REALISMO DESPERDICIADO
Hagamos un poco de repaso del panorama narrativo actual de lengua española en las librerías. Hablo de literatura más o menos seria, no de basurillas de presentadores/as de televisión o literatura de aeropuerto. ¿Qué diríamos que no se parezca a los balances de la prensa cultural, casi siempre babosamente optimistas?
Ante todo, yo veo problemas donde otros ven una salud de hierro. Primer problema: la oferta narrativa es inmensa e incontrolable y, si no lo admitimos, mal empezará cualquier balance. Por eso necesitamos algo así como un modelo para el análisis, y una de las claves de ese modelo sería precisamente la sobreproducción como regla esencial. Se publica demasiado; es así de simple. Pensar la literatura como algo ajeno al capitalismo que nos invade a todas horas es una ingenuidad pasmosa, aunque algunos idealistas (y más de uno de mis colegas) sigan creyendo que cierta literatura es "disidente" o "subversiva". No: los novelistas intentan desesperadamente publicar de manera regular para mantener su posición en el mercado y eso está produciendo muchas redundancias, porque hay escritores que se prodigan innecesariamente con la coartada de que una vez publicaron una buena novela y eso les da crédito. De ahí que "esa no es su mejor novela" sea, quizás, la frase estadísticamente más repetida en estos años.
Siguiendo con los rasgos del hipotético modelo, yo diría, aunque admito que no puedo demostrarlo todavía, que la metaliteratura está iniciando su declive como opción (véase la última de Uclés) y creo que hay una explicación generacional para ello: en las nuevas generaciones hay menos erudición literaria (podríamos llamarlo "efecto HBO" o "efecto Netflix"). Lo que sigue machacándonos y no da señales de agotamiento es la pesadilla de los relatos empíricos: novelas de ficción débil o autoficciones basadas en hechos históricos o traumas personales aparentemente verdaderos. Cada día sale un llorica nuevo con su trauma, o un detective del pasado que cree haber encontrado el Santo Grial literario o alguien que nos quiere explicar de verdad qué pasó en la Guerra Civil a partir de una carta de su abuelo. No todos esos productos son igual de prescindibles —incluso puede haber alguno realmente interesante—, pero me parece evidente que se trata de una tendencia directamente proporcional a la escasez de imaginación creativa. En relación con esa tendencia, también habría que apuntar otra moda de la que he hablado varias veces por aquí: el nuevo tremendismo, a veces más ficcional y a veces menos, que incluiría las variantes góticas y todo tipo de ultraviolencias, procedentes de este lado del océano o del otro (sobre todo). Una opción muy útil, todo sea dicho, para llamar la atención en la selva de novedades.
Lo que no llama la atención, en cambio, es el realismo, que huele a película en blanco y negro o a producto viejuno que no permite un scroll rápido y que, por tanto, es aburrido. Aunque quizá la cosa no es de hoy, sino que viene de lejos, y España todavía se avergüenza del realismo social de la época franquista, porque, por mucho Chirbes que queramos ensalzar, el déficit en las últimas décadas de realismo entendido como problematización de las condiciones sociopolíticas es notorio. Y un intento de realismo es la novela de la que me voy a ocupar hoy: La víspera, de Manuel Jabois. Tal vez de su análisis saquemos alguna conclusión para entender la postergación de cualquier tipo de realismo crítico en la literatura española.
Jabois es, como Sergio del Molino o Juan Soto Ivars, uno de los nombres más visibles de cierto columnismo español enérgico y prepotente que pretende consagrarse y tomar el relevo de los patriarcas españoles del género. Jabois publica en El País desde 2015, pero procede de Jot Down, esa revista cool y aparentemente audaz sobre la que ahora hay una cutre polémica entre todos los que quieren convertirla en algo así como un mito del periodismo (véase La bola, otro de esos libros tramposos entre la ficción y la realidad que tanto abundan hoy). Jabois, desde luego, tiene muchos lectores pero también muchos detractores, y alguno ya lo ha criticado duramente por su estilo periodístico, aunque eso fue antes de empezar una trayectoria regular como novelista, en 2019, con Malaherba (que no he leído). También tiene Jabois como periodista algún mérito: fue el que descubrió la identidad del padre de Francisco Umbral, lo que de paso sirvió para dejar en ridículo la biografía de Anna Caballé sobre el autor de Mortal y rosa.
