viernes, 31 de julio de 2026

 

UNA NOVELA AMABLE

A veces me preocupa que mis amigos escritores (que son pocos, en realidad; quiero decir, amigos de verdad) se molesten porque no me dedique en este blog a dar a conocer más sus obras. Tendrían razón en criticarme, puesto que algunos de ellos sí me han reseñado a mí, y generosamente. Creo, de todos modos, que el momento literario actual necesita concentrar las energías en restablecer los valores deteriorados por la mezquindad dominante y en combatir determinadas hegemonías que van camino de convertirse en sagradas. En ese sentido, pocas figuras hay más poderosas y a la vez más cuestionadas en la literatura española actual que la de Luis García Montero, intelectual ubicuo, celebrity literaria y Hermano Mayor de la Cofradía de la Santa Experiencia. Después de haber hablado aquí de Vila-Matas, Mendoza o Muñoz Molina, toca ahora enfrentarse a él.

Conozco demasiado ya la faceta pública de García Montero (no hay manera de escapar de ella, solo le falta ser tiktoker), con su izquierdismo resultón y decorativo, y hace tiempo que dejé de indignarme por su desmesurado éxito como poeta. Conozco también algo de su faceta como crítico o académico, o sea que solo me faltaba valorar otra de sus vertientes, la de novelista. Lo he hecho, y admito honestamente mi derrota; esperaba (y quizá deseaba) algo mucho peor, y por ello debo reconocer su victoria. Aunque sea por la mínima.



Calibrar con objetividad a un autor que despierta tantas pasiones literarias no es nada fácil. Hay que entender en toda su complejidad lo que podríamos llamar "el problema García Montero", que, actualmente, solo admite comparación con lo que llamaríamos "el problema Cercas", otra figura pública predicadora de esa sedicente izquierda que presume de republicana pero que es alérgica al marxismo (prescindo de lo que podríamos llamar, en el polo opuesto, "el problema Pérez Reverte", que no merece ni debate). 

Hace tiempo que la trayectoria de García Montero se estudia en las universidades como paradigma de poder literario en la España de la democracia. Sus estrategias no son  una novedad en la Historia, por supuesto; antes de él, otros pontífices han ejercido funciones similares: Ortega y Gasset, Josep Maria Castellet, Octavio Paz... Los más educados lo llaman capilla literaria; los resentidos y los envidiosos suelen usar el término mafia. Los resultados de esas estrategias son siempre discutibles y polémicos, pero todo forma parte de las reglas del juego. Además, en un mundo como el de la poesía, en el que el dinero no abunda, la competencia feroz por salir en la foto (llámalo foto, llámalo antología) es inevitable y es difícil destacar sin estar en un equipo ganador con una buena agenda de contactos.

En ese sentido, el equipo granadino en torno a García Montero ha sido un perfecto ejemplo de cómo una periferia se convierte con el tiempo en centro literario. Desde que en 1983 —con 25 añitos— publicara su famoso artículo sobre "la otra sentimentalidad" en El País (¿dónde, si no?; quizá debería haber escrito a cuatro manos con Cercas el libro zalamero de este sobre el periódico), García Montero (en adelante, LGM) ha jugado todas sus cartas y aprovechado todos los vientos favorables: el auge de la socialdemocracia con las vacas gordas económicas en forma de premios y subvenciones de todo tipo, la comodidad que da la posición universitaria (aunque no he encontrado en el currículum de LGM un solo artículo académico publicado fuera de España), la astuta apropiación simbólica de otros poetas (Alberti, sobre todo, lo que ha deparado muchos momentos de bochorno necrófilo, pero también Machado, Gil de Biedma, González y, por supuesto, Lorca), la creación de una red de contactos de lo más eficaz (por ejemplo, la complicidad impagable con un crítico que, en su momento y de manera incomprensible, fue también poderoso: Miguel García-Posada) y, en general, las nuevas normas de la Cultura de la Transición, con su perfil bajo político y filosófico, su subjetivismo facilón, su consumismo sublimado y su adicción a tener un micro delante.

