EXCESO DE MACONDISMO
"Me llamo Nazarena, barro los patios durante la noche y maté a mi madre a dentelladas. Comí de su cuerpo sin mesura. Ella no opuso resistencia." Así empieza Nazarena, de la escritora venezolana Karina Sainz Borgo, una autora que está adquiriendo bastante visibilidad en estos tiempos, gracias también a su labor como periodista cultural en ABC (siempre ayuda estar bien conectado con la prensa). Se trata de un inicio novelístico dotado de una potencia que es metafórica pero que es sobre todo excesiva; un inicio muy táctico para enganchar a lectores desorientados que buscan novedades en las librerías. La novela parece seguir así el camino del gótico latinoamericano, que pretende, en apariencia, revelar la descomposición social a partir de la exploración de miedos y terrores, y que tan útil resulta para muchos de mis colegas académicos (sobre todo jóvenes) que buscan publicar papers urgentes y que encuentran en ese tipo de novelas formas de audaz y valiente crítica política. Sin embargo, como sucede casi siempre con ese tremendismo gótico que —no hay que olvidarlo— tanto vende hoy, una novela como Nazarena se va desinflando después del punto de partida inquietante y las perturbaciones que parecen tremebundas se van volviendo más cómodas y predecibles hasta llegar a un final bastante anodino que carece de la fuerza trágica buscada.
Nazarena es la séptima de ocho hijas de un emigrante italiano que viaja al Caribe en busca de fortuna en un periodo impreciso que podemos situar a finales del siglo XIX. La protagonista narra su convivencia con el resto de la familia después de la muerte del padre y los conflictos permanentes en un gineceo opresivo y de violencia atávica; su relato revela tanto sus problemas mentales como su ansia de libertad frente a normas y tradiciones aberrantes. Esa narración se alterna con otro relato, en tercera persona, en el que se explica la historia de Brígida, una huérfana que vive en una época posterior y a la que se le aparecen los muertos; en concreto, "ocho muerticas". Al final de la novela, entenderemos la conexión entre ambos personajes.
Brígida tiene una relación amorosa con un gitano que acompañó a Lorca en su visita a Argentina en los años treinta. La alusión a Lorca funciona como un intertexto muy obvio, puesto que Nazarena parece en ocasiones una versión criolla de La casa de Bernarda Alba. Aunque quizá deberíamos hablar de algo así como Bernarda Buendía, porque la novela tiene también muchas (demasiadas) reminiscencias macondianas: plagas de cucarachas, extranjeros que traen objetos que parecen mágicos, personajes que comen tierra, fronteras extrañas entre vivos y muertos, una estirpe familiar que va hacia la destrucción y, por supuesto, alusiones a guerras civiles y al patriarca de la nación (llamado el Benemérito, en este caso). La truculencia gótica que añade Sainz Borgo siguiendo el ritmo comercial de nuestros días y el añadido del enfático protagonismo femenino no consiguen borrar esas huellas evidentes de una tradición literaria latinoamericana ya agotada, lo que produce en el lector la sensación de que la novela tiene algo de ese Macondo Park con el que Shakira, tan poco amiga de ayudar pagando impuestos, ahora pretende "homenajear" en Madrid a la cultura latinoamericana, pensando seguramente que también pertenecen a esa cultura los horrísonos falsetes de sus canciones.
La novela ofrece sus mejores momentos cuando Sainz Borgo se olvida de acumular acciones atroces para darle miedo al lector y se limita a reconstruir con cierta poesía la conciencia torturada de una víctima de una sociedad arcaica. Más allá de eso, la novela persevera en exceso en unos esquemas de violencia que pueden impresionar a algunos lectores ingenuos (particularmente españoles) pero que corren el riesgo de acabar pareciendo triviales y reiterativos. Y es que no basta manejar un imaginario latinoamericano para que la novela sea realmente imaginativa.


No hay comentarios:
Publicar un comentario