viernes, 10 de julio de 2026

 

RECETA SIN RIESGO

La violencia latinoamericana —particularmente en su versión mexicana— sigue siendo un importante motivo literario en la oferta actual. Podemos pensar que el tema se está automatizando peligrosamente (yo lo pienso), e incluso podemos denostar las razones comerciales subyacentes, porque es evidente que la violencia funciona bien como reclamo emocional en medio de las bagatelas de tantos productos literarios surgidos del bienestar democrático —por ejemplo, en España—, pero tampoco se debe olvidar que hay justificación sociopolítica para la necroliteratura, desde luego; Ayotzinapa o el Rancho Izaguirre parecen la punta del iceberg de una realidad aterradora ante la cual los progresos desde —en el caso mexicano— el nefasto sexenio de Felipe Calderón son insuficientes.

La reciente novela de la mexicana Elma Correa, Donde termina el verano, premio Biblioteca Breve 2026, se inserta en esa literatura de la violencia fronteriza del nuevo siglo, aunque remonta el relato hasta momentos cruciales de la historia mexicana anteriores, como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, jalón histórico del fracaso del proyecto neoliberal que México aún está pagando.


                            

La novela contiene una serie de tópicos que poco sorprenden ya incluso en España: Malverde y la Santa Muerte, los policías estadounidenses que cruzan la frontera, los narcotraficantes que viven en la opulencia y la impunidad... El punto de partida de la historia es el hachazo cotidiano de la violencia azarosa y aniquiladora, como también era de prever. En la norteña ciudad de Mexicali, a finales de siglo XX, dos amigas adolescentes, Elisa y Aimé, sufren la experiencia traumática de la desaparición de otra adolescente, su extraña amiga Rosario, en medio de un contexto social de machismo, fanatismo religioso, pobreza y señales de Estado fallido. Las dos amigas, incapaces de asimilar el significado profundo del episodio, separan después sus destinos porque Elisa se traslada a Monterrey para intentar triunfar como atleta. Dos décadas después, las dos amigas se reencuentran en Mexicali; Elisa ha fracasado en su carrera deportiva y Aimé ha progresado, sí, pero gracias a casarse con un narcotraficante. En cierto subterráneo modo, las dos se han autocastigado durante años por no haber impedido la desaparición de la amiga. 

En el último capítulo de la novela descubrimos lo sucedido realmente en aquel momento crucial, aunque la voz narrativa nos ha ido dando pistas a lo largo de varios capítulos que parecen escapar a la historia principal de la amistad entre las dos chicas y que son protagonizados por otros personajes: los policías mencionados o unas enfermeras dedicadas a la dura labor social en ese contexto. El enigma policial se resuelve finalmente y la novela adquiere un mensaje final muy concreto que no especificaré aquí. 

Es de agradecer, desde luego, que la novela, más allá de cierto tono redentorista, no incurra en el tremendismo que tantas veces encontramos hoy cuando se habla de México, aunque se acerque en algunos pasajes. También hay algunos elementos novedosos desde el punto de vista sociológico, como la importancia que una comunidad gitana de la ciudad adquiere en la novela (no recuerdo ahora mismo novelas mexicanas con esa presencia gitana). Pero el verdadero problema, diría yo, es la solución formal adoptada por Correa para contar su historia; una solución muy alejada de otros tratamientos literarios actuales de la violencia mexicana, como el de Eduardo Ruiz Sosa, por ejemplo, un autor muy vinculado a la edición española, pero mucho más audaz en la construcción de la novela. En cambio, la voz narrativa de Correa carece de riesgo y tiene una monotonía casi decimonónica. La intriga policial se mantiene durante la lectura de la obra, pero lo hace con una tensión insuficiente, y todo lo demás —empezando por la faceta psicológica de los personajes— está explicitado de un modo muy poco exigente para el lector. 

Es verdad que algunos detalles concretos (como el episodio de las primeras menstruaciones de las dos amigas) son informaciones que tienen un alto grado de curiosidad, pero en conjunto todo responde a un realismo acomodaticio, bastante tibio y dócil, que casi parece proponer ya la adaptación a lenguaje audiovisual. No sé si eso sucederá, pero, en cualquier caso, creo que la novela no impacta demasiado. Debería haber apostado más por la violencia; no en el contenido, que de eso ya andamos muy servidos, sino en la propia elección de la forma, en aquello que Barthes llamaba la escritura como acto de solidaridad histórica.


                                     

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