martes, 2 de junio de 2026

 

EL EUROMILLÓN LITERARIO

Hoy, Rubén Darío hubiera cambiado "La canción del oro": "¡Cantemos el millón de euros! Cantemos el millón de euros, rey del mundo, que lleva dicha y luz por donde va... Cantemos el millón de euros, río caudaloso, fuente de la vida, que hace jóvenes y bellos a los que se bañan en sus corrientes maravillosas, y envejece a aquellos que no gozan de sus raudales". Porque un millón de euros es más que la inmortalidad literaria, es... un buen piso en Madrid para dedicarse a escribir. O en Berlín, quizás. ¿Qué más se le puede pedir a la vida?

Aquellos eran tiempos de bohemia, claro; ahora el neoliberalismo nos enseña que cuantos más ricos haya mejor estarán los pobres. Ergo, aunque no te toque nada del millón, es bueno que alguien del gremio lo tenga. Así, Sergio del Molino, que sueña como tantos con el millón de euros, se queja de que algunos exijamos todavía a los escritores que lleven vida franciscana y voto de pobreza. Y es que la bohemia ya no engaña a nadie; lo que mola es el escritor profesional, porque se le reconoce su trabajo y puede dedicarse durante treinta años a escribir la misma novela una y otra vez. ¿Quién se atreve a negar que el escritor tiene derecho a ser profesional? Una buena cultura libre y creativa es la que tiene muchos escritores profesionales. Como Juan Gómez-Jurado, Javier Sierra, Màxim Huerta o María Dueñas. Y, ya puestos, también los youtubers tienen derecho a ser profesionales, para que se reconozca su meritorio trabajo. Qué bonito que todos tengamos trabajo: carpinteros, albañiles y creadores de contenidos, sean literarios o audiovisuales.

No, los escritores no tienen que vivir en la miseria, desde luego, y es bueno que reciban beneficios y reconocimientos antes de cumplir los setenta (o los ochenta), precisamente para que mantengan su independencia y de ese modo se estimule esa creatividad arriesgada que a veces no encaja en las leyes de la oferta y la demanda que dominan casi todo lo real hoy. Pero yo diría que a lo mejor tampoco los artistas profesionales tienen que moverse en las magnitudes del clan Rodríguez Zapatero o Shakira. ¿Se merece alguien un millón de euros por haber escrito un libro, incluso un buen libro? ¿Se merece Messi lo que cobra por cada gol? ¿O Bad Bunny por cada horrible concierto? Todos merecemos lo mismo que ellos, probablemente. Aunque supongo que eso huele a comunista.

Tal vez del Molino o Uclés o Vallejo o Guerrero o Jabois ganen el premio AENA en los próximos años; deben darse prisa, porque, al paso que va el PSOE en España, le queda poca vida al premio (aunque quizá, si gobierna el PP, mantengan el premio y se lo den a Pérez-Reverte o Prada o Soto Ivars). Que conste que no tengo nada en contra de Samanta Schweblin; su libro, El buen mal, no me impresionó especialmente, pero puedo aceptar que, como tantas otras veces en lo que se refiere a la cultura actual, soy yo el equivocado. En cualquier caso, Schweblin no tiene la culpa de nada en todo este bochorno y voy a decirlo sin ironía: que disfrute el premio. Aunque algo me dice que el millón de euros va a tener también alguna consecuencia negativa para ella. Porque no se puede vivir igual después de recibir un millón de euros. El mundo cambia tanto que incluso parece un lugar hermoso y fácil.