Como Ramoncín o Almodóvar, LGM es un producto típico de la democracia mediático-cultural creada en los años ochenta, compuesta por figuras públicas que no descansan nunca, que se autovictimizan con frecuencia y que son capaces de momentos impagables, como cuando en 2006 LGM hizo su célebre jeremiada en El País contra su archienemigo José Antonio Fortes (compañero de universidad) instando, con toda la desfachatez, "a que la Universidad de Granada ponga a este perturbado en su sitio" (sic). Fortes (un comunista un tanto cavernario, hay que admitirlo) lo denunciaría ante los tribunales y se tomaría la revancha ganando el juicio y publicando después una etopeya durísima pero no exenta de realismo: "su fórmula [la de LGM] lo hace rico y famoso. Acumula ganancias y plusvalías (...) A fuerza de mil confesiones y siempre la misma, de mil melodramas clónicos, de autobiografías tan "morales/emotivas", mercantiliza impulsos y sufrimientos de un héroe íntimo y doméstico —heroicidades del tipo "si tú me llamas, amor, yo cojo un taxi"—, derrotado siempre antes incluso de cualquier batalla, y siempre entre lágrimas y lamentos, tan culpable el sujeto. Tan culpable y confeso" (Intelectuales de consumo, Almuzara, 2010, p. 256).

Esa evidente sobreexposición de García Montero, todo hay que decirlo, no es únicamente culpa suya, porque no sería posible si no tuviéramos en España un periodismo cultural tan inane y mediocre (y a veces tan paparazzi), que le ha seguido el juego una y otra vez, sobre todo para ganar seguidores entre esa ingenua feligresía progresista que cree que García Montero es el héroe sensible que nos salvará de las hordas bárbaras. Pero así ha sido y es la cultura española de la democracia, tan escasa en disidencias reales.

Como se puede comprobar en este acelerado resumen, eran muchos, por tanto, los condicionamientos previos a mi lectura de La mejor edadY aún había otros temores, creo que bastante razonables teniendo en cuenta la elite a la que pertenece LGM: por ejemplo, el temor a que, como poeta metido a novelista, cayera en el monótono e irritante narcisismo autoficcional de Manuel Vilas, que también critiqué en su momento (y que empeora con cada nuevo libro). O que jugara a los relatos reales, como el mismo Cercas. Por suerte, no ha sido así. Hay que decir que LGM ha creado un artificio ficcional con personajes bien definidos y detallados y que, por suerte, no son escritores ni trasuntos autobiográficos. En realidad, su novela guarda cierto paralelismo con la de Muñoz Molina que reseñé aquí, sobre todo en la edad de los protagonistas y el intento de vincularlos con la historia democrática de España. Pero la de LGM es bastante menos endeble que No te veré morir y, por ejemplo, tiene un título mucho más oportuno.

Podría decirse que el punto de partida de La mejor edad no es del todo verosímil, pero funciona a medida que la novela avanza y logra crear una moderada intriga. Un juez jubilado busca, cincuenta años después, al joven al que, al final del franquismo, metió en la cárcel de manera injusta por haber participado supuestamente en un atraco. El condenado, después de pasar una temporada en la cárcel, acabó casándose con su joven abogada y reconstruyendo su vida como propietario de un bar, aunque con momentos de declive por su alcoholismo. El juez, por su parte, también trató de redimirse modernizando sus ideas, adaptándose a los nuevos rumbos democráticos y luchando, de manera honrada, por ideales progresistas. Los dos, juez y condenado, se reencuentran, dialogan, confiesan sus fracasos y sus frustraciones de setentones, y la inesperada amistad evoluciona hacia una propuesta también inesperada del antiguo reo al antiguo juez para ajustar cuentas con el pasado de ambos y quizá de la misma España.

El condenado es uno de los dos narradores y va explicando la evolución de la nueva amistad a su esposa abogada, que ya no puede hablar porque ha sido víctima de un ictus. El otro narrador es un narrador en tercera persona que explica minuciosamente los vaivenes de todo tipo de los personajes. Y ahí es donde se notan las virtudes de poeta de LGM, pero también sus defectos. El narrador (los dos, en realidad) trata con un cariño evidente a sus personajes, y lo complementa con aforismos y lecciones existenciales de todo tipo, aunque en ocasiones la reflexión se pasa de sensible: "todas las situaciones tienen su lado de luz, unas veces el sol da sobre los muros de la mañana y otras por la tarde" (p. 251). Así, hay que decir que la prosa es buena (envolvente, como dice el tópico), pero siempre está en el filo de la navaja por el exceso de ternura, que se nota en especial en el final de la novela (el mismo narrador admite que se está poniendo cursi).

Es decir, que el sentimentalismo marca LGM está, desde luego, en la novela, igual que la blandura ideológica. Porque todos los personajes son buenas personas, salvo un malvado banquero que parece votante de Vox. La mirada es delicada y melancólica y el amor inventa otra vez su infinito. La ideología y la crítica sociopolítica, como siempre, están, sí, pero quedan en segundo plano o son absorbidas y redimidas por tanta ternura. Nada sorprendente, desde luego, conociendo al autor. Pero hay que decir que como artefacto literario, La mejor edad es bastante más consistente y rica en significados que otras novelas que he reseñado en los últimos tiempos. Hay imaginación y hay técnica, aunque estén al servicio de una imagen del mundo que yo no comparto demasiado.

