debate con el omnipresente marxismo de fondo que sustentaba casi religiosamente todas esas aventuras. Es, evidentemente, una decisión del novelista que hay que respetar; solo que esa deriva, a veces casi esotérica y fantástica, puede hacer algo confusa la imagen del revolucionario paradigmático que la novela parece presentar desde los primeros capítulos. La ambigüedad llega hasta el final de la novela, puesto que el tiempo de la historia se limita a los setenta y, por tanto, nos quedamos con la curiosidad de conocer la evolución (la derrota, en realidad) de todos esos personajes. Pero eso hubiera necesitado a un Vargas Llosa de la mejor época, seguramente, y doscientas páginas más. Y a lo mejor en ese caso la novela no hubiera ganado el premio.