Sea como sea, el premio AENA ha sido la noticia literaria del año y creo que se puede afirmar que ha supuesto un éxito rotundo para sus creadores en términos estrictamente publicitarios, que eran la prioridad. La elección de Schweblin fue acertada no sólo desde el punto de vista estético sino también desde el político: las extrañezas de su libro no tienen connotaciones ideológicas y no es una mercenaria de PRISA o Vocento, por ejemplo, ni predica o sermonea desde columnas periodísticas. Eso ha provocado un cierto consenso de benevolencia que ha apagado la indignación previa por un premio cuyos tejemanejes internos de raíz socialdemócrata y catalana seguramente se conocen poco, sobre todo en América Latina, aunque los interesados pueden encontrar algunas pistas en este interesante artículo. Sí, el premio ha salido airoso y hay que prepararse para una segunda edición que promete más morbo. No le auguro muchas más, desde luego. Temo que acabe como aquel engendro mafiosillo, el premio de la Fundación Lara, un maravilloso premio en el que el grupo Planeta se premiaba a sí mismo con todo el descaro.

La estrategia del nuevo premio —hay que reconocerlo— no estaba en absoluto mal pensada. No me sorprendería que los cerebros del plan AENA se hubieran documentado con el libro de James English, The Economy of Prestige, que analiza las estrategias de los premios artísticos. En ese sentido, todo estaba bien medido, precisamente en lo desmedido de la cuantía: sólo un premio tan obsceno puede garantizar su valor más allá de lo económico, porque genera envidia, expectativas, rencor y diatribas de todo tipo. Esa es la clave: el disparate, la desmesura. El premio tenía que ser injusto. En esa injusticia se sustenta la clave de la competencia; de toda competencia, en el fondo. Solamente así se puede fomentar la fantasía mezquina y alienante de que la literatura te puede hacer millonario como la lotería. O de que con ella se puede estar al nivel de una estrella de rock o de cine. Esas ilusiones, al final, generan confianza en el sistema y sus bondades y nuevos mecenas. Y así la superestructura cultural se perfecciona una vez más para hacer inviable cualquier alternativa. Porque, insisto, está claro que el premio no buscaba defender la igualdad y la justicia para ayudar a los escritores que necesitan realmente recursos para mantener su vocación: si el millón de euros, por ejemplo, se hubiera repartido en diez categorías por géneros (literarios), el efecto publicitario no hubiera sido el mismo. Para qué crear el premio, entonces. No: la soledad del ganador es la prueba perfecta de la arbitrariedad y, por tanto, del poder. 

Eso sí, no todo es horrible en el premio; el hecho de que pueda fastidiar de algún modo al premio Planeta es una pequeña buena noticia. Y si hay que quedarse con uno solo de los premios, siempre será más digno —por simple criterio estético— el de AENA. Pero el problema de fondo es otro: no sólo el nefasto poder del periodismo cultural español, siempre en connivencia con las grandes editoriales (¿había editoriales pequeñas entre las finalistas?), sino el envilecimiento general del sistema literario, víctima de ocurrencias mercadotécnicas que crean la ilusión de que podemos confiar en que va a salir cualquier día un manantial de dinero que nos hará felices y nos consagrará al nivel de un jugador de la Champions.

Visto así el problema, la pregunta que viene después es cómo mejorar los sistemas de consagración literaria sin depender de la chulería de cualquier Tío Gilito con ganas de dar la nota simulando preocupación por la literatura. Nos falta algo parecido al Goncourt, supongo. Contamos con el premio Rómulo Gallegos, por ejemplo, que tiene una historia decente, aunque en España se menosprecia sin disimulo. Los premios hispánicos de trayectoria (Cervantes, FIL, etc.) pueden llegar demasiado tarde, y siempre serán insuficientes, a la vez que discutibles y polémicos. Los premios españoles de la Crítica, que deberían ocupar el puesto prioritario al menos en este país, tienen un doble desprestigio, endógeno y exógeno: endógeno, por la escasa valentía de la crítica universitaria española, y exógeno, porque un premio sin glamour y sin trasfondo publicitario es, en realidad, insignificante para los medios de comunicación, que babearon, en cambio, con el premio AENA, como babean con el Planeta o el Nadal o cualquier premio borbónico.

No tengo la respuesta al problema, desde luego, pero al menos puedo contar una historia del pasado que, casualmente, estoy investigando por razones académicas y con la que estoy aprendiendo muchas cosas sobre premios literarios. Porque puede ser interesante conocer algunos viejos experimentos, que quizá ayudan a entender los fracasos del presente y algunas posibilidades del futuro.

