miércoles, 20 de enero de 2016

RAÍZ DEL APÁTRIDA


Uno ha crecido entre modelos de la cultura audiovisual con discursos y lemas heroicos, individualistas y frecuentemente viriles, y de algún modo más o menos consciente espera el momento de poder decir, en la vida real y de manera oportuna y justificada, alguna de esas frases, para así homologarse con el héroe pop (o con el villano, como Goldfinger: “quiero que muera, señor Bond”).
Muchas veces se trata de clichés de policiacos o de westerns que conservan su capacidad de seducción porque fomentan el enigma personal, o una imagen idílica de resistencia ante diversas formas de adversidad. Es el caso, por ejemplo, de esa típica pregunta de un personaje a otro: “¿De dónde eres?”, con su respuesta perfectamente ensamblada: “De ninguna parte”. La maravillosa evasión de la identidad con todas sus cargas y errores.
Algo así me está sucediendo: el tópico me devora y el origen empieza a convertirse en algo difuso y olvidable. Ser de Barcelona y vivir en Sevilla no es sólo una escisión: es un martilleo constante en los dos oídos, dos historias contadas por dos idiotas llenas de ruido y de furia. El nacionalismo sólo me produce una especie de pereza ontológica, porque ya no está claro qué es peor, si el creciente catetismo chovinista catalán, o la histórica mezcla de ignorancia y mala fe del españolismo. España siempre ha sido un proyecto nefasto, y Cataluña sigue el mismo camino.

Los puentes empiezan a hundirse; esperemos poder vivir aunque sea debajo de uno de ellos.

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