No me cabe duda de que Jabois es otro de los muchos que sueñan con ser herederos de la potencia literaria de Umbral y ganar como él una posición muy concreta entre periodismo y literatura, disfrutando de la visibilidad y el capital social que otorgan ambas facetas. Pero hace falta mucho para ser como Umbral, y no sólo en cuestión de dominio del lenguaje: también hace falta tener su mala leche y su amargura. Seguramente es uno de los problemas de Jabois en esta su última novela.
La víspera a la que hace referencia el título es la del cumpleaños número sesenta y cuatro de Amalia, una madre gallega tradicional marcada por un accidente de infancia, que quiere reunir a su marido y a sus dos hijos para la celebración en el pueblo natal. Los hijos, como era de prever, han salido disfuncionales: el mayor, Chami, llegó a ser futbolista profesional y héroe local, pero no supo adaptarse a la vida normal después de su época de gloria y se derrumbó entre tinieblas de adicciones, ansiedades e impotencias de varios tipos. El menor, Mon, es más sensible e inteligente, aunque pasó por una fase alcohólica de la que parece haberse desintoxicado. El padre, Ramón, tosco y rudo, completa el panorama arcaico de la familia que se va a reunir para una fiesta que promete poca euforia y mucho resentimiento. Además, al mismo tiempo que la madre prepara la celebración, se produce la misteriosa desaparición de dos chavales después de una carrera popular, y desaparece también Mon. El día, por tanto, pinta mal. La víspera parece remitir así a una inminencia trágica y a una crisis familiar severa.
Hay que reconocerle a Jabois una importante habilidad para componer la faceta tanto psicológica como costumbrista de la familia protagonista. Son personajes creíbles, bien fundamentados literariamente tanto en lo que respecta a sus rutinas y deseos como en las complejas relaciones entre todos ellos. En conjunto, Jabois ofrece la imagen realista (incluso con algún toque sórdido de raíz más naturalista) de una familia, y en ese sentido la novela se emparenta con otras obras realistas actuales: pienso en Ropa tendida, del joven Óscar García Sierra, o en las obras de Daniel Ruiz. Pero el problema llega cuando se trata de elegir qué sabor de boca quiere el autor que le quede al lector cuando termine la novela. Y ahí es donde me temo que lo que podría ser un Umbral o un Carver se junta con la otra parte de la vida de Jabois, más cercana al palco del Real Madrid que a sus orígenes gallegos y periféricos.
Cuando se resuelven las intrigas de ese día que cubre la trama de la novela, nos encontramos con una visión menos amarga de lo previsto, como si el novelista se dejara llevar por la compasión hacia sus personajes. Y ese no es un problema menor, porque afecta directamente a la sustancia del realismo como método para interpretar lo real y sus bases materiales. No se trata solamente de describir cómo se despelleja un conejo. Igual que tantas y tantas veces en la narrativa española de la democracia (una excepción sería Gopegui, como comenté), triunfa la despolitización y nos encontramos con el trasfondo de siempre: la ideología no existe. Y un realismo sin músculo ideológico es un sucedáneo destinado a paladares poco exigentes.
No es sólo que ni los personajes ni el narrador hablen de política; es que no se pretende que esa ausencia sea significativa. Los personajes flotan en un mundo que es triste y conflictivo, pero nunca son representadas las fuerzas que los dominan. La ideología no está presente, ni siquiera como velo sutil o como decoración vintage. Simplemente es algo a lo que no hay que prestar atención. Todas las familias tienen problemas, sí, pero la sociedad en sí misma no es un problema. Una conclusión nada sorprendente, desde luego, conociendo la gozosa posición del autor en los medios de comunicación.
Una vez más, se revela la pobreza ideológica de nuestra novelística, esa mezcla de conformismo y paternalismo castizo con la que se plantean los problemas sociales, problemas que nunca sabemos de dónde vienen y a dónde van. Y no, no se trata de hacer panfletos ni de defender abiertamente opciones políticas concretas. Se trata simplemente de reconocer que la política nos constituye como seres sociales; se trata de admitir que todas las miradas tienen sentido ideológico. Incluida la de Jabois y, desde luego, la mía.