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Esa historia empieza en la paradisiaca bahía de Pollença, en la isla de Mallorca, donde un maravilloso hotel llamado Four Seasons ofrece hoy alojamiento a mil euros la noche (precio mínimo garantizado...). Se trata, en realidad, del antes conocido como hotel Formentor.

En los años cincuenta del pasado siglo, el hotel era propiedad de la familia Buades; uno de ellos, Tomeu Buades, era amigo de Camilo José Cela, que vivía en Palma, en el barrio de Son Armadans. De esa amistad surgió la idea de aprovechar el escenario hedonista del hotel Formentor para hacer actividades literarias, siguiendo una tradición de los años treinta, cuando el hotel tenía otros propietarios pero ya recibía a clientes de lujo y prestigio (véase la página web correspondiente; no les voy a hacer más publicidad).

Ahí nacieron las Conversaciones Poéticas y luego los Coloquios Internacionales de Novela, en los que Cela cooperó con el círculo de Carlos Barral para crear unos eventos que pudieran abrir la literatura española a la modernidad europea y conectar la vanguardia literaria en torno a Seix Barral con otros círculos europeos, como los neorrealistas italianos o el nouveau roman francés. La aventura hay que entenderla como parte del esfuerzo por romper el aislamiento y el atraso de la cultura franquista, naturalmente, y contribuyó de manera decisiva al prestigio europeo de Seix Barral y en especial de Carlos Barral.

Fue en conversaciones de Barral en 1959 con otro de los ilustres invitados, el editor italiano Giulio Einaudi, cuando surgió la idea ambiciosa de ir un paso más allá en la red de contactos de Formentor y crear un premio literario que fuera algo así como un mercado común europeo de la alta literatura. Einaudi, de hecho, lo entendía como un "anti-Nobel", teniendo en cuenta el desprestigio entonces del premio sueco, acuciado por polémicas políticas de la Guerra Fría. 

Hay que pensar lo que suponía ese proyecto insólito en términos de la imagen internacional de la cultura española: se trataba de convertir España (entonces un cutre país tercermundista en muchos sentidos) en algo así como el centro de la literatura occidental; no Estocolmo ni París ni Nueva York, sino Mallorca. Y ahí nació lo que hoy conocemos como premio Formentor. Un premio cuya consecuencia más conocida es que impulsó de manera decisiva la obra de Jorge Luis Borges a nivel internacional, porque fue el ganador de la primera edición, compartiendo el premio con Samuel Beckett. Ni más ni menos. Beckett ganaría el Nobel años después; Borges, como sabemos, no, por lo que probablemente este es el premio más importante que recibió en su trayectoria.




Fue en 1960, en un cóctel al término del II Coloquio Internacional de Novela, como cuenta Josep Maria Espinàs en esta crónica para Destino, cuando se anunció la creación no de uno, sino de dos premios internacionales de narrativa, para que el proyecto fuera aún más ambicioso. Y poco después esa ambición se concretaba en una nota de prensa: 

"Se ha constituido el jurado que fallará el Prix International des Editeurs y aconsejará el fallo del Prix Formentor, que serán otorgados por primera vez el día 1 de mayo de 1961 en el Hotel Formentor de Mallorca. Ambos premios están dotados con 10.000 $, el Prix International des Editeurs a una novela publicada en los últimos años en cualquier lengua y el Prix Formentor a una novela inédita escrita en una de las lenguas de los seis editores fundadores (Giulio Einaudi Editore, Italia; Librairie Gallimard, Francia; Grove Press, U.S.A.; Rowohlt Verlag, Alemania; Editorial Seix Barral, España; y Weidenfeld and Nicolson, Inglaterra) y que será publicada simultáneamente por éstos así como por los editores adheridos (Bonniers, Suecia; Otava, Finlandia; Gyldendalske, Dinamarca; Gyldendal, Noruega; y Meulenhoff, Holanda). El jurado está compuesto por los seis comités nombrados por los editores fundadores y en ellos figuran especialistas en las literaturas contemporáneas. Durante cinco días, y a partir del 28 de abril, los miembros de estos comités deliberarán y discutirán en Formentor en sesiones públicas y privadas a fin de reducir el número de candidatos hasta determinar los ganadores, cuyo nombre será anunciado en el curso de una cena que tendrá lugar el 1 de mayo. En la última votación cada comité dispondrá de un solo voto. La constitución de los comités es la siguiente: Giulio Einaudi Editore: Carlo Levi, Alberto Moravia, Elio Vittorini, Cesare Cases, Pier Paolo Pasolini, Italo Calvino, Angelo M.ª Ripellino, Carlo Fruttero, Vittorio Strada. Librairie Gallimard: Marcel Arland, Dominique Aury, Jean Blanzat, Michel Butor, Roger Caillois, François Erval, Jacques Lemarchand, Michel Mohrt, Jean Paulhan, Raymond Queneau. Grove Press: Donald M. Allen, William Barrett, Jason Epstein, Alfred Kazin, Mark Schorer. Rowohlt Verlag: Beda Allemann, Walter Jens, Hans Mayer, Hans Magnus Enzensberger, Adolf Frisé. Editorial Seix Barral: Max Aub, José M.ª Castellet, Camilo José Cela, Emilio Lorenzo Criado, Jaime Gil de Biedma, Octavio Paz, Juan Petit, Antonio Vilanova. Comité Nacional inglés: Angus Wilson, Mrs. Iris Murdoch, Peter Quennell, John Weightman, Allan Ross, Melvin Lasky, Baronesa Budberg, Richard Wollheim".

Analicemos un poco la información, porque muchos aspectos del premio son hoy escasamente conocidos incluso entre los especialistas; además, no quedan testigos y apenas hay archivos. En primer lugar, hay que notar que la cantidad económica, diez mil dólares para cada premio, era espectacular en esa época y dudo mucho que hubiera en Europa un premio literario más ambicioso. Para que nos hagamos una idea, eran unas seiscientas mil pesetas, al cambio, y el premio Planeta tenía una dotación de unas doscientas mil. 

En segundo lugar, habría que detenerse en examinar los comités. No voy a ensañarme con el jurado AENA (Montero, Vila-Sanjuan...); dejaré que cada lector saque sus conclusiones. De los 45 nombres propuestos, finalmente acudieron a Formentor solo veintiséis. No he conseguido la lista completa, pero creo que no acudieron, entre otros, Pasolini y Queneau, como tampoco Max Aub, que vivía en el exilio en México y que no consiguió la autorización del gobierno de Franco.

A pesar de la ausencia de Aub, el comité español estaba bien pensado, en el fondo, teniendo en cuenta las limitaciones del momento cultural español: Barral no podía formar parte, porque era el presidente del jurado, pero la élite de Seix Barral estaba representada con Castellet —bien conectado con la literatura italiana— y Gil de Biedma. Cela, por supuesto, no podía perderse su dosis de protagonismo como anfitrión. Joan Petit era profesor de literatura francesa y Emilio Lorenzo de literatura alemana. Vilanova pertenecía a la competencia (premio Nadal); estaría ahí por ser amigo de Cela, pero también porque acababa de pasar un año en la Universidad de Wisconsin y seguramente por ello estaba más capacitado para opinar sobre literatura de lengua inglesa. La cuota latinoamericana, representada por Octavio Paz, a quien Barral había conocido en México, nos puede parecer muy pobre, y, sin duda, lo es, pero hay que tener en cuenta que en esos años la literatura latinoamericana es escasísimamente conocida y respetada en España (aún no se ha premiado al joven Vargas Llosa ni ha empezado eso que conocemos como el boom).

