LAS BUENAS INTENCIONES
Trato de mantener algunas prudencias en este blog y, por ejemplo, no suelo destinar mis energías críticas a escritores debutantes. Yo también fui escritor debutante en otra vida y conozco los temores y complejos de quien se enfrenta por primera vez al juicio lector, juicio que, hoy en día, puede ser implacable y violentísimo, sobre todo en redes sociales. Creo que una cierta moral de la crítica literaria hoy debe consistir en centrar bien los objetivos y, en todo caso, atacar las jerarquías espurias y los privilegios cínicos de las elites del sistema (sean editores, escritores acomodados o los mismos críticos cómplices). Eso es, en mi opinión, lo prioritario, porque la literatura vive un momento especial de desidia estética y claudicación ética en el que parece que todas las obras son buenísimas y predominan el buen rollo gremial y el ambiente de cóctel, lo que provoca una sensación de confort que, al final, vive de argumentos sospechosamente parecidos a los de la publicidad que impulsa esas mismas obras. A mí, en cambio, me interesa detectar cómo funciona la mano invisible del mercado y, en la medida de lo posible, contribuir a embridarla aunque sea mínimamente, para que no sigamos con el traje nuevo del emperador y para que no nos indigestemos con tanta novedad editorial.
En ese sentido, a veces hay que dedicar también algo de tiempo a atenuar ciertas euforias del mercado cuando atañen a autores jóvenes a los que quizá se está sobrevalorando y situando en una posición aparentemente beneficiosa pero contraproducente a la larga. Temo que pueda ser ese el caso de Lucía Solla Sobral, que disfruta de un importante éxito con su primera novela, Comerás flores, y que ha aumentado notoriamente su presencia pública en estos últimos tiempos. Aunque suene a regaño de viejo, confío en que el éxito no se le suba a la cabeza, como en tantos casos recientes de escritores adictos al star-system y sus frivolidades inherentes (Busquets, Uclés...).
Lucía Solla Sobral ha hecho lo lógico para entrar en el atascado mercado literario de hoy. Ha tomado decisiones realistas que, de hecho, yo he recomendado muchas veces a mis estudiantes de escritura creativa: elegir un tema de interés objetivo, evitar la grandilocuencia y las desmesuras experimentales y ser moderado en los objetivos. La estrategia le ha salido bien, sin duda, y hay que reconocerlo. No es una gran novela, pero la ha situado en una posición por la que muchos escritores novatos pelean desesperadamente cada día.
Se trata de una novela sobre la violencia de género, sobre todo en su vertiente más estrictamente psicológica: la narradora, Marina, una joven de veinticuatro años que acaba de perder a su padre, se enamora perdidamente de Jaime, un sofisticado y prepotente cuarentón, ya divorciado de un primer matrimonio fracasado, del que salió una hija de la misma edad que Marina. Con esas bases iniciales, la historia de amor evoluciona como puede preverse ateniéndonos a una determinada casuística victimológica; eso implica, también, que la novela zozobra en algunos momentos previsibles que bordean peligrosamente el cliché. Por suerte, no llega a la vulgaridad insufrible de textos aparentemente sensibles estilo Elena Ferrante. Al menos, Lucía Solla ha sabido ajustar su inexperiencia como autora a la inexperiencia de su narradora: por eso, la voz de Marina es fresca y el lector tolera bien su ingenuidad. La inexperiencia es, precisamente, la clave de la novela: la narradora se expresa como la mujer inexperta que es y los lectores conocemos sus autoengaños y su rabia interior. Podríamos decir que por ahí la novela tiene coherencia.
La otra cara de la moneda es que, al ser una novela tan sencilla y directa, basada de manera muy prioritaria en la perspectiva de la narradora, se nota cierta falta de complejidad en fondo y forma, en comparación, por ejemplo, con otros productos actuales que tratan el mismo tema: me viene a la memoria ahora mismo la serie Querer, de Alana Ruiz de Aldúa, mucho más densa y polifónica. La novela es, por eso, fácil de leer y de digerir, lo que seguramente explica su éxito comercial. Tiene tanta transparencia que carece de misterio o sorpresa, o de capas de sentido más profundas; la expresión, en general, es monótona, con mucho diálogo superfluo y una estructura visible de párrafos cómoda para el lector. Todo muy acorde con los tiempos actuales y el nivel de exigencia promedio. Ya algunos lectores (y lectoras) han ridiculizado este tipo de novela como "literatura de potitos".
El problema, en realidad, no se debe a la autora, sino a la demanda del mercado, que parece premiar novelas que encajan bien en la agenda social del momento y que satisfacen necesidades muy básicas e inmediatas de empatía por encima de los valores literarios sólidos. El equilibrio entre la urgencia ética de la denuncia y la originalidad artística es, lógicamente, difícil, pero la mejor solución no consiste en anteponer el redentorismo naïf al verdadero riesgo y a la problematización incómoda. Que este tipo de literatura se convierta en modelo a seguir puede ser bueno para algunas conciencias, pero no para el rumbo general de la práctica literaria. Habrá que ver cuál es la evolución de Lucía Solla Sobral a partir de ahora. Le deseo suerte.


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