Me parece suficiente para darle el aprobado. Que no se diga de mí que soy prejuicioso.


                                


viernes, 10 de julio de 2026

 

RECETA SIN RIESGO

La violencia latinoamericana —particularmente en su versión mexicana— sigue siendo un importante motivo literario en la oferta actual. Podemos pensar que el tema se está automatizando peligrosamente (yo lo pienso), e incluso podemos denostar las razones comerciales subyacentes, porque es evidente que la violencia funciona bien como reclamo emocional en medio de las bagatelas de tantos productos literarios surgidos del bienestar democrático —por ejemplo, en España—, pero tampoco se debe olvidar que hay justificación sociopolítica para la necroliteratura, desde luego; Ayotzinapa o el Rancho Izaguirre parecen la punta del iceberg de una realidad aterradora ante la cual los progresos desde —en el caso mexicano— el nefasto sexenio de Felipe Calderón son insuficientes.

La reciente novela de la mexicana Elma Correa, Donde termina el verano, premio Biblioteca Breve 2026, se inserta en esa literatura de la violencia fronteriza del nuevo siglo, aunque remonta el relato hasta momentos cruciales de la historia mexicana anteriores, como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, jalón histórico del fracaso del proyecto neoliberal que México aún está pagando.


                            

La novela contiene una serie de tópicos que poco sorprenden ya incluso en España: Malverde y la Santa Muerte, los policías estadounidenses que cruzan la frontera, los narcotraficantes que viven en la opulencia y la impunidad... El punto de partida de la historia es el hachazo cotidiano de la violencia azarosa y aniquiladora, como también era de prever. En la norteña ciudad de Mexicali, a finales de siglo XX, dos amigas adolescentes, Elisa y Aimé, sufren la experiencia traumática de la desaparición de otra adolescente, su extraña amiga Rosario, en medio de un contexto social de machismo, fanatismo religioso, pobreza y señales de Estado fallido. Las dos amigas, incapaces de asimilar el significado profundo del episodio, separan después sus destinos porque Elisa se traslada a Monterrey para intentar triunfar como atleta. Dos décadas después, las dos amigas se reencuentran en Mexicali; Elisa ha fracasado en su carrera deportiva y Aimé ha progresado, sí, pero gracias a casarse con un narcotraficante. En cierto subterráneo modo, las dos se han autocastigado durante años por no haber impedido la desaparición de la amiga. 

En el último capítulo de la novela descubrimos lo sucedido realmente en aquel momento crucial, aunque la voz narrativa nos ha ido dando pistas a lo largo de varios capítulos que parecen escapar a la historia principal de la amistad entre las dos chicas y que son protagonizados por otros personajes: los policías mencionados o unas enfermeras dedicadas a la dura labor social en ese contexto. El enigma policial se resuelve finalmente y la novela adquiere un mensaje final muy concreto que no especificaré aquí. 

Es de agradecer, desde luego, que la novela, más allá de cierto tono redentorista, no incurra en el tremendismo que tantas veces encontramos hoy cuando se habla de México, aunque se acerque en algunos pasajes. También hay algunos elementos novedosos desde el punto de vista sociológico, como la importancia que una comunidad gitana de la ciudad adquiere en la novela (no recuerdo ahora mismo novelas mexicanas con esa presencia gitana). Pero el verdadero problema, diría yo, es la solución formal adoptada por Correa para contar su historia; una solución muy alejada de otros tratamientos literarios actuales de la violencia mexicana, como el de Eduardo Ruiz Sosa, por ejemplo, un autor muy vinculado a la edición española, pero mucho más audaz en la construcción de la novela. En cambio, la voz narrativa de Correa carece de riesgo y tiene una monotonía casi decimonónica. La intriga policial se mantiene durante la lectura de la obra, pero lo hace con una tensión insuficiente, y todo lo demás —empezando por la faceta psicológica de los personajes— está explicitado de un modo muy poco exigente para el lector. 

Es verdad que algunos detalles concretos (como el episodio de las primeras menstruaciones de las dos amigas) son informaciones que tienen un alto grado de curiosidad, pero en conjunto todo responde a un realismo acomodaticio, bastante tibio y dócil, que casi parece proponer ya la adaptación a lenguaje audiovisual. No sé si eso sucederá, pero, en cualquier caso, creo que la novela no impacta demasiado. Debería haber apostado más por la violencia; no en el contenido, que de eso ya andamos muy servidos, sino en la propia elección de la forma, en aquello que Barthes llamaba la escritura como acto de solidaridad histórica.