En tercer lugar, la nota de prensa pone de manifiesto una ambigüedad que a la larga será fuente de muchas discusiones y que tiene que ver con qué obras podían ser candidatas al Prix International. Se habla de ahí de "novela", pero, como sabemos, finalmente ganó Borges, que no fue novelista; en otras notas de prensa se hablaba de obra "de imaginación" (lo que incluiría cualquier tipo de ficción) que hubiera sido publicada por cualquier editor en cualquier lengua en los tres últimos años, pero algunas obras candidatas eran claramente anteriores a 1957 ó 1958. Ciertamente, los criterios de las obras candidatas fueron siempre muy confusos. No queda claro, por ejemplo, si el premio a Borges fue por las prosas de El hacedor o por Ficciones.

Pero hay otro dato importante sobre el premio que hay que destacar y que es quizá la lección más importante, insólita en los premios literarios de España, antes y ahora: la intención de que las deliberaciones de los comités antes de la votación final fueran públicas. El mismo nivel de transparencia que el premio AENA, desde luego. O que el Cervantes y demás premios borbónicos. Por no hablar de los Planeta, Alfaguara, Primavera, etc.

Solo ese dato convierte los premios Formentor en una aventura excepcional en la república mundial de las letras en el siglo XX. Efectivamente, durante cuatro tardes consecutivas, los jurados defendieron en público sus opciones en el hotel (en un salón con vistas al mar bautizado Club de los Poetas), delante de la prensa y curiosos de todo tipo, con Jaime Salinas como factotum organizador. El francés fue la lengua oficial de la discusión, aunque había traductores. Antes de que empezara el debate, según las crónicas de la prensa (Le Monde, por ejemplo) se hablaba de los favoritos al premio más prestigioso, el Internacional. Sonaba mucho el nombre del suizo Max Frisch, seguramente por Homo Faber. Pero había otros favoritos que fueron defendidos en los dos primeros días: William Golding, Saul Bellow, Henry Miller, Alain Robbe-Grillet, Günther Grass, Marguerite Duras. El jurado español pensaba en Miguel Delibes y, quizá por recomendación de Aub, en Alejo Carpentier. Borges, mientras tanto, no tenía ni idea siquiera de la existencia del premio, aunque en el jurado tenía dos importantes valedores, Roger Caillois e Italo Calvino. Recordemos que en España, en 1961, a Borges solo lo conocen, de manera fehaciente, Guillermo Díaz-Plaja y, más superficialmente, José María Valverde.

Delibes tenía pocas oportunidades reales, dada su escasa difusión europea, y además, la verdadera apuesta de Barral estaba en el Prix Formentor, el premio al manuscrito inédito, que ganó finalmente Tormenta de verano, de Juan García Hortelano; una novela con la que Barral creía que el realismo social español podía lograr expansión internacional, cosa que, como sabemos, no sucedió, lo que explica el giro posterior de Seix Barral y el fin de la llamada "operación realismo".

Con todo, García Hortelano ganó sin excesivos problemas (por delante de un ejemplo de nouveau roman, Le mantien de l'ordre, de Claude Ollier), precisamente porque en ese premio votaban los mismos editores, no el comité de expertos. La discusión sobre el premio gordo fue, en cambio, mucho más intensa durante esos días. Sabemos que Camilo José Cela puso sobre la mesa otro nombre español, el de Ana María Matute. Sabemos que Alberto Moravia defendió a Carlo Emilio Gadda. Michel Butor hizo lo propio con Michel Leiris. Los estadounidenses insistieron en reivindicar públicamente a Henry Miller, que estaba censurado en Estados Unidos, recordemos. Un crítico italiano aprovechó la oportunidad para promocionar la desconocida nueva literatura soviética. Octavio Paz defendió a Juan Rulfo, que acababa de ser traducido al alemán y al italiano (aunque en España tampoco lo leía nadie). Y Hans Magnus Enzensberger, entre otros, apostó públicamente por Samuel Beckett.

¿Había intereses ideológicos, patrióticos, personales o comerciales en esas defensas? Sin duda: por ejemplo, la italiana Elsa Morante, esposa de Moravia, era también candidata, y todo el mundo captó el problema. Pero al final cada uno quedaba retratado ante los demás y ante el público. Puede ser un método imperfecto y lento, pero no se me ocurre uno mejor y menos sospechoso en tiempos como los actuales, de poca autonomía literaria frente al trapicheo y el amiguismo. Ya que AENA tiene tanto dinero, podría dedicar un poquito a hacer algo así de gratificante para los amantes de la literatura. 

Sin embargo, el asunto se complicó bastante en el quinto y último día, como era de prever al tratarse de una experiencia sin precedentes. Se defendieron tantos nombres (y tan notables) que Barral propuso una votación preliminar no vinculante que fuera aclarando el panorama. Y ahí Beckett salió, de manera un tanto inesperada, como el favorito (por su trilogía novelística Molloy, Malone muere y El innombrable). Con esa perspectiva se llegó a la votación final, que no fue pública pero tampoco totalmente secreta. Los 26 jurados se quedaron solos en el Club de los Poetas, pero se permitió a un periodista de cada país estar presente en la votación final. El periodista francés, por ejemplo, comparó la deliberación con una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU. En el caso español, el invitado fue Juan Ramón Masoliver, crítico de La Vanguardia (Española), que era quizá el más cosmopolita de los críticos españoles, puesto que en los años veinte se había codeado con Joyce y Pound, por ejemplo. Masoliver es, por tanto, la voz más autorizada para explicar lo que fue el caos final y hay que acudir a su crónica periodística para conocer algunos detalles.

Gracias a él, sabemos que el comité francés y el italiano no querían a Beckett, sino a Borges, y que convencieron al comité español. Las razones de todo ello están todavía pendientes de investigación. Pero lo importante es que entonces sucedió lo impredecible, porque los estatutos del premio, tan improvisados, no habían tenido en cuenta algo muy concreto. La votación final consistía en un voto por cada comité nacional y había seis comités. Por tanto, podía producirse un empate. Y así sucedió ese 1 de mayo de 1961 (no creo que la fecha fuera inocente, en la España de Franco). 


La primera votación dio tres votos para Beckett (alemanes, ingleses, estadounidenses) y tres para Borges (españoles, franceses, italianos). "Vaya, qué sorpresa. Bueno, a ver qué hacemos ahora. Tenemos la cena final a las nueve de la noche, con todas las autoridades y espectáculo flamenco para disfrute de los extranjeros."

La votación se repitió cinco veces con el mismo resultado y el estupor fue creciendo. Fueron cuatro horas de espera que los invitados que seguían las noticias fuera del Salón aguantaron gracias a la barra libre del bar. Cuatro horas discutiendo sobre Beckett y Borges; ¿acaso no debió de ser un gran espectáculo literario? "Beckett contra Borges: Doomsday". Los jurados, incapaces de llegar al acuerdo, incluso consultaron a Barral para que tomara una decisión y se llegó al absurdo de votar si se permitía el empate (votación que, naturalmente, también podía acabar en empate). Hubo quien propuso (Enzensberger, al parecer) echarlo a suertes. Finalmente, tras una ardua discusión, se acordó repartir el premio (y el dinero) entre los dos autores y a las diez y media empezó la cena. Y hubo flamenco, baile y más copas (a saber cuántas se bebió Barral para relajarse del estrés).

Al día siguiente, Borges comía, como tantas otras veces, en casa de Bioy Casares y recibió la llamada en la que se le comunicaba que había ganado el premio y la mitad de los diez mil dólares. Primero pensó que era una broma. Lo cierto es que sí hubo detalles cómicos en ese momento histórico: en algunas notas españolas de prensa se decía de él que era un escritor "mejicano".

Unos meses después, Borges era invitado a dar clases en Estados Unidos y empezaba su reconocimiento internacional, sobre todo en el mundo anglosajón. Eso sí, no le gustó demasiado compartir el premio con Beckett, un autor al que apreciaba muy poco (y es que no basta con admirar a Kafka para llevarse bien).

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La historia de una estructura tan compleja logística, política y económicamente como los dos premios Formentor apenas duró seis años y esa es otra lección que extraer. Los siguientes ganadores del premio internacional —el más importante, visto con perspectiva— tuvieron algo menos de prestigio, pero también son nombres destacados: Uwe Johnson, Nathalie Sarraute, Saul Bellow y Witold Gombrowicz. 

Jaime Salinas y Carlos Barral han explicado los motivos fundamentales de que el premio se clausurara en 1967. El gobierno de Franco, receloso de la visibilidad de una iniciativa surgida del antifranquismo cultural, empezó a poner obstáculos y el premio no pudo seguir celebrándose en Formentor, por lo que hubo que buscar sede nueva cada año. Pero el mayor problema llegó cuando se rompió el delicado equilibrio entre autonomía estética y criterio mercantil: los editores se pelearon entre ellos y la aventura se volvió imposible. En cierto modo, lo milagroso es que hubieran aguantado seis años.

En 2006, volvieron a celebrarse conversaciones literarias bajo los auspicios del hotel Formentor, y Carlos Fuentes (que fue candidato una vez en la primera época y no ganó) tuvo la ocurrencia de resucitar el premio, como se había hecho años antes con el otro gran premio de Barral, el Biblioteca Breve. Así, en 2011 reapareció, con todo boato, el premio Formentor (solo uno, como premio a la trayectoria de un autor) y el primer ganador fue... Carlos Fuentes.

Desde entonces, el premio Formentor (dotado con cincuenta mil euros) ha seguido funcionando, con otros criterios y jurados muy diferentes al de los años sesenta y, también, con buena propaganda de El País, donde publica o ha publicado más de uno de los premiados. Esos premiados, en conjunto, son, sin duda, nombres importantes y alguno ha ganado o ganará el Nobel, pero... este Formentor no es el mismo. Es como algunos remakes de Hollywood, que embadurnan de optimismo y buen rollo el original. Ocean's Eleven, por ejemplo: en la película original, los guapos y glamourosos del Rat Pack acaban fracasando y esa es la lección de la película. En el remake de Soderbergh, los guapos (Pitt, Clooney, Damon) no sólo son guapos, sino también listos y nunca caen en la vergüenza de fracasar. Con lo hermoso que es, a veces, fracasar con elegancia.

El nuevo premio Formentor es, como el original, una fiesta literaria en un espacio idílico; pero falta aquella tensión del pasado. Falta arrogancia a la hora de defender criterios estéticos, falta pasión por la alta cultura como lugar de conflicto y de lucha pero también de renovación. Y es que, claro, los tiempos han cambiado. Un premio como el de los sesenta, con su compleja estructura internacional, es inviable en un mundo en el que los editores son poco más que ejecutivos de grandes conglomerados. El capitalismo oligopólico se lo ha tragado todo y ya no hay nada que escape a su veneno. Ni siquiera la excelencia literaria, convertida en mercancía también. Nunca como ahora ha habido tantos dividendos literarios en forma de premios, sí, pero nunca como ahora la pusilanimidad domina el panorama, sobre todo en España, donde el espíritu crítico, en todo su sentido, escasea. 

¿Podría hacerse una nueva versión del premio Formentor al menos a nivel hispanoamericano, con debates públicos para que quedaran retratados los neocolonialismos pero también los nacionalismos de todo pelaje? Pues sí, pero AENA seguro que no lo va a pagar. 

No hay duda de que los ideales de la alta cultura son, en más de un sentido, criticables y huelen un poco a rancio, pero no sé por qué hay que conformarse con sucedáneos amables donde lo único que importa es transmitir la idea de que todo va bien y no hay motivos para preocuparse. Nunca habrá otro premio como ese de 1961, pero quizá podríamos dignificar el debate literario con premios que pongan de manifiesto de manera más o menos clara hacia dónde va o debe ir la literatura. Independientemente de quién pague.

Ah, la alta